Hace casi 14 años, tuve un romance con un chico que amaba la música de Joaquín Sabina. Yo de hecho podría decir que aprendí a disfrutar más que la música o la voz, las letras del flaco gracias a ese chico atormentado de cabello un poco crespo, manos grandes y ojos brillantes. El disco que más escuchábamos se llamaba Dímelo en la Calle y llenaba nuestras tardes de amor furtivo por allá por el 2003.

 Una canción que me quedó como marca de aquellos días fue “Peces de Ciudad” pero particularmente una frase retumba en mi cabeza de vez en cuando, sobre todo cuando mis emociones se pintan de un pálido azul, como hoy. Sabina decía que “…al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver…” y siempre me quedó la duda de ¿Por qué semejante consejo?

Tal vez lo diga justamente porque cuando tenemos momentos de melancolía, cuando perdemos una esperanza, un trabajo, un amor, o el sentido de la vida, muchos tenemos el impulso de correr, otros, como yo, de tomar un avión sin rumbo definido y sin boleto de regreso.

Sí ya se que eso se llama huir, y tal vez lo que quería decir el cantautor era justo que no había que ir porque eso es buscar refugio en una zona de confort, es escapar hacia donde no haya quien te lastime, hacia donde las personas no conozcan tus heridas ni les importen.

Por supuesto, es muy fácil decir ¡No huyas! ¡Avanza! ¡No tengas miedo!, sin embargo, a veces la felicidad es un estado mental tan difícil de alcanzar, una invasión de sustancias hormonales adictivas que tiene tal efecto embriagante, que es un reto no querer escapar al lugar donde la hemos encontrado, como un adicto que busca desesperado un dealer.

Soy una viajera, quizá por eso siempre que tengo un día triste —azul como lo llamo yo— quiero viajar. No se si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez siempre he sido miedosa y toda la vida he querido huir cuando hay problemas y por eso me volví viajera. No se que fue primero, pero tampoco me interesa.

Lo cierto es que hoy no puedo solamente correr al aeropuerto y tomar un vuelo. Tampoco puedo tomar carretera sin rumbo desconocido como hacía en aquellos lejanos principios del siglo XX cuando en mi viejo Volkswagen Atlantic mi hijo, que entonces era aún pequeño, y yo, simplemente llenábamos una mochila vieja, poníamos 100 pesos de gasolina al coche y nos íbamos a pueblear.

Aquellos fueron días felices. De hecho creo que uno de los primeros lugares en los que realmente fui feliz y encontré paz, buenos amigos, gente entrañable y buenas historias fue en el pueblo de Tequesquitengo, justo en Morelos.

Creo que en ese lugar fui feliz muchas veces. En la fiesta patronal, cuando desde un barco tomábamos fotos de las lanchas con flores que hacían una procesión única en los calurosos días de mayo. Igual cuando en casa de nuestra amiga Nicolasa teníamos deliciosas comidas caseras preparadas por su mamá, mientras mi hijo y los sobrinos de mi amiga jugaban libres, sin miedo ni peligros.

Otro lugar entrañable donde viví momentos de mucha felicidad fue Taxco, en Guerrero. Durante unos cuatro años consecutivos, cada mes de mayo viajaba a esa ciudad por al menos una semana para cubrir las Jornadas Alarconianas, un festival donde el teatro se apoderaba de las calles, las plazas y los centros culturales. No había un rincón que no estuviera lleno de arte y lo mejor, era un festival amado por los pobladores. No era para los turistas, sino para la gente del lugar. Tuve grandes entrevistas, conocí entrañables colegas, también periodistas culturales, pasé momentos maravillosos con mi hijo.

A esa ciudad sí he vuelto, de hecho justo cuando me he sentido como me siento hoy. Una vez me levanté así, deprimida exactamente igual que esta mañana. Y sin pensarlo dos veces, tomé mi bolsa, llené una pequeña mochila con una muda de ropa para mí y otra para mi hijo y me enfilé a la terminal de autobuses del sur. Ya vivía en la Ciudad de México y había nacido y crecido mi hijo menor. Estábamos solos y sin planes así que simplemente agarramos camino.

A mí me funciona siempre volver a los lugares donde he sido feliz. También ha habido algunos a donde no he podido volver, aunque no lo descarto. Lisboa es uno de ellos. La visité dos veces, sin embargo qué ganas de volver me dan, sobre todo porque mi melancolía azul combinaría tan bien con esa emoción única que no tiene traducción alguna al castellano, quizá porque sólo se siente se te tocan el alma las notas que emana el fado: saudade. ¿Cómo olvidar Alfama? De hecho, justo a lado de mi escritorio está una fotografía tomada en el otoño de 2001. Yo tenía 27 años, estaba casada con un fotógrafo. Me pidió que me pusiera junto a un hermoso auto antiguo, un fíat rojo. Cuando me recargué, las empinadas calles del barrio de Alfama me jugaron una broma y perdí el equilibrio, la foto fue tomada justo cuando había logrado controlar mi cuerpo para no rodar colina abajo, así  que la posición casi en cuclillas en la que me captó mi pareja nos causó fuertes carcajadas por años. Eran días felices. Lamentablemente no duraron mucho. En esa misma ciudad, tras una fuerte discusión, tomé mi argolla de matrimonio y la tiré al río Tajo, como un símbolo de que aquella unión estaba rota en mi corazón.

No he podido volver a Río de Janeiro, donde fui muy feliz mientras me dejaba enamorar por un atractivo activista ecologista que tenía el acento portugués más sexy de la historia de los affaires de viaje. Caminar de su mano por el barrio de Lapa, escuchar música mientras me dejaba embriagar por las típicas caipirinhas, y después, el beso profundo al pie del acueducto y las coloridas escalinatas más fotografiadas de toda la ciudad que me hizo sentir protagonista de una película hollywoodense. La visita a la fabela de Santa Martha, la tarde haciendo aviones de papel que volaban desde lo alto de la zona más marginada de Río, las charlas en portuñol con las mujeres, mis pies descalzos por la noche en la tibia arena de Copacabana, las cenas en Ipanema. En fin, Río es uno de esos lugares donde fui muy feliz y al que sí quisiera volver.

Cómo no hablar de Cuernavaca si allí conocí al que por años fue mi más grande amor platónico. Especialmente, volvería al Salto de San Antón donde por vez primera, nos dimos un beso.

Sin embargo, por supuesto que el lugar donde he sido más feliz en mi via ha sido París. La ciudad con la que descubrí que el amor tiene muchas manifestaciones y que puede haber un vinculo entre una arquitectura, una calle, una plaza, un café, un canal y las piedras que arrojas, un parque y el picnic que haces, una estación del metro y el joven que terminaste besando debajo del Puente Nuevo y que después te llevó a mirar las estrellas desde la ventana de su estudio miniatura. Los vientos fríos que te calan los huesos cuando cruzas el Sena en las noches de invierno, y las de otoño también. Las tardes soleadas caminando hacia el lugar de trabajo temporal, tras haber ido al Carrefour a comprar una ensalada barata para comer, como haría un emprendedor con poco dinero en cualquier lugar del mundo.

Y perdón maestro Sabina, a ese lugar, a esas calles, a ese río y esos parques sí volveré, siempre volveré, justo porque ahí he sido muy feliz.

 

Elizabeth Palacios

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