Publicado en Lunear La Palabra Lunes, 07 Octubre 2019 05:26

Día de viaje

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En junio pensé que ahora sí se nos iba. Pero, ¡qué va! El señor es fuerte. En un descuido me muero primero.

―Una gripe no me acabará, María Modesta ―me dijo esa tarde al salir del hospital―, serán ellos quienes un día no me dejarán despertar.

Cuando lo oigo hablar así me pone nerviosa. Desde que se enfermó la vez pasada, en enero, empezó con eso de que lo visitan durante los sueños. Últimamente me ha dicho que lo vienen a ver también cuando está despierto. Se me pone la piel chinita y trato de no hacerle caso. Por lo demás, sigue lúcido como siempre, leyendo sus periódicos y revistas todas las mañanas, recibiendo visitas de sus hijos o de Juanito, su abogado. Sin embargo, desde hace como un mes dejó de vestirse de traje o al menos de saco como acostumbra, y empezó a hablar solo. Por respeto me retiro para no oír lo que dice, pero por más que me aleje, alcanzo a escucharlo en algunas ocasiones. Es como si platicara con alguien. A veces me da la impresión de que platica con varias personas. ¡Ay, don Luis! ¿Qué va a pasar conmigo si pronto se muere?

He aprendido a quererlo en tanto tiempo que llevo aquí. Aunque lo culpan por la matanza de los estudiantes del 68, parece que no le han comprobado nada. Por eso lo dejaron en paz hará unos seis años y terminó su prisión domiciliaria. O será que Juanito Rojas es un buen abogado. Lo que sí, recibió buen dinero cuando absolvieron al señor de los cargos que tenía en su contra. Cambió su residencia por otra más grande; lo sé por la vanidosa de su mujer. La última vez que vino en compañía de su marido a visitar a don Luis, se la pasó presumiendo su alberca y el estacionamiento para cuatro carros. Nada que ver con Juanito, un hombre serio y formal.

Hace tres días vino el geriatra. Nos indicó un cambio de medicamentos. Según él, las alucinaciones del señor son normales a su edad. Con las nuevas medicinas se tranquilizará y verá las cosas como son, dice. Lo que no sabe es que tiró por la taza del baño las pastillas nuevas.

            ―No insistas más en que me las tome, María Modesta. ¿Quién le dijo al médico que quiero estar sedado todo el tiempo? Ayer me pasé el día sin poder leer por el maldito sueño.

            ―Don Luis, el doctor sabe lo que hace. Dese unos días para acostumbrarse al nuevo medicamento.

            ―Luego hablaré con él… Trae los periódicos de hoy, necesito leerlos antes de que llegue el embajador de China.

            Esta será la cuarta vez que me toca recibir a un diplomático de ese país. Don Luis pocas veces se arregla tanto para recibir una visita, pero si se trata del embajador de China, se pone su mejor traje. Hace un año también lo visitó junto con su esposa. ¡Cómo me cayó bien la chinita! Se veían tan decentes y buenas personas. Aquella vez los acompañó la hija del señor, la señora María Esther. Traía puesta una blusa bordada con flores que fue de doña María Esthercita, su madre. Me quedé sin habla cuando la vi. Igualita a su mamá; parecía su reencarnación. Hoy vendrá el embajador porque supo que don Luis estuvo muy enfermo. Con eso de que los chinos están muy agradecidos con él por el apoyo que les dio cuando era presidente y China apenas estaba naciendo, así lo oí decir ayer cuando hablaba solo, pues están al pendiente de él. A mí se me hace que es más por conveniencia. Si estamos bien llenos de productos chinos aquí en México, y de chinitos también. El día que el señor muera, se me hace que habrá muchos de ellos en el velatorio. ¡Ni Cristo lo quiera!, esos no sabrán rezarle ni un Dios te salve.

            No entiendo de dónde saca Don Luis las ganas de leer tanto. ¿Para qué?, me pregunto. A sus 96 años debería dedicarse más a escuchar música, o a pintar cuadros como hacen otros viejitos. Se devora los periódicos y las revistas, hasta las de chismes de la farándula. Y tiene la manía de estar subrayando con marcador todas las páginas, yo no sé para qué. Cuando platica con las visitas pregunta y pregunta, quiere saber todo de lo que pasa allá afuera. Se me hace que lee y quiere saber lo más que pueda, porque pensará que allá en el cielo te abren rápido las puertas si no eres ignorante, o que Dios perdona tus pecados más fácilmente si no te dedicaste a holgazanear, o qué sé yo. Una vez le quise preguntar sobre eso, con mucho cuidado, porque trato de no parecerle tan simple y tonta.

            ―Don Luis, ¿usted cree que Dios nos aprecia mejor si en vida conocemos más de la ciencia, el arte y esas cosas? ―me miró como si nunca antes me hubiera escuchado hablar.

            ―Temo decirte, mujer, que Dios está muerto y bien enterrado. Al menos ése al que rezas a diario y vas a buscar al templo ―y me siguió mirando con un rayito de entusiasmo malicioso, ante mi gesto de alarma por lo que acababa de decir―. ¿Conoces a Nietzsche?

            ―La verdad, no, señor. De sus amistades conozco a muy pocas, sólo a las que lo visitan ―la risotada que soltó le provocó un acceso de tos; me di cuenta de que había respondido una tontería―. Si se refiere a un poeta o a un periodista de los que usted lee, pues le diré que no, señor. Además de la Biblia, en mi cuarto sólo tengo unos libros de esos que traen muchos pensamientos para dar ánimo en la vida.

            ―Está bien, María Modesta, no te preocupes ―después de la tos le quedó como un brillo de alegría en sus ojos viejos―. Un día te hablaré de él, aunque tal vez no sea necesario.

            ― ¿Quiere más tecito, señor?

            ―Un poco más, te lo agradezco.

            ―Me retiro. Ya no lo interrumpo.

            ―Oye, María, antes de que te vayas, contéstame una pregunta… ¿Tengo cara de asesino?

            ― ¡No diga eso, don Luis! Qué ideas se le ocurren. Usted es… una persona con defectos y virtudes, como todos… Con su permiso, señor.

            Lo dejé en su sillón, sin ese contento que vi en su cara un poquito antes. Ese día traté de ya no cruzar palabra con él, sólo lo necesario. Les pedí a Rocío, la cocinera, y a José Refugio, el jardinero, que tampoco lo molestaran. Decidí no investigar nunca sobre ese tal Nietzsche.

            Estoy esperando que se retire el embajador chino y las tres personas que lo acompañan. Tienen más de dos horas con él; lo veo muy animado. Me preocupan sus medicinas; hace rato debió tomar una de ellas.

Lo dejó de buen ánimo el embajador. Antes de dormir, mientras Anita me ayuda a llevarlo a la recámara en su silla de ruedas, bromea sobre un supuesto viaje a China conmigo.

            ―Con el miedo que me dan los aviones, ni lo piense, don Luis.

            ―El avión es el transporte más seguro, María. Es más fácil que una bala perdida te quite la vida, sobre todo ahora en nuestro país, que anda de cabeza.

            ―Las cosas que dice son para quitar el sueño. Tómese sus dos tabletas, ya es hora.

            ―Usar la fuerza, pero con inteligencia, es necesario para salvar a la patria de males mayores.

            ―No empiece con eso, señor, que me pone nerviosa. Sólo Dios sabe por qué llegamos a esto.

            ―Me gustó mucho la visita de nuestro amigo. Los chinos sí entendieron  nuestra decisión de usar la mano firme cuando se debía. A los muchachitos de ahora les tiembla el pulso.

            ―Vaya a la cama, señor. Deje de pensar en eso.

            ―Dejar de pensar es un sueño imposible, María Modesta. Oye…, quiero decirte que hoy estará aquí la compañera María Esther. Tengo cita con ella esta noche.

            ― ¡Don Luis! Ya le dije que delante de mí no diga esas cosas. Sabe lo impresionable que soy. Deje a doña Esthercita en paz. Y no le diga compañera, no me gusta. Fue su esposa por todas las leyes.

            Me voy de su cuarto asustadísima. Siento que por los corredores de la casa aparece doña Esther, elegante como siempre fue. Hay cuadros de ella por todas partes y la idea de verla aparecer me pone los pelos de punta. Quienes están cerca de la muerte ven y oyen cosas imposibles para los demás, según me han dicho. ¡Ay, Diosito! ¿Y si ya viene por él su difunta? Pues sería lo más justo, pero me cuesta aceptarlo. He llegado a pensar que el señor es inmortal o que se morirá cuando él lo decida. Una noche de la semana pasada me dijo algo que me hizo pensar así:

            ―Ya te hiciste mayorcita a mi lado, mujer. ¿Cuántos años cumpliste? ¿Sesenta y…?

            ―Setenta, señor. Ya llegué al séptimo piso aquí con usted, pero contenta.

            ―Arreglaré que te den un bono especial por eso, María Modesta. Cada década de vida debe celebrarse y premiarse ―se me quedó viendo como lo hace cuando me va a preguntar algo muy importante―. Dime, ¿imaginas cuál es la razón por la que no he querido morirme aún?

            ―Eso lo sabe Dios y usted, don Luis. Pues… creo que desea celebrar sus diez décadas completas. Y lo hará, estoy segura que sí.

            ―No se trata de eso. He esperado tanto para reunirme con la compañera María Esther, porque quiero que los mexicanos se den cuenta de que tuvimos la razón hace 50 años. Esos muchachos estaban manipulados por fuerzas oscuras del comunismo internacional. De no actuar con firmeza y patriotismo estaríamos ahora igual que Cuba.

            ―Don Luis, ya pasó mucho tiempo. Mejor deje de decir eso, se me hace que ni usted mismo se lo cree ―me miró sorprendido y enojado; yo jamás le había dicho algo así―. Disculpe a esta mujer bocona, pero… pues, repetir tanto esa cantaleta le hace mal a su salud.

            ―Sólo porque eres María Modesta, te perdono; sólo por eso ―cambio su rostro serio, soltó una carcajada y luego le vino la tosedera; como siempre que ríe con ganas.

― ¡Le estoy diciendo, señor! Mejor le pongo su Huapango de Moncayo para que la cabeza deje de estar dándole vueltas y duerma tranquilito. ¿Cómo ve?

            ―No se puede dormir tranquilo cuando se trabaja por la nación. ¿Sabes?, esta noche estarán aquí García Barragán y Corona del Rosal, a quienes debieron ponerles una estatua, cuando menos. ¡Pobrecitos! ―esto último lo dijo entre compasivo y burlón, torciendo la boca. No entendí por qué.

            ―Señor, no empiece con esas cosas, deje a los difuntitos en paz. No me acuerdo bien quiénes son los señores esos, pero ellos estarán en el cielo, con Dios. Bueno…, no sé si con Dios o con el diablo, pero ya no están aquí. ¡Ándele!, sus medicinas.

            Esa noche tuve que venir a verlo en la madrugada. Me despertó con su sermón mientras dormía. Cuando me acerqué, clarito escuché lo que hablaba:

― ¡Entiendan!, yo sólo lo puse al tanto de lo que pasaba. Quien dio la orden fue él, Díaz Ordaz… Pregúntenles a Siqueiros y a su esposa Angélica, yo estaba tomando un café con ellos esa tarde y… O pregúntenle a mi esposa, la compañera María... ¿Qué dicen?... ¿Qué yo fui una pieza clave para la intervención de la…? ¡Cuál CIA ni qué ocho cuartos! ¡Cabrones! Scott y yo éramos… Pinche Scott, yo nunca fui tu esclavo… Siempre velé por los intereses de la... Compañera María Esther, amor mío, recuérdales a estos ineptos que el presidente asumió la responsabilidad de sus actos... y el juicio de la historia… como lo he hecho yo… ¡Fuera de mi casa!, chayoteros irresponsables… ¡Fuera!

Ahí fue que despertó empapado en sudor. Estuve a punto de llamar a uno de sus médicos, sin embargo él me lo impidió. Quiso tomar un té de menta y me quedé con él hasta que lo terminó y volvió a dormitar. Estaba a punto de retirarme cuando empezó a hablar de nuevo:

―Pinches chamacos, se burlaron del presidente y les salió caro. Él no tenía la culpa de estar tan feo. A cualquiera le dolería escuchar que tiene hocico de mandril… Ja, ja, ja… Pensar que me pasé mirándole los dientes de cerca durante seis años… Ja, ja, ja… Si me hubieran hecho lo mismo, no les mando los halcones y el ejército, sino una bomba para acabarlos pronto, ¡bola de cabrones!... Y déjenme decirles que la ocupación de la UNAM por el ejército, fue una medida para proteger a la universidad de… los intereses mezquinos e ingenuos que pretendían desviar el camino de la Revolución Mexicana. Claro…, ustedes no lo podían ver, porque estaban cegados por…

Empezó a sudar de nuevo y decidí llamar a alguien. Pero se fue calmando lentamente, sin despertarse. Seguía diciendo cosas cada tres o cuatro respiraciones, pero ahora bien confusas:

―Pónganles un guante blanco a esos muchachos… Lo del bazucazo era necesario, Manautou… El cabrón de Scherer se va, ya está decidido… ¿Cuántos murieron el 10 de junio? ¿Diecisiete? ¡Qué bueno!, no fueron muchos… Quiero a todo el comité de huelga en la cárcel, Barragán, a todo… ¡Palo!, ¡palo!... Jolopo, la frasecita esa que dijo el Trompudo cuando te entregué el poder, no se la perdono: Ahora podemos ya respirar tranquilos; no, José, no se la perdono… ¿Te acuerdas, Carrillo Olea? Lo que pasó esa vez en la UNAM fue igualito que en Los Intocables…

Después de escuchar esto, otra vez me asusté, porque soltó unas risotadas que poco a poco se volvieron gemidos, mientras le salían lágrimas a chorros. Dijo algo más antes de despertar:

―Te fuiste muy pronto, Rodolfito…, muy pronto.

Y abrió los ojos. Los míos también se empaparon de lágrimas al recordar la muerte de su hijo. Me miró y tomó mis manos con un gesto de ternura que jamás había tenido conmigo. Me confundía.

―Compañera María Esther, gracias por haber volado a mi lado a tantas partes del mundo. Aun con tu miedo a los aviones, fuiste conmigo siempre que te lo pedí. Ahora soy yo quien tiene algo de miedo de volar a donde estás tú, pero sé que pronto llegará el día. Compañera… ¿verdad que no tengo cara de asesino?

Mis nervios no aguantaron más y llamé a su médico. Mientras hablábamos por teléfono, don Luis cayó en sueño profundo y se quedó calladito. Parece que sus fantasmas se habían ido. Quedé en recibir al doctor al día siguiente, recé un padrenuestro y me fui a dormir.

            Creo que algo va a pasar pronto. Hoy por la tarde vendrán dos de sus hijos. Saben que cuando se acerca el dos de octubre su papá se inquieta mucho y cae en depresión. Don Luis se levantó de la cama muy tarde, casi a las diez; eso es muy extraño, porque para esa hora ya tiene leídos sus periódicos del día. Tomó con mucho atraso sus primeras medicinas. Estoy esperando que termine de almorzar para llevarle las siguientes pastillas.

            ―El plato está casi sin tocar, don Luis. ¿Qué pasó con ese ánimo? Ande, al menos cómase la mitad.

            ―No quiero más.

            ―Tómese siquiera el jugo.

            ―No.

            ―Señor, ¿por qué esa cara triste? Hoy vendrán sus hijos y algunos nietos a verlo ―la idea no lo emociona para nada―. Mire, con el jugo que le sobra tómese la cápsula y la pastillita, se está pasando la hora.

            ―Me quiso dejar fuera. En enero del setenta el Chango me quiso dejar fuera. ¿Cómo se atrevió el muy…?

            Su mirada está rara, se va lejos atravesando los árboles y la barda, como llena de tristeza y enojo al mismo tiempo. En verdad me asusta. Voltea a verme y me pregunta con su voz quedita, quedita:

            ―María Modesta, ¿si te platico algo me guardas el secreto?

            ―Depende, señor Luis. No sé… Bueno, si no le hace daño a su salud que yo guarde un secreto suyo, le prometo que sí me callaré.

            ―Escúchame bien. Después del dos de octubre próximo, voy a elegir el día en que me voy a ir de viaje. Ya va siendo hora. Quiero que cuando suceda, pongas a mi lado el vestido de tehuana de la compañera María Esther, ése que está en mi guardarropa. ¿Me prometes que lo harás?

            ―No hable de eso, señor, le hace daño…

            ― ¿Me lo prometes?

            ― Esta bien, pero… dígaselo a su hija María, no quiero tomar decisiones que no me tocan… Mejor le traigo las revistas que llegaron, ¡ándele!, para que se anime. Voy por ellas.

            ―No, no hace falta. Llévame a mi cuarto, quiero descansar.

Mientras Anita y yo lo conducimos, comienza a hablar de los fantasmas que inventa.

            ―Gritan mucho esos muchachos. ¿Verdad, María Modesta?

            ― ¿De quiénes habla, señor? Aquí sólo están el jardinero, el chofer, Anita y los guardias. Vamos a descansar, ¡ande!

            ―Me dolió mucho esa pedrada en la frente ―no sé de dónde saca fuerzas para soltar una carcajada― ¿Hay equipo de beisbol en la UNAM? ¿Tú sabes? Yo no me acuerdo, pero podría ser un buen pitcher ese cabroncito.

            Está acostado y sigue riéndose del asunto de la pedrada. Sé bien de qué habla. Ya trabajaba yo aquí cuando llegó con la frente herida.

            ―Voy a dormir un rato. Te encargo mi secreto.

            ―No se preocupe, señor. Duerma tranquilo.

            ―Después del dos de octubre, recuerda. Entonces elegiré el día ―se vuele a verme con una sonrisa agradecida―. Gracias por todo, has sido buena conmigo.

            ―No diga más, don Luis. Duerma y vendré al rato a despertarlo.

            ―Espera un momento. Escúchame… Desde hace tiempo quiero pedirte… perdón. Si alguna vez he sido cruel contigo o injusto…, quiero que me perdones.

            ―Señor, yo… no tengo nada que perdonarle. No me pida eso.

            ―Por favor, mujer. Me hará bien si dices que me perdonas. Quiero dormir tranquilo.

            ―Está bien, don Luis. Lo… perdono, pero en verdad le digo que…

            ―No digas más. Está bien así.

Voy hacia la puerta de salida y me detiene.

― ¿Sabes, María Modesta? Tal vez Dios no esté muerto. Ese Nietzsche no debió saber gran cosa.

 

 

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Arturo Núñez Alday

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