Sociedad

En privado con Javier de la Garza


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En privado con Javier de la Garza


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La frontera entre lo público y lo privado puede ser una puerta, una ventana, un encuentro inesperado o un beso. Hay una veladura en las palabras y los gestos que cuando se esfuma permite que aparezca la intimidad de los afectos; una mirada sin cortapisas abre un diálogo; dos manos que se estrechan dan acceso a la claridad, esa que brota cristalina cuando fluimos y recorremos los pasillos y el ático de la vida del otro, y ese otro recorre nuestras habitaciones y, si lo permitimos, el sótano.

            Llegué a Yautepec en autobús; dormité en el camino, pues la noche anterior me desvelé en la Ciudad de México. La central es pequeña, di unos pasos y estaba en la esquina de Zapata y Virginia Fábregas. Comercios y ciclistas, taxis, autobuses y automóviles, el barullo de una ciudad que oculta miles de actividades, esta es la imagen de lo público. Deambulo entre peatones que jamás volveré a ver y con quienes no cruzo palabra; muros que ocultan no sé cuántas historias. ¿Qué habrá detrás de esa puerta vieja de madera?, ¿a dónde se dirige esa mujer con un niño en brazos? El encargado de un comercio está sentado a la espera de clientes, su mirada delata aburrimiento y desgano. Lo público es lo común, lo privado es lo personal.

            Voy a la calle de Morelos y me dicen que está muy cerca; doy vuelta en Zapata y a unos metros tomo la calle a la que me dirijo. Camino sobre la acera y a lo lejos distingo la silueta de un hombre alto con una camisa obscura. Presiento que debo seguirlo, y con las señales para llegar a donde voy veo que se mete en una casa que la cubre una abundante vegetación; apresuro el paso y la puerta me muestra una apertura a través de la cual lo veo, lo alcanza mi voz que dice “Javier”. Me mira y dice mi nombre; abre la puerta y sin conocernos nos reconocemos. Cruzo el umbral de lo público y entro a lo privado, a su mundo.

            Un pasillo rodeado de plantas, objetos, una luz ilumina el fondo. Una ventana deja ver a un hombre de copiosa barba. Sonríe y me saluda; es guapo e interesante, parece vikingo. Quien me recibió me trata con cortesía; sus facciones delatan sus orígenes: es árabe o quizá libanés; su genética lo ha dotado de un cabello negro y de exuberante bello en su cuerpo. Su nariz es notable sin ser grande, y tiene los labios carnosos y la barba cerrada. Su nombre termina por desnudar su herencia, se llama Karim. Los tres convivimos alrededor de una mesa de madera vieja en una cocina maravillosa. Beben vino y yo una malta de origen gaélico exquisita. Todos fumamos y no paramos de hablar; nos devoramos las anécdotas y tejemos un vínculo con cariño.

            Una bufetera mexicana color natural resguarda vajillas y botellas; la estufa me dice que quien cocina es un chef. El hombre que parece vikingo es de raíces celtas, habla portugués y un español claro; conversamos como si fuéramos grandes amigos. Las risas fluyen espontáneas y aludimos a Javier, y justo cuando nos referimos a sus obras suena el timbre y aparece él, vestido con un atuendo ligero, casual, a dos colores. Su playera blanca y pantalón negro combinan con su barba y cabellera plateada. Javier tiene una mirada dulce, amorosa; su voz aterciopelada acaricia a quien lo escucha. Surgen abrazos y más risas. Lo privado se nutre de cariño sin reparos; la casa que nos cobija es un maravilloso espacio prendado de piezas hermosas. Hay decenas de objetos con hechura sin par; la admiración por el arte popular y las antigüedades nos rodea y concilia; se nota que todos amamos las cosas bien hechas; admitimos que todo posee una historia y por ello cuidamos estos objetos, pues si los tocas y observas con detenimiento brota un susurro que la narra.

            Javier, Karim y yo recorremos la casa, y entre una cuidada vegetación y estanques aparece un ventanal que deja ver un espacio luminoso. Entramos a una habitación con tres muros sólidos y uno de cristal. Uno de los muros está desnudo, la piedra y vestigios de recubrimiento le dan un toque atractivo; el piso tiene una loseta mexicana vieja, bellos diseños soportan nuestras pisadas. Los otros muros blancos son impecables, el cuidado del espacio habla del gusto de sus habitantes. Donde estamos, es una especie de gabinete grande, de esos que en la antigüedad guardaban las maravillas que traían los viajeros del Nuevo Mundo, la Nao de China y los navíos que hacían largas expediciones. Y no exagero en mis impresiones, ya que en el gabinete cuelgan seis obras de arte de mediano formato de Javier de la Garza. El techo es alto y lo baña una luz natural que me deja ver con mayor fuerza las obras. Observo.

            Dos piezas con textura de papel amate pintadas en color claro son testigos de una exploración plástica. En una un niño con vestimenta formal y velita en mano evidencia ese acto religioso que casi todos realizamos: la primera comunión, que es una ceremonia que te agarra desprevenido, porque no tienes aún la capacidad para negarte o cuestionarla, y simplemente la haces y seguro en su momento la fe que comulgábamos era real. El jovencito aparece solitario sobre una nube gris, una sombra de sus recuerdos; hay líneas que erigen figuras geométricas, pinceladas espontáneas y fluidez en la obra. La otra posee un fondeo similar, solo que un rectángulo en perspectiva domina la mayor parte, y sobre uno de sus lados emerge la cabeza de Santa Teresa de Bernini, hay un cerco de líneas que contiene la ilusión de un estanque; todo se conjuga cual pretexto que remite a su adolescencia, a su pasado. Ambas piezas de Javier de la Garza son resultado de un intento por hacer una maestría que nunca lo convenció, pero más allá de la academia, para Javier fue una experiencia que lo llevó a incursionar con nuevos materiales y otros senderos. Me dice que estas piezas forman parte de otras dos que presentó en el Jardín Borda hace algunos años; habrá que verlas juntas.

            En el muro más grande hay tres piezas de mayor volumen. Una simula un tapiz diseñado con flores de color suave; es como aquellos textiles medievales, pero sin unicornio atrapado. En su lugar aparecen las siluetas de bellos efebos desnudos entre las flores; sus rostros, cuerpos y miembros provocan a quien los mira; es como ese juego de las escondidillas. De hecho, hay una sombra oscura superior oculta; Javier juega con esta obra, se regocija dibujando; pinta cuerpos hermosos, desnudos, acostados o parados; una pareja hace el amor cerca de un riachuelo, los pétalos dejan ver solo su posición. Mientras la observo, él me narra cómo surgieron estas obras, y si bien iniciaron con una intención, él deja siempre que la pintura lo domine, no hay planes establecidos, no hay dirección que lo ate, Javier suelta la mano cuando pinta. Cuando dibuja, fluye y goza. La obra es bella cual textil hecho a mano.

            A su lado se ve a un hombre con un atuendo silvestre, son lianas o ramas que cuelgan de su cintura. En esta obra predomina la figura de un hombre, ¿será algún personaje que determinó su historia? De nuevo, el fondo es claro y las figuras geométricas atemperan el retrato. Hay manchas grises cual guijarros abandonados en la playa; es arena y mar sin color, una cabellera adorna la pose del personaje. La fuerza del dibujo es evidente.

La tercera pieza es una que bien podría aludir a ese calificativo que me niego a usar con Javier. Sus obras no es que formen parte del movimiento neomexicano, no, éstas fueron creadas porque Javier halló un lenguaje que le permitió fluir, expresar, narrar. Este personaje desnudo con fuerte musculatura se coloca bajo una luz que crea sombras hacia arriba; la posición de la luz genera un volumen que lo agiganta; es una gran obra, bella por la solidez del color y del dibujo. La solitaria pluma que pende de su cabeza es un tocado que lo corona cual rey o monarca; el azul cálido que predomina al fondo ilumina todo el lienzo, pero para no cargarlo mete otros tres colores que dan equilibrio y contraste. Javier domina la composición y la belleza.

            En un muro blanco con trazos de ladrillos una obra de gran formato nos deja ver un sofá negro en un fondo claro. Sí, es un mueble en el cual usualmente descansamos y nos sentamos, pero este sofá tiene una historia: fue el dormitorio de Javier en una casa familiar, pues como el benjamín que fue, no tuvo la fortuna de contar con su propia habitación. Sofá nido, sofá aposento, sofá trono, sofá matriz y estímulo que engendró sueños y lágrimas; sobre él hay un huevo o una piedra, un huevo que es la esperanza en el futuro, una piedra eterna que habla del pasado. La obra es ayer y es mañana, es presente cuando la vemos, y al habitarla nos sentimos cómodos, acompañados, como Javier en su adolescencia. Madre y hogar, hijo y expectación, alumbramiento y vestigio, la obra es un símbolo y señal que nació de sus manos; es una invitación que no podemos dejar pasar de largo. Es una magnífica obra.

            Mi recorrido estuvo acompañado de la voz de Javier, de sus historias, de su niñez y juventud, de sus intentos académicos y de su huida; de su pasión por el trazo y la línea, y de los colores que lo acompañan. Los cientos de obras que han nacido de sus manos son el recorrido de un hombre que habla con los pinceles, solo hay que verlas para escucharlo. Su lenguaje es carne y piel, erotismo y pasión, besos y caricias, el placer que no repara en géneros ni sexos, las pinturas que forman su bagaje son tantas como los años que tiene de crearlas. Javier es un artista en plenitud, sensual y delicado.

            La visita terminó porque teníamos que ir a comer con Gustavo, quien como buen anfitrión demandaba nuestra atención. Yo salí de ese lugar extasiado por mi encuentro con Karim, con Luis, el celta, y por Javier y su compañía. Los tres me dejaron descubrir un lugar privado lleno de maravillas, las de la casa y las de Javier de la Garza. Este encuentro me dejó ese sabor que nace de los descubrimientos y de los hallazgos, del goce de lo privado frente a la fugacidad e impersonalidad de lo público.

 

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Francisco Moreno

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