Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 13 Julio 2020 05:37

Fuga en goauche

A Gumersindo Tapia, pintor morelense

Bálsamo, mi buen amigo. Esa es la palabra que giraba por ahí sin llegar a mí. Ese afán de intelectualizar y poner rostro circunspecto para encontrar tres o cuatro frases sesudas que califiquen un trabajo artístico, lo jode todo. Reduzco mi impresión a esta palabra: bálsamo.

Lunes, 06 Julio 2020 05:49

De marítimo silencio

Debiste haber muerto tú y no otros, piensas. Ser a estas alturas recuerdo fresco y añoranza dudosa. Sin embargo aquí sigues, con tu vida barata de lleve tres por el precio de uno. Sigues ahí, inútil frente al mismo cuadro que cuelga de la pared en el que se han perdido tus sueños de sentido: son dos poltronas de madera blanca en una terraza frente al mar; luz blanquísima las baña. Una apunta al frente desafiando la luz matutina y la otra da la espalda a las olas. En versión fantasma estás sentado en la primera reposera, transparente de sol. En la segunda está sentada ella, bellísima y dulce como la has soñado siempre. Te mira arrobada los pectorales fuertes que tu imaginación ha cultivado con disciplina y ese aire de pirata con el que tu mirada perfora el horizonte. No hay nada más en el cuadro, sólo las poltronas, el barandal blanco que parte en rayas la luz, la playa larga, nubes flotantes perezosas y las lejanas siluetas de dos gaviotas, minúsculas sonrisas en el aire.

Es lunes. Normalmente te importa poco que lo sea, porque siempre lo vives como si fuera domingo o viernes; aunque este lunes es diferente. Te fastidia que los días tengan nombre, que cada uno indique para la mayoría de los mortales un ritmo distinto, un color diferente, una posibilidad limitada en cada uno de ellos. Te consideras más allá de esas pobrezas. Para ti, que eres un dios ignorado, basta abrir la ventana para decretar con cínico denuedo la cualidad de una mañana o el matiz de una tarde. Si lo decides cualquier día es sábado y te embriagas, aunque el calendario indique miércoles y los camiones estén atestados de personas tristes que van o vienen del trabajo. Demiurgo, vives siempre en la resaca gozosa, y cuando estás a punto de padecer ligeras culpas y angustias corporales o del alma, te metes en el cuerpo algo urgente y flotas nuevamente en la levedad más improductiva.

Ayer vino a verte tu hija, el único motivo por el que logras sentirte por momentos un hombre normal. Le preguntaste por la escuela y por su madre, esperando escuchar algo sobre ella que te confirme que no es superior a ti. Si te dejó es por saber que no la soportabas más y aquél con quien vive es un mequetrefe sin el carisma, la sensibilidad y el ojo estético con el que crees mirar al mundo. Te consuela pensar de ese modo para sacarte de la cabeza que el otro es más joven, sano y amable que tú. Además, es pobre, te lo dices saboreando las imágenes del tipo entrando y saliendo de una oficina con su corbata barata después de ocho o diez horas de trabajo, algo impensable en tu caso, porque si alguna vez has hecho algo parecido a trabajar fue al dedicarte por un tiempo a criar perros de raza o cuando te dio por hacerla de músico bufón en un mariachi, cuya secuela es el hábito grotesco de vestirte de charro cada día de fiesta patriótica.

Bendita abuela criolla que te heredó la pequeña fortuna que dilapidas poco a poco en alcohol, estupefacientes y mujeres. Si tu bisabuelo español hubiera sabido que un descendiente suyo se encargaría de echar abajo su vida de trabajo y pulcritud, como exiliado en nuestro país al huir de la guerra civil en su patria, no se habría esforzado tanto para asegurar el futuro de sus descendientes.

Un rescoldo de vergüenza te lleva a cuestionar por qué son otros los que mueren y no tú. No sigues ningún protocolo de auto cuidado, te trasportas a diario en taxi, pocas horas del día no tienes una cerveza en la mano, duermes poco, compras sexo, marihuana, cocaína; entras y sales por todas partes y tus amigos son crápulas y bohemios de cantinas de alcurnia o proletarias. Y aquí sigues, sin que te pille el maldito bicho. ¿Por qué no te mueres tú si no produces nada ni sirves a nadie?, ¿por qué el tal Dios en el que nunca has creído te mantiene vivo para demostrar que eres el más grande de sus absurdos? Es misterio divino que nadie sabe dilucidar.

Hace unos días te enteraste de la muerte del médico al que eventualmente visitas, cuyos únicos vicios eran el buen humor y los refrescos de cola; tu hija te comentó ayer sobre el fallecimiento de uno de los maestros de la universidad, que al parecer tenía un poco alto el nivel de glucosa. Para colmo, hoy, y esa es la noticia que te tiene en insólita introspección, el hermano mayor de tu ex mujer también partió a mejor vida. Nunca conociste a otro hombre con hábitos más sanos que él, amante de su familia y devoto de su fe, aunque hipertenso por la autoexigencia laboral. Algo no está bien, piensas. Parece que se equivocan los pregoneros de la vida sustentada en principios, fe y contención. Revisas las estadísticas del día y ahí no aparecen datos acerca de fallecidos por el virus a causa de su adicción al alcohol, las drogas, el sexo, las mujeres casadas y la vida disipada en luces de neón, tipos con la capacidad de acortar o alargar el tiempo de acuerdo al antojo personal.

Ordenas a domicilio un arreglo floral de crisantemos. Extraes del armario el saco obscuro que hace lustros no portas, cambias tu camisa eternamente tropical por otra de vestir y tus pantalones de mezclilla ajustados por otros formales, elijes unos lentes que no parezcan de turista para ocultar las ojeras permanentes en tu rostro, lavas a conciencia tus dientes y usas enjuague bucal para tratar de disipar el aliento alcohólico cotidiano; esta última pretensión es casi imposible. Pides el taxi y te diriges a la funeraria en la que incinerarán en breve a tu ex cuñado. Antes pasas a la farmacia por un cubrebocas. Sabes que hierba mala nunca muere, pero decides cumplir con el protocolo para evitar un desaguisado con Martha, tu ex. A pesar de todo, su hermano siempre te cayó bien y fue el único que mostró una sincera simpatía por ti. Alguna vez lograste llevártelo de farra a un congal de mala muerte y jamás lo viste tan feliz, aunque al siguiente día mostró una cara de arrepentimiento y culpa que le duró meses. Esa vez, en el furor del alcohol, te confesó que el sexo con su mujer había pasado a ser una quinta o sexta necesidad y que desearía tener una amante. Pobre Ignacio, nunca se atrevió. Sus pecadillos, de consumarse, estuvieran hoy a punto de convertirse en cenizas y tal vez hubiese navegado los días con algo parecido a una sonrisa en la cara y un brillito insolente en la mirada, no con esa mueca adusta de hombre digno que tenía dibujada todo el tiempo.

Al llegar descubres que el acceso está limitado a unas cuantas personas, por protocolo de seguridad. Pides que anuncien con Martha tu deseo de ingresar a despedir a su hermano. Esperas dos minutos y te anuncian lo que no imaginaste: se te prohíbe la entrada. Alcanzas a percibir una ligera agitación en el interior del lugar, producida por la posibilidad de tu ingreso en él. No insistes ni deseas alegar con nadie, comprendes que tu fama de bicho raro representa un peligro para la salud y la dignidad de la casa funeraria. Eres un riesgo para los demás a pesar de tu cuenta bancaria y de tus inversiones financieras que permiten tu caótica vida. La etiqueta la llevas pegada en la frente desde hace mucho y Martha se ha encargado de hacerla más visible. Sonríes con cierto sarcasmo que esta vez es fingido, porque en realidad algo te quema por dentro. Haces un saludo parecido al del soldado mirando a la entrada del recinto mientras pronuncias en voz baja: “A la orden, mi coronela”, como solías hacerlo en tono burlesco cada vez que Martha trataba de ordenar tu vida reconviniéndote sobre tus actitudes y acciones. Dejas en manos del empleado el arreglo floral y te retiras tratando de estabilizar la oleada de emociones que te agita adentro, sin saber que el joven recibirá la indicación de tirar a la basura los crisantemos blancos, sospechosos de portar, además del bicho odiado por todos, las máculas de tu vida juzgada como libertina.

Al regresar a casa vas instintivamente hacia la cantina de madera barroca que decora un rincón de la sala, herencia del abuelo que contrasta abruptamente con los demás muebles modernos de la estancia. Llevas casi tres horas de abstinencia y por eso llenas generosamente el vaso de tu escocés preferido. Hacía semanas que no te tocaba una de esas tristezas sin causa precisa. La que sientes ahora te ha dejado sin fuerzas, como si hubieras salido a correr diez kilómetros y no a despedir a un muerto. Vas hacia tu lugar favorito con el old fashion y un cigarro encendido en la mano.

Tienes otra vez enfrente el enorme cuadro que te hace viajar al mar. Las poltronas de madera están solas. Esta vez tu imaginación no quiere dibujarte en una de ellas ni a la mujer hermosa que te mira desde la otra.  Ni siquiera puedes oír las olas del mar y las gaviotas son dos pequeñas líneas mal puestas en un cielo que esta vez se te antoja más gris que blanco. La marítima soledad es infinita, más silenciosa que un templo, salada como las lágrimas que empiezan a correr por tu rostro. Sabes bien que no lloras por Ignacio, el fallecido, ni por Martha o por la relativa ausencia de tu hija, ni por ninguna de tus amantes que no han dejado más que estertores en tu cama y huecos en tu pecho. Tal vez lloras por ti, por el que está perdido y no encuentras, por el niño que soñaba con construir barcos y dar la vuelta al mundo en ellos; por ese que quisiera estar sentando en la poltrona frente al mar y recibir la mirada de una dama dulce que no observa sus fuertes pectorales inexistentes, sino sus ojos que quieren mirar distinto, sin la vidriosa luz alcohólica de todos los días.

Mientras tanto, bebes con cierta desesperación del vaso y continúa manando un mar de tus lagrimales, un océano tan vasto como el que tienes enfrente. Experimentas la sensación de que te falta el aire. La pregunta te lacera y clava alfileres invisibles por todas partes: ¿por qué sigo vivo? 

 

 

Lunes, 29 Junio 2020 05:36

HAIKUS PARA UNA NOCHE LARGA

I

Los grillos cantan

baladas de alabanza

a la nostalgia.

 

II

Si yo llevara

luces de luciérnaga,

sería esperanza.

 

III

Consuela el vuelo

del colibrí aleteando

tras la ventana.

 

IV

Las calles lloran

vapores de agonía

sobre el asfalto.

 

V

No soy el miedo;

sí un péndulo agotando

sus bamboleos.

 

VI

Salí a buscarte,

mas las bocas cubiertas

no te nombraron.

 

VII

Llegó el ocaso

y los números rojos

eran los mismos.

 

VIII

La ardilla salta

sobre ramas y alturas.

¡Quién fuera ella!

 

IX

Por si la pierdo,

guarece mi ilusión

bajo tu falda.

 

X

El sol levanta

las cortinas de humo;

me espera el mar.

 

XI

¡Por fin el alba!

Lanzaré mi atarraya

sobre tus peces.

 

XII

Como una gota,

desciende la espesura

de mi silencio.

 

XIII

En el delirio

parvadas de gaviotas

vuelan conmigo.

 

XIV

Ya trae el viento

bondades de pan y miel.

¡Somos el hambre!

 

XV

Si gritas, grito;

si rompes los cristales,

soy el macillo.

 

XVI

¡Grítame, boca!

No regales tu furor

a los silencios.

 

XVII

La pequeña flor

abre sus anhelados

pétalos de luz.

 

XVIII

Tiende a mi lado

el vibrante arcoíris

de tu esperanza.

 

XIX

Los que se fueron:

diamantes encendidos,

brazas perennes.

 

XX

Suena el tambor

y un ritmo de hormiguero

deja los nidos.

 

XXI

¡No más palabras!

Quiero el riesgo del mundo

en tu mirada.

 

Lunes, 15 Junio 2020 06:02

Hembra con abanico

No sabía cuánto cabe en un aullido hasta esta madrugada en que rondan los moscos zumbando tras mi sangre. No lo sabía porque los aúllos de esta noche no son distantes, de esos que uno escucha sin querer escudriñar las penas que esconden. Son lamentos cercanos. Nacen justo debajo del balcón de mi recámara, tan cerca que al lograr dormir de nuevo parece que soy yo quien abre sus fauces dolorosas para emitirlos. Razones no le faltan a mi sueño en estos tiempos de miedo y hambruna para albergar una manada de lobos y una gran recua de corderos, sobre todo si duermes pensando en el paraíso y el inconsciente te regala retazos de los avernos.

            Mi perro está triste y es una tragedia. No lo es si mido su dolor con la tonta compasión que los humanos regalamos a nuestras mascotas; no lo es si compré a mi cachorro para hacerlo depositario de mis angustias y no para hacerme cargo de las suyas. ¿Alguien sabe cómo medir la nostalgia de un perro que a medianoche aúlla a una luna casquivana que se esconde tras las nubes? ¿Alguien tiene un antídoto para el mal de amores que padece robándole el sueño, el hambre y el garbo de su mirada?

            Ayer ella se fue, ligera y mona como si nada, moviendo el abanico de su cola con desparpajo indolente. Como si no supiera que su olor quedaría pegado por todas partes. En las paredes y en la colchoneta en que dormía, en el trasto donde se alimentaba y en el aire que no se llevó consigo. Ni siquiera volteó a mirarlo cuando subió al auto y se marchó en él, oteando al frente, con la sensación de aventura que experimenta un can ante aires nuevos. Él se quedó viéndola por la rejilla como si la vida se fuera. Sólo porque dirían que estoy loco y mi pasión animalista me ha vuelto un tipo raro; si no, les contaría a gotas sobre los mares que llenaron sus ojos y cómo vi tristes veleros en ellos alejándose entre la bruma. Pensé que al paso de las horas dejaría de dar vueltas desesperado y de buscar huellas de la damisela cuatripatas por los rincones del patio, entre gemidos lastimeros que me partían el alma. No fue así. Dejó de comer y se dedicó a aullar boleros de amor, de esos que calan hasta los huesos.

            Pronto llegará el amanecer. Estamos los dos en vela. Lo he metido a dormir a mi recámara para mitigar un poco su pena y ahora también la mía, pero cuando estoy a punto de perderme en la almohada suelta un nuevo aullido dolorido. Me levanto y lo acaricio. Mi mano en su pelambre le regala un breve consuelo que tarda el tiempo en que logro meterme de nuevo bajo de las sábanas. Otra vez la queja, el gimoteo y después el aullido. Me irrito. Decido sacarlo nuevamente al patio, pero de inmediato me arrepiento; sé que será peor. Los aullidos llegarían a todos los vecinos y temo especialmente por una de ellas que se especializa en poner veneno para gatos y perros, a la que yo apretaría el cuello si fuera capaz y mi rabia lo permitiera. No queda más que acompañarlo.

            Me pierdo en su mirada. Pienso en su dolor y me llega como iluminación la claridad. Él no tiene asidero alguno para apaciguar de alguna manera su dolencia. Si yo me enamoro y luego soy abandonado tengo la ventaja de poder escuchar una canción que haga llevadera mi aflicción, o bebo unas copas para llorar con el elíxir del mareo, o me pongo los guantes y pego duro al costal de arena para sacarme a golpes los ojos brujos de una mujer con olor a tierra recién regada; leo un libro para perderla entre sus páginas o le llamo a un amigo para que me convenza de que yo veía en ella algo inexistente, como es común que suceda en la perplejidad amorosa. En el peor de los casos me vuelvo poeta o tomo el filo de una navaja y acaricio mis venas con determinación, opción que afortunadamente no ha cruzado por mi cabeza a causa de una dama. Sin embargo, él, ¿qué tiene para salvarse? Si un perro ríe lo hace con todo su cuerpo y no hay alegría que se le compare; si ama no importa que tenga que sufrir azotes para estar cerca de su objeto amado; si sufre no tiene más alternativa que hundirse en el sufrimiento a calzón quitado, remar en él hasta alcanzar alguna orilla. Por eso no puedo hacer más que acompañarlo. No somos iguales, él y su dolor son sin subterfugios, sin la posibilidad de hacerse a un lado para esquivar el golpe o meterse anestésicos por las venas; en mi amigo orejón el amor ausente es una punta de daga abriendo lento la piel, una gota de ácido perforando los huesos.

 

Han pasado dos días y sigue comiendo poco, casi nada. Si lo dejo fuera de casa araña la puerta queriendo entrar. Se lo permito y husmea por todos lados con la esperanza de verla salir de alguna pared que contiene algún residuo de ella. Si lo mantengo dentro, después de un rato araña la puerta pidiendo salir y verla aparecer de entre las plantas. De pronto busca un rinconcito con sol y ahí se posa. En eso se parece a mí, que dependo del sol para mantener mi energía y estado de ánimo arriba. Entra y sale, viene y va mientras llega el regalo del olvido. Pero, ¡cuánto tarda! Si no tuviera esos receptores olfativos tan poderosos sería más fácil. Esa es su condena: olerla hasta que la amnesia los separe. Una vez yo me enamoré así, con el olfato. Aún llevo en mi nariz la pócima que brotaba como fuente por cada uno de los poros de esa mujer.

 

Estamos en el quinto día después de la partida de la hembra con abanico en la cola. En mi orejón regordete quedan únicamente quejidos esporádicos, suspiros largos en la terraza, sueños con sobresalto. Por fin pude dormir la noche previa.

Sin embargo, no contaba con que las decisiones de los humanos son inciertas, vacilantes, sobre todo cuando se trata de prodigar amor a quienes se consideran inferiores, intercambiables, posesiones para matar el tedio o para el desecho: nuestras mascotas. Justo al mediodía para su auto frente a mi casa la señora con cuello y ojos de jirafa. Después de un discurso chillante plagado de disculpas, pretextos diversos y argumentaciones estúpidas, me dice que devuelve a la damisela cuatripatas que a estas alturas ya ha sido olfateada por mi perro desde el patio. El argumento de mayor peso es la molestia del marido, que se dice engañado al creer que la perrita era de raza y no una plebeya de la calle. En todo caso lo engañó su esposa, ridículo adefesio sin corazón que en este momento me da tanto asco como mi vecina mataperros. Cómo me gustaría verle la cara al tipejo que tiene por esposo y encararme con él para darme cuenta si tiene pedigrí en su palabra o es un barbaján cualquiera venido a payaso seudo burgués.

No me gusta discutir con la gente fatua. La mujer deja de contaminar mi espacio con su partida y la princesa entra a la casa gritando su alegría con la cola. Si quisieran saber qué es la felicidad deberían mirar a mi perro y dejar de buscar la respuesta en los filósofos. La alegría de esos dos revolcándose en el patio es inversamente proporcional a mi preocupación. ¿Cómo dormiré ahora pensando qué hacer con la princesa?, ¿Cómo cargo con dos perros enamorados yo que voy por todas partes y últimamente he desarrollado alergia a los enamoramientos por convulsos y desgastantes?

Es de noche ya. No sé si es mejor esta alegría que duerme a ocho patas en la entrada de mi casa o los gemidos cada vez más esporádicos de mi perro solitario cuando su dama no estaba. Salgo a la terraza por el calor y el insomnio, fumo un cigarro ─algo insólito en mí desde hace mil penas de amor─ y miro a la luna insistiendo en alcanzar la redondez perfecta. Sin darme cuenta, un leve aullido que se cree suspiro sale por mi boca.

 

 

Lunes, 08 Junio 2020 05:54

Deja que te lo cuente (CONTINUACIÓN)

III

Deja que te lo cuente, amor. Y déjame nombrarte así aunque no sepa si existes y cómo es que miras si en verdad estás viva.

Me siento muerto, cariño, porque no puedo respirar mientras voy de mi cuarto a la sala o de la sala al patio. Ayer me sentí vivo un rato porque salí a dar una vuelta a la cuadra. En realidad di dos, no por mi voluntad, sino porque mis pies no pudieron detenerse y yo los seguí. Creo que guardan la esperanza de hallarte en una esquina comprando el periódico o algo más, o quizá buscando igual que yo algún motivo para resucitar. Al regresar me asombró una sonrisa que apareció en mis labios ante el espectáculo maravilloso de dos golondrinas dándose besos en el nido que hicieron en el patio. Corrí hacia dentro de la casa sin desinfectar mis zapatos como marca el protocolo de sobrevivencia; quería alcanzar la sonrisa en el espejo, pero cuando llegué se había marchado. En mi cara insistía el acento grave y ningún esfuerzo me daba una auténtica alegría en los músculos faciales. Sólo muecas, intentos desesperados, papanaterías, musgos de júbilos.

            Sabes, amor, he pensado que al terminar esto tomaré la vieja guitarra, las canciones amadas, mis últimos pesos, los reductos de autoestima que me tienen prendido de un hilo a la vida y me iré a buscarte muy lejos. Debe haber alguna esquina en alguna parte del mundo donde te vea dar vuelta. El problema es estar ahí, porque la vida infausta te lleva a donde quiere y no al lugar en que seguramente estás. Tal vez no sea una esquina. Puede ser la orilla de una playa, junto a esas rocas que seducen a los amigos de los cangrejos y de espíritu romántico, como lo sigo siendo muy a mi pesar. O tal vez en un pueblito de aquellos donde se refugian los que nacieron muy tarde en el tiempo, como también sucede conmigo. La gravedad absoluta sería que en realidad te hayas quedado varada en el pasado y desde ahí me grites con desesperación sin que yo te escuche; o que aún no hayas nacido y seas apenas un pensamiento en dos que se aman y se penetran en tu búsqueda, con cierta insensatez por cierto, porque nadie nos pregunta si queremos llegar a este puerto para el que nos dan remos quebradizos.

            Como sea, te buscaré. Saltaré sobre nubes si fuera necesario, bajaré a los infiernos que bien conozco porque me los regalaron al nacer, mataré estrellas inútiles que osen esconderte y cortaré cualquier árbol que te esconda entre sus ramas. Cada vez me convenzo de que no habitas esta selva de asfalto insufrible, que poco tienen que ver tus pulmones con el smog y tus oídos con el ruido. Gastaré las suelas de mis botas por caminos naturales y si te encuentro bebiendo agua de coco en un ángulo de mi delirio, te pediré de rodillas que me tomes en tus brazos y vayas descubriéndome mientras canto una canción que jamás has escuchado.

            Mientras tanto, sigo aquí. Me molesta tanto ponerme el cubrebocas para salir por fruta, verdura y algunos abarrotes. Voy con ojos atentos, pues un miligramo de ilusión me hace buscarte entre cientos de miradas, ahora que sólo tenemos el sentido de la vista para mostrar los afectos o decir en silencio: cómo estás, me da gusto saludarte; o, por el contrario, hágase a un lado por favor, respete la distancia de metro y medio, ¿cuánto le debo? Como nos han aleccionado con efectividad, incluso hablar da miedo, por eso los ojos hacen esfuerzos desesperados por educarse a ritmo ágil. Es difícil, porque dependemos de todos los músculos del rostro para la demostración de los afectos, facultad que nos roba la tela sobre nariz y boca. Es más complicado porque hoy nos tenemos más temor que antes unos a los otros. Aquél o aquella puede causarme la muerte es un pensamiento terrible. Particularmente me preocupa menos porque llevo la muerte a cuestas peleando a jaloneos con la vida. Si se ponen necias me impongo entre ellas como un réferi, y todo por ti, amor. Cuando me des absoluta evidencia de que no estás, soltaré mis amarras y que me lleven cualquiera de las dos mujerzuelas. Porque sin ti no tengo nada. Bueno, tengo un perro. La ilusión la perdí sin saberlo desde que mi madre sin nombre me botó en aquel orfanatorio. Sólo estás tú y el can; te he bordado con retazos de fantasía y algunos hilos de cordura. Sé que eres noble porque yo te concedí esa virtud y bella a fuerza de tanto anhelo.

            La tarde anuncia lluvia por fin. Ojalá la humedad cargue con el maldito virus y pueda salir por última vez a buscarte con tu cara limpia en las esquinas, o me vaya por las terracerías tras de ti o de la muerte definitiva.

            Te dejo, amor. El perro ladra. A diferencia de mí está demasiado vivo y quiere comer.

 

IV

Deja que te lo cuente, mi amigo. Sin ella el mundo parece desolado. Es un páramo seco mi garganta y son más tristes que nunca las canciones de José Alfredo. Nunca pensé vivir para sufrir esta tragedia, para beber el estío. Un mes sin ver a esta mujer. Un mes de no besar su boca de cristal con estos labios partidos que se tragará una tumba. La he buscado con desesperación por calles, supermercados, tendejones y patios clandestinos. He viajado a otras ciudades en pos de ella. Extraño su saliva amarga y su espumosa desesperación cuando se vacía, haciéndome el hombre más feliz del mundo. Daría lo que tengo y lo que no por tenerla guardada en casa, toda mía, y compartirla con los camaradas cuando me canse de beberla y no valga ser egoísta. Porque el amor se comparte; porque su alma de lúpulo y cebada no puede ser de un solo hombre; porque no entiendo la vida si a ella no la veo pasar de mano en mano, desnuda y húmeda, lúbrica y ansiosa, untándose en las lenguas de hombres y mujeres que salen de sus casas como yo para buscarla en lugares prohibidos con música fandanguera y luces de neón. Quiero su corazón frío calentando en extraño sortilegio todo mi interior y exprimir hasta la última gota de su amargo codiciado, sin que me importen las mutaciones de su color, sus besos compartidos. Así la quiero yo, y por morirme en ella es que muero, y por vivir sin ella es que peno.

¡Termina ya con esta sed, Dios¡ Devuelve a mi amada gélida a su destino o has que me evapore por completo en este yermo territorio, que sufrir no es mérito para aplaudir en estos tiempos de dolor y aislamiento. Mi garganta está triste y vivo eternamente en un spleen desértico y sombrío. Baja, Señor, desde tu nube omnipotente y regala a este raquítico mortal el paraíso espumoso al vaciar a mi adorada dentro de un tarro congelado y beberla… beberla.

 

V

Deja que te lo cuente, poeta, tú que conviertes las heridas en trofeos de guerra y las hojas secas en casas de duendecillos: hay una voz que me habla al oído en las noches de insomnio para decirme que el resto de las demás voces no existen, que son ardides de los hombres y mujeres poderosos y no hacemos más que repetir sus discursos de día de plaza hasta el cansancio. ¿Sabes si por la noche alguien llega hasta mi cama y me inocula un chip en el cerebro, o si me entra por los ojos en forma de ondas luminosas cuando manipulo ese aparato que contiene mi vida entera en perfectos resúmenes encarpetados? ¿Sabes si mi vida está a salvo detrás del cubrebocas, si los números mienten, si esto es el inicio de algo grande que nos acerca al final, si el amor bastará para salvarnos? Tú que juegas con los segundos, terceros y los infinitos significados, que has aprendido a quitar una a una las capas de la cebolla y a descamar un pez sin tocarlo, sólo con el delirio irreverente de tu verso, dime si en algún lugar del mundo hay un recodo donde el miedo sea una historia cinematográfica que aún es la ficción de un futuro; dime si puedo batir las alas abiertas de mi fantasía y traer un hijo al mundo porque la vida es bella, a contrario sensu de lo que opinan los agoreros del apocalipsis; dime si Dios partió a otro planeta decepcionado de su obra en la Tierra y por eso debemos inventar otro nuevo como tú inventas metáforas para escarbar significados. Te lo pido porque eres el jinete más honesto de las palabras y nadie te paga por tu oficio; eres la excepción, el no sometido. No existen mentiras más ciertas que las tuyas. Dejando a un lado tu propensión al enloquecimiento para ponerte a salvo de la cruel realidad, intuyo que tienes mejores respuestas que tantos parlanchines en la televisión y las escuelas. Por eso dime ahora, vate, si delirar contigo me pone a salvo de la bestia microscópica o si la sal del mar es mejor recomendación que tus coplas. Dime si alguien más que tú puede explicarme mejor para qué sirven las palabras y por eso ha descubierto los engaños que las habitan. Dime el libro y la página, el número de estrofa y el verso preciso en el que pueda hundir mi cabeza como hace el avestruz en la arena, para mimetizarme en ese mundo que inventas y confundir al gran depredador si pasara por aquí. Cuéntame, poeta, si acaso no has muerto antes que yo.

 

 

Lunes, 01 Junio 2020 05:31

Deja que te lo cuente

I

Deja que te lo cuente, mi niño. Tu abuelo una vez me encerró a piedra y lodo en la casa. Era bien celoso y me salió con el cuento de que yo le hacía ojitos a Severo, su primo. ¿Cómo iba a ser eso?, si no tenía tiempo ni para verme en el espejo por atender a tantos chamacos. Entre las faenas de la casa y lavar pañales se me iba el día. Pero Pedro era así, pues, terco como burro. Aunque nunca me pegó ¿eh? Nomás gritaba y daba manotazos, porque sabía que si se atrevía a hacerlo era capaz de partirle en dos el metate en la cabeza. Si no lo hice fue porque lo quería y porque así eran de zoquetes todos allá en el pueblo.

Ahí tienes, pues, te decía que esa vez sólo fueron como cinco días, no como ahora que me han encerrado meses. No sé ni qué día es hoy ni cuando volveré a ir a la iglesia. Dios nos ha castigado y nos va a castigar más si no lo vamos a ver al templo… ¿Qué dices?... ¿Qué ahí no está Dios?... ¡Válgame la virgen, muchacho! ¿Eso te ha enseñado tu madre? Mira lo que les pasa por estar todo el tiempo pegados a esas máquinas endemoniadas. Lo bueno es que no nací en estos tiempos. Pero bueno, mijito, tú sabrás qué cuentas le darás al señor. Volvamos al asunto. ¿No me puedes dar una paseadita por el parque de enfrente ahora que te dejaron solo conmigo? Nomás una vueltita, nos compramos una nieve de pistache y nos regresamos sin que nadie se entere, al fin por aquí poca gente me conoce… ¿Cómo que me puedo caer? ¿Pues de plano me ves tan vieja? Apenas tengo ochenta y tres, para que te enteres. Y ni los aparento, ¿o sí? Si hubieras visto cuánto caminaba en el pueblo te asustarías: cuatro kilómetros para llevarle la comida a Pedro hasta el potrero y cuatro de regreso; y como si nada. Pobrecitos de ustedes que ya ni se mueven pegados a la televisión y pícale y pícale a sus cochinadas esas. Por eso están gordos desde niños. ¡Habrase visto!

Ya me callo, no te digo nada de eso. Aunque la verdad, pobrecito de ti, ¿cómo no vas a estar llenito si tu padre está igual? Por eso, mira, vamos a caminar un rato, nos va a hacer bien. Que nos pegue el sol y nos dé el aire. De paso te doy unos centavitos, sin que le digas a nadie. ¿Qué me dices?... ¿Cómo que estás trabajando? Si nomás estás dale y dale de manotazos a la máquina. Eso es trabajar ahora. ¡Ja! Te quisiera ver con el azadón o abriendo surcos con el arado. Eso era antes trabajar. Y producir alimentos para la gente… Está bien, no me mires así. Síguele con tu “trabajo”… ¡Qué voy a creer que estés haciendo tareas para la escuela! Si no veo el lápiz ni la regla… ¡Está bien, pues!, no digo nada.

Este es otro mundo bien canijo. Siquiera hubiera plantitas y un patio con árbol. Nada, puro cemento y cables. ¿Qué les costaba haberse hecho un corredorcito con macetas? Ahí pondría mi mecedora y no te estuviera interrumpiendo. Ahora que venga tu madre me va a oír. ¿Por qué me sacaron del pueblo si era feliz en mi lugar? Allá estoy sola, pero no necesito a nadie que me cuide. Pedro me acompaña aunque esté muerto. Sólo aquí los muertos se mueren bien pronto. Y cómo no va a ser si hay puro humo, ruido y todo es triste. En cambio allá les gusta el silencio y el aire limpio. Por eso se tardan para irse y los vemos en cualquier lado cuando cae la noche. ¿Sabes, mijo?, Pedro me viene a cantar en las madrugadas, me despierta con su serenata. No lo veo cantarme, pero lo escucho. Hay veces que me grita en los sueños: “¡Hermilaaaa…! ¡Hermilaaaa…! Corro hacia él, que está metido hasta las rodillas en medio del río. Cuando llego y lo abrazo se me deshace como agua entre las manos y yo también me vuelvo agua. Entonces despierto toda fresquita, fresquita… No me mires así ni pienses que estoy loca, muchacho. Algún día te voy a enseñar a ver a los muertos. Pero tendrá que ser en el pueblo, porque aquí, ni esperanza. Aquí se muere uno nomás de respirar.

Están llamando a la puerta. Debe ser tu madre. No le digas que te pedí sacarme a pasear, por favor.

¡Qué bueno que llegaste, hija! ¡Ay!, quítate eso de la cara que pareces astronauta… ¿Qué me dices?... ¡Nos volvemos al pueblo! ¿Después de comer?... ¡Gracias, señor! Me has escuchado. Ya lo oíste, muchacho. Ándale, te vienes conmigo para que saludes al abuelo. Ya va siendo hora de que lo dejemos morir de verdad.

¡Gracias, señor! Te dije que yo aquí no me muero y me cumpliste el favor.

 

II

Deja que te lo cuente, Yoya. No sé qué voy a hacer. Ningún cabrón calenturiento me llama. ¿Viste las fotos que subí, no? Yo misma me puse roja de vergüenza al verlas. Pues ni así he tenido un solo cliente en cinco días. ¿A dónde vamos a parar? Si esto no acaba pronto nos tendremos que manifestar como lo están haciendo otros: “Trabajadoras sexuales en crisis por pandemia”; “Hoy por mí, mañana por ti”; “¡Ayuda, que también nuestros hijos comen!” ¿Sabes qué se me ha ocurrido, Yoya?, pues hacerle como lo están haciendo otros: entregar vales que se cobren después y ponernos en promoción, como ofrecernos al dos por uno o algo así. ¡Ni modo!

¿Sabes?, jamás pensé que algún día me iba a ofrecer por menos de quinientos. Y pues ya pasó con el último el miércoles pasado, un muchachito tímido que se estaba estrenando, ¿tú crees? Sí, todavía los hay; yo también me sorprendí. ¡Ay!, hubieras visto qué tierno, me trajo flores. Casi chillo y por poco me quito el cubrebocas y lo beso. Estuve a punto de carcajearme cuando me dijo que se estaba enamorando de mí y que mis labios y mis pechos eran igualitos a los de Scarlett Johansoon. ¡Sí! Así como lo oyes. Me emocioné y fui tan pendeja que en vez de cobrarle cuatrocientos cincuenta, como habíamos quedado, se lo dejé en cuatrocientos y con regalo extra. Se me fueron dos litros de leche más para los becerritos que tengo en la casa. No, si para idiota me llevo la corona de laureles. Qué quieres, amiga, todavía me emociono a mis treinta y tres, crucificándome sola como un cristo.

Lo peor es que ni el padre de Pepito y Dayis ni el de Jonathan me dan un solo quinto desde hace mucho. ¡Cabrones!, como si nada más sus otros hijos existieran. Mi hermana que vive en San Antonio está invitándome a irme con ella, que deje este oficio y allá me encontrará trabajo. Me da ilusión, ¿sabes? Pero, ¿y mis hijos? ¿Se los dejo a mis padres así como si fueran muebles? No, soy puta pero no mala madre. Además, ¿cómo consigo la visa con lo cabrón que se ha puesto el trompudo ese y en tiempos de coronavirus? No, amiguis, yo de aquí no me voy. Lo que no sé es qué vamos a hacer. Ojalá a alguien se le ocurra inventar un traje especial para nosotras, pegadito y color piel, y ni modo, aunque usemos guantes, careta y cubrebocas todo el tiempo y nos desinfectemos ahí abajito delante del cliente y… Bueno, ya, ¡no te rías!, la desesperación me hace pensar tantas pendejadas que… No te creas, en el fondo estoy triste. Se me están yendo los buenos años en esto. Dentro de poco ya no serviré y ¿qué voy a hacer? Ni siquiera pude sacar el certificado de la prepa, todo por una materia y un profe ojete que quería acostarme conmigo y no se le hizo. Tú apenas tienes veintitrés, Patita chula; estás en la gloria. A tu edad comencé, cuando me dejó el cabrón de Pablo. ¡Qué poco hombre ese güey!, ¿sabes? También un día me salió con la historia de que iba por cigarros y ahí te ves. ¡Y cómo se parece mi Jonathan a él! Parece que lo estuviera viendo al desgraciado.

Bueno, manita, luego me cuentas tú cómo te ha ido. Está sonando el celular del jale y no hay que desaprovechar. Besitos, nena.

“¿Sí?... No, papito, aquí no estamos en cuarentena… Claro que estoy disponible y cachonda para ti… Tú me dices en qué hotel y el número de cuarto; yo llego a la hora que me digas… Estás de suerte, mi amor, porque yo soy de mil doscientos la hora, pero por la contingencia estoy en ochocientos solamente… Claro, mi rey, de todo; pero si quieres algo realmente especial es una lanita extra, ya sabes, cariño… No te preocupes por eso, mi novio López Gatell nos ha instruido directamente sobre cómo tratarlos; estoy bien protegida… De acuerdo, papito. No olvides llevar tu gel y cubrebocas; de los globitos yo me encargo”

¡Gracias, Dios mío! En verdad te lo agradezco.

 

 

 

ODA INELUDIBLE

 

¡Qué dadivosa vida

tiene quien porta albísimos ajuares

y va, con tea encendida,

andando los lugares

donde no cantan aves ni juglares!

 

¡Qué pabilo encendido

lleva en su corazón tan incendiado,

que su vida, si pido

su sacrificio alado,

la diera con temple de soldado!

 

Por los pasillos yermos

del hospital donde loan vida y muerte,

en el jardín de enfermos,

entre latidos inertes

corta flores de su elegida suerte,

 

sin matar la fatiga

su pasión por curar, siempre exaltada;

sin que su amor desdiga

la sabia no ganada

y se ponga a llorar en una estrada.

 

Entre pulsos de vida,

entre anhelos de rostros macilentos,

hurga en la herida

de la muerte su alimento

y el hombro de algún dios como sustento.

 

¡Quiero cantarle un verso,

uno amable de amor bien enhebrado,

en el que suene terso

si puedo, afortunado,

el júbilo de quienes ha salvado!

 

¡Quiero echar fuera el grito

de aquellos que callan, ya vencidos

por el velo contrito

de la muerte, heridos

emigrantes de la luz y los sonidos!

 

 

¡Quiero darle el abrazo,

si pudiera, por los que no lo darán

y han dado el paso

más allá del parián,

que es este mundo de farsa y celofán!

 

¡Ponte la bata blanca,

hermano del dolor y la pavura!

¡Prende el alma y arranca

la triste cara dura

de ese germen que ensucia la hermosura!

 

Si en el intento vuelas

desde esta dimensión a otra mayor,

hablarán las estelas

de tu destino mejor

entre aplausos y mejillas en rubor.

 

¡No te baste una vida

para plantar banderas en la luna!

¡No te venza la herida

de la muerte, lobuna

y codiciosa dama inoportuna!

 

¡Habremos de esperarte

cuando se abran puertas y ventanas,

tocarte y abrazarte

con risas y campanas,

cuando aviven las calles y las ganas!

 

¡Señor de toga blanca

y de la cofia señora angelical,

mi emoción estanca

en el paso desigual

de las horas que rediman de este mal!

 

¡Cubre sol, abriga luna,

las bondades perpetuas del galeno

y la mano oportuna

de enfermera, en pleno

acto de amor terrenal y sereno!

 

Lunes, 18 Mayo 2020 05:24

Ramillete de luz sobre fondo negro

Debe hacerlo. Entiende que no tiene alternativa a pesar de que en el test de factores de riesgo sumó tres: es hombre ─reflexiona sobre la naturaleza anti misógina del virus y su función depredadora pro equilibrio─, es pre diabético y ya rebasa los sesenta. Sabe que un cantante ochentero famoso murió hace poco por el virus, del que se contagió sin haber salido de casa y guardando estricta cuarentena por dos meses; a pesar de eso, un tomate portador, una lechuga o la caja de cereales se encargaron de hacer cumplir su destino trágico.

            Armado con cubrebocas, careta plástica, guantes, camisa de manga larga, gorra y gel antibacterial abre la puerta del auto con decisión. La mañana es calurosa y aun así no enciende el aire acondicionado. Le han dicho que es imprudente, porque el virus se encuentra a sus anchas en el clima templado o frío. Deja un poco abiertas las ventanillas del auto. Antes de girar la llave de encendido recibe el saludo del vecino de al lado, un casi octogenario sonriente y amante de la vida que todos los días sale a comprar el periódico en la esquina con la única protección de un cubrebocas de tela, al que da el mismo trato que un niño a su máscara del Hombre Araña, pues lo baja hasta su cuello y lo vuelve a subir cada tres minutos. Alarmado por el saludo imprevisto desde tres metros de distancia sube completamente el cristal de su ventanilla, temeroso de que el aire que agita con su mano el vecino pudiera empujar hacia él al monstruillo indeseable. Apenas responde con un gesto hostil que el anciano bonachón no puede adivinar del todo con sólo ver los ojos de su vecino arisco. El temperamento sanguíneo del hombre mayor le permite no dar importancia al asunto.

            Al iniciar su recorrido se topa con dos chicos paseando en bicicleta. Piensa en lo irresponsables que son sus padres al permitirles salir a la calle a ejercitarse sin protección alguna y con la sonrisa franca. Dos niños saltan y salpican agua en una alberca de plástico en el jardín de su casa, mientras su padre bebe una cerveza a su lado. ¡Estúpido!, piensa, como si la cerveza fuera portadora irremisible de todos los males. Enfadado, acelera para llegar pronto al supermercado. Piensa en encender la radio para escuchar las últimas noticias de la pandemia, pues hace casi dos horas que no se pone al corriente y eso lo martiriza; pudiera ser que para este momento del día ya esté muerto otro famoso o Trump haya cumplido su promesa de desarrollar una vacuna y con eso recupere terreno en la campaña para su reelección. Desiste, pues por súbita fobia se le ocurre que el mal pudiera viajar a través de las ondas radiales y la idea lo aterra, después de todo no es mucho lo que se sabe aún sobre el horrendo asunto. Se detiene en el primer semáforo. Tiembla al ver venir hacia su auto a los limpiaparabrisas y a vendedores ambulantes. Cierra por completo las ventanas y se molesta por la insistencia de un joven con rostro suplicante que le ofrece limpiar el cristal delantero. Activa la emisión de los chisguetes de agua desde el tanquecillo del carro, en un intento por inhibir la insistencia del muchacho. El semáforo se ha puesto en verde. Acelera con fuerza.

            Llega al estacionamiento y ubica su auto lejos de cualquier otro. Aunque hay lugares con sombra elige uno bien soleado; tiene fe en el poder del sol para sanitizar el auto. Viene el proceso difícil, el mismo que repitió hace cuatro semanas cuando no estábamos aún en fase tres y gastó casi el total de su pensión en proveerse de lo necesario para no salir de casa, sin que fuera suficiente. Desinfecta otra vez sus manos con gel, coloca sobre su cabeza la careta y se enfunda los guantes de plástico. Apaga su móvil y lo deposita en la guantera. También escuchó que los aparatos electrónicos atrapan fácilmente virus y bacterias en su campo magnético. Baja del auto y con el corazón batiéndose se dirige a la entrada del centro comercial.

            Antes de tomar el carrito coloca desinfectante en sus manos y las frota sobre el largo del manubrio. Al entrar, un policía pone nuevamente gel en sus manos y toma la temperatura en su frente. Pase, le oye decir. No resiste preguntarle cuál fue el registro del aparato. 36.6, contesta el de uniforme. Su respiración se ofusca y siente que exuda repentinamente chorros por su piel. ¡Una décima de grado por arriba de la medida normal! ¿Qué significa eso? Sin aproximarse demasiado al guardia le pide que mida nuevamente su temperatura. El aparato da ahora 36.4. Respira tan profundamente como se lo permite el cubrebocas. Relájate, todo marcha bien, se dice dándose ánimo.

            El recorrido planeado es el mismo de siempre: farmacia, artículos de limpieza, abarrotes, carnes, leches y derivados; frutas y verduras al final. Camina serpenteando entre las personas, tratando de no acercarse a menos de un metro de alguien. Después de terminar con la sección de leches y derivados, con cierta angustia por llevar un retraso de diez minutos de acuerdo al tiempo previsto, sucede lo inesperado, aquello que no pensó como una clara posibilidad: toparse con algún conocido. Ve venir a Eréndira directo hacia él, sólo con cubrebocas y con ojos emocionados por encontrarlo. No se veían desde la universidad, desde que él aún no agriaba su carácter y era un pasante en Administración de Empresas. Increíble que justo hoy se encontraran. Trata de eludirla fingiendo no verla, pero es contraproducente. Ella va tras él por el pasillo de los atunes y lo llama por su nombre al tiempo que lo toma del hombro. En ese instante piensa que su destino está sellado: catorce días después o antes presentará los síntomas y morirá luego en un hospital. Lo peor es que no habrá quien recoja las cenizas, pues su esposa se marchó muy lejos desde que lo dejó y sus hijos no viven en el país. Voltea hacia ella y de su boca sale un violento “¿cómo te atreves, imbécil? Eréndira se siente herida por el que fue su gran amigo al final de su carrera y no entiende por qué el hombre huye rumbo a la salida en un estado de agitación que no pasa desapercibido para el resto de los clientes, sin comprar las frutas y verduras que faltaban. Evita seguirlo y piensa que tal vez se ha confundido. Después de todo, las personas cambian mucho en treinta años.

            Él ha llegado al área de cajas y elige la que tiene un solo comprador en espera de realizar su pago. Detrás suyo se coloca en fila una dama de alrededor de cincuenta, quien se acerca hasta casi tocarlo con el carro de las compras. Le pido mantener su distancia de metro y medio, ¡por favor, señora!; suelta con ímpetu y la mujer reacciona asustada y prefiere ir hacia otra caja. Obviamente paga con tarjeta de débito y la desinfecta profusamente con alcohol en gel. El niño que empaca los productos se queda con las ganas de recibir una moneda.

            Al salir pide al guardia tomarle nuevamente la temperatura. Treinta y seis punto seis. Esto va mal, piensa. Se siente mareado, tal vez por respirar con profusión e inhalar demasiado dióxido de carbono por efecto de tener cubiertas su boca y nariz. Deposita rápidamente los artículos en la cajuela, se retira los guantes y los arroja en una bolsa especial de desperdicio. Desinfecta sus manos antes de manipular las llaves del auto y la manija de la puerta. Toma el atomizador con la solución sanitizante que había preparado desde casa y rocía su calzado, su ropa e incluso su pelo. Al tomar asiento nuevamente embarra sus manos con desinfectante y luego el volante del auto. Enseguida se quita el cubrebocas arrojándolo a la bolsa especial y se coloca otro nuevo.

            Mientras vuelve a casa, con las ventanas del auto abiertas apenas en rendija, su cuerpo se acalora más. Va molesto por el encuentro y porque deberá comprar lo que hizo falta en los puestos de frutas de su colonia. Se pasa en verde el último semáforo y siente odio hacia el tipo que cuida a sus hijos en su jardín y come ahora carne asada con entusiasmo. Por fortuna el vecino viejo y alegre está en su casa entonando canciones antiguas, y ¡qué bueno!, pues si hubiera estado fuera e intentara saludarlo se le iría encima hasta ahorcarlo; tanta felicidad ajena lo fastidia.

            El ritual para entrar a casa es tedioso. No hay quien lo auxilie con eso ni un perro que mueva la cola al verlo. Después de lavarse las manos en la llave del patio, quitarse la ropa y cambiar su calzado tras un biombo que acondicionó en el porche de su casa, se enfunda en un short corto. Se rocía por completo con solución especial no dañina al cuerpo. Enseguida moja con una solución preparada a base de cloro las bolsas del mandado por fuera y por dentro. Ingresa las compras a casa y corre a darse una ducha moviendo con furor el estropajo sobre la piel. Al salir va por el termómetro. El resultado lo tranquiliza, 36.2. Deja para luego el cansado procedimiento de lavar o desinfectar uno por uno cada producto adquirido. Se siente agotado.

            Se tiende en medio de su cama sola, en su cuarto solo, en esa casa sola donde ni un gato maúlla. El miedo lo ha hecho trizas y lo sabe. Tiene fe en que sobrevivirá a pesar de todo, como ha sobrevivido a tormentas mayores: el abandono de su esposa, quien previamente lo demandó por violencia familiar; el relativo olvido de sus hijos, quienes sólo lo llaman de vez en cuando; el accidente automovilístico que lo postró casi un año en cama; la influenza, la soledad, la amargura, el arrepentimiento tardío. Se levanta y tiene deseos irreprimibles de verse en el espejo, buscar nuevas arrugas, saber si aún ama lo que ve, siquiera un destello de auto compasión amorosa. Encuentra ese chisguete de luz hundido en esa carga de años que se han convertido en piel ajada y pelo encanecido. Extraña su risa y el brillo de su mirada; la perdió desde hace mucho. ¿Qué caso tiene seguir así?, se pregunta, yo soy el virus que contamina lo que toca, la hierba que nunca muere.

            Sabe que no tiene el valor, que seguirá vivo y alimentando el terror de estarlo. Necesita escuchar la radio o la conferencia vespertina, pronto será la hora. Saber del aumento diario del número de muertos y enfermos en el país alimenta su sensación de que la desgracia es colectiva y no sólo suya. Paradójicamente, es lo único que despierta en él una mínima compasión hacia los otros.

            El espejo lo ve llorar como hace mucho no lo hacía y lo interroga desde su silencio sobre la fecha exacta en que empezó a morir. El hombre no sabe contestarle, menos ahora que un ramillete de felicidad ajena se cuela por la ventana que da a la casa del vecino alegre, el que ahora canta una vieja canción: “Me voy pa’l pueblo, hoy es mi día, voy a alegrar toda el alma mía”, mientras su mujer le hace coro. Las lágrimas bajan como río de tempestad por su rostro, parece que por fin están sacando buena cantidad de virus anquilosados dentro. En medio del llanto, surge en él una breve esperanza de ser capaz de vivir sin miedo.

            En la casa de al lado, dos vidas con arrugas otoñales fluyen y cantan como si ahí viviera la primavera.

 

 

Lunes, 11 Mayo 2020 04:51

Anécdotas de viaje a. c.

I

Cuentan que es de buena suerte que un pájaro arroje sobre ti su excremento ─la jerga popular diría: “Que te cague un pájaro”─, especialmente si el desecho aéreo cae sobre tu cabeza u hombros. Sin embargo, no resulta nada agradable si la situación se da cuando estás en pleno ligue con una chica bajo la sombra de un árbol en un parque, pongámonos clásicos, y de pronto tu pelo, tu nariz o tu ropa se embadurnan de tal suerte semilíquida; o si caminas rumbo a una junta importante y cae sobre ti el bólido fétido adornando tu corbata nueva. Bueno, hay mil situaciones posibles.

El origen de tal superstición se remonta a los tiempos del Papa Fabián, allá por el 236. Cuentan que al morir el Papa Antero, los cristianos se reunieron para la elección de su sucesor. No existía un candidato claro entre los posibles. Un campesino de la zona llamado Fabián se acercó a donde los ciudadanos deliberaban la elección del nuevo Papa. Justo entonces cruzó volando una paloma y soltó excremento encima del tal Fabián. Los presentes tomaron el hecho como una intervención divina. El Espíritu Santo intervenía para ayudarles a decidir que Fabián debía ser el pontífice que sustituyera a Antero. Se sabe que el elegido estaba alejado de la religión, por lo que debieron convertirlo instantáneamente en sacerdote, en obispo, y claro, en Papa.

Algo similar al tal Fabián me sucedió a mí en aquel periplo por las Europas tres meses antes de que el coronavirus pusiera en jaque a todas las empresas que viven del turismo. Al terminar el recorrido por la bellísima e imperial ciudad de Toledo, en España, todavía asombrado por haber transitado sus callejuelas y conocido sus monumentos arquitectónicos, religiosos y civiles, justo al salir por una de las grandes puertas de su muralla un pájaro apareció de no sé dónde y arrojó su excremento celestial sobre mi cabello y parte de la espalda, interrumpiendo el flujo de mi emoción ante la hermosa vista de uno de los meandros del río Tajo, que rodea la ciudad a la que Carlos V convirtió en ciudad imperial. En ese momento no pensé en el carácter divino de la pasta que se extendió por mi camisa y arruinó el peinado del escaso cabello que aún no abandona mi testa. Fue después, cuando regresábamos a Madrid, que hice conjeturas sobre el significado del suceso entre risas de los compañeros del grupo de viajantes.

La segunda vez que merecí otra cagada del cielo fue en nuestro paso por Barcelona, mientras nos dirigíamos a disfrutar de la arquitectura del famoso templo de la Sagrada Familia, de Gaudí. Íbamos emocionados por calles arboladas cuando, ¡plast!, ahora fue mi pecho al que adornó un pájaro barcelonés, seguramente miembro de la combativa resistencia catalana que, confundido, veía en mí un madrileño de casta, sin mirar bien que estoy a años luz de parecer un oriundo de Castilla. Lo cierto es que el pajarraco separatista apestó un poco mi embeleso ante la magia inigualable de Gaudí, quien heredó a España una iglesia que al terminarse dentro de unos años será la más grande del mundo, y claro, de las más bellas.

Aún espero que llegue mi coronamiento como al aldeano Fabián, quien pasó de labrador a Papa en un solo día sin carrera de por medio. Pudiera ser que el receso en que ha caído el mundo por el asunto del virus sea el responsable de la falta de consumación de mi suerte ganada a mierda fresca en Toledo y Barcelona. Aunque pensando con humildad, mi verdadera estrella debe ser la ausencia en mis células de la corona del maldito bicho. ¿No lo creen? Espero seguir así hasta el final de la cuarentena, cuando inicie el nuevo mundo.

 

II

Visitar Florencia era uno de mis sueños acariciados desde mi primera juventud. El deseo surgió al saber que fue cuna del Renacimiento italiano en el que nacieron, entre otros, Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Donatello, Giovanni Boccaccio, Filippo Brunelleschi y mi gran inspiración de adolescencia, Dante Aliguieri, quien me abrió las puertas de la poesía y la imaginación durante unas vacaciones de diciembre, en las que me dediqué a leer el primer libro que escogió mi voluntad: La divina comedia, escrita en verso; una verdadera proeza considerando mi rústica formación y mi endeble cultura libresca.

Por eso mi corazón se salía del pecho al ir caminando por la orilla del Arno rumbo al Puente Vecchio y de ahí hacia la Piazza della Signoria. El tiempo para estar en la ciudad era breve, por lo que exigía a mis ojos abrirse al máximo posible para capturar siglos de arte e historia en los hermosos edificios y las obras escultóricas que ahí se exhiben, entre ellas una reproducción fiel de la escultura Judith y Holofernes, de Donatello, cuyo original se conserva dentro del Palazzo Vecchio, al que sería imposible visitar por falta de tiempo; y otra más del David de Miguel Ángel, ubicada en la posición original de la famosa escultura; la auténtica se encuentra en la Galleria dell’Accademia, el museo más importante de la ciudad. Mientras me fascinaba en el corredor de los Lanzi ante el Perseo con la cabeza de Medusa, de Benvenuto Cellini, nuestra guía nos apresuró para dirigirnos hacia la Catedral de Florencia, la bellísima Iglesia de Santa María de Fiore, cuyos misterios para la construcción de la grandiosa cúpula fueron resueltos por Filippo Brunelleschi y sirvieron de base para la posterior construcción de la cúpula de la Catedral de San Pedro en el Vaticano. Fui tras el grupo en contra de mi voluntad, siguiendo la banderita mexicana que ondeaba en su mano nuestra guía florentina. Por mí hubiera estado horas admirando las esculturas del corredor de los Lanzi.

Después de asombrarme con el templo monumental y su cúpula, símbolo arquitectónico de Florencia, continuamos hacia la Basílica di Santa Croce, definida como el panteón de las glorias italianas, pues acoge las sepulturas y mausoleos de personajes tan ilustres como Maquiavelo, Galileo Galilei, Miguel Ángel, Guillermo Marconi, entre otros grandes. Esta actividad no estaba incluida en el programa de actividades y había que pagar boleto de entrada, así que muchos del grupo declinaron la invitación a visitarla y prefirieron perderse en las calles de Florencia en busca de algún artículo de piel o de una botella de limoncello. De ninguna manera perdería la oportunidad de estar ante la tumba de muchos grandes del Renacimiento. Tuve una gran decepción cuando antes de entrar nuestra guía nos confirmó que el sepulcro de Dante no se hallaba ahí, sino en la basílica de San Francisco, en Ravena. “Sé firme como la torre, cuya cúspide no se doblega jamás al embate de los tiempos”, me dije, recordando las palabras del Dante.

            Confieso que al estar junto a la tumba de Maquiavelo mi soberbia no reconocida me inundó de una sensación de poder; me sentí elevado a un círculo alto del paraíso junto al cenotafio de Miguel Ángel y lloré sin remedio frente a la tumba de Galilei. Al abandonar la Basílica di Santa Croce había llegado la hora destinada para comer en alguno de los restaurantes sugeridos por Christian, nuestro coordinador de viaje, un tío muy majo de Málaga, con quien me comuniqué hace poco y estaba más triste que una almeja en el fondo del mar por no haber trabajado durante meses debido a la pandemia. ¡Ostias, tío! ¿Comer? ¿Cambiar un pedacito de mi sueño por una buena pasta italiana? De ninguna manera, me dije. Coman los demás que yo he comido mucho en la vida y no engordo. Necesitaba alimento de otro tipo y me quedaba sólo hora y media para buscarlo.

Así que alargué mis pasos rumbo a la Piazza della Signoria para intentar ingresar aunque sea una hora al Museo Nacional Bargello. Soñaba. La fila de la entrada era larga y el costo del boleto asustó mi precavido patrimonio en Euros. Necesitaría al menos cuatro o cinco horas para disfrutarlo. Ni pensar en visitar la Galería de los Uffizi, templo de la pintura en el que se encuentra toda la fortuna de los Médici. Lo siento Boticcelli, Rafael, Filippo Lippi; prometo que regresaré más temprano que tarde aunque tenga que emplearme en una esquina non sancta de Cuernavaca al volver del viaje, tal vez sin éxito, pues a esta edad soy poco apetecible.

Dejé mis pensamientos bufones a un lado y me dediqué a disfrutar al menos cada una de las esculturas de los grandes artistas, políticos y científicos renacentistas que se ubican en el exterior de la enorme galería. Aún tuve algunos minutos para regresar al corredor de los Lanzi y para apreciar en todo su esplendor la Fuente de Neptuno, de Bartolomeo Ammannati, a la que los florentinos llamaban el Biancone, por la cantidad de mármol de Carrara “desperdiciado” en las enormes proporciones del dios de las aguas y los mares.

            Caminé rumbo al camión ubicado aproximadamente a algo más de un kilómetro de donde yo estaba, cargando una amalgama extraña de emociones como me pasó muchas veces durante el viaje. Me despedí de una Beatriz imaginaria que vi pasar por una de las hermosas calles de la ciudad, con un Dante embelesado mirándola con ojos de poesía solo repetibles en su maestro Virgilio. Pasé por Tere y algunos amigos a un restaurante ubicado muy cerca de la Basilica di Santa Croce. Llegué al último, como siempre, pues mi ánimo detenía mis pasos para quedarme un poco más ahí donde mi emoción pernoctaba. En Florencia, una de las ciudades más bellas del mundo, se quedó para siempre buena parte de mi deliro estético.

            Sé que volveré en alguna fecha futura, d. c.

 

 

 

 

 

Lunes, 04 Mayo 2020 05:38

Días en blanco

Abro mi agenda y encuentro ahí mis días inmóviles, vacíos y durmiendo su morriña. Nada hay escrito en ellos, pues salir a comprar despensa, gasolina para el auto o jarabe anti acidez no son asuntos dignos de registrar en sus renglones elegantes.

El sábado me mira suplicante como pidiéndome que escriba sobre él algún aviso de una fiestecilla traviesa fuera de casa, una escapada al bar con los amigos o algún pecadillo semejante digno de su roja naturaleza. El señor domingo, su hermano somnoliento, me ve altanero como siempre, pues es costumbre mantener impolutos sus renglones aburridos a menos que se registre en ellos el ritual de una misa, al que soy un poco alérgico, por cierto; duerme su modorra casi siempre blanca y nunca ha permitido que palabras con aroma a carne asada y cerveza lo corrompan.

Me acongoja mucho más el viernes, pues siempre lo he llenado de frases animosas que invitan a terminar la semana de trabajo con el ánimo en alto, y de otras incendiadas y lúbricas durante las horas vespertinas. En este día he registrado las aventuras más encomiables de mi vida y los secretos más auténticos. Es mi día cómplice, el alcahuete capaz de agitar mi corazón que reclama vida sin condiciones impuestas.

El lunes me mira con indiferencia, su reino es el de los bohemios que odian el trabajo y prolongan la juerga como si el mundo pronto acabara. Pocos lo veneran, si acaso aquellos obsesivos del trabajo que ni siquiera esperan al sol para iniciar su rutina laboral. No es así el aguerrido  martes, siempre impetuoso y lleno de proyectos. Se siente desnudo sin algunas letras sobre su pecho fuerte y sufre de soberbia no declarada. Pide guerra y le damos paz, silencio, cubrebocas y discursos de quietud.

El miércoles no tiene problemas con sus renglones vacíos, vive en la justa medianía sin ser de aquí ni de allá, ve con indiferencia cómo sobre sus líneas se escriben citas al dentista, reuniones de rutina o recordatorios de llamadas al plomero; don miércoles no sabrá nunca del prometedor registro en clave secreta de un encuentro en hotel de paso, ni siquiera tendrá corazones pintados para recordar el inicio de un amor tierno ese día, porque ningún tropiezo con Cupido que se precie digno puede darse en miércoles.

El jueves sí que es extraño y no parece preocupado por la falta de registros sobre su llanura blanca, tal vez porque sabe que puede quedar asentado en él la simplona reunión de señoras otoñales que se encuentran para jugar cartas o ensayar su chismorreo al valor de un vinito o rompope; o pudiera anunciar la fuga de los amigos a un congal de buena muerte. Es culposo el jueves, tiene ganas de ser y no es, y por eso las ventas de boletos para el teatro nunca serán las mayores ese día. Es una jornada para el calentamiento del espíritu dionisiaco que revienta al día siguiente por la tarde.

Un poco triste ante el espectáculo de mi agenda vacía, imagino lo que pudo pasar de no ser por la pandemia. La sueño robusta de tanta letra adentro y feliz al ir por las calles apresada por mi mano, sabedora de que cualquier momento es bueno para anotar en ella un pendiente recién contratado, por ejemplo al encontrarme con alguno de mis conocidos con quienes tengo asuntos irresueltos de pequeños negocios, o al conocer a alguien interesado en charlar conmigo sobre un nuevo libro, un proyecto conjunto, o sobre una bagatela de esas con las que se llenan las conversaciones cuando queremos sentir la vida leve, el tiempo como una nube flotante y el vino como un paraíso merecido.

Me pregunto cómo sería posible mitigar la nostalgia de una agenda: ¿Escribo versos sobre ella?, ¿garabateo ilusiones para un futuro incierto?, ¿aprovecho sus líneas para anotar ocurrencias, gastos de la semana o escribir minificciones?, ¿o la pongo a dormir bajo el peso de varios de libros en el estudio? No lo sé. Si fuera una dama de carne y hueso contaría con más recursos para ayudarla, pero no es así. Es una ilusión de papel fabricada por alguien que comparte la idea de que el orden, la puntualidad, la planeación y el irrestricto cumplimiento de las obligaciones dan la felicidad. Yo que llevé agenda por lustros me doy cuenta del engaño: la placidez, el amor, el pulso de la vida, los papalotes del delirio, el éxtasis y la luz estaban en otros lugares que aún sigo buscando.

Sin embargo, no puedo ser ingrato. Al fin y al cabo mi libreta anual ha hecho algo valioso al ordenar mínimamente el caos que llevo dentro. Ha sido una madre que corrige cuando hace falta, una hermanita diciéndome “no seas tonto”, una alerta que me recuerda si voy tarde, una amiga sincera gritándome “la estás regando, estúpido”, una serie de huellas para ir pisando el camino y no enlodarme tanto. Por eso, ahora que descansa también su cuarentena y no vale la pena llevarla conmigo a comprar gel antibacterial, debo aprender a verla con mirada noble, limpiarla del polvo y prometerle que habrá un futuro ya pronto, que escribiré en ella hasta el secreto más íntimo, que habrá muchos meses todavía para vivir su vida de trecientos sesenta y cinco soles y que las palabras saldrán volando como aves de entre sus páginas para esparcir su sonrisa por las calles, y que yo, cuando llegue el momento, sabré ser agradecido guardándola en un estante por años y consultando en ella los teléfonos de los amigos como sabemos hacerlo quienes no nacimos con el siglo.

Agradezco a mi agenda su presencia incondicional. En el fondo sé que no sería bueno enterarla de tanto asunto desagradable que hoy atraviesa como espada nuestros sentimientos. Mantener algo puro resulta imprescindible. Por eso la coloco en el lugar que tienen en mis emociones las plantas del jardín, la estatuilla del Quijote con su pértiga siempre presta, mi perro, mis libros, la bella dama desnuda que busca eternamente mi ojos desde su cuadro en la pared de mi cuarto.

Es hora de cerrar sus pastas y con ellas los recuerdos más nuevos. Debo dar un paseo por la sala, indagar si mis hijos se han ido de viaje por París o Srilanka a través del celular o si meditan, y si mis perros duermen o ya reclaman su paseo por las calles solitarias del fraccionamiento. Pero antes debo lavarme las manos; llevo más de dos horas sin hacerlo. No suceda que el teclado albergue en sus recovecos algún virus y mañana escriba historias de crímenes y decapitados.

Querido lector, lava tus ojos. No suceda que mis palabras lleven impregnado el fecundo virus de la melancolía.

 

 

Página 2 de 6
logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.