Sociedad

El hilo blanco


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Lectura 4 - 7 minutos
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Me han insinuado que Luis no es lo que yo pienso. Parece llevarse muy bien con todos y eso es lo que me tiene más confundida. ¿Por qué será que los que se dicen ser sus amigos me hacen esos comentarios? Soy nueva en este grupo de artistas, y quien me trajo aquí, Adriana, también es una nueva amiga. Al parecer ellos ya llevan años juntos; son como una pequeña “familia de inadaptados”. Así es como se denominan.

“Ten cuidado con Minos” me dijo Adriana desde el primer día. Supongo que se dio cuenta de la cara de estúpida que puse cuando él descaradamente me coqueteó. “Ah, está bien, lo tendré. ¿Y por qué le dicen así?” pregunté. “Por loco y atrabancado. Lo que tiene de guapo lo tiene de cabrón. Aquí varias te lo podrían decir, pero dudo que le quieran contar sus intimidades a la nueva. Y a mí la verdad no me corresponde. Sólo te advierto; ten cuidado con él”.

Esa advertencia se me olvidó a la semana. Fueron demasiado los ojos verdes de Luis cuando me pidió ser su novia. Simplemente no pude resistirme y sin dejar de verlo, hipnotizada, le dije que sí. “Ay, Tessy. Lo primero que te dije y lo primero que te valió madre” me dijo Adriana cuando le conté. “Pues sólo te daré un último consejo viendo el problema en el que te metiste: La única manera de averiguar la verdad sobre Luis es que descifres tú sola lo que sucede en este club; que te adentres en nuestras ondas. Y a ver si logras salir bien librada de esta. Si no puedes te comerá viva”

La verdad yo pensaba que mi amiga exageraba o quizás hasta estaba celosa. Porque Luis, aunque tenía cara de pocos amigos, conmigo era un encanto, me hacía reír mucho y ya tenía tiempo que no me sentía así con alguien.

Una noche cuando ya estaba a punto de dormirme, Adriana me mandó un whatsapp. “¡Qué onda Tessy, hoy hay reunión en el laberinto, ven, aquí está Minos! Y ya anda medio loco” volteé a ver el reloj y eran las once de la noche. Rápidamente me vestí y tomé un Uber directo a la casa del mejor amigo de Luis, Aster. En el traspatio de su casa había un departamento que el club utilizaba para sus reuniones. Le decían el laberinto porque para llegar a él tenías que atravesar un jardín bastante extenso en el que en algún tiempo habían intentado replicar un laberinto inglés, que ahora era una total ruina.

Llegué hasta la puerta, estaba abierta de par en par. Era muy raro que los papás de Aster estuvieran en casa y esa noche no era la excepción. Atravesé el jardín oscuro que apenas y se iluminaba con una que otra lámpara exterior enterrada entre los arbustos secos. El olor a mota me golpeó a mitad del camino. En el pórtico del departamento estaba Adriana fajando con su novio. Me saludó con un gesto y volvió a lo suyo. Inmediatamente después Aster fue directo a mí con una sonrisa tonta y con un gran porro. “Bienvenida a mi isla” me dijo, y suavemente me empujó hacia el interior, pero antes de perderme entre el gentío y el humo Adriana me tomó de la mano y metió algo en el bolsillo de mi rompevientos. “Por si sientes que te pierdes” me dijo sonriendo. Después entré a buscar a Luis.

Ese lugar era un lío, una habitación podía llegar a tener hasta cuatro puertas. Había dos escaleras y existían tres vestíbulos, uno para cada piso; muchas de las áreas estaban interconectadas. Y en el debraye musical y alucinógeno, nadie estaba en el mismo sitio por más de diez minutos. Encendí el porro y comencé a divertirme antes de encontrar a mi novio.

Pasó una hora, ni cuenta me había dado; olvidaba y recordaba buscar a Luis en un segundo, de la misma forma en que bailaba con uno o con otro. Estaba perdida entre tanta gente, el aire comenzó a faltarme, mi corazón latía muy rápido. Se me había pasado la mano. Quise correr, sentarme, brincar, gritar, bailar. Me ovillé en un rincón. Hasta que fue Luis el que me encontró. Llegó, tomó mi rostro entre sus manos, me miró directo a los ojos y me sedujo. Lo siguiente que recuerdo es seguirlo sujeta de su mano. Parecía fluir como aire limpio entre todo; personas, humo, ruido, escaleras, habitaciones. Llegamos a una puerta que daba a la terraza de la azotea. Un grupo de chicos nos dio el paso al ver que se trataba de él, y después de cruzar esa puerta no vi a ninguna otra mujer.

Me llevó tiernamente y sonriendo a lo que parecía ser una bodega en uno de los extremos de la terraza. El lugar olía a marihuana muy concentrada y a humedades de todo tipo. La luz era tenue, pero alcancé a ver que había trebejos y algunas máquinas podadoras viejas, y en medio de todo eso un futón extendido con algunos cojines desordenados. Nos lanzamos a él besándonos desesperadamente. Yo flotaba entre la realidad y el alucín de la hierba, pero sabía que del faje no quería pasar. No quería perder mi virginidad a los quince años en un mugroso futón. Luis ya estaba casi desnudo. Yo me resistí apartándome un poco. Él me miró con un odio exagerado y de un fuerte tirón me devolvió. Yo le dije “espera tengo que ir al baño primero” esa fue mi excusa para intentar salir de la bodega, pero para mi mala suerte me dijo que había un baño allí adentro. Él estaba en el viaje total, se le notaba en la voz y en los ojos estrambóticos y supongo que yo estaba igual. Sin dudarlo entré en la puerta que él señaló, aunque me costó mucho trabajo llegar a ella. Intenté encerrarme, pero la puerta no tenía ningún tipo de cerradura, él podía sacarme de allí en cualquier momento.

Quise llorar por haber sido tan estúpida ¿A quién se le ocurre drogarse hasta el full en un lugar donde no conoce a nadie? “¡Ey, Tessy, ya sal de allí. Voy a ir por ti¡” me gritó, Minos. Intenté buscar mi celular para pedirle ayuda a alguien, pero igual que como ocurre en los sueños, no pude marcar, los números se movían y sus símbolos no tenían sentido. Y en ese momento noté que atorada a la funda del celular estaba una bolsita de plástico. Eso era lo que Adriana había puesto en el bolsillo; coca. La cantidad exacta para una línea. La abrí desesperada y fabriqué mi hilo salvador, el que me llevaría de vuelta a la realidad y a la cordura. Aspiré profundo.

Luis entró pateando la puerta. Sus ojos eran como los del diablo; bufaba. Casi pude ver cuernos saliendo de su frente. El rostro se le había distorsionado. Traía en la mano su cinturón e intentó golpearme con él, pero yo ya estaba bien y con la adrenalina a tope. Lo esquivé y después, sin dudarlo, con todas mis fuerzas le di un rodillazo en la entrepierna. Se quedó privado en el piso. Lo salté y salí corriendo. Nadie tuvo tiempo de detenerme. Todos estaban en cámara lenta. Llegué rápido y sin saber cómo hasta dónde estaba Adriana. En cuanto vio mi cara lo supo todo: “¿Te encontraste al monstruo verdad? Te lo dije”. Apenas y podía sostenerse. Le di las gracias por el hilo que me tendió, y salí del laberinto a trompicones.

Tiktok: expedicion_nocturlabio

 

 

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Arquitecta, escritora, diseñadora, amante de los animales, la naturaleza y la aventura.

Dayan Casaña

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