Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 11 Enero 2021 05:44

Alfa

I

Se llamaba Pedro. Lo supe algún día cuando su dueña limpiaba el corral y yo pasaba trotando a un lado por el camino que bordeaba un arroyuelo. Solía detenerme a menudo para intercambiar con él dos o tres pavoneos y refrescarme la cara. De inmediato me di cuenta de que era el macho alfa; gallinas, guajolotas y demás pípilos se rendían a su garbo esponjado. Su moco era impresionante y campaneaba sobre su pico pendenciero.

            La primera vez que lo vi, antes de saber que tenía el mismo nombre de un tío cuya juventud pasó creyéndose el gallo mayor de su rancho, realizaba su ritual de conquista alrededor de la más hermosa de las hembras. Me llamó la atención su plumaje expandido y su cloqueo tan característico que me hizo viajar a la infancia.

Vi nuevamente a mi madre dando de comer a las gallinas y pípilos en el patio; y la recordé entregándome un pollito que yo adopté como mascota. Me dediqué a engordarlo y, terror, una noche antes de mi cumpleaños mi madre lo guardó en una caja enrejada de madera para tenerlo a mano muy temprano al día siguiente. Al mediodía, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, comía melancólico la pechuga del bípedo animal que supuse me había querido en vida. ¡Qué crueldad la mía!, después de haber abandonado su pescuezo a las manos de mi madre convertida en verdugo medieval, lo traicionaba de la manera más vil, comiéndolo con la culpa a cuestas y con lágrimas que me guardé adentro para no poner en riesgo ante mi padre mi condición de hombrecito. Lo lloraría después entre las sábanas, eructándolo y soñándome a mí enrejado y en espera del sacrificio. De ahí en adelante, mientras seguí en casa de mis padres, me dediqué a dejar libres los pollos y guajolotes que mi madre encerraba sospechosamente en la caja de madera una noche antes de algún día especial. Al menos intentaba convertir en actos mis afanes justicieros. De cualquier manera, al otro día chupaba con deleite culposo los huesos del animal embarrados de delicioso mole verde o rojo, celebrando tal vez el cumpleaños de la abuela o el día del santo patrono del pueblo. 

            Volviendo a Pedro, entabló conmigo una extraña relación cotidiana, cuando yo, después de correr por las mañanas los primeros tres kilómetros y faltando otros dos, me detenía frente a su corral para saludarlo especialmente a él, cloqueando a mi manera y enseñándole aquellos músculos míos de los que ahora sólo queda un vago recuerdo. Él reaccionaba esponjando su plumaje y echando al aire su garboso “gordo, gordo gordo gordo gordo gordo…”. Se me hizo costumbre cada mañana nuestro ridículo juego de machos. Seguramente el día domingo, que me quedaba en cama hasta las nueve olvidándome de mi rutina diaria de ejercicio, le extrañaría no verme llegar, detenerme a refrescarme en el arroyo y pavonearnos los dos.

            Aquel año, unos días antes de Navidad, salí de vacaciones con la familia y volví justo después de año nuevo. Extrañaba a mi amigo emplumado y deseaba verlo. Salí temprano a ejercitarme el siguiente día de mi arribo. Al pernoctar junto al corral me extrañó no encontrarlo. En su lugar, otro guajolote menos imponente expandió su plumaje al verme, reclamando la atención que no le prodigué antes. La señora salió al patio a alimentarlos y escuché el nombre de este nuevo fanfarrón esponjado. Pancho se llamaba. Quise preguntar a la mujer, de no buen genio, por cierto, qué había pasado con Pedro, a quien no podía imaginarlo desplazado de su función de galán del corral. No me atreví, pues su mirada era de esas que te congelan la lengua al primer intento de moverla.

            Me retiraba apesadumbrado cuando salió al patio un niño rollizo cuya estampa asocié de inmediato con el destino de Pedro. Mi imaginación hizo una retrospección y pude escuchar claro al mozalbete diciéndole a su madre durante la cena de Navidad o quizá de año nuevo: “Ahora sí te luciste, mami ―mientras se chupaba los dedos asquerosamente―, te quedó bien rico Pedro”.

            Mi alegría matutina quedó contenida en una rejilla de madera y adentro de ella cloqueaba agonizante.

La mañana siguiente cambié de ruta. Triste por Pedro, ya no quise encariñarme con Pancho.  

 

II

Mi madre dice que soy un ateo porque no voy a misa. Piensa que no creo en los milagros. En lo primero, concedo; no soy fan de los hombres de sotana. Respecto a lo segundo está equivocada, no hay nadie más asombrado ante los milagros de la existencia que yo. El último de ellos ocurrió hace poco en mi calle. Fue tan rotundo e inesperado que me hizo abandonar mis quehaceres para ser testigo de tal maravilla.

Los niños jugaban esa mañana del Día de Reyes, en este inicio del enero más incierto de los que he vivido. Unos presumían sus juguetes electrónicos a quienes los desconcertantes magos no les habían regalado uno igual; alguno más se encorvaba sobre su luminosa tableta digital buscando un juego que lo atrapara dejando a sus huesos quietos sobre la banqueta; otro, para fortuna del movimiento que debe significar la vida, pedaleaba su pequeña bicicleta con llantitas traseras auxiliares; y una pequeña hacía alardes de equilibrio para sostenerse sobre sus patines nuevos. Me llamó la atención un pequeñín haciendo berrinches al ser incapaz de manejar con destreza el control remoto de su auto transformer, y otra nenita hablando por celular con su muñeca ultra fashion, anoréxica y de cinturita imposible.

Me llamaron más la atención algunas de sus madres, de quienes su voz me llegaba en oleadas de murmullos. Querían también participar en el juego poco inocente de la presunción: “Fíjate que tuvimos que comprarle su iPad en vez de juguetes; por la pandemia, tú sabes. Además, se lo merecía mi chiquito por ser el segundo mejor de su salón”; “Pues, yo le dije a Ernesto: ‘no más de cinco mil por esta vez para Quique’; ya ven cómo andan las cosas, con su sueldito de 35 mil mensuales no da para gran cosa”; “¡Cállate!, yo le compré a Kimberly su bike Benotto con la tarjeta y sin avisarle a mi marido; ya después me arreglo con él como yo sé”. Así, entre risillas, siguió su juego de vanidades y simulaciones mientras los chicos descifraban los misterios de sus nuevas propiedades con emoción que iría menguando al paso de los días.

De pronto, llegó Julito, un chico al parecer muy popular entre los niños, pero del fraccionamiento contiguo, a decir de algunas de las damas. Era esbelto, cándido y con sonrisa permanente en su rostro. Traía una pelota de futbol rodando en sus pies. Después de inspeccionar con entusiasmo sincero cada juguete y artefacto electrónico de la decena de niños, y con todos ellos arremolinándose a su alrededor, propuso: “¿Y si jugamos a las escondis?” No se diga más, en plena mañana soleada todos abandonaron sus juguetes y aparatos para buscar el mejor escondite y guardarse, buscando cómo desordenar ese ambiente de casas edificadas con un mismo modelo y madres ufanándose en ser mejor que las demás. Vi al sol bajar desde su trono para perseguirlos detrás de árboles, autos y setos de jardines; escuché al viento contar con ellos el uno, dos, tres, cuatro, cinco… y hasta llegar a cincuenta; oí trinar de alegría a tres pájaros que por ahí volaban, felices por ver correr a los niños rumbo a un escondite que los protegiera de los horrores de las noticias y de las vanidades de sus madres, quienes, frustradas, recogían cada una las caras adquisiciones que tanto presumían, limpiándolas de pasto y cuidando que un piececito no estropeara lo que debía pagarse a plazos aún a costa de dejar medio vacíos sus refrigeradores.  

Luego jugaron a “Los encantados”, llevándome de viaje hacia una infancia recordada sólo con imágenes y sensaciones. Siguió el juego de “La rabia” y enseguida “La gallinita ciega”. Al final volvieron a las escondidillas y el uno, dos, tres por todos mis amigos y por mí me sacudió el pecho hasta hacerme recordar el primer amor hipnótico de mi infancia, mi primer round de trompadas con un primito en casa de la abuela y mis pantalones rotos de la rodilla que tanto fastidiaban a mi madre.

Más tarde se impuso el orden, el sagrado llamado a la paz y la quietud bajo el pretexto del sol quemante de las once treinta. Las madres llevaron los regalos de reyes al interior de sus casas y los niños se despidieron a regañadientes con la promesa de verse por la tarde para seguir jugando. Julito se fue por donde vino, rodando su viejo balón. Me pregunté quién era él, de qué callejón del pasado saldría o de cuál planeta, por qué conocía los mismos juegos de mi infancia, de dónde nacía su encanto para llevarse tras de sí una tropilla de nativos digitales pertenecientes a la generación Alfa, que nacieron y crecían en un entorno dominado por la tecnología.

Lo ocurrido fue mágico y agradecí estar ahí como testigo conmovido. Seguí con mis asuntos después de repetir varias veces, a manera de mantra y con un agregado mío, la oración de salvación que me regaló esa mañana luminosa: “Uno, dos y tres por todos mis amigos, por mis enemigos y por mí”.

 

 

 

 

Lunes, 04 Enero 2021 04:41

En algún lugar del sueño

La primera gran acción que debes realizar es quitarte esa barba de tres días. No te ayuda a recibir el año con una sensación limpia en la piel de tu rostro. Libéralo de sombras, no seas tú quien ponga nubarrones en tu reflejo. Anda, pasa el rasurador por tus mejillas, lento, gozoso, es una caricia gratuita que cuesta sólo un poco de espuma y unos minutos de devoción. Quien inicia limpio el año será capaz de hallar un brochazo de tersura en todo lo que mira. Al terminar deja que el agua fría revitalice tus ganas y unta un poco de loción en tus mejillas. La lavanda, por ejemplo, es magnífica para incentivar las ganas de amar, perdonarte y perdonar; convierte los miedos y las culpas en dos alas que se van lejos hasta explotar convertidas en un punto invisible del horizonte.

            Enseguida, es momento de enfrentarte al espejo, de cuerpo entero si es posible. Asedia tu rostro, hurga, ahonda sin temores, húndete en él por alguna de sus arrugas, desvela tus verdades detrás de la mirada, descubre las barcazas que navegan en los océanos que tus ojos contienen, piratas y corsarios incluidos, tormentas y días calmos, colibríes y cuervos, páramos y acequias de salinas aguas. Revisa tu piel y las tormentas de arena que la han resecado, quita con la imaginación la primera capa árida, la segunda y las demás hasta dar con la humedad. Sonríe en ese momento para que brote la fuente y te pinten los colores. Sacude tu pelo y acepta si alguna nieve ha caído sobre él. El blanco es el color de la paz y la reconciliación, no te preocupes por la relativa ausencia del negro; lo necesita el potro azabache que relincha en el corral y el plumaje del cuervo, pertenece sobre todo al dominio de la noche. Ama los huesos que ves y los músculos que los revisten, bien puestos y orgullosos o un tanto vencidos por el tiempo. Agradece al señor Cronos que aún eres capaz de convertir sus segundos en pasos y sus días en largos caminos por andar, agradécele incluso el plomo de las horas muertas porque de ellas nacen al final sonrisas vivas.

            Retírate del espejo ahora. Abre las cortinas y date cuenta de que el año nuevo es el mismo sol antiguo de cada día, y de que se han abierto las flores a su llegada y algunos críos se alimentan de él en la calle al correr tras la pelota. Nada es nuevo, pero todo lo es. La misma línea de montañas se perfila en la distancia, pero debajo de ella hay una renovación constante de los pulsos vitales. Tal vez al inhalar tus pulmones te ofrecen evidencias de aromas diferentes. Anhela en este momento la clarividencia olfativa del perro, para quien los secretos del aire no lo son; ambiciona el paraíso inacabable que abre sus puertas en la punta de su nariz y vuélvete su hermano de aventuras. ¡Eso es! Sacude toda tu modorra y tu pesimismo en la ventana, la fe no es otra cosa que luz golpeándote la cara o la tozudez de un salmón nadando contracorriente, o bien una flecha obstinada que perfora el aire en busca de su blanco. 

            Es hora de vestirte para recibir estos días de enero que se empinan cuesta arriba, deberás caminar en ellos con los pasos conspicuos de un ciervo. No es preciso que planches tu camisa, basta que esté limpia y aloje en sus hilos la pureza del algodón. No uses corbata, este tiempo necesita otro tipo de elegancias. Tampoco es preciso que tu calzado sea lustroso e impoluto; es uno de los engaños más ridículos y ahora poco convincentes. Busca mejor el resplandor de las palabras que irás tirando al viento por el sendero y ese otro que nace de tu iris al topar tu mirada otras miradas. Hace bien vestirse de silencio cada tanto, resguardar el fuego para cuando un incendio sea imprescindible, cuidar los significados a fin de ponerlos a salvo de tanta estupidez, descolgar las palabras frente a quien las merezca para evitar convertirlas en putillas que se vendan en cualquier esquina sin mayor atractivo que sus faldas cortas.

            Es momento de bajar la escalera para buscar la puerta que da a campo abierto, o de subirla si hasta ahora tu destino ha sido un sótano. Canta una canción en el trayecto, sobre todo si debes subir y bajar varias veces. La música ablanda los peldaños y es capaz de recuperar el líquido sinovial de las articulaciones. No temas si al salir o al entrar, o al subir o bajar, el perro araña tus ropas. Un amante fiel como él no porta ninguna enfermedad para tu espíritu ni virus alguno que ponga en riesgo tu vida. De lo único que puede contaminarte es de su canino amor, despreciado casi siempre por su talante peludo, pero infinitamente más pleno que cualquier otro afecto humano.

Antes de salir bebe tu jugo de amor verde de preferencia preparado por tus manos, aunque no vivas solo. Previo a licuar los vegetales, la piña, la naranja, el jengibre y la cúrcuma, agrega una cucharadita de sol y otra de luna guardadas en la despensa, y una más de fe destilada de la luz matinal. Bebe ahora como si fueran los besos líquidos de una mujer salida de una ostra gigante en la orilla del mar.

Es tiempo de salir a la calle, recorrer los días, dar vuelta en las semanas y seguir de frente tras los meses, a boca y nariz cubiertas porque de sobrevivir se trata, pero nada cubra la luz de tus pensamientos. Si has de guardar distancia que sea por respeto a la vida y no por miedo a la muerte; cuando ella llegue habrá de ser tu compañera hasta el final de los tiempos. No te dejes impresionar por los anuncios espectaculares ni por los vaticinios oscuros que se escuchan en la radio, mucho menos por los discursos de políticos que, si acaso, contienen tres palabras verdaderas dentro de cada cien.

Cada que vuelvas a casa revisa en el espejo si sigues siendo el mismo, para que no sea otro el que bese a tu compañera en vez de ti ni otro quien salga de paseo con tu perro. Es muy fácil perderse en la selva del miedo, debilitar las defensas y llegar a creer que no percibes el aroma del jazmín subiendo por tu balcón.

            Si sabes rezar, hazlo un minuto cada noche por los caídos y otro más por los que están en la primera línea de batalla. Si no aprendiste a hacerlo porque vives peleado con los dioses, coloca tu mano en el pecho y piensa en ellos, albérgalos un rato en tu silencio.

            Luego, duerme. El invierno es frío; sin embargo, hay un fuego, una flama, una vela prendida en algún lugar del sueño.

            Después despierta, encendido.

           

 

Lunes, 28 Diciembre 2020 05:40

Agenda

Ha llegado la hora de hacer balance de las pérdidas y las ganancias. No sé si habrá suficientes uvas en la mesa para acompañar las doce campanadas; quisiera mejor pensar en la docena de milagros que tendremos que fabricar durante el año que se anuncia. Las luces aún adornan las fachadas y los cánticos navideños insisten con su nostalgia a pesar de que un decreto nos arrojó afuera de las tiendas, entristeciendo a los modernos flautistas de Hamelin que insistían en meternos en ellas para atender al discurso de un imperialista gordo, blanco y barbón vestido de rojo.

En los hospitales, los nuevos héroes embozados sin súper poderes caen rendidos por el cansancio o mueren en solitario deshonor para convertirse en cenizas. A la par, hemos descubierto la vulnerabilidad de nuestra dieta de carbohidratos, fritangas y venenos dulces embotellados, y que nos ha colonizado la ignorancia digitalizada. Nunca antes imaginamos que nos acostumbraríamos a los besos y abrazos electrónicos, que renunciaríamos sin demasiada dificultad a la necesidad de congregarnos para reír, comer, beber, amar, o simplemente para satisfacer la necesidad magnética de estar junto a otros incluso dentro de largos silencios compartidos.

            Debo registrar en la agenda que la esperanza prometió pronto una cotidianidad que hoy nos suena a paraíso y, en cambio, diciembre difícilmente nos abre las puertas a un purgatorio de espera. Los más soñaremos con vacunas milagrosas y otros pocos gritarán que en la solución de las jeringas se aloja otro virus más letal que nos volverá zombis. Y luego seguiremos viviendo y muriendo como siempre, viviendo del amor que nunca muere y muriendo porque es oficio necesario.

            Mientras tanto, debo anotar también en la libreta el número de besos reales que no pude dar y recibir, los muchos abrazos convertidos en deseos y pechos anhelantes, y las hermosas noches de viernes que no me regalaron su algarabía de cristales chocando y carcajadas negando el mutismo. Anotaré también los cientos de sonrisas encubiertas que me tuvieron miedo al pasar y se replegaron hacia su mueca de indiferencia, y los pequeños pecados que no gocé porque casi todas las voces se volvieron discursos sobre un púlpito. Registraré los días que no existieron, el nombre de las playas que no pisaron mis pasos, los cientos de impulsos convertidos en dudas cuando apenas nacían, las quinceañeras que no compraron sus vestidos albos, los amantes que tuvieron excesiva precaución y se replegaron, los miles que perdieron sus trabajos y aprendieron a medio comer sólo dos veces al día, las risas de los perros que no sacudieron la soledad de los árboles en los parques, los suspiros de los abuelos meciéndose en los patios en eterna espera de sus nietos. Y guardaré también en los renglones todos los nombres que no dije al no saludar a la gente por las calles, los tantos asombros que no alcanzaron a mis ojos y los vaivenes de caderas que no despertaron a esta piel enjutada por el ritmo desquiciante de las horas. 

            Pondré también claves en mi agenda para evitar que los recuerdos se conviertan en amnesia, porque la tiniebla honda y larga que antecede al sol guarda en su misterio las verdades profundas. ¿Quién no ha despertado en esas madrugadas que llena con su canto el gallo, o en su caso el rugido de los primeros autos, para descubrir en su mente un hallazgo, o emocionarse con la hermosa serendipia que le regala lo no buscado? ¿Quién no ha interrumpido el sueño para descubrir a las cinco y sereno que en realidad amaba a alguien sin saberlo y por eso moja su almohada con un llanto que sabe a distancia? ¿Quién no se ha creído el adivino al hallar en duermevela la punta del hilo de la madeja y espera ansioso la aurora para salir a gritar los secretos desvelados o a enmendar entuertos? Así ahora esperamos que amanezca después de la noche densa para salir a contarnos las verdades que aprendimos, y hacerlo a labios descubiertos, a insana distancia, sin fina prudencia y con los ojos limpios.

            Tenme un poco de paciencia, tinta. Saldré a buscar para ti las historias que se esconden tras los muros y a veces asoman sin tapabocas por las ventanas. Tal vez podamos escribir tú y yo en los muchos espacios vacíos de la agenda los nombres de los que estamos vivos y ojalá lo sigamos estando, porque a mí no me gusta contar a los muertos, me duele y quizá prefiero guardarlos en la memoria. Pero seremos tantos que no habrá suficientes renglones. Pudieran ser nada más los nombres de los valientes, aunque siguen siendo muchos; los encuentro a diario limpiando parabrisas en los semáforos, saliendo por docenas de las fábricas o laborando en los centros comerciales, en el mercado, las tiendas, las panaderías, las oficinas, los puestos callejeros y, sobre todo, en los hospitales. Mejor anotaremos en los renglones solitarios las consignas que gritaremos mañana y el nombre de las estatuas que será obligación derribar cuando las calles sean recuperadas. No olvidemos registrar los nombres de los falsos superhombres que nos embaucaron por décadas y que hoy han muerto llevándose a la tumba sus ridículos poderes envueltos en sus capas o desechos en sus músculos inútiles.

            Antes de cerrar diciembre dibujaré velas encendidas en los márgenes de cada página y no caeré en el cuento de aquellos agoreros que escuchan en el veinte veinte el tintineo del año de la bestia. Mantendré abierta la agenda vieja a un lado de la nueva para hacer frente a los olvidos y descolgaré los frutos nuevos del árbol sin dejar de honrar aquellos que no supieron de nuestras manos y cayeron al suelo para convertirse en abono y semilla. El propósito mayor será no ser el mismo, cambiar la piel, renovar el iris, aprender a hablar en el silencio, injertar agujas de fe en mi corteza, lanzar las redes, perseguir embustes, llover sobre el estío si alguna vez puedo ser agua. Y no vender a los hijos del amor por treinta denarios; y no perdonar a los padres del horror si no es tras los barrotes; y no esconder fotografías de los caídos en archivos muertos. Sobre todo, no olvidar lo pequeños que parecemos ante un microscópico enemigo que tejió su redonda telaraña por el mundo para sacudir y aquietar nuestra soberbia, como nefasto semidios encargado del trabajo sucio.

            No suenen a duelo las doce campanadas; no amarguen las uvas la noche que recibe la década tercera del tercer milenio; no enciendan las luces los rictus de las sombras. Aquí está mi copa y el vino está limpio. Encerremos a Átropos, la Moira que corta el hilo de la vida, y liberemos a las Auras para que limpien los vientos. 

           

 

Lunes, 21 Diciembre 2020 05:59

Rojo intenso

La alarma suena quince minutos antes de las siete. La noche anterior, antes de dormir, Humberto olvidó desactivarla. El mismo sonido de todos los días: una especie de campanas tintineando durante un paseo dominical por un camino bordeado de árboles; siempre la misma asociación de imágenes al escucharlo, siempre el mismo deseo de perderse en ese sendero con el que asocia su limitada idea de la felicidad.

            Intenta dormir a sabiendas de que será inútil intentarlo. Dará vueltas en la cama y pronto terminará entrando de lleno en la luz débil del último día del otoño. En otro tiempo el día lunes era el mejor de la semana; después de cuatro o cinco jornadas intensas de trabajo lo aprovechaba para dar una larga caminata con Teo por el parque de Chapultepec y visitar a su madre, aún viva. El martes iba de compras y atendía pendientes, porque a partir del miércoles o jueves su rutina de trabajo como actor era intensa y apenas le quedaba tiempo para trotar un poco con su mascota por las calles de la colonia Juárez, para beber una copa en un bar o meterse entre las sábanas con alguna de sus amantes. Este lunes, sin embargo, la luz que se filtra por la ventana le parece gris, aunque el sol insista en matizarla de naranja al tocar las hojas de los árboles de la calle. Y no tiene el mínimo deseo de salir a caminar con Teo ni de ir a la cocina a preparar su jugo verde ni de levantarse de la cama, pero tampoco de quedarse en ella.

            Con dificultad sale de su cuarto para dar de comer al perro, quien al verlo mueve su cola sin mucha convicción y luego come sin demasiado entusiasmo al darse cuenta de las sombras en los ojos de Humberto. Teo no sabe que la ciudad ha vivido los últimos meses bajo los designios de un semáforo, y que naranja significa ciertas restricciones en la movilidad y en las rutinas comerciales y de servicios; asuntos fuera de la órbita de un perro. También ignora que hoy el semáforo cambió a rojo y que los teatros han cerrado sus puertas por tiempo indefinido. Sí sabe, como nadie más, que su amo desde hace un tiempo luce más encorvado, lo acaricia menos, inunda el departamento con olor a cigarro y lo lleva a pasear un día sí y otro no, y que, al hacerlo, es la mano de un fantasma la que lleva su correa, como cualquier otro de esos paseantes embozados que trashuman el temor en su mirada.

            En vez del acostumbrado jugo verde, Humberto se sirve una generosa copa de tequila. El aroma excita y pone en alarma a Teo. Hace mucho su olfato no percibía esa fragancia fuerte, desde que el departamento se llenaba de hombres y mujeres que reían y al final dejaban en el ambiente un tufo por completo desagradable a su sensibilidad canina. Eran otros tiempos, las cortinas de las ventanas siempre estaban corridas durante el día, su paseo diario era rutina alegre, Humberto cantaba bajo la regadera y del refrigerador, regularmente lleno, extraía manjares para ambos. En una época no muy lejana habitó ese espacio una dama cuyo olor le pareció a Teo como una puerta al paraíso, y le gustaba cómo empataba el aroma de ella con el de su amo, sobre todo al medio cerrar la puerta de su recámara y dejarlo a él afuera, que era feliz escuchando los gemidos y exclamaciones que venían desde adentro, envueltos en el vapor de un perfume que no ha vuelto a disfrutar más.

            Humberto va a la cocina y prepara café. Al poco tiempo ingresa a su cuarto con la jarra caliente en una mano y una taza medio llena en la otra. Deja a su paso el olor a cigarrillo tan detestado por Teo, quien lo mira sin levantar su cabeza pegada al piso. Pasan las horas y el perro sólo escucha los golpes suaves sobre un teclado, ruido poco escuchado en casa. Las ventanas siguen cerradas, huele a rancio y la luz natural declina pronto. Una tristeza infinita inunda como un tsunami los huesos del viejo labrador, que de pronto gimotea e intenta perderse en el sueño para encontrar ahí su bosque de ahuehuetes, pinos, cedros y álamos, y tal vez el vaivén alborozado de una cuatro patas en alegre celo. Sin embargo, ni el sueño lo reconforta; la tarde corre como secuencia de sobresaltos interrumpida sólo dos veces por el deambular de su amo entre la cocina y su recámara, sin voltear a verlo siquiera para darse cuenta de que sufre en silencio.

            La noche se desploma pronto. Suenan cancioncillas navideñas que llegan desde algunos departamentos vecinos, como un remedo de felicidad que hoy parece forzado, condicionado por la tácita prohibición de salir a buscar bajo un cielo ya de por sí insalubre alguna estrella de Belén que ilumine una pequeña esperanza.

En el cuarto de Humberto canta el silencio. Por fortuna, ha dejado la puerta entreabierta como siempre. Teo no resiste más su angustia y la empuja con su trompa. Encuentra una penumbra apenas rota por una línea de luz que sale del cuarto de baño. Se dirige hacia allá lleno de inquietud acompañada por un gemido lastimero. Empuja la puerta por fortuna sólo entornada y lo que ve lo congela plantándolo en el piso. El hombre más triste del mundo se encuentra desnudo dentro de la tina de baño, medio ebrio y con un cúter en la mano derecha tratando de encontrar el valor para cortar la muñeca izquierda, pero con una mirada vidriosa y enrojecida en la que no existe arrojo alguno. Si algo se puede leer en ella es que los artistas del escenario no pueden vivir con un aforo permitido del treinta por ciento y ahora de cero por el semáforo en rojo; que a Renata, la dama con cuyos aromas los suyos hacían milagrosa simbiosis y llevaban a Teo hasta un cielo perruno, la amaba más de lo que pudo aceptar antes su egoísmo masculino, y ahora ella no estaba; que se sentía terriblemente solo y cansado de representar sobre un escenario a personajes inexistentes que le habían robado el alma dejándolo casi sin sustancia; que la llegada de la Navidad, como siempre, volvía endeble su estructura psicológica y el mar era el único capaz de reinventarlo, pero ahora incluso el mar parecía lejano y no había en sus arcas dinero suficiente para llegar hasta él.

Sabio, el casi anciano labrador va desplazándose lento sin despegar un segundo sus ojos de Humberto, como un felino que sabe cómo dar cada paso para tener éxito en la caza; ahora se trata de cazar la vida y su instinto lo sabe. Al estar por completo de frente a él se lleva a cabo un duelo de miradas. Teo sabe que detrás de sus ojos Humberto sigue vivo. El hombre también sabe que su mano derecha temblorosa no es más que una escena muchas veces vista en las películas y alguna vez representada por él sobre las tablas de un teatro, pero unos minutos antes quiso probar si era capaz de acabar con la ficción y colorear de rojo intenso el agua de la tina, el iris de sus ojos, el aire, las calles, la ciudad entera con sus millones de cubrebocas escondiendo hasta quién sabe cuándo las sonrisas.

Humberto encuentra en los ojos de su perro aquello que antes no fue capaz de ver en ellos aun amándolo tanto: el incondicional amor que el animal le profesa, el más puro de todos; la compasión más plena; una presencia incuestionable que moriría por él si se lo pidiera y pudiera entenderlo.

Teo va acercándose con todo sigilo hasta alcanzar con su lengua la mano derecha ya vencida que todavía aprieta débilmente el cortador metálico. Tres o cuatro lamidas son suficientes para que Humberto reviente en un llanto sin diques, convirtiendo rápido en salina el agua destinada un poco antes a volverse roja. Entre salpicaduras, lengüetazos, gimoteos, abrazos y garras tiene lugar un renacimiento que nunca será relatado sobre la tarima de un teatro ni recogido en un papel por dramaturgo alguno de medio pelo.

Una hora después, Humberto asoma por la ventana y mira los juegos de luces que cuelgan de los balcones y fachadas de algunas casas. Dos niños con cubrebocas y gorros rojos caminan de la mano de sus padres rumbo a quién sabe qué alegría que sus pasos anuncian. Suenan estribillos navideños y logra experimentar un ligero regocijo escarbando su piel recién aseada. A su lado, Teo apresa ansioso su correa entre sus mandíbulas y mueve la cola, impaciente. Desde sus 55 centímetros de altura, el perro no puede vislumbrar lo que aquel ve, pero sí es capaz de distinguir el esbozo de sonrisa en su cara. Enseguida escucha el ansiado ¡vamos! Sabe que la vida ha vuelto a casa y la recibe con saltos y cabriolas.

Salen y se van por las calles en medio de la noche fría y roja por decreto. A Humberto se le ocurre pensar que una descomunal flor de nochebuena se extiende por completo en el cielo nocturno de la ciudad y se derrite sobre ella.

 

               

 

Lunes, 07 Diciembre 2020 05:59

Inicia el vuelo

María Luisa, este año han muerto las cinco crías de golondrina. Dos cayeron del nido y las encontré muertas una mañana. De una más quedaron regadas en el suelo algunas plumas tiernas y la cabecita que ya no quiso comerse el gato, o no pudo. Otra amaneció muerta en el nido. Quise salvar a la única sobreviviente que también había caído sobre una cama de periódico que puse en el piso, debajo del nido. La coloqué en una caja de zapatos llena de tiras de papel para darle calor y la intenté alimentar con carne molida, pero nunca quiso abrir el pico. Sus padres revoloteaban alrededor tratando de entender la desgracia. Ellos, a diferencia de ti, que hablabas sin parar incluso cuando no debías, no dicen nada para mostrar su enojo, contrariedad o tristeza; claro, no pueden. O será que no sé nada del lenguaje de las golondrinas. Posiblemente tengan matices en sus trinos o cantos, pero habría que ser uno de su especie para distinguirlos.

            Querida Marilucha, ¿te acuerdas que el año pasado solo murió una de seis? Aún estabas conmigo y las vimos aprender a volar. Alegraron la casa unas semanas. Hoy hay silencio: no cantan ellas ni cantas tú.

            Voy a tirar el nido cuando partan las aves, mi amor. No quiero que regresen otra vez a nacer y morirse pronto. No sé qué hacer con la tristeza de la golondrina madre que aún duerme en el tendedero del patio, cerca del nido. Casi no escucho sus gorjeos, se quedó sin ganas de cantar. Sólo mueve sin parar su cabecita como si buscara a sus polluelos, como si quisiera escucharlos. Insiste en quedarse a vivir su duelo o tal vez la consuelan los olores de sus crías que sólo ella percibe. La golondrina macho la resguarda desde el techo de la casa y parece sufrir menos. O qué se yo. Las dos maestrías que tengo no me sirven para saberlo; ni haberte amado tanto ni haber vivido 81 años me sirven para entender cómo llora una golondrina, cómo su tristeza puede ser igual a la mía.

            Conforme pasa el tiempo sin ti, mientras espero, lloro igual que mi huésped de brillante azul oscuro: en silencio. Yo colgado del tiempo; ella del aire.

Es septiembre ya, mi amor, pronto cumpliré un año sin ti. Creo que las golondrinas preparan sus alas para marcharse. Me pregunto si no sería bueno preparar también mis maletas y emigrar a un mejor lugar. No me aterra nuestro lecho ni tus vestidos en el closet ni las fotos ni tus murmullos guardados en las esquinas de la casa; tampoco tengo miedo de la noche que te trae hacia mí para jugar cartas en la mesa del comedor o tomar café juntos mientras escuchamos las noticias y llega la hora de irnos a dormir en el lecho que guarda tu olor como si aún fueras de huesos y carne. Lo que me acuchilla es la tristeza imposible de nombrar al saber que te pierdo paulatinamente, la certeza dolorosa que se adueña de mí al aceptar poco a poco el trance de tu ausencia. Mientras me resisto a dejarte ir, soy como la golondrina madre que vuelve al nido una y otra vez para soñar que de ahí brotan gorjeos hambrientos e inmaduros.

Veré el modo de guardarte en la maleta junto con las pequeñas cosas que me interesan. Un fantasma no pesa ni hace demasiado volumen. En cuanto llegue octubre y en los cables de luz se reúnan en parvada las andolinas, sabré que es la hora. Tiraré el nido y enviaré las llaves de la casa a nuestra hija. Ella tiene mucho tiempo para saber qué hacer con sus recuerdos de nosotros. Yo apenas tengo el necesario para escaparme contigo a aquella playa en la que una vez experimentamos el paraíso, donde pensamos que morir sería bendición. Ahí cualquier pretexto será bueno, cualquier manera: una ola osada y atrevida, un dulce filo de navaja, tu fantasma compartiendo conmigo una botella entera de nuestro brandy predilecto o un sueño nocturno en el que me besas sin dejarme respirar ni ver la luz del amanecer.

Mientras llega la hora, Marilucha, mientras sigues siendo una sombra precisa yendo y viniendo por la casa, regañándome por dejar tirados los calcetines en cualquier lado y no bajar la tapa del baño, deja que te cuente que nunca me guardé nada contigo, que pude amarte lo estrictamente necesario, pero decidí hacerlo hasta el tope de mis posibilidades. Sólo hay algo de lo que me arrepiento, querida mía: de no haber muerto primero que tú. Parecía lógico e hice lo necesario para que así fuera, como las golondrinas hacen por sus hijos. Por eso se quiebra mi escepticismo y me veo tentado a pensar en el buen Dios y sus trazos del destino. Si existe su capricho todopoderoso alguna razón habrá tenido para llevarte primero.

Desde ayer no hay un solo excremento de ave en el patio, ningún gorjeo se escucha desde que amaneció. Asomo por la ventana y veo a lo lejos los cables que conducen la electricidad. Son huestes aladas dispuestas a partir.

Ha calentado la mañana. Inicia el vuelo.

Oaxaca’s tremens

Llevo unas copas encima y mis pasos me llevan a buscarte hasta ese lugar. El bullicio de viernes en “La coronela” es una inyección de ánimo para los corazones desgajados que algún placer encuentran en deambular su soledad bajo lloviznas y ciudades frías. He estado en pocas cantinas como ésta. Uno se embriaga de inmediato al entrar en ella por la mezcla de alcohol, humo y emanaciones de hombre y mujer espesando el aire.

            Encuentro libre la mesa en que estuvimos, milagrosamente sola. Parece que me espera; nos espera. Pero ella no sabe si llegarás, aunque yo sé que estarás ahí.

Tomo mi lugar, el de aquella vez, a tu derecha. El mesero se acerca y pido dos copas de mi mezcal oaxaqueño preferido, del mismo que aquella ocasión encendió tus labios para que yo los apagara luego a mordidas. El muchacho me mira con extrañeza, pero cumple el encargo.

―Uno es para la dama ―le digo, señalando tu lugar a mi izquierda.

―Perdón, ¿cuál dama, señor?

―La que me acompaña. Podrás verla si te esmeras un poco. La belleza, cuando es real, nos hace esperar antes de exhibirse.

― ¡Ah!, ya entiendo. Su acompañante… vendrá pronto ―colocó tu copa en su lugar y se marchó, confundido y sonriente.

            Te pregunto si deseas los tacos de cochinita pibil y los chapulines asados que te encantaron. Recuerdo que por primera vez comí unos cuantos animalejos de esos aquí contigo e intercambiamos sus patitas, antenas y ojos en los tantos besos largos que nos dimos. Mi lengua y la tuya se fusionaban en una dicha inexplorada de bichos y mezcal.

            El mesero me mira de reojo, cuchichea con sus compañeros y contiene la risa cuando le pido las segundas copas, llevándose las primeras ya vacías. Él no sabe y lo disculpo. No entiende que bebo tu copa por ti para poder mirarte. Seguramente piensa que estoy completamente pirado cuando me ve cerrar los ojos para verte mejor. Me oye hablar contigo sin oír tus respuestas que sólo yo escucho. Tú me preguntas qué me gusta de ti. El mesero me escucha contestarte: tus labios finos, tu pelo crespo azabache, tu mirada lunar y sobre todo tu voz, viento caliente de meretriz elegante que me enerva todo, vaho sabio que anuncia cabalgatas sudorosas sobre camas mojadas de esperma y destilados vaginales. Te pregunto qué te gusta de mí. El mesero no te escucha responderme que son mis manos, la manera de mirarte, los versos que te escribo y el furor de mi cuerpo con el tuyo.

            Mi tercer mezcal, en realidad el sexto, me libera de la necesidad de cerrar los ojos, porque ahora, abiertos, te miro en todo tu esplendor y siento el calor de tus manos en las mías, las humedades brujas que tienes en los labios. Nuestras carcajadas sorprenden al empleado, quien ahora duda de que en verdad no estés aquí. Lo mismo les sucede al resto de los clientes, quienes con un mínimo de esfuerzo podrían verte, ahora que vuelan como yo en cielos vaporosos de vino. De rato en rato voltean a vernos, divertidos, y nos saludan brindando por nuestra felicidad. Veo cómo sus ojos recorren tus piernas largas y responden a tu risa gratuitamente coqueta, evanescente. 

            El siguiente trago nos levanta a bailar alrededor de la mesa, al ritmo alegre del trío musical que ha llegado a la cantina para amenizar la borrachera. ¡Cómo me envidian los demás! Tu falda vuela hechizándolos con los aromas que nacen en tu sexo. Juro que están encantados contigo como estoy yo, los miro quitándose las ropas mientras me quito las mías y te quitas las tuyas. Un trago más anuncia la orgía que estamos a punto de iniciar. Estás hecha una diosa desnuda. Escucho gemidos de placer que salen por debajo de las sillas, por las paredes y las bombillas del techo. No soy el único en éxtasis, el perfume de tu piel derretido en el aire ha encantado a los presentes. No resisto más el deseo de poseerte y reclamas que te haga mía de inmediato. Te tomo del talle y levanto tu cuerpo caliente sobre la mesa. Estoy a punto de entrar en ti, cuando siento el golpe seco en mi cabeza. Lo último que veo antes de desmayarme son los ojos del mesero, desorbitados por el asombro.

            Al volver de la inconsciencia alcohólica has desaparecido por completo; no sé a dónde te has ido. El mesero hace esfuerzos por subir el cierre de mi pantalón, mientras alguien más insiste en que extienda un brazo para colocarme una manga de la camisa. Frente a mí veo a dos tipos uniformados con tolete en mano. Logro ponerme de pie y les invito una copa. Me responden con una orden y me conducen con la cabeza baja hacia la salida. Ya no escucho gemidos ni suspiros. Los parroquianos me miran con lástima, murmuran y uno que otro suelta risitas burlonas.

            Mientras me conducen a la patrulla voy cayendo en la cuenta de que me engañó tu fantasma. Otra vez te inventé, como ha pasado últimamente desde que te fuiste. Algunas lágrimas de alcohol resbalan por mi cara y siento caer en un abismo a cada paso. Nuevamente la llovizna y la ciudad fría.

            El auto inicia su marcha conmigo adentro.

De pronto, el muchacho de los ojos asombrados corre hacia nosotros, gritando. El policía que maneja se detiene y abre la ventanilla.

            ―El señor olvidó esta foto sobre la mesa. ¿Puedo entregársela?

            Las bestias uniformadas asienten, abren una de las ventanas traseras y el chico me entrega tu imagen.

            ―Si la mujer de su alucine es ésta, patrón, y la ve así de chula como en la foto, pues bien vale el desmadre que armó en la cantina ―y se va, guiñándome un ojo.

El auto arranca. Te guardo en la bolsa de mi camisa para que calientes mi pecho y no tenga demasiado frío en la cárcel. Como los efluvios del mezcal oaxaqueño no se han marchado del todo, cierro los ojos y apareces.

 

 

 

Lunes, 30 Noviembre 2020 05:46

¡Ay!, no sé…

1991

Da vueltas en su cuna, inquieto. Me hace pensar que no la pasa bien en el sueño. Lo quiero tanto y llego a pensar que el amor en exceso le hace daño. Sé que me critican por darle pecho aún. ¡Pero si apenas tiene trece meses! Además, no volveré a tener hijos, me quedaré con Perlita y con él. Entonces para qué quiero cuidarme tanto los senos si no habrá otra boca que alimenten después. Bueno… queda la de Javier, mi marido, pero a sus treinta años creo que está bastante bien nutrido; su madre hizo su trabajo de maravilla. A mi niña sólo le di nueve meses porque se me acabó la leche; tengo sentimientos de culpa. No quiero que me pase lo mismo con Lalito. El problema es que empieza a morderme, como si se enojara el muy bandido. Dice mi prima psicóloga que lo hace para aferrarme a él, que empieza a querer controlarme. ¡Ay!, alucina demasiado. ¿Cómo se le ocurren esas cosas? Si es un inocente. Lo que pasa es que no lo puede evitar, es varoncito y por eso es más brusco. Javier también me… ¡Ay!, qué pena. Pero bueno… pienso que a todos los hombres, grandes o chiquitos, le gusta darnos mordiditas ahí. Y diré la verdad, a mí me gusta que me muerdan, sobre todo cuando estoy a punto de… Bueno, ése no era el tema, me estoy acalorando demasiado. El otro día tuve un problema con mi marido. Regañó a Lalito como si fuera un niño mayor, todo porque rompió al rey Baltazar en el nacimiento. Le dije que estaba jugando y que no lo puede tratar desde pequeño como si fuera un soldado. Incluso le dio una nalgada. Y todo porque rompió al rey negrito, como si no hubiera muchos en el mercado. Me enfurecí con él, a una criatura no lo puedes tratar así, pierde la confianza en sí mismo y en los demás; en eso creo que tiene razón mi prima. Perlita también tembló de miedo al verlo enojado, y ella tanto que lo quiere. De castigo, toda la semana lo puse en ayuno de… En abstinencia carnal, pues, para ser elegante. Ni te atrevas a tocarme, le dije. Lo amenacé con ponerme “cinturón de castidad” todo un mes si volvía a tratar así a Lalito. Vieran el arreglote de flores que me trajo al otro día y lo bien que la pasamos en el restaurante lujoso al que me llevó a cenar para curar su culpa. Ya por la noche lo premié como se debe. Pensándolo bien, una nalgada a Lalito de vez en cuando no es para tanto alboroto. ¡Ay!, pero no. Pobre de mi pequeño. A veces pienso que soy mala madre. No me tengo confianza y así menos la van a tener mis hijos. ¡Ay!, no sé…

 

1993

Algo le pasa a Lalito. Desde que Perlita ingresó a preescolar se ha puesto muy chillón e inseguro. No quiere jugar y anda pegado de mis faldas todo el tiempo. Me ha desesperado tanto que el otro día le di su nalgada. Luego me sentí tan vil que lloré y lo abracé durante horas. Mi prima nos recomienda llevarlo a una guardería, porque así tendré tiempo para mí y podré empezar a trabajar; además, dice, Lalito se volverá más autónomo y dejará de aferrarse al trapo con el que anda todo el día. ¿Quién le dijo que quiero trabajar más de lo que lo hago en mi casa? Como ella no tiene hijos ni marido se la pasa en cursos y congresos. No, decidí ser madre y cumplo mi obligación. Tengo mi título de enfermera, pero la verdad es que acabé la carrera por complacer a mis padres. Me siento realizada en mi casa, atendiendo a mis hijos y a mi marido. Lalito me necesita tanto. Tiene mucho miedo y es demasiado sensible, no soy capaz de abandonarlo todavía. Luego me puede pasar como a Rocío, mi otra prima, que se siente tan independiente y liberada que acabó enredándose con otro y largándose con él sin importarle su hijo; lo bueno es que sólo tuvo uno. Y vieran qué lindo es. Acaba de cumplir tres años, tiene dos meses más que Lalito, pero es un verdadero remolino. Le gusta cantar, jugar futbol y hasta lo metió su papá a clases de nado. ¡Tan chiquito! En una de esas se ahoga y luego vienen los arrepentimientos por andar queriendo meter a sus hijos en todo. Yo pensé en llevar a Lalito, pero no creo que sea tiempo todavía. No sé, a veces pienso que debo ser más valiente. Últimamente me he sentido muy ignorada por Javier. Casi no me ayuda con los niños, llega muy tarde del trabajo y dice mi pariente psicóloga que a esta edad mi hijo lo necesita mucho. Yo entiendo a Javier, pobrecito, trabaja tanto que a veces se queda a dormir en la oficina. Aunque en ocasiones sospecho… Mejor no pienso nada, sólo me hago bolas y ofendo a mi marido, tengo plena confianza en él. Mi mayor preocupación es mi niño. No lo saco de la tele y llora si no encuentra su trapito. ¿Y si lo llevo a natación como me recomiendan?... ¿Mi marido andará con alguien?... Quisiera ser más segura… La verdad es que… ¡Ay!, no sé…

 

1995

Dudo que hayamos elegido bien el kínder para Lalito. Ayer llegó muy triste y dice que ya no quiere ir. La verdad es que hay muchos niños majaderos. Le he dicho a Javier que debemos cambiarlo de escuela, pero no me baja de loca y consentidora, como si no supiera que nuestro hijo es tan sensible. Me indignó bastante la actitud de su miss cuando a Lalito le dieron un balonazo en la cabeza por jugar de portero. A mí me choca el futbol y a mi hijo tampoco le gusta. Pero su padre insiste en que debe practicar esos deportes de contacto para que se haga fuerte. Pues ahí tienen, que lo dejaron casi privado cuando no pudo atajar con sus manos el balón y le dio en el entrecejo. La bruta de su maestra diciéndoles a sus compañeritos que no le hicieran caso, que él se levantaría solo. Y sí, Lalito se levantó tiempo después, ante las burlas de varios niños estúpidos y la indiferencia de su maestra, que sólo atinó a decirle que en la vida uno se cae muchas veces y hay que saber levantarse. ¡Bruta! Si hubiera estado yo ahí, la moqueteo y la tiro al suelo para que también aprendiera a levantarse sola. Con esas nalgas de yegua no creo que hubiera podido. Desde esa vez veo muy retraído a mi hijo, ni siquiera lo vi feliz ahora que le festejamos su quinto cumpleaños, sólo se emocionó cuando el payaso que contratamos se puso a hacer trucos de magia y luego declamó un poema sobre la alegría. Vi que su mirada se perdía en los movimientos del payaso, tratando de descubrir el secreto de los trucos y después escuchó el poema con la boca abierta, como si fuera música lo que estaba oyendo. Una de dos: Lalito será poeta o mago, o algo por el estilo. Su papá quiere que sea ingeniero civil como él, pero no le veo la pinta para eso. Últimamente no muestra ninguna iniciativa y se queda mirando por la ventana como si escapara por ella con la imaginación. De repente hace unos berrinches tremendos y termina llorando, y rompe lo que tiene a la mano. Me dicen que debo ignorarlo; mi prima, ya saben. Pero yo lo abrazo al pobre hasta que se calma. Ahora que entre a la primaria lo llevaremos a otra escuela donde no haya tantos pelafustanes. ¡Ay!, yo me siento bien apenada con mi niño. El otro día entró a mi recámara por la noche, porque lo despertó una pesadilla, y nos encontró haciendo el amor. Entró justo cuando yo pegaba de gritos. Porque soy así, escandalosa, no puedo evitarlo. Pobrecito, se impresionó tanto que me siento una madre pervertida por hacerle eso. A veces creo que lo debo llevar a terapia… o que soy yo la que debe ir. Ya me lo había sugerido mi prima, pero… ¡Ay!, no sé…

 

2000

No debería, pero estoy preocupada por Lalito. Le dolió mucho que su padre no estuviera en su décimo cumpleaños. Desde que me separé de Javier han bajado sus calificaciones en la escuela y le ha sido difícil llevarse bien con Pedro. Perlita, al contrario, se lleva excelente con él, le ayuda mucho su carácter más ligero. Pero Lalito no entiende que separarme de su papá fue lo mejor; ya no era vida la nuestra. Gritos, malas caras, fastidio todo el tiempo. Lo peor: me fue infiel y yo también a él. No había nada que hacer. Ahora con Pedro me siento otra vez viva. Tal vez a Lalo le pareció muy precipitado de parte mía que a los cinco meses yo tuviera otro hombre, pero no pude evitarlo, no nací para estar sola. Además, lo de Javier y yo ya tenía tiempo que estaba muerto. Pero, ¡ay!, no sé qué hacer con mi niño. Apenas va en quinto de primaria y me salió con que ya no le gusta la escuela. De plano tuve que llevarlo con un terapeuta recomendado por mi prima, ahora sí le hice caso en medio de mi desesperación. Sé que ella no lo aprobaría, pero cuando veo a mi hijo triste y con mucho miedo, me acuesto un rato con él en su cama, como ahorita. Lo acaricio hasta que se queda dormido. No me gusta cuando se queda con Javier en su departamento, dos días a la semana; regresa enojado y hosco conmigo. No sé qué tantas cosas le dirá de mí esa bestia peluda. Lo que menos me agrada es que lo obligue a tomar esas estúpidas clases de Tae Kwon Do. Regresa furioso porque siempre lo golpean y me pide que hable con su padre para que no lo lleve más. Con todo, ayer mi hijo me dio una alegría que, para mí, es al mismo tiempo una pena. Le gusta una niña de su escuela y dice que se siente enamorado. Es tan pequeño que me causa ternura; también un poco de celos. ¡Mi chiquito de diez años fijándose ya en sus compañeritas! Pero eso le va ayudar a no extrañarme ahora que me vaya con Pedro al mar por una semana y lo encargue a él y a su hermana con su tía. Sé que me critican mis familiares por estas liviandades, como les llaman ellos, pero es que necesito mi espacio. De cualquier modo, dice el terapeuta que Lalito está resolviendo mejor sus conflictos, que poco a poco aprenderá a competir y a tolerar mejor la frustración. Necesito el mar, cada vez que voy a él me renuevo. Con Pedro quiero repetir algo que no hago desde hace mucho, cuando estaba con Javier: hacerlo a la orilla del mar, en una playa que conozco y detrás de unas rocas a las que llega poca gente. Ahí desarrollé la potencia orgásmica de mis pulmones y no hay nada en el mundo que me alivie más que sentirme poseída en ese lugar. Sé que parezco un poco loca, pero ésa soy yo. Ya se durmió Lalo. ¡Qué lindo se ve!, se está volviendo hombrecito. De pronto no quiero que crezca, siento que le da miedo el mundo. ¿Será que el miedo lo tengo yo?... ¡Ay!, no sé…

 

2008

Desde hace unas semanas que su madre se fue a vivir a un pueblito de la costa de Oaxaca, San Agustinillo, creo, Lalo se ha puesto en mal plan conmigo. Tenemos seis meses de andar de novios y no había reaccionado así. Al principio me gustó por tierno y callado, tan diferente de los demás chicos de la prepa. No le conocía sus arranques de enojo. La verdad es que me ha herido, pues lo quiero mucho. Todo comenzó porque me atreví a opinar sobre la partida de su mamá hacia ese lugar en el mar, con su nuevo galán medio hippie. No pensé que se enfureciera cuando le dije que no estaba bien que lo dejara viviendo con su abuela, que todavía la necesitaban él y su hermana; aunque Perlita es otro rollo, bien independiente ella y bien lanzada. Lo que más le pudo es que me reí del modo de vestir de su mamá, pues desde que encontró a su reciente amor usa puras faldas hindús, blusas de manta, collares y huaraches, así como bien retro. Como que no le queda, le dije. Yo la conocí trabajando en oficina, con traje sastre y todo, y pues se me hizo muy raro el cambio, neta. Eso fue todo. Se encabronó tanto que terminó llorando, no sé si sólo de enojo o porque le toqué algo muy adentro. Yo lo quiero, pero en el fondo no lo conozco mucho. Me he dado cuenta de que hablándole bonito se le baja lo berrinchudo. Cuando lo hicimos por primera vez, y así, literal, por primera vez, pues los dos éramos vírgenes, me sacó de onda cuando al final me pidió que le dijera Lalito, mientras se quedaba adormilado encima de mis pechos. Yo lo tomé como un juego bien padre, pero cada vez que hemos estado juntos me solicita lo mismo. ¡Y pues ya!, ¿no? Le dije que me explicara por qué siempre me pedía eso; se le pusieron los ojos llorosos y terminé consolándolo. Lo que de plano no tolero es que sean mis pechos lo que más le guste de mí cuerpo; siempre me lo dice. ¡Ay!, eso me fastidia, porque si algo me tiene traumada son esos dos globos que me cuelgan y donde se pegan los ojos de todos los idiotas que me encuentro por la calle. ¿Y mi cerebro, qué? Y mis ojos, mis piernas, mis sentimientos, mis ideas, ¿qué onda con ellos? Lo perdono porque lo quiero. Me preocupa verlo tan confundido. Cada vez quiere saber menos de su padre, no sabe qué área vocacional escoger y ya nos quedan pocos días para decidir. Le pregunto qué se ve haciendo dentro de diez años. Se lo toma a cotorreo y me dice que se mira cogiendo conmigo en un maratón de sexo interminable. Ya pronto saldremos de vacaciones, quiere que lo acompañe a visitar a su madre, pasar allá su cumpleaños dieciocho y echarnos unos churritos mirando el mar. Tengo mis dudas. No sé a dónde voy a llegar con Eduardo. Quiero mucho a mi chiquito, pero… neta que… ¡Ay!, no sé…

 

2022

Ayer me sorprendió mucho con su aparente decisión de abandonar su trabajo. Desde hace varias semanas lo he visto inseguro y deprimido, refugiado siempre en sus libros y quejándose de los políticos, la violencia, la economía y el consumismo. Justo ahora que estoy embarazada y necesito certeza. Me cuesta lidiar con esos bajones emocionales de Eduardo, quiere abandonarlo todo, no le ve sentido a lo que hace. Es extraño, cuando comenzó a dar clases se veía encantado. Decía que el aula es un espacio revolucionario por excelencia, que ahí está el futuro del país, en la educación. Si algo me encantó cuando lo conocí en el último año de la universidad fue su idealismo y espíritu crítico, su fe en el arte y la poesía. Nunca pensé que un estudiante de letras hispánicas tuviera más espíritu revolucionario que mis compañeros de la facultad de leyes. Por eso no entiendo su fastidio, dice que ya no soporta a esos adolescentes descerebrados que no creen en nada, se guían por las redes sociales y son incapaces de una mínima solidaridad hacia los demás, perdidos siempre en ese mundo de pantallas digitales e imágenes que los manipulan como a unos títeres. Más me duele no verlo emocionado con mi embarazo y que me diga que no se siente apto para ser padre. ¿Por qué ahora me lo dice, carajo? Pudo haberlo dicho antes de embarcarnos en esto. Pero de pronto vuelve a ser el mismo hombre tierno que conocí y me confunde. Llega, me abraza, nos pide perdón al bebé y a mí, y se adormila en medio de mis pechos. ¿Quién es tu chiquito?, me pregunta. La respuesta mágica es: tú, mi amor; eso parece tranquilizarlo y darle fuerza. En ocasiones tengo la sensación de que estoy a punto de parir dos niños, uno de 32 años. No estoy segura de seguir queriéndolo igual, muchas cosas se han perdido entre los dos. Antes me encantaba su poesía, esa hermosa desazón que había en sus palabras, su dulce fastidio del mundo; ahora ya no me sirve esa melancolía impresa en papel. Creí que evolucionaría hacia algo más constructivo, con mayor reflexión y propuesta. Nada, se quedó en la descripción de la pestilencia del pantano y lo que quiero es salir de él, ver firme hacia adelante. ¡Dios!, se me ha ocurrido dejarlo y enfrentar sola el nacimiento de mi hijo. Yo gano más dinero que él y no me da miedo ser madre soltera. Sin embargo, me atormenta pensar en lo que sería de Lalo. Lo veo tan aislado, tan insatisfecho. Se me oprime el corazón, pobrecito. Además, la enfermedad de su madre lo ha afectado mucho, aunque no creo que la señora se merezca sus atenciones y los de Perla, mi cuñada, pues dejó de estar en los momentos importantes de sus hijos. Tal vez Lalo tenga razón, otro trabajo le ayudaría a salir del bache en que se encuentra. ¡Ay! A veces dejo de ser comprensiva con él. Mi madre dice que los hombres a esta edad tienen muchas crisis y que yo… ¡Ay!, no sé…

 

2041

Su edad es buena para morir, me lo dice muy convencido después de hacer el amor. Es un hombre raro y yo reconozco mi propensión hacia los hombres raros. Llevamos más de dos años como amantes y me siento bien así. Tengo bien claro que no soportaría despertar todos los días junto a un tipo que por las noches escribe panegíricos a los suicidas, a la eutanasia y al sexo con androides, que todo lo compra y paga por Cosmonet: la marihuana, los alimentos, los libros electrónicos, la pantalla enrollable OLED y la cuota por vigilancia satelital de seguridad. Fue curioso haberlo conocido hace ocho años en el funeral de su madre, al que acudí para darle el pésame a su hijo Rogelio por la muerte de su abuela; Roge era mi alumno en la escuela secundaria. Eduardo me pareció un tipo encantadoramente desfachatado, con esa barba y su melena larga, y unos ojos infantilmente tiernos. Cuando mucho tiempo después nos hicimos amantes no pensé que llegaría a quererlo tanto. De hecho, provoca un conflicto interesante en mí, pues aunque me lleva ocho años, lo siento como un niño desamparado; estancado, dice él, por no haber podido hacerse de un patrimonio que un hombre de su edad debería tener. Mueve mi emoción a querer cuidarlo, cobijarlo. Será que nunca fui madre y de alguna manera él llena ese hueco inconsciente mío. También está Roge, que, aunque sabe que su papá y yo tenemos una relación especial y no exclusiva, cuando eventualmente convivo con él me ve como una segunda madre; le gusto, me dice en broma. Es extraño mi Lalo. En algún momento pensé que podríamos tener una relación normal, pero definitivamente no es posible. Me entristece cuando afirma que no rebasará los sesenta años y pedirá la eutanasia; no soporta la idea de llegar a viejo. No quiero vivir con alguien que hace apología de la muerte en lo que escribe. No pude terminar de leer su última novela, sus personajes son una especie de espíritus que hacen la guerra para ganarse el derecho a no nacer en esta dimensión tridimensional, luchan por la no vida. El tema me asusta demasiado, soy aún un tanto conservadora y amo estar viva, tener sexo no virtual y consumir comida de verdad, no hamburguesas de carne de ternera fabricada en un tubo de ensayo a partir de células madre de vaca, que hoy están tan de moda. Eduardo dice amarme, tanto, que accedió a cumplir una fantasía mía muy común de realizar por muchas mujeres modernas, pero que a mí me ha costado trabajo; qué quieren, aún nací en el siglo pasado. Se trató de tener sexo con dos hombres a la vez. Fue una experiencia plena de amor, divina, me procuraron un placer exquisito que antes no experimenté. Eduardo me pide que probemos un trío con un androide mujer que él suele alquilar eventualmente. Pero hasta esos extremos no llego, ya no es natural. De mi parte, lo último que hice por darle gusto fue colocarme unas prótesis mamarias autólogas para aumentar el tamaño de mis senos. Me resistía, pues a mi edad sigo practicando natación y me serían muy incómodos; pero quise satisfacerlo. Además, son operaciones tan habituales que prácticamente el 80 por ciento de las mujeres lo hace. ¡Ay!, mi Lalo, debo pensar bien si quererte es suficiente para seguir de amantes, pues ese afán tuyo de pedir la eutanasia antes de los 60 me perturba. Tal vez deba voltear hacia alguien menos complicado. Pero… ¡Ay!, no sé…

 

2060

Eduardo, no sabes cuánto te agradezco que haya sido yo a quien elegiste para estar contigo este día. Sé que todo está listo. Sin embargo, aún quiero hacer un último intento para disuadirte. Disculpa que lo haga, pero soy tu hermana y siento mucha tristeza. Me resisto a tomar las píldoras no sadness, prefiero sufrirte en este momento como sufrí la pérdida de mi esposo. Se me hace digno un poco de dolor. Lalo, el informe de tu genoma predice tu muerte natural hasta los 83 años. ¿Por qué insistes en irte antes? Sé que pensabas hacerlo a los sesenta y que lo pospusiste gracias a tu interés por las letras. De no haber sido así, no hubieras escrito Jardines en Marte, ni dado esa alegría esperanzadora a tanta gente en el mundo. Piensa que aún puedes ofrecer mucho más con tu talento, aunque creas que ya lo has dicho todo. ¡Ay!, hermanito… Veo que estás decidido, ¿verdad? ¿Por qué al menos no aceptas mi propuesta de criopreservar tu cuerpo? Yo asumiría el costo correspondiente a los próximos 50 años. Me he comunicado a Alcor Life Extension Foundation y… Está bien, no insistiré. Una pregunta más, Lalo. ¿Después de la resomación de tu cuerpo deseas que guardemos tus cenizas un tiempo, antes de llevarlas al mar, o que procedamos de inmediato?... Gracias por dejarme tenerlas conmigo un tiempo. Aún soy mujer de fe y quiero hacer algunos rezos durante unos días para que tengas buen viaje; Roge y su esposa están de acuerdo. Ahora debo entregarte esto que he tenido conmigo desde que me lo dio a guardar nuestra madre: tu trapito. Se ha conservado en un cofre todo el tiempo, de modo que está igual que cuando eras niño. Llévalo contigo. Me da gusto que te cause esa sonrisa. Creo que… antes de que me eche a llorar, ahora sí tomaré las píldoras para evitar la tristeza. Quiero despedirme feliz, igual que te veo a ti… ¡Listo! ¿Sabes que no me tardaré mucho en seguirte? El informe de mi genoma dicta que moriré a los 78; ya sólo me faltan seis. Veré cuánto puedo alargar mi tiempo; o cuánto lo acorto. No importa, estoy satisfecha con lo que he vivido y mis hijos también lo están; no tengo nada que lamentar. Lalo… te quiero mucho, ¡mucho! Es hora de retirarme. ¿Quieres decir o pedir algo más?... ¡Claro que te cantaré nuestra canción! ¿Recuerdas cuando nos la enseñó mamá? Amaba a Queen, la vieja banda: “You make me live, whatever this world can give me, It’s you, you’re all a see…” Adiós, hermanito. Te abrazo fuerte. Debiera llorar por ti, pero ya no puedo. Estoy feliz al verte marchar feliz. Quisiera que… ¡Ay!, no sé.

 

 

 

Lunes, 23 Noviembre 2020 05:45

Pajarero

Era necesario esperar los primeros atisbos del sol, esos iniciales rayos del mismo color que las espigas de arroz embarazadas y colgantes. Ahí iban mis pasos cargando mis pocos años somnolientos, sobre el camino recorrido a diario en el que me eran familiares todas las hierbas y cada una de las lagartijas que me salían al paso.

               Agacharme y recoger las piedras para llenar mi morral con su peso. Escógelas pequeñas y redondas, pajarero, me decía mi padre, no levantes lajas que se atoren en la honda. Y yo quería ser bueno en ese oficio rudo para un niño, resguardar las espigas porque estaban cargadas de ilusión campesina. Por eso caminaba erguido y rápido aun con el morral lleno de rocas también llenas de sueños milenarios. La encomienda era llegar primero que los tordos; en ese tiempo no sabía que nadie llega primero a ningún lado antes que los pájaros, ellos son dueños del aire y de los relojes más precisos, y yo solo dueño de las piedras y de mis pasos pequeños.

               A los trece años nadie tiene enemigos. Como pajarero me vi obligado a tenerlos, alados, negros y más tercos que un guerrero en la vanguardia. Yo los hubiera dejado llenarse el buche de arroz hasta que reventaran, mientras me dedicaba a tejer fantasías recostado en la pajarera que sobre el tronco vivo de un guayabo me construyó mi padre. Pero me daban miedo las posibles cuerizas sobre mis huesos. Por eso mejor aprendí bien a dar gritos tarzanescos bien apoyados en el músculo del diafragma que ni sabía que existiera. Uno que otro tordo se asustaba con ellos y para los demás estaba la piedra dentro de la honda. Giros y más giros y más giros; y con un zumbido salía la piedra en busca de las pequeñas alas. Jamás logré darle a uno, o no lo supe; sin embargo, las parvadas se levantaban rumbo a los árboles cercanos o a buscar su alimento en los cultivos de al lado. Me gustaba ver esas flechas negras moviéndose sobre el verde amarillento, o descendiendo desde el azul por sobre mi cabeza. Admiraba su coordinación perfecta, su matemática solidaridad que pintaba trazos en el aire que hoy son pinturas en mi recuerdo.

               Me pregunto ahora cuántos cientos de granos de arroz debieron no comerse los pájaros en aquel entonces para que no fuéramos pobres. Porque, dejaran limpias las espigas o repletas de granos, nosotros seguíamos necesitados y la leche alcanzaba solo para el más pequeño. Lo bueno era que entonces no sabía de la pobreza, bastaba un pan en la barriga y patear una pelota en la calle para ser feliz; bastaba que mi madre fuera capaz de sonreír y cantar cuando lavaba tinas repletas de ropa en el río mientras los niños jugábamos a los buzos en la poza; bastaba acurrucarme con mis hermanitos en una sola cama y asustarnos contándonos cuentos de aparecidos.

               Nadie conoce mejor el valor de la mañana que los pájaros, por eso llegan temprano desde no sé dónde. Si te retrasas, pajarero, los encuentras a las ocho de la mañana eructando con su canto los arroces en las copas de los árboles.

               El mediodía es el tiempo mejor para el descanso. Las aves se las ven duras con el calor y aprovechan la tregua para dormitar bajo la sombra. Aunque hay tercos entre los tercos que en solitario se deslizan sobre el arrozal. Yo lo sabía, mas simulaba no saberlo; media espiga menos no era gran cosa para que yo fuera por los carriles lodosos a echar guerra contra dos o tres obstinados. Lo cierto era que admiraba a esos que rompían las reglas y elegían las horas adversas para su lucha. Ningún maestro en la escuela me enseñó lo que ellos. Eran los insurgentes, los rebeldes sin causa, los que eligen al cenit como su aliado.

               En esas horas duras y largas como caminos sin sombra, debí tener a mi lado un libro para descascarar en él mis propios granos de arroz de oro, y comerlos; debí recorrer en él senderos lejanos y viajar por el mundo mientras caía la tarde. Pero no había más que libros de texto en mi casa, y aunque dentro de mí cabalgaba un quijote y en mi cabeza de niño bullía una urdimbre de metáforas, no tuve un compañero de papel que sembrara flores en mis horas muertas. De cualquier manera, me quedaba la imaginación y con ella cocinaba rimas ingenuas para niñas tristes y de trenza larga, traspasaba las montañas más lejanas que veía y llegaba hasta los mares, o dirigía historias heroicas con personajes que surgían de las nubes. Mientras tanto, mis amigos obstinados me robaban algunos granos y luego, satisfechos y retadores, se paraban sobre los hombros del pobre espantapájaros, derrotado en su mentira de paja y sombrero viejo.

               A veces, cuando no llevaba itacate, pasaba mi padre a dejarme unos tacos que preparó mi madre y a supervisar mi trabajo para luego irse a su faena en otra siembra. A veces me acariciaba la cabeza y con eso pagaba todas mis vacilaciones y melancolías, y le daba fuerza a mi hombro derecho para lanzar la piedra con la honda o para tronar el chirrión. Yo lo miraba irse y otra vez dejarme solo. En el fondo sabía que no deseaba hacerlo, pero también tenía claro que a un hombre de campo se le educa así, como si pesara la consigna de que el destino es duro y mejor sería tener el cuero fuerte, la mano callosa y la mirada firme.

               La batalla reiniciaba al descender el señor Tonatiuh hacia el poniente, un poco más tibio y amable. Astutos, los tordos se dejaban venir en picada uno a uno tratando de no ser vistos. Era necesario dar golpes de autoridad y ganar terreno. Me arremangaba los pantalones para caminar hacia el otro lado de la parcela y tronar ahí el chirrión con arresto. Ellos y yo conocíamos el juego y sus reglas. Después regresaba a mi posición original rodeando la parcela. El ciclo se repetía tres o cuatro veces a lo largo de la tarde.

               Una hora antes del ocaso, la necesaria rabia se encendía en ambas partes: ellos burlándose de mis ardides y yo multiplicándome por todos lados. En ese momento me resultaba muy útil el lazo colgado de varias garrochas alrededor del arrozal con botes de hojalata llenos de piedrecillas. Al tirar del lazo con fuerza los botes sonaban como maracas y asustaban a cierta cantidad de aves. Acompañaba el baile de los pedruscos con los truenos del chirrión, los giros de la honda y mis gritos.

               Me desesperaba que el sol no declinara por completo. A diferencia de Rolando, el héroe medieval, que pidió al sol detenerse para tener luz suficiente y vencer así a los sarracenos en la batalla de Roncesvalles, yo le pedía que apresurara su paso y llegara pronto a la punta del cerro que lo guardaría por doce horas. Sin embargo, parecía no escuchar y divertirse al verme pelear con los tordos.

               Ellos y yo sabíamos que nadie ganaría. Se marcharían justo en la puesta del sol para reanudar mañana, y al siguiente día y siempre. Su destino era la guerra, y el mío también, decía mi padre, y convertirme en profesor para no tener que vérmelas con el lodo, la honda, la pala, el machete, la yunta y el sol cayendo inclemente sobre mis años nuevos.

               Después de verlos alzarse en parvadas y retirarse a pasar la noche en no sé dónde, metía mis bártulos en el morral y echaba a caminar para vencer los tres kilómetros que me separaban del pueblo. Ellos llegarían rápido a su destino. Pequeños y de vida breve, Dios quiso regalarles el don de la velocidad a fin de compensarlos un poco. Yo llegaría a casa a punto del anochecer, entre un Ave María de mi madre y alguna otra jaculatoria de la abuela, agradecidas por verme llegar sano y salvo.

               Los días de pajarero no tenían tardes para correr tras la pelota ni sonrisas coloradas de las niñas al pasar por la calle en busca de un piropo. No tenían juegos de trompo ni competencias de baleros con los amigos ni nados en la poza del río. Pero sí tenían la bondad de mi madre vertida en un plato de sopa, la alianza milagrosa entre un rezo y un suspiro de la abuela y dos o tres diabluras de mis hermanos pequeños. A veces, solo a veces, también tenían la mano paterna sacudiendo mis cabellos; bastaba con esa caricia para dormir soñando que era fuerte y el futuro era mío.

               Al cantar el gallo la batalla consabida debía continuar. Otra vez el camino y el morral de piedras, otra vez la espléndida llanura tornasol que inoculó en mis ojos una luz que no se apaga. Otra vez rendirle pleitesía al astro rey en su camino combado. Llenar el aire con mis gritos, escuchar los truenos saliendo de mis manos; y pájaros regalando los secretos de su lucha y bondades de arroz madurándose en las puntas.

               Y en la mirada, esculpiéndome la aurora un anhelo de alas grandes. 

 

Martes, 17 Noviembre 2020 05:46

Fantasmas

DE MAR

En el mar te encuentro. Te veo venir hacia mí desde las olas donde revienta tu presencia y refuto la versión de la rezandera que repitió incansable uno y otro y otro Dios te salve, María, en ese intento inútil de consolarnos por tu supuesta ausencia. Nunca creí que fueras tú quien durmiera dentro del féretro de caoba de fina hechura. No eras tú esa de labios yermos y fríos, no la misma que besó mis noches de pieles encendidas. No eran esos ojos cerrados aquellos que descubrieron mi existencia deambulando por una tarde de sombras ni eran esas manos sucumbidas las que me levantaron de una muerte prematura.

            Me dicen que no estás, que te has ido. Sólo porque cerraron el ataúd en el que no te vi y lanzaron flores sobre una tumba donde no duermes. Si ellos pudieran abrirme el pecho lo entenderían, pero viven casados con la idea de que todo termina con un último suspiro. Pobrecillos, trato de entenderlos, están tan solos sin ti y con sus plegarias. Tal vez si vinieran al mar podrían mirarte cuando abro mi pecho y tú sales a jugar con tus pies entre las olas, nos mirarían caminar tomados de la mano sobre la arena larga, solazarnos con el crepúsculo y luego acurrucarte en mi regazo hasta la primera estrella y después volver a la cabaña contigo ya dormida en mis adentros. Me mirarían llorar hasta hacer subir la marea, pero sabrían que es el efecto salino de llevarte en mí con todo lo que eres.

            ¡Ven, mi amor! ¡Estás hermosa! El sol hace maravillas en tu piel traslúcida y las gotas de mar que cuelgan invisibles de tu pelo tienen el mismo sabor de mis lágrimas. No digas a las olas que no estás, porque dejarían de cantar para siempre y entonces yo sí me moriría.

 

 

DE CANCIÓN

Cae la noche y me invaden muchas ganas de caminar sobre el teclado. Preparo café y me dispongo. Convoco alguna música de Chopin y entro al paraíso.

Apenas tres renglones y me interrumpe la algarabía de los niños en mi calle. Es intensa y por eso me extraña que mi perro no reaccione. Me pregunto si estará enfermo o será que también octubre lo vuelve introspectivo. Cierro la puerta del ventanal para amortiguar las voces y trato de continuar.

Dos renglones más tarde allá afuera parece que llegó una marabunta. Respiro profundo y contra mi voluntad salgo a la terraza para ver a los pilluelos. Para mi sorpresa, la calle está vacía, sólo las sombras primeras de la noche densifican el aire suspendido.

Extrañado, vuelvo a ingresar a mi cuarto. Como si el calendario colgado en la pared atrajera mis ojos, descubro que hoy es 31 de octubre. Cómo es posible que no lo supiera. Ahora lo entiendo: son ellos y este es su día. Vuelvo a escuchar el jolgorio esta vez mesurado y salgo a asomarme nuevamente. Nada: silencio, vacío. La duda se esfuma vaporosa en el aire.

Inquieto, voy hacia el mueble de la cocina donde guardo la bolsa de dulces que tengo preparada para este día. Sé que tocarán a mi puerta, igual que el año pasado, el primero de su nueva vida. Y también vendrán más tarde los otros, los que sólo se disfrazan de muerte.

Ahí están. Los puedo escuchar. Me pregunto si habrán crecido un poco. Javier ya sería un púber y Damiana también. Los demás eran más pequeños y los recuerdo menos. “La calavera tiene hambre, no hay un pancito por…” Abro la puerta que da a la calle y automáticamente cesa el cántico. Sin embargo, sé que están ahí, frente a mí. Casi puedo ver las pecas de Damiana y su cabellera pelirroja. Conmovidas, varias de mis lágrimas también se asoman. Tomo buenos puñados de dulces y los arrojo al aire; sé que cacharán algunos.

Después de unos minutos de imaginarlos, sonrío y les digo adiós. Al entrar a casa y cerrar mi puerta la cancioncilla continúa. La vocecita dulce de Damiana es inconfundible.

No puedo evitar que me atraviese la tristeza.

Aquel terrible día debimos incendiar ese camión y a su maldito chofer embrutecido por el alcohol.

 

DE LIBIDO

La familia entera se reunió alrededor del anciano. Recibieron la noticia de que estaba en las últimas y nadie quiso pasar como descortés ante el casi nonagenario y ante Sarita, la única de las hijas que se encargó de él durante años. Ahí estaban todos sus hijos, ocho en total, no todos de la misma madre, y muchos nietos que no lo veían desde que eran niños, ahora calvos algunos o ya canosos. A algunos los movía un amor ligeramente genuino y a otros simplemente el interés. También se presentaron algunos bisnietos, curiosos por saber un poco más del famoso bisabuelo y sus historias donjuanescas.

Apareció una antigua sirvienta, ya de la tercera edad, acompañada por un treintañero al que hizo pasar por hijo del moribundo. Nadie creyó su historia y con decencia la pusieron de patitas en la calle, aunque el muchacho, un verdadero percherón, era altísimo como el viejo y con idéntica sonrisa pícara.

Reaparecieron tantos y varios de ellos se conocían sólo a través de las fotos. Para las muchas lágrimas que ahí se derramaban hubieran sido necesarios estudios de laboratorio a fin de constatar su pureza.

            Entre los que se encontraban dentro del enorme dormitorio, y bebían café o intercambiaban conjeturas a media voz, había una mujer de mediana edad que sólo él podía ver. Nadie comprendía la sonrisa plácida del anciano, ese rictus de placer que dibujaban sus ojos y su boca, aun cuando su pulso había bajado a menos de 40 latidos por minuto y su presión arterial estaba por los suelos. Sus ojos parecían perdidos en un punto en la pared y nada podía hacer que los desviara de ahí.

            Era ella, la mujer de su vida, madre de tres de los ahí reunidos. Sin embargo, por extraño sortilegio acaecido en su transición de la vida a la muerte ―aunque algunos sostienen que es a otra vida verdadera y eterna―, la dama se presentó con una apariencia de veinte años menor que cuando se fue de viaje sin retorno, bella todavía, glamorosa y sensual. En su delirio, el hombre la vio dirigirse hacia él traspasando objetos y otros cuerpos. Alzó su mano para tomar la de ella y después acariciar no con ternura su pelo ni con devoción sus mejillas, sino con inusitada lascivia sus senos. Admirados, los presentes lo vieron alzar su cabeza y parte del tronco para alcanzar los labios que la mujer le ofrecía, invisibles para ellos. Su respiración se agitó de pronto y en su mirada se dibujó una emoción envidiable si de morir con ella se trataba, la misma de un mancebo que por primera vez ve desnuda a una mujer deseada.

            En efecto, la aparición vedada para todos, menos para él, poco tenía de tono místico o pudoroso. Al contrario, se trató de un fantasma femenino atrevido, pues se desnudó por completo ante el éxtasis del anciano y le ofreció una imagen última que lo llevaría lleno de gozo a cruzar el puente que conecta este valle misterioso llamado vida con aquellos otros parajes insondables.

En el último momento, ante el asombro de todos, una potente erección que no hubiera sido posible ni veinte años antes, envalentonó al cuerpo moribundo. Se miraban unos a otros sin entender, algunos llenos de bochorno, otros simplemente admirados. Con esa partida triunfal el abuelo no dio lugar a demasiada tristeza. Al contrario, a los más jóvenes les pareció digna de ser elogiada la proeza del viejo. Buen final para alguien a quien se le reconoció siempre su fama de semental.

            Sarita, la hija bondadosa que lo cuidó desde que cayó enfermo hacía años, ordenó con discreción a la enfermera hacer algo para desaparecer la carpa levantada sobre el cuerpo de su padre. La noble joven, de cofia y uniforme límpidos, no tuvo éxito en la encomienda y algunos hombres no pudieron evitar risillas nerviosas. Un biznieto se encontraba realmente emocionado ante los apuros de la chica y su fracaso. Él mismo sintió la misma reverberación carnal y pensó que el espíritu del anciano entraba en su cuerpo y en adelante tendría que honrarlo repitiendo sus proezas masculinas. 

Finalmente, no les quedó otra alternativa que poner las manos del difunto sobre sus “partes nobles”, en vez de en el pecho, a fin de mitigar un poco el efecto visual.

            Pasadas unas horas, el anciano muerto se portó decente y declinó para siempre su furor corporal, para el consuelo de Sarita y demás damas pudorosas. Pero no fue posible quitar sus manos de ahí. Así partió, regocijando esa parte de su cuerpo que poca calma le dio en vida.

           

 

 

Lunes, 09 Noviembre 2020 05:48

Ámbar y añejo

          Como si supieras que haría falta para tu ofrenda, plantaste hace mil años los pequeños brotes de agave, bañaste de paciencia tus días y esperaste hasta ver aparecer los quiotes. Enseguida llegaron los hombres a jimar las piñas del agave y se las llevaron a cocer. Luego la destilación y el elíxir cayendo a ritmo lento, rememorando el tiempo largo que tuvo la planta para enamorarse del aire, la lluvia y el sol cayendo a plomo. Siguió su descanso silencioso en barricas de madera de roble blanco. Hasta que finalmente tuviste en tus manos el líquido ambarino y añejo. Lo bebías con disciplina por prescripción del médico y lo compartías con ahínco por indicación precisa de tu bondad de viejo; como si también supieras que no te quedaba mucho tiempo para que valiera la pena ser avaro. Querías llevarte esas sonrisas cuando hicieras el gran viaje, de puro gusto coloradas, de pura vida llenas y guasonas.

            Tengo guardada aún buena cantidad de litros para repetir en tu honor el ritual cada vez que dan ganas de estar más vivo que de costumbre, y eso sucede generalmente cuando hace fresco y a mí me falta una primavera adentro. Entonces parto en cuatro una naranja y, a besos, porque solo a besos se saborea la vida, voy bebiendo el sagrado brebaje que dice tu nombre al ir resbalando por mi garganta, mientras el jugo cítrico en mis labios acompaña el fuego que me incendia el paladar y el cuerpo todo.

A veces me nacen lágrimas, sobre todo al acordarme que te sentabas conmigo frente al agave y me confesabas la otra gran ganancia por animarte a plantarlo: “Se tarda tanto en crecer que me ha enseñado a esperar. Y eso poco lo aprendí muy antes. El maíz lleva prisa y crece pronto porque nace extrañando los molinos y las manos tortilleras; y el arroz madura lueguito en los humedales. Pero estas puntas no llevan prisa, van rompiendo el aire de a poquito. Por eso no te queda otra cosa que aprender a mirar el cielo y soñar mientras se anuncian los quiotes”. Yo te escuchaba, mientras los cinco años que tarda en madurar la planta pasaban sobre mi rostro desarrugando algunas dudas y sellándome otras nuevas.

La botella de vidrio parece orgullosa detrás de las luces de la ofrenda. Su color habla: “Bébeme, que extraño la devoción de unos labios”. Solícito, voy por dos copas hondas, porque solo en ellas es posible degustar los aromas que desprende el mezcal añejado doce meses en su cama oscura de madera. Las lleno de la risa del líquido al caer y pongo la tuya frente a tu imagen, y tu sonrisa se ilumina sin que sea efecto de la luz y mi delirio. Después de besar dos o tres veces la orilla del cristal soy capaz de escuchar tus anécdotas. Sabía que la botella guardaba tu voz, también añejada en túneles de recuerdos. La noche de muertos está más viva que nunca, brinca como jinete en jaripeo montando un toro de clase, corre como un río sobre pedruscos de colores, canta como te gustaba hacerlo en serenata nocturna y pesca tu presencia en el murmullo callado de las luces.

Entonces, hablamos.

Me atrevo a confesarte mis últimos secretos porque estarán seguros contigo. Te hablo desde mis cinco años asombrados y desde mis manos manchadas por el lodo de los charcos; te hablo desde mi escuela y mi pupitre, desde mis congojas con los números de las que casi no supiste. Te platico de mi adolescencia atormentada y sus descubrimientos dolorosos, gotas de cera caliente sobre la piel de mi inocencia. Te cuento de las novias que no tuve, del valor que encontré en el fondo de una copa para robarme unos besos, del azaroso paseo por la tercera década de mi vida; de como nací adulto cuando un brujo de bata blanca puso en mis manos a mi hijo; de aquellos que pusieron rocas en medio el camino y me hicieron grande imaginándome pequeño; de las lágrimas que mojaron la primera piedra de mi casa y de cómo un cuento me parió de nuevo al cumplir cincuenta y tantos. Y entre una y otra confidencia, besamos nuestras copas.

Entonces te animas, completamente redivivo.

Te atreves a hablarme de las cosas que callaste: de sueños con alas de  mariposa que se te escaparon por no tener la red para cazarlas y papalotes que se fueron de tus manos por la fuerza de los vientos de tu infancia; de un piano que se quedó sin tus dedos porque la pobreza y un tipo te dijeron que era un lujo muy lejano; de una luna que acompañó tus penumbras con lágrimas de sal y jamás a nadie lo contó; de un padre que no estuvo cuando lo buscabas y otro que llegó sin que lo pidieras; de un pupitre esperando para siempre tus cuadernos y tus manos. Y me cuentas de una choza alumbrada por quinqués, con pocos panes en la mesa y poca leche en los pocillos; de una vaca que sola se quedó cuando todas las demás fueron robadas, y de una novilla que nació de su vientre y luego un comprador la mercó, y del mucho alcohol que fue necesario para enfrentar la pena antes de irte con rumbo norte y humillarte por un dólar y volver por unos ojos bellos que aquí te estaban esperando. Y me dices tantas cosas más que nunca me dijiste cuando iba yo en el anca del caballo y tú cantabas y cantabas, soñabas y mirabas los verdores del llano que no era tuyo, pero lo soñabas.

En tu discurso que salta emocionado sobre las puntas de las flamas se cruza también el mío, arrebatado y prendido. Sobre las breves horas se tienden confesiones y perdones, secretos y revelaciones. Veo caer dos lágrimas tuyas que están a punto de apagar una vela. Juro que llega hasta mí el vaho de tu aliento y el olor característico de tu camisa sudada al volver del trabajo. El mezcal es un gran aliado. Me trae también tu silbido, el timbre exacto de tu voz y esa manera especial de rascarte la cabeza cuando te invade el sueño. Lloro cuando veo claro cómo tus labios se manchan con la calabaza en dulce al morderla. No puedo más y extiendo mis brazos para abrazarte. Así me quedo largo rato, quizá como nunca lo hice antes, quizá como no pude.

            Llega la madrugada y con ella tu presencia más nítida. La botella de mezcal está feliz porque volviste, cada minuto más vacía y más feliz. Los cristales de azúcar en el pan de muerto destellan tu mirada y no sé si has venido para quedarte conmigo o si yo soy el que parte contigo. Me gusta llegar a este lindero al que me asomo y te asomas. Me gusta esta potencia de la muerte para aferrarnos a la vida.

            A lo lejos escucho el cántico de un gallo, extraño, como si anunciara un despertar inesperado.

            Sé que estás marchándote otra vez y en vez de llorarte te río. No estoy perdiéndote de nuevo; ambos nos ganamos uno al otro. Tú me tienes en el misterio que te envuelve y yo te siento instalado en mis huesos para siempre.

            Alzo mi copa para despedirte y bebo su resto de mezcal. Coloco la botella a medio beber junto a tu fotografía y apago las veladoras de la ofrenda. Voy flotando rumbo a la cama. En este momento no estoy seguro si duermo sobre ella o en realidad despierto, si muero o revivo. Solo sé que esta noche tengo paz como la tienen los muertos. Y saberlo, me da vida.   

 

Lunes, 26 Octubre 2020 05:36

El tramoyista

Uno no sabe por qué la vida te ofrece un asiento privilegiado en la butaquería de su teatro sin haber hecho los méritos suficientes. He guardado muchos años esto que voy a contarles, pero a mi edad y en mi actual condición de salud considero necesario hacerlo, como una forma de limpiar pequeñas cloacas que se enquistan dentro, yo, quien era un ganapán a toda regla y ahora como perdices estofadas con cerveza.

Aquello comenzó hace mucho; espero, por eso, no diluir ficción dentro de las verdades que como tales aún conserva mi memoria, aunque de la ficción haya comido, bebido, comprado boletos de avión en primera clase y condones de calidad, no obstante imperfectos.

Era un mozuelo cuando comencé a trabajar en el único gran teatro de mi ciudad, con 19 años bien estirados en mi cuerpo mediano, pero lo necesariamente fuerte para mi oficio de tramoyista. Tramoyita, ve por las tortas; Tramoyita, cárgate el vestuario; Tramoyita, limpia mis botas, no seas malo. Así me di a querer, haciendo de todo y a todos. El “haciendo de todo” pronto incluiría tareas insospechadas por mi provinciana cabeza entonces lerda.

Durante las funciones mis oídos se bebían los parlamentos, con sus matices, pequeños dobleces, cambios de ritmo, intensidades. Me comenzó a picar la comezón de llegar a ser actor. Soñaba. A la vez, me complacía desnudando con la vista a las actricitas jóvenes que se imaginaban divas al pisar las tablas y reinas al entrar en los camerinos. Taimado, a todas ellas las iba ganando mi carácter suelto y mi servicial presencia. No había nada a lo que Tramoyita dijera que no.

Así fue como tampoco dije no cuando la protagonista de una comedia ligera, una actriz reconocida y bien entrada en los cuarenta, guapa y con unos pechos capaces de amamantar a todo el elenco, me pidió masajear sus pies en el intermedio de la obra, entre un acto y otro. Vieras cómo me duelen, Tomasito, desde los dedos hasta los tobillos. Tuve que seguir la ruta del dolor y continué hasta las rodillas, bondad mía que agradeció con miradas de madona suspirante.

En la siguiente función, puntual, al inicio del interludio, mis manos dispuestas y mi sonrisa presta se plantaron en la puerta del camerino. ¿No tiene los pies cansados, señora?... Ahora no, Tomasito, son mi espalda y mi nuca las que tengo tensas. Sin mayores diálogos mis manos se ofrecieron, deshicieron nudos en la parte alta de la espalda, aliviaron con calor síncopes emocionales en la nuca y la base del cuello. Encarrilado, en la próxima función de un terapéutico viernes, mis masajes le curaron desengaños desde los hombros hasta sus largos dedos y megalomanía en las sienes.

Pensé que en la función del sábado debía comenzar de nuevo el ciclo de masajes iniciando con los pies, mas no fue así. ¡Bendito sábado de gloria! Al llegar, efusiva, anunció que le correspondía masaje en sus pechos. Puso el pestillo en la puerta y me mostró sus dos universos coronados de café intenso en sus centros, inabarcables para mi imaginación que cayó muerta en ese momento. Mis manos, disciplinadas, continuaron su rigurosa aplicación, húmedas por la emoción, temblantes. Los siguientes recorridos de mis dedos fueron arbitrarios. Tendimos los escasos minutos del entreacto sobre la alfombra del piso; ella se hizo de mi secreto en la entrepierna, enjundiosa, arrebatada. Qué grande paraíso el tuyo, Tomasito ¡Fabuloso, amore! Juro por Dios que ella lo dijo, yo siempre he sido muy modesto con lo que tengo y soy.

Ya no hubo más sesiones de masaje en el camerino. Las siguientes fueron en el cuarto de hotel donde se hospedaba al término de la función, o de las fiestas que a veces le seguían. En pocos días me deshizo y me rehízo innumerables veces. Al final del delirio y de la temporada me trató como a un amigo tierno, se despidió con una sonrisa agradecida y dejó una recomendación al director de la compañía. El chico tiene un gran talento, lo huelo; deberías probarlo con un papelito en una de tus obras; aprenderá con el tiempo y las tablas.

Al poco tiempo le buscaba el misterio y la forma a un pajecillo en una comedia de Moliere, personaje que, atendiendo la recomendación de mi dama ausente, me fue asignado por el magnánimo director de la compañía, quien con el mismo salario pagaba mi trabajo en tramoya y en la escena. Mientras hacía gala de mis dotes innatas de actor, aprovechando los escasos minutos sobre el escenario y los pocos parlamentos de mi personaje, fui objeto de las naturales envidias que se suscitaron en varios miembros de la Compañía, especialmente en los varones que interpretaban personajes secundarios. Uno de los actores maduros y de gran experiencia me sugirió enfrentar las embestidas con indiferencia y aplicación al trabajo. Siempre sucede, los perros ladran si te ven andar, recuérdalo. Nunca supo cuánto bien me hizo con su consejo para lo que vendría después.

Fui enterándome, además, de la segunda recomendación que aquella primera actriz hizo sobre mí antes de irse. Las miradas e insinuaciones pícaras de actricitas jóvenes, y de otras entraditas en años, lo fueron desvelando. Muchos recovecos del teatro y los hoteles de paso se volvieron cómplices de mis cabalgaduras sexuales intensas, a las que me volví aficionado.

A las actrices se agregaron, hoy, una iluminadora del teatro; mañana, la diseñadora de vestuario; después, la coqueta vendedora de boletos en taquilla, hasta que más adelante mi fama de garañón subió hasta el Olimpo donde consideran habitar los críticos de teatro. Uno de ellos, poderoso, femenino, se acercó hasta mí con la palabra desnuda y el anca dispuesta. Si vienes conmigo a tomar una copa en mi hotel, tal vez pueda ayudarte con las buenas opiniones que como actor te mereces. Para ese entonces ya interpretaba un personaje secundario en La muerte de un viajante, de Miller, consecuencia de mi talento diseminado. Este fue el mayor reto que enfrenté. El generoso censor teatral fue amable conmigo; yo también con él, pues descubrí agradable esta nueva dimensión de mi sexualidad.

Llovieron buenas opiniones a la nueva promesa del teatro, mejores papeles, mi nombre en los periódicos, cursillos para oficializar mi formación, conferencias, algún productor en mi cama; eventualmente un director en la suya, conmigo, claro. No faltaban de vez en cuando devaneos con actrices en busca de rescate, pero lo mío fueron a partir de entonces, y hasta ahora, los actores jóvenes, casi adolescentes. Especial devoción siento por los frescos bailarines, tan gráciles, tan hermosos.

Después de un tiempo incursioné en el cine. Ya no tuve que acostarme con alguien para conseguir buenos papeles. Por fin mi cuerpo ya no era un pase para la cumbre; mi talento, ahora era mi talento. Cuando obtuve el premio al mejor actor de largometraje mexicano en el Festival de Cine de Morelia, experimenté algo así como el nacimiento de una nueva piel.

Han pasado muchos años. Ahora que cada uno de ustedes me conoce más a fondo, ya no seré murmullo de farándula. Quisiera poder remediar lo que viene, pero nadie puede hacerlo; no soy de los afortunados a los que el sida les ha posibilitado sobrevivir y tener una vida larga. Quedarán los programas de mano, las marquesinas, los testimonios de los amigos y las memorias de cama para recordarme.

 

Página 1 de 8
logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.