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Publicado en Panóptico Rojo Domingo, 24 Septiembre 2017 06:10

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“¡Ay, ay, ay, ay! canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”.

Seguramente, estimado lector, ha escuchado ya las palabras de una joven que con voz entrecortada menciona, en un video difundido en Twitter: “Están cantando el ‘Cielito Lindo’”, mientras ciudadanos levantan escombros en busca de supervivientes del terremoto que el pasado martes, 19 de septiembre, sacudió México. Un canto de solidaridad y símbolo de resistencia, difundido en la cuenta de red social de la joven Mayra Paredes y grabado por su prima Anahi Olvera, en la Ciudad de México.

Otro sismo, justamente 32 años después de aquel de 1985. Y el desastre ha puesto en marcha, de nuevo, la solidaridad. En este espacio y a lo largo de casi dos años, hemos enfatizado la necesidad de recuperar ese sentimiento solidario puro, auténtico y gratuito. Esa solidaridad que mitiga el desastre y de la que la sociedad ha dado muestra, en estos días, con empatía y agilidad de organización para acudir en ayuda de los connacionales en desgracia.

¿Cuál es la definición que se lee en el Diccionario de Filosofía de Nicola Abbagnano acerca de la palabra “solidaridad”? “Inglés: solidarity; francés: solidarité; alemán: solidarität; italiano: solidarietá. Término de origen jurídico que en el lenguaje corriente, común y filosófico, significa: 1) relación recíproca o interdependencia; 2) asistencia recíproca entre los miembros de un mismo grupo”.

Son numerosos autores los que reconocen que los Derechos Humanos que afectan directamente a la persona no han surgido todos a la vez ni se respetan en todos los países con la misma intensidad: son las generaciones de derechos, y se han ido sucediendo en el devenir de la historia. Los que se basan en la solidaridad no están totalmente definidos, y se trata de los denominados derechos de tercera generación (a la paz, al medio ambiente, al desarrollo, entre otros).

Francisco Salinas Ramos, doctor en Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Pontificia de Salamanca, en su artículo “Globalización, Solidaridad y Derechos Humanos”, anota que se debe abrir las puertas y designar un lugar para la utopía y la esperanza: “De esta forma podría ser realidad lo que se plantea como posible, aunque todavía no se haya realizado. Este debe ser el gran proyecto en tiempos de globalización: refundación de la política sobre nuevas bases y fundamentos con participación del tejido social, de la sociedad civil como sujetos activos; hacer compatible el mecanismo del mercado con las exigencias de la justicia, porque sin justicia no hay libertad real”.

Y agrega: “El camino está en globalizar la justicia y la solidaridad, porque ‘es tiempo de globalizar la lucha por una nueva humanidad: ofrecemos nuestra voz a los silenciados, regalamos nuestro tiempo a los marginados, compartimos nuestros bienes con los empobrecidos’ (autor anónimo)”.

La Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) proclamó el 20 de diciembre como Día Internacional de la Solidaridad Humana, concepto destacado por el organismo internacional como crucial en la lucha contra la pobreza, la promoción del espíritu de compartir y la participación “de todos los interesados pertinentes”. La palabra clave en el texto de la ONU es “pertinente”, adjetivo definido por la Real Academia Española (RAE) como “perteneciente o correspondiente a algo”, “que viene a propósito”.

Refiere la ONU: “La solidaridad se identifica en la Declaración del Milenio como uno de los valores fundamentales para las relaciones internacionales en el siglo 21 y para que quienes sufren o tienen menos se beneficien de la ayuda de los más acomodados. En consecuencia, en el contexto de la globalización y el desafío de la creciente desigualdad, el fortalecimiento de la solidaridad internacional es indispensable”. ¿Utopía?

Reproducimos hoy algunos párrafos de la carta que un paramédico argentino de urgencias, Jorge Rumi, envió a diversos medios en Argentina en el mes de agosto del 2008, en la que describe todo lo que le pasa por la mente cuando ve a una joven agonizar:

“Algo extraño sucede. Algo difícil de explicar, algo que sucedió desde el martes a esta parte. Con frecuencia nuestras ambulancias asisten a personas en distintos accidentes, las que son derivadas a nuestro hospital, donde siguen siendo asistidas por el personal de la guardia, del shock room, de la terapia, del piso y de cada uno de los rincones de nuestro querido hospital”.

“Nos conmueve mucho el dolor ajeno, nos angustian las consecuencias y sufrimos con los jóvenes mutilados, los adultos lesionados y los familiares desgarrados en su dolor. Bien sabemos que esta es parte de nuestra tarea, ayudar a que se recuperen pronto, consolarlos y atenderlos en su desgracia. Tal vez este sea el motivo que nos llevó a elegir ser emergencistas; la que nos ayuda a disminuir el dolor y el sufrimiento de nuestra gente, y hasta en algún caso… evitar la muerte”.

“Pero, desde el martes al mediodía algo cambió en los pasillos del hospital. (…) Una joven llena de vida se veía sacudida por la mampostería de un edificio que cayó sobre su cuerpo. ¿Destino? ¿Fatalidad? ¿Accidente? Será difícil responderlo. Lo que no es difícil, es sentir lo que sus seres queridos estarán sintiendo. No dejarán de preguntar, mirando al cielo, ¿por qué? A esa pregunta no la podremos responder nosotros (…) Hay dolores que calan el alma, dolores 'inentendibles', de esos que parten el cuerpo”.

"Esta es la triste realidad de lo que vivimos a diario en nuestro servicio de emergencias. ¡Tan solo un instante cambia la historia de la vida de las personas! (…) ¿Quién puede encontrar las palabras que realmente consuelen a ese papá, a sus tíos y a todos sus amigos y compañeros? (…) Hoy atada a un respirador que la mantiene viva, con un coma profundo que tal vez no le permita volver a abrir los ojos y decirle ‘te quiero’ a alguien”.

No es necesario haber participado en el servicio de emergencias, o esperar a experimentar una situación de vida o muerte, para comprender la importancia de tener una disposición permanente a la elaboración del bien común; esa “pizca milagrosa” de solidaridad y empatía que, tal vez en un instante único, cambie de manera decisiva y para bien la historia de una persona y, en consecuencia, de todos.

“Solidario por predestinación y por oficio. Solidario por atavismo, por convencionalismo. Solidario a perpetuidad. Solidario de los insolidarios y solidario de mi propia solidaridad”, señalaba el poeta argentino Oliverio Girondo. Hoy, con el Puño en Alto, coincidimos.

 

Indictum

 

"Otra vez llegaste tarde:

estás vivo por impuntual,

por no asistir a la cita que

a las 13:14 te había

dado la muerte,

treinta y dos años después

de la otra cita, a la que

tampoco llegaste

a tiempo. 

Eres la víctima omitida. 

El edificio se cimbró y no

viste pasar la vida ante

tus ojos, como sucede

en las películas. 

Te dolió una parte del cuerpo

que no sabías que existía:

La piel de la memoria,

que no traía escenas

de tu vida, sino del

animal que oye crujir

a la materia.

(...)

Llovió sobre mojado

después de las fiestas

de la patria,

Más cercanas al jolgorio

que a la grandeza. 

¿Queda cupo para los héroes

en septiembre? 

Tienes miedo. 

Tienes el valor de tener miedo. 

No sabes qué hacer,

pero haces algo.

(...)

Los que levantaron el puño para

escuchar si alguien

vivía y oyeron

un murmullo. 

Los que no dejan de escuchar".

 

(Fragmento del poema "El puño en alto", de Juan Villoro.)

 

Publicado en Panóptico Rojo
Margarita Rebollo

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