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TERRITORIOS Geometrías íntimas


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Durante todo el tiempo en que cursé la carrera de arquitectura nunca pensé desvelar la relación íntima que tenía con los lugares de mi infancia; me refiero específicamente a las casas. No sólo hablo de la casa de mis padres sino de cualquiera que haya sido de importancia en esa época, como la de mi abuela, las de mis tías, la de alguna vecina, etc.

En esos sitios nace el primer atisbo de lo que ahora como adulta percibo de mí en relación a lo que siento experimentando diferentes espacios.   

Fue gracias a Gaston Bachelard y Juhani Pallasma que mi sensibilidad espacial hizo conciencia en el pasado y rememoré esas áreas en las que jugué, lloré, me divertí, perdí a personas y también dejé atrás algunos de mis yoes de otras edades. Esos recuerdos y la manera en que los guardé en el subconsciente los he hecho resurgir con un nuevo propósito, entender cómo lo objetivo (corporeidad humana y la arquitectura) y lo subjetivo (emociones y sentimiento) se conjugaron para dotarme de una personalidad única que deviene de mis habitáculos entrañables, lo que viví en ellos desde la geometría, los volúmenes, la luz, las texturas, las escalas…

Hay conceptos que ahora son fáciles de entender y los puedo usar para traducir épocas pasadas en lugares íntimos del alma. Les advierto que a veces, como sucede en ciertos laberintos que ya transitaste y crees conocer, te tropezarás con asociaciones espacio/sentimiento que creías olvidados o que habías dejado bien enterrados. Y reconozco que algunos de estos acontecimientos inesperados me han dejado petrificada.

Hay fantasmas de nosotros, destellos chocarreros de la memoria que se quedan atrapados entre muros, en los corredores, en los patios, en los ecos de los rincones más escondidos, en sombras y reflejos que han traspasado materiales de construcción. Criaturas de las emociones que habitan frescas en algún azulejo de la cocina o en algún vientecillo fugitivo de las ventanas. Genios de las volumetrías que se deslizan desde el color absorto de una pared triste y se estancan en una habitación que nunca desaparecerá de la mente. Un atardecer atrapado en las líneas de la geometría secreta del esqueleto del hogar. Ecos que rebotaron en las paredes que nos espiaban. Sonidos del ayer que permearon hasta colarse en la carne y son ya la materia que define, desde el centro de cada uno, ciertos gustos y tendencias del comportamiento de hoy.  Hay trocitos de la vida que dejamos rezagados y puede que sigan detrás de ciertas puertas que ya no volveremos a abrir jamás. Sin embargo, vale la pena llamarlos para que abran y cuenten de lo que fuimos, por más miedo que nos den.

Es escalofriante pensar que la mayoría de los arquitectos diseñamos para profesores, familiares, clientes, etc., sin antes pasar por el trance de diseñar para nosotros mismos desde nuestra cruda visión de los espacios. Y creo que tales espacios íntimos tuvieron que ver en la decisión de elegir tal carrera, pero a veces ni siquiera lo sabemos, porque permanecen profundo en una ciudad subterránea llamada nostalgia del espacio habitable. Tenemos que aprender a sentirlos, a rememorarlos y externarlos para fungir como fundamento primigenio, dejarlos fluir sin asirnos de manera estricta y de primera mano a algún estilo o corriente teórica, cosa que regularmente solemos hacer los arquitectos para proyectar, la mayoría de las veces sin saber qué nos llevó a ello.

Quiero hacer hincapié en que este ejercicio no tendría que ser exclusivo de arquitectos. Cualquiera debería poder decirse desde esos hábitats en los que hemos dejado tatuadas versiones y memorias del ser que nos constituye. Con el mismo derecho que tenemos de la liberad de decidir que queremos sentir o transmitir con nuestra arquitectura. Porque la arquitectura no es nada más de los arquitectos, la arquitectura la hacemos todos desde lo que somos.

Imagino que al no desarrollar esa capacidad, somos como bebés que lloran cuando les duele o quieren algo sin poder comunicarlo de mejor manera, y son los adultos quienes tienen que adivinar o deducir la necesidad o, peor aún, esos bebés están supeditados al ensayo y error de sus padres. Cuando logramos entablar un diálogo con nuestras casas del pasado (una casa del pasado siempre es otra, aunque sea la misma en la que seguimos residiendo) crecemos, maduramos y hallamos mejores formas de existir apreciando la sensibilidad de nuestro cuerpo y demás percepciones. Es así que por fin podemos decir qué nos sucede, al estar en contacto con el espacio que nos rodea. Ya nadie nos adivina nada ni estamos expuestos a experimentos innecesarios.

Desde el acto de nombrar un suceso deviene la certeza de que existe y, si existe, se puede hacer algo para aprovecharlo mejor, para contrarrestarlo o para modificarlo, dependiendo de qué relación tengamos con lo identificado en cuestión. Lo mismo aplica con nuestro entorno, con los lugares que experimentamos.

Los sitios que elegimos para acoger nuestro cuerpo y con ello nuestra existencia son importantes y no sólo para el confort físico, también para el mental y sobre todo el emocional. Todos tenemos la capacidad de dar datos muy valiosos al respecto para mejorar la espacialidad habitable. Tal vez cuando fuimos niños no tuvimos alternativa (es muy raro que se le pida la opinión a los niños sobre algo tan grande como la casa en la que van a pasar toda su infancia) pero ahora como adultos sí la tenemos.

Todo lo que tocamos y nos toca a nivel físico e interpersonal tiene la cualidad de ser como una matroyshka a nivel sensitivo y emocional, las casas no son la excepción.

Hay que cerrar los ojos e imaginar con base en los recuerdos. Ver esa casa de nuestros antes desde sus fachadas, sus patios, sus áreas comunes y privadas, hasta llegar a los muebles y objetos -que normalmente son con los que tenemos los contactos finales- y hablarles. La mayoría de las veces subestimamos lo propio y preferimos analizar y escudriñar diseños famosos antes que a nosotros mismos y nuestros referentes, pero piensen que en el proceso creativo de los genios siempre está oculto lo personal y sin importar de quién se trate o qué tan famoso sea, en algún momento experimentó una casa en su infancia sin tener ninguna noción de arquitectura, diseño, interiorismo o demás profesiones en relación.

La arquitectura nos habla, pero casi nunca la escuchamos. Incluso hay arquitectos que quieren hablar por ella sin siquiera haber aprendido su idioma y lo más importante, sin poner atención a ese grupo de significados que tiene para cada uno de nosotros de forma particular. Está bien evolucionar, pero para entender cómo hacerlo hay que saber a partir de qué vamos a evolucionar.

Hay un fragmento del poema Carta a León Felipe de Octavio Paz que me hizo pensar en mis espacios arquitectónicos personales:

“[La escritura poética /es aprender a leer /el hueco de la escritura/ en la escritura. /No huellas de lo que fuimos /caminos hacia lo que somos. /El poeta /lo dices en tu carta /es el preguntón /el que dibuja la pregunta /sobre el hoyo /y al dibujarla /la borra…] [Su memoria /no es una cicatriz /es una continuidad que se desgarra /para continuarse…]”

Yo lo adapté de esta forma que es como lo sentí en referencia a los espacios personales:

“[Los espacios íntimos /son aprender a leer /el hueco de la arquitectura/ en la arquitectura. /No huellas de lo que fuimos /caminos hacia lo que somos. /la persona sensible /lo dices en tu carta /es el preguntón /el que dibuja la pregunta /sobre el hoyo /y al dibujarla /la borra…] [Su memoria /no es una cicatriz /es una continuidad que se desgarra /para continuarse…]”

 Tiktok: expedicion_nocturlabio

 

 

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Arquitecta, escritora, diseñadora, amante de los animales, la naturaleza y la aventura.

Dayan Casaña

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