Sociedad

El carnaval, de la tradición al caos


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El carnaval, de la tradición al caos
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El carnaval, de la tradición al caos


El carnaval, de la tradición al caos
Fotógraf@/ FRANCISCO MORENO
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Somos un país con miles de tradiciones, muchas de ellas culturales, pero la mayor parte de origen religioso. Tepoztlán no está exento de este indicador. Las tradiciones son costumbres, usos, pautas de convivencia, creencias y hábitos que se trasmiten de una generación a otra en una población; ellas generan una identidad que fortalece su historia y dotan a sus habitantes de un arraigo colectivo, además de que generan conciencia de pertenencia y origen.

            Reconocer las tradiciones no depende del tiempo o del arraigo que éstas tengan; hay tradiciones recientes y otras que se han repetido desde hace muchos años. Quizá lo más importante es que adquieren su sello identitario cuando la población las encumbra y reconoce como eventos que los representan. Lamentablemente existen algunas que han perdido su sentido originario y se han ido convirtiendo en eventos híbridos, con huellas ancestrales y un sinfín de aderezos contemporáneos, y el resultado no siempre es afortunado.

            Tepoztlán es un municipio con una historia llena de tradiciones, las más nacieron a partir del proceso de evangelización y del encuentro entre las culturas prehispánicas y la religión católica. Hoy este poblado tiene más de 25 templos, iglesias o capillas, y celebra poco más de 40 fiestas anuales de las cuales la mayoría son patronales, algunas históricas y las menos cívicas. Es un pueblo festivo, con una población que supera ya los 50 mil habitantes en todo el municipio, de los cuales más de la mitad son hombres y mujeres no mayores de 29 años; es decir que es un pueblo primordialmente joven.

            Los eventos de más renombre o que resultan más atractivos son el día de muertos, el reto del tepozteco y el carnaval. Este último con un arraigo que data del año 1862, y que a lo largo del tiempo ha experimentado cambios significativos, pues de ser una celebración festiva tradicional, hoy parece una verbena turística institucionalizada, ya que se ha convertido en un producto comercial que más responde a necesidades económicas y turísticas que a las tradiciones.

            El carnaval es la antesala de la Semana Santa; es una fiesta que procede de las antiguas Saturnales romanas, y derivó en una festividad que se realiza antes del ayuno, que es la cuaresma propiamente dicha. Nuestra cultura la asimiló como espejo fracturado y los pobladores transformaron muchas de sus características para imprimirle su propia huella. Los chinelos y las comparsas son elementos básicos en el carnaval, lo mismo que el “brinco” y la alegría. Los preparativos no son asunto menor. Semanas antes, los habitantes de Tepoztlán inician su organización: se desmantela parte del mercado, y las bandas de música ensayan y preparan sus elegantes vestuarios; mujeres y hombres también alistan la ropa que usarán los chinelos. De hecho, hay familias que se dedican exclusivamente a su elaboración. Vale la pena destacar que estos trajes no tienen un costo bajo; la hechura y fabricación de la túnica, el sombrero, paliacate, mascada, volantón y máscara llegan a alcanzar un precio de casi 40 mil pesos, si no es que más.

            La versión del carnaval este año tuvo como sello distintivo el caos, la inseguridad y la ingesta excesiva de alcohol. Sabemos que esta tradición es tan importante para sus pobladores que en esas fechas es frecuente que en las calles y en los puntos de reunión y en los hogares se pregunten unos a otros si ya fueron a “brincar”. Este ritual es una obligación placentera e inconsciente, de eso no hay duda, pero después de tres años en que tuvo que suspenderse por la pandemia, parece que la versión de ahora constituyó un punto de fuga y encuentro para propios y ajenos.

            Un sociólogo que vive en Tepoztlán escribió notas muy puntuales sobre lo sucedido este año durante la fiesta. El sábado 18 de febrero el carnaval suscitó acontecimientos graves, como violencia e inseguridad, ante lo cual las comparsas decidieron suspender el “brinco” que se tenía previsto para el domingo 19. Frente a esto, él señala que “lo acontecido en el carnaval no es un hecho aislado; debido entre otras cosas a que –en cuestión turística– se ha sobrepasado la capacidad de carga del pueblo, principalmente por motivos económicos. Pero ¿qué es la capacidad de carga? Se define como la cantidad de visitantes que puede soportar un sitio antes de generar un deterioro, disminuyendo la calidad del destino y la experiencia del visitante, y comienza cuando el residente local comienza a sentir incomodidad en determinados meses del año, a la hora de moverse por su ciudad o por los atractivos naturales o culturales que le pertenecen, o cuando el turismo genera desventajas en la residencia y vivienda de los habitantes locales”.

            Este acertado señalamiento nos lleva a preguntarnos ¿dónde están las políticas públicas estatales y municipales que deben contemplar y prevenir esto? Al parecer, brillan por su ausencia; y, por el contrario, se anteponen intereses económicos disfrazados de turismo. La fuente apunta también que “El carnaval es víctima de este fenómeno, y por esta razón –paradójicamente–, de ser una de las tradiciones más importantes, esperadas y significativas para el pueblo –al manejarse como un producto para el turismo y no como patrimonio cultural–, se está convirtiendo en un evento ajeno a los tepoztecos; es de resaltar que en vísperas del evento, el sentir de la mayoría de la población es de no salir los días de carnaval por temor a la inseguridad o a alguno de los males que genera el evento masivo. Lejos quedaron los días en que las familias se preparaban para disfrutar del carnaval, brincando niños y adultos, comprando ropa nueva, gastando el ahorro; atrás quedó el respeto por los chinelos y el gusto por el brinco”; “…las calles de avenida del Tepozteco, Revolución y la plaza pública prácticamente fueron secuestradas por los visitantes en su versión más etílica y agresiva; las comparsas, rodeadas de celulares grabando; pocos chinelos brincando; pleitos, violencia; robos a transeúntes y comercios, calles inundadas de basura, desechos humanos y, quizá lo más grave: la tradición que alguna vez fue el orgullo del pueblo cada vez más alejada de los tepoztecos”.

            Pero al buscar otras razones que me dieran luz sobre este fenómeno encontré algunos datos duros que pueden ayudarnos a entender por qué la versión de este año se convirtió en una bacanal comercial en la que el consumo de alcohol y comida fue la prioridad; el carnaval se convirtió en un tianguis en el que todos venden todo y todos consumen de todo.

            De acuerdo con los datos del Censo Económico 2019, en Tepoztlán los sectores que concentraron más unidades económicas son el comercio al por menor, con 713 unidades (una unidad es el establecimiento referencial de información económica en un espacio geográfico; en este caso comercio y establecimientos de servicios, que incluye instalaciones no ancladas o sujetas permanentemente al suelo y el ambulantaje), y los servicios de alojamiento temporal, preparación de alimentos y  bebidas, con 478 unidades. La prioridad es obvia.

            Por otra parte, los indicadores del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL, 2020) apuntan que “45.3% de la población se encuentra en situación de pobreza, y el 9.3 % está en pobreza extrema. Por otra parte, el 39.6 % es vulnerable por carencias sociales; es decir, presenta algún tipo de rezago educativo, acceso a los servicios de salud, acceso a la seguridad social, calidad y espacio de la vivienda, acceso a los servicios básicos en la vivienda y acceso a la alimentación”.

            Es un tanto paradójico que el monto de remesas recibidas en Tepoztlán para el primer trimestre de 2022 arroja una cantidad de 2.8 millones de dólares, recursos que sirven para paliar la situación antes descrita.

            Frente a este escenario nos atrevemos a decir que después de una etapa de recesión derivada de los problemas de salud pública, todo parece indicar que el carnaval se convirtió en un gran tianguis temporal en el que los habitantes de Tepoztlán abrieron sus puertas y zaguanes para vender, a diestra y siniestra, desde micheladas y mojitos hasta itacates y banderillas de carne, y los visitantes, ansiosos por salir de las ciudades y tener contacto con otros, se volcaron al pueblo para desahogar sus impulsos etílicos y emocionales; es decir, se lanzaron al desmadre.

            Sin duda Tepoztlán no puede evitar transformar con el paso del tiempo sus modos de vivir, pero tendría que hacerlo con dignidad, cuidando al mismo tiempo sus tradiciones.

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Francisco Moreno

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