Sociedad

Construir para habitar


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Construir para habitar


Construir para habitar
Fotógraf@/ FRANCISCO MORENO
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Resulta paradójico que una exposición de ocho mujeres artistas haya terminado derrumbada 24 horas después de su apertura a manos de otro grupo de mujeres. “Habitar” no solo fue la muestra que tuvo la más corta vida, sino que se convirtió en una intervención simbólica involuntaria, que evidenció el hartazgo y la impotencia ante una problemática que parece no tener fin: la violencia contra las mujeres. Ambas acciones son mensajes, tienen un origen similar, pero lenguajes diferentes.

            La propuesta curatorial de Estela Vázquez ofreció un amplio margen expresivo a las creadoras en tanto recursos matéricos y técnicos. La iniciativa encontró en la palabra habitar una síntesis “para pensar, para crear y re crear, para adentrase en el ámbito de lo más íntimo de sus historias y de sus preguntas…” La exposición se convirtió en un escenario multidisciplinario con diversos mensajes iconográficos: códigos genéticos, diosas, memoria, emociones, injusticia, poética, el cuerpo y la palabra hallaron un medio para comulgar con la comunidad.

            Por caminos diferentes pero paralelos, el grupo de artistas visuales y un equipo de colaboradores trabajaron durante semanas para llevar a buen puerto e inaugurar, el pasado 7 de marzo, en la galería Victoria del Centro Morelense de las Artes, la exposición “Habitar”. Por otra parte, los contingentes de mujeres que el día 8 recorrieron las calles de Cuernavaca para conmemorar el Día Internacional de la Mujer también con seguridad se organizaron previamente para manifestar sus exigencias de justicia y evidenciar la grave situación que viven las mujeres en Morelos. Cada grupo, desde su mirada y trinchera, buscó abordar y visibilizar el mismo tema.

            La marcha de las mujeres cimbró las calles de Cuernavaca; la batalla que enarbolan es un asunto que nos compete a todos. Las evidencias y acontecimientos que suceden no solo en Morelos sino en todo el país son, desde hace muchos años, un grave problema público, una herida abierta que no encuentra su reconfiguración para convertirse en pasado, en lección y aprendizaje. Las instituciones responsables de evitar este lacerante comportamiento y aplicar justicia no responden en su cabal dimensión, y si bien existen algunos avances, la realidad acalla con sus hechos los discursos y las buenas intenciones.

            Percibo una huella ancestral que se ha convertido en llaga; la visión y estereotipos expuestos por Octavio Paz en El laberinto de la soledad aún son vigentes, hay un código social que heredamos generación tras generación, y en el cauce sin freno todos parecemos víctimas: ellos, al exhibir y verbalizar su poder mediante el machismo fálico que solo enmascara sus miedos y frustraciones, y ellas que sufren el acoso, la impotencia, la injusticia, y la brutalidad no sólo verbal, física, sino mortal. Es una órbita nauseabunda en la que aparecen nuestras abuelas y nuestros padres, nuestras hijas e hijos; la genealogía es de largo alcance, y se percibe en los hogares y en las instituciones, en las calles y en los espacios públicos. No hay quién quede al margen de esta avalancha histórica.

            El arte es una herramienta, un lenguaje que trasmite un mensaje que rebasa los esquemas convencionales de las aulas y de las familias; es simiente que da frutos a mediano plazo; su consumo no tiene restricciones y estimula romper los esquemas convencionales para dar salida a nuevas posibilidades de interacción social y emocional. Sin embargo, los resultados tardan en hacerse evidentes y, mientras tanto, el entramado de la polis se sigue manchado con la sangre de las mujeres, y los hombres seguimos alimentando nuestro machismo en las tertulias urbanas.

            Abril Figueroa, Alma Karla Sandoval, Itziar Giner, Marit, Pamela Zubillaga, Pilar Hinojosa, Pilar Reyes y Silvia Mohedano son las artistas participantes en la exposición “Habitar”, ellas buscaban comunicar las vivencias e historias que como mujeres han tenido; era una muestra de mujeres para mujeres, pero también para todos; y, sin menoscabo de los señalamientos y acusaciones que se han hecho a algunos maestros y funcionarios del cema, la iniciativa daba un respiro a la expresión y ganaba un espacio para todas y todos.

            Por su parte, las mujeres que se organizaron y marcharon el 8 de marzo no escatimaron medios para mostrar su ira, impotencia y enojo por la violencia que viven; sus arengas y pancartas exigían una y otra vez justicia; su voz, que aún resuena en los muros, no siempre logra penetrar en las oficinas de los políticos. La manifestación pública es un medio con algunos antecedentes dramáticos, muchos de ellos exitosos. La apropiación del espacio público nos convierte en sujetos activos que velamos por el personal y, frente a la lentitud para aplicar justicia, la calle se muta en antesala para una cirugía mayor.

            El paso de las manifestantes frente al edificio Victoria arrasó no solo con la biblioteca del CEMA, sino que dio pauta a una “intervención” sobre la exposición. Se cuestiona si la defensa de los edificios y monumentos está por encima de las exigencias de quienes reclaman justicia. Yo pienso que si fuera necesario derrumbar la ciudad para lograr una reconfiguración de nuestra historia y de los estereotipos habría que hacerlo. O, dicho en palabras de Bárbara Martínez:  “¿Qué les hizo pensar que el arte y las instituciones que centralizan su enseñanza y su práctica serían inmunes a la iconoclasia?”.

            Es importante señalar que estos acontecimientos no son algo nuevo; hay antecedentes documentados, y el arte feminista tiene años de expresión con artistas como Lorena Wolffer, Elizabeth Ross y Mónica Mayer, que realizan intervenciones y performance desde hace mucho tiempo. De hecho, en 2020 Mónica Mayer dijo que “Las luchas de las mujeres siempre han estado unidas al arte, porque lo que se busca es un cambio profundo en la cultura y esta es una de sus principales herramientas. Las estrategias utilizadas han sido muy variadas, desde las violentas hasta las más amorosas y pedagógicas”.

            El acontecimiento del 8 de marzo no fue una paráfrasis de “Fuenteovejuna”, no. La exposición “Habitar” y la marcha son expresiones convergentes con nombres e intenciones claras; quizá debemos ver la destrucción de la muestra como un performance que revela el hartazgo de las mujeres. Al final, ambos grupos claman por un cambio que les permita construir desde otro lugar. Quizá falta generar nuevos vínculos de comunicación y diálogos más estrechos, para dejar en claro que no es una lucha de unas contra otros. Debemos cuidar no caer en la polarización, que nada bueno genera. Sería ideal estrechar los lazos para que juntos, hombres y mujeres, logremos sanar nuestras heridas. Se trata de construir para habitar, pues, como dijo Martín Heidegger: “Al habitar llegamos, así parece, solamente por medio del construir. Éste, el construir, tiene a aquel, el habitar, como meta”.

 

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Francisco Moreno

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