El amor es un latido. El amor es un latido. Fotógraf@: TOMADA DE LA WEB
Publicado en Lunear La Palabra Lunes, 21 Septiembre 2020 06:03

El latido

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La tarde es como tanto les gusta: nublada, fresca, con un tendido de nubes denso que no les permite jugar a encontrar figuras en ellas. Hoy la ven en silencio caer rumbo a las sombras, cada uno desde su mecedora, su libro y su café. Él abandonó la lectura desde hace buen rato y se concentra en la lluvia de nostalgias que sus ojos ven caer. De pronto, toma la mano de su compañera y reclama su mirada con la suya, repentinamente mojada. Sigue un silencio largo, horadado por una flecha de melancolía. Enseguida, habla:

―Mi amor, creo que ha llegado el momento. Debemos iniciar hoy.

Ella responde viéndolo con amor húmedo que inunda y derrama sus ojos. Las palabras no son necesarias. Lo han hablado hasta el cansancio. Faltaba decidir el día para iniciar, valor para hacerlo y la convicción de que era el amor la motivación principal. Besa esa mano fuerte que ciñó su cintura durante más de cuatro décadas y sigue viéndolo en silencio, como lo hace un árbol enamorado de otro que estuvo junto a él en tiempos de frío, viento fuerte, sol intenso o lluvia. Se dan un beso largo sabor a otoño y café.  Abandonan las historias de sus libros para seguir con la suya, que llegará pronto a su conclusión fantástica y amorosa. Ella, amante del silencio, cree necesario decir algo:

―La novela que lees es larga y hace poco la iniciaste. ¿No quisieras terminarla antes, amor?

―Ya no es necesario. Otros darán vida a sus personajes. He adivinado su final y es similar al que soñé para mí.

Recogen los libros, las tazas y sus cuerpos cansados. Él se queja un poco al caminar; el tumor cerebral le produce el mareo y siente una punzada. Entran a casa justo al iniciar la lluvia. Las horas siguientes las pasan abrazados y viendo fotografías de sus dos hijos, sus nueras y sus nietos. De vez en cuando se besan largamente como habían dejado de hacerlo desde hace mucho.

En algún momento tocan sus cuerpos con briznas de deseo resucitado de entre las cenizas. Ella recupera una fuerza inusitada en su piel. Nace un destello de hechicera en sus ojos. Entre conjuros que nacen de su boca rescata por última vez la fuerza del hombre y se aman con una rabia distinta de aquella que hizo pedazos su inocencia. El lecho arde. Decenas de presencias masculinas y femeninas atestiguan la cópula definitiva de dos cuerpos que han rejuvenecido para despedirse; son ellos, multiplicándose.

Después descansan mirándose a los ojos. Ella sigue con su brillo característico de bruja en la mirada, con el que inunda a su amado de la paz necesaria para enfrentar el trance que viene, el último tramo de esta excursión de tantos años rumbo a la nada. Antes de que los venza el sueño, ella, maga conocedora de los secretos, recita viejas plegarias aprendidas de algunos de sus ancestros, con las que intentarán el viaje de retorno al nicho original del que la vida nace:

Oh, Pachamama, bondadoso útero femenino donde se cuece el caldo de la vida, así como nos has traído, poco a poco y en silencio, recibe ahora esta flor que se cierra para volver a ti. Padre Sol, entibia tus rayos para acompañar el descenso, mira con ternura nuestra partida y déjanos ir como árboles que lentamente secan sus ramas. Señor del viento, querido Ehécatl; y respetables Bakab, dioses mayas del aire, entibien nuestro regreso a casa, toquen sus ocarinas suavemente hasta que el silencio sea y formemos parte de ustedes. Madre agua, Chalchiuhtlicue, ‘la que tiene su falda de jade’; y nuestra gran abuela, Cuerauáperi, recojan nuestras humedades para llevarlas a las nubes donde falten y sequen paso a paso nuestro aliento sin que el dolor nos hienda.

El sueño llega como barcaza sobre mar calmo. Se mecen lentos esta noche de septiembre que eligieron para iniciar el retorno pausado, sin dolores ni angustias, como se extingue el verano sin que nadie se dé cuenta.

Amanece y no recorren las cortinas para dejar entrar la luz. Él teme percatarse de que no haya sucedido. Sin embargo, en la semipenumbra, busca con las manos sus piernas y sólo encuentra el espacio donde antes estuvieron. Se miran y sonríen, satisfechos y con la emoción a tope.

―Tu deseo se cumple, querido.

―Bruja mía, querida chamana y amante, amor mío, promete que estaremos juntos al final de todo, que no te quedarás a esperar sola la muerte.

―Ve en paz, corazón. No quiero estar aquí sin ti.

Después de beber juntos una infusión de menta con yerbabuena endulzado con miel, el último placer que él eligió para sus labios, la mujer entra en estado meditativo mientras aquél la mira extasiado. Una música suave se oye de fondo. Sin hablar, ella es capaz de indicarle que cierre sus ojos. Lo hace y experimenta una alegría acuosa recorriendo sus extremidades superiores desde los dedos hasta sus hombros. Levanta sus párpados y confirma la ausencia de sus brazos.

A mediodía, mientras su amada lleva a cabo una meditación activa, danzando con frenesí frente a él y alrededor de una gran vela, a la vez que repite extraños mantras y onomatopeyas, experimenta que su vientre se deshace en un orgasmo tan largo como nunca lo tuvo. Lo que queda de su cuerpo lo advierte como nube flotante que ya no toca el suelo, a pesar de que aún sigue en él. Su placer es absoluto, ningún dolor, ningún apego a este mundo.

Antes de ponerse el sol, la mente del hombre convertida en una película en la que rige un caos de imágenes, recuerdos, sensaciones, personas amadas y frases de los mejores libros que leyó, ella, ahora una especie de hada que apenas toca la vida, toma su rostro y se pierden ambos en sus miradas por varios minutos. La unión es total. La paz también. Lo besa por última vez aquí; tal vez lo seguirán haciendo en otra parte. Sus manos quedan vacías, atenazando el aire donde hace unos segundos estuvieron los ojos, la nariz y los labios adorados.

Queda nada más su pecho, o algo parecido, y dentro un corazón que sigue marcando el paso de una vida. Ella lo acomoda sobre la cama, recargado sobre el cabezal. Luego se tiende a lo largo, casi sin sensaciones en su cuerpo, al que siente navegar sin experimentar la gravedad terrestre. Acomoda su cabeza sobre el lugar donde late el corazón amado y suelta en murmullos una retahíla de frases por completo indescifrables. Las horas siguientes son un extravío en el que la mujer realiza un recorrido por lo que fue su existencia. Delira. De pronto, sólo abraza la almohada que todavía contiene el latido de una vida, intenso aún, redoble de tambor para despedir a un muerto que todavía no lo es.

La vela colocada sobre el piso, flamea.

La nueva aurora se cuela con dificultad por las rendijas del cortinaje espeso. Un prisma colgante de cristal en la parte alta del ventanal arroja luces azules y ambarinas sobre la cama. Algunas recorren el almohadón, el último vestigio de una historia de dos que al parecer ya no están. Sin embargo, si alguien estuviera presente a lo largo de las primeras horas de esta mañana, escucharía aún la potencia de un latido que va perdiendo fuerza lentamente.

La vela sigue encendida. De súbito, se apaga.

 

 

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Arturo Núñez Alday

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