Sociedad

Escenografías urbanas


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No lo conozco por dentro a pesar de que este próximo mes de agosto cumple siete años de haberse inaugurado. A nivel de la calle no se logra apreciar la magnífica arquitectura que posee, hay que cruzar una reja color óxido y subir algunos escalones para admirar no solo esta edificación, frente a ella hay una zona arqueológica que dio origen al nombre de este centro cultural.

            Es mitad de la semana y es la hora de comer, desde donde estoy no miro a nadie dentro de este espacio, cruzo la reja y a lo lejos un guardia que hasta entonces estaba inmóvil se levanta de su silla y va hacia mi encuentro. Escucha que vengo de visita y me indica por dónde debo encaminarme, subo diez escalones y frente a mí se erige una espectacular y amplia escalinata. Una esquina en forma de triángulo con un punto de fuga genera una hermosa imagen volumétrica color beige. Me quedo quieto y hago un recorrido visual de 180 grados, observo que las ruinas prehispánicas son de una altura baja color obscuro, y contrario al primer edificio, éstas tienen escalones cortos con una inclinación cerrada, el horizonte que comprende ambas construcciones se yergue sobre un amplio basamento bajo una techumbre de cielo grisáceo y azul. Hay una extraña integración temporal, el pasado y el presente dialogan.

            La construcción del Centro Cultural Teopanzolco se fusionó al paisaje natural, lo rodean algunos árboles. A paso lento busco la instalación que motivó mi visita, paso frente a la entrada que tiene puertas altas de hierro que dan acceso al interior de éste, otro guardia me mira de soslayo y bajo su cabeza un letrero que dice “terraza” me permite saber en qué parte estoy.  Al preguntarle por la obra de arte que recientemente se inauguró responde que no sabe, aprovecho para fumar y él me acompaña con un cigarrillo que le enciendo. Desde este lugar veo otro espacio que podría ser la parte trasera del Centro y me llama la atención un árbol solitario y seco que emerge del piso, hay también un auto rojo accidentado contra un espectacular de baja altura sobre las baldosas de esta terraza, miro un hueco rodeado de barandales, la sensación de amplitud se acrecienta, y a lo lejos reconozco la pieza de Marcos Limenes.

            Recorro a paso lento este lugar y observo con detenimiento: un anuncio con imágenes de un hombre tocando un piano y una mujer a un costado de un auto rojo, igual al que chocó con éste, la escenografía resulta extraña, la frase “La brisa de la vida” es la única señal escrita que identifico, reparo en algunas luminarias afianzadas de manera improvisada a los barandales, imagino que de noche la apreciación es otra. Una sensación de fragilidad, consternación y confusión me llegan, miro este escenario y el teclado de un piano yace a un costado del auto accidentado, este fragmento de alguna anécdota sobre la carretera está fuera de lugar, ¿qué hace aquí?, ¿qué me dice?, es como si una foto instantánea se hubiera trasladado frente a mí, y como llegué sin mayores antecedentes de qué iba a observar no identifiqué con certeza si este montaje era parte de la obra de Limenes, me llevé la impresión y me acerqué a la pieza que más difusión tuvo.

            Un octágono de madera resguarda una columna cuadrada de poco más de tres metros, remata ésta en círculos ahuecados que tuvieron un reloj que remite a un tiempo ausente, olvidado; percibo unas escalinatas en la base y la imagen en su conjunto me remite a una guillotina, dos siluetas también de madera me intrigan, y es justo al descifrarlas que reparo que estoy frente a una fuente, el octágono, la columna cuadrada y las lajas de triplay sobre el piso interior son símbolos que la representan, un recuerdo infantil para Marcos, una alegoría de un tiempo pretérito para mí. La instalación es una estructura de materia orgánica, geométrica, pasiva, vivo la obra como una representación libre sin pretensiones, los materiales hablan y traducen las manos de Limenes, la instalación tiene un tiro diferente en cuanto te alejas, desde arriba se hace pequeña, su color y textura se integran al espacio arquitectónico, siento la necesidad de jugar sobre la terraza, no hay una sola señal que me instruya sobre esta pieza, y quizá sea mejor, dice Barthes que el mensaje lingüístico induce y sobrecarga el mensaje de una obra de arte, me quedo con el significado que la obra me generó.

            La terraza es amplia, permite ver la ciudad y su carga urbana sobrepoblada, azoteas, bardas, automóviles, tinacos, muros y ventanas de colores, la espacialidad seduce a pesar de la sobriedad, la “fuente” forma parte del paisaje.

            De regreso a la primera instalación ésta se me queda viendo, me asusta imaginar el descuido de quien al manejar trató de leer “La brisa de la vida” en el espectacular y chocó sobre él, seguramente escuchaba música y ésta terminó fuera de la radio sobre la carretera. La representación volumétrica de un evento fortuito fuera de contexto remite al instante en el cual algo trunca la vida y evidencia su fragilidad, un accidente fractura el flujo y la luz se apaga, signo y circunstancia.

            El Centro Cultural Teopanzolco es un lugar agradable, me recuerda algunos espacios conocidos como el de la UNAM o el MARCO, es una arquitectura de grandes dimensiones sin adornos, muros amplios y pórticos altos. La entrada y sus rejas me hacen sentir pequeño, lo soy. Visitar este lugar sin evento alguno me permitió observar con mayor atención su estructura, y ahí, justo a la entrada sobre el muro izquierdo miro unos bultos sobre la orilla, unos barrotes o vigas de madera inclinados y atados con alambre, y sobre una barra de concreto un largo lienzo de madera con zapatos, huaraches y tenis sobrepuestos, trazos dispersos, huellas, dibujos, un campanario, un guante y una oreja, escurrimientos, una regla y peces blancos, una silla; la instalación del vestíbulo se hace pequeña en un espacio tan amplio, los altos muros, sus diagonales y el techo de madera acogen en solitario esta obra de Marcos Limenes.

            Le hago caso a Roland Barthes, miro la obra sin conocer su nombre. Traigo en mi memoria reciente el desgarrador y trágico evento que sufrieron los migrantes en Ciudad Juárez, la vida de cerca de cuarenta hombres y mujeres que buscaban nuevos horizontes fue detenida con barrotes y fuego, su contención injusta en condiciones precarias derivó en un accidente que pudo evitarse con un poco de agua y alimentos, no había una fuente cerca, y en la exigencia de un poco de humanidad se desató un infierno contenido por un dique de hierro y piedra. En su inútil estampida el fuego cercenó sus vidas, sólo gritos, huellas y zapatos quedaron como testigos, los muros con mensajes de su pasado, de sus anhelos, sus esperanzas. La instalación de Limenes guarda secretos, él construyó una pieza que nos toca descifrar, su origen nace de su interior, la libertad para traducir su simbología es nuestro derecho, la obra me estremece, me duele.

            Recreo mi visita y quedan reflexiones e ideas sueltas en relación a la exposición “Ajuste de cuentas en tres actos” que Marcos Limenes presentó el pasado jueves 23 de marzo en el Centro Cultural Tepanzolco, en Cuernavaca, Morelos. Seguro que en la inauguración los visitantes pusieron atención en las obras, pero eso fue solo un momento. Me pregunto si aquellos que asisten a los espectáculos que presenta este lugar reparan en estas obras de arte, instalaciones inmersas sin señales que dialogan entre ellas, pero que requieren de los otros para existir. No es nuevo aprovechar este tipo de escenarios para instalar obras de arte, quizá una obra bidimensional será reconocible, un mural o un gran lienzo, la vieja escuela de arte público. Pero no estoy seguro que estas piezas logren atrapar la atención de aquellos que van a ver un “show infantil”, un concierto de “mariachi fusión”, un concierto de “ska”, o el evento de danza “La consagración de la primavera” con Beatriz Madrid, confío que sí, pero quizá habría que colocar algún pendón alusivo, una folleto que dé algunas coordenadas, una ruta para no perderse en el camino, pues entre tantos visitantes que llegan con otra intención no faltará alguno que crea que la fuente es un cenicero, el auto accidentado un espectacular publicitario de prevención, y los bultos y vigas sobrantes de alguna obra mal terminada.

            Quizá sea yo quién esté equivocado y nuestra existencia sea una obra de teatro y estas instalaciones una escenografía urbana.

 

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Francisco Moreno

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