Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 20 Marzo 2016 06:14

De equipajes perdidos y aerolíneas irresponsables

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Hace poco más de 24 horas que he llegado al aeropuerto de Barajas, en Madrid. Así que este debería ser un texto feliz porque, como recordarán queridos lectores, yo ya tenía síndrome de abstinencia de aeropuertos pues durante un año casi no había podido subirme a un avión ni salido de México.

La vida me puso una oportunidad imprevista de cruzar de nuevo el océano Atlántico y vale, pues la tomé.

Me enteré a las 11:00 am y a las 2:30 pm estaba en una agencia de viajes pagando el único boleto disponible para semejante odisea. El vuelo salió esa misma noche, a las 6:50 pm

Al llegar al aeropuerto traté, como todo el mundo, de documentar mi equipaje. Vale decir aquí que se trata de una maleta diseñada por Agatha Ruiz de la Prada, la única diseñadora de la que me declaro una fan total. A esta maleta yo le tenía un cariño especial —y un tanto absurdo— por haber sido mi auto-regalo de cumpleaños número cuarenta en 2014, cuando vine a Francia como parte de un festejo anticipado, pero esa es otra historia.

Resulta que mi adorada maleta blanca, rígida, con un corazón rosa perfectamente dibujado en el centro ahora mismo, está perdida. ¿Cómo?

Pues como acostumbran absurdamente las aerolíneas, mi vuelo estaba sobrevendido y el boleto por el que había pagado un precio bastante elevado, no me garantizaba que yo tuviera un asiento asignado. Por tanto, prácticamente me pusieron en una lista de espera aunque me dijeron “no se preocupe, usted es la primera y si no la subimos a ese avión, veremos la forma de que usted llegue a Europa”. Menudo consuelo.

Me subieron al avión, que sí cumplieron la promesa. Sin embargo, a mi equipaje lo dejaron en México.

Así que mi adorada maleta diseñada por Agatha Ruiz de la Prada ahora mismo no se dónde estará vagando.

Al llegar al aeropuerto de Barajas esperé y esperé, incluso por dentro me burlaba un poco de esos que siempre usan maletas negras y siempre están con cara de desesperación y angustia frente al carrusel porque confunden su equipaje una vez y otra también.

Yo me sentía afortunada por tener una maleta inconfundible y fácil de distinguir a la distancia, así que esperaba tranquilamente.

Sin embargo, mi maleta jamás apareció.

Fue entonces que una guardia del aeropuerto comenzó a gritar mi apellido. Así me notificaron que mi maleta, al parecer, se había quedado en México, cual si tuviera voluntad propia y hubiese decidido no acompañarme en esta aventura.

Prometieron, por no decir que aseguraron, que mi maleta llegaría hoy a las 3 de la tarde a casa del amigo que me hace favor de hospedarme aquí, en la localidad de Villalba, a las afueras de Madrid. Y yo podría estar escribiendo sobre lo hermoso que ha sido llegar aquí y mirar sus montañas nevadas, o sobre como debajo de nuestra ventana vive una familia mestiza de patos que tuvieron que aguantar ayer la tormenta improvisada y hoy el granizo que amenazaba con ser nieve.

Pero no, estoy aquí escribiendo de cómo las aerolíneas pueden ser capaces de dejar a una persona varada sin su equipaje, de hacer promesas que son incapaces de cumplir y de además, pretender que uno ni siquiera salga por estarles esperando.

Nosotros no hemos salido en todo el día, sólo cruzamos la calle para comer con la Yeyi, la abuela de mi amigo que es un terrón de azúcar de 87 años que me ha cocinado unas patatas con guisantes y un pescado en salsa verde (sin chiles mexicanos, no nos emocionemos) que te mueres de lo delicioso que estaba.

No pude disfrutar siquiera escuchar las historias que Yeyi podría haberme contado sobre sus recuerdos de la Guerra Civil Española, tampoco pude preguntar más sobre esta hermosa comunidad alejada de todo, que ni siquiera pareciera ser parte de la capital de España, aunque sí que lo es. Nada, yo tuve que salir corriendo para estar aquí, pegada al teléfono y a la ventana para esperar mi equipaje. Pero nada, a ellos eso no les ha importado.

Escribo estas líneas cuando en España ya es sábado y son las 9 de la noche. No tengo ropa, ni un segundo par de zapatos, ni siquiera abrigo. La mitad de mi material de trabajo estaba en ese equipaje por el cual además la aerolínea según sus políticas de privacidad puede compensar como un regateo “a 20 dólares por kilogramo”. Para mi mala suerte, había viajado demasiado ligera. Mi maleta apenas pesó 12 kilos.

Hoy es sábado y nadie en atención a clientes para decirme como es que voy a reclamar al menos esos 240 dólares. Y yo mañana, debo salir en un vuelo a París.

¿Será que Aeroméxico pudiera decirme qué se hace en estos casos? ¿Es que ellos asumen que uno hace un viaje tan largo para venir a encerrarse en un lugar a esperar a que llegue el equipaje dejando su vida detenida en el tiempo?

Mientras, queridos lectores de corazón viajero, a mí sólo me queda claro que me es imposible recomendar viajar por esta aerolínea, al menos hasta este momento.

 

 

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