Durante décadas, hervir la leche fue una práctica habitual en muchos hogares para eliminar bacterias y microorganismos que podían causar enfermedades. Esto era especialmente importante cuando se consumía leche directamente de vacas, cabras u otros animales, sin ningún tipo de tratamiento previo, ya que el riesgo de contaminación era alto y el calor intenso funcionaba como medida de protección.

Con los avances industriales y científicos, la necesidad de hervir la leche ha cambiado. Hoy en día, la mayoría de los productos que se venden en supermercados han pasado por procesos de pasteurización o ultrapasteurización (UHT). La pasteurización consiste en calentar la leche a una temperatura específica durante un tiempo determinado para eliminar bacterias dañinas, sin afectar de manera significativa su valor nutricional. Por su parte, la leche UHT se somete a temperaturas aún más altas por unos segundos, lo que permite que se conserve por más tiempo sin refrigeración antes de abrirse. Desde el punto de vista científico, ambos procesos hacen que la leche sea segura para beber directamente, sin necesidad de hervirla nuevamente.
Hervir leche pasteurizada o UHT no aporta beneficios adicionales en términos de seguridad y, de hecho, puede reducir el contenido de vitaminas sensibles al calor, como la B12, y afectar algunas proteínas. Sin embargo, algunas personas lo hacen por costumbre, sabor o para prolongar ligeramente su vida útil una vez abierta. Aunque no representa un riesgo grave, no es un paso indispensable según la ciencia.

La recomendación de hervir la leche sigue vigente únicamente para la leche cruda, adquirida directamente de productores o ranchos. En estos casos, hervirla es fundamental para reducir el riesgo de infecciones por bacterias como Salmonella, Listeria o E. coli.
La clave está en identificar el tipo de leche que se consume y tomar decisiones informadas basadas en evidencia científica. Mientras que la leche procesada es segura para beber, la cruda requiere hervirse para proteger la salud.
