Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 28 Septiembre 2020 05:42

Sueño de cañadas blancas

Durante los años que trabajé ahí nunca conocí a nadie más que hiciera un uso tan preciso del tiempo. Justo a las doce con treinta lo veía regresar del campo de golf después de jugar los dieciocho hoyos de rutina, par setenta. Su caddie de siempre me confesó que rara vez tiraba abajo de par, que se distraía demasiado hablando de política o de las notas periodísticas del momento con alguno de sus compañeros de juego. Más bien, don Luis era especialista en bogey’s y que se los tomaba con sentido del humor. Lo bueno es que yo lo admiraba por sus novelas y su trabajo como periodista.

            Desde que lo veía despedirse de su caddie al ingresar a la casa club rumbo al sauna, tomaba yo el tarro, depositaba en él cinco hielos y preparaba su bull con cerveza oscura, poco jarabe y pizca de ron, tal como me lo indicó desde aquella vez que decidió que el Largo, o sea, yo, preparara siempre su bebida para consumirla en el baño de vapor. Calculo que tardaba unos veinticinco minutos en el cuarto de deshidratación y la regadera. Me enorgullecía al pensar que tal vez se acordara de mí al llevar el tarro hasta su boca, con la misma mano que dio forma a los personajes de La carcajada del gato, novela que en esos días me tenía absorto. Otros quince minutos más ocuparía en vestirse y arreglarse después del baño, porque a la una con diez pasaba frente a la barra del bar y por un segundo nuestras miradas se cruzaban. A veces me guiñaba un ojo. Me sentía un personaje incidental de una de sus historias gracias a ese efímero instante de comunión

            Desde una hora antes, Elda Peralta, a la que todos nos referíamos como la señora Spota, ya lo esperaba, con un tendido de periódicos y revistas sobre su mesa, en la que hubiera sido pecado que faltara un aguacate cortado en seis partes y tostadas de maíz; don Luis no lo perdonaría. Ella, tan elegante y hermosa en la plenitud de sus cincuenta, con esos ojos que engalanaron al cine mexicano solamente unos diez años, se quitaba los gruesos lentes para saludar a su marido y darle un beso. Yo añoraba ese momento, porque regularmente era el único en el que podía contemplar desde mi lugar esos maravillosos lagos de luz en su cara que rivalizaban en belleza con aquél donde los cisnes paseaban su distinción, a unos cuantos metros de las mesas de los comensales. Cómo odiaba al más vulgar de los meseros, que sin saber de la importancia y la finura de ese matrimonio no omitía burlarse de ellos cada sábado, como si fuera la mayor gracia de que fuera capaz su cerebro de botarate: “Ya llegaron el señor Spota y su señora es puta”. Me irritaba hasta el cogote que algunos asnos celebraran el chiste de mal gusto.

            Entre cervezas, daiquirís, planters punch’s y margaritas que nacían entre mis manos los miraba conversar sin que dejaran de hacerlo ni cinco segundos. Me preguntaba de qué platicarían dos personas como ellas. Me gustaba creer que hablaban de los escándalos políticos de moda, de las columnas de algunos de los diarios que leían o de las novedades literarias. Hasta ahí llegaban las posibilidades que podía vislumbrar mi ruda formación y dudosa inteligencia. Jamás se me ocurrió que dos intelectuales como ellos charlaran sobre Juan Gabriel, en aquel entonces un joven milagro de la canción, o de Los ricos también lloran y los ojazos de Verónica Castro; nimiedades vulgares para ellos. En algunas ocasiones se acompañaban de algunos invitados selectos. Recuerdo que con Elda frecuentemente llegaba Jaime Labastida, todavía joven, brillante en su anunciada calvicie y con su propio hato de diarios y revistas especializadas. Acababa de ganar el Premio de Poesía Jaime Sabines y sentía que eso nos hermanaba, pues entonces era yo un romántico admirador del poeta chiapaneco, aunque de Labastida no hubiese leído un solo verso. Lo apreciaría un poco más tarde, cuando le robé un poema para dárselo a aquella noviecita que logré acurrucar conmigo sobre la cama de un hotel; le dije que yo lo había escrito. Terminaba así: “Y yo crezco contigo. / Me haces crecer sobre tu cuerpo / y soy como una enredadera tendido entre tus brazos. / Peso ahora tu corazón y el mío: / peso lo doble.” De nada valió mi impostura, al poco tiempo me dejó por otro y anduvo contando que se aburría conmigo. Ni Labastida me ayudó a retenerla con sus versos.

            Con el tiempo, la señora Elda dejó de acompañarlo todos los sábados. Mi corazón de adolescente enamorado se consolaba leyéndola en el suplemento cultural del Heraldo de México. Veía al escritor saludando caballerosamente a algunos socios y comensales, pero me di cuenta que evitaba entablar con ellos una conversación profunda y prefería extraviase en sus periódicos mientras degustaba sus infaltables tostadas con aguacate.

En una ocasión, habiendo terminado de leer Casi el paraíso, abandoné la barra del bar y con mi timidez a cuestas me atreví a interrumpirlo para pedirle que me autografiara el libro. Atento, aceptó hacerlo, sin dejar de felicitarme una vez más por lo bien que preparaba el bull que religiosamente bebía en el sauna. Agradecí contento pero no satisfecho, porque algo más deseaba comentarle y lo hice: “Don Luis, además de leer novelas, también leo poesía y… me gusta escribirla. Me encantaría que algún día leyera algunos poemas míos; no son la gran cosa, pero una opinión suya sería muy importante para mí”. Al terminar de autografiar el libro me volteó a ver con curiosidad y sonrió con tal benevolencia que aún logro sentirla después de tanto tiempo. Me pidió llevarle alguno de mis poemas; lo leería con gusto. Me despedí agradecido con la sensación de que le había hurtado preciosos instantes.

            El sábado siguiente ella apareció y me puse feliz al verla. Al poco rato llegó Labastida y al poco rato se les agregó don Luis. Era la segunda quincena de diciembre y ese fin de semana había gran cantidad de socios y visitantes. El gerente me pidió que abandonara mi lugar en el bar y apoyara sirviendo en las mesas; había un nuevo ayudante de cantina contratado para esos días, además de mí. Hacerla de mesero no era mi fuerte. Me dio terror cuando el capitán me indicó apoyar a quien atendía precisamente al trío de intelectuales.

Un whisky para el novelista, un brandy para el poeta y un refresco de manzana para mi señora de ensueño temblaban en la charola de mi mano izquierda junto a un plato lleno de cacahuates. Al acercarme, don Luis me saludo afable y le comentó a Labastida que yo era ‘el poeta del bar’. “Será mejor que Jaime te lea”, me dijo. Le contesté que sería un honor, mientras el bardo me miraba con ojos de lechuza, tratando de encontrar algo en mí que le dijera que era yo capaz de armar una sola rima consonante. Elda sólo entornó la mirada un segundo para verme y luego la volvió a los chiles en nogada que comía, infinitamente más apetecibles que yo. Nerviosísimo, me incliné para colocar cada una de las bebidas en su lugar. Mi inexperiencia en el uso de la charola me hizo inclinarla, provocando que las copas, el refresco y los cacahuates cayeran en pleno centro de la mesa inundándola y derramando salsas. La camisa blanquísima del poeta se tiñó de manchitas rojas de chipotle y uno de los cacahuates saltó hasta el escote de la dama, que era discreto, pero hermoso. A Spota le tocó humedecerse una pierna porque el whisky se le derramó ahí por completo. Trágame tierra, pensé. Tartamudeando, me disculpaba una y otra vez como idiota, al tiempo que intenté devolver un mínimo de orden en la mesa. El mesero a quien yo apoyaba con esos clientes ilustres llegó fulminándome con la mirada. Una vez que levanté vasos, envases y platos me pidió retirarme mientras se excusaba por mi torpeza. Afortunadamente don Luis lo tomó con sentido del humor e incluso chanceó sobre el sucedido. No así Labastida, que me clavó dos puñales con sus ojos cuando me iba. ¡Qué pena por mí!; nunca leería mi poema.

            Tardé días lidiando con la vergüenza. ¿Por qué me sucedió precisamente con ellos? Quise tomarlo como un mensaje del destino: debía poner fin a mis débiles afanes literarios.

En medio de mi sinsabor una noche me soñé viajando por una cañada en medio de dos laderas blancas rebosantes de aromas y exquisitamente suaves. Había saltado hasta ahí desde una mesa y mi rostro tenía la forma de un maní.

            Ha pasado mucho tiempo desde aquello. Don Luis falleció, ella ha envejecido y yo no soy poeta.

 

 

Lunes, 21 Septiembre 2020 06:03

El latido

La tarde es como tanto les gusta: nublada, fresca, con un tendido de nubes denso que no les permite jugar a encontrar figuras en ellas. Hoy la ven en silencio caer rumbo a las sombras, cada uno desde su mecedora, su libro y su café. Él abandonó la lectura desde hace buen rato y se concentra en la lluvia de nostalgias que sus ojos ven caer. De pronto, toma la mano de su compañera y reclama su mirada con la suya, repentinamente mojada. Sigue un silencio largo, horadado por una flecha de melancolía. Enseguida, habla:

―Mi amor, creo que ha llegado el momento. Debemos iniciar hoy.

Ella responde viéndolo con amor húmedo que inunda y derrama sus ojos. Las palabras no son necesarias. Lo han hablado hasta el cansancio. Faltaba decidir el día para iniciar, valor para hacerlo y la convicción de que era el amor la motivación principal. Besa esa mano fuerte que ciñó su cintura durante más de cuatro décadas y sigue viéndolo en silencio, como lo hace un árbol enamorado de otro que estuvo junto a él en tiempos de frío, viento fuerte, sol intenso o lluvia. Se dan un beso largo sabor a otoño y café.  Abandonan las historias de sus libros para seguir con la suya, que llegará pronto a su conclusión fantástica y amorosa. Ella, amante del silencio, cree necesario decir algo:

―La novela que lees es larga y hace poco la iniciaste. ¿No quisieras terminarla antes, amor?

―Ya no es necesario. Otros darán vida a sus personajes. He adivinado su final y es similar al que soñé para mí.

Recogen los libros, las tazas y sus cuerpos cansados. Él se queja un poco al caminar; el tumor cerebral le produce el mareo y siente una punzada. Entran a casa justo al iniciar la lluvia. Las horas siguientes las pasan abrazados y viendo fotografías de sus dos hijos, sus nueras y sus nietos. De vez en cuando se besan largamente como habían dejado de hacerlo desde hace mucho.

En algún momento tocan sus cuerpos con briznas de deseo resucitado de entre las cenizas. Ella recupera una fuerza inusitada en su piel. Nace un destello de hechicera en sus ojos. Entre conjuros que nacen de su boca rescata por última vez la fuerza del hombre y se aman con una rabia distinta de aquella que hizo pedazos su inocencia. El lecho arde. Decenas de presencias masculinas y femeninas atestiguan la cópula definitiva de dos cuerpos que han rejuvenecido para despedirse; son ellos, multiplicándose.

Después descansan mirándose a los ojos. Ella sigue con su brillo característico de bruja en la mirada, con el que inunda a su amado de la paz necesaria para enfrentar el trance que viene, el último tramo de esta excursión de tantos años rumbo a la nada. Antes de que los venza el sueño, ella, maga conocedora de los secretos, recita viejas plegarias aprendidas de algunos de sus ancestros, con las que intentarán el viaje de retorno al nicho original del que la vida nace:

Oh, Pachamama, bondadoso útero femenino donde se cuece el caldo de la vida, así como nos has traído, poco a poco y en silencio, recibe ahora esta flor que se cierra para volver a ti. Padre Sol, entibia tus rayos para acompañar el descenso, mira con ternura nuestra partida y déjanos ir como árboles que lentamente secan sus ramas. Señor del viento, querido Ehécatl; y respetables Bakab, dioses mayas del aire, entibien nuestro regreso a casa, toquen sus ocarinas suavemente hasta que el silencio sea y formemos parte de ustedes. Madre agua, Chalchiuhtlicue, ‘la que tiene su falda de jade’; y nuestra gran abuela, Cuerauáperi, recojan nuestras humedades para llevarlas a las nubes donde falten y sequen paso a paso nuestro aliento sin que el dolor nos hienda.

El sueño llega como barcaza sobre mar calmo. Se mecen lentos esta noche de septiembre que eligieron para iniciar el retorno pausado, sin dolores ni angustias, como se extingue el verano sin que nadie se dé cuenta.

Amanece y no recorren las cortinas para dejar entrar la luz. Él teme percatarse de que no haya sucedido. Sin embargo, en la semipenumbra, busca con las manos sus piernas y sólo encuentra el espacio donde antes estuvieron. Se miran y sonríen, satisfechos y con la emoción a tope.

―Tu deseo se cumple, querido.

―Bruja mía, querida chamana y amante, amor mío, promete que estaremos juntos al final de todo, que no te quedarás a esperar sola la muerte.

―Ve en paz, corazón. No quiero estar aquí sin ti.

Después de beber juntos una infusión de menta con yerbabuena endulzado con miel, el último placer que él eligió para sus labios, la mujer entra en estado meditativo mientras aquél la mira extasiado. Una música suave se oye de fondo. Sin hablar, ella es capaz de indicarle que cierre sus ojos. Lo hace y experimenta una alegría acuosa recorriendo sus extremidades superiores desde los dedos hasta sus hombros. Levanta sus párpados y confirma la ausencia de sus brazos.

A mediodía, mientras su amada lleva a cabo una meditación activa, danzando con frenesí frente a él y alrededor de una gran vela, a la vez que repite extraños mantras y onomatopeyas, experimenta que su vientre se deshace en un orgasmo tan largo como nunca lo tuvo. Lo que queda de su cuerpo lo advierte como nube flotante que ya no toca el suelo, a pesar de que aún sigue en él. Su placer es absoluto, ningún dolor, ningún apego a este mundo.

Antes de ponerse el sol, la mente del hombre convertida en una película en la que rige un caos de imágenes, recuerdos, sensaciones, personas amadas y frases de los mejores libros que leyó, ella, ahora una especie de hada que apenas toca la vida, toma su rostro y se pierden ambos en sus miradas por varios minutos. La unión es total. La paz también. Lo besa por última vez aquí; tal vez lo seguirán haciendo en otra parte. Sus manos quedan vacías, atenazando el aire donde hace unos segundos estuvieron los ojos, la nariz y los labios adorados.

Queda nada más su pecho, o algo parecido, y dentro un corazón que sigue marcando el paso de una vida. Ella lo acomoda sobre la cama, recargado sobre el cabezal. Luego se tiende a lo largo, casi sin sensaciones en su cuerpo, al que siente navegar sin experimentar la gravedad terrestre. Acomoda su cabeza sobre el lugar donde late el corazón amado y suelta en murmullos una retahíla de frases por completo indescifrables. Las horas siguientes son un extravío en el que la mujer realiza un recorrido por lo que fue su existencia. Delira. De pronto, sólo abraza la almohada que todavía contiene el latido de una vida, intenso aún, redoble de tambor para despedir a un muerto que todavía no lo es.

La vela colocada sobre el piso, flamea.

La nueva aurora se cuela con dificultad por las rendijas del cortinaje espeso. Un prisma colgante de cristal en la parte alta del ventanal arroja luces azules y ambarinas sobre la cama. Algunas recorren el almohadón, el último vestigio de una historia de dos que al parecer ya no están. Sin embargo, si alguien estuviera presente a lo largo de las primeras horas de esta mañana, escucharía aún la potencia de un latido que va perdiendo fuerza lentamente.

La vela sigue encendida. De súbito, se apaga.

 

 

Lunes, 14 Septiembre 2020 05:25

Las botas del Caballo

No era necesario que algún alto miembro de los órganos de inteligencia cubanos se enterara directamente de lo que hacían sus artistas al inicio de la revolución. Bastaba que cualquier guagüero divulgara algún asunto sospechoso de ser atentatorio para el régimen y al poco tiempo Fidel conocía también del asunto con pelos y señales. Por eso el Caballo, como lo bautizó su pueblo, tenía control de todo a través del cotilleo patriótico y revolucionario.

El director de la Compañía recibió la noticia asombrosa de que el Primer Ministro estaba presente esa noche en el vestíbulo del Cabaret Continental del Hotel Internacional de Varadero, donde todos los sábados se presentaba el espectáculo musical que dirigía. Sus piernas se doblaron y estuvo a punto de caer si dos de las bailarinas no se apresuran a auxiliarlo. Su corazón se aceleró. Uno de sus asistentes le dio una friega de alcohol para volverlo en sí.

El jefe de la escolta personal del Caballo ordenó que todos los asistentes al espectáculo abandonaran el recinto, casi lleno, explicando parcamente que se trataba de un asunto de seguridad nacional… y punto. Decenas de copas y de cigarros a medio consumir quedaron en las mesas. Nadie se atrevió a cuestionar o reclamar; si la orden venía del jefe mayor, callada la boca, no fuera a ser que el Comandante viniera empingao. Una vez desalojado el lugar, las botas de Fidel y las de los miembros de su comitiva hicieron temblar los espejos en los camerinos, por los que iba y venía el director, con la camisa empapada de su transpiración. Daba órdenes que nadie atendía, hasta que uno de sus asistentes, con más control de sí mismo, puso orden tras bambalinas:

─Está bien, chicos, éramos pocos y parió Catana, pero vamos todos a ponernos vivos. Si el Caballo quiere vernos, pues que nos vea, por algo será. Ustedes no pierdan el caché, respiren profundo y a trabajar como todas las noches, no quiero que se me pongan guayabitos. ¡Dale, dale!

El espectáculo comenzó. Fidel, sentado con las piernas abiertas justo en la mesa más cercana al centro del escenario, se mesaba la barba, inquieto. Las luces, los tocados y abanicos, las joyas y lentejuelas del vestuario, las sonrisas de sandía de las bailarinas y la cachondería tropical de las canciones, relajaron poco a poco el rostro del Comandante y los de sus allegados. Aparecieron los puros, enseguida una botella de ron para los concurrentes inesperados, cortesía de la casa; en breve se escucharon sus gritos de júbilo. Lo que siguió fue un verdadero deleite para la avidez masculina contenida en los uniformes verde olivo. Cuando el Caballo soltó una carcajada estruendosa mostrando por vez primera los dientes, toda la Compañía de artistas sintió que por su piel corría agua fresca relajando sus músculos y huesos.

El director, ya en perfecto dominio de su emoción, daba indicaciones a diestra y siniestra, se asomaba por entre el cortinaje de la escenografía para gozar de la escena más extravagante que había visto en su vida: el líder de la Revolución Cubana, Primer Ministro de la nación y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, estaba disfrutando a pierna suelta su espectáculo junto con algunos de sus incondicionales.

En la segunda parte del musical, justo cuando la bailarina estrella del show interpretaba una sensual melodía en el centro del escenario, Fidel se puso en pie, se acercó a ella tomando su mano y besándola. La hermosa rubia cogió un rubor que incendió el lugar, perdió el aire por unos segundos y casi la letra de la canción, pero su profesionalismo la hizo recuperarse pronto, toda coquetería y sensualidad.

Cuando concluyó la función el aplauso no se hizo esperar. Sin embargo, al ir disminuyendo la fuerza de las palmadas pareció aminorar también la algarabía en los rostros de los visitantes. Recuperado el aplomo oficial de su investidura, con todo el elenco aún en el tablado, Fidel habló al director de la Compañía ubicado en medio de la hilera de artistas:

─Muy bonito el guateque, señor director, muy bonito. Apuestos los galanes y bellas las bailarinas, todos bien llenos de cubaneo; eso me gusta. Te felicito. Pero… ¿de dónde se te ocurrió la vaina de que todo se diga y cante en inglé?

─Comandante…, no cojas lucha, se trata de un musical al estilo clásico de Broadway ─su voz tembló ligeramente─. No lo hice por ponerme ambientoso, el asunto del show es guanajo, tú ya lo viste. Y es que le ha gustao al público, no atenta contra nuestra idiosincrasia… Si tú piensas que…

─Lo que pienso es que para la próxima semana esta guaracha se habla y canta en español. ¿Está claro, director? No quiero al idioma gringo ensuciando los labios de tan hermosas damas.

─Pero, Comandante, todos mis actores han memorizado los diálogos en inglés y…

─Acabemos con este brete, si no lo quieres en español, entonces que sea en ruso; tú decides si te pones pesao. Buenas noches, señoritas. Caballeros, ha sido un placer.

El sonido producido por las pisadas de las botas rumbo a la salida del cabaret, dejó en el ánimo de los presentes la sensación de que una losa los oprimía. La voz sensual y socarrona de la artista principal del espectáculo, todavía emocionada por la humedad del beso que Fidel le dio en el dorso de la mano, indicó al director lo conducente:

─ ¡Dale! No le busquemos cinco pies al gato, que a mí no me gusta el ruso.

 

 

 

Lunes, 07 Septiembre 2020 05:32

De a cachitos

El anciano entró en la casa sin llamar ni pedir permiso. Quitó la aldaba del portón con desenfado, como si ahí viviera. Ladeando el cuerpo a causa del rengueo de su pierna más corta, se aproximó a donde convivían varios miembros de la familia, al final del gran corredor.

            ─Saludo a quienes están vivos y son bonitos ─dijo, dando luego la mano a cada uno, incluso a los más pequeños.

            De inmediato le ofrecieron asiento al tío y un vaso con agua fresca, y café con pan, pues ya era tarde; pronto anochecería. No aceptó nada.

            ─Sólo vengo a ver al patrón.

            Y guardó silencio, pues sabía lo difícil que sería entablar conversación si su oído izquierdo había fenecido hace tiempo y por el derecho nada más entraban ecos lejanos y recuerdos sonoros. Los muchachos no entendieron bien a qué se refería, hasta que habló de nuevo, imperativo:

            ─ ¡Que me enseñen una foto suya! ¡A eso vine!

            La mujer mayor y una de sus hijas, las únicas que entendieron desde el principio lo que deseaba, ya buscaban dentro de la casa una fotografía del “patrón”. Salieron luego mientras uno de los sobrinos intentaba algún diálogo con él sin mucho éxito

            ─Aquí la tiene, don Héctor ─dijo la septuagenaria y le entregó una foto enmarcada de su esposo.

            El hombre la recibió con emoción. Su mirada se perdió buen rato en los ojos pegados para siempre en la imagen, tan parecidos a los suyos, tan breves en su forma y profundos en su alcance. La humedad salina delató sus sentimientos. Arrimó la foto a su mejilla mientras todos lo miraban también emocionados.

            ─Yo quise mucho a este hombre. ¡Mucho! ─su voz salió entrecortada.

            ─Gracias, don Héctor. Él también lo quiso mucho a usted.

            ─Pero él sí era un hombre completo, bondadoso, trabajador y lleno de voluntad. Yo nomás fui medio hombre, un chisguete de lo que él era.

            ─No diga eso. También usted tuvo su familia y se portó bien con ella a su modo.

            En ese momento se les unió el mayor de los hijos, que estaba de visita. Llevaba otra foto de su padre, pero ahora cantando con mariachi.

            ─ ¡Mira nada más! ¡Si mi primo era cantador de los buenos! No sólo trovador de borrachos. Muchas veces llevé serenata con él, aunque me llevaba como seis años. A mi primera mujer, la Chatita, que en paz descanse en los brazos de otro, la enamoramos juntos con sus canciones.

            Se soltó en llanto contenido. Un aire de nostalgia envolvió el ambiente que poco antes era de algarabía. Pidió un pañuelo de papel para secar tres lágrimas y sonó su nariz con estrépito. Con ilusión en la mirada preguntó si no habría una foto como esas para él. Quería tener cerca al “patrón”. Prometieron reproducir pronto las dos fotografías para entregárselas, sinceramente conmovidos.

            Se dirigió a los más jóvenes, la mayoría nietos de su primo:

            ─ ¿Saben una cosa, muchachos? Hombres como éste ya no hay. Y si los hay díganme dónde que yo no los veo. Sigan su ejemplo, trabajen duro y sean honestos; dejen de estar nomás pegados a los aparatitos esos que les roban el seso.

            Algunos rieron por lo bajo. Otros, apenados, dejaron en paz sus aparatos móviles. Uno de los sobrinos mayores se acercó hasta su oído para preguntarle qué andaba haciendo tan tarde y tan solo, dado que vivía a unos cincuenta kilómetros de ahí. La respuesta los sorprendió:

            ─No te entiendo bien, mijo. Mejor dímelo de frente y cerquita para leer tus labios.

            El joven repitió la pregunta tal y cómo se lo indicó.

            ─Ahora sí ya te entendí. A ver si ahora me entiendes tú. Ando por aquí acabándome de morir. Porque ya llevo rato muriéndome, ¿eh? ¿Quién dice que la muerte llega al dejar de resollar? ¡No! Yo me encontré a la huesuda desde hace rato, pero la canija me dijo que a mí me tocaba poco a poquito, no como al patrón, que nomás pegó un brinco y ¡saz! Bendito él, que no supo lo que es perder la vida de a cachitos, como me tocó a mí. Primero la cabrona flaca se llevó un riñón, después me jodió una pata, luego me robó a mi mujer y a uno de mis hijos. Desde hace años me quitó el oído, ahora me está quitando la vista y los pulmones. ¡Y no sé para cuándo, pues! Aunque a veces siento que ya me está esperando en la esquina. Todos los días me asomo a ver si ya viene y nomás me tantea. Por eso vine a ver a mi primo antes de acabar de morirme. Como no tienen una foto para darme, me lo llevo aquí, bien metido en este pecho viejo.

            Guardó silencio. Todos lo miraron con consideración y asombro. El hombre que para muchos se llevó la vida a la ligera, dando saltos entre una mujer y otra, según contaban, terco y dado a echarse a andar por el mundo sin dar muchas explicaciones sobre su destino; el hombre que siempre hablaba con picardía de la vida y de sí mismo, sin tomarse muy en serio y apareciendo como fantasma por aquí y por allá cada jueves de corpus; el hombre que decía ser medio hombre, impuso en ese instante un aura de respeto que no había logrado en ninguna de sus imprevistas visitas previas.

            De pronto se levantó haciendo ademán de retirarse.

            ─Ahora sí ya me voy. No vaya a ser que aquí dé el catorrazo y tengan que levantar a un muerto. Qué necesidad.

            La señora de la casa lo detuvo invitándolo a merendar y quedarse esa noche ahí. Las sombras ya caían y los primeros truenos anunciaban la lluvia.

            ─Ya es muy tarde, don Héctor. Quédese a dormir y se va mañana temprano. Lloverá y se puede caer por ahí. Y luego la gente mala, ya ve que hay mucha por allá donde vive.

            Adivinando la oferta que le hacía mirando los labios de la buena mujer, espetó.

            ─ ¡Nada! ¡Nada! Te agradezco, pero ya has de tener mucha lata con todos estos en tu casa. Mira nomás cuántas bocas; y lo que tragarán. Me voy.

            Nuevamente se despidió de mano de cada uno y se detuvo frente a una de las fotos colocadas en la mesa.

            ─Luego vengo por ti, patrón. Mientras, aquí te llevo ─se palmeó el pecho con fuerza.

            Sin hacer mayor caso a ruegos o peticiones que no escuchaba, se dirigió bamboleándose hacia la salida. La señora, al verlo caminar dándole la espalda, creyó ver a su esposo. El mismo gesto corporal de hombre viejo, el mismo rengueo hacia el lado derecho. Era como un velero alejándose. Su pecho tembló mientras aquél, ya en el umbral, volteó para decir adiós otra vez con la mano. La llovizna comenzó y un gran trueno puso en alerta a todos. Pero al hombre nada lo detendría. Seguía siendo el mismo obstinado de siempre.

            Se fue a seguir muriéndose poco a poco, digno como Dios manda, dijera él; terco como ninguno. Alguien ahí imaginó que no volvería por las reproducciones fotográficas. Así fue.

            Aquella vez vino a despedirse del “patrón” o tal vez a decirle en silencio que pronto se verían.

 

Lunes, 31 Agosto 2020 05:22

El cazador

El viento fresco de la sierra corre en sentido contrario de nuestros pasos. Es un punto a favor. La luna llena se eleva vanidosa en la comba celeste y se cuela entre las ramas de los árboles; hace innecesaria la luz de las lámparas. El cielo está escampado, sin atisbos de nubes. Decidí venir de caza para escapar de mi desesperación y ahogar la tristeza, para olvidarla.

Lunes, 24 Agosto 2020 05:41

Mi abuela y los demonios

La estrategia era sencilla: fingir un espanto, informar que no tenía hambre y poner la cara más convincente de perro apaleado. Entonces llegaba la abuela con su rosario en la mano a exorcizar de mi cuerpo los demonios. Durante mi infancia asombrada era el mejor regalo de ternura y devoción que recibía al ritmo estupefaciente de interminables santas marías y padrenuestros mata diablos aún más hipnóticos.

La abuela todopoderosa creadora de mi cielo en el que volaban mis anhelos, y de mi tierra, en la que caminaban mis pies de pillo, tenía potestad sobre las tempestades emocionales que sufría cualquier niño atormentado por las sentencias del cura del pueblo, quien se deleitaba describiendo a detalle los tormentos en fuego y aceite que sufrían en el averno los niños desobedientes, rebeldes y negados a cumplir con lo que se espera de un buen cristiano en ciernes. Ella era capaz de invocar a miríadas de ángeles y arcángeles de los cielos superiores para que nos consolaran con su luz del inhumano suplicio de las matemáticas y la gramática española, vaciadas en nuestros breves y rurales cerebros a fuerza de reglazos, orejas de burro y coscorrones; aliviaba con sus plegarias el mal del sueño y las pesadillas, el miedo a los nahuales y la llorona; enfriaba las primeras calenturas sexuales de los púberes y los llantos interminables de niños en destete, aterrados por la incipiente conciencia de que su madre ya no sería la ubre tibia y dulce que alimenta y consuela.

Podría haber medicina de los brujos de bata blanca, pero para las cuestiones del espanto nada funcionaba sin los rezos de mi abuela: “Aquí le traigo a mi niño para que le cure el espanto, doña Regis”. Entonces iniciaba la magia: con las inacabables cuentas del rosario recorría todas y cada una de las articulaciones del asustado, comenzando por su hombro derecho y hacia abajo para subir luego por el lado izquierdo hasta el otro hombro, el cuello, la frente y finalmente la coronilla de la cabeza. Para terminar el conjuro, con su boca pegada al cráneo, pronunciaba las palabras que daban el alivio definitivo: “Juanito no te espantes, Juanito, no te espantes”, o como se llamara el bribón.

Cómo me complacían las maternales caricias que recorrían a lo largo de media hora mis articulaciones, sobre las que infinitud de veces hacía la señal de la cruz con las cuentas del rosario. Sus manos y su voz murmurante tenían el efecto relajante más intenso que he experimentado. Por eso me gustaba “espantarme” al menos una vez al mes. Así, durante nueve días, casi dormida ella y casi soñando yo, se realizaba una de las expresiones de amor más reconfortantes de mi existencia.

El problema es la vida que no se detiene. Por esa dialéctica uno crece y eso significa echarse al vuelo con las alas que se tengan. Un día me alejé de la abuela y de los pánicos mensuales. Enfrenté los nuevos sustos con mis propios rezos y mis propias manos.

El espanto mayor, al inicio de mi supuesta adultez, tuvo lugar por culpa del Negro Benjamín, ese hombrón con cara de niño y presumido que me hablaba con deleite de las delicias de tener a mano una mujer desnuda. Yo tenía dieciocho años y él me llevaba casi diez. Era difícil entender cómo con ese cuerpo enorme de sapo y su cara de gorila podía tener tanta suerte con cierto tipo de mujeres.

La primera vez que lo acompañé al prostíbulo más de dos se colgaron de su cuello, como si se tratara de una deidad de la selva africana proveedora de bondades. Se llevó al cuarto a una de las dos y después volvió por la otra, mientras yo me congelaba de terror en mi mesa tratando de darme ánimo con una cerveza por si alguna de aquellas diosas de rubor barato me abordaba sin el auxilio protector del Negro. Al concluir su hazaña viril nos retiramos sin que dejara de insistir en que una de esas muchachonas debía quitarme ya la inocencia; me negué rotundamente alegando que eso sólo ocurriría con una mujercita digna. Francamente, deseaba con todas las fuerzas de mi instinto que sí ocurriera y si algo me detenía era el miedo, el espanto. ¿Qué haría yo con una de esas mujeres desnuda para mí solo, sin que el Negro me fuera explicando cómo empuñar las armas para una empresa tal y qué caminos seguir? Me había dado muchas lecciones teóricas, pero mi cuerpo y mis neuronas temblaban al imaginar a una mujer tocando mi desnudez. Ni siquiera sabía besar, pues mi única noviecilla me enseñó muy poco y me dejó avanzar en su cuerpo aún menos.

Mientras tanto vivía dentro de mis fantasías, en ellas tenía amores portentosos con las mujeres más hermosas, reales o imaginadas. A diario me terapeaba frente al espejo para convencerme de que ese bigotillo ralo e incipiente me imprimía cierto aire donjuanesco para conquistar a una mujer verdadera. Al compararme con Benjamín me convencía de superarlo más de diez veces en belleza física, por decirlo de algún modo, y de que sería capaz de conquistar más mujeres que él y de mayor categoría, no las fámulas y pirujas que conformaban su harem. Sin embargo, lo admiraba, pero a la vez me enfurecía que con su olor a camello, siempre sudado y grasoso, pudiera ser tan simpático con las mujeres.

Tardé buen tiempo en comprender cabalmente que era lo que él tenía y a mí me faltaba: las hacía reír. Eso era todo. Su inconmensurable fealdad era directamente proporcional a su eterna bonachonería, como si hubieran esculpido una sonrisa guasona en su rostro. Aunque babeaba, las comisuras de sus labios siempre apuntaban hacia arriba. Se me antojaba un buda negro flotando inmutable en un nirvana lujurioso. Mirarlo aliviaba las tristezas en un santiamén y a su lado daba vergüenza ser infeliz. ¡Pinche Benjamín! En verdad lo quería, me gustaba hablar con él sobre cualquier bobada. Era como un hermano ayudándome a salir de las crisis de mi adolescencia atormentada.

Llegó el día en que me convenció. Tomé valor y envalentonado por más de cuatro cervezas dejé que me llevara a bautizar con una de sus amigas del burdel. Le pedí a la más comprensiva, tierna, limpia y complaciente, que me hiciera perder la virginidad entre sonidos de trompeta y revoloteando alrededor nuestro una turba de ángeles nalgones. No te preocupes, me dijo, deja todo a mi experiencia.

Instruido lo suficiente, me dejé llevar hacia el cuarto por la mujer después de bailar con ella dos cumbias, embotado por el alcohol y las luces fluorescentes. Mientras cruzaba entre las mesas hacia la entrada del cuartucho me sentí una versión adolescente de Pedro Navajas combinado con Alain Delon. Era un caballero tras la Dulcinea que me daría a probar el néctar delicioso.

Al cruzar la puerta y desaparecer las luces engañosas, el impacto de la realidad atenuó rápido el encantamiento. La mujer perdió súbitamente el falso garbo, su sonrisa mudó en mueca de rutina e indiferencia. Tenía más arrugas de las que pude entrever entre las luces y el humo del tabaco. Se desvistió de inmediato sin pudor alguno. Al quitarse el sostén engaña tontos dejó al descubierto unos senos grandes, pero flácidos. El olor del lugar era nauseabundo y tuve ganas de correr. Respiré profundo y extraje ánimo de mi juventud. Me arrimé a la cama donde ya se había tendido, dispuesto a conquistarla con mi hombría recién nacida. No recibí de ella una frase de ánimo, un mínimo aliento. Mis manos recorrían un témpano, la antítesis del calor que soñé. En cambio me indicó no besarla en la cara, apremiándome, porque el trato había sido sólo para un “rapidín”. En breve, un vacilante marinero navegó sin placer alguno en un océano frío de aguas cenagosas y obscuras, sin brújula que le impidiera naufragar y derramando su simiente en menos tiempo del que uso para contarlo.

No hubo luces pirotécnicas ni escalera al cielo ni agonía dulce ni todas esas zarandajas de las que hablan los poetas. En vez de eso, la mujer hundió un último puñal en mi orgullo: “Si ya acabaste, bájate; sólo que me quieras pagar doble”. En ese momento odié al Negro Benjamín y a todas las mujeres, a excepción de mi madre, mis hermanas y mi santa abuela. Tuve ganas de matarlo, de machacarle su estúpida sonrisa de buda africano y panzudo. Llorando mi frustración me vestí y salí del mísero tugurio convencido de no querer saber nada de las mujeres. Ni siquiera busqué al maldito Negro. Me largué jurando no volver jamás.

Pasaron dos días. Aún rumiaba mi coraje y decepción. Al poco me fui calmando y logré la convicción de que había equivocado la estrategia. ¿A quién se le ocurría buscar princesas en un muladar?

De pronto, una sensación extraña se apoderó de mi entrepierna. La incómoda comezón se convirtió luego en ardor y me llevó a auscultarme frente al espejo. Entonces tuvo lugar el espanto mayor.

Horas después, un médico me recetó gran cantidad de penicilina y algún ungüento. Me llené de miedo y vergüenza. Quise correr hacia la abuela como cuando era niño y decirle: “¡Tengo un espanto!, ¡un espanto! Rézame abuelita y saca un demonio que nada en mi sangre.”

Transcurrió una semana. Con el diablo huyendo de mi cuerpo seguía con ganas de matar al cabrón Benjamín; pero al ver su rostro infantil y su sonrisa inacabable no me quedó otra opción que perdonarlo.

Busqué a la abuela. Incapaz de confesarle el terror que aún sentía, sólo la abracé y pedí su bendición. Instantes después, sentí que el chamuco al fin me abandonaba.

 

Lunes, 17 Agosto 2020 05:49

Ósculo infame

Era lunes. Respiré profundo porque en cualquier momento llegarían. Ahí estaban ya. Escuché el inconfundible ronroneo de la camioneta de mi esposa, quien había ido por la tía Flore. Vi el caminar cansino de la anciana, los dos bastones que la sostenían, su mirada astuta que sabía camuflarse y convertirse en otra cosa: en brillo victimario, autocompasivo. La escuché entrar en la casa soltando una de sus tantas cantaletas que repetía hasta la saciedad y que me generaban comezón ansiosa en los brazos, tumbos arrítmicos en el pecho, arrebatos que me hacían pensar que estaba entrando en la andropausia. Despacio, le dijo a mi esposa Renata, que ya tengo 82 años. 83, la corregí después de saludarla. Bueno, es cierto, pero el doctor me dijo que parezco de cincuenta y cinco. Su mujer…. La interrumpí, porque sabía de memoria lo siguiente: el doctor le dijo que su esposa tenía menos de 60 y aparentaba ser más vieja que ella. Si no le ponía el alto, mi cuñada, a quien todos conocíamos como la tía Flore, lo repetiría cinco veces con una larga narrativa acompañando la cantinela; y no estaba yo para soportarla.

            Renata dejó en la sala a su media hermana, veintiséis años mayor que ella, en su lugar de siempre en el sofá, desde donde vería el mundo los siguientes cuatro días mientras yo no encontraba la hora de rentar un departamento para pasar en él ese tiempo. Desde la sala su mirada recorrería la casa como si fuera el periscopio de un submarino buscando algo que la emocionara, algún cambio en la disposición de los cuadros. Sus ojos se fijarían en la reproducción de Los Girasoles de Van Gogh y diría por trigésima vez que estaba lindo el cuadrito; luego llegaría a la foto familiar de la esquina diciendo que le gustaba, que mi hijo era el vivo retrato de su padre con su nariz prominente, la barba semipartida y la guapura de ceja bien delineada. ¡Ah!, pero mi padre era descendiente de españoles, repetiría hasta el cansancio para que no osáramos poner en duda la nobleza de su linaje. Si yo andaba por ahí en esos momentos me diría que yo también tenía tipo de europeo, de italiano para ser preciso; bueno, un airecito, porque eres grandote y narizón. Cómo me molestaba que confundiera mi porte de Piel Roja, del cual me sentía orgulloso, con el de los hombres del Lacio o de Napoli, con los cuales tal vez sólo compartía mi fascinación por Mónica Bellucci.

            ¿Por qué no era una anciana normal?, me preguntaba tratando de entender las razones por las que una mujer que fue guapa, no lo niego, no tuvo cuando menos un acostón afortunado con el vendedor de leche que pasaba a caballo por su casa con los cántaros repletos y que llenaba los frascos de litro mientras sus ojos se paseaban lujuriosos por el escote de la gentil Florentina. Un solo desliz prodigioso que le hubiera dado un hijo que después se hiciera cargo de ella. Vamos, si no el lechero, pudo haber sido un albañil del barrio o uno de los muchos clientes de la tiendita de abarrotes “La Alacena” que ella estableció en la esquina de su calle con sus ahorritos y otros dineros que pidió prestados a su hermana mayor, en paz descanse. Pero no. Virgen hasta de las orejas, cartílagos impolutos cuyos laberintos no supieron de lenguas atrevidas.

            Soñé con una jubilación a buena edad y la obtuve para dedicarme en santa paz a lo que tanto quería: tocar guitarra, componer versos y canciones, viajar por el país, escribir cuentos. Sin embargo, ahí estaba huyendo de mi casa para buscar paz e inspiración en los parques, la sala de espera de los cines, las bibliotecas públicas y las calles, porque durante cuatro días la tía Flore se apoderaba de todo: de mi mujer que se convertía en ogro ante sus impertinencias y desvaríos; de mis hijos universitarios que cuando estaban en casa debían escuchar una y otra vez las mismas historias de su anciana tía y atender cada uno de sus reclamos, pues no era capaz de servirse leche o tomar una fruta de la mesa a media mañana; y de cada segundo del reloj que colgaba de la pared, a los que ella convertía en letargos somnolientos.

            Debía hacer algo. Mi mujer no era capaz de nada más; a ella y a su hermana menor, que la cuidaba dos noches y tres días enteros, les había tomado la medida. Poderosa desde su aparente demencia senil, sus hermanas bebían desde hace años del cuenco de su mano. Si al menos hubiera sido agradecida y no aventara los alimentos que se le preparaban y rara vez apetecía, si no tuviera a todos sometidos a su servicio permanentemente, mi nobleza, que no es poca, me habría hecho esperar con paciencia los tres, cinco, diez años o más que le quedaran de vida. Me aterraba que fuera mi esposa quien palmara primero, o su hermana Martha, quienes acentuaron sus marcas en el entrecejo por tanto lidiar con ella. Mi hijo se había quedado sin recámara, mi hija era casi enemiga de su madre a causa de su tía y yo estaba a punto de buscar una amante. No era capaz de envenenarla, pues a pesar de todo profesaba hacia ella cierto cariño y agradecimiento por el amor que tuvo a mis hijos cuando estaba menos ida. No aceptarla en casa era inútil; mi mujer enloquecería más y el que debería irse era yo.

Una idea daba vueltas en mi cabeza: casarla con don Juvenal, el padre de un buen amigo mío, abogado. Era un anciano de buenas maneras, culto, bonachón y erguido aún. Una semana antes departí con él en casa de mi camarada. Me sorprendió su energía y lucidez a pesar de sus 85 años. Era por la medicina tradicional ayurvédica, me dijo. Con elocuencia de tribuno me habló del vegetarianismo y de la medicina del cuerpo, kaia chikitsa, de los elíxires de la juventud, rasaiana y de los alimentos afrodisiacos, vayi karana. Esto último despertó mi entusiasmo, pues a mis cincuenta y tantos ya andaba aflojando el gorguz, como dicen los campesinos de mi tierra; y debía ser por culpa de la tía Flore, claro.

            Dibujé claramente mi idea cuando el buen hombre, después de dos copas de vino, me aseguró discretamente que todavía sufría, por decirlo de algún modo, los furores enhiestos del cuerpo. ¿Cómo es posible?, le pregunté. Tengo décadas comiendo queso de cabra, me contestó, te comparto mi secreto. Se inundó mi ánimo. Desde mañana compraría una buena dotación en el supermercado, le dije. No, muchacho, no se trata de cualquier lacticinio, esos que venden en las grandes tiendas no sirven, me explicó; yo te diré en cuál ranchería lo comprarás, no muy lejos de aquí. Una vez que me dio pelos y señales de dónde mercadear el divino queso, pasé a lo que también me importaba: preguntarle si tenía con quien darle gusto al cuerpo, él, que a su edad presumía de ser capaz aún. Su respuesta fue un discurso elocuente que debía guardar para la posteridad: “Ése es el problema, muchacho. Desde hace dieciocho años que el Eterno me robó la grácil paloma que calentaba mi nido, dediqué mi energía y mi tiempo a fortalecer el espíritu y el cuerpo. Al primero lo satisfago con mis lecturas de los poetas clásicos y la filosofía; al segundo lo cuido con ejercicio y la medicina de los alimentos. Sin embargo, hay una energía que me sobra y fluye por mi sexo y necesito de una piel de mujer para darle cauce, como un río. No digas nada de esto a mi hijo, que me salió pudendo y corto de entendederas, pero en varias ocasiones fui en busca de alguna fémina a algún lugar impropio. Ya dejé de hacerlo, pero cómo me gustaría tener a mi lado una mujer, y no precisamente una muchachilla, sino alguien que en su declive todavía anide el deseo de un beso o un abrazo ―lo que preguntó enseguida después de beber un generoso trago de su copa ya no tuvo ningún tono poético y sí la malicia lasciva de un sátiro―. ¿De pura casualidad no conoces una muchachona de unos setenta y tantos que esté sola y necesite compañía? De los asuntos de dinero yo me encargo, no tendría que preocuparse por nada. Bueno, incluso la aceptaría madurita de ochenta o más, siempre y cuando tenga fresco el corazón.”

            Me fui de ahí con cuatro copas, la promesa enjundiosa del queso de cabra y una pregunta punzante: ¿cómo podía refrescar el corazón de la tía Flore?

            Lo hablé con mi mujer esa noche; se soltó a carcajadas al escucharme. Me alegró que lo tomara así, pero insistí en que no era una broma. Plantee ventajas y desventajas de abrirnos ante esa posibilidad, que significaría la alegría de dos personas en edad provecta con derecho a ser felices mientras durara la aventura. Representaría también paz en nuestra familia. Le pedí pensarlo y conocer a don Juvenal. Se me quedó viendo con sonrisa traviesa y logré que me jalara a la cama después de un mes de abstinencia. Sirvió de algo la propuesta.

Una semana después, mientras escuchaba los ruidosos sorbos que daba la tía Flore a la sopa de fideo, Renata habló de mi propuesta. Me alegré porque ya no había tocado el tema a pesar de mi insistencia. Platicamos sobre el asunto sin preocuparnos por su hermana, quien sólo oía si le hablábamos a gritos por no querer usar el aparato auditivo. Nos animamos y decidimos invitar a la familia de mi amigo a comer en casa aprovechando la próxima fecha de nuestro aniversario. Insistiría en la presencia de su señor padre, claro. Contraté un trío romántico para amenizar durante dos horas e invitamos a otra pareja de amigos cercanos. Un día antes, la tía Flore se pasó la tarde en la estética: manicure, tinte en el pelo y mascarilla rejuvenecedora.

Por la noche, Renata me preguntó qué pasaría si, en el caso de que se entendieran, en verdad don Juvenal intentaba algo con su hermana hipotéticamente virgen. ¿Por qué crees los cuentos del viejo, mujer?, le dije para tranquilizarla. ¿Por qué creo en los cuentos de la tía?, me dije en silencio, pues la historia de su virginidad no me la tragaba. Como sea, también me quedé inquieto. ¿Y si era cierto que la tía no supo de hombre?; ¿y si en verdad el viejo todavía izaba la bandera a media asta? Ellos que se las arreglen, pensé, mientras escuchaba los ronquidos suaves de mi esposa.

            Llegó el sábado. Me sorprendió lo que lograron con la tía Flore en la estética. El rímel, un maquillaje suave y un labial discretamente encendido la convirtieron en una atractiva anciana. ¡Don Juve resistiría su encanto! Le pedí a Renata perfumarla con el Jean Patou que me fascinaba y asegurarle bien la prótesis dental con bastante adhesivo. ¡Ah!, y que por todos los demonios la convenciera de usar el aparto auditivo.

            Don Juvenal estaba elegantísimo, con fino traje gris y sombrero. Era el alma de la reunión después de tres wiskis. Declamó un poema de Neruda en la sobremesa y encontró la manera de sentarse a un lado de la tía Flore, cuyos ojos tenían el peculiar brillo que luce una mujer sorprendida por un hombre que le atrae. ¿Quién lo dijera? Todo pintaba de maravilla para que por fin mi casa quedara en paz y mi querida cuñada pasara sus últimos años en los brazos de un dandi de clásica estampa, que tenía el don de la floritura en su boca y otros más que ella debería descubrir después en privado.

            Me preocupó que Florentina inició sus cantaletas después de tomarse un tequila: el doctor me dijo que debo comer mucha azúcar por mi baja presión; el doctor me dijo que una descendiente de españoles como yo no puede comer tantos frijoles; el doctor me dijo que me veo como de cincuenta… Mi inquietud se disipó al escuchar reír como un crío a don Juvenal, acompañar a los músicos en algunas canciones y hablarle de su vida aventurera a la tía. Por mi parte, me descaré con mi amigo abogado y le di a conocer claramente nuestras intenciones de unir a los ancianos. Mi papá está un poco chiflado, me contestó entre risas, no creo que haya mujer que lo aguante. Bromeamos al respecto mientras la tarde caía, el trío terminaba su trabajo y yo me sentía de plácemes por la reunión.

            De pronto, ¡tragedia!, de buenas a primeras la honorable anciana enfrentó airada a su acompañante: “¿Por quién me ha tomado? Yo soy una mujer distinguida. ¡Váyase lejos con sus porquerías! ¿Cómo se le ocurre decirme que lo que más anhela de mí es un ósculo? ¡Habrase visto! Vaya y pídale el ósculo a su abuela, viejo malnacido, o a las pirujas con las que acostumbra tratar. Si mi papá viviera…”

            Ante el pasmo del buen hombre, la tía Flore arremetió a bastonazos contra él. Intervine para detener el escándalo y mi mujer metió a su hermana en la casa. Me disculpé ante don Juvenal, que se quedó mudo del asombro y herido en su dignidad. Su hijo lo condujo hasta su mesa y al poco rato se despidieron. Mi esposa se desvivía ofreciendo disculpas por lo sucedido y pidió comprensión a la actitud de su hermana. Los acompañé hasta la calle y se oprimió mi pecho al ver a don Juvenal con los ojos inundados en el asiento trasero del auto, hecha pedazos la ilusión nacida unas horas antes en su rostro de abundantes pliegues.

            No tardó mucho en retirarse la otra pareja de amigos acompañados por su hijo, quien aprovechó el tiempo para entablar animosa conversación con mi hija. Al menos obtuve esa tarde un prospecto agradable de yerno.

            Mientras levantábamos trastes y demás enseres de las mesas, Renata guardó absoluto silencio. Sabedor de lo que significaba, no intenté interrumpirla. Una hora más tarde, solos en la recámara, soporté su prédica inacabable: “¡Ahí está tu maravillosa idea! ¡Qué vergüenza me hizo pasar la loca de mi hermana! Pero no entiendo cómo pudimos creer que…” No pude detener un río desbocado. Callé e imaginé que Teresa Salgueiro, el ángel vocalista de Madredeus, cantaba para mí una canción mientras Renata despotricaba.

            La anciana estaba como si nada durante la cena; tal vez ya había olvidado el incidente. Pidió más azúcar para endulzar su café con leche y mi esposa se la negó, alegando que dañaba su salud. Irritada, la mujer empezó a golpear el piso con su bastón e inició su perorata: “El doctor me dijo que…” Era demasiado para mí. Por la honra de don Juvenal y la mía, no debía tolerarla más.

            Fui al estudio y prendí el computador. Mientras esperaba la activación del internet me pregunté cómo habíamos soportado tal infierno. Decidido, escribí en la ventana del buscador: venenos indetectables para una muerte lenta e indolora.        

Lunes, 10 Agosto 2020 05:41

Los he visto

La gran mayoría llegaron en la centuria pasada. Vinieron desde un tiempo de estatuas caídas e ideologías rotas, equipados con artilugios electrónicos y dedos ágiles para conquistar el nuevo milenio. Casi todos silenciosos y cada uno reclamando su espacio. A los quince años ya miraban como a los treinta sus padres, recelosos en su ataraxia engañosa, tan solos entre tanta gente que los rodeaba y entre millones de datos que viajaban por las redes saturando de ansiedad hasta la más pequeña de sus soledades. Los vi separarse más y más unos de otros, e inventarse amigos improbables en las pantallas digitales. Caminaban rápido porque siempre alguien los empujaba y porque el mundo en general empezó a girar más de prisa y a volverse pequeñísimo. Los vi andar por los parques sin levantar la cara hacia las ramas de los árboles y sin inmutarse ante el aroma de las flores. No tenían tiempo para esas pequeñeces. Se apropiaron del tiempo y lo metieron en las pantallas luminosas cada vez más sofisticadas. También encerraron en esos espejos de luz y pixeles al mundo vegetal, las albas y las puestas de sol, los ríos y la arquitectura de las ciudades, los cantos de las aves y las sonrisas de las madres y de los transeúntes que antes caminaban mirando al frente. Guardaron ahí la lluvia, la música, los rayos quemantes del astro rey, las danzas y los ritos, las lunas llenas y el sonido de las olas, las carcajadas de los niños que aún jugaban en los parques y los últimos consejos que les dejaron los abuelos. Sepultaron en tales aparatos a los merolicos y los payasos de circo, a los vendedores de garnachas y a las muchachas de falda corta que se ofrecían en algunas esquinas non sanctas; a los enamorados que improvisaban el amor en los parques y a todas las palabras que nombraban las cosas; a las lecciones de matemáticas, las reglas para acentuar esdrújulas, agudas y graves, las lecciones de civismo y las maneras de no confundir la "c" por la "s"; a los nombres de todas las capitales del mundo y los de todos los hombres, prohombres y bandidos de la historia. Todo eso yo vi.

De igual manera vi que se volvieron expertos en trazar las líneas del destino. Aprendieron pronto sobre complots universales y redujeron a los expertos a patéticos discursantes anquilosados en la radio y la televisión. Los maestros de las escuelas les causaron ternura al principio, compasión después, rabia enseguida; les parecieron unos pobrecillos migrantes digitales tan ansiosos y quejándose de ellos con sus esposas después de hacerles el amor a la antigua. Vi a varios quedarse en casa con sus padres hasta bien entrados sus treinta, y algunos otro poco. Comían con el móvil en la mano, lloraban con él, lo llevaban con ellos hasta en el sagrado acto de la excreción y lo ponían al lado del buró mientras duraba el sexo con su pareja, y, al final del gran acto, volvían rápido a su mundo de confidencias colectivas en redes, nada de cariños poscoitales innecesarios. Convirtieron el amor en mito y en una verdad la compra y venta de ternura.

Los he visto, reitero, y también los he escuchado. Fue una proeza aprender a oírlos, porque desde que arribaron se comunicaron casi en silencio. Y si de pronto reían, tú no sabías el porqué. Si lloraban, sus penas daban brazadas en la luminosidad de las pantallas. Oí que inventaron palabras como nunca antes, pequeñas palabras, de aquellas en las que caben docenas de significados que sólo ellos encuentran. Luego las mataban, las tendían en el piso hasta deshacerlas e inventaban otras igualmente prescindibles, porque todo se mueve y va de prisa, porque todo cambia y el movimiento para ellos era la esencia de la realidad; rescataron a Heráclito del pasado. Se volvieron dadaístas porque no creían en nada pero succionaban de todo. Fueron sabios e ignorantes a conveniencia y aprendieron a escurrir el bulto cuando les llegaba la hora de ser grandes y mirar de frente. Si alguien les dijo que era tiempo de tomar el toro por los cuernos, respondieron que ellos eran el toro, el reparo, la soberbia y el premio. Llegaron al mundo sin pedirlo, dijeron, y el mundo los fastidió con tanta exigencia.

Pero también los he visto ir mutando desde hace unos meses las expresiones de su cara, parecen otros ahora. No se les ve contritos, pero sí sorprendidos. Jamás imaginaron que un enemigo invisible pondría en jaque el mundo que ellos creyeron comerse a dentelladas. Y se han detenido sin saber qué hacer. Algunos voltean al cielo para pedir respuestas como jamás lo habían hecho. Otros se sientan a escuchar a sus padres. He oído llorar a varios, lo juro. Son aquellos que pasan muchas horas meditando o descubriendo por vez primera las plantas que su madre colgó de las paredes y puso en los balcones. Sus ojos se han llenado de estupefacción y eso es maravilloso, pues ya nada parecía asombrarlos. Leen libros que desempolvan y bajan del estante, iluminan su mirada con las fábulas antiguas y ante las fotos que sus padres guardan en los viejos álbumes. Escuchan y cantan canciones de viejos trovadores y, milagro, muchos se han puesto a dialogar con los viejos. También han discutido y peleado entre ellos, porque la claridad a veces duele; sin embargo, por eso mismo aprenden a perdonar y dar abrazos. Han vuelto a querer a los gatos y se conmueven como nunca ante el amor infinito de una golondrina trabajando por sus crías. Algunas veces abandonan el móvil, una bendición en este tiempo, para sentarse a ver una película con toda la familia; Cinema Paradiso, por ejemplo. Algunos empiezan a vestirse con moda retro, otros hacen yoga y hablan de la necesidad de vibrar alto; algunos más discuten sobre las terribles consecuencias del nuevo orden mundial y hasta han hablado de salir a tirar estatuas para poner otras.

     Me conmueven. Los he visto, los veo y tal vez los veré aún buen rato. Ojalá, porque quiero saber qué semillas habrán de sembrar que no sean las de Monsanto, quiero escuchar las nuevas canciones que echarán al aire después de que el confinamiento pase y en qué Dios creerán. Tengo mucha curiosidad de conocer cómo se organizarán para seguir dando cuerda al mundo, cuáles serán sus nuevos himnos, sus nuevas plegarias; cómo serán ahora sus besos y las maneras de decirse el amor sin que suene a canto antiguo. Quiero saber si tendrán valor para seguir poblando el planeta y si construirán armas para enfrentar la estupidez que los masifica y anula.

     Los he visto muy de cerca porque también los tengo en casa. Los miro desde este balcón de un quinto piso y a veces me aproximo a ellos tanto como lo permiten, para entenderlos y estar cerca por si me convocaran, por si el despertar que los anuncia fuera también un rayo que los toca y reúne, una llamada que los mueve a las filas. No sea su poder minado en las pantallas digitales y no sea robado su espíritu. Como ayer, como ahora, como siempre, están condenados a la esperanza en este mundo que derrite sus polos e incendia sus selvas. Pudieran ser ellos quienes acaben de matar al dinosaurio herido si salen a las calles y gritan su silencio.

Juro que los he visto.

 

Lunes, 03 Agosto 2020 06:31

Balada de efímero plumaje

No pude resistirme al influjo de la canción. Los olores de las botanas típicas de ese barrio central de la ciudad hicieron el resto sobre mi endeble voluntad. Un trapo viejo, una melodía gastada, un prado sin aromas: eso era yo aquella tarde al salir del trabajo. Tal vez ahí adentro encontraría una chispa que me devolviera a la vida, pensé. El cantante que amenizaba el lugar, un hombre viejo que pulsaba la guitarra como si sus manos hubieran nacido pegadas a ella y fueran las olas de ese mar acústico, a ojos bien cerrados y sudando las emociones de la letra entonaba aquella clásica en la que un hipotético galán en sufrimiento le pedía al cancionero que, en caso de verla, volviera a su rincón para mentirle y decirle que ella todavía lo quería, urdimbre masoquista de Álvaro Carrillo, que bien acompañada con alcoholes finos y baratos es capaz de evitar el suicidio ante el abandono de una mujer amada y cambiárnoslo por un infierno delirante de canciones y bebida. 

Me había prometido no curarme de su ausencia con los tragos, sólo quería un rato de compañía bohemia, un engaño de camaradería que me durara cuando menos unas horas. Por eso sólo pedí cerveza clara de bajo grado para acompañar las tostadas de marlín y de pata de res, el ceviche de pescado estilo peruano y los callos a la andaluza, delicias del lugar. El picante, la sed y la tercera canción que interpretaba con sincero sentimiento aquel hombre, me hicieron pedir la segunda cerveza, prometiéndome que con esa me daría por satisfecho. Sin embargo, no contaba con Guty Cárdenas y esa maravilla de letra en la que un tipo enamorado, o lo que es lo mismo, un tipo perdido, le confiesa a la dama que a pesar de todo la quiere aunque nunca besar pueda su boca, con doloroso hipérbaton ablandador de escrúpulos como los míos. Por eso, una invitada más, alegre, espumosa y oscura, llegó hasta mi mesa en su envase de cristal. Mis mejillas empezaban a enrojecer.

Estaba a punto de terminarme la tercera de rigor, acompañado por el triste idilio de Francisco Madrigal en el que un tal Jacinto Zenobio vivía extraviado en la ciudad sin anhelo de volver a su pueblo, habiendo ya pedido la cuenta y hurgando restos de comida en mis dientes con un palillo, ritual al que ningún parroquiano de pura cepa capitalina puede renunciar, cuando un hombre que convivía con otros en la esquina cercana pidió la melodía que quebraría todas mis resistencias. Era mi canción, la de ella y la mía durante tanto tiempo. Rogué para que el efusivo cancionero no la supiera y porque mis piernas fueran valientes para salir de ahí ahora que recibía el cambio del mesero y dejaba la propina. Pero los versos de Recuerdos de Ipacaraí ya nacían de la boca trémula del trovador, que tenía la edad suficiente y la memoria necesaria para conocer todas las canciones de atormentados. Fui vencido y pedí una cuarta cerveza que vino a mezclarse en mis labios con la dos gotas de sal que bajaron hasta ellos. Volví a ver el lago y el verdor de los juncos meciéndose en las orillas del agua, y vi su pelo largo atrapado por mis manos y la luz del plenilunio que inauguraba la noche. Ya emocionado y respondiendo a los brindis de los bebedores de la esquina, pedí Cielo rojo, de David Záizar, al cantador, casi jurando que al terminar de escucharla me retiraría a seguir destilando solo mi nostalgia en mi departamento. Sin embargo, no contaba con una quinta cerveza que me fue invitada por el más escandaloso del grupo de beodos felices. ¿Cómo resistirme a tal cortesía?

Cuando el cancionero interpretaba Por tu maldito amor, yo tomaba whisky en la mesa de los alegres de la tarde y coreaba con entusiasmo la canción. El trovador sabía que estábamos a punto de esas canciones de arrabal, y que al cantarlas aseguraba mayor consumo para la casa y mejor propina para él. La imagen de ella se aparecía por todas partes: en el perfil de una bella que departía con amigos en otra mesa, en el aire encendido del lugar, en el espejo de la cantina, en el color ambarino del líquido del vaso o sentada en la barra con la pierna cruzada y su mirada de profundidades marítimas. Y dolía menos verla; mucho menos. Mi nostalgia y mis lágrimas gozosas se diluían en el furor del ambiente. Después sonaron dos de José Alfredo y con ellas perdí la cuenta de las copas y los últimos escrúpulos que todavía pervivían.

Llegó la hora de un merecido descanso para el viejo de la lira. Pedí la guitarra y licencia para echarme un palomazo ante las porras de mis nuevos amigos. Necesitaba echar fuera un sentimiento que llevara a volar sobre las nubes de tabaco una ilusión que no tenía, una canción cualquiera que pusiera florituras cursis al nocivo amor que me tenía desangrando y regando hilos de sangre por las banquetas. Elegí una de Reyli Barba, aquel cantautor de curiosos influjos en sus letras que suele introducir mantras budistas en sus canciones. Volaba yo en nimbo místico con el arrababababasei, que para quien no lo sepa significa amar y ser amado, cuando sucedió lo impensable. Una coincidencia absurda, una conjunción desafortunada de espacios y tiempos hizo que ella entrara al lugar de la mano de un desconocido que para mí era el enemigo detestado. El último cuánto te quiero de la melodía fue sólo pensado, dicho en silencio, pero dirigido aún a ella, que en ese instante volvió a ser destino de mis sentimientos alcoholizados.

Su turbación fue mayor a la mía. Lo noté en los varios matices de su rostro. Pidió a su acompañante sentarse lo más lejos posible y eligió silla de tal modo que me diera la espalda. Ilusa, después de cinco años de relación ella era transparente para mí y de sobra lo sabía.

Ordené un tequila para enfrentar el trance. Ignorando las peticiones de mis compañeros de mesa, la canción que elegí para continuar fue una más propia de esos lugares, donde era más querido Gerardo Reyes que Reyli Barba. Bohemio de afición despertó gritos en mis amigos y calores como de revancha en mi pecho. Y la canté mirando siempre su espalda, atravesándola hasta ser capaz de ver sus ojos de almendra que fueron mi pan y mi vino, los que de tanto besar se robaron la sensibilidad de mis labios. Date cuenta de lo que pasa, imbécil, pensé volteando a verlo a él, y enfréntame ahora que te conozco. Tenía en las venas el alcohol suficiente como para desafiarlo en típico pleito de cantina, sin importarme en ese momento que a unas cuantas cuadras de ahí, en un sacro recinto educativo, había tejido mi fama engañosa de catedrático respetable, honorable magister en letras latinoamericanas.

Sin importarme en lo mínimo título e imagen pública, recordé otra vieja canción del autor anterior, herencia de mis ilustres borracheras de juventud y de mis gustos musicales vernáculos de aquel entonces. Tenía siglos sin cantarla y ahora estaba dispuesto al ridículo por esa mujer. Fui interpretando con tal histrionismo Ya vas, carnal, que mis compañeros aullaban de emoción y chocaban las copas mientras una nueva botella garantizaba al menos una hora más de paraíso alquilado. La última parte de la canción: Pero no vale la pena, te juego hasta mi melena, que esta chava volverá, la canté con tal brío que mi dama no pudo más. Se levantó bruscamente y fue llorando al sanitario. Su pareja parecía no entender o era un estúpido consumado con buena pinta y cartera. Uno de mis nuevos amigos me abrazó y besó la testa, acción nunca realizada por algún alumno mío de esos a quienes arrobaba y sigue arrobando mi discurso docente.

"Aquí está la vida, aquí el infierno y la gloria. Aquí se sientan a beber vino los dioses y nos besan los demonios arrepentidos de no haber sido paridos como ángeles", declamé en la mesa en súbita inspiración lírica y después de entregar la guitarra al cancionero que ya volvía.

            La vi salir del baño, tomar de la mano a su galán y retirarse del lugar, mientras yo pavoneaba mi efímero plumaje en medio de tantos guajolotes desplumados. Tal vez nadie percibió la mirada que dirigió hacia mí en una centésima de segundo. Ratifiqué que me seguía queriendo, aunque mi amor no le bastaba como lo dejó claro antes de despedirse, ni mis versos y mis ensueños silenciosos a su lado. 

            Algo me sanaba adentro. Aceptaba el destino y una vía nueva se abría en medio de la desolación cotidiana; lo sentí. La mañana siguiente la cruda sería espantosa y sentiría pena por este desliz, lo sabía, pero en ese momento mis atorrantes camaradas, el coplero y los tragos de escocés en las rocas me volvían a la vida.

Fui el último de los alegres borrachos de mi mesa en salir del lugar. Terminé llevando al cancionero hasta su casa al finalizar su turno y dejar el lugar a otro bohemio. Al dejarlo en su puerta lo abracé con la misma emoción con la que abrazaría a mi padre. ¿Por qué no formamos más adelante un dueto para cantar en fiestas de “fifís”?, me preguntó. Me entusiasmó la idea y di mi palabra para hacerlo, ofrecimiento que, obvio, en boca de borracho, no fue otra cosa que una dulce mascarada. 

 

Lunes, 27 Julio 2020 05:02

Resplandores de julio

A Gilberto, aventurero en tierra firme.

I

Habían sido años sin volver en julio y mucho menos en agosto. Si alguna vez lo hizo fue por el cumpleaños de su padre. Las causas tienen un dejo de misterio y habría que buscarlas en los torbellinos de la infancia que se quedan dando vueltas en el preconsciente, en las secuelas que deja la distancia o en lo hermoso que es el verano en California. Sin embargo, no hay fecha precisa para regresar a lo que bien se ama y un día tuvo que enfrentar uno de sus mayores terrores: los relámpagos de julio y también los de agosto, que suelen ser de mayor estruendo.

Antes de animarse a comprar el boleto de avión preguntó a su hermano cómo estaba el clima en el pueblo. “Tranquilo ─le respondió aquél─, algunas lluvias y el calor tolerable”. Pero al venir ya en pleno vuelo le dijo la verdad mediante un mensaje de texto: “Mira, prepárate porque anda muy sonoro el cielo y te las verás con los truenos. Si te permiten saltar en paracaídas del avión y regresarte, hazlo, a menos que aquí alguien te abrace por las noches y tomes cincuenta gotas de valeriana”. No le causó la menor simpatía el tono sarcástico de su brother. Su corazón aceleró el ritmo de sus latidos. De inmediato retornó a esas noches de la infancia en las que los resplandores de los relámpagos llenaban los orificios y hendiduras del tejado, ocasionando que incluso las ratas se dejaran caer desde las viguetas huyendo de la tempestad. Eran las noches en que todos sus miedos se realizaban en su cabeza de niño: el demonio vestido de charro paseaba por la calle con su caballo negro de crines espesas y al viento; la Llorona vestida de blanco y con el pelo revuelto pasaba por la calle llamando a gritos a sus hijos; el mezquite de la esquina era partido por un rayo y de su tronco quemado emergía un hombre humeante como braza en busca de niños desobedientes, y él era uno de ellos. Quiso sacudirse esos pavores infantiles y sonrió compasivo por el niño que fue. ¿O, era?

Finalmente llegó a su destino y la luz intensa del primer día en el pueblo lo ayudó a dejar a un lado sus miedos. Fiesta en la familia al recibirlo, alborozo de cerveza y comida, encuentro con los amigos y la mujer prometida que lo haría olvidar los malos ratos pasados con la anterior. La primera noche fue plácida, de llovizna y con algunos truenos lejanos que no lograron inquietarlo demasiado. La compañía femenina hizo el resto, bálsamo curador de casi todos los males; en esta edad sabía que no necesariamente de todos. Por la tarde del segundo día visitó la tumba de su padre, en ese intento de mantener viva la memoria de su progenitor, honrarlo y curarse con el diálogo reparador con los que han partido.

Al disponerse a volver del cementerio las vio, negras y amenazantes en lo alto. Venían del lado poniente y esas eran las canijas, le había dicho su progenitor. Esas nubes no existían en California y no volaban tan bajas. Mucho menos eran capaces de dar los alaridos que saben proferir estas gordas de feroz aspecto. Al escuchar el trueno del primer relámpago, su mano de niño buscó la de su novia y en menos de lo que cuento había arrancado el auto para volver a casa. Apenas tuvieron tiempo de ingresar al patio y con la lluvia encima ponerse bajo techo.

La tormenta jugó con su ánimo. Amainó y repuntó hasta que ya se encontraba solo en su cama dos horas después, sin su dama, a la que había llevado a su hogar y arrepentido por no pedirle que se quedara con él esa noche. Todo por guardar las inútiles apariencias que entorpecían su bienestar. Después del segundo trueno, que pareció surgir de un rayo caído en el techo del vecino, la llamó para obtener algún consuelo. Su voz temblaba al teléfono. El niño había vuelto del pasado y veía sombras precipitarse sobre el ventanal de la recámara. ¡Cómo añoró en medio de ese trance las ventanas pequeñas de los hogares campesinos antiguos, sin grandes pretensiones de luz y donde no podrían caber aparecidos ni brujas volando sobre una escoba! Justo cuando ella le compartía un rezo para enfrentar la intemperie y calmarlo, otro estruendo más potente y luminoso cortó la energía eléctrica y la señal telefónica. Solo, con su miedo y el viento azotando los cristales, acurrucado en un rincón de la cama y cubierto de pies a cabeza con una cobija, tiritando y arrepentido por haberse quedado sin ella esa noche, recordó algunos versos de un libro de poemas que su hermano le regaló alguna vez, de un tal Benedetti. En medio de su pavor le llegaron claros y a modo de advertencia los siguientes: "…de modo que si ocurre un desconsuelo, un apagón o una noche sin luna, es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una mujer desnuda".

Fue encontrando la calma y recuperando el ritmo normal de su respiración al escuchar cómo se alejaban los tronidos del cielo, furia menguada de un dios que parece mostrarnos con ellos su poder sin parangón. “Menuda forma tienes, Señor, de mostrarnos tu grandeza”, repitió para sus adentros recuperándose poco a poco. Supo que aquí en su pueblo no volvería a quedarse sin una mujer, vestida o desnudada, en noches de tempestad como la de hoy. Tomó previsiones y aceleró sus asuntos hablando con los padres de su novia, quien vivía con ellos y por respeto les tenía ciertas consideraciones, pues era una mujer muy adulta y dueña de sus decisiones. Ese día hubo una pequeña mudanza de ropa y algunos enseres. Al menos por un tiempo serían una pareja, hasta que él pudiera volver definitivamente o ella emigrara para reunírsele. 

Una tormenta es capaz de acelerar las voluntades de dos dudantes. Por lo visto el amor se vale de rayos y centellas para lograr su objetivo, no sólo de vates y cancioneros. ¡Bravo por ese tramposo de alcurnia!

 

II

Te sientas a la mesa a sabiendas de lo que vendrá. Doña Cata preparó delicias en la cocina en menos de lo que canta un gallo. El plato con las quesadillas de flor de calabaza está repleto y piensas que los compartirán todos los comensales. Es una ilusión; en realidad son todas para ti esas delicias hechas con tortillas a mano. El aroma del epazote te levanta el hambre y arremetes con cierto denuedo creyendo que en algún momento serás capaz de decir ya basta.

La salsa tiene magia, es hechicera. No las encuentras así en las imitaciones industrializadas que compras en las stores de tu nueva patria de artificio. Cuando arremetes contra la tercera dobladita y pruebas el café de olla te sientes dentro de un paraíso inmerecido. Tienes fe en que sólo lograrás comerte cinco de las siete que hay en el plato. Al poco rato te encuentras devorando la sexta sin gran dificultad y nula culpa. Estás a punto de tomar la séptima, perdonando de antemano el exceso, cuando doña Cata pone frente a ti tres sopes con salsa, crema de leche y frijol. Intentas negarte y repliegas la silla, aunque algo dentro te dice que es inútil esa débil resistencia. Y lo es. Apenas estás entrando en la fase climática de la ceremonia culinaria, como lo es en una misa el ritual de la repartición del pan y el vino.

Delira de placer tu lengua al tiempo que te atreves a echar un vistazo a tu vientre, del cual ayer estabas orgulloso y mañana quién sabe. Una culpilla de libras y redondeces está a punto de arruinar tu festín. No lo permites ni doña Cata tampoco. Llevas años intentándolo y sabes que serás vencido, que tomarás el avión de regreso unas semanas después con mucho más que un peso de conciencia. Tanto tiempo diciendo no a las hamburguesas y a las sodas; tantos meses saliendo a correr por las mañanas antes de subirte a un freeway para llegar al "jale"; tantas apuestas por bajar de peso perdidas o ganadas con aquel gringo frijolero que comparte contigo la Biblia y la afición por los Angels de Anaheim. ¿Y todo para qué? Sabes que el amor de tu madre se vuelve omnipresente y profundo a través de sus manos preparando platillos irresistibles en la cocina.

Una dulce resignación se apodera de ti. Tu hermana menor, invitada al almuerzo, te guiña un ojo pidiendo que no te hagas de rogar. Eso te da fuerza para dar cuenta de una concha de chocolate y de la mitad de un ojo de buey que en estado hipnótico tomas de la panera que la buena señora ha puesto en el centro de la mesa, ahora con un jarro de chocolate espeso que preparó especialmente para ti, como en aquellos domingos de la infancia a los que llegabas sin grandes travesuras durante la semana. Tu falsa negativa es apenas un: "Pero mira nomás, amá"; y concluye con un conciliador: "Bueno, si no se puede menos. ¡Oh, right!

Hay cosas que parecen imposibles en la vida. No besar unos labios que se ofrecen, por ejemplo; o comer uno o diez tlacoyitos de requesón, haba o frijol chino de los que elabora doña Cata; o sus huanzontles que no tienen comparación en todo el orbe y por los que matarían algunos paisanos tuyos allá del “otro lado”. Imposible de igual modo es no quererla con esa emoción que convierte en albercas tus ojos durante esas tardes que retornas del trabajo a sesenta millas por hora, repleto el recuerdo de esos aromas que te harán comprar el boleto de avión si la añoranza se torna insoportable, sin importar que después regreses al american dream con diez libras de sobra. ¿Quién dijo que el amor no engorda? ¿Who said that?

 

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