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De la Galería Victoria a la Casa de Campo


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Después de varios días de no salir de casa, el miércoles de la semana pasada fui a Cuernavaca. Entré a esta ciudad morelense en un autobús que me trajo desde Tepoztlán, entre avenidas, semáforos, paradas y muchos topes alcancé a ver el restaurante “Las Mañanitas”, reaccioné rápido pues sabía que más adelante estaría el Edificio Victoria, me bajé en la esquina de Linares y Morelos.

            Hace una semana Cisco Jiménez me invitó a asistir a la inauguración de una exposición de 19 artistas plásticos intitulada “Entre barrancas. Pintura actual de Cuernavaca” en un lugar que desconocía, se llama “Casa de Campo” sobre la calle de Abasolo en el centro de esta ciudad, y no es una galería o museo, es un hotel-restaurante. Ese fue el pretexto de mi estancia en la ciudad de la eterna primavera ese miércoles. Aproveché que no tenía prisa para caminar sobre la avenida Morelos para llegar a la exposición. La travesía implicó caminar poco más de dos kilómetros, y créanme que fue un trasiego urbano muy ilustrativo.

            Esta avenida es de dos carriles en un solo sentido de norte a sur, cuando menos en este tramo, en ella transitan cientos de autobuses foráneos, camiones urbanos y semiurbanos, colectivos, motocicletas de todo tipo, decenas de taxis, y muchos automóviles particulares, el congestionamiento vial es parte del paisaje. Las banquetas no son angostas pero tampoco muy amplias, uno tiene que eludir a una gran cantidad de personas que circulan sobre ella, más diversos puestos y algunos negocios que extienden su oferta de productos fuera de sus locales. Ésta tiene muchos árboles, creo que ficus y de otras especies, hay infinidad de edificaciones y comercios, es obvio que es una de las avenidas más céntricas de Cuernavaca con una abundante oferta comercial, turística y cultural; me atrevo a decir que es una de las imágenes más representativas de lo que es esta ciudad hoy en día.

            Como no tenía prisa la recorrí observando todo a mi alrededor. Hay escuelas públicas y privadas, más de dos iglesias, hoteles de varias estrellas, una central de autobuses y envíos, restaurantes, fondas, loncherías, oficinas de gobierno, más de tres comercios grandes como Coppel y Waldo’s, un cine, ópticas, imprentas, estacionamientos, locales de venta de motocicletas, tortillas, celulares, electrodomésticos; tendajones, tiendas de abarrotes, fruterías, zapaterías, librerías, agencias de viajes, cafeterías, sanatorios, farmacias; tiene dos parques o jardines, el San Juan y el Revolución. Está la Diócesis de Cuernavaca, construcciones que son patrimonio cultural, edificios de oficinas y consultorios, y bueno, la oferta cultural que era mi interés parece que se concentra en este tramo, en ella está la derruida Galería Victoria, el Museo Universitario de Arte Indígena Contemporáneo, el Cine Morelos, la Biblioteca Galería Miguel Salinas, la Escuela de Teatro, Danza y Música; el Jardín Borda, el Museo de la Ciudad de Cuernavaca, y el Centro Morelense de las Artes.

            Durante mi recorrido fue creciendo una sensación de abandono, de desorden y caos, y no es que me extrañe andar en este tipo de urbes, he recorrido el Centro Histórico de la Ciudad de México, Santa María la Ribera, Tacubaya, la Lagunilla y Tepito, también puntos neurálgicos en Guadalajara, Monterrey y Oaxaca, pero siempre uno se sorprende cuando lo vive en carne propia. Sobre avenida Morelos los peatones cruzan a diestra y siniestra entre camiones y motocicletas, es una suerte de ruleta en la que se juegan la vida. La parada para subir pasajeros que hacen los autobuses genera una larga fila sobre la lateral derecha, eso convierte la izquierda en otra de autos y taxis; muchos de los edificios y casas están grafitadas, descarapelados y con vidrios rotos; hay inmuebles abandonados y ventanales tapiados con madera y ladrillos; los anuncios abundan por doquier y los cruces con las calles transversales no tienen semáforos, unas no lo ameritan pero otras quizá sí. Son pocas las construcciones bien pintadas y conservadas. Parece que dejar bolsas de basura al pie de los postes y árboles es costumbre. Me encontré con borrachines bebedores de Tonayán discutiendo o con la mirada perdida, muchos hombres y mujeres pidiendo limosna, madres acarreando a sus hijos, mujeres y hombres jóvenes caminando mientras mandan mensajes, los más grandes también practican este deporte; amas de casa con bolsas de mandado y proveedores jalando bultos, el bullicio humano crea junto con los cláxones, escape de los vehículos y sonido de los locales una descomunal sinfonía atonal.

            Entré al Museo Universitario de Arte Indígena pero no había una exposición reciente, recorrí una que montó Wilfrido Ávila con piezas del acervo: textiles y barro; el espacio se veía solitario pero tuve la suerte de saludarlo.

            También visité el Jardín Borda y me gustó la propuesta plástica de Alejandro Romero Santiago con su exposición “El silencio Clinamen”, muestra con un acertado diseño museográfico, la disfruté y sugiero la visiten. Ahí mismo vi una a una las obras de la exposición de los “150 Premios Estatales de Artes Visuales 2016-2018” que organizó el Gobierno Nayarita y el de Morelos, nada me atrapó especialmente pues veo una frecuente voluntad de repetir estilos y escuelas pictóricas tratando de sorprender al espectador.

            En la galería principal del Centro Morelense de las Artes se presenta la exposición “Ficciones de una infancia” del artista Enrique Tapia, conocido como “Gramos”; al parecer es su primera individual, la veintena de obras que exhibe son fotografías en cianotipia, pinturas al óleo y un video, predominan los pequeños formatos y todas ostentan tonos rojos y negro con figuras que deforman el volumen y las siluetas. La propuesta es interesante y arriesgada, quizá Tapia debe apostar por formatos más uniformes y contrastes cromáticos, vale la pena verla aunque el enorme espacio que la cobija hace que las piezas naveguen como pequeñas manchas sobre altos muros, aunque en contraparte hay una que ocupa prácticamente un muro.

            El Museo de la Ciudad de Cuernavaca presenta una muestra individual de Irwin Martínez, la exposición “Accidente Orgánico” tiene cerca de 40 piezas con un mismo hilo temático; es la primera ocasión que veo un amplio conjunto de este joven creador, y a pesar de que ya había visto algunas piezas sueltas de él que no llamaron mi atención, ésta individual tiene fuerza y originalidad, presiento que Irwin tiene una recia voluntad y esmerada búsqueda y exploración, es una propuesta plástica que recomiendo.

            El Cine Morelos me parece un espacio mega desaprovechado, no sé quién lo coordina pero está subutilizado. Entré para conocer la cartelera y descubrí una extraña exposición, si, extraña porque eran pequeñas obras originales en papel tamaño media carta de un joven que se llama Antonio Figueroa, la muestra se llama “Reflejos de una identidad”. Dichos papeles estaban montados sobre grandes mamparas, y cada pieza pegada con esquineros dorados, super kitsch el montaje, y más las obras. Estas diminutas piezas pintadas en acrílico y acuarela hacen gala de su buen trazo, son retratos de cuerpo entero, o sólo el rostro en escenarios comunes y otros surrealistas con animales, flores y cráneos,  pero ninguno cae en el exceso, son breves ensayos pictóricos de un artista que por lo que veo trae una abigarrada historia que contarnos, es puntual como dibujante y maneja con tino el color, ojalá nos regale una en formatos mayores, es bueno este Figueroa y apenas comienza. La exposición se presenta en el marco del Festival Cultural de Diversidad Sexual y Género. Diversidad Somos”.

            Finalmente llegué a “Casa de Campo”, lugar con más de doscientos años con obvias características coloniales que hoy es hotel-restaurante. Por fuera se aprecia sobrio y limpio, por dentro desangelado, vacío y sin carácter, más parece tienda con altas pretensiones mal decorada que restaurante, su jardín es grande y agradable. La recepcionista me abordó con una pregunta como bienvenida: ¿tiene reservación?, al comentarle mi intención me dijo que el evento ya había sido (¿?), pero que las obras ahí estaban señalándome dos salones, y claro, antes de acceder me recordó que todas las obras estaban en venta.

            Siempre he creído que las obras de arte deben hallar nuevos espacios para exhibirse más allá de los propios como las galerías y museos, pero eso implica ingenio, idea de la espacialidad, equilibrio visual e integración con el entorno. Desafortunadamente la exposición, o mejor dicho, la colocación de las obras que integran “Entre barrancas. Pintura actual de Cuernavaca” no reunió estas ideas. Las 19 piezas del mismo número de artistas no son solo desiguales en cuanto a factura se refiere, sino que la calidad y propuestas hacen que las malas obras no te permitan ver aquella que valen la pena. Pero como dice una hojita fotocopiada que te ofrecen para ver, más no llevar, “esta muestra (presenta) generaciones diversas, preocupaciones pictóricas y conceptuales varias, con técnicas y formatos específicos en cada creador, lo que da esta riqueza homogénea (¿) en Cuernavaca…”.

            Destaco a Pavel Mora y sus recuadros cartográficos; el laberinto tubular rico en color de Mauricio Olaf; las mujeres en la playa de Pamela Zubillaga (creo que ya la había expuesto en la Galería Victoria), el manejo de color, sombra y volumen crean un interesante contraste óptico; la pieza de Víctor Leyva me recordó a Antonio Seguí, con un estilo que da para más; Liliana Mercenario me sorprendió, no es su mejor pieza, sin duda es una excelente pintora y grabadora; la obra de Hernán Nanreh es arriesgada, pero le falta cuidar detalles, la luna y el ojito sobran; Eunice Guerrero juega con el lienzo, me imagino que es una mujer lúdica y alegre, eso me trasmite su pieza; conozco a Cisco Jiménez, me gustan más otras obras de él; y el cosmos celular de Larissa Escobedo me parece inacabado, no por falta de calidad, sí de exploración. Identifico a Lalo Lugo y me sigue pareciendo que no termina de cerrar sus piezas, ésta me gusta. Aunque no la compraría, curiosamente es la obra con el precio más alto de todas; Cristo Contel me encantó, no conozco más obras de él pero ésta es una buena pieza, al igual que la de Itziar Giner.

            El reto de este tipo de propuestas de exhibición es cómo colocar adecuadamente las obras, para el caso en un par de salones con muebles pesados visualmente y mesas mal colocadas, muros con nichos, chimeneas y ventanales; me parece que enmarcar las obras no es un lujo, algunas hubieran podido resaltar y mejorado su integración espacial.

            Si la intención de “Entre barrancas…” era, como dice la hojita, mostrar la “riqueza homogénea de Cuernavaca…”, me parece que el recorrido previo sobre avenida Morelos lo evidencia más, a pesar de que ambos escenarios me dejaron un sabor a caos y desorden.

 

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Francisco Moreno

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