Publicado en Andanzas en Femenino Domingo, 15 Junio 2014 07:27

Un encuentro en la catedral del fútbol mundial

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Nunca he sido muy futbolera, sin embargo, los campeonatos mundiales siempre me han parecido una excelente oportunidad para conocer más sobre otros países y, por qué no reconocerlo, para admirar la belleza masculina que como en pasarela, nos deleita en cada partido.

Hoy es el primer partido de la Copa Mundial de la FIFA Brasil 2014 que se jugará en el mítico y totalmente renovado Estadio Maracaná. Tuve la oportunidad de visitar Río de Janeiro hace tres años, justo cuando las obras estaban en su apogeo.
Llegué a Río de Janeiro con varias misiones, una de ellas era conseguir que alguien me explicara la remodelación que llevaba poco más de un año, en el estadio más famoso de todo Brasil: El Maracaná.
A pesar de no ser una fanática del balompié, estaba emocionada. Claro, conocer el lugar donde se habían jugado tantos partidos y, sobre todo, donde Pelé había alcanzado la Gloria sí era una de esas cosas que uno tiene que hacer al menos una vez en la vida.
El Estadio Maracaná está ubicado junto a la universidad pública, así que el paseo fue muy gratificante pues, al mismo tiempo, conocí el campus universitario.
El camino fue una grata sorpresa, estaba hospedada en Copacabana, sobre la avenida Atlántica. El metro estaba a dos calles y siempre, cuando visito una ciudad por primera vez, me gusta usar ese medio de transporte por ser sencillo de comprender, claro, funciona con la misma lógica en cualquier lugar del mundo, es decir, líneas que se cruzan, transbordes, mapas, y ahora aplicaciones para el teléfono o la tableta.
Una de mis mejores experiencias en Río de Janeiro, después de su gente como ya lo platiqué la semana pasada, fue usar el metro. Limpio y con un diseño moderno y funcional, fue algo que disfruté mucho más que en otras ciudades como París o Milán.
Al llegar no pude evitar sentir una emoción especial. Desde el vagón del metro alcancé a ver a lo lejos el Estadio, cuya fachada no iba a ser tocada durante la transformación de la que era objeto. Su color azul característico me llamaba a lo lejos y la emoción comenzaba a invadirme.
El gobierno de Río de Janeiro había comenzado en agosto de 2010 los trabajos para la remodelación del mítico estadio. Inicialmente tendrían una inversión de 705 millones de reales, lo que se traduce a casi 470 millones de dólares. Para cuando yo llegué y tuve la oportunidad de hablar con los responsables de la obra, el presupuesto recién aprobado se había elevado a 956.8 millones de reales, o sea unos 590 millones de dólares.
Cuando conocí el proyecto, no podía imaginarme que se lograra hacer con menos dinero. Era una obra monumental, los diseños en 3D que me mostraron no podían imaginarse sin una inversión millonaria de por medio. Me explicaron que sería una asociación público-privada, algo que en México aún ni existía pues nuestro país estuvo años rezagado en la legislación que regula dichas inversiones. La idea es que, después de la copa mundial, el estadio sea utilizado para conciertos y espectáculos de alto nivel.
Durante muchos años, este estadio fue conocido como “La Capilla Sixtina del fútbol internacional”. Ha sigo testigo de los encuentros más trascendentales de la historia y también se ha caracterizado por ser un estadio para las masas. Leí durante 2012 y 2013 a algunos críticos que decían que el proyecto de remodelación, al reducir el número de butacas, atentaba con la naturaleza incluyente y democrática del fútbol brasileño. Al menos no es lo que yo recuerdo tras analizar el proyecto, por que justamente una de sus mayores novedades era que sus butacas podrían ser removidas para dar cabida a más personas, dependiendo del tipo de evento que se llevara a cabo en sus instalaciones.
Este estadio llegó a recibir la euforia de hasta 200 mil espectadores que abarrotaban el lugar, sin embargo, nunca estuvo garantizada la seguridad de estas altas concentraciones de gente en los eventos masivos, incluido el famoso carnaval.
También se criticó mucho el monto de la inversión. Para cuando yo llegué, los ingenieros acababan de descubrir que la cubierta no podría ser salvada y que, de no removerse y cambiarse, se pondría en riesgo la obra entera. Ese fue el motivo del incremento, no la corrupción, no los precios inflados. Claro, se que no faltarán sospechosistas que pensarán lo contrario, pero yo lo vi. Los ingenieros estaban de verdad preocupados por lo que podría ocurrir con el proyecto si no se tomaba la decisión financiera correcta.
Los estadios que tuvieron que ser construidos o remodelados en Brasil han sido motivo de polémica desde hace muchos meses, y son bien sabidos los retrasos. En efecto, el tiempo le ganó a Brasil y tal vez no se midió, en su justa dimensión, la gigantesca inversión, tiempo y esfuerzo que se requeriría para poner al país entero a tono con las exigencias de la FIFA. Ni las buenas administraciones de Lula, ni la bonanza económica, ni su indiscutible inversión en infraestructura fueron suficientes para abatir años de rezago y desigualdad social y económica.
Hoy seguramente seremos testigos de protestas en las calles aledañas a este monumento del fútbol mundial y, seguramente, la violencia podría opaca la fiesta del balompié. Sin embargo, yo me quedo con la imagen que más me conmovió al pisar el legendario Maracaná: un hombre que, aún con el estadio en proceso de remodelación no dejaba de deleitar a los turistas que visitaban el museo del fútbol, con sus dominadas y destreza con el balón. Vivía de las propinas, su vida no podía detenerse.
Una vez más, en un viaje en el que yo tenía que poner la cabeza en los números, los materiales, la arquitectura y la inversión, no había forma que yo no centrara mi mirada en el espíritu de la gente que, al igual que Brasil, nunca se detiene.
 

Modificado por última vez en Lunes, 16 Junio 2014 07:28
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