Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 27 Abril 2020 05:11

Sana distancia epistolar

Querida Amelia:

Me atrevo a enviarle esta misiva porque no suelo ser hombre que deje a medias lo empezado. Mi padre, quien espero haya encontrado un cielo lleno de pastos verdes y aguas claras ahora que murió, me instruyó al respecto con fervor y fuetazos como en los tiempos buenos se acostumbraba. No quiero darle vueltas al asunto, y mire que se me da hacerlo, por eso no logré antes encontrar una dama parecida a usted para mi compañía, pues este vicio de hablar y poner en las íes más puntos de los necesarios me ha dado más descalabros que alegrías. A ti no te para el pico, me decía la abuela cuando me hacía una pregunta sobre la vida de un santo o la política.

            Pero bueno, decía que quiero ir al grano antes de que un nuevo virus  ataque mis dedos y no pueda enviarle cartas como lo hago ahora. Usted como yo tiene bien claro que antes de esta cuarentena habíamos iniciado algo y hubiéramos llegado ante el juez de paz a estas alturas de no ser por ese bicho endemoniado. Mis sobrinos me dicen que podemos mantener contacto a través de las redes sociales, pero bien sabe, porque algo me conoce, que soy alérgico a esas modernidades y prefiero dedicar mis horas a la lectura y el cultivo de mis hortalizas. Ni teléfono tengo, no sobra decirlo. No es que a mis sesenta y cuatro me considere viejo, pero soy un pueblerino nacido en los cincuentas y aquello era otro mundo. La sola idea de pasar mi tiempo pegado a una pantalla, como sucede con la mayor parte de la gente, me produce ansiedad y urticaria. Por eso le mando esta carta aunque se me acuse de chapado a la antigua y espero no le incomode que vaya perfumada como me enseñó a hacerlo mi abuelo. No se moleste en darle una moneda al chamaco mensajero; ya lo recompensé de sobra. Si la pide, apriete sus lindas manos y dele un coscorrón.

            Amelia, Dios no me dio el milagro de los hijos como lo hizo con usted. Cierto, tuve amores y anduve de vago por aquí y por allá gastando mis años de juventud, y de nada me arrepiento ni tantito, escúchelo bien que las hipocresías no van conmigo. Y al contrario, a usted el creador le dio dos bellezas que ya encontraron su camino y un hombrecito que lo está buscando; quiso también llevarse a su marido cuando aún era fuerte y merecía quedarse aquí más años respirándola a usted, oficio bello sin duda. Ahora está sola y también lo estoy. Aunque le llevo buena cantidad de años, ocho para ser exactos y para que no se deje llevar por la trampa de este pelo prematuramente plateado, sepa que yo todavía derribo un toro por los cuernos si me lo pidiera; aún sé de rudas faenas sobre un lecho y mis manos saben desvelar muchos secretos en el cuerpo y el alma de una señora como usted, quien merece de la vida más de lo que ahora le está dando.

            Por favor no tome a mal mi franqueza ni suelte por ello este papel, porque en él van depositadas tal vez las últimas esperanzas de un hombre que la quiere bien. Esperé tres años para que viviera su luto y callé mis anhelos. Por tal razón es injusto que esta cuarentena nos separe y nos haga perder lo ganado. No sé si la sana distancia nos haga bien. La abuela me dijo que era bueno ver a un amor desde lejos cuando me enamoré por primera vez y debí alejarme. Fíjese que en esa ocasión me fue muy mal, y no por ella, que me esperó como una Penélope fiel, sino por mí que no volví en muchos años y acabé olvidándola por otra. Era muy joven; no me juzgue con severidad. Ahora es distinto, la distancia me hace mal y lo mejor sería pasar esta encerrona juntos. ¿Qué me dice? Tal vez le preocupan las habladurías, mas dígame si hay alguien en el pueblo que ignore cuánto la quiero. Esto se puede acabar en cualquier rato, ya ve cómo están los tiempos. Es un sinsentido guardar el amor para un futuro que al menos a usted y a mí ya nos llegó y rebasó desde hace mucho.

            Le diré a continuación algo para animarla o hacer que me mande al diablo: yo no soy hombre de distancias, soy de tocar, besar, acariciar el pelo, dormir acurrucado, compartir la taza de café, enjabonar la espalda y quedarme dentro de una mujer cuanto pueda. Se dará cuenta lo que sufro si apenas alcancé a tomar su mano y besarla una sola vez, mientras usted se derretía en rojo y yo flotaba como adolescente en mi tercera edad. Créame que me ha hecho nacer de nuevo y la deseo para cuidarla como a mis repollos y berenjenas. No merecen mis canciones más que usted las zanahorias, lechugas y calabacitas, a las que canto para hacerlas crecer y engordar como crías consentidas. Se da cuenta cuánta ternura se está diluyendo en la nada.

Dígame algo a través del muchachillo. Un papel con diez palabras si quiere, escoja las precisas, apriete su emoción en ellas y póngame en el lugar que me corresponda. No tema herirme. A estas alturas no hay emoción que no haya toreado mi capote. Dígame si la espero, o si tomo por asalto su casa o usted la mía. Solo le pido hablarme con la emoción guardada en su pecho; con nada más.

            La quiere, desde esta reclusión involuntaria, su admirador constante.

 

Querido Julio:

 

Confieso que no esperaba su carta. No me sorprende para nada la emoción que me causa recibirla, porque yo también lo he extrañado. Debo decir primero dos cosas: una, que no me lleva usted ocho años, sino seis; siempre me he quitado algunos como muchas mujeres, por vanidad, claro. No sé si saberlo lo alegre o ponga triste, pero así es. Lo segundo es que es usted un atrevido al decirme todas esas cosas. Sin embargo, me gusta que lo sea. No quiero parecer liviana, pero mi marido no me dio tan buena vida y menos fue capaz de expresarse así conmigo.

            Lo quise, cierto, empujada por la tradición y el deseo de una familia, pero no como me hubiera gustado querer: sin miedo, en libertad, sintiéndome realizada como mujer y persona.

            Usted ha subido mis emociones sobre un carrusel. Me turba y aterra a la vez, ¿sabe? Sinceramente pensé que la cuarentena pondría las cosas en su lugar y yo dejaría de sentir esto que me provoca. No es así, en verdad lo extraño y no puedo dejar de pensar en ese paseo por el lago. ¡Ay!, soy una cursi irremediable, pero tiene algo en sus palabras que me encanta: terciopelo, colores, profundidad.

            Pongamos las cosas claras; hablaré con la misma franqueza suya. Tengo mucho que reprocharle: en primer lugar, ¿qué es eso de querer cuidarme como a sus lechugas y demás hortalizas? No, mi señor, yo soy una mujer y así necesito ser tratada, cuidada y querida; no me ande confundiendo con ternuras de zanahorias y calabacitas. ¿Quedó claro? Ahora bien, dígame por qué no aceptó pasar a tomar un café conmigo aquella vez que me despidió en la puerta de mi casa y besó mi mano. Si tenía tantas ganas de estar a mi lado, ¿por qué fue tan caballero y me salió con eso del respeto a mi condición de mujer sola? Acláreme el asunto, pues no es justo haber pasado una noche delirando a causa de su decente comportamiento. Esa vez hubiéramos sabido si nuestros cuerpos se entendían y si resultaba grato verlo despertarse junto a mí; habría conocido yo de las “rudas faenas sobre un lecho” de las que tanto presume en su verborrea. ¡Ay, Julio!, aunque se jacta de haber corrido mundo se portó como un niño conmigo. ¿Acaso no imagina lo que es pasar sola cientos de noches acariciada nada más por los recuerdos? ¿Acaso retiré mi mano cuando la besó, con ese desplante de Don Juan que me provocó calores olvidados? No fui educada tan a la antigua, mi caballero andante. Educarme con monjas fue contraproducente considerando los afanes de mi madre, quien quería verme convertida en verdadera religiosa y no imaginó que puso el mundo en mis manos a través de los libros y las soledades.

            Así pues, quítese de la cabeza esos enjambres que lo detienen y aviéntese al ruedo. Quiero verlo tumbar ese toro con sus manos si en verdad tienen la fuerza para hacerlo. Mañana es miércoles y temprano tendrá esta carta en su mano. Después de las nueve de la noche las calles son una tumba. Dejaré mi puerta abierta. A las diez lo espero para romper la cuarentena, tomar ese café pendiente y mirarnos a los ojos. Que Dios nos agarre confesados si uno de los dos carga con el virus en la sangre y nos morimos juntos, que no sería mala muerte. Y no tenga miedo a los fantasmas, Julio. Mi marido ya se cansó de venir a visitarme; parece que por fin se ha marchado definitivamente y seguiré honrando su memoria con una veladora encendida. Lo he perdonado lo necesario y él también a mí. Estoy limpia. ¿Lo está usted?

            Lo piensa, desde esta noche larga, la mujer que lo espera.

 

 

 

Lunes, 20 Abril 2020 05:11

Aristófanes en cuarentena

El cuentista intentó con temas diferentes. El chirrido horrendo del pájaro nocturno que de modo intermitente se dejaba oír cada diez minutos durante las últimas noches le pareció un asunto digno de desvelo literario ante el monitor. Se dejó ir tras las teclas en busca de una historia de terror psicológico. Era difícil. Nuevamente el tema recurrente hizo estragos en su tentativa. Pegado en su mente como sanguijuela imposible de sacudir, el mismo asunto iba y venía a ritmo de columpio. Creyó poder seguir a pesar de todo. Había logrado ya la imagen del ave: ojos saltones y pico extremadamente largo para hundirse en las cuevas oculares, orejas de murciélago y color ceniciento, con garras de halcón y flaco como águila quebrantahuesos. Desistió al final del segundo párrafo porque las imágenes de cubrebocas de variados diseños lo invadieron, y las de trabajadores de la salud pidiendo apoyo a su trabajo, y las peroratas de los conductores de noticiarios modelando la información a su antojo o al capricho de algunos hombres de la política o la empresa. También las cifras giraban a su alrededor, dispuestas en gráficas de barras, circulares, frecuencia y en mapas de colores que pintaban la invasión del virus en el país. Los números de contagiados y muertos danzaban en el aire estirándose, expandiéndose alegremente. Lo abrumó el ruido imaginado de muchos loros y cacatúas en las redes sociales, convertidos en expertos comunicadores de altura y politólogos. Cuando se dio cuenta, el pajarraco del cuento que tanteaba se convirtió en el gobernador de un estado emitiendo el chillido insoportable en medio de las frases que vociferaba. Definitivamente, le pareció inútil seguir por ahí.

            Saltó al siguiente párrafo en busca de meandros más ligeros. Recordó el tema del niño temeroso de las jeringas hipodérmicas que se usaban antes de inventar las desechables. Quiso deslizar sus dedos por ese cauce, entre los chascarrillos de un bufoncito de pueblo y la imagen aterradora de un hombre de rostro expresionista y voz gangosa que recorría las calles para curar de sus achaques a los enfermos de gripa y otros males menores, con el piquete abominado de su aguja de tamaño y grosor espantoso. En el recodo menos esperado de la narración en primera persona, justo cuando describía el ritual de esterilización de la jeringa con alcohol y fuego ante los ojos de las víctimas, asaltó su imaginación una enfermera reclamando lugar preponderante en el relato. Otra vez el olor a hospital y la imagen infame de erizo con ventosas del virus más famoso de la historia. No pudo evitar, con clara antipatía, traer a su mente una de las canciones sobre el bicho a ritmo de cumbia. El estribillo repugnante lo hizo levantarse y salir a la terraza en busca de alivio con la luna piadosa que nunca apareció.

            Se venció ante el veneno maldito que ni siquiera alcanzaba a ser vida, apenas un depredador que secuestra a las células para reproducirse. Seguiría escribiendo, claro, porque otra idea obsesiva se había inoculado en su mente últimamente: la de ser un escritor. Y tales especímenes escriben aunque la musa duerma o en la cabeza se pudra un trapeador hecho girones. Al día siguiente lo esperaba el jefe de redacción del periódico y fallarle sería un atentado a su sentido del deber, no importa que lo leyeran solamente dos o tres viejos jubilados y unos cuantos amigos a través de las redes. El tema giraría irremediablemente alrededor del micro engendro de aspecto circular asqueroso.

            No te repitas tanto, al menos dale otra perspectiva y no conviertas la cuarentena en un plagio de ti mismo; se dijo envalentonado después de tres respiraciones profundas y de mandar cariñosamente al carajo a su mujer, quien le decía: “Ya deja esa máquina y vente a dormir”.

            ¡La tristeza de una botarga! ¡Eso es!; por ahí podría reintentar. Por la tarde había salido a realizar las compras absolutamente indispensables, acorazado con guantes, cubrebocas, careta de plástico y gel antibacterial. Lo que llamó poderosamente su atención mientras adquiría un medicamento fue la botarga de aquel gordo y simpático doctor abandonada en el fondo de la farmacia. Se puso triste al pensar cuánto tiempo transcurriría para verla bailar en las banquetas, aun cuando la mayoría de las medicinas no las adquiría en esa cadena farmacéutica. ¿Y los chicos y chicas que se metían dentro del corpulento muñecote, con las caras más tristes del mundo sudando a mares, pero con los pies más chispeantes, dónde andarían?, ¿cómo obtendrían las piezas de pan y el litro de leche diarios para llevarlos a casa si su baile en el asfalto estaba suspendido?, ¿quién les abriría las puertas de su negocio para laborar ahí por un sueldo de miseria si la mayoría de los establecimientos estaban cerrados? Podría contar la historia de un muchacho cuyo mayor mérito había sido convertirse en Sergio el bailador, quien sin darse cuenta embarazó a una de sus parejas de baile en una noche loca y ahora carga con un crío, una esposa linda pero desnutrida y una ilusión limitada por la rudeza de la ciudad, a la cual llegó hace poco. En una de sus búsquedas de trabajo brillaron sus ojos cuando vio la botarga con otro bailarín adentro en una farmacia del centro. Sin pensarlo dos veces solicitó chamba y casualmente estaba libre el turno vespertino. Ahí lo tenían ya, inventando nuevos pasos para el gordo sin que hubiera ritmo que se resistiera a su destreza, desde la cumbia colombiana, pasando por la bachata, el reggaetón y la salsa. Todo iba lindo hasta que apareció el monstruo microscópico aterrando el orbe. Entonces sus piernas se quedaron quietas, aletargadas, sin las florituras que agraciaban al gordo; caminando ahora sobre el asfalto caliente para limpiar parabrisas en un semáforo que se agenció echando pleito con un vato. Un día, al regresar al cuartito miserable que rentaba, no encontró a su mujer y su hijo. Unos vecinos dijeron que la vieron subirse en un taxi con un tipo lleno de cadenas y esclavas de plata, con fama de maloso. Ella llevaba puesto un cubrebocas y el niño lágrimas y mocos colgándole de la barbilla. “Yo me quedo con mi papi”, gritaba mientras el taxi arrancaba a toda velocidad.

            A ver, señor cuentero, se recriminó, ¿por qué esa propensión a las historias tristes?, ¿no podrías dejar con el padre a la criatura, cuando menos? Ahora solo falta que enfermes de Covid 19 al bailador, lo mates y no lo dejes regresar más adelante con el gordo y encontrarse en el mercado una chavala que lo haga olvidar. Tenía razón, alguien le vendió la idea de que la belleza era necesariamente trágica y no encontraba el modo de escribir historias distintas en medio de esta cuarentena que rebasaría por mucho los cuarenta días.

            Dejó pendiente el final de la historia del muchacho, hurgando elementos verosímiles para darle algún final siquiera alentador.

            Tomó una decisión. No le enviaría al jefe de redacción historia alguna esta semana. Le contaría, como si a aquel le importara más su salud emocional que la edición a tiempo del diario, cómo la alegría cansada del encierro amenazaba con huir por la ventana, cuán impotente se sentía para escribir historias luminosas mientras allá afuera muchas cosas confabulaban contra la vida, y no hablaba únicamente del odioso engendro de moda, el que un día se cansaría de jugar a estar vivo y nos dejaría en paz. ¡No! Estaba todo aquello que mata más que un virus: los muertos del crimen organizado, la violencia de género, los periodistas silenciados a bala y sepulcro, los potentados que pasan la cuarentena en sus mansiones con el frigorífico gigante repleto y la cantina abastecida, y en sus delirios estarían urdiendo cómo clavarnos más sus colmillos cuando vuelva la ansiada normalidad que nunca lo será, porque no puede ser normal la injusticia ni el crimen ni millones de vida compradas a crédito y pagaderas en cuotas que requieren décadas para ser cubiertas. Si tanto invertimos para acabar con un adefesio microscópico, ¿por qué no se invierte igual y se confabula el mundo entero para terminar con los feminicidios, con la espantosa distancia entre los que más tienen y los que poseen solo hambre, con la falta de un techo y un pedazo de tierra para los que emigran a fin de sobrevivir, y con el egoísmo que priva en este mundo individualista y estúpido, entre otros males perpetuos?

            Esta noche tumba, el contador de cuentos tenía sepultada la confianza. Apagó el ordenador y se lavó los dientes mientras veía desde la terraza la estrella que cada día lo esperaba a esa hora y en el mismo lugar para desearle buenos sueños. Se le ocurrió preguntarle qué historias se contarán allá y si serán mejores que las nuestras. Apagó la luz y se metió a la cama. Tal vez en unos días el Subsecretario de Salud le diera buenas nuevas y eso lo animara un poco. O la siguiente semana. O…

            Se durmió pensando en releer a Aristófanes.

 

Lunes, 13 Abril 2020 05:40

Añoranza de mar y jacaranda

La primera gran encerrona que nos dimos fue al casarnos. Aunque la luna de miel fue en Acapulquito, pues no quedó para más después de la fiesta, lo sucedido en ese cuarto fue de antología. Yo descubría el placer lentamente y en todas sus posibilidades. Bueno, en realidad redescubría, porque no llegué virgen a firmar el acta de matrimonio; obvio, mis caracoles. Sin embargo, ambos no tuvimos antes la experiencia de encerrarnos en un cuarto tres días seguidos, cuales Lennon y Yoko haciéndonos el amor para perpetuarlo y evitar la guerra; esta vendría después, como es natural en toda aventura de lidiar con otro, reproducirse y matar la soledad a sartenazos, gritos y reconciliaciones. Pero no quiero agriar este intro hablando pronto de la cruda si apenas cuento el inicio del espectáculo.

Les decía que fue de película. Mauro, mi marido, si bien estaba lejos de parecerse a Marcelo Mastroianni, sí le daba un aire a Chayanne, lejanísimo si quieren, pero aire al fin. Sobre todo su sonrisa. ¡Ay!, qué bonitos y blancos eran sus dientes. Lo que me volvía loca, y aquí entro en la confesión bien íntima, era su vientre: plano, apolíneo, como hecho a cincel y martillo. Detestaba que me cambiara por el gimnasio cuando éramos novios, pero cuando descubrí su vientre en el primer motel al que entraba en toda mi vida, y fue con él, aclaro, me desquicié al comprobar lo que las pesas, los aparatos y las abdominales habían hecho por mi Adonis tlahuica. Por supuesto que el muchacho era inteligente y audaz para enfrentar la vida, cualidades que pesarían más en la balanza con el paso del tiempo. De aquí soy, me dije. Tanto lo creí que muy pronto nos casamos con huateque, vals y despedida de la fiesta en carro convertible con todo y letrero de just married y latas arrastrando. Durante la encerrona de miel y sudor, vuelvo al punto, fue hasta el tercer día por la tarde, al ponerse el sol, que la sal del mar supo de mi pielecita extasiada. Después, a cargar pilas con los cócteles Vuelve a la vida y Margaritas, y a continuar con ese embeleso de tatuarnos uno al otro en cada centímetro de nuestras pieles.

Divina ilusión hecha carne y susurros. Después de siete días, algo hermanos del mar y del sol, tostaditos para evidenciar que caminamos de la mano por la playa y nos juramos amor eterno bajo el señor Tonatiuh en pleno cenit, regresamos a casa renacidos, plenos, híper co… Bueno, conscientes de que ahora nos esperaba la vida en casa, el trabajo, las responsabilidades que da el matrimonio y tal vez más adelante, los hijos.

La siguiente ocasión que volvimos al mar llevaba cinco meses de embarazo. Imposible jugar a los acróbatas y saltar por los cráteres de la luna. Entonces fue como más espiritual el asunto, con cuentos de futuro y debates sobre el color de la pintura del cuarto del nene. Para la próxima vez ya llevábamos a Emilio, de dos años; todo era olor a brisa marina perfumada con talco y colita de bebé.  A fin de no hacerles el cuento largo, ya no hemos vuelto solos al mar. Luego llegaron Perlita y Augustito. Ahora se trataba de repartirnos pañaleras, llevar siempre botiquines, cuidar que el mar no se los comiera y dedicar todos nuestros minutos a cumplir sus necesidades.

¿Saben? Los chicos crecieron y nunca pudimos él y yo volver a tener otra encerrona mística como aquella. ¿Por qué?, me pregunto ahora. ¿Por qué confabulamos contra las cosas que realmente nos hacen sentir libres y reducimos la cotidianidad a las prisas, el trabajo, las cuentas, los carros, los perros, el ahorro, los domingos de carne asada y amigos; al sexo rápido y modoso, las dulzuras discretas, a comprar almohadas blandas para fugarnos en el sueño y a escapadas en catorces de febrero a cuartos con jacuzzi?

Emilio se ha casado y vive cerca, Perla está en el extranjero y Augustito viene los fines de semana de Puebla, donde estudia. Mauro y yo por fin podemos tener nuestra encerrona completamente a solas, pero no es en el mar y tampoco la elegimos; es en nuestra casa, en la que afortunadamente hay un jardincito con muchos rosales y una jacaranda que nos alegra. Ese virus que vino de China o inventaron los gringos nos obligó a dejar todo y probar si podemos pasar semanas enteras amándonos tanto sin llegar a odiarnos. La idea me aterra, lo reconozco. Aunque miro el vientre de mi marido con nobleza y ternura, no encuentro la mínima huella de aquel que me volvió una amazona loca en Acapulco. Sus dientes ya no son tan blancos; la nicotina tiene efectos desastrosos y Mauro es un terco que no vive sin ella. Trato de hacerlo sonreír para que se parezca a Chayanne cuando lo hace, pero está muy preocupado por Perlita, que tuvo la ocurrencia de irse a Canadá, y por Augusto, a quien le pedimos mantenerse en Puebla en casa de su tía; es el más obstinado de todos y no dormimos de pensar que se vaya de fiesta o con su novia sin atender las medidas de protección. ¿Qué podemos hacer? Ya son adultos y deben aprender a cuidarse solos, pero no me canso de darles consejos.

Cuando pase esta carajada, me dice Mauro, volveremos a ese hotel y pediremos el mismo cuarto, lo prometo. Suena romántico que lo diga y me ruborizo, para mi sorpresa. Aún me sabe hacer sentir, aunque ya no sea lo mismo. Llevamos una semana sin salir más que a lo indispensable. Cerró su negocio y decidió pagar por adelantado el salario de un mes a sus tres empleados. Al parecer, yo tardaré en volver a las aulas más de lo que estaba previsto; extraño a mis alumnos. Espero que resistamos. Ayer, por primera vez después de años, Mauro se sentó conmigo a ver una película completa, se portó tierno y por la noche su cuerpo había rejuvenecido. Hoy desperté y me siento renovada, a pesar de todo. Sin embargo, duele saber lo que sucede en Nueva york y otros lugares de Europa, duele la insensatez de muchas personas en mi país y me asusta la idea de que esto sea un juego macabro preparado por algunos.

En el fraccionamiento ha surgido una iniciativa para apoyar a algunas familias que están en serias dificultades y colaboramos además en algunos otros proyectos de ayuda que se promueven a través de las redes. Es una gran oportunidad para aprender a ser solidarios, espero sepamos aprovecharla.

Entre Mauro y yo se está afianzando otro tipo de amor, una pasión distinta surgida en nosotros durante esta encerrona. Tiene más que ver con estremecimientos del espíritu y no de la carne, y con lo que podemos dar en vez de recibir

Ya volveremos solos a ese lugar, mi amor, le digo a Mauro. Y lo beso con ternura.

 

Lunes, 06 Abril 2020 05:03

Chat N 95

Déjenme decirles cómo fue que sucedió. Quiero contárselos porque no se me hace justo que todos digan tarugada y media por el feis y yo que lo enfrento de cerca arriesgando mi salud, la de mi madre, mis hijos y mi esposo, me quede en silencio como si no significara nada. Pero eso del karma es cierto, ¿eh? O será que hay un Dios que no lo olvida a una y pone en su lugar a los desagradecidos. Bueno, mejor les cuento para no enredarlos más.

            Fue hace una semana más o menos, justo el día de la semana que mi marido no puede llevarme al hospital porque entra bien temprano a su trabajo. Ahí me tienen, esperando el taxi colectivo al veinte para las siete, con mi cubrebocas y toda la cosa, cumpliendo los protocolos de seguridad para no contagiar ni contagiarnos. Junto a mí estaba una “señorita” toda glamorosa y con la falda a media pierna, asunto que a mí no me importa pero a la vez sí importa por esto de lo que estamos hablando, ¿me entienden? Okey, le sigo. Entonces llega el taxi, la glamorosa abre rápido la puerta delantera y se sube. Yo intento abrir la puerta de atrás, pero no puedo porque tiene seguro. Es cuando el tipejo me grita que no sube enfermeras y arranca sin importarle que pudiera machucarme un pie. ¡No lo podía creer! Apenas ayer tuvimos una reunión en el hospital con un comisionado de la Secretaría de Salud. Nos echó el rollo de que éramos los héroes y heroínas de la nación y la  esperanza de México estaba puesta en nosotros, y que la manga del muerto, pues. En serio que el señor parecía sincero para ser político y hasta me sacó una lágrima. Nos entregaron nuestro kit de trabajo: unos pocos cubrebocas N 95, poquitos porque seguro son benditos, unos cuantos guantes y nuestros googles de medio pelo. ¿Después de eso se imaginan cómo me sentí con lo que me pasó? Ahí me tienen, la súper enfermera esperando un taxi que la quisiera levantar porque un idiota no quiso hacerlo. Llevo más de veinticinco años embarrando mis manos con sangre de enfermos, limpiando excremento apestoso de traseros, esmerándome por no ponchar una vena, tratando de entender lo que siente cada enfermo y quitarle sus molestias, exponiéndome a bacterias y virus de todo tipo. Hasta estudié una especialidad y soy poco más que licenciada ¿Y para qué? ¿Para que un imbécil levante a una que le enseña las piernas y me cierre la puerta a mí, que tal vez ya cuidé a su… madre en el hospital? ¿Para eso tanta joda?

            Está bien, me tranquilizo. Respiro hondo como me enseñaron en mis clases de yoga: inhalo paz, exhalo angustia; inhalo amor, exhalo odio y resentimientos. Ah, pero ¿qué creen? Por eso les digo que todo da vuelta como el bumerang. Imagínense que cuatro días después el fulano ese cayó enfermo de peritonitis en el hospital. Lo operaron de emergencia y ¿a quién creen que le tocó atenderlo durante mi turno de trabajo? Pues a mí, si para eso nos hicieron nobles y capaces de controlar nuestras emociones con tipejos como ese, ¿verdad? Les diré que me dieron y siguen dando ganas, porque no ha sido dado de alta, de inyectarle alcohol en la solución que le entra por la vena o meterle un dedo en la herida cuando le hago sus curaciones. ¿Qué quieren? Una es humana y tenemos nuestra parte perversa. ¿Saben qué? Lo peor fue que no se acordaba de mí el angelito, hasta que le refresqué la memoria. Entonces se le salieron las de San Pedro y me pidió perdón el muy justo. Ya me estaba conmoviendo y pensando en perdonarlo algún día, nada más pensando, ¿eh?, cuando me suelta otro rollo que me hizo encabritar en vez de contentarme: que lo hizo por miedo a contagiarse del coronavirus y de poner en peligro la vida de sus hijos; que su compadre le dijo que eran los mismos médicos y enfermeras quienes estaban regando el virus por todas partes, que en el feis había escuchado esto y lo otro. Bueno… ya no quise escucharlo. Tuve el impulso de ir a la cama del muchacho que vino de Texas contagiado del virus, pasarle un pañuelo por su boca y luego ir a restregárselo en el hocico a este ignorante. Si supiera el deslenguado que es él quien está con mayor riesgo si se contagia, por panzón, hipertenso y fumador. Lo sé porque conozco su expediente. ¡Ay!, ¿por qué los haces así, Señor? De por sí es hombre y de pilón bruto; pobre de su mujer, tan bonita ella.

            Está bien. Ya eché fuera todo el coraje que tenía. Ahora debo perdonarlo y aceptar que otro taxista no quiera llevarme y hasta me rocíe de cloro como en Guadalajara, que yo elegí esta profesión y no debo sorprenderme por la falta de solidaridad hacia nosotras de parte de mucha gente, que eso de los aplausos sólo está ocurriendo en España, que aunque mi salario no es la gran cosa me da para comer y yo debo seguir llegando todos los días a mi hogar, encuerarme en la entrada, rociar hipoclorito de sodio en mis ropas y calzado, lavarme las manos si quiero tener derecho de entrar a mi casa, bañarme de inmediato, no besar a mi marido ni a mis hijos y desinfectar como cada día, cual loca compulsiva, las manijas de las puertas, las patas de los perros, cada verdura que cocino, cada pensamiento insano que tengo, cada duda, cada instante de miedo; aunque afuera la mayor parte de las personas paseen despreocupadas como si cualquier cosa, sin la sana distancia ni nada, aunque a Juancho le hayan pagado por andar mañana y tarde voceando por todo el pueblo cuál es el protocolo mínimo a seguir para evitar la expansión del virus, con la voz del Subsecretario de Salud repitiendo una y otra vez: “Quédate en casa, quédate en casa” Yo le agregaría una grabación que dijera: “Con una chingada, ¡quédate en casa!”, porque parece que en este país solo entendemos si nos mentamos la madre y nos mandamos al carajo. Ya ven, otra vez ya perdí mi centro. Respira hondo, Liliana, respira. Ommmmm… Inhala en seis tiempos; exhala en ocho. Inhala; exhala… ¡Ah, no!, antes de que me relaje otra vez déjenme decirles que ni el curita entiende, sigue invitando a misas y preparando las ceremonias de Pascua. En fin, les digo que el pueblo mío, me refiero a este donde vivo y a todo el país, obvio, es muy raro, rarísimo diría por no decir otra cosa que no quiero decir, como si Dios después hacernos rompiera el molde para que no hubiera otro igual,  Por si algo faltara, tan cerca de los gringos para acabarla de amolar.

            Miren, ya para terminar mi perorata les diré que yo no sé si este bicho lo inventaron los gabachos o los chinos, por eso de la guerra comercial que se traen y esa cuestiones que no entiendo; o si es un asunto del planeta sacudiéndose de su cuerpo el virus más peligroso: los humanos; o si es cierto el asunto del murciélago o son los medios de comunicación los que le han dado una difusión a un asunto que ya hemos vivido muchas veces, como dicen algunos sabiondos. Yo sé que no sé nada, como dijo aquel que no me acuerdo. Sí sé que voy a cumplir cincuenta y no me cuezo ni al segundo hervor como dice mi madre, y debo cuidarme y cuidarla a ella, cuidar a los míos como a mis enfermos, incluyendo al inútil ese que a fin de cuentas… pues ya perdoné. Solo es un estúpido de tantos. A lo mejor con esta lección se le quita.

            ¡Cuánta ignorancia! ¿No creen? Y cuánta falta de solidaridad. De eso debemos cuidarnos. No solo ahora. ¡Siempre! Bueno, me callo porque voy a mi clase de yoga y se mi hizo tarde. Perdonen si ahora sí me eché un choro bien largo en el chat del grupo, pero tenía que desfogarme. Ah, les digo: mi cuñado está elaborando gel antibacterial en su casa, al setenta por ciento aunque no crean. Si alguien quiere comprar por ahí me wasapea. Cuídense que quiero abrazarlos a todos cuando termine esto. Abrazo de lejos y, con una chingadita, así, tiernito para que no se me sientan: quédense en casa los que puedan. A’i se ven.

 

Lunes, 30 Marzo 2020 05:16

Delirios y versos a una ventana

De musas

Soy musa y me alquilo con alguien valiente que me aloje detrás de un librero. Me basta una pequeña sombra para no dejar de ser quien soy. La luz franca es dañina para los que me sueñan y con los que sueño. Me lanzaron fuera de la casa de un poeta muerto de extraña enfermedad: se moría de miedo. No quiso su esposa, contagiada hasta el pelo, lidiar con la dama amante de su hombre, por más que se demuestre mi esencia intangible, libre de hongos, bacterias y virus, ponzoñas y uñas, pócimas de encantamiento, secreciones vaginales, perfumes brujeriles, cantos de sirena y flechas envenenadas. Yo solo habitaba la maleta de un hombre experto en palabras que daba conferencias y enamoraba escuchas. Viajaba con él en un ojal de la solapa de su traje, por si el silencio lo apresaba, por si una mujer con falda lo distraía de su destino, por si de pronto se deprimía.

Y no es justo, señores, no lo es: que una dama sin cuerpo, que ni alimento consume ni exige de Francia los perfumes ni es experta en besos ni entorna los ojos, seductora, haya sido despedida porque el poeta ha muerto de miedo alojado en sus pulmones. Honor mínimo merece la que pare versos en su vientre invisible, sin pedir copas de vino, sin exigir galanuras de un hombre al subir al coche, testigo muda de sus carnavales sobre almohadas y jacuzzis tibios, esperándolo siempre en la portada de un libro, en el filtro del cigarrillo o detrás de su oreja, desde donde murmuraba mis consejos y endulzaba sus amargos trances.

Por la calle como can sin dueño busco la ventana del estudio de algún vate no contaminado. A ellas no las busco porque las respeto. Cada mujer es musa de sí misma; se llevan dentro como preciadas joyas.

¡Soy musa y me alquilo! Corran la voz por las calles solas tan llenas de miedo. Soy musa y la vida me corre las venas, tan viva e inmune ante cualquier pandemia.

¡Soy musa y me alquilo!

 

De insurrectos

Saldré y no pueden detenerme. Si en esta me muero que sea caminando, con la guitarra cruzada en mi espalda como carrillera y la sonrisa en ristre. Hacen falta en la plaza mis canciones. Habrá testarudos como yo que las escuchen, amantes del sol y las palomas. Alguien debe alimentar la alegría, alguien debe asumir la vocación de alpiste y mantener viva la sonrisa bajo este cielo que no ha perdido el brillo. Si me encuentran por la calle pueden cambiar de acera porque corren el riesgo de mi abrazo, puedo contagiarlos de optimismo y los señores del miedo acusarlos de cómplices. Si caigo en el intento no vengan conmigo, mantengan la distancia y opriman los frascos de antibacteriales. Que me corten la cabeza por ser tan engreído y la cuelguen de una esquina del gran palacio de piedra; desde hace mucho no se pone un escarmiento de tal talla en este pueblo, hace falta un buen mensaje a los insurrectos que desafían la muerte porque aman la vida. Si sobrevivo, seguiré cantando con entusiasmo hasta que el planeta se sacuda con más fuerza, hasta que tomen el poder los filósofos y bajen la cabeza los señores feudales. Sé que sueño, pero muero en mi utopía y seguiré por sus caminos verdes plenos de cánticos y oasis. ¡Soy un cantor de canciones limpias! ¡Pidan! Canten conmigo mientras llega el momento de abrazarnos por las calles.

 

De visitas a la abuela

Cuando salga, madre, saldré a la calle en busca de los abrazos que no he dado. Visitaré a la abuela, escucharé sus historias repetidas hasta aprenderlas de memoria. Le diré a la gente que la quiero mirándola a los ojos, sin aparatos electrónicos interviniendo el mensaje; a la que no soy capaz de querer desearé que reanuden su camino de la mejor manera. Tomaré un café con aquel chico y le robaré un beso que antes le negué. Pero no callaré más, nombraré por su nombre a mis emociones, echaré a andar mis verdades, pondré en vertical mis convicciones y depuraré mi lista de contactos. Voy a terminar con las distancias cuando salga, empuñaré una azada y plantaré árboles en los patios aunque no sean míos, me quitaré de encima lo que sobra, limpiaré mis ojos infectados de pantallas y virus consumistas, terminaré para siempre con el discurso del miedo y llenaré de luz mis pensamientos. Cuando salga, madre, te preguntaré a dónde quieres caminar conmigo, de qué sabor compartiremos un sorbete y cuál es el verde que te gusta de los muchos que nos rodean. Mientras tanto, señora de todos mis segundos, mira cuánta luz nos entra desde afuera. No puede haber un dios furibundo en esa inmensidad de espacio, no debe. Cuando salga será una aventura cualquier calle y ojalá menos criminales las habiten, ojalá también la estupidez se guarde, y la ignorancia y los perversos y los que pintan con grises las miradas. Por lo pronto, escuchemos, hay un concierto gratuito de silencio intervenido por el canto de los pájaros.

 

De roedores

Los he escuchado roer bajo la escalera. Vienen y van por la casa amparados en su invisibilidad. Llegaron el día en que se decretó la fase dos. Puse trampas para ellos por todas partes, pero son astutos, viven de esto y comen del terror de la gente. Sé que es inútil intentar alejarlos, pero mi familia tiene angustia. En las viejas tradiciones se habla de una única manera de vencerlos: hay que cantar, en coro y en voz alta y melodías alegres. Tuvimos que quitarle a la abuela su rosario, porque nada les encanta más que los tonos suplicantes. Cantamos juntos cada hora  y sorbemos tragos de agua cada media. Los venceremos pronto. Lo sé.

 

A una ventana

La ventana es el mundo, mamá.

Del albañil dime el nombre. ¡Dilo!

Agradecerle quiero ese hueco de vida,

la ausencia de piedras,

la rebanada de luna y su risa de luz,

su conejo escondido que asomará la oreja

y brincará en el cielo

cuando pase la tormenta.

¿Sabías, madre, que la ventana

es la dueña del aire

y la veneran los serenateros

que resisten los virus de las modernidades

y aún se plantan bajo los balcones

por una mirada de la chica linda

que aunque fue a la marcha

gusta de canciones de amores y vientos?

¿Sabías de mis fugas

por esos paisajes que enmarca el cuadrado

sin piedra y cemento,

y que por las noches

cuando todos duermen

se abren las cortinas

para que entre un cuento?

¿Sabías que si estiro la mano

caen virus del cielo, bienaventurados,

y juego con ellos a que los infecto

de amores y risas cuando me respiran?

¿Por qué lloras, madre?

¿Es por el abuelo que se fue tosiendo

en una ambulancia,

caliente y dormido,

conectado a un tubo

con el que jugaba sin mar a ser buzo?

¡Abrázame pronto!,

que llevo diez días encerrado y loco;

y si no contara con mi ventanita

por la que se cuelan duendes y misterios

yo me habría olvidado de las matemáticas

y los adjetivos calificativos.

Ya  no me consuelan las televisiones

ni las pantallitas digitalizadas.

¿Qué culpa es la mía por tanto borlote,

por los tapabocas y los noticieros?

 

¡Quiero irme a la calle con mi bicicleta

y quiero a mi padre trotando a mi lado!

¿Qué me dices, madre?

¿Jugaremos juntos hasta el día catorce

mientras lo liberan de aquel hospital?

¿Volverá a ir a Italia y cargará conmigo?

Está bien, perdona, pues tú no lo sabes.

Trae el juego entonces; yo limpio la mesa.

¿Me darás un beso si esta noche gano?...

¡Bravo!

¿Sabías, mamá, que han nacido tres crías

de las golondrinas que anidan afuera

bajo la cornisa y sobre mi ventana?

¿Sabías que pelean por la vida

abriendo sus picos

y que en seis semanas

si el gato no las come

volarán muy alto?

¿Lo sabías?

 

 

Lunes, 23 Marzo 2020 05:53

Virus

Verlo así, dormido en posición fetal sobre la sábana blanca, con su cara de niño travieso en receso, te hace dudar unos instantes. Se te ocurre acariciarlo por última vez, plantarle un beso en su barba incipiente. Resistes la tentación, pues la guerra recién inicia y no quieres perderla. Preparas ágil una maleta mediana: algunas mudas de ropa, los cosméticos de base, la novela en turno y un libro de poesía, el spray de gas pimienta, unos cuantos cubrebocas y gel antibacterial. Ni una sola foto impresa, ningún recuerdo en papel. Tu móvil está lleno de ellos, luminosos y oscuros, por si en algún momento los necesitas; y tu mente también.

No puedes evitar una lágrima antes de cerrar la puerta, porque él es bueno y lo sabes. Pero está equivocado, después de años tienes claro que lo está y él no quiere saberlo. Estos tres días de aislamiento a su lado afirman tu convicción.

Cuánto valor en tus pies para dar los primeros pasos. Las escaleras parecen detenerte al bajarlas. Una vez tuvieron sexo sobre ellas, en la época del amor ciego y sostenido en la fe, corriendo el riesgo de ser descubiertos por algún vecino del edificio. Por eso cada peldaño cómplice quisiera atajarte, sin lograrlo. Es muy temprano para iniciar la retirada, la calle aún está completamente oscura. Algunas personas ya deambulan por la ciudad; también deben tener un motivo grande para hacerlo en este tiempo de pandemia. Un taxista con cubrebocas detiene su auto y te ofrece el servicio. Lo rechazas porque prefieres seguir a pie mientras descubres a dónde quieres ir. La decisión no fue premeditada, ni tu sonrisa libertaria que a ti misma sorprende. La claridad irá llegando poco a poco con el aire fresco de la mañana. Por lo pronto basta esta alegría que se apodera de tus piernas, como si se descubrieran capaces de moverse por sí solas.

Después de mucho caminar te detienes en un parque. Algunos jóvenes se ejercitan; muy pocos. El sol comienza a esplender. Se te ocurre pensar que es tuyo el astro rey, y el aire, los árboles, las plantas de las jardineras, las mariposillas que desperezan sus alas sobre el rocío. Descubres que existen para ti y son tus sentidos la conexión fraternal con toda la maravilla que te circunda. Incluso el piso mojado por la lluvia nocturna es una invención del mundo exclusiva para tu olfato. Todo es y se mueve porque tú estás ahí para hacerlo posible. En las ramas de los árboles gorjea con fuerza la vida y cientos de alas se aprestan a cruzarla en todas direcciones. Te preguntas si eso será la libertad o es una magia extraña que también pasará de largo como el amor. ¿Desde cuándo no llenabas los cuencos vacíos de tu existencia como este día logras hacerlo en unos cuantos minutos? ¿Descubres ahora, repentinamente, la matrix que había cosificado tu presencia en el mundo y tenía atrapados tus sentidos y tus pensamientos?

Una pareja de ancianos pasa caminando a buen paso, desafiando las recomendaciones sanitarias de las autoridades; van tomados de la mano. No llevan cubrebocas y sonríen al verte, deslumbrados tal vez por el sol que se ha metido en ti. No parecen estar preocupados por nada. Será tal vez que su sapiencia de años es a prueba de virus y para ellos una mañana fresca en el parque es un bocado de vida impostergable. Sientes amarlos aunque jamás los hayas visto. Quisieras saber qué hicieron o dejaron de hacer para no soltarse de la mano después de tanto tiempo. Se cruza por tu cabeza que la mujer de pelo cano eres tú, mostrándote desde un futuro improbable; el anciano es él. Sin embargo, ¿a quién imaginas cuando piensas en “él”? ¿Es aquel que a esta hora se habrá levantado de la cama y estará buscándote desesperado o algún otro que vendrá después?

Caes en la cuenta de la conveniencia de contactarlo para decirle que estás bien y más viva que nunca. No hacerlo causará una tormenta innecesaria, pues se comunicará con tu padre de inmediato, y él con la policía y tu madre con todos los santos habidos y por haber. Obviamente no deseas escucharlo. Le envías un mensaje de texto amable, pero claro y conciso: “No debes preocuparte por mí. Estaré bien y me siento de maravilla, tanto que me han nacido alas. Deja tranquila a mi familia. Me comunicaré con ellos cuando lo considere pertinente. Quédate contigo y no dejes que ningún virus te atrape”.

Te metes a un café y pides uno con doble carga, como lo toma él por las mañanas. Es increíble cómo disfrutas cada inhalación del aire. El aroma intenso del lugar anuncia un paraíso en solitario. Todo se torna vivo, flexible y permeable ante ti. Incluso la madera de la mesa te descubre vetas misteriosas, caminos sinuosos que quisieras recorrer en busca de la vida nueva. El mesero cubre su boca como todos los empleados. Bebes el café sin azúcar. ¿Qué poder tiene un hombre que no tengas tú para dominar el amargo? Te llenas de una fuerza que calienta tu cuerpo y no te permitirá ser la misma. Tu dulzura era un arma para retenerlo; ahora lo entiendes. La muñeca linda educada por papá ha perdido los modales y esta mañana mira pasar la vida por un ventanal con ojos agudos de pantera, aunque nobles por naturaleza. Pides un desayuno fuerte en proteína porque necesitas energía para rehacerte en una sola jornada. Tu revolución lleva prisa y no la detendrá enfermedad alguna. El virus principal que tenías inoculado en el cuerpo y la mente se quedó dormido en casa, reproduciéndose en todo momento al ritmo de una canción que repiten incansables tus padres, el Estado, las sotanas de los templos y los divulgadores de la historia oficial en las escuelas.

Tu aventura en solitario no se trata de distancias. Es un viaje hacia adentro y basta un cuarto limpio y lleno de luz en un hotel sobre lo alto de una colina para llevarlo al cabo, una música que no narre versiones románticas del amor, aceitunas rellenas y un poco de vino. Nunca descubriste antes que unas sábanas fueran más suaves que la piel de un hombre, y gran confidente una dama pintada en el cuadro de la pared del cuarto, descalza y con la cabellera repleta de brisa marina. Con ella discutes siglos de opresiones y beben completa la botella de tinto. La embriaguez hace bajar a tu nueva amiga de su mundo de colores. Te convence, sibilina y hablándote al oído, de lo pleno que resulta la autosatisfacción amorosa. Entre dedos trémulos y humedades insurgentes explota una mujer nueva desde tu centro, y en el viento atrevido que entra a espiarte por la ventana flota una sonrisa de placer y amor propio.

Después duermes largo rato para seguir tu viaje en el sueño. Al despertar, tienes una de esas extrañas conexiones con lo divino que has experimentado pocas veces en la vida, como si Dios existiera y fuera mujer. Estar tendida ahí, sintiéndote, palpando cada poro de tu imaginación, suspendida en ti misma y en todo, es un edén posible en la Tierra, fuera de sentencias y dogmas, de voces de soldados marcado los pasos de tu vida; fuera de miedos y virus que aterran al mundo, vacían los centros comerciales y hacen frotarse las manos de quienes harán los grandes negocios; fuera de un hombre cuya voz te hace sentir pequeña, indefensa y recluida en la nada.  

El resto de la tarde lees, bañas tu cuerpo en la tina, tomas al silencio por trinchera y te aíslas en esta soledad elegida. Llegan hasta ti muchas voces que nadie más escucha y escribes diálogos en tu interior. Con ellos abres puertas a la alegría, enseguida al llanto; otra vez la alegría y al final una paz insospechada.

Ha caído la oscuridad y tienes apetito. Ordenas algo para comer mientras miras la ciudad iluminada; cada luz es una vela encendida que alumbra intimidades que salen a flote en tu piel. Te emociona pasar la noche sola después de tanto tiempo. No porque no hayas dormido sin él alguna vez, sino porque nada te lo recuerda. Todo aquí es ajeno y diferente. Duermes fácilmente con sueños plácidos. Es un paréntesis dentro de otro mayor, una pequeña muerte para tu resurrección.

Al despertar, el bienestar sigue contigo. No hay fragmentos tuyos extraviados en el miedo y la duda. Toda tú estás contigo. Siguen respiraciones profundas, un café intenso, la llamada a tus padres, el desayuno en el cuarto, la novela a medio leer, el tiempo andante rindiéndote pleitesía, pluma y papel para intentar un poema, la bendición del silencio, una siesta, la tarde y nostalgias repentinas; un nuevo paseo por las calles semisolitarias al caer las sombras, los rostros de azoro de poquísimas personas que caminan veloces, la noticia de 203 infectados por el virus en el país y una pequeña luna que no esperabas alzándose desde el infinito.

Dos días después, a media mañana, llenas la maleta, abandonas el hotel y regresas al mundo, resucitada. La radio encendida te pone al tanto: el peso está herido de muerte, el dólar por las nubes, los infectados aumentaron considerablemente y se habla de un posible estado de emergencia, como en Italia o España. El taxista enmudece durante el trayecto. Ya cerca de tu calle pregunta con auténtica preocupación por qué no cubres tu boca. La he tenido cubierta por años, le contestas, ¡nunca más!           

Lo encuentras en el departamento, demacrado y ojeroso. Te conmueve su emoción al verte. Quiere abrazarte y lo detienes: “No, querido, ambos estamos infectados y no debemos contagiarnos más. Tu virus es de antaño, se resiste a morir. El mío es nuevo, fresco, lo pesqué de dos ancianos felices en un parque y anhela ser fuerte como el tuyo”.

Estableces reglas para el aislamiento compartido. Él no objeta nada con tal de que te quedes. Tú dormirás en la recámara de visitas. La sala será el punto de  diálogo y debate, que será intenso. Prohibidos los besos y abrazos para la salvaguarda emocional. Sugieres una distancia de al menos un metro entre sus cuerpos para evitar riesgos por el calor que generan.

Al día siguiente, con inesperado y peligroso aire de ternura estampado en el rostro, te pregunta: “¿Volverás más adelante a estar junto a mí, como antes?” Sin doblegarte ante el niño encantador que amenaza con romper la distancia mínima de protección, respondes: “Por ahora no prometo nada, pues apenas comienzo a estar conmigo, como nunca”.

Recorres por completo la cortina de la ventana que da a la calle solitaria y con poco tránsito vehicular. Por ella ingresa un viento extrañamente limpio. Escuchas por la radio que en Venecia los canales se han poblado de peces; eso te alegra y pinta una sonrisa inesperada. Él la descubre y relaja el entrecejo.

 

 

 

 

Lunes, 09 Marzo 2020 05:26

El día que se fueron

El vecino de enfrente me despierta gritando a pecho abierto. A diario lo escuchó salir apresurado con sus tres hijos varones rumbo a la escuela; regularmente veinte minutos antes de las siete enciende su auto y recibe la bendición de su joven cónyuge. De hecho, me sirve de aviso, pues a esa hora me desperezo para llevar a pasear a mis perros. Sin embargo, hoy me ha despertado mucho antes, a las seis de la mañana, y sus gritos llaman a su esposa con una mezcla de enojo y angustia. ¿Qué le pasa a este hombre? Acuciado por mi vejiga urinaria, me levanto con la idea de acudir a vaciarla primero y luego investigar qué sucede con el vecino; ofrecerle mi ayuda, si la necesitara. ¿Ya casi sales, amor?, pregunto, porque la puerta del baño está cerrada y supongo que mi esposa está adentro. ¿Amor?... ¡Qué raro!, parece haber bajado ya a la cocina. Es extraño, pues hoy es el tan anunciado día nueve y claro me dijo ayer antes de dormir: “Mañana de la cama nadie me mueve”. Después de la micción bajo a buscarla. Los gritos del vecino se han convertido en llanto, lo que me preocupa sobremanera, al tiempo que empiezo ahora yo con mis exclamaciones buscando a mi esposa, quien no se encuentra en la planta baja ni en el jardín. Caigo en la cuenta de que algo grave sucede en mi calle, pues ahora el ingeniero de al lado sale de su casa preguntando si alguien vio salir a su pareja, una mujer mayor y enferma, a quien nunca se le ve si no es a su lado. Los tres hombres, engarzando nuestras congojas, nos hacemos unos a otros las mismas preguntas sin respuesta. El azoro hermana nuestros rostros de diferentes edades.

            Sin dar mayor vuelta al asunto nos dirigimos hacia la entrada del fraccionamiento, pues los guardias sin duda las vieron salir. Al caminar por la avenida principal se nos suman otros hombres jóvenes y viejos que buscan a sus esposas, hermanas e hijas. La alarma crece en cada uno de nosotros. En ese momento pienso en mi hija, que vive en otro punto de la ciudad. No soporto la idea de pensar que algo similar esté pasando con ella. Al llegar a la caseta de vigilancia el grupo de hombres ya suma más de veinte. Los dos guardias están tan sorprendidos como nosotros, pues los compañeros que los relevarían a las seis de la mañana telefonearon para justificar su ausencia; también buscan a sus esposas e hijas misteriosamente ausentes. Juran y perjuran que por el portón de acceso no ha salido una sola mujer. Uno de ellos se suelta en llanto y se retira de inmediato, porque nadie contesta el teléfono en su casa.

            El asunto es atroz, ilógico, imposible. Todos estamos con el teléfono en mano tratando de contactar a parientes y amigos que puedan darnos alguna luz sobre el absurdo que vivimos, o buscando por internet mayor información sobre lo que sucede. Recibo una llamada de mi hermano, que me informa de la desaparición de mamá y mi hermana Tita. El grupo ya suma unos setenta hombres, entre niños, adolescentes y adultos. Se escucha un coro alucinante de gimoteos, gritos y rezos. Un hombre ha caído de rodillas y pide a gritos perdón a Dios y a su esposa. Se le suman otros que agregan plegarias a santos y vírgenes conocidos y desconocidos, como un tal San Pafnucio o una tal Nuestra Señora de Begoña; esta última recibe imploraciones de un español llegado hace unos años desde Bilbao.

            De pronto los móviles dejan de funcionar. La señal se pierde por sobresaturación de las redes. La desesperación se hace mayor y ningún intento colectivo por entender y buscar una solución al problema fructifica. Al contrario, dos tipos se han liado a golpes al salir a flote que uno es el amante de la esposa de aquel. En un estado de crisis como este las verdades afloran y rompen las frágiles represas que las resguardan. Otros caminan como lunáticos por las calles del fraccionamiento intentando en vano comunicarse con alguien u obtener una explicación pobremente lógica sobre lo que pasa. Algunos más han salido corriendo rumbo a la iglesia cercana, pues seguramente el cura tendrá palabras de consuelo ante la tragedia. Por mi parte, regreso a casa para huir de la neurosis colectiva que prevalece. Me encierro en la habitación y enciendo la radio en busca de noticias. Muchos informativos al parecer se cancelaron, pues son dirigidos por mujeres. Logro sintonizar por fin uno de tono amarillista. Escucho la voz patética del conductor que da cuenta del fenómeno generalizado: “Amigos míos, los pocos reportes que hemos podido recabar dan fe de que este día las mujeres nos  abandonaron. Me informan que en al menos veintiún estados del país sucede lo mismo y de igual manera en otras naciones de Latinoamérica, como Chile, Perú y Argentina.” Me hundo en una desolación que me deja sin fuerzas, dejo brotar mis lágrimas tanto rato contenidas e intento comunicación telepática con mi esposa, como muchas veces lo practicamos al encontrarnos lejos uno del otro por cuestiones de trabajo. Es inútil. Yo, un ateo confeso, le pido a Dios una explicación, se la ruego.

            Sin darme por vencido, descuelgo de la pared dos fotos de mi esposa y mi hija para llevarlas conmigo. Enciendo el auto sin hacer caso al llanto de niños y hombres adultos. Casi al salir del fraccionamiento, cuya puerta ha quedado abierta y sin vigilancia, me detiene un amigo muy querido para decirme que en la calle Hacienda de la Luna un hombre se dio un balazo en la sien, y que otro de Hacienda de la Luz sufrió un infarto fulminante. Lo siento, no tengo tiempo para llorarlos; yo salgo a buscarlas y ven conmigo si quieres. Sin responder, abre rápido la puerta del copiloto y aborda. Al pasar a un lado de la iglesia escuchamos cánticos suplicantes de cientos de hombres que desbordan el templo y el atrio. La leve lucecita de fe que me inundó minutos antes se desvanece; paso de largo sin creer que los cantos y rezos puedan aparecer a las mujeres. Conforme avanzamos el tráfico se vuelve imposible, hasta que las calles quedan convertidas en grandes estacionamientos. Logro acomodar el auto en una orilla. Sigo a pie rumbo a casa de mi madre, aunque seguro de que no la encontraré. La ciudad es una nube de testosterona inútil que vaga por todas partes en busca de su complemento escondido en algún lugar. Todo está detenido: el comercio, el servicio de los restaurantes, el transporte público, la actividad en escuelas y hospitales. Parece librarse una guerra en contra de nadie, porque no hay a quien responsabilizar de lo que sucede. Pero nuestra naturaleza masculina busca culpables aquí en la tierra o allá en el cielo. Escucho hablar de hombres que han invadido casas en busca de mujeres, de grupos que asaltan el cuartel militar cercano porque un alucinado aseguró que ahí tenían recluidas a miles de nuestras esposas e hijas, lo que derivó en varios muertos entre soldados y civiles. Muchos hombres que integran los distintos órganos de gobierno abandonan sus funciones para adherirse a la búsqueda o a los rezos. Se habla por la radio de intentos pobres por recuperar el orden y la paz, pero prevalece el caos. El número de fallecidos crece con el aumento del calor y la desesperación; lo sé porque escucho sobre ello por todas partes. Sin embargo, también soy testigo de actos solidarios: hombres que abrazan a otros que lloran desconsolados; unos invitan a sus casas a los más angustiados y comparten algún alimento, y por doquier hay grupos que se unen a rezar o hacer introspección que les permita entender los hechos. Surgen nuevos líderes que disertan sobre el amor infinito que merecen nuestras compañeras y condenan los siglos de violencia y represión a los que se les ha sometido. Algunos dirigentes religiosos hablan de una decisión extraña e inesperada de Dios para hacernos llegar el apocalipsis: la ausencia de mujeres, a quienes ha salvado y resguarda en algún paraíso distante, lejos de nuestra violencia y barbarie. Hay quienes llegan al extremo de afirmar que todas ellas fueron abducidas entre la noche del ocho y la madrugada del nueve, pues la energía que generaron en las manifestaciones y protestas del día anterior produjo frecuencias vibratorias tan altas que permitió a miles de grandes naves extraterrestres llevar a cabo la abducción generalizada.

            Escucho, veo y huelo lo que sucede tratando de resultar ileso ante cualquier agresión o fanatismo. Llego a casa de mi madre y ahí encuentro a mi hermano mayor. Nos abrazamos tanto tiempo como no lo habíamos hecho. Sus ojos me miran desorbitados y su boca repite con insistencia que Dios ha castigado a los hombres, dejándolos solos en el infierno. Y sigue llorando por mi madre, su esposa y sus tres hijas. Pienso en mi hijo, que trabaja en otro estado. Me consuelo al saber que él no ha desaparecido, aunque me pregunto si ese no será en realidad su castigo. Junto a mi hermano, escucho por la radio que una turba de miles de hombres asaltó una cárcel con la complicidad de los mismos guardias, y que a varios presos por feminicidio, violación y violencia a las mujeres los lincharon y quemaron en una pira humana, liberando al resto de los reclusos. Nadie detendrá esto, lo sé, hasta que ellas aparezcan o yo despierte de esta pesadilla.

            La noche cae densa como ala de cuervo. Los teléfonos funcionan a ratos y sigo insistiendo en comunicarme. Me emociono cuando conecta la llamada en el celular de mi hija, pero no contesta. Me aferro aún a una explicación cuerda, a creer que todo esto fue planeado y de alguna manera algo o alguien lo resolverá. Varias punzadas en el estómago me recuerdan que no he comido en todo el día. Al buscar en el refrigerador encuentro tortitas de colorines cocinadas en salsa verde y un poco de arroz. Mi hermano y yo comemos sin hambre el mismo guiso que nos encantaba de pequeños, como si mi madre hubiera sabido que estaríamos ahí, extrañándola y preguntándonos si volveríamos a verla. El llanto fluye sin vergüenza alguna y condimenta cada uno de los bocados.

            Paradójicamente, las calles se van quedando vacías poco a poco. Los hombres se repliegan en sus hogares, al parecer convencidos de que ningún milagro acontecerá afuera. En la casas quedan los efluvios femeninos, sus destellos vagan por todas partes. A ellos nos aferramos para mitigar nuestra invalidez, igual que abejas buscando inútilmente néctar en flores muertas, y que encuentran solamente vapores. Vuelvo a casa lo más rápido posible; mi hermano también a la suya. Por el camino me doy cuenta de ceremonias funerales para muchos hombres caídos, rituales desangelados porque muy pocos somos capaces de conectar vida y muerte a través de rezos; la historia no nos lo enseñó a nosotros. Las brujas conocedoras de estas magias que mitigan la soledad humana son ellas, y ya se fueron.

            Al llegar al fraccionamiento un grupo nutrido de vecinos hace guardia alrededor de una fogata, sin saber bien a bien cuál es la razón para hacerlo, pero entiendo que es una mejor manera de esperar nadie sabe qué cosa y de sobrevivir al absurdo que nos envuelve. Paso de largo después de saludar sin mucho ánimo. Necesito estar en casa, donde al menos habitan sus recuerdos.

            Abro la puertecilla de la entrada y entonces reparo en mi perro abandonado. La culpa me abruma. ¿Cómo pude olvidarlo? Lo abrazo y lloro con él. También lo sabe; su mirada triste de párpados caídos me lo dice. Después de alimentarlo, entra conmigo en la casa. Durante largo rato voy llorando mi abatimiento por cada rincón que me las recuerda. De pronto me sobresalta el sonido del teléfono. Mi corazón golpea duro por la emoción. ¿Papá?, suena del otro lado la voz de mi hijo. En medio de la gran desolación brota una alegría. Lo abrazo con mi voz; me abraza: “Ya estoy en la ciudad, papá, pude llegar hasta casa de la abuela. He vivido momentos terribles, las extraño tanto como tú. No quiero arriesgarme volviendo a salir. Mañana me reuniré contigo”. Soy una planta en medio del desierto. Una sola gota, ¡una!, grande y curativa, ha caído en medio de mi pecho. Me da miedo terminar la llamada, dejar de escucharlo y decirle cuánto lo quiero; no vaya a suceder que mañana todos hayamos desaparecido.

Al fin dejo el teléfono y subo a mi recámara. Ahí sucede lo inesperado: mi tristeza se convierte en una materia indefinible que me rodea, como si mi esposa fuera el aire y oprimiera cada centímetro de mi piel. Se me dificulta respirar, pero al hacerlo, voy llenándome poco a poco de una especie de certezas que estructuran mi nueva emoción, vislumbres súbitas que me llevan a experimentar saberes antes ignorados en mí, igual a auroras que han estado siempre frente a mis ojos sin poder yo descubrirlas. Me estremezco nuevamente hasta las lágrimas. Sé que ella está aquí conmigo, y en ella todas las demás. De pronto me siento depositario de un conocimiento divino, descendido desde las diosas griegas, mayas, hindúes, africanas, vikingas o mexicas; no lo sé. Una paz y un amor inconmensurable por todas las mujeres vencen mis resistencias. Es un vino que entra por mis poros y embriaga por completo mi cuerpo. En mi mente nace una luz intensa que aniquila todos los temores y me arroja a la cama, preso de la embriaguez y el deseo de esfumarme en el sueño. Antes de hundirme por completo en la almohada, alcanzo a imaginar sus contornos en su lado del aposento.

 

Alrededor de las dos o tres de la madrugada, como cada noche, me levanto a orinar. A tientas camino hacia el baño con los ojos semicerrados. Mientras lo hago voy despertando de nuevo a la triste realidad sin ella, sin ellas. Pesado como mi tristeza, me siento en la taza del baño; desde hace muchos años lo hago así por respeto a las mujeres. Mi próstata, testaruda mujer rolliza, anda en pleito con mi vejiga y me detiene ahí más tiempo del acostumbrado, el suficiente para despertarme por completo a la tragedia, libre ya del alivio que me dio la mística experiencia de horas antes. Lloro a chorros esta madrugada del diez de marzo y pienso en la pistola que guardo bajo llave en el armario. De pronto… la escucho: ¿Ya casi sales, amor? ¡No puede ser! Tiemblo y no soy capaz de articular respuesta alguna. La felicidad también es capaz de aterrarnos. La oigo nuevamente, es una sola palabra suya que me devuelve al paraíso, inquieta, vibrante y llena de dudas, como la vida: ¿Amor?...

 

Lunes, 02 Marzo 2020 08:28

Nacido el ocho de marzo

Desde hace semanas está ausente. Su rostro es luna lejana que esconde universos inaccesibles para él, quien la mira desde el pedazo de tierra al que desea afianzarse. Es una nube en busca de planetas distantes, es ala que no pretende morirse con las sentencias del cura, la suegra, la ley, la costumbre y Dios macho todopoderoso.

Ella era feliz, conjetura él, pero llegó ese libro a sus manos, esa canción chilena, un brillo desconocido en la mirada y aquella marcha de la que regresó como si hubiera encontrado otro credo, una bandera en rojo intenso sin águila ni reptil y sí con un puño enguantado estrellando el cielo lejano e indiferente. Su compañera entra en el silencio como buscando palabras que aún no hay en su vocabulario y el hombre tiene miedo de que las aprenda y de no tener él la capacidad para reducirlas a la nada, como le han enseñado los siglos de historia que bebió sin cuestionar. Si un día sale del mutismo, lo hará convertida en otra muy distinta de la mujer triste que tuvo miedo y dijo: “sí, me caso contigo, porque la cárcel donde vivo tiene mucho moho y prefiero la tuya.”

Por las mañanas, al despedirse para ir cada uno a su trabajo, el beso no tiene la miel tierna de los primeros tiempos; es otro nuevo que sella un compromiso distinto, uno de tú a tú y de yo soy yo. Y su mirada, siente él, abre huecos en la suya, lo horada, lo traspasa y se va lejos; no es la misma que se detenía en su piel olorosa a lavanda porque ahí encontraba el paraíso, uno de espasmos intensos y orgasmos enceguecedores. Intenta con rosas, con recuperar los rituales del enamoramiento: abrirle de nuevo la puerta del coche, invitarla a cenar a lugares románticos, ternuras a la hora de comer, dormir, tener sexo o discutir los gastos de la semana; su imaginación masculina no da para más. Sin embargo, parece que ella va siempre adelante, ávida de páginas de libros y noticias, de canciones que clavan una daga en el centro de la versión romántica del amor; deseosa por salir de casa sin él y huir de la cocina impecable en la que se ha instalado el tedio, roto apenas por el ritual del primer café del día.

Una noche de viernes, después de hacerlo con una furia desconocida en su cuerpo frágil de mujer y de escucharla gritar su orgasmo como un grito revolucionario que debió llegar a tres cuadras a la redonda, él se sintió por primera vez utilizado, violado, reducido a corcel que se cabalga y abandona después en manos de un caballerango, mientras ella, desnuda, fuma un cigarro en la terraza y busca duendes en el bosquecillo de enfrente. Estoy cambiando, José, te habrás dado cuenta, le dice y guarda silencio enseguida, igual que él, quien pega la mejilla izquierda en la almohada y le da la espalda, contrariado. Ella lo abraza con súbita ternura, acariciando su pelo y murmurando en su oído: “Todo va a estar bien, pequeño, no tengas miedo”. Así duermen, niños viajeros en la cápsula reparadora del sueño, amándose con la transparencia de sus mutuos despertares.

Los días se deslizan, entre noticias de insurrecciones que desanudan esperanzas y virus que polinizan de miedo las calles. En los rostros de ambos han nacido matices nuevos, maneras de mirarse que dicen un mundo y callan otros. Él se atreve, suspira y recupera aquél diálogo sobre el bebé. Si ya la ciencia descubrió la manera en que un hombre puede preñarse, entonces embarázate tú, amor; definitivamente no nací para eso y no debo pedirte perdón, porque lo sabías. Le duele la manera en que ella cierra esa puerta, pero es cierto, lo sabía. ¿Por qué el amor pone telarañas en el cerebro para entender ciertas cosas desde el principio?, se pregunta mientras maneja rumbo al bar para encontrarse con amigos. Ella, mientras tanto, se queda sola pensando si es solo amor lo que le falta para atreverse y conceder. Bebe una copa de vino en la terraza y viaja hacia adentro, muy adentro: ahí hay una niña aterrada cuando su tío le regaló una muñeca rubia con sombrero y llena de pecas; la llevó de su cuarto al de sus padres, alegando pavor por la mirada azul que parecía seguirla a toda hora. También encuentra a sus pequeñas primas jugando a ser bellas, mientras ella prefería perderse por el camino largo que se hundía en el bosque y regresar con los zapatos llenos de lodo y con tres misterios enredados en su pelo suelto. Ve a su madre frente a la estufa, con ese semblante sumiso que afortunadamente ella no heredó, la imagina atada con grilletes al suelo y unas pequeñas alas muertas en la espalda. Se topa de frente con la adolescente insurrecta que una vez dijo a su maestra de español que era una arpía y en otra ocasión abandonó a sus padres en medio de una ceremonia religiosa para ir a tirar piedras en el río, acongojada por no saber hablar con la corriente de agua como sí podía hacerlo el ermitaño de un libro que leyó. Al final de su introspección ve muchos caminos que se abren frente a ella: en uno hay un afluente infinito de palabras con remansos lánguidos y rápidos furiosos; en otro corren trenes que anuncian viajes exóticos y están siempre a punto de partir; coplas alegres bordean uno más y trágicas canciones entristecen otro. Su esposo aparece a la vera de un sendero arbolado, sentado de espaldas al horizonte de lindos contornos que se ve al fondo; solo la ve a ella, la indaga, la abarca, la ensombrece con su mirada.

Un domingo a mediodía, después de regresar del gimnasio y hacer el amor con los espejos, todo músculo y pavoneo, no la encuentra en casa. Tampoco halla su ropa en el clóset y su cepillo dental de cerdas suaves en el baño, ni su tapete para meditar en la terraza ni sus palabras yendo y viniendo por los pasillos ni su perfume suave enamorando el aire. Al entrar al estudio, los libros de su esposa más queridos vuelan desesperados por la estancia, sin poder salir tras ella porque la ventana está cerrada; se ha marchitado la violeta en una esquina del escritorio y llora tinta la pluma a un lado de la nota, que dice: “He cambiado mucho, amor. O tal vez no, será solo que me he descubierto un poco tarde. Te sigo queriendo, pero amarte no me basta. No me busques, aún no tengo bien claro hacia dónde me dirijo. No me llevo todo, por si vuelvo. Besos, pequeño”.

Nace un silencio nuevo lleno de fantasmas. Los libros queman sus alas y regresan al estante; de cualquier modo la espera es su tarea perpetua. Sale a la calle, es la tristeza la que mueve sus pies. Se sabe casi muerto, pero hay una pequeña frase que lo mantiene vivo: “…por si vuelvo”.

Días después, en el mismo lugar desde el que ella partía hacia su interior, se ve al hombre sentado con las piernas cruzadas y la espalda recta. Una música suave lo acompaña en su viaje que inicia justo esta tarde del ocho de marzo, mientras afuera las calles de incendian de furor femenino.

             

 

Lunes, 24 Febrero 2020 05:41

Amor puro de grano

Vinicio Uribe llega a casa después de diez horas de trabajo. Se ducha con el firme propósito de arrojar por la coladera hasta el último resquicio de la tensión acumulada durante el día, virtud que ha desarrollado en los últimos años gracias a la meditación y ayudado también por los tres kilómetros de trote durante las mañanas, disciplinadamente, sobre todo desde el susto que se llevó debido a una crisis hipertensiva y al diagnóstico de prediabetes que nunca aceptó; e hizo bien, pues actualmente su condición de salud está muy lejos de la dulce amenaza debido al estricto régimen que se impuso, con dieta rigurosa, alcohol al mínimo y ejercicio.

            Hoy y mañana son días especiales para el prestigiado investigador y profesor universitario, experto en gobierno, políticas públicas, educación y prevención de la violencia, ya que están su hija y su adorado nieto en casa. Desde que Pablo nació, Vinicio descubrió una vocación insospechada de abuelo, de modo que para el chiquillo de seis años, heredero del mismo temperamento estridente y enjundioso de su papá Vini, como acostumbra llamarlo, el único héroe que existe en el mundo es él. Mañana es día de partido de futbol para Pablito. Como cada dos sábados, Vinicio cambiará el saco y la corbata por pants, playera del Necaxa y cachucha de beisbolista, y con la mano hará girar la matraca para alentar al centro delantero más guapo que ha conocido el deporte de las patadas. Por lo pronto, toca noche de película y palomitas junto a la familia. Su mundo de grandes responsabilidades y ritmo frenético desaparece con el calor del hogar y la sonrisa de su nieto. Su esposa no puede reprimir un arranque de celos cuando le pide a Pablo sentarse a su lado y se niega; nada ni nadie hará que salga de los brazos de papá Vini.

            Una llamada telefónica interrumpe el idilio de viernes por la noche. Es su hija quien descuelga el auricular. Del otro lado de la línea la voz esconde a una mujer aún joven. Es para ti, papá, debe ser alguna de tus admiradoras o alumnas del doctorado. Con buen ánimo toma el teléfono y escucha a la dama, quien le dice su nombre y pide unos minutos de su tiempo. Obviamente no se conocen y ella ofrece una disculpa anticipada por lo que está a punto de decirle, asunto tan delicado y sui géneris que amerita una transcripción precisa del diálogo:

―Doctor Vinicio, le ruego escuchar atentamente lo que quiero pedirle; lo hago a nombre de mi madre, a quien usted sí conoce.

            ―Espera un momento, señorita, por favor.

            Se disculpa con su familia y va hacia su estudio, ante los reclamos de Pablito.

            ―Te juro que me has intrigado. Adelante, quiero escucharte.

            ―Doctor, mi madre no se atrevió a llamarlo personalmente. Pidió que yo lo hiciera. Vino a México por breve tiempo y en dos días debe regresar a Abington, Massachusetts, donde reside. Ella me ha dicho que…

            ―Por favor, ¡dímelo!

            ―Ella me confió que usted es el amor de su vida, aunque se haya casado con otro hombre, con… mi padre.

            Vinicio enmudece. La copa de vino que bebió un rato antes le hace efecto ahora. Tarda segundos en reaccionar.

            ―Pero… muchacha, ¿de qué se trata esto? ¿No estás confundiéndote conmigo? ¿Me puedes decir ya quién es ella?

            ―Se llama Dolores. ¿La recuerda? Estudio con usted los dos primeros años de Contabilidad, aunque después abandonó la universidad y se fue de aquí.

            ―Me prometí olvidar todo de ese pasado negro en mi vida: haber estudiado contabilidad. No me hagas caso, es una broma de pésimo gusto. Dolores… ¿Arruñada? ¡Claro!, ¡mi querida Lolita! Una hermosura de mujer; tan gentil, además.

            ―La misma, doctor.

            Visiblemente contrariado por una emoción inesperada, bajó la voz por temor a ser escuchado desde la sala.

            ―Pero… ¿qué es lo que has dicho? ¿Yo, el amor de su vida? Jamás imaginé que ella pensara así sobre mí. Antes que otra cosa fuimos muy buenos amigos, sin embargo… debo aceptar que ella me gustaba mucho; a todos los del grupo nos gustaba. Cierto, durante una fiesta en su casa sucedió algo que… En fin, no viene al caso hablar contigo sobre aquello, disculpa. Fue algo muy…

            ―Doctor Vinicio, mi madre ha dado seguimiento a su carrera y sus logros. Incluso estuvo a punto de buscarlo cuando usted cursó el doctorado en Harvard. Ella ya vivía en Abington, muy cerca de Cambridge. Reprimió su deseo porque estaba casada y usted también.

            ―Bueno, ¿cómo está ella? ¿A qué viene esto después de… 35 años o más? ¿Cuál es la razón de que tú, su hija, vengas ahora a decirme tales cosas?

            ―Ella quiere verlo, doctor. Mañana, si es posible. Tampoco entiendo demasiado sus razones, pero insiste mucho en que deben verse.

            Vinicio guarda silencio. Toda su vida ha encajado sus decisiones y actos en el estricto orden que le dictan su rutina de trabajo y la dedicación a su familia. Ahora, de pronto, una situación que no puede confiar a su esposa y una persona que creía olvidada en la bruma de aquellos años lejanos, le sacuden el pecho con emociones que le resultan casi extrañas, pero embriagantes a la vez.

            ―Está bien, pero debe ser por la tarde.

            ―Gracias, doctor. Se lo diré. ¿Le parece bien a las cinco, en el Café Vienés?

            ―Perfecto, ahí estaré. ¿Tú crees que después de tanto tiempo no nos cueste algún trabajo reconocernos?

            ―No creo. Ella sigue vistiendo de blanco, como casi toda su vida. Ahora usa el pelo corto y está muy delgada, pero su sonrisa sigue siendo la misma.

            ―Dile que yo sigo con el mismo semblante de niño asombrado, como me lo dijo alguna vez. No me lo han podido cambiar ni los años ni las canas.

            Al regresar a la sala, el bueno de la película ya ha vencido al malo, el platón con las palomitas está vacío y su nieto parpadea en un intento de vencer el sueño, acurrucado en los brazos de su abuela. Esa noche sueña que está en una fiesta bebiendo vino sin freno y bailando con la joven más hermosa. De pronto ella se vuelve humo entre sus manos y se eleva lentamente, mientras él hace esfuerzos inútiles por alcanzarla.

Al siguiente día encuentra el lugar casi vacío, para su beneplácito. Quince minutos antes de las cinco está instalado en una mesa del fondo. Para mitigar la ansiedad que le causa el inminente encuentro, lee una columna en el periódico que analiza las polémicas declaraciones del Presidente durante la conferencia mañanera del día anterior, respecto al desabasto de medicinas para el tratamiento de los niños con cáncer.

Es cierto, su sonrisa es la misma a pesar de los sellos que deja el paso del tiempo en un rostro hermoso de mujer, e igual su modo de caminar, la humedad de agua tibia en su mirada y ese aroma de rosas al tenerla cerca. Luminosa como el sol de mediodía, lo mira sin una palabra de por medio que rompa el encanto. Vinicio lamenta haber pedido café en vez de un buen brandy, para acompañar mejor la impresión de verla. Se levanta para recibirla. El abrazo es largo, tierno, silencioso. Al fin las palabras saltan al ruedo, impetuosas.

―Es increíble, Vinicio. Tienes el mismo rostro que he imaginado todo este tiempo. Me place saber que el amor de mi vida solo haya encanecido en vez de envejecer.

―Tú sigues siendo la misma que nos volvía locos a todos.

―Si en verdad te hubieras vuelto loco conmigo, querido, otras hubieran sido nuestras vidas. Una sola noche no me fue suficiente. Y tal vez ni siquiera la recuerdes bien, ¿verdad, bribón?

―Lolita, mi querida Lolita, ¡qué buena manera de iniciar un diálogo después de tantos años! ¡Anda!, dime primero qué quieres beber y luego desenterramos los recuerdos.

―Café, igual que tú. Tal vez nos besemos en algún momento y así nuestras bocas no tendrán pretexto para rechazarse.

―Ja, ja, ja... Sigues siendo encantadora, igual que esa noche que... Tienes algo de razón, no la recuerdo con la misma claridad que tú... Qué pena contigo, no debí embriagarme como lo hice, y en tu casa. ¡Dios! No debió pasar, pero pasó.

―Si no hubieras sido tan recto, Vinicio, hubieras insistido y seguramente yo hubiera mandado al diablo a Ernesto, y tú a la noviecita de entonces.

― ¡Estabas a punto de casarte con él! Además, nunca pensé que fueras capaz algún día de enamorarte de mí.

―Ya estaba enamorada de ti desde entonces, ¡tontillo! Y sabía que podría llegar a quererte mucho. En fin... Cuéntame de tu vida, Vinicio, al menos ahora déjame saber todo de ti, no me basta con leer tus artículos en el periódico o saber que has publicado un nuevo libro.

―No creo que resulte muy interesante hablar de mis asuntos profesionales. Yo...

―Sólo háblame de lo que sea, con esa pasión que tienes siempre. Tenemos poco tiempo, querido, demasiado poco.

El diálogo continúa, intenso, porque hay circunstancias de la vida en que los segundos valen oro, como ahora. La noche los sorprende riendo a carcajadas, con sabor a tarta de limón y café cargado. Después de un largo silencio que augura ya el final del encuentro llegan las preguntas fundamentales.

―Lolita, ¿por qué te casaste con Ernesto, si no lo amabas?

―Tal vez porque no volviste a acercarte a mí, ni me hiciste el amor una vez más. A Ernesto sí lo quería, pero jamás como pude llegar a quererte a ti. Lo sé muy bien. Además, el amor no es la única razón por la que una mujer se casa con un hombre.

―Cierto, yo no hubiera podido darte lo que él en ese entonces.

―Hay una razón más por la que decidí casarme con él, pero esa la callaré hasta mi muerte.

― ¡Huy! Ese sí me pareció un parlamento de telenovela.

Ella calla mientras bebe los restos del segundo café. Después pregunta:

―Y tú, Vinicio, ¿has sido feliz todo este tiempo?

― ¿Cómo se mide la felicidad, Lolita? Si haber viajado tanto, escrito mucho más, tener un hijo que pronto se doctorará en física nuclear, una hija maravillosa que me ha dado un nieto que adoro y una esposa que ha estado siempre a mi lado, a la que indudablemente amo y ha soportado bondadosa mis ausencias y desvaríos intelectuales; si todo eso, más el café y el vino tinto son la felicidad, entonces sí, he sido feliz.

―Me alegra escucharlo.

― ¿Tú eres feliz ahora con Ernesto?

―Ya no se puede ser tan feliz con un muerto.

―Disculpa, yo no imaginé que él…

―No tienes por qué disculparte. Han pasado varios años desde que murió; prematuramente, claro. No puedo quejarme lo mínimo de mi vida a su lado, creo que me amó más de lo que yo a él. Después de que nació Vania, ya no pudo… Bueno, ya no pudimos tener otro hijo, el varón que él deseaba. Eso lo amargó un poco. Sin embargo, fue un hombre maravilloso, no me faltó nada a su lado. Unos años después de que partió, quise buscarte, pero no soy alguien que guste hacer daño a nadie, menos a una familia.

― ¿Y por qué piensas que yo, que te di tan poco, o nada, soy el amor de tu vida? No es justo para Ernesto que digas eso, ni para ti.

―Eso no se piensa, Vinicio; mucho menos se elige. Solo es así y ya. Además, me diste más de lo que tú crees, mucho más.

―No digas eso. Yo… no sé qué pudo haber pasado si te hubieras quedado aquí. Poco después de lo que sucedió entre nosotros, dejaste la universidad y no supe más de ti.

―Era necesario marcharme. En este momento no lo entenderías. Vinicio, debo retirarme.

―Lo entiendo, Lolita. Se ha hecho tarde.

―Gracias por haber venido. No sabes lo importante que es para mí.

―Soy yo quien te agradece. He sido feliz esta tarde contigo. Entiendo que te vas pronto. Deseo que tengas buen viaje y sigamos en contacto de algún modo.

―Estoy haciendo lo necesario para tener buen viaje… Y claro que seguiremos siempre en contacto. Ya lo verás.

Lo que sigue es un silencio de miradas con oleaje salino. Segundos para sellar un compromiso de amor a distancia, sin espacios comunes ni camas compartidas, sin siquiera palabras que definan la certidumbre de un amor sin rituales cotidianos.

El abrazo de despedida dura más que el de inicio.

 

Tres meses después, curiosamente también en día sábado, al regresar del partido de futbol de Pablito, quien esa mañana metió dos goles y logró que el abuelo se pavoneara de orgullo al caminar, Vinicio Uribe recibe nuevamente la llamada telefónica de Vania. Esa vez es él quien levanta el auricular.

            ―Sí, diga.

            ― ¿Doctor Uribe?

            ―El mismo.

            ―Soy Vania.

            ― ¿Vania? Ah, sí, claro. ¡Qué sorpresa! ¿Cómo estás? ¿Cómo está tu madre?

            Ella no puede responder de inmediato, un nudo en la garganta la impide. A pesar de no verla, Vinicio percibe su emoción y se estremece. Segundos después escucha su voz entrecortada.

            ―Mamá al fin se fue de viaje. Me pidió que te lo dijera, papá.

            ― …

 

 

Lunes, 17 Febrero 2020 05:31

Heptálogo para remendar un corazón

I

Parece obvio, pero primero debes asegurarte de tener quien te lo rompa, aunque a veces sucede que no te lo propones y la vida se encarga de ponerte enfrente a quien lo haga. Como sea, y bajo la premisa de que todos buscamos el amor, procura no poner el anhelo de tus glándulas hormonales y la sagacidad de tus neuronas en alguien demasiado codiciado, con atributos que satisfagan las leyes del mercado amoroso creadas por los grandes estafadores de los medios de comunicación, que son capaces de vender a un sapo por príncipe e imponer como moda un taparrabos. Una vez que las fisuras sean evidentes por las angustias de tu pecho, date a escuchar canciones de amores trágicos; nuestra tradición musical vernácula tiene mucho para ofrecerte y ayuda a sublimar el dolor antes de que el desangrado sea considerable y ponga en riesgo serio la vida.

 

II

Las abuelas de antes sugieren utilizar hilos de plata para remendar heridas leves, si fue una nube de baja altura en la que te encaramaste, y no de tormenta. Si la caída fue desde un nubarrón denso que te elevó hasta donde a Ícaro empezaron a derretírsele las alas, es imprescindible que aguja e hilo sean de oro, y el zurcido fino y lento. No importa si eres mujer u hombre, tratándose de amores la membrana protectora de la gran víscera es delicada en uno y otro. La cura más rápida es la que prescinde de la anestesia: dejar que las agujas traspasen el núcleo de cada célula y el dolor también. Sobrevivirás y, resiliente, pondrás escudo de acero en tu pecho y faros de aviso en tu mirada.

 

III

Puedes optar por narcotizar el corazón, a fin de que el remiendo no duela y ni siquiera te des cuenta. Cuando vuelvas en sí quedará una tristeza fácilmente llorable y relativamente gozosa. Como narcótico vale usar alcohol en dosis controladas o algún estupefaciente que no cause adicción. Lo más sano son las endorfinas que segrega tu propio cuerpo. Con ejercicio diario y sesiones de sexo simplemente terapéuticas verás que no sufres las puntadas; en cuanto a lo segundo, el problema es encontrar quien sirva para el caso sin que involucre más que el instinto. Como sustituto del sexo sin compromisos, y a fin de no comprometer tu moral por si la arrastras voluminosa y densa, intenta enloquecer y reírte de todos y por todo. Si ya en la Grecia antigua Aristófanes utilizaba el teatro para generar catarsis a través de la risa, ¿por qué no reírnos hoy de nuestra propia desgracia para reducirla o desaparecerla? Cose tu corazón narcotizado con el ungüento de la alegría.

 

IV

Remendar el corazón en el mar resulta la opción más favorable, pues el agua marina cicatriza heridas y es el mayor reconstituyente de minerales de nuestro cuerpo. Hay referencias de antes de Cristo sobre sanadores que usaban el agua de mar como fuente curativa de muchas enfermedades. Incluso Eurípides, que algo debió saber sobre pasiones humanas y heridas cardiacas, ya difundía en su tiempo que el agua salina curaba los males del hombre. Sin embargo, ¡cuidado! Por extrañas causas, quien se satura de mar a menudo ve preñado su cuerpo y sus emociones. No vaya a ser que en vez de quedar con un corazón bien remendado, Poseidón te regale un embarazo imprevisto con riesgo inminente de nuevas desgarraduras ventriculares. Es recomendable hacer uso de repelente para insectos de dos patas con piel bronceada y sonrisa encantadora, pues tales bichos y bichas son expertos en romper corazones en menos tiempo del que tardas en darte cuenta. Un corazón recosido resulta vulnerable en extremo ante tales circunstancias.

 

V

Selene, la hermosa que ilumina la comba celeste cuando Febo duerme, es, a decir de muchos, la mejor remendadora de corazones. Borda lento con hilos de luz y lo hace mejor si se acompaña con música de violines. Pero ya dijo el gran poeta chiapaneco que deben ser dosis precisas y controladas de jarabe lunar, porque en exceso un corazón zurcido por la luna puede quedar para siempre extraviado en su luminiscencia, y no lograrán traerlo de vuelta ni los perros que cantan a su amada luminosa en esas noches cuando ella luce radiante su vestido blanco. Hilvanar el corazón con la luna solo es apto para aquellos de espíritu superior que han probado el ayuno de amor y saben lidiar con el dios Eros vestido de poeta, y no como el niño pendenciero que ven los rústicos amorosos.

 

VI

Los versos, dardos que envenenan cualquier corazón herido, son eficientes también para la sanación, mas no con todos. Es deseable y hasta imprescindible un poco de locura, además de masoquismo romántico a toda prueba. Aquellos que  comprendieron que el amor es una punta de montaña al que pocos acceden, cargan una coraza de escepticismo sarcástico que los salva de los grandes sufrimientos, y atrapan el presente si es bello porque saben que mañana no lo será. Por eso, cuando besan muerden, si acarician aprietan, si penetran se quedan adentro lo más posible y si ríen estremecen las ramas de los árboles; cuando les toca llorar, escuchan o hacen nacer los versos y con ellos cavan ríos para que sus lágrimas lleguen hasta el mar. Son los elegidos, los que se cortan las venas y acaban con todo sin aspavientos, o los que escriben el amor y sus martirios para dejarlo luego marchar tras otras presas. Si pudiéramos ver sus corazones, tendrían tantas fisuras y remiendos como el cielo tiene estrellas.

 

VII

La última alternativa que me atrevo a comentar, yo que tengo el corazón partido y siempre con un ligero destilado bermellón por entre sus rajaduras, es que dejes el corazón sin remiendo. Conservarlo así en ocasiones es bueno para vivir, pues el drenado tiene sus ventajas, sobre todo si dedicas tus tiempos de trabajo, asueto y sueño a algo que no sea contar dinero, explotar al prójimo, reprimir la vida, juzgar a los demás, divulgar verdades que no son y persignarte noche y día. Si eres libre de espíritu un poco de sangre de tu corazón abre las puertas del misterio y echa fuera los resentimientos, colorea las metáforas, vuelve poderosas las imágenes de los versos y gozosas las aliteraciones. Un corazón ligeramente expuesto pinta mejor tus labios para la aventura de otra boca y enerva tus emociones para no olvidar que sigues vivo. Y si se trata de llorar porque el mundo es imperfecto y un niño abandonado llora triste en la banqueta junto a un perro con la pata rota, es bueno que una leve herida siga abierta. Duda siempre de quien tenga el corazón sellado por completo. Si el corazón sangra unas cuantas gotas, es posible arrebatarle al amor un poco de imposible, convertirse en poeta cuando no hay luna y se extraña a un bardo entre las sombras; ayuda a no olvidar que existen los tiranos, que a menudo Dios es una mujer y que la distopía es la cama donde duerme y despierta la esperanza. Por eso sangra, corazón mío, pero no me mates. Y tú, remendador, descansa un poco, deja en paz aguja e hilo, no vaya a ser que mueras de tanto corazón herido entre tus manos.

 

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