Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 17 Febrero 2020 05:31

Heptálogo para remendar un corazón

I

Parece obvio, pero primero debes asegurarte de tener quien te lo rompa, aunque a veces sucede que no te lo propones y la vida se encarga de ponerte enfrente a quien lo haga. Como sea, y bajo la premisa de que todos buscamos el amor, procura no poner el anhelo de tus glándulas hormonales y la sagacidad de tus neuronas en alguien demasiado codiciado, con atributos que satisfagan las leyes del mercado amoroso creadas por los grandes estafadores de los medios de comunicación, que son capaces de vender a un sapo por príncipe e imponer como moda un taparrabos. Una vez que las fisuras sean evidentes por las angustias de tu pecho, date a escuchar canciones de amores trágicos; nuestra tradición musical vernácula tiene mucho para ofrecerte y ayuda a sublimar el dolor antes de que el desangrado sea considerable y ponga en riesgo serio la vida.

 

II

Las abuelas de antes sugieren utilizar hilos de plata para remendar heridas leves, si fue una nube de baja altura en la que te encaramaste, y no de tormenta. Si la caída fue desde un nubarrón denso que te elevó hasta donde a Ícaro empezaron a derretírsele las alas, es imprescindible que aguja e hilo sean de oro, y el zurcido fino y lento. No importa si eres mujer u hombre, tratándose de amores la membrana protectora de la gran víscera es delicada en uno y otro. La cura más rápida es la que prescinde de la anestesia: dejar que las agujas traspasen el núcleo de cada célula y el dolor también. Sobrevivirás y, resiliente, pondrás escudo de acero en tu pecho y faros de aviso en tu mirada.

 

III

Puedes optar por narcotizar el corazón, a fin de que el remiendo no duela y ni siquiera te des cuenta. Cuando vuelvas en sí quedará una tristeza fácilmente llorable y relativamente gozosa. Como narcótico vale usar alcohol en dosis controladas o algún estupefaciente que no cause adicción. Lo más sano son las endorfinas que segrega tu propio cuerpo. Con ejercicio diario y sesiones de sexo simplemente terapéuticas verás que no sufres las puntadas; en cuanto a lo segundo, el problema es encontrar quien sirva para el caso sin que involucre más que el instinto. Como sustituto del sexo sin compromisos, y a fin de no comprometer tu moral por si la arrastras voluminosa y densa, intenta enloquecer y reírte de todos y por todo. Si ya en la Grecia antigua Aristófanes utilizaba el teatro para generar catarsis a través de la risa, ¿por qué no reírnos hoy de nuestra propia desgracia para reducirla o desaparecerla? Cose tu corazón narcotizado con el ungüento de la alegría.

 

IV

Remendar el corazón en el mar resulta la opción más favorable, pues el agua marina cicatriza heridas y es el mayor reconstituyente de minerales de nuestro cuerpo. Hay referencias de antes de Cristo sobre sanadores que usaban el agua de mar como fuente curativa de muchas enfermedades. Incluso Eurípides, que algo debió saber sobre pasiones humanas y heridas cardiacas, ya difundía en su tiempo que el agua salina curaba los males del hombre. Sin embargo, ¡cuidado! Por extrañas causas, quien se satura de mar a menudo ve preñado su cuerpo y sus emociones. No vaya a ser que en vez de quedar con un corazón bien remendado, Poseidón te regale un embarazo imprevisto con riesgo inminente de nuevas desgarraduras ventriculares. Es recomendable hacer uso de repelente para insectos de dos patas con piel bronceada y sonrisa encantadora, pues tales bichos y bichas son expertos en romper corazones en menos tiempo del que tardas en darte cuenta. Un corazón recosido resulta vulnerable en extremo ante tales circunstancias.

 

V

Selene, la hermosa que ilumina la comba celeste cuando Febo duerme, es, a decir de muchos, la mejor remendadora de corazones. Borda lento con hilos de luz y lo hace mejor si se acompaña con música de violines. Pero ya dijo el gran poeta chiapaneco que deben ser dosis precisas y controladas de jarabe lunar, porque en exceso un corazón zurcido por la luna puede quedar para siempre extraviado en su luminiscencia, y no lograrán traerlo de vuelta ni los perros que cantan a su amada luminosa en esas noches cuando ella luce radiante su vestido blanco. Hilvanar el corazón con la luna solo es apto para aquellos de espíritu superior que han probado el ayuno de amor y saben lidiar con el dios Eros vestido de poeta, y no como el niño pendenciero que ven los rústicos amorosos.

 

VI

Los versos, dardos que envenenan cualquier corazón herido, son eficientes también para la sanación, mas no con todos. Es deseable y hasta imprescindible un poco de locura, además de masoquismo romántico a toda prueba. Aquellos que  comprendieron que el amor es una punta de montaña al que pocos acceden, cargan una coraza de escepticismo sarcástico que los salva de los grandes sufrimientos, y atrapan el presente si es bello porque saben que mañana no lo será. Por eso, cuando besan muerden, si acarician aprietan, si penetran se quedan adentro lo más posible y si ríen estremecen las ramas de los árboles; cuando les toca llorar, escuchan o hacen nacer los versos y con ellos cavan ríos para que sus lágrimas lleguen hasta el mar. Son los elegidos, los que se cortan las venas y acaban con todo sin aspavientos, o los que escriben el amor y sus martirios para dejarlo luego marchar tras otras presas. Si pudiéramos ver sus corazones, tendrían tantas fisuras y remiendos como el cielo tiene estrellas.

 

VII

La última alternativa que me atrevo a comentar, yo que tengo el corazón partido y siempre con un ligero destilado bermellón por entre sus rajaduras, es que dejes el corazón sin remiendo. Conservarlo así en ocasiones es bueno para vivir, pues el drenado tiene sus ventajas, sobre todo si dedicas tus tiempos de trabajo, asueto y sueño a algo que no sea contar dinero, explotar al prójimo, reprimir la vida, juzgar a los demás, divulgar verdades que no son y persignarte noche y día. Si eres libre de espíritu un poco de sangre de tu corazón abre las puertas del misterio y echa fuera los resentimientos, colorea las metáforas, vuelve poderosas las imágenes de los versos y gozosas las aliteraciones. Un corazón ligeramente expuesto pinta mejor tus labios para la aventura de otra boca y enerva tus emociones para no olvidar que sigues vivo. Y si se trata de llorar porque el mundo es imperfecto y un niño abandonado llora triste en la banqueta junto a un perro con la pata rota, es bueno que una leve herida siga abierta. Duda siempre de quien tenga el corazón sellado por completo. Si el corazón sangra unas cuantas gotas, es posible arrebatarle al amor un poco de imposible, convertirse en poeta cuando no hay luna y se extraña a un bardo entre las sombras; ayuda a no olvidar que existen los tiranos, que a menudo Dios es una mujer y que la distopía es la cama donde duerme y despierta la esperanza. Por eso sangra, corazón mío, pero no me mates. Y tú, remendador, descansa un poco, deja en paz aguja e hilo, no vaya a ser que mueras de tanto corazón herido entre tus manos.

 

Lunes, 10 Febrero 2020 05:24

Chocolate

Amargo

No hay más que decir, Roberta. Las palabras entre tú y yo son un destilado acerbo y nada embriagador. Nacen desesperadas, duelen en los labios, ensucian el aire. Llévate todo: el auto, el equipo de sonido, tus olores, los sartenes antiadherentes, las ilusiones compradas a crédito y también las que pagamos al cash. Quédate con el perro y yo con el gato; me entiendo mejor con ese peludo que hace lo que le viene en gana y sabe mejor que tú y yo cómo ser libre. Llévate las dos reproducciones de Van Gogh que tanto reclamas, pero déjame las litografías de Chagal; quiero seguir volando eternamente con el bielorruso. Déjame también la mujer desnuda que cuelga en la pared del baño; si los últimos años me hubieras mirado con una quinta parte del anhelo con que ella me ve cuando la visito, te pediría quedarte con todo y tus obsesiones y tus cuatro docenas de zapatos, incluso hasta con tu madre. Llévate los recuerdos, la foto de los dos en la Plaza del Trocadero con la hermosa Eiffel al fondo y la que nos tomó una japonesita en los jardines del Palacio de Versalles, y aquella otra que nos tomaron en el hermoso mar de Capri, justo cuando pasábamos debajo del arco de piedra para ganarnos el milagro del amor eterno, como si la sal y la roca milenarias fueran dioses solidificados. No olvides por favor los amuletos atrapa sueños que colgaste en la recámara para asustar los fantasmas que se metían en tus noches, a los que abrías la puerta por negarte a crecer y enfrentar tu destino. Y no olvides por favor tus olvidos, ni la foto de aquél que por mucho tiempo escondiste detrás de tu mirada, como si esta no fuera transparente e inocente delatora. Si ahora vas hacia él no llegues a su casa sin antes pasar donde una mujer vieja haga limpias con hierbas, rezos y huevos de gallina. Que quite de tu piel mi aroma, mis labios que estampé por todas partes de tu cuerpo cuando mi boca te quería. No vaya a ser que ese otro encuentre un grumo mío pegado en tu axila o en tu pubis, y se ponga triste si su amor es egoísta y posesivo.

Bueno, parece que estás lista. Puedo ayudarte llevando las maletas al auto, Roberta. Debes saber que te ves muy bien con ese vestido color fiusha que elegiste para la retirada, el escote te hace ver realmente sexy. Se me cruza por la cabeza que quieres reconquistarme o jugar a darme celos. No te rías. Bueno, es mejor encontrarle el sentido del humor a esto, ¿no crees? Nadie tiene por qué desenvainar la espada, ya no es moderno. Solo hay una cosa que me inquieta, Roberta, y es para mí un asunto muy serio: he buscado sin éxito las barras de chocolate que compramos en algún lugar del sur de Suiza, cuando viajábamos hacia Venecia, ¿recuerdas? Si las llevas en alguna maleta, te pido amablemente que me las devuelvas. Tú detestas el chocolate amargo, igual que las novelas de Enrique Serna, la música de Madredeus o subir al Tepoxteco. Entonces, no encuentro una razón para que hayas tomado mi chocolate. ¿Que por qué doy tanta importancia a unas cuantas barras de cacao procesado en Suiza? Elemental, mi querida Robe: lo necesito para enfrentar la tristeza que a fin de cuentas sentiré al ver la casa sin ti. Te acordarás que leímos juntos “Por el camino de Swann”, de Proust. En alguna de sus páginas el narrador se pregunta qué haríamos los pobres humanos sin la maravillosa bendición de la costumbre. Así es, queridísima, tardaré buen rato en desacostumbrarme de ti, aunque el amor se haya evaporado y vuele enrarecido bajo los techos y las cornisas de la casa, o se burle de nosotros desde las esquinas mohosas donde susurra una canción que nadie escucha. Solo me queda el gato y el chocolate para ayudarme con la empresa de perder la costumbre de ti.

Anda, pues, devuélveme mis barras y bajemos las maletas. Despídete del minino y sécate esa lágrima que ya no es necesaria. Qué bueno que te llevaste antes al perrillo, así es más fácil para mí. Espero que te hayas asegurado de que a aquel tipo le gusten los chihuahuas y le hayas informado que debe ayudarte con el doblado de las sábanas y no dejar un solo pelo en el piso del baño. ¡Ah!, y que por ningún motivo se le ocurra dejarse crecer los vellos de las orejas ni comer hígado encebollado cuando te invite a comer, que por aberraciones tales el amor de una pareja pierde aquellas humedades que lo mantienen fresco, ¡que lo sabré yo!

Bien, todo cupo muy bien en la cajuela y el asiento trasero. Ahora dame un beso de amigos y ve con él. Regresa cuando quieras por tus demás cosas. Buen camino, mujer…

¡Hey!, ¡Roberta! ¡No olvides decirle que debe pasear dos veces al día al perro!

¡Y gracias por los chocolateees!… amor.

 

Batido con molinillo

No tengas cuidado, madre. En Suiza hay muy poco peligro para las mujeres. Además, Lucerna es una hermosa ciudad de arquitectura medieval en la que me ilusiona mucho vivir. Todo se ve muy limpio y ordenado. Y no te preocupes de que me enamore de un rubio. Anita Shuff, mi maestra de padre suizo, vivió allá quince años y dice que es más fácil sacarle una sonrisa al tronco de un árbol que a un suizo. ¡Qué bueno!, porque yo quiero concentrarme en mis estudios de maestría; no en algo más. ¿No me crees, verdad? Mira, el hecho de que haya sido noviera no significa que vaya a darme vuelo con los suizos, tú sabes que los güeritos no son lo mío. Aunque… seguramente los hay inteligentes y artistas; esos sí, te confieso, son mi debilidad.

Preocupada deberías estar si me fuera a Italia, porque te diré que esas guapuras latinas sí me pueden. Lástima que sean tan machitos. ¿Sabías que el año pasado hubo más asesinatos de mujeres que nunca en ese país? Y la mayoría por celos y sentido de pertenencia. No, madre, estarán muy chulos, pero con ellos no me meto. Más congoja tendrías si me quedo aquí y lo sabes. Desde hace un año que desaparecieron las dos chicas de mi facultad ya no voy y vengo por todas partes, como antes. No estamos tranquilas las mujeres en este país, por más que tratemos de no vivir con miedo.

No te quedas sola, mamá. Marco te cuida como nadie desde que papá nos dejó. Sabes que mi hermanito ni novia tiene; las matemáticas son sus amores. En dos años será un señor ingeniero. Está mi abuela, además, que vela por ti como si fueras niña chiquita. ¡Ay!, mi vieja linda. ¡Cómo voy a extrañar su chocolate criollo batido todavía con molinillo! Creo que ni en Lucerna voy a probar un chocolate caliente como ese. Son solo dos años y regreso. Estoy seguro de que la abuela seguirá igual de fuerte. Espero que tú, mamita, y perdón que te lo diga, te entiendas con don Abel. ¡Pues sí!, está solo como tú, es noble y te lo ha demostrado; además tiene su buena pensión. A menos que por estar medio calvo no te agrade. ¡Pero si te has puesto roja, mamá! Se me hace que dentro de un año, si puedo volver en vacaciones de verano, encontraré repuestos los rosales del jardín y reverdecidos tus ojos.

Ahora durmamos, mamá. Solo tengo seis horas para hacerlo y aún debo enviar mensajes de despedida a mis amigas. De Daniel no digas nada; ya duele menos que el piquete de un mosco. Se portó tan barbaján al final que no merece una sola palabra mía, aunque me suplique que volvamos. Marco me acompañará al aeropuerto y no quiero verte llorar, mamita, ni a la abuela que ya duerme.

En el respaldo del avión la pantalla indica que son poco más de once horas de vuelo hasta París. Ahí me esperará mi prima para acompañarme a Lucerna. Viene de Zurich y ella sí se casó con un suizo que curiosamente ríe mucho y come picante. El avión ha despegado hace poco. Pensé que vería los volcanes para despedirme de ellos, pero la ruta es otra. Pensé también que no me dolería tanto levantar el vuelo de este suelo ensangrentado y que tendría que pasar más tiempo para extrañar mis calles, los colores de mi ciudad, la alegría que a pesar de todo pervive en mis paisanos, los ojos de mis entrañables amigas llenos de azoro frente a su propio destino. Demasiado pronto echo de menos a mi hermano Marco, que se desparramó como no creía al despedirnos; la bondad de mi madre, que hoy me parece inconmensurable, y el jarro de chocolate que mi abuela preparaba cada vez que se lo pedía. Cierro los ojos y veo el molinillo de madera en sus manos, agitando el dulce mundo líquido que luego bebía con deleite y que llenaba todas mis ilusiones pueriles, ahora mutantes en otras que viajan sobre aviones y escalan montañas nevadas.

Pensé que tardaría mucho más en sentir el corazón fisurado al saber que escapo de lo que más quiero. Las azafatas son amables dentro de este pedazo de cielo encapsulado. Allá abajo y atrás, en el suelo que dejé, Dios parece abandonarte si osas caminar sola por una calle incluso iluminada, como si el infierno hubiera abandonado las tinieblas.

La mujer de ensayada y preciosa sonrisa me pregunta si apetezco beber algo. Esperanzada, pido chocolate caliente. Se disculpa, porque un avión no es el paraíso.

Más tranquila, suspiro para resanar mi pecho. Solo espero que sea verdad la fama del chocolate suizo y mentira la poca alegría de los varones. 

 

 

Lunes, 27 Enero 2020 05:19

Brevedades de amor y otros gritos

LABERINTO

Ella misma no estaba al tanto de su condición de laberinto. Muchos incautos se extraviaron en sus callejas adoquinadas con balcones cargados de flores y colibríes libando néctar por todas partes. Varios Ulises, Perseos, Virgilios, núbiles Romeos, arrogantes donjuanes e incluso unos pocos y angustiados Kafkas, caminaron sus recovecos sin encontrar salidas. Unos no pudieron con el sol que noche y día incendiaba la luz en sus ojos. Otros bebieron en la fuente de su ombligo las pócimas prohibidas. Los más se arrojaron de cabeza en el precipicio del final de la arboleda abajo de su vientre, repleta de humedades salinas en la que confluyen paraísos e infiernos. Benditos aquellos que solo entonaron canciones de amor y recitaron jóvenes versos nerudianos por sus callejas de bombillas recién encendidas, a media tarde y en días de naciente primavera. Qué pena por aquellos que no fueron ni suicidas ni inocentes trovadores, pues locos de atar se les vio rebotando sus cabezas entre una pared y otra de sus senderos alumbrados.

Aun conociéndose, no encontró la salida cuando se hartó de sí misma y sus calles se llenaron de nubes y sus pies resbalaban por los empedrados enlamados. El sol se fue de su mirada y una de las muchas muertes que la habitaban apagó para siempre sus faroles.

 

LA MARCHA

En la marcha se escuchan muchos gritos: unos nacen de gente bien comida y su fuente es solamente la garganta; otros emergen desde adentro, desde el mismo lugar en que germinan la rabia y el hambre; hay gritos que tienen su incendio en el cansancio de los pies y algunos más son húmedos como lágrimas que no secan. Otros gritos son pancartas, besos, dignidades sonoras, destellos amorosos sobre la carretera. Se enredan unos en otros, en hermandades que parecían imposibles. En el breve tiempo que miden sus pasos, una melodía de tierra nueva se esparce por el aire, una canción augusta que habría de interpretarse con miles de voces, más poderosa que esa que callan los incrédulos apostados a la orilla del camino

Después de la marcha se escucha nuevamente el grito soporífero y destemplado del silencio.

 

 

ESTILETE

 

Cuando la paz es:

preludio de la muerte

digresión de la fe

polución en el aire

calle oscura y asesina

niños tristes en la calle

mujer desaparecida

muchos cuerpos mutilados

aquella madre en duermevela

silencio de balas asesinas

toque de queda al amor

palabra de miedo amordazada

noche perenne sin luna

discursos y discursos y discursos

volcán enmudecido

perla negra sin valor

eterna duda sin alba

ojos que buscan y no encuentran

oraciones sin destino

bruma sin misterio que no cesa

hojas secas sin rocío

tres letras petrificadas

muchas manos desunidas

cientos de besos pendientes

miles de labios resecos

y ganas intensas de gritar…

entonces…

habría que enterrar un estilete

en el falso corazón

de esta armonía.

 

 

AMOR DE LUZ

El amor que te profeso, señora mía, me ayuda a soportar todos tus rostros, tus colores, tus devaneos en rojo, en naranja, en blanco intensísimo. El humor de cada día te da tono distinto: denso si un furor caliente te domina; claro, casi transparente si la calma invade todo tu infinito como en las noches de octubre. Yo, ennegrecido, gris, pálido o rojo, estoy siempre para soportarte sin importar el talante con el que cada día presumas tus encantos.

Me gusta deambular contigo en las noches diáfanas, cuando caminas junto a mí, colgada toda de mis ojos conmovidos por tanto relente de luz que me regalas. Me pides una canción, yo te la canto; me pides un poema y doy a luz cuartetos y tercetos, henchido de emoción endecasílaba; me ordenas corretearte en la arena húmeda del mar donde se refleja tu vestido blanco predilecto, y corro tras de ti deshaciéndome de ganas.

¡Cómo me gustaría verte al fin rendida en mis brazos!, sólo en los míos que mueren de celos cuando a otros coqueteas; que me enseñaras a encontrar tu boca, a recorrer tu vientre, tu sexo, tus cráteres completos, tu lado oscuro que siempre me has negado. Cuánto daría por entrar en ti y acompañarte por el firmamento de orgasmos luminosos que cada noche te hacen bella, ya sea creciente, menguante, llena o silenciosamente nueva.

¡Ay!, luna, lunita, alucinante amadísima; si en verdad fueras mujer, tú y el mundo ganarían un hombre, aunque fuese en menoscabo de un poeta diletante.

 

SINCERIDAD

Si regreso del mundo hasta el sueño que habitas y te miro intensamente durante mares de tiempo, no es testarudez, posesión, delirio, cordón umbilical desde mi ombligo hasta el embrujo de tu pelo. Sólo sucede que perdí en lo abrupto del camino algunas alas de mi autoestima. Al verte, constato tu habitar dentro de mi casa y mis células, confirmo la belleza de tenerte cerca; eso me fortalece ojos, espalda, sangre, quimera, corazón, neurona. Amarte me hace amarme. Como ves, mi devoción por ti es un ejercicio egoísta. Fortalecido, vuelvo al mundo con tus pies, con tu coraje. Perdóname por no amarte sin interés alguno, amor mío.

 

ATRAPADA EN CUPIDO

Es cierto, es una ilusa y fantasiosa: antes de darle el sí ante la petición de matrimonio, lo llevó a realizarse una ecografía cardiaca. El resultado la hizo llorar: no había ninguna flecha traspasando el corazón.

 

BÉCQUER

Nunca entendiste, sevillano: Elisa era una golondrina.

 

Lunes, 20 Enero 2020 05:25

Guitarra bruja

No hay historias en mis manos, por más que las fustigo en el teclado. Dudo que de ellas puedan nacer al menos unas cuantas azucenas o jazmines para llenar de aromas esta noche de invierno vacilante. Si alguna musa viniera, no la quiero con angustia en su cara, porque así es como se asoma a mi aposento unas de ellas sin atreverse a entrar.

Hoy no me seducen los altercados cotidianos entre los hombres del poder, ni las rifas de aviones presidenciales ni las promesas del paraíso en los hospitales del país ni once pares de piernas contra otras once tras una pelota. Tampoco encuentro interesante el cumpleaños noventa y ocho de un tal Echeverría; no hay un solo gramo de épica en esa historia. Me tienen sin cuidado los estertores del majestuoso volcán que veo desde mi ventana antes de que caiga la noche, y me abruma sobremanera la quietud de la mujer dormida a su lado: ni un solo quejido en décadas, o una leve fumarola que manche su blancura y su silencio. Hoy, solo hoy, por piedad y salud de este pecho repentinamente deshabitado, no quiero escuchar sobre mujeres desaparecidas ni de niños y niñas explotados sexualmente; ni de migrantes que cruzan el país huyendo de un infierno y caminando sobre otro, con futuros inciertos cargando en la mochila y niños asombrados jalando de las manos.

Quiero que esta noche siga blanca mi dama de papel, ausente del mundo y sus avatares. Dejarla limpia. Guardarla en la inocencia de un monitor apagado. Sin sombra su noble llanura que soporta estoica mis divagaciones lunares.

El futuro inmediato de la yema de mi dedo medio es la tecla delete. Sin embargo… ¡silencio! Déjenme escuchar algo que sucede en el aire.

Por la ventana entra el delirio acústico de una guitarra. Afino el oído y me percato, jubiloso, de que son versos los que llegan hasta mí ordenados en arpegios y rasgueos. No puedo sustraerme y me envuelvo en ellos. Sin darme cuenta me levantan, dejan morir mi apatía sobre la silla, me llevan con ellos y estoy vivo de nuevo batiendo mis alas en el aire de una música andaluza.

Las notas musicales me han llevado hasta la casa de un hombre solo. El viejo bebe vino y escucha ahora en la guitarra “Amar y vivir”, de Consuelo Velázquez. De pronto se levanta, va al otro lado de la mesa y pide la pieza a una dama imaginaria. Ella concede, al parecer, y juntos bailan por la estancia. Uno, dos… Uno, dos… El momento es terriblemente hermoso. Él la mira con los ojos de amor más ciertos que he visto jamás; ella, en sus manos es el aire más esbelto que se humedece con el torrente de lágrimas que manan del hombre. Juro que las esferas cristalinas bailan antes de caer al piso, flotando por segundos porque saben que se vive solamente una vez. Lo que pudo haber sido y no fue, es ahora para los dos. Él, tan vivo como el sollozo; ella, tan invisible en sus brazos. Soy solo un jugador de la palabra en esta noche de pocas estrellas, pero no puedo con esto. Mis dedos lloran también sobre las teclas porque la melodía ha terminado y el anciano tiene ahora un océano salado en los ojos; porque la dama que volvió a casa para bailar con él ha partido y siento el dolor del viejo como si yo fuera sus huesos; porque quisiera abrazarlo fuerte, pero soy un fantasma para él y como autor no me está concedida esta licencia; porque su llanto duele tanto, que temo que al terminar la botella de vino se le ocurra ponerse a dormir para siempre con un frasco de somníferos.

Afortunadamente la guitarra sigue, esta vez con una composición de melancolía más gozosa, una del vate que se decía de Tlacotalpan: “Solamente una vez”. Con voz bien impostada, nuestro hombre la canta con la emoción a flor de labios. No debe sorprenderles que ahora soy yo quien llora mientras escribo, porque solamente esta vez escucho cantar la canción con tanto sentimiento. Sin que se dé cuenta, me siento a mirarlo en la silla vacía de su esposa y suspiro tan fuerte que pienso en un hechizo cuando él se queda mirando fijamente mis ojos, como si me viera. Esto de escribir a veces embriaga y enloquece un poco.

La guitarra ha callado sus cuerdas. El hombre escancia lo último de la botella. Ligeramente ebrio va hacia la recámara. La cama es enorme y frente a ella hay un retrato grande de su esposa y otro más de ambos. Ella es como la imaginé y como él la dibujó con sus brazos: frágil, pequeña, de pelo blanco y con rostro de avecilla. Mientras realiza sus abluciones curioseo por la pared derecha, a un lado de la cama. Hay ahí varias fotografías de ambos en distintos lugares del país y del mundo. En una de ellas tienen de fondo la basílica de San Marcos, en Venecia, y en otra están abrazados sobre una góndola; parecen veinte años más jóvenes. Sin gran dificultad puedo escuchar a Charles Aznavour decir que Venecia parece más fría y más gris sin ella. ¡Qué triste y sola está la cama!, enorme para él, quien toma su lugar al lado derecho y hunde la cabeza en la almohada. Creí que dormiría pronto, pero un acceso repentino de llanto lo levanta de nuevo y enciende en mí las alarmas. Va hacia un botiquín en la entrada del baño y toma el frasco repleto de pastillas. Quiero convertirme en un personaje nuevo que de pronto aparezca y lo salve de su tristeza. No sé, su hijo que llega de sorpresa o un nieto trasnochado y ebrio que después de la farra va a casa del abuelo en busca de complicidad alcahueta. Pero sería demasiado fácil y te tomaría el pelo, lector, sin que lo merezcas. Lo mejor es dejar que la vida ocurra, o la muerte, y respetar sus designios, aunque duelan.

El anciano abre el frasco y toma una de las pastillas con un poco de agua, esfumando la ridícula tensión que en mí se había generado. Debo pensar en seguir o no en esto de las letras; me vuelve demasiado aprensivo. En fin, ha vuelto ya a la almohada y al poco rato ronca sonoramente.

Sin embargo, decido quedarme hasta el alba. De mí depende que su noche pase en pocos o muchos renglones. En esta ocasión decido que solo sean dos.

Se despierta antes de que salga el sol. Durante la ducha lo escucho cantar en tono abiertamente jocoso: “Cantando, en el baño, me acuerdo mucho de ti…” Pienso en aquel comediante de florida bemba apodado Tin Tan. No entiendo demasiado. Creo que debo dedicarme a otra cosa, porque los personajes se me escapan, se desdibujan sin consideración alguna a su creador. Inician trágicos y terminan en comedia.

Después de tomar un café y un panecillo, da un beso al retrato de su esposa que tiene a un lado del buró, toma su maleta y, sin tomar en consideración que pasé la noche cuidándolo y al menos debió intentar suicidarse para darle mayor  dramatismo a este relato, sale todo trajeado a litigar sobre algún asunto que le encomienda su profesión de abogado.

Dejemos a un lado mi crisis de escritor. A pesar de todo, estoy feliz, querido lector. Porque un hombre viejo al que yo creía perdido salió de casa con una vida en su maleta. Me ha redimido de una opresión que yo tenía y mi deuda contigo está pagada.

La guitarra trasnochada aún suena a lo lejos, ebria de noche y alcoholes.

 

Lunes, 13 Enero 2020 05:04

Luna de lobos

Al bajar del autobús doy unos pasos y me quedo quieto. Como una foto imperturbable están ahí los mismos árboles y el camino que bordean. Al fondo a la derecha veo el casco viejo de hacienda donde jugué con ella al amor sobre pieles abiertas; hay tremor en mi pecho. La amalgama indefinible de emociones por poco paraliza mis pies al intentar avanzar. No falta nada: las mismas líneas de los cerros, el arroyuelo a un lado del camino, las hojas secas bajo mis pies contándome los antiguos secretos al crujir.

Al poco andar ladran los perros. Sabía que lo harían aunque no fueran los de antes, y que dejarían de hacerlo al doblar a la izquierda; así sucede.

Conforme avanzo, el peso de la maleta parece mayor. Tengo que descansar a la sombra exigua del primer tabachín de la calle. Es enero y estos árboles apenas germinan su belleza de primavera en esa fealdad engañosa de vainas negras y secas. Vuelvo a detenerme bajo las ramas del segundo árbol. Además de la maleta, me pesa todo el cuerpo y temo que el corazón se detenga de pronto por batirse tan fuerte. Siento la presencia de Lucía de manera tan intensa que juro que la veo esconderse tras el tronco del último tabachín, el que guardó mis palabras entre sus ramas cuando le dije que la amaba.

El portal de madera de la entrada al jardín de la casa chilla igual que en mi recuerdo, un rechinido largo seguido de otro corto al abrirse; después un soplido agudo al cerrarse. No puedo creer que los rosales al pie del ventanal de la sala sean los mismos, uno rojo flanqueado por dos blancos, idénticos setos en el jardín y la gran piedra de siempre en el centro; en ella tronaba brujitas cuando niño y en ella me aplasté un dedo que mi madre curó con pomadas y luego Lucía con un beso.

Al entrar a la casa debo buscar asiento para no caer. Los olores de siempre se meten en mí y salen por dos ríos que surcan mis mejillas. De la alacena tapizada de telarañas emergen los mismos aromas que me llevé arrastrando hace quince años hasta que se enturbiaron. Ahora vuelvo a ellos y los encuentro nítidos, envueltos en coraza de polvo y tiempo: chocolate amargo encerrado en papel de estraza; manojos de té limón, salvia, gordolobo, ruda, menta, tomillo y manzanilla; ajo, canela, jengibre, clavo molido y comino, pimienta, eneldo y romero. A todo eso olía mi madre y después ella, Lucía, cuando vino a vivir aquí; así huele aún.

Tomo valor y doy un paseo por las fotografías de la pared y los muebles. En una de ellas está mi madre, señera y noble con su chongo aristocrático. En otra estamos Lucía y yo, sin una mácula en la sonrisa, ella con el vestido blanco que me encantaba y los aretes de plata que le regalé; yo, de bigote y guayabera. Enseguida subo a nuestra habitación. Respiro hondo antes de entrar.

La puerta se abre y me encuentro ahora en un tiempo detenido. Aquí no ha ingresado nadie más que Lucía y yo. Es el mismo aire de hace tiempo que lleva tatuado el jazmín de su piel. Sé que está aquí. La escucho llamarme desde la cama y pedirme el beso de todos los días al despertar. Voy al lecho y me envuelvo en ella, pero se me escapa al poco tiempo.

Temo abrir las ventanas, mas debo hacerlo. El sol entra pleno al correr las cortinas. La luz pretende engañarme y decirme que Lucía no está. Yo no le creo. Ahí está el sillón y algunos de sus libros más queridos. Hay una bata de baño que aún la espera colgada del perchero, un gran espejo que reclama su belleza y su almohada en la que insisten mi mejilla y mis ojos cerrados.

Paso el resto de la tarde acurrucado en las memorias. Sin embargo, sé que los recuerdos más grandes, los más brujos, los traigo almacenados en la maleta. Por eso pesaba como plomo al irme acercando a casa y llenarse de ellos. Hoy por la noche, al alcanzar su trono la luna de lobos en la comba del firmamento, abriré la valija para que los recuerdos salgan a buscarla por aquellos lugares que la guardan, entre las sombras nocturnas, los brillos lunares y los aullidos de los perros. Hay quienes juran que han visto nacer de ahí los imposibles, y yo, cuya único culto ha sido Lucía, estoy convencido de que la veré esta noche.

Bebo varios tragos de brandy mientras espero. De vez en cuando Lucía muerde tenuemente los lóbulos de mis oídos y se va. La noche ya reina por completo y en la terraza la luna pinta escandalosamente su luz con brochazos de frío. Espero la señal; sé que llegará.

Justo a las once con cincuenta y cuatro da inicio el concierto de los canes que retornan a su origen lobuno. La primera luna de enero les revuelve la sangre como ninguna otra y, a quienes ignoran las facultades que enuncian y las puertas que abren sus aullidos, los estremece escucharlos, tanto, como a mí me alegra. Ha llegado la hora de abrir la maleta. Al hacerlo, los recuerdos escapan del encierro, inundan la casa, despiertan presencias y voces dormidas y huyen por las ventanas. Van tras ella, tras mi Lucía diseminada por todos los lugares que amó y amé.

Me apresto, bebo una última copa y salgo a la noche fría a buscarla junto con los recuerdos convertidos en luciérnagas de invierno. Los perros transmutados en lobos continúan con sus aullidos de nostalgia milenaria. La luna me sigue con sorna en su cara iluminada, como si no fuera culpable de este mal de amor que nos lleva a la muerte.

Voy por las calles que anduvimos, busco las sombras que escondieron a mis manos cuando hurgaban en su cuerpo y las bancas del parque en las que edificamos futuros en el aire. La siento cerca y sé que los recuerdos luciérnagas me la entregarán una vez que reúnan los fragmentos de su risa, su pelo azabache y su voz atrapada en las hendiduras del tiempo.

Al llegar al casco de hacienda, tan lleno de presencias de hombres de maíz y mujeres de tierra, la descubro al fin en una esquina, translúcida y ligera como si fuera un fantasma, pálida como si estuviera muerta y cálida al tomarla en mis brazos, como si estuviera viva.

Los perros han dejado de aullar y la noche está en su centro.

Ahora yo me río de la luna mientras llevo a Lucía a casa y la muy redonda me mira con misericordia. No sabe, la altanera, que es esto lo último que buscaba: tener a Lucía en mi delirio y contarle todas mis historias en silencio, con estos ojos que se buscan en la transparencia de los suyos y estas manos que no la dejarán jamás. Al cruzar el jardín, nuestro jardín, el último, mi amada esparce los jazmines de su piel súbitamente acalorada.

La llevo a nuestra alcoba y tomamos la cama por asalto. Los recuerdos luciérnagas han vuelto e ingresan al cuarto, giran a nuestro alrededor y se quedan con nosotros. Son labios los que revientan a besos; son años los que apretamos en instantes; son futuros los que consumen nuestras ganas en el abrazo terminante.

Antes de abandonarme en ella y partir juntos a un viaje largo sin anhelo de regreso, puedo ver por la ventana a una luna piadosa que ha descendido. Alcanzo a escuchar el aullido sereno de un solo can, mientras me pierdo definitivamente en Lucía.

 

 

Lunes, 06 Enero 2020 06:44

Nina

Uno de los dos debe quedarse con Nina. Si el amor no da para más entre un par de inmaduros como ellos, al menos deben cuidar la salud emocional de su mascota. Si se queda contigo, dijo él a ella, seguro engordará por tanta inactividad, nunca te has preocupado por llevarla a ejercitarse, como tampoco lo haces tú. Si te la llevas, contestó ella, se morirá de tristeza; soy yo quien le canta, quien la acaricia, ¿crees que sólo se trata de sacarla a correr marcándole el paso como a un soldado?

Lunes, 30 Diciembre 2019 05:29

Florencio y la estrella

¡Cuánto tardaste en regresar, Florencio! ¡Cuánto! Hace diecio­cho años te fuiste con dos o tres mudas de ropa y una ilusión del tamaño de tu juventud en la maleta.

Lunes, 23 Diciembre 2019 05:50

Dos de Navidad

Entre Barbas y una mujer en fuga

Sales a la calle porque te sientes solo. Laura se fue hace unos días y tu perro está enfermo. Todos se mueven con prisa. Salen de las tiendas cargados de comestibles y botellas de vino. Dentro de poco oscurecerá y hará mucho frío. Quieres encontrar fuera de casa algo que te provoque un poco de calor dentro del pecho, algo que te haga creer que en verdad esta noche será buena como lo pregonan las cancioncillas por la televisión y la radio.

Caminas frente a los escaparates solo por buscar lo que logre despertar en ti un gramo de admiración o sorpresa. Tienes claro que todo es un engaño: las luces, los renos adheridos a los cristales de las tiendas, los cientos de adornos en colores chillantes, el hombre gordo vestido de rojo que sonríe a los niños a la entrada de un gran centro comercial, incluso la sonrisa de la chica que se acerca a preguntarte cómo puede ayudarte cuando en una zapatería tomas en tus manos esas pantuflas que parecen acogedoras. Laura te regaló otras parecidas el año pasado, pero el perro, desesperado por quedarse solo tanto tiempo, las destrozó por completo. Las dejas en su lugar y sales de la tienda porque el recuerdo te duele. La chica borra la sonrisa en automático y levanta los pies alternadamente para paliar un poco el dolor de sus piernas; lleva más de ocho horas trabajando y ya le cuesta ser amable. Se ve tristemente linda con su gorro rojo.

Decides meterte en un bar y pedir una cerveza. Siempre has dicho que detestas los rituales navideños, pero en el fondo esta vez anhelas ser invitado a probar un poco de bacalao o pavo relleno en casa de alguien. Te preguntas cómo se sentirá estar en la mesa de algún amigo y ver caer sobre ti las miradas de reconciliación de la buena señora que pasó todo el día preparando la cena y de su marido de rostro sonrosado por una leve embriaguez, y la de los hijos que parecen bendecidos por el aura de santidad del famoso niño del pesebre. Laura nunca quiso formar una familia contigo y dedicarse a envejecer respirando el aroma tranquilizador de la costumbre. A duras penas aceptó a Barbas y ahora te dejó sólo con él, un can viejo y cansado. Deseas tomarte una segunda cerveza, pero la música insoportable de reggaetón te expulsa del lugar. Quisieras llamar a Leonel y pedirle espacio en su mesa esta noche, o a Claudio. Sin embargo, recuerdas que a la esposa del primero no le caes del todo bien, y a la del segundo, nada bien. Además, no sabes lo que harías en el momento de los abrazos y la apertura de regalos. Por eso decides volver a tu departamento.

Compras una pizza que comerás con Barbas y unas latas de cerveza. Al caminar por el pasillo y luego meter las llaves en la doble chapa de la puerta, te extraña que tu mascota no haga ningún ruido, pues normalmente te percibe desde que subes por la escalera. Entras y ni el olor de la pizza lo hace moverse de su camastro. Al tocarlo notas que aún está tibio y deduces que hace unos minutos estaba vivo todavía; no pudo soportar mejor que tú la ausencia de Laura. No puedes contenerte y desbordas tu emoción sobre el cuerpo de Barbas. Lloras por los once años que pasó contigo, por los doce que tuviste a Laura a tu lado jugando a edificar un mundo distinto sin las reglas y rituales de los demás, jugando a ser superiores y despreciar las ilusiones colectivas. Si al menos tuvieras a alguien que apreciara y midiera la amargura de tu llanto. Pero no hay nadie, las paredes son frías y el cuerpo del perro empieza a serlo. Vives cerca de un puente tendido sobre una barranca profunda, mas no están cerca tus amigos poetas para escribir una elegía por tu suicidio. Tu desamparo es grande y sabes que tienes dos opciones: el puente con esa oscura boca honda de la cañada o el teléfono mudo sobre el buró de tu cama. El instinto de vida mueve tus pies rumbo a tu cuarto.

Casi hueles las varias copas que ha bebido Leonel al contestar el teléfono. Ven aquí, hermano, te esperamos con gusto. Cubres un poco a Barbas para que no muera dos veces por el frío y en quince minutos el taxi te lleva a la puerta de tu amigo. Lloras abrazado a él como no lo has hecho jamás. Su esposa los mira conmovida; hoy le caes mejor que nunca. No te importa si el niño desnudo en el nacimiento representa o no al hijo de un Dios, pero te pierdes en la dulzura de sus ojos y anhelas convencerte de lo que cuentan de él. Dos ponches calientes con brandy entibian tu tristeza, la acarician y diluyen en una nube de sensaciones que te hacen saber que mañana amanecerá para ti, sepultarás a Barbas y abrirás las ventanas para que el aire y la vida imperfecta paseen por tu casa. Por primera vez, desde que eras un jovencito y estaban vivos tus padres, usas las palabras para desear una feliz navidad a alguien. Leonel se conmueve hasta las lágrimas al escucharte. Ahora es tu hermano y te abraza fuerte.

 

Daos las unas a las otras

Se te ha hecho tarde para salir a trabajar. Hoy es Navidad, mamá, te dice Jorgito, el más pequeño de tus dos hijos, de ocho años. No, chiquito, hoy será Noche Buena y mañana Navidad, respondes. Lo dejas al cuidado de su hermano mayor. No hubo escuela y eso te complica un poco las cosas. Te gustaría quedarte con ellos en casa, ver juntos películas o salir por ahí a dar una vuelta. Sabes que no puedes darte ese lujo, tus ingresos mermaron últimamente  y necesitas dinero para pagar los regalos de los niños. Pinche frío, piensas. El ambiente en la ciudad es gélido y gris. Pocos salen de sus casas y a los hombres se les quitan las ganas. Quedan los muchachos, que siempre traen prendido el ánimo para eso; lo que no traen es mucha plata en sus bolsillos.

El microbús avanza rápido por ser vacaciones. Lleva poca gente. Generalmente tardas más de hora y media para llegar hasta tu calle al otro lado de la ciudad; hoy harás unos quince o veinte minutos menos. Como siempre, aprovechas el camino para maquillarte e iniciar la transformación. Te sueltas el pelo y lo peinas. Sacas del bolso los anillos y collares de fantasía. Mientras revisas en el espejuelo de mano el bilé de tus labios, ensayas sonrisas y miradas seductoras para conquistar clientes, sobre todo hoy que el frío puede ganarte la partida. La minifalda y las zapatillas te las pondrás al llegar, en el negocio de un amigo que en ocasiones solicita tus servicios. El documento de identidad, donde te llamas Pilar, seguirá siendo el mismo en tu cartera, pero a partir de este momento y hasta tu regreso a casa, eres Yelina.

Yelina camina diferente al bajar del microbús. Tiene un bamboleo en sus caderas y masca chicle. Pilar, casi has desaparecido en ella, pues esta mujer avienta el pecho al frente, lanza hacia atrás el trasero, fuma y entorna la mirada como tú no sabes hacerlo. Ella es un personaje parido por un abandono y una gran desesperación; tú eres la hija buena que se fue de su pueblo con un hombre hace muchos años y envía dinero a su madre enferma, quien tiene tu retrato en la repisa junto a la virgencita del Pilar, la de tu mismo nombre,

Yelina va y viene por su calle. Un hombre para en la esquina y ella va hacia él. Ven por la tarde, Rojo, la cosa está floja, le dice. Rojo se marcha después de lanzarle una mirada que sabe a advertencia, a cuidadito y te vayas sin darme mi navidad, mujer. Pierde el aplomo por unos momentos, pero ya conoce el juego y sabe jugarlo. Es cuestión de que salga un rato el sol, caliente la sangre de algunos hombres y los convenza de gastar un poco del aguinaldo recién cobrado; que el dinero es para eso, para los placeres. Vengan, señores, hay un pesebre abandonado en mi cuerpo que necesita calor, parece decirles con la mirada. La invocación surte efecto. Después de dos horas de espera llega un chico tímido que aún no ha descubierto los misterios que guarda una mujer bajo su falda. Se va con él y la navidad se adelanta para el muchacho de semblante triste. Tiempo después se fuga con un hombre gordo en un auto largo, quien dos horas después, con su cara de Santa Claus satisfecho, la regresa a su esquina. Más tarde, casi antes de anochecer, es una dama la que pide su servicio. Cómo negarse, sobre todo en estas fechas. Además, la señora es una dama y le parece haber oído alguna vez una máxima que la anima: “Daos las unas a las otras”. Es válido un cambio del género contenido en la expresión, sobre todo en tiempos de feminismo férreo.

La jornada fue intensa para Yelina. Se siente exhausta. Es hora de volver después de saldar cuentas con Rojo, el proxeneta aquel. Regresa en el taxi de un amigo; justo es. Después de un breve relax dentro del auto, se quita las zapatillas y con súbito pudor cambia la minifalda por los pantalones de mezclilla. Empiezas a asomarte tú, Pilar, también fatigada y silenciosa. El desmaquillante muestra poco a poco tu rostro de semblante cansado. Guardas la fantasía en el gran bolso y cierras los ojos durante el resto del viaje.  En el ensueño vas al mar con tus hijos para que lo vean por primera vez. No llevas a Yelina la playa. Quisieras despedirte de ella para siempre.

Antes de llegar a la vecindad pasas con doña Marcela por los romeritos, el espagueti y el ponche que le encargaste desde ayer. Aún no son las diez y prometiste a tus chamacos una cena de Navidad. En tu casa tienes sidra, refresco y media botella de tequila. Hay un arbolito artificial encendido y bajo sus ramas los regalos que compraste con tarjeta de crédito. Invitaste a la Meche y a su niña, que también están solas.

Tu hijo mayor, de once años recién cumplidos, se emociona con los audífonos que le compraste; le parece increíble tenerlos consigo. Te abraza como no lo hacía desde hace mucho. Jorgito llora con su primer celular en sus manos. Se arroja a tus brazos, agradecido. ¡Eres la mamá más buena del mundo!, te dice. ¿Verdad, Meche, que es la más buena?

Dos caballitos de tequila también te hacen llorar y sientes que las lágrimas echan afuera algo sucio que llevas dentro. Hablas por teléfono a tu madre y sigues llorando mientras lo haces. Después de la cena los niños juegan con la hija de Meche. Ella y tú dan cuenta del tequila y del six de cervezas que llevó tu invitada. Una pizca de remordimiento inquieta tu ánimo, pues olvidaste a alguien en los brindis y parabienes. Alzas la copa y en silencio profieres: ¡Feliz Navidad, Yelina!

        

 

 

 

Lunes, 16 Diciembre 2019 05:30

Machete

I

Es diciembre. El lucero del alba luce pleno y aún falta buen rato para que una línea de luz se pinte sobre los cerros del oriente. El frío cala fuerte. No es suficiente la chamarra raída de Lucas, quien no deja de temblar sobre el camión que da tumbos por el camino. Por eso él y su padre se envuelven con el sarape viejo; así entibian sus cuerpos. Atrás van quedando las luces del pueblo y su madre, que desde esa hora se afana en la preparación del almuerzo, y atrás quedan la cama caliente y la escuela que hoy tampoco lo recibirá. La maestra querrá saber de él. Una prima suya, con quien cursa el quinto de primaria, le dirá que se fue a cortar caña con su padre, como ayer, como seguramente mañana. Mientras el camión avanza, Lucas dormita y piensa en lo bella que es la clase de Matemáticas, con lápiz en mano en lugar de tizne y machete, con los hoyitos que se le forman a la maestra junto a la boca al sonreírle después de poner una paloma en su cuaderno, por haber resuelto bien la división con dividendo fraccionario. Piensa que un día le gustaría ser como el ingeniero que inspecciona la quema y el corte de caña, con su camioneta de doble cabina, botas y sombrero tejano. Imagina a la maestra preocupada por su ausencia. Quisiera no faltar nunca a la escuela, sin embargo, también piensa en su padre, que desde el año pasado le dijo ya estás hombrecito y me tienes que ayudar, eres el más grande y yo solo no puedo mantener a tus cuatro hermanos.

Comienza a iluminarse el cielo. En los árboles dan concierto matutino los pájaros. El camión ha llegado a su destino y no hay tiempo que perder. Alguien les indica a Lucas y su padre los surcos que les corresponden. Todavía con sueño, el chaval mueve por instinto en círculos su hombro derecho y aprieta el mango del machete que lo hace hombre a sus once años. El golpe debe ser seco y al ras, como le ha enseñado su progenitor. Después de tirar la caña ordenadamente sobre los surcos, hay que cortar los cogollos y enseguida apilarla en montones. Lucas, después de un buen rato, con la boca y la nariz cubiertas, se ha vuelto una sombra verdugo de tallos por el hollín de la caña quemada, como un diablillo de ese infierno que a esta hora no lo es tanto, pues ya subirá el sol y tornará inclemente la selva seca. Entonces los hombres tizne beberán agua como camellos. Sus ánforas serán oro líquido cuando el sol llegue a lo más alto.

El tlacualero ha llegado y reparte los morrales. Si hay algo que se parezca a la felicidad para los cortadores de caña, es este momento. Lucas come rápido sus gordas con chile verde, tal vez con huevo o unas cuantas tiras de carne deshebrada, porque así le quedarán más minutos para arrellanarse en el tronco de un árbol o tenderse sobre el suelo, antes de continuar con el corte. Los hombres grandes chacotean y dicen albures que apenas comprende. Cierra sus ojos y piensa en la morenita del salón que le gusta, la imagina triste sin él.

Su padre se levanta y lo llama. Lucas se arrastra sin muchas ganas hacia las esbeltas mujeres vegetales a las que debe inmolar su machete para endulzar la vida. Extraña las divisiones y a la morenita, el recreo y el partido de futbol. ¡Zas! El machete vuela con rabia. ¡Zas! El sol ya calienta y el tizne se mete en sus ojos y seca su garganta. ¡Zas! ¡Apúrate, cabrón!, lo azuza su padre. ¡Zas! Lanza el machete con enojo sobre una caña tendida y el filo resbala con fuerza hacia arriba y, ¡zas!, se incrusta en el dedo meñique de la mano izquierda, justo donde nace la uña.

Se llevan a Lucas pegando de gritos con la punta del dedo casi colgando. Ha sembrado su sangre en la tierra seca y no sabemos si de ese tributo a la gran madre nacerá algo. El padre primero lo pendejeó, sin embargo, los hombres tizne que lo oyeron saben que es su manera de quererlo. Lucas no entiende bien cómo sucedió, pero en su angustia y dolor presiente que ha cambiado la punta de un dedo por algo que no alcanza a vislumbrar, pero lo imagina más valioso que una uña y un hueso.

 

II

Nunca supe cómo se llamaba porque nunca se me ocurrió preguntarle. Todos le decían Canito. Luego se adivinaba que era por su baja estatura. Acaso mediría un metro con cincuenta, pero su cara era recia y decidida. Andaría en sus veinte años cuando nos hicimos cuates. De ida y vuelta al corte de la caña subía siempre conmigo a la cabina del camión. Me gustaba llevarlo ahí porque la manejada se me hacía menos pesada, por sus ocurrencias y buen humor. Me acuerdo que la primera vez que lo invité a subirse me preguntó, poniendo la cara seria, si yo era puto. En vez de encabronarme solté la risotada y le seguí el juego. Sí, Canito, así que ni modo, ya perdiste conmigo, le dije. También soltó la carcajada y a partir de ahí nos llevamos a toda madre. La zafra completa me acompañó mientras los llevaba a diario al corte y de regreso. Por eso le agarraron tirria muchos de los compas.

Un día, al llegar la hora de almorzar, lo vi venir prácticamente arrastrando su machete, tan largo que parecía que lo llevaba el brazo de un niño. Le pregunté por qué no usaba uno más corto y adecuado a su estatura. No, Güero, me contestó, tú estás grandote y tienes los brazos largos, pero mira los míos, cortitos como de enano; si un día me sale por ahí un compromiso, con este machete sí le llego hasta la cabeza a un canijo. Me dio risa su respuesta, pero recordé la sarta de historias que me contó sobre machetes y molleras partidas en su pueblo.

No me reí nada cuando algunos años después, sin dedicarme ya a la chofereada del camión, pregunté por él a alguno de los pocos amigos que le tenían ley y me contestó que al final sí tuvo por ahí su compromiso, y que no le sirvió el machete largo para alcanzar la cabeza de su rival de amores, uno al que Canito, con su gracia y sangre liviana, le robó una trenzuda con la que tuvo un niño que por ahí anda correteando pípilos para jalarles el moco.

Quiera Dios que esta cría no tenga nunca un compromiso igual al de su padre, en paz descanse. Ojalá sea un poco más alto, por cualquier cosa, y se dedique a algo que no sea el corte de caña.

 

III

Don Félix no es viejo. Para un hombre de campo, trabajador y sin vicios, sesenta y seis años no significan senectud. No obstante, tiene problemas con la vista y uno de sus oídos está prácticamente acabado. Esto último es lo que preocupa a su mujer y sus hijas, pues andar manejando un camión para transportar a los cortadores de caña, con la responsabilidad que eso conlleva, no es la actividad idónea para él, opinan. Hay un ingrediente más que dificulta convencerlo de que abandone el volante y ponga en venta el camión: su terquedad.

Primero fue el cerdo que se le atravesó en el camino. Afortunadamente llevaba el furgón vacío y el enfrenón no causó estragos, solo el cuino destripado y el pago del mismo a su dueño, quien salió a la calle con machete en mano. Cuando don Félix quiso reclamar el cadáver del cerdo, una vez que lo pagó, el del machete le recordó que había pagado su alma, no su cuerpo. Después fue el aventón al vochito blanco manejado por una mujer de boca señorialmente lépera. Ese día sintió que nadie como esa tipa le había hecho recordar tanto a su madre muerta. ¿Qué sigue ahora?, se preguntan en su casa.

Esta tarde se ve contento a don Félix, pues es sábado y está estrenando su aparato auditivo. Lo sorprende escuchar con detalle los sonidos de los pájaros y los ruidos de la carrocería del camión. Va de regreso con los cortadores después de una jornada larga. La sensación de haber rejuvenecido da alegría a sus manos sobre el volante. Toma las curvas de la pendiente con una destreza que creía disminuida. Sobre el carromato viajan más cortadores que de costumbre, cansados pero contentos por haber cobrado lo ganado esa semana. La mayoría va de pie y apiñada, pues el camión tuvo que cargar con trabajadores de otra cuadrilla. Los filos de los machetes largos también se mecen alegres, colgados de la cintura de los hombres que pronto beberán cerveza en la entrada de algún tendajón.

Los oídos de don Félix van despiertos, pero sus ojos no demasiado, pues no se percatan de cómo aparece la enorme vaca negra sobre la carretera, en una ligera curva a la entrada del pueblo. Al meter a fondo los frenos la sacudida hacia adelante es tal que los machetes colgantes hacen estragos en las carnes de unos y en los huesos de otros. Otra vez la madre de don Félix es invocada como hace tiempo no sucedía. El tizne y la grasa se mezclan en la base del camión con las goteras de sangre de algunos desafortunados. Los más nobles y sensatos hacen labor de contención para evitar que el machete furioso de un paisano herido dé de canto o de filo en la angustiada anatomía del chofer, que en pocos segundos siente que los años se le vienen encima.

Una vez que alguien logra pedir ayuda a través de una llamada, después de un rato llegan dos ambulancias para atender a los heridos de relativa gravedad, afortunadamente unos pocos. Don Félix zanja cuentas pagando la correspondiente alma de la vaca, como se acostumbra. Lo bueno es que hoy tocó un dueño comprensivo y sin machete en mano. Una mujer le trae al chofer un bolillo. ¡Cómaselo!, es para el susto, le dijo.

Todos los tercos un día dejan de serlo. La vida se encarga.

El camión se ha vendido y don Félix ahora maneja una camioneta usada tipo pick up. Siembra sus cañitas y a veces platica sus aventuras de chafirete. Aquella vez sí me dio miedo de que me pintaran el lomo a machetazos, se le oye decir.

 

IV

―Tú, poeta, que tienes las palabras en lugar del machete, habla por nosotros, porque nosotros no sabemos. Nomás tenemos los ojos para hablar.

El poeta habló, como pudo, a nombre de ellos:

            ―Lo dulce de la caña es para otros, para los señores que ni siquiera se arriman a contemplar nuestra negrura. El verdor también es para ellos y el agua que lo hace brotar de la tierra. De ellos es el conteo de los dineros y los sillones cómodos donde realizan sus cálculos, y las cuentas del banco donde guardan sus ganancias. De ellos son las lunas que los acompañan a beber alcohol del bueno, las noches sin velos de angustia y sin chamacos lombricientos despertando por el hambre a media noche. De ellos el tractor y el aceite, la camioneta y la sombra de los árboles, el descanso y el hoy no trabajo porque alguien lo hace en mi lugar. De ellos lo que sobra y de nosotros lo que falta. De nosotros la nieve negra que oscurece más nuestros rostros cambujos. De nosotros las mujeres cansadas llevando el nixtamal a las seis de la mañana hasta el molino, y los perros flacos en los patios de tierra y los niños que dejan la escuela por un sueño de tizne. De nosotros son los filos del machete, las cortadas hondas en el alma y los soles despiadados vigilándonos a diario. De nosotros las cárceles de tiempo y míseros salarios, la cerveza amarga que nos engaña a ratos y el coraje que apretamos en el puño, a cada descenso del machete, en cada uno de sus vuelos. De nosotros la ignorancia bendita y el susurro del diablo en los cañaverales encendidos, y las miradas compasivas de quienes viven sin tizne y nos ven pasar. Para nosotros son los discursos de aquellos merolicos de palabra inflamada que tienen el poder, y solo nos ven y escuchan en el río manso de sus frases, pero voltean la cara si van por nuestros rumbos y se molestan si el negro tizne mancha lo impecable de sus ropas. De nosotros es el infierno de hojas crepitando y conejos aterrados, y la noche larga que no amanece en nuestros ojos de humo, y los machetes inocentes que no saben hacer revoluciones.

Y el poeta calló, como pudo, a nombre de ellos.

 

 

 

 

Lunes, 09 Diciembre 2019 05:32

Delirio de jotas y berridos

A Juan José Arreola,

dieciocho años después de volverse un fantasma

El secreto está en su nombre. Lo descubrí cuando extraje del olvido uno de sus libros de relatos más celebrados. Juan José en letras naranjas y Arreola en blancas. La “j” siempre me ha sonado sugerente, coqueta, liviana, como esas mujeres que nos esperan los viernes por la noche en las esquinas para invitarnos una noche de amor fingido, tan ficticio como esos relatos de Juan José. Definitivamente la “j”, que en español representa una fricativa velar sorda, es el elemento mágico. Me hace recordar a una compañera de la escuela de teatro, a la que el maestro le decía con elegancia que su voz parecía de ramera fina. Y cómo no, si el dómine se llamaba José Javier Jovellanos, y cada vez que la citada amiga lo llamaba por su nombre completo hacía que experimentara una erección jodidamente jubilosa. He descubierto, entonces, que todo es por culpa de la famosa y suripanta jota.

            Algo así debió pasar con Juan José desde niño, cuando descubrió la música dionisiaca de sus dos nombres con “j”. De ahí debió nacer su vocación por el misterio y la música de las palabras, por la fantasía a la que lo conducían. Sin embargo, el apellido también tiene lo suyo: Arreola. La sinéresis de en medio le otorga ritmo de ferrocarril alegre, de carrusel de feria, de boda de vocales enamoradas. Y no creo que sea un delirio mío. ¡Esa “j”!, ¡esa “j”! Vean en donde se aparece la muy gimiente, como si fuera mera casualidad, así como si nada: Juan Ramón Jiménez, el gran nefelibata de Jardines lejanos; Juan Villoro, que nos ha hecho creer que Dios es redondo; Juan Rulfo, que inventó para la gloria a Susana San Juan, el nombre de mujer más dulce del mundo; José Jiménez Lozano, que en su poema El petirrojo compara al pájaro con la mano de un ángel; Barbara Jacobs, la de Las hojas muertas; Julio Cortázar, cuyo padre se llamaba Julio José, ni más ni menos; James Joyce, de quien Jorge Luis Borges, otro grande con jota, dijo que en el Ulises hay sentencias y párrafos que no son inferiores a los más célebres de Shakespeare; Sor Juana Inés, que en el Asbaje también tiene otra jota; o un clásico antiguo como Décimo Junio Juvenal, cuyo nombre, al pronunciarse llena de música los aires. ¡Dios!, cuánta “j”, ¡cuánta! Mi reino por una “j” en mi apellido. O dos, para ser bendecido por un jubileo lujurioso en mi tinta.

En fin, dejo en paz mis nostalgias por las jotas, que ése no es el meollo del asunto que deseo enhebrar; sí tal vez un preámbulo necesario que rescata minúsculos aleteos del estilo del maestro de Zapotlán el Grande, artífice del misterio y la sorpresa, del humor elegante y erudito.

            Lo que quiero es mostrar mi respetuosa indignación en contra de mi admirado Arreola y de la esposa divorciada del juez McBride, que en el cuento del maestro titulado El rinoceronte, comete una de las más graves vejaciones que puede sufrir cualquier hombre que se precie de ser rinoceronte: renunciar a ser protegida, como ambición mayor de cualquier mujer. Y yo, que he dedicado mi vida a cultivar las virtudes y destrezas que hacen de un hombre un verdadero rinoceronte, leí y releí el relato sin poder creer que una mujer como Pamela, con quien se casó después el juez McBride, dulce y romántica, ideal para acompañar en su camino a la fuerza masculina, hubiera descubierto el secreto para vencernos, tomándonos de la cola sin soltarnos y zarandearnos hasta que la fatiga nos cansa y ablanda. Tengo amigos, cuyas esposas han seguido el ejemplo de Pamela, como en el caso del Juez Mc.Bride, y ya no vienen a jugar dominó conmigo los viernes y sábados por la tarde, mucho menos se corren una noche de juerga como lo hicimos durante años. Ahora van a la iglesia y son ovolactovegetarianos, aunque algunos han llegado al extremo denigrante de convertirse en veganos, insípidos como una papa hervida. Los veo pasar a veces los domingos, salen de casa para ir a misa. Si me alcanzan a ver me miran como canes sometidos a los que han despojado de su rabia. Los brillos suplicantes en sus ojos me lanzan un discurso de auxilio. Casi lloro al verlos, yo, que la última vez que lo hice fue cuando murió mi padre.

Arranqué del libro Confabulario las dos hojas que contienen el único cuento que no le perdono al maestro, a quien por lo demás admiro. Podría caer en las manos de mi esposa, a la que adoro porque trasmina inocencia. Aunque me cuentan que, sin haber leído el relato, hay cientos de mujeres domando felizmente a sus rinocerontes. Seguramente se enteraron de que ahí se cuenta que nosotros atacamos de frente y que colocándose a nuestra espalda nos tienen dominados. Algún lector del cuento seguro se los dijo; ¡traidor! Por eso no me extraña que haya muchas mujeres en la calle, sonrientes, bebiendo vino en los bares, participando en revueltas multitudinarias, mostrando su cuerpo tatuado. Yo no me arrimo a tales espectáculos, pero me cuentan que han llegado a tomar las tribunas y sus reclamos estridentes ahuyentan los pájaros de los árboles del parque.

Todos los días vigilo a mi mujer. Ella es como Desdémona, hermosa, dulce y fiel; moriría por mis manos si yo se lo pidiera. Por ella he escrito églogas, odas nerudianas, elegías lorquianas. Creo en su amor, pero trato de colocarme siempre de frente a su cuerpo, a sus ojos. Como estrategia raspo en el suelo mis pezuñas, rechino los dientes, afilo mi asta para infundirle el mínimo temor que hace nacer la ternura en que se cobija una mujer. Pero reconozco que la duda se ha colado en mi casa, entró por la ventana aquella noche en que hacíamos el amor y ella montó sobre mi cuerpo, tomó las riendas y me cabalgó. No puedo negar que lo disfruté, sin embargo, sentí que era otra la que daba gritos libertarios. Desde esa vez se suelta el pelo a menudo, sonríe sola en la recámara sin saber que la miro, canta y brillan sus ojos. Yo lanzo ligeros bramidos cuando estoy con ella, aunque tengo la impresión de que no surten efecto.

Diré la verdad, tengo miedo de perderla y estoy pensando en hacer concesiones. Mañana acudiré a un peluquero especializado en testuces de rinocerontes. Escucharé una propuesta suya. Tal vez me convenza de asumir un nuevo look en el que luzca una frente limpia, libre de este cuerno del que cada vez más se liberan mis amigos.

Mientras tanto, en cuanto dejo de ser rinoceronte, por dignidad necesaria, raspo sin fuerza mis pezuñas en el suelo y suelto mis últimos berridos.

 

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