Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 09 Diciembre 2019 05:32

Delirio de jotas y berridos

A Juan José Arreola,

dieciocho años después de volverse un fantasma

El secreto está en su nombre. Lo descubrí cuando extraje del olvido uno de sus libros de relatos más celebrados. Juan José en letras naranjas y Arreola en blancas. La “j” siempre me ha sonado sugerente, coqueta, liviana, como esas mujeres que nos esperan los viernes por la noche en las esquinas para invitarnos una noche de amor fingido, tan ficticio como esos relatos de Juan José. Definitivamente la “j”, que en español representa una fricativa velar sorda, es el elemento mágico. Me hace recordar a una compañera de la escuela de teatro, a la que el maestro le decía con elegancia que su voz parecía de ramera fina. Y cómo no, si el dómine se llamaba José Javier Jovellanos, y cada vez que la citada amiga lo llamaba por su nombre completo hacía que experimentara una erección jodidamente jubilosa. He descubierto, entonces, que todo es por culpa de la famosa y suripanta jota.

            Algo así debió pasar con Juan José desde niño, cuando descubrió la música dionisiaca de sus dos nombres con “j”. De ahí debió nacer su vocación por el misterio y la música de las palabras, por la fantasía a la que lo conducían. Sin embargo, el apellido también tiene lo suyo: Arreola. La sinéresis de en medio le otorga ritmo de ferrocarril alegre, de carrusel de feria, de boda de vocales enamoradas. Y no creo que sea un delirio mío. ¡Esa “j”!, ¡esa “j”! Vean en donde se aparece la muy gimiente, como si fuera mera casualidad, así como si nada: Juan Ramón Jiménez, el gran nefelibata de Jardines lejanos; Juan Villoro, que nos ha hecho creer que Dios es redondo; Juan Rulfo, que inventó para la gloria a Susana San Juan, el nombre de mujer más dulce del mundo; José Jiménez Lozano, que en su poema El petirrojo compara al pájaro con la mano de un ángel; Barbara Jacobs, la de Las hojas muertas; Julio Cortázar, cuyo padre se llamaba Julio José, ni más ni menos; James Joyce, de quien Jorge Luis Borges, otro grande con jota, dijo que en el Ulises hay sentencias y párrafos que no son inferiores a los más célebres de Shakespeare; Sor Juana Inés, que en el Asbaje también tiene otra jota; o un clásico antiguo como Décimo Junio Juvenal, cuyo nombre, al pronunciarse llena de música los aires. ¡Dios!, cuánta “j”, ¡cuánta! Mi reino por una “j” en mi apellido. O dos, para ser bendecido por un jubileo lujurioso en mi tinta.

En fin, dejo en paz mis nostalgias por las jotas, que ése no es el meollo del asunto que deseo enhebrar; sí tal vez un preámbulo necesario que rescata minúsculos aleteos del estilo del maestro de Zapotlán el Grande, artífice del misterio y la sorpresa, del humor elegante y erudito.

            Lo que quiero es mostrar mi respetuosa indignación en contra de mi admirado Arreola y de la esposa divorciada del juez McBride, que en el cuento del maestro titulado El rinoceronte, comete una de las más graves vejaciones que puede sufrir cualquier hombre que se precie de ser rinoceronte: renunciar a ser protegida, como ambición mayor de cualquier mujer. Y yo, que he dedicado mi vida a cultivar las virtudes y destrezas que hacen de un hombre un verdadero rinoceronte, leí y releí el relato sin poder creer que una mujer como Pamela, con quien se casó después el juez McBride, dulce y romántica, ideal para acompañar en su camino a la fuerza masculina, hubiera descubierto el secreto para vencernos, tomándonos de la cola sin soltarnos y zarandearnos hasta que la fatiga nos cansa y ablanda. Tengo amigos, cuyas esposas han seguido el ejemplo de Pamela, como en el caso del Juez Mc.Bride, y ya no vienen a jugar dominó conmigo los viernes y sábados por la tarde, mucho menos se corren una noche de juerga como lo hicimos durante años. Ahora van a la iglesia y son ovolactovegetarianos, aunque algunos han llegado al extremo denigrante de convertirse en veganos, insípidos como una papa hervida. Los veo pasar a veces los domingos, salen de casa para ir a misa. Si me alcanzan a ver me miran como canes sometidos a los que han despojado de su rabia. Los brillos suplicantes en sus ojos me lanzan un discurso de auxilio. Casi lloro al verlos, yo, que la última vez que lo hice fue cuando murió mi padre.

Arranqué del libro Confabulario las dos hojas que contienen el único cuento que no le perdono al maestro, a quien por lo demás admiro. Podría caer en las manos de mi esposa, a la que adoro porque trasmina inocencia. Aunque me cuentan que, sin haber leído el relato, hay cientos de mujeres domando felizmente a sus rinocerontes. Seguramente se enteraron de que ahí se cuenta que nosotros atacamos de frente y que colocándose a nuestra espalda nos tienen dominados. Algún lector del cuento seguro se los dijo; ¡traidor! Por eso no me extraña que haya muchas mujeres en la calle, sonrientes, bebiendo vino en los bares, participando en revueltas multitudinarias, mostrando su cuerpo tatuado. Yo no me arrimo a tales espectáculos, pero me cuentan que han llegado a tomar las tribunas y sus reclamos estridentes ahuyentan los pájaros de los árboles del parque.

Todos los días vigilo a mi mujer. Ella es como Desdémona, hermosa, dulce y fiel; moriría por mis manos si yo se lo pidiera. Por ella he escrito églogas, odas nerudianas, elegías lorquianas. Creo en su amor, pero trato de colocarme siempre de frente a su cuerpo, a sus ojos. Como estrategia raspo en el suelo mis pezuñas, rechino los dientes, afilo mi asta para infundirle el mínimo temor que hace nacer la ternura en que se cobija una mujer. Pero reconozco que la duda se ha colado en mi casa, entró por la ventana aquella noche en que hacíamos el amor y ella montó sobre mi cuerpo, tomó las riendas y me cabalgó. No puedo negar que lo disfruté, sin embargo, sentí que era otra la que daba gritos libertarios. Desde esa vez se suelta el pelo a menudo, sonríe sola en la recámara sin saber que la miro, canta y brillan sus ojos. Yo lanzo ligeros bramidos cuando estoy con ella, aunque tengo la impresión de que no surten efecto.

Diré la verdad, tengo miedo de perderla y estoy pensando en hacer concesiones. Mañana acudiré a un peluquero especializado en testuces de rinocerontes. Escucharé una propuesta suya. Tal vez me convenza de asumir un nuevo look en el que luzca una frente limpia, libre de este cuerno del que cada vez más se liberan mis amigos.

Mientras tanto, en cuanto dejo de ser rinoceronte, por dignidad necesaria, raspo sin fuerza mis pezuñas en el suelo y suelto mis últimos berridos.

 

Lunes, 02 Diciembre 2019 05:00

La calle del poeta

La calle Netzahualcóyotl tiene su encanto, claro. Sus casonas pintadas con esos colores intensos que reproducen los de la profusa naturaleza que nos rodea, como es costumbre en nuestra ciudad de primavera perenne, me dan la sensación de un tiempo detenido. Si la caminas por la noche después de las once, es probable que encuentres más fantasmas que hombres y mujeres vivos caminando por ella. No es para menos, la inseguridad sentó sus reales, sus miedos y sus leyes no escritas. Sin embargo, atrévete a ir por ahí alguna noche entre semana, en esa hora en que los autos casi han desaparecido junto con los franeleros que se apoderaron de cada metro lineal de nuestro centro histórico. Detente, digamos, junto a la entrada del museo Brady y disfruta la ilusión de estar en una época pretérita. Si tienes suerte, o si has bebido por ahí dos o tres copas y contribuyes con la imaginación, acaso veas pasar la silueta del galán de galanes, Alain Delon, paseando en sandalias por la calle, o tal vez, y esto sí que sería tremendo, de la hermosa Brigitte Bardot. ¡Qué delirio sería! Menos guapos, pero igual de interesantes y respetables, pudieran ser Diego Rivera, el mismo Robert Brady, Malcolm Lowry o Cantinflas quienes cruzaran por ahí como espectros. Sí, definitivamente tiene su magia sentarse en una de sus bancas y fingirte un enamorado de esos que por las tardes convierte al lugar en un encantamiento para párvulos del amor. Si no tuvieras a tu lado a quien seducir, no faltará una luna de cachetes redondos que asome sobre los techos altos y quiera ser depositaria de tu embeleso.

Dejando a un lado la imaginación, a menudo podemos ser testigos en esta calle de escenas que obligan a detener nuestra prisa y atisbar lo que ahí sucede o se cuece a ritmo lento. Las posibilidades son tantas esta tarde, que darían para escribir buen número de páginas si nuestros oídos y malsana curiosidad nos lo permitieran. Por ejemplo, aquellos dos muchachos sentados en la barda de la jardinera, muy cerca del puesto de periódicos. Están tomados de la mano y se miran a los ojos con una ternura que sobresalta a los transeúntes. Uno le habla al otro con una vehemencia tal vez innecesaria, pues ese otro, que solo calla y se pierde en los ojos del que parlotea, parece no necesitar de los esfuerzos de aquel por convencerlo de algo que ya tiene metido en su pecho y su cerebro. En un arrebato, el silencioso toma el rostro del parlanchín y le planta un beso ruidoso que llama la atención del vendedor de gelatinas cercano a ellos, quien se aleja discreto. Una señora que pasa voltea la cara al verlos y se santigua, al tiempo que profiere alguna inconformidad como esta: “¡Qué tiempos estos que me toca vivir, Señor! ¡Qué tiempos!” Los chicos siguen en su paraíso de manos y besos ahora tiernos, sin importarles lo que suceda a su alrededor, como diciendo sin decir: “esta es nuestra ciudad y nuestro derecho, nuestro tiempo y nuestro amor.”

Dejémoslos en paz. Parece suceder algo interesante un poco más al sur de la calle, junto a uno de esos árboles de hojas acorazonadas que alguien plantó ahí muy a propósito. Es un hombre que rondará los treinta años con una chica que apenas pasará de los veinte. Ella llora silenciosa y percibimos que hace mucho esfuerzo por no dejar salir por completo la emoción. La chica viste sencillo y llama la atención su peinado con trenzas, tan poco común en las jovencitas de la ciudad. Tal vez llegó de algún pueblo a la terminal de autobuses que está cerca. El hombre viste de botas, chaleco y sombrero tejano, su rostro denota grandes esfuerzos por convencerla y a momentos parece suplicante. Después de unos minutos ella deja de reprimirse y se arroja a los brazos de él. El hombro de la camisa del varón se humedece de inmediato. Todo indica que hubo aquí un discurso de arrepentimientos y perdones, sin embargo él no llora, solo la toma en sus brazos y la cubre con su cuerpo volteando a ver con cierto recelo a los que pasan, como si les dijera esta mujer es mía y de nadie más. Quiera el destino que en esta banca no se cocine ahora otra historia de opresión y violencia. Quiera la suerte que este árbol no sea acusado algún día de alcahuete.

Ya obscurece. Los días son cortos en esta parte del año. Parece que todas las historias de este día serán similares a las anteriores. Pero, detengámonos un poco. Ahí donde una callecita empedrada hace intersección con Netzahualcóyotl parece estar a punto de suceder algo realmente importante. Una mujer de mediana edad camina de norte a sur por el lado poniente de la calle. Es bonita, pero se le ve cansada. Lleva una bolsa con pan y otros comestibles. Al otro lado de la calle camina un hombre más o menos de la misma edad que la mujer. Va en sentido contrario al de ella y lleva ropa deportiva. Su pelo es entrecano y su rostro está marcado por arrugas prematuras. En algún momento, tal vez motivado por lo llamativo del vestido floreado de la mujer, detalle sin el cual el destino pudo seguir otro curso y llevar por senderos irreconciliables a dos que alguna vez se amaron, el hombre voltea hacia adelante y a su izquierda, y la mira. Se detiene unos segundos tratando de creer lo que ve. Hipnotizado, cruza hacia el otro lado rogando que no se trate de una ilusión de los sentidos. Justo donde confluyen las dos calles, ella lo descubre y se detiene como si chocara con una pared invisible. Ninguno de los habla; no pueden. Ambas respiraciones están sumamente agitadas. La mujer se vence por la sorpresa y cae desmayada. De la bolsa sale rodando una lata de atún. Él va hacia ella y en medio del llanto intenta reanimarla. Al principio la toca como si la mujer fuera la representación de algo sagrado y prohibido, como si no creyese aún que es ella la que está tumbada en el suelo. Alguien se acerca y le ofrece ayuda. No es necesario porque la mujer ya despierta. Con los ojos todavía incrédulos se arroja a los brazos del hombre entre sollozos y gritos de emoción, estrujándolo y pegándose a su cuerpo para creer que es él, que está vivo después de diecisiete años de pensarlo muerto. Seguramente nunca alguien pronunció el nombre de José tantas veces y del modo estridente como ella lo hace ahora. Después de unos minutos, la pareja se pierde por la callecita empedrada que no era su destino poco rato antes, sin preocuparse por la lata de atún que rodó desde la banqueta a la calle. A un lado hay un parque y ahí podrán continuar esa historia trunca desconocida por nosotros. Perdonen quienes hayan seguido estos fárragos narrativos hasta acá y esperan con pelos y señales los antecedentes de estos dos que ahora se encuentran, pero entenderán que no se trata de inventar cualquier cosa así porque sí, como si la vida por estos lugares no fuera realmente complicada y vastísimas las posibilidades. Bastan unos datos para ilustrarlo: nuestro estado es el tercero en secuestros en el país y mueren violentamente treinta y uno por cada cien mil habitantes; ocupamos el cuatro lugar en homicidios en general y tenemos una de las más altas tasas de feminicidios; además, gran cantidad de paisanos emigran lejos por la pobreza o inseguridad y jamás vuelven. ¿Se dan cuenta? Dejemos entonces que esta pareja escriba su historia futura, esperando que sea buena, pues por lo visto la pasada no lo fue.

Nosotros volvamos a nuestra calle, poética porque tiene el nombre del gran lírico texcocano que alguna vez nos dijo: “Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.” Ni duda cabe, los dioses fueron dispendiosos con nosotros, pues nos dieron tantas flores que caminamos entre ellas sin rendirnos a su encanto como aquellos que llegan por primera vez a esta ciudad.

La noche avanzó y la calle ha quedado solitaria. Dos barrenderos recogen hojas caídas de los árboles y basura desprendida de manos ignorantes. Podemos ir a descansar, a menos que se nos antoje un recorrido nocturno en compañía de vino y fantasmas que podrían sorprendernos.

¡Salve, rey poeta! Tu calle está limpia. Solo quedan las flores, solo los cantos.

 

 

Lunes, 25 Noviembre 2019 05:28

Panegírico de amor con sombrero

Desde que te fuiste, una parte del mundo quedó muda. Muchas voces hablaban a través de ti y aunque aún te buscan no te encuentran. Viajan en parvadas como los pájaros, por los mismos cielos que habitaste. Encuentran tu silencio ensortijado en rosarios de recuerdos y ahí pernoctan las voces, se abrigan unas a las otras para atenuar el frío de tu ausencia. Yo, que también repito en el silencio tu voz para no olvidarla, me arrimo a las aladas palabras que te buscan, las abrigo y me cobijan ellas, trémulas si las tomo en mis manos y las llevo a descansar en algún libro; luminosas si las meto en mis ojos para que te sigan buscando en los espejos; húmedas si las vuelvo ríos corriendo mis mejillas hacia la tierra que te guarda. Cuando se cansan de dar vueltas en el aire y el día ha calentado, las voces descansan en la copa de un gran árbol, extienden sus alas para secarlas y toleran el cenit, silenciosas, pues no les dejaste ni un silbo para enfrentar el sol. Al caer la tarde los colores divinizan el poniente. El crepúsculo hace pensar en paraísos y tras ellos van y tras de ti las palabras mudas que te extrañan. Las miro volar y disolverse en los colores intensos e imagino que vuelas con ellas sin poder volver aquí, donde siempre volvías.

Quisiera saber a dónde van los oídos de los muertos, o si hay una rendija en la que arroje mi voz y te alcance. Me duelen tus canciones olvidadas en el patio de la casa, en las paredes que las susurran al mediodía, cuando anunciaban tu llegada los ladridos felices de los perros y la cocina cantaba su melodía de sartenes y fuegos encendidos. Yo era capaz de advertir la alegría mohosa del clavo en la pared al recibir tu morral; y veía con claridad a dos árboles añejos −lo juro−, llorar gotas de contento si pernoctabas bajo su sombra. El calor entonces se tornaba un tipo amable que nos acompañaba bebiendo cerveza y compartía con nosotros las dos o tres peripecias fundamentales del día. Hoy, si no se puede menos, de vez en cuando bebemos ahí los que te amamos y parece que tu voz y tu risa se descuelga por las ramas de los árboles, nos cuentas dos o tres chascarrillos y luego te dejamos descansar sobre la hamaca, ahora por tiempo indefinido.

Y tus ojos, padre, ¿a dónde se han ido? ¿Hay verdes cañaverales que los solazan allá en el misterio?, ¿y bondadosas lluvias, montañas eternas, pencos animosos? Me niego a pensar que alguna omnipotencia haya bajado la cortina para siempre. ¿No es la noche inmensidad de luz que duerme a ojos bien cerrados?, ¿qué acaso, si aspiro al paraíso, sea en la tierra o en el sueño de un cielo, no debo transitar primero por círculos de sombra?; ¿y por qué hablan, los que han ido y vuelto, de un túnel de luz al final del camino?, ¿o es delirio y locura para una amable fuga? Yo no lo sé ni sabré si el sueño es este que transito, si mis manos son las tuyas que dejaste, si mis ojos son los pozos de luz por los que miras, si caminas con mis pies para indicarme la piedra, la trampa, el embuste que me espera a la vuelta de la esquina, y también las aguas claras en que debo bañar cada una de mis alegrías, muertes y resurrecciones. Yo no lo sé.

Este día terminó el planeta un recorrido más alrededor del sol llevándote dormido, en ese silencio denso y pesado en el que habitan los que imaginamos muertos. Hace unas noches, mi hermana en un sueño te miro llegar y decirle con semblante plácido que ahora sí ya partías. Tal vez solo esperas que levantemos el altar y guardemos los rezos y se apague el gran cirio, para echar a andar hacia la casa común de todos. Atravesarás el río Chiconahuapan con el auxilio de tus perros que marcharon antes que tú para esperarte en las orillas, como si hubieran conocido de siempre su gran destino ganado con la muerte. He de creer esto para no morir también contigo. Allá, padre, encontrarás las mismas montañas que dejaste y la misma culebra de agua que mojaba tus campos, saltarán conejos, correrán lagartijas y cruzarán parvadas de pájaros esos cielos ignotos. No soplarán vientos fríos y vivirás en el pecho del sol, ni faltará el aire limpio porque tú serás el aire. Regresarás cada tarde de tormenta convertido en lluvia sobre esta tierra que amaste, la misma que fertiliza tu cuerpo para la regeneración de la vida. Jamás te faltará la música, porque la escucho manar desde miles de gargantas. Parecen aves, pero son almitas viejas que regresan a cantar para que no vayamos tristes por la vida y la muerte. Eso dicen los abuelos.

Quisiera alargar mi mano para sacarte de la nebulosa donde aún te imagino, pero mi hermana dice que sonreías en el sueño y despertó feliz porque tú lo eras. Así sea. Camina sin miedo hacia adelante, señor de los arriates bordeados con cempasúchiles, yuntero abridor de la vida en los eriales, tejedor de sueños a punta de arado, aguador eterno de los cielos bondadosos, pajarero perpetuo de los arrozales, hacedor de oasis en arenas secas, sembrador de palabras llanas en sábanas de tierra, poeta que hacía versos con sus manos. Los que te amamos te debemos la espiga, la risa fresca y la canción a lomo de caballo; la calabaza en dulce y la semilla de pipián, la caña verde y la sonrisa de sus cortadores, la palabra clara y la sentencia justa; la sombra fresca, los muros fuertes y la mujer hermosa que sembró a tu lado. Te debemos también la azada y la semilla, el vientre de la tierra y el sombrero, la sonrisa limpia y tu mano franca extendida para siempre.

Tal vez sea la hora de enterrar la tristeza, apuntalar la fe y rescatar las alegrías que juntos compartimos. Pero eso apago mi dolor y te abrazo fuerte para acompañar nuestros caminos. Tus fotografías, mis yerros y los tuyos, tu amor y el mío, el tiempo deslizándose sobre la vida y la muerte, los recuerdos que habitamos, los perdones necesarios y las dudas que jamás resolveremos, todo cae ahora en un crisol indisoluble que amoroso nos resguarda.

Sigue tu viaje, labrador eterno de las vegas y los páramos.

 

           

           

           

 

Martes, 19 Noviembre 2019 05:19

Mujer en la terraza

“- Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
- Lo esencial es invisible para los ojos – repitió el principito para acordarse.”

“El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry

Desde que te quedaste sola, con excepción de las tardes de cine, teatro o copa de vino con amigas, el ritual crepuscular inicia con el disfrute del café veracruzano que prefieres. Mientras lo bebes, eliges alguna música suave, ad hoc para tus sesiones contemplativas. También preparas la botella de vino, porque invariablemente apeteces alguna copa después del café, cuando te dispones a entrar en la fase más profunda de tu ensimismamiento.La terraza te espera, Violeta, y tus gatos también. Parece que a los mininos les gusta acompañarte en tus sesiones meditativas poco ortodoxas, en las que entremezclas las respiraciones profundas con los sorbos de café; o tus mantras predilectos con un trago de vino, o bien, si te pones intensa, con fumaditas de mariguana, de esa que te acarrea tu amante eventual, aquel con el que intentas despertar tu energía kundalini que duerme en el muladhara, el primero de tus chakras.

Una vez que la tristeza por la muerte de tu marido se fue deshilando con el tiempo, decidiste que usarías tu libertad para colaborar en la transformación del mundo partiendo de tu transformación interior. Todos estamos entrelazados, los vasos comunicantes son nuestros pensamientos y nuestras vibraciones energéticas; aprendiste eso como una máxima central de tu nueva postura ante la vida y lo repites cada que puedes en los círculos que frecuentas. Más aún, esa idea es el eje de tus meditaciones por la paz del mundo, por las mujeres violentadas, por las víctimas de las dictaduras, por la naturaleza que nos empeñamos en destruir o por aquellos que eligen la diferencia para vivir dentro de ella: neohippies, anarquistas, naturistas, feministas radicales, anticapitalistas globalifóbicos, homosexuales, lesbianas, bi, trans, pansexuales, autosexuales y demás. Tienes la firme convicción de que, postrada en lo mullido de tus cojines con estampados hindúes, eres capaz de mover energías que ayuden a transformar a los otros y al estado de las cosas. Como curiosidad intelectiva, se te ha ocurrido que tus gatos son en realidad almas viejas que cumplen su destino sagrado acompañándote, pues son los únicos capaces de estar contigo en tus silencios y entender tu lucha aparentemente pasiva a favor del mundo. Los felinos, así como tú, son una neurona más del universo y tu conexión sináptica con ellos no depende de racionalizaciones inútiles. Por eso cuidas y procuras a tus mascotas con el mismo amor que ofrecerías a los hijos que no tuviste. Arnoldo siempre quiso un heredero, pero algo anduvo mal en su esperma y no fuiste capaz de tomar el de otro, lo que no significa que no te hayas deslizado algunas veces por el vibrante tobogán de la infidelidad, sobre todo cuando tu esposo enfermó y ya no pudo ayudarte a liberar la energía de tu chakra sexual o perineo, acción indispensable para no poner presas al camino de tu evolución espiritual, solías decir. Ahora, sin Arnoldo y con tu instinto sexual en mengua, consumes la mayor parte de tu energía en ti, y desde ti hacia los demás.DeepakChopra, presumes, te ha ayudado a comprender que si una célula se agita dentro de tu cuerpo el universo entero se mueve, y si sucede que un aleteo de duda le da a tu semblante un color de melancolía, vas al estante y tomas “El libro de los secretos” de tu autor de cabecera.

Esta tarde la luz te parece maravillosa, especial, con esos tonos de otoño que dan a cada árbol la calidez y el sosiego que sientes al sorber el café. Siempre has gustado mejor de la luz que precede al ocaso, tan hermosa como efímera; la luz matutina tiene proyecciones tan intensas que enervan tus sentidos y te invitan al movimiento. El crepúsculo, en cambio, va a tono con el ritmo profundo de tu respiración, el amarillo de tu vestido y los colores de tu noción privada de lo divino. Has decidido no salir de casa y solicitado a tu amante ocasional que no insista en verse contigo, puessientes el llamado urgente de muchos hermanos que sufren. La música persa antigua elegida para hoyy tres fumadas a un porro te llevan lentamente hacia adentro, tanto que tu mente vaga por altas montañas y puedes ver sábanas de nubes tendiéndose en las cañadas, no hay calor ni frío, ni estridencias que enturbien tu paz. Desde ahí, al convertirte por completo en tabula rasa, lo único que emerge de tus labios y acompaña rítmicamente el fluido de tu respiración es el mantra “Om Shree Krishanayee Asurakrant Bhar Harini Namah”, uno de tus preferidos para alejar y silenciar a tus enemigos, que en esta ocasión son los enemigos de todos aquellos para los que hoy trabajas desde la terraza con la ayuda de los gatos, que entrecierran los ojos al sentirse transportados por las vibraciones de tu voz y el cuenco de cuarzo que manipulan tus manos.

Si los escépticos y aquellos que se burlan de tus tendencias místicas supieran quiénes son los adversarios de este día, digámoslo así para ser políticamente correctos, seguro te venerarían como tú al Buda de piedra bonachón que te mira desde la esquina. No piensas en los nombres de estos rivales del mundo, el conjuro energético no requiere que lo hagas; pero antes de iniciar tu sesión sí pensaste en ellos y sus tropelías. Hablamos de un tal Bolsonaro, empeñado en terminar con los aborígenes de la selva amazónica para dejar entrar el capital y explotar esa riqueza natural que nos protege del colapso; de un tal Piñera, enfrentando a tiro de carabineros una revolución juvenil que le estalló de pronto y dejando ciegos a docenas; de una cuadrilla de fascistas en Bolivia, reprimiendo indígenas y declarando que la Biblia ha vuelto al palacio de gobierno; de los desalmados que aumentan las estadísticas de hombres y mujeres muertos o desaparecidos en tu país, en cuya bandera resalta el rojo sangre sobre el verde y el blanco; del presidente haitiano JovenelMoise, que carga con muchos difuntos por su represión a uno de los pueblos más pobres del mundo; y claro, de  igual modo nos referimos al más estúpido y racista presidente que han tenido los estadounidenses, pelirrojo chupasangre de latinos. También hablamos del vecino de tu calle que amenaza con estrangular a tus gatos si continúan defecando en su jardín, de los dueños de Monsanto y su glifosato cancerígeno, de tu hermana Cuca que reclama para sí parte de la herencia que te dejó tu madre, de la perturbada Laura Zapata y sus ataques a una diputada obesa y, en fin, de todo aquello que pone en riesgo tu frágil equilibrio y la mayormente débil armonía del mundo.

Llega un momento en que flotas, abandonas el mantra en el aire y apenas escuchas la música de fondo. Ni siquiera reaccionas ante uno de los gatos, que ha concluido primero que tú la sesión meditativa y busca tu regazo encajando sus patas delanteras sobre tus piernas. Si pudieras ahí te quedarías, en esa región sin tiempo y malestares; volver al mundo es un poco triste y solo tienes la fe para creer que en verdad vale la pena tu esfuerzo hacia los demás. Sin embargo, basta una pequeña ráfaga de aire o la insistencia de tu minino para que en algún momento te conectes de nuevo y vuelvas desde el lugar al que has viajado.Primero lo haces con tu respiración, poco a poco con las sensaciones de tu cuerpo y, al abrir los ojos, con la conciencia plena de que estás sentada frente al Buda en la terraza de la casa, de que ha oscurecido y tal vez sea hora de silenciar la música persa, ir a darte un baño y disfrutar de la maravillosa sensación que te domina y durará tanto como quieras, claro, mientras nadie te llame por teléfono para comunicarte el secuestro de un ex rector de una universidad o de tres tipos asesinados frente a un taller mecánico en una avenida céntrica; y mientras no prendas el televisor o tomes el celular para ponerte al día.

Quédate ahí, contigo. El mundo es el de siempre, pero ten al menos la esperanza de que lo hayas mejorado un poco. Da de comer a tus gatos y, si puedes, riega las plantas porque ha dejado de llover. Goza de este paréntesis como sabes hacerlo, en ti habita hoy el paraíso. Mañana al abrir los ojos, deberás continuar, Violeta.

Lunes, 11 Noviembre 2019 05:20

Digresiones de otoño

SEÑALES

Al Gabo

El señor García Márquez tuvo un desvanecimiento después del desayuno. Su presión sanguínea bajó. La opresión en el pecho asustó a su mujer, quien llamó de inmediato a un taxi.

Rumbo al hospital pasaron por un parque, en el que alcanzó a ver a un viejo con unas alas enormes; se sobresaltó. Un poco antes de llegar, quedó ensimismado con el perfil del taxista, un joven tan dulce y amable que le pareció conocido. Preguntó su nombre. “Soy Ulises”, respondió el muchacho. Se sobrecogió aún más.

Lo atendieron diligentemente. Al poco tiempo se sintió mejor. La enfermera que lo atendió, bellísima y llamada Remedios, desapareció entre los ángeles de bata blanca después de guiñarle un ojo y dejar su perfume disperso por los pasillos.

Durante el regreso, al detenerse ante un semáforo, una mujer extremadamente senil lo saludó desde una banca en la acera. Antes de que el auto reiniciara su marcha, supo que era Úrsula Iguarán, por el calor intenso que experimentó. Al llegar a casa vio que por una ventana entraban y salían mariposas amarillas. “¿También tú has venido por mí, Mauricio Babilonia?” Antes de ingresar, alcanzó a ver al coronel Aureliano Buendía, solitario y retraído en la esquina de la calle. Le sonrió melancólico.

Los personajes que tanto quiso regresaban a comunicarle su destino. Intuyó que cuando se topara a Melquiades con un pergamino abierto en sus manos, sería la hora de partir.

Los últimos días pasó las horas mirando los ojos de su esposa, quien se arrobó con tanta ternura inusitada.

 

DESVELO

A Rulfo

Los ladridos de los perros vienen desde muy lejos. Aun así, ya van dos noches que me despiertan a medio sueño. Me revuelvo en la cama, inquieta como chinicuil en comal. Es inútil, no logro dormir de nuevo.

Es ella, Dolores. Quiere que acompañe a su hijo a platicar con los muertos.

Mientras me preparo un té de tila escucho los cascos de un caballo que pasa resoplando por la calle. Debe ser el cuaco de Miguelito Páramo que no puede con su tristeza y corre para ver si la sacude de su cuerpo. Me asomo para verlo y no lo veo, pero sé que lo jinetea la muerte.

Subo a mi cuarto. Después de un silencio largo que me atraviesa el cuerpo como un temor caliente, escucho a Juan Preciado saltar la barda de mi casa y, quién sabe cómo, subir hasta mi balcón. Me encuentra con el libro en las manos, escuchando los murmullos que lo aniquilan, preguntándole a los difuntos si de alguna manera siguen vivos. Me toma de la mano y me dice que si me animo a acompañarlo tendría fuerza para revivir, para que luego refundemos juntos la Media Luna. Naturalmente, me niego, porque en cuanto amanezca tengo que llevar a mi niña a la escuela. Además, Comala queda lejos, tanto, que los ladridos de sus perros son como ecos antiguos que viajan por el aire para prevenirnos de que Pedro Páramo aún recluta hembras por estos lares y estos tiempos. Tiemblo de miedo un poco; tiemblo por nosotras dos, tan solas. Me asomo al cuarto de mi hija para cerciorarme de que descansa tranquila.

El té de tila ha surtido efecto. Me despido de Dolores, y en la página 81 suelto de la mano a Juan Preciado para ir a dormir un rato. Antes de cerrar el libro, lo vi soltar una lágrima que humedeció el papel.

Sueño con él hasta el amanecer.

 

AYOTZINAPO

A los 43

Tenía un nombre, y derecho a respirar, a beber, a besar; ejercía mi facultad de discernir, bordaba sueños, construía un horizonte; había un lugar para mí, dos o tres caminos que elegir, una madre buena y muchas montañas como nodrizas. Era dueño de un presente que lanzaba mi nombre hacia adelante, nubes blancas invitándome a su viaje.

Una noche, todo cambió, un instante aciago dentro de esa noche

La boca de una bestia rabiosa mató las sílabas que en unión amorosa me dieron nombre por años; solo me dejó: ayotzinapo, una palabra fusil, una bala de letras quemando todos mis matices. Ya no Juan y sonrisa; ya no Pedro y travesura; ya no Manuel y canción. Todos ahora ayotzinapos, ceros a la izquierda huyendo de la metralla, delincuentes sin delitos, ángeles mestizos desalados y desaparecidos en su mismo cielo.

Nunca volvió a amanecer para nosotros. Al final nos quitaron hasta el mote que a pesar de todo nos daba identidad, raíz, asidero a una tierra. Hoy somos un número extraviado entre el uno y el cuarenta y tres, el balbuceo de un alzhéimer colectivo, el silencio que se avecina sobre una tumba sin asiento.

No sé si he muerto o estoy vivo, pero debes guardarme en el corazón de tus ojos, gritarme en las calles; contigo seré voz y barricada hasta que a la bestia lo ahogue su corbata.

 

PUREZA

A la inocencia

En noviembre suelen visitarme los ángeles.

Ayer se filtraron en mi cuarto en algún momento de la madrugada, justo en medio de un insomnio, entre el sueño y la vigilia. Me cantaron dulcemente y pude dormir con placidez, aunque poco antes de amanecer su inquietud me despertó definitivamente. No pude evitar que se colaran conmigo a la ducha, pícaros; se divirtieron de lo lindo con la crema de afeitar, les encantó verme trazar caminos en mis mejillas con el rasurador. Después, durante el desayuno, arrugaron las narices manteniéndose a distancia; parece que les desagrada el tufillo de los huevos estrellados y la acidez del jugo de naranja. Mientras yo me alimentaba, ellos se entretuvieron jugando con el perro y algunos otros hojeando una revista de National Geographic. Cuando salí de casa para ir a mi trabajo, alborozados, subieron a mi auto en el asiento trasero. Asomaban la cabeza por las ventanas del auto, como niños; el aire, que es su elemento, les sienta de maravilla.

Al momento de encender la radio y sintonizar el noticiario matutino, agitaron sus alas  escondiendo sus rostros detrás de ellas. Como subí el volumen para escuchar mejor las noticias sobre crímenes, gobernadores criminales que huyen y el aumento al precio de la gasolina, no soportaron más y saltaron por la ventana como alma que lleva el diablo.

Los entiendo, se trata de mantener la pureza.

 

HERMES, EL BESO

A los que parten

¿Recuerdas nuestro primer beso? Sabía a fresa, raíz cuadrada, enunciado bimembre y a recreo. Alado, recorrió primaveras, veranos, otoños; fue chimenea en muchas navidades. Aún nos acompaña en este invierno que nos encuentra juntos. Dámelo otra vez, amor, aunque ahora sepa a manzana hervida, a camino andado y sal de mar, y un poco a exilio. Lo llevaré como alimento en el último viaje.

 

 

Lunes, 04 Noviembre 2019 05:09

Mis muertos

La muerte no está extinguiendo la luz;

solo está apagando la lámpara porque ha llegado el amanecer.

 Rabindranath Tagore

 

Es dos de noviembre y estoy sentado a un lado de la ofrenda brindando con mis muertos. La boca de una botella de tequila añejo, el favorito de mi abuelo, ha probado mis labios y supongo que los suyos, porque si por una razón principal volvería aquel viejo lindo, sería para posar sus ganas en esa boca de vidrio tan amada y plena de aromas. La calabaza en dulce ya supo también de mis dientes y de la dulce mordida invisible de mi abuela, quien con almíbares compensó en vida las penas que le tocó vivir, que no fueron pocas. Las tabletas de chocolate criollo han recibido los besos virginales de mi querida tía Clarita y los míos.

Sé que mis muertos no tendrían que venir cada noviembre a departir conmigo y recibir mi ofrenda; no necesitan hacerlo porque los tengo siempre aquí, cada uno en su cuadro en la pared, con su eterna mirada socarrona. Los quiero tanto porque no me juzgan, no vigilan mis pasos ni merman mi peculio, ya que no piden nada. Callados, me miran desde la bonhomía que parecen adquirir todos los muertos al empezar a serlo, ayudados por la bondad propia de los recuerdos de quienes seguimos vivos.  Para amarlos basta poco: mi amor, un trapo viejo, algún plumero, unas cuantas flores de vez en vez, eso y menos necesitan para seguir contándome sus historias por las tardes, cuando las cosas no van bien y requiero charla, compañía. Entonces se desatan con su andanada de evocaciones; vieran cómo gozo el anecdotario. Revisamos  álbumes de fotos, diplomas, videos e incluso recortes de periódicos, porque debo decirles que entre mis difuntos hay quien conoció alguna fama y se codeó con el glamour. En ocasiones bebemos juntos, especialmente lo hago con el abuelo, que baja desde su lugar en la pared, justo en el rellano de la escalera. Le encanta compartir conmigo su tequila predilecto. El problema es que a él no se le sube el alcohol a la cabeza como a mí, sigue firme, con su mirada recia y el bigote airado. Ya medio borracho le cuento mis cuitas hasta que vació por completo mis frustraciones y dolencias, todo chillón y compungido. Entonces veo cómo el anciano relaja el entrecejo, humedece sus ojos y me dicta en silencio las dos o tres sentencias en las que compendia los secretos fundamentales para vivir. Avanzada la noche terminamos la tertulia y lo llevo a su pared; es un muerto viejo y me hace pensar que el reposo es la condición esencial para transitar su eternidad, lo que tal vez no suceda con aquellos que tuvieron la desgracia de morir jóvenes e insatisfechos.

A un lado del abuelo está mi tía Clarita. Murió de amor y sin amor hace nueve años. Siempre fue mi adorada alcahueta, cuando niño me daba los dulces y refrescos de cola que mi mamá me negaba. Por un tiempo mi madre eligió el vegetarianismo para mi familia. Era mi tía quien me proveía en secreto de las salchichas y el jamón serrano que tanto me encantaban. Con apenas cinco años mi ruego la conmovía: “Una salchichita tía, sólo una”. Arremetía furibunda contra mi madre a la voz de: “Los estás matando de hambre, ingrata”. Ahora baja a tomarse un rompope conmigo mientras le platico las peripecias de mi vida. A veces me pregunta sobre la telenovela de moda y le cuento la trama completa, o se la invento. Le gustaban y siguen gustando tanto los melodramas, que por eso la ubicamos justo frente al televisor de la sala. Tal vez sea efecto de la luz vespertina que se filtra por el ventanal, pero las mejillas se le enrojecen de emoción cuando inicia la telenovela  de las seis. En una ocasión, quizá mareada por el rompope que ella ni bebía pero yo hacía el honor de gustar a su nombre, me confesó haber partido virgen, dignamente impoluta. Me compadecí sinceramente de ella, yo, que bien sé cómo da rosas un cuerpo de mujer en las manos artesanas de un hombre que sabe labrar esa tierra con aplicación y paciencia. Pobre tía, si al menos una vez hubieras sido la heroína de una historia de amor en la que te escapases con un hombre, sin importarte el destino ni la sentencia de tu madre de que la cruz del Señor rodaba por los suelos, tu retrato en la pared tendría una pincelada de luz en los ojos y algo de malicia en la tímida sonrisa.

Un escaño arriba del abuelo está ella, la más grande y omnipresente, la tierra de donde emergió el tronco de la familia: mi querida abuela, de nariz arrogante y ojos agudos de noble inquisidora. Solo baja a dialogar conmigo cuando requiero de una mano firme que me indique el camino, una vez agotada la reserva de fuerza que su mirada me provee. Evito beber y llorar con ella mientras escucha atenta mis confesiones. En ocasiones platicamos hasta la madrugada y cuando la comisura derecha de su boca dibuja un ensayo de sonrisa y el ojo izquierdo empequeñece con un brillo húmedo, significa que ha perdonado mis devaneos, mis abandonos. Ella es la muerta que mi amor imagina como un cielo, pues su presencia abarca y cubre todo.

Quien no ha terminado de fallecer en esta casa es mi padre, por eso aún no coloco su retrato en la pared. Murió hace poco y no se dio cuenta que había muerto. Un minuto antes de partir hacía planes para recomponer el mundo y entregárnoslo mejor cada día. El pequeño espacio que le tocó habitar era una fábrica de esperanzas en las que a diario sembraba y me enternecía su vocación para creer en la justicia terrenal tanto como en la divina. Humano como era, con grandes defectos y mucho tiempo amante excesivo del vino y la canción, fue el hombre más franco y honrado que pude conocer. Temo no estar a su altura, por eso a menudo le confieso a mi abuela mis inquietudes y equívocos, sobre todo en el terreno amoroso, sobre el cual corren mis ganas como en estampida, sin bridas y sin cercados. Para recordar a mi padre aún preciso de lágrimas que acompañan a las que mi madre vierte por él con más frecuencia que yo. Cuando sea por completo un recuerdo que no moje mi cara, colgaré su retrato en la pared y me dispondré a tener largas charlas con él, porque no basta una vida para decir todo lo que un hombre debe decir a su hijo, o un hijo a su padre.

No deseo morir aún; no debo. Pero hay un espacio en la pared donde quiero que cuelgue mi retrato cuando me retire de la vida: junto a la abuela, entre ella y mi padre tal vez. Siento una calidez amable al pensar que ahí pernocte mi alma para siempre. Hace poco fui a tomarme la fotografía, quiero ser un muerto joven en la pared, para que la abuela tenga ganas de consolarme y acariciarme eternamente. He dado indicaciones a mis hijos para cuando suceda; a mi esposa no, teme a la muerte y la rehúye a diario a través del gimnasio y cremas rejuvenecedoras.

Mi perro está postrado a mis pies, lo miro viejo y cansado. La lógica dice que morirá primero, pero lo cierto es que vive como si fuera eterno. Estoy seguro de que él siente la presencia de nuestros muertos igual o mejor que yo, por eso cierra sus ojos y estira el cuello con expresión de gozo pleno; debe ser la tía Clarita, quien lo amó tanto, que le acaricia la testa como lo hacía a diario sentada en su mecedora en el corredor de la casa.

Es verdad que en mi hogar mis muertos no fallecen, duermen, cada uno en su retrato, cada cual en su mirada. Cuando la luz irradia en sus rostros, sonríen agradecidos porque se vuelven evidentes. Si alguna vez entras a mi hogar, abres las ventanas y puertas, corres las cortinas y saludas, un rumor como de vientecillo agudo recorrerá todas las estancias. Son ellos, alegrándose. Ellos, que sólo se dedican a estar, como lo hacen las plantas y los gatos, y las arañas patonas en las esquinas altas de los cuartos.

Hoy están especialmente vivos mis muertos, encendidos sus ojos y su piel por la luz de las veladoras de la ofrenda. Noviembre los descubre hermosos y rebosantes de una energía que me envuelve. Yo quiero mucho a mis muertos.

Lunes, 28 Octubre 2019 05:52

La tua fragilità, Julieta

“Y morirme contigo si te matas y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”

Joaquín Sabina

 

Su fragilidad, respondió cuando le preguntaron respecto a lo que más le gustaba de ella. Y tiene un no sé qué, un aire ausente, como si tuviera al mar siempre enfrente  y esperara ver llegar un barco con noticias del mundo, agregó después de que un suspiró metió frío en su pecho. Además, es tan sensible que la he visto llorar mientras devora con sus ojos El túnel de Sábato, continuó diciendo para redondear su respuesta.

            Genaro fue quien puso la novela en sus manos y después no estuvo seguro de que hubiera sido bueno. Al escucharla decir que ella tampoco se entendía con el mundo, como Juan Pablo Castell, el protagonista de la historia, sintió una profunda compasión por ella y, además, sintió quererla más que antes, con esa devoción protectora que surge en muchos hombres ante una mujer que tiene “el palpitar de un ave en agonía”, dijera un poeta. Fue él quien se propuso sacarla de ese encierro, de mostrarle las ventajas de reír ante el mal tiempo y encontrar asideros en los días de sol o las tardes nubladas; convencerla de que el mundo no es perfecto y estaba muy lejos del alcance de un solo ser humano poder cambiarlo. A eso destinaba las horas de las tardes que pasaba con ella y escuchaba fanfarrias si lograba sacarle una sonrisa. Si ella hablaba de las penas y tragedias que sufren los migrantes, él contraponía historias de éxito de muchos exiliados; si ella se quejaba de su condición de ser mujer y sufrir la violencia que pesa sobre su género, le decía que las revoluciones modernas las estaban haciendo las mujeres y hablaba de lo mucho que han logrado; si ella peleaba con la idea de un dios clemente que nos depara un reino de bondad, él compraba helados de sabores y, jocoso, la invitaba a saborear bondades de fresa, pistache y chocolate. Y Genaro se acostumbró a que en el sexo los gritillos de placer de Julieta fueran acompañados de lágrimas que después del orgasmo se volvían caudales, una especie de ríos por los que navegan góndolas sin gondoleros ni enamorados.

            Es una mentira que haya historias de amor en las que los dos permanezcan intactos en su individualidad, que nada se transforme en uno y otro con el paso de los días y sigan ondeando dos banderas distintas después de batallas amorosas de meses. La mejilla de ella pareció echar raíz en el hombro de él, y sus manos de lirio desmayado se aferraron tanto a la espalda masculina que a esta le nacieron lianas que lo ataron a las paredes en las que Julieta colgaba su nostalgia. Por eso Genaro fue perdiendo su encanto de gorrión en coro permanente y se tornó un cielo seminublado del que solían llover espesas lágrimas por la tarde sin que nada lo anunciara, como pasaba con ella. Y se aficionó al chocolate amargo, al café sin azúcar y a las canciones tristes, a despertarse tarde y a la duda, la noche, la calma, al crepúsculo en vez de los amaneceres y los silencios en lugar de las canciones; a escudriñar la vida en busca de polvo sobre los muebles y lavar sus manos cincuenta veces en el día, a no soportar una sola arruga sobre la colcha de la cama y a convertir una simple merienda en un ritual tedioso de cubiertos y cristales.

            Julieta ganó terreno en ese juego del amor al que nos entregamos como un sacrificio y Genaro cedió un gran tramo de su fortaleza de sonrisas y optimismo. Lo extrañaron en las calles y los bares que acostumbraba pisar. Incluso una damita, cuya voz hacía recordar el canto de un estornino, cejó en su intento de meter a Genaro en su jaula, pues el chico, antes rubicundo ruiseñor, prefiere ahora el jardín lleno de lánguidos lirios donde Julieta pasea, taciturna y pálida.

            Con los restos sanguíneos que le quedaban, un día Genaro le propuso matrimonio. Habló de hijos, de futuro, de vida. Ella no dibujó una mínima emoción en su rostro. Ya no valía la pena ni era responsable traer hijos al mundo, respondió, y para qué casarnos si no alcanzo a ver el futuro. Algo se congeló súbitamente en el pecho del él. No me entiendo con el mundo, Genaro, ya lo sabes, sentenció ella.

            Su fragilidad, que tanto lo atrajo al inicio, le pareció ahora una acuarela triste; su voz, el más desconsolado nocturno de Chopin. Quiso luchar y puso nuevamente un sol en sus ojos y una pieza cromática de Wagner en su voz. Arremetió con furor, como el director de una orquesta intentando que su batuta despertara a una orquesta desangelada y casi muerta. Se rindió cuando ella pronunció las frases lapidarias: “No estaré mucho tiempo aquí, Genaro. Siempre he creído que no soy de este tiempo. Tu amor me riega a veces, pero luego reseco como un páramo. Eso soy, una tierra yerma que está más cerca de la muerte que de la vida”.

            Su fragilidad, supo Genaro, era una barcaza sin remos navegando por los rápidos de un río furioso.

            “Acompáñame, amor mío, demos fin a este engaño de los sentidos. La vida está fuera de aquí, tú lo sabes. Cada día es un episodio de tormenta y ni tu amor me salva; al contrario, duele. Si no te tuviera podría retirarme sin pena, pero aumenta mi angustia saber que escalaste mi balcón y estoy a punto de dejarte solo en él, sin una enredadera por la que bajes y escapes. Hay un abismo dulce esperándote sobre el buró de mi cama, si tú lo bebes después de mí, me alcanzarás. Te espero en el camino, mi amor. Como te prometí, he sido tuya hasta la muerte”.

            Tenía claro que ese día Julieta se encontraba sola en su casa. La llamó desde la calle con insistencia pero no contestó. Ingresó sin dificultad al encontrar la puerta abierta y se dirigió a su recámara. Halló la carta en el buró, junto a un frasco de tranquilizantes con la mitad de su contenido original. Ella estaba inconsciente, con la misma palidez sepulcral que lo enamoró. No lo pensó. Se dio cuenta de que aún había pulso de vida en ella, quien apretó su mano como señal de que lo esperaba. Decidió alcanzarla y bastó un vaso con agua para beber el resto de las pastillas. Antes de perder la conciencia dijo en su oído cuanto la había amado y que debían continuar lo suyo en otra parte. Besó a Julieta y poco a poco se fue hundiendo en el sopor.

            El azar, ese misterio que nos lleva y nos trae, quiso que el hermano mayor de Julieta llegara a los pocos minutos. Los descubrió rápidamente. Llamadas telefónicas, ambulancias, los padres de ambos rumbo al hospital. Algo en ella la hizo reaccionar, como si asuntos pendientes la devolvieran al mundo. Al poco rato, semiconsciente, vomitó restos de las pastillas y los deseos de muerte que la llevaron a tomarlas. Genaro, al contrario, se entregó completo.

Cuentan que los ruiseñores, cuando pierden el canto, saber morir sin demasiados aspavientos.

            Semanas después, frente a la tumba de su enamorado, Julieta tenía una expresión extrañamente neutral. Cualquiera diría que no había demasiado dolor en ella; ausencia, solo ausencia. Pálida y bella, tal vez más que antes, dibujó una levísima sonrisa cuando se retiró del cementerio, tan pequeña que hubiese sido necesario conocerla durante años y estar muy cerca de su rostro para detectarla. Si escudriñáramos un poco incluso habríamos podido percibir un nuevo brillo en sus ojos, como si la muerte y no la vida, la dotara de esos destellos paradójicamente vitales.

               Tiempo después, un primo lejano suyo que volvió de estudiar arquitectura en el Politécnico de Turín se sintió irremediablemente atraído por la sua fragilità. Sus padres vieron esperanzados y con buenos ojos la posibilidad de que surgiera algo entre ellos. Julieta debía continuar con su vida después de la tragedia.               El joven arquitecto, que aún no desempacaba las maletas traídas de Italia, no resistió a su encanto y no aminoró su ánimo por conquistarla cuando la escuchó decir lo que él pensó era solo una esplosione di malinconia: “Roberto, soy una mujer que no se entiende con el mundo”. Nuevamente aparecieron en su rostro el extraño brillo en la mirada y aquella levísima sonrisa en su boca. Extasiado y prendido de la sua fragilità, él no pudo darse cuenta.

 

           

             

 

Lunes, 21 Octubre 2019 05:24

Ya’ax, leoncito de Bavaria

A Yuliana Neri Arriaga, gaviota en reposo

(Aconsejo acompañar los dos primeros párrafos con Almost blue y los dos últimos con Every time we say goodbye, ambas melodías de Chet Baker. Culpo por esta intromisión musical a un tal Rocato)

El día amanece nublado. La primera indagatoria en internet me pone en contacto con una sugerente melodía de Chet Baker. La comunión entre la trompeta, el piano y la voz es una triada acústica perfecta para una mañana que no promete mucho sol. Almost blue recoge amorosamente mi modorra y la convierte en una de esas melancolías afortunadamente gozosas. Al mirarlas por el ventanal las nubes pesadas me regalan una bella escala de tonos blancos y grises amables. Disfruto la delicia de no tener prisa para nada que no sea preparar un café y continuar la lectura de la novela en turno, o seguir en mi romance con la almohada que también sabe que es sábado y por ello está dispuesta a soportarme un rato más.

Agradezco la manía de un gran amigo que cada mañana madruga a buscar en la red alguna música que nos eduque en el exquisito oficio de escuchar la belleza. Hoy nos propone esta hermosa pieza de jazz y con ella decido, después del paraíso del café, vérmelas con el teclado para intentar un registro escrito de alguna de las sensaciones e ideas que arrastro desde un sueño de ocho horas limpias y apacibles. Deslizo la manos y, solas, como si hubieran escrito mil veces lo mismo, escriben: “Ya’ax nacerá fuera de casa, en la pintoresca isla de Lindau, en la región de Bavaria, Alemania”.

Me detengo y pienso en la serie de circunstancias que tuvieron que engarzarse para que Ya’ax, que navega airoso en el vientre de Yuliana, su madre de hermosos ojos de asombro y expresivo cuerpo danzarín que revienta cualquier tipo de indiferencia, fuera fabricado el pasado mes de febrero en Cuernavaca, subido a un avión en mayo y esté a punto de nacer en noviembre lejos de nuestros verdes y azules tan codiciados en otras partes del mundo, pero también de nuestra pólvora cotidiana y nuestras portadas rojas de periódico, de los caminos cementerios y las calles que desaparecen a nuestras mujeres, y de la ladina indiferencia hacia los artistas que se ofrecen al arte compromiso y al arte indagación. Se me ocurre que Ya’ax es un conquistador y ha elegido tierras bávaras, junto al gran león que resguarda la ciudad de Lindau a la orilla del lago Constanza, para crecer fuerte y noble bajo el auspicio de su nombre maya y la sensibilidad de sus padres. Ya’ax es la metáfora del peregrino que busca mejor tierra y un faro de luz que lo defienda de piratas depredadores de vida. Tal vez sus padres no lo razonen así, pero estoy seguro de que lo intuyen. Nacerá moreno y fuerte, gozará de un Estado que lo protegerá mejor que el nuestro, entre callecillas medievales y niños que educarán de modo diferente su aparato fonador; con mayor razón tendrá que leer a Goethe, Nietzsche, Günter Grass, Schiller, Herta Müller, Brecht y varios más; tendrá que entonar el himno nacional alemán, la tercera estrofa del poema das Lied der Deutschen (canción de los alemanes) de Hoffmann von Fallersleben; deberá aprender la historia de ese pueblo, con sus grandes luces y sombras; crecerá en un país donde solo uno de cada diez opina que la religión es importante, por lo que deduzco que Ya’ax deberá buscar a Dios, si acaso lo necesitara, en otra parte distinta de los templos, tal vez en su pecho, o en las danzas rituales de su madre y en la bondad del padre, o en la tradición de la que nace su nombre: en el viejo sabio maya, Zamná, y en el Popol Vuh, para que sepa y no olvide que está hecho de maíz, la planta sagrada de Mesoamérica.

Me pregunto si sabrá con el tiempo de nuestro José María Morelos y de los hermanos Flores Magón, entre otros, de Josefa Ortiz y de las Adelitas revolucionarias que ahora renacen y se multiplican en las mujeres que luchan por sus derechos y en contra de los feminicidios. ¿Sabrá de Zapata y alguna vez recorrerá la ruta zapatista para meterse su origen en la sangre y amar aún más el color de su piel? ¿Subirá alguna vez al Tepoxteco y entrará a medir el tiempo en el reloj de sol de Xochicalco? ¿Ingresará a un temaxcal para vencer las cuatro puertas del viento, la tierra, el fuego y el agua, y saldrá convertido en guerrero para luego seguir conquistando tierras teutonas? ¿Sabrá de la delicia de una quesadilla de huitlacoche o un tlacoyo de frijol con nopales? ¿Danzará al son del chinelo y gozará de la nieve inigualable de Alpuyeca? ¿Llegará a saber qué es un trompo si su padre se lo compra en la feria de Tlaltenango y llevará flores de cempasúchil algún dos de noviembre hasta algún panteón de Morelos? ¿Podrá enamorarse un día de una morena bonita bajo una jacaranda o un tabachín en flor, y desenamorarse después de despedirse en la terminal de La Selva cuando parta rumbo a algún lugar del mundo? ¿Aprenderá también el “ciña ¡oh, patria!, tus sienes de oliva…” si aún fueran útiles los nacionalismos cuando sea hombre crecido?, y, sobre todo, ¿plantará aquí un árbol y vendrá a regarlo y verlo crecer de vez en cuando?

Asomo por la ventana, cierro los ojos para poder ver y logro mirar sonrientes los rostros de Yuliana y Sergio, su compañero, contestando a todo que sí, que un árbol y un hombre o una mujer tienen una sola tierra que es el mundo, un solo compromiso que es la vida y una sola sangre, la humana. Me cuenta su madre que el chico es impetuoso y lo siente danzar adentro con energía, que volverá y partirá innumerables veces porque los nacientes de hoy emergen para el movimiento, que a los nuevos ciudadanos del mundo les corresponde ser kurdos, chilenos, africanos, sirios, europeos, mexicanos u orientales, que las proclamas de aquí, allá y acullá son las mismas y que, en definitiva, el chelista Carlos Prieto interpreta maravillosamente a Bach y, de igual modo, sabe de un mariachi alemán en Múnich que toca como nadie las de José Alfredo, y, cuando se ponen finos, una versión del Huapango de Moncayo; incluso ha oído que despierta en los germánicos unas ganas irrefrenables de beber tequila y mezcal. Abro los ojos; entonces dejo de verlos y escucharlos.

Vuelvo al teclado que dejé en paz por mis reflexiones. La música de Chet Baker sigue ahí, enamorándome. Ahora interpreta Every time we say goodbye. Caigo en la cuenta que no es la melodía correcta para ambientar la historia de Ya’ax. Es más, su historia no me corresponde a mí contarla o imaginarla; tal vez seguirla mientras sus padres y los días la van escribiendo. Solo me resta decirle herzlich willkommen, Ya’ax, desde tu patria distante que pisarás un día.

Conmovido por la melodía del trompetista de Oklahoma, me nace escribir sobre algún desaguisado amoroso real o imaginado que haya yo padecido en los últimos tiempos y me dispongo a hacerlo durante el resto de la mañana nublada. Si alguien me ha seguido hasta aquí, le aconsejo seguir escuchando a Chet Baker mientras van y dan un beso a su dama o a su compañero. Si está ausente o no existe, consolará un poco besar el espejo.

 

Lunes, 14 Octubre 2019 05:34

Je t’aime, mais…

A Juan Machín

I

Algunas veces los recuerdos son lluvia que nos moja la espalda, penetra la piel y brota por los ojos. Traen consigo el sabor líquido de la nostalgia y, aunque resistamos, en algún momento buscamos una esquina, una sombra o una hora sola, sin nadie, para llorarlos. Otras veces cruzan como palomas, fugaces, dejándonos transitar y cumplir con las cosas del mundo, pero van y vienen, vientecillos que azotan nuestros sueños de fortaleza y nos dicen aquí estamos, no te has ido ni nos vamos. Si los recuerdos son aromas es cuando más calan, pues están en todas partes, adentro y afuera, sea en luces o en sombras. Los llevamos a todas horas y los revive por ejemplo una almohada que tú y yo compartimos, una calle que guarda nuestros pasos, la manzana del frutero que se quedó esperando nuestro beso, el umbral de aquella casa que osamos pensar nuestra para acumular en ella racimos de tardes y nostalgias; y claro, una cocina es la huella aromática más apremiante, la mantequilla derritiéndose en el pan tostado, el aroma del café e incluso la humedad alojada en las paredes, tan parecida a la que se cultiva en las caderas de un hombre y una mujer que se desean. A todo eso huele tu piel que se alojó en mis manos y un día huyó de ellas porque pensaste que el amor físico no tenía esperanza alguna.

Hay muchas formas de amar, solías decir, la mía tiene alas que no se detendrán hasta explorar todos los parajes de mundo y tal vez vuelva cuando me fastidie del aire y requiera un pedazo de tierra para pernoctar, y un solo hombre para compartirme. Lo triste fue que te hayas ido la madrugada de un veinticuatro de diciembre y tu adiós fuera una planta de nochebuena con un mensaje escrito en francés que decía: Je t’ aime mais je n’ai pas besoin de toi. La siguiente vez que supe de ti, Jane, fue a través de una foto tuya con la torre Eiffel en el fondo, aparentemente sola y con una sonrisa que debió ser la delicia del fotógrafo. No pudo mi entrega al trabajo borrar tu mirada marina inatrapable, mucho menos deshacer de mis manos y ojos el mapa de tu piel que aprendí de norte a sur. Me dueles incluso cuando estoy en otro cuerpo y la osadía de una lágrima me sorprende recordándote. Es cuando me pregunto si la tal idea de la felicidad tendrá que ver con no pretender lograr lo que se sueña, con aquietar la aventura de estar vivos en el confort que dan versiones limitadas de los anhelos realizados y girar alrededor de la misma plaza, donde envejecen las palomas de siempre y nos engatusan los mismos merolicos.Me rebelo. Tomo el pincel y te desnudo sobre la tela, en esa pose tuya que asumías después del amor y me encantaba, desprovista de toda vanidad pero convertida en un fiat lux que competía con el ámbar matutino ingresando por la ventana. Me cuesta atrapar tu mirada oceánica que contiene la belleza de los mares y los cielos azules de Cuernavaca, y tus interrogaciones para las cuales no tuve todas las respuestas. En tu boca entreabierta dibujo la frase que define nuestra relación y nuestro tiempo juntos: “Je t’aime, mais…” Tu pelo, metáfora visual de la libertad, acentúa la transparente ausencia de tus ojos. Apenas exhibo el pequeño brote de tu seno y algunos de tus meandros. Detrás de ti la flor de nochebuena que aún mantengo viva y esperanzada en tu regreso. El fondo es un delirio de ocres sobre el que se recorta tu cuerpo, esa intensidad de sol atrapada en un lienzo para mi consuelo. 

II

Si fui capaz de acompañar al planeta tres veces alrededor del sol sin ti, ¿por qué ahora vuelves, Jane, ahora que he aprendido a amarte en todas las mujeres, buscando fragmentos tuyos en ellas y acomodándolos en mi emoción a modo de rompecabezas?, ¿hoy que soy capaz de encontrarte en las canciones en francés y sonreír con tu recuerdo? Te fuiste porque no podía ser de otro modo, pero ¿no había opción distinta a tu retorno? Si no eres un fantasma, háblame entonces, juguemos con tus palabras de vino tinto, acoplemos las tuyas y las mías en ese vano juego de los aciertos y en el otro más triste de nombrar al destino. No usemos frase hechas, ambos sabemos que son tan inútiles como las románticas canciones de los enamorados. Amo tu transparencia y ojalá no haya quedado pisoteada en algún jardín o a la vera de algún camino triste. Deshójate como antes y dime las grandes verdades encontradas en tu peregrinaje, o los mares de dudas acumulados. Dime qué sigue después de los puntos suspensivos del Je t’aime, mais… Tal vez los años transcurridos no hagan necesarias las certezas en ninguno de los dos; tal vez el amor es precisamente una falta necesaria de certidumbre.Callas; callamos. Viene al rescate un incendio devorando nuestros cuerpos. Sobre la cama descubro que sigue intacto este delirio amoroso. De tu boca nace nuevamente para mi oído infante y crédulo el mon amour que no permitirá más lucubraciones. No soy apto, ni lo seré jamás, para describir el paraíso en que conviertes mi estancia: cascadas de agua, rayos de luz vivificante y trinos de aves; crecen plantas alrededor de mi cama y el pobre y triste mundo descansa en el olvido. Tardas horas en mostrarme lo aprendido mientras muero y resucito en una sola tarde. Al final, desgarrados, vacíos de todo, entramos en ese paréntesis que deviene del desesperado intento de tocar una cima amorosa en la ansiedad de dos cuerpos. Es el paréntesis perfecto, el remanso, la bendecida vacuidad.Te veo desde mi sillón mientras cumplo con la tradición de fumarme un cigarrillo después del sexo. Me encanta ser testigo del momento en que abres los ojos y emerges a través de ellos. Con emoción descubro que son los mismos de siempre, dos sílfides escudriñando el aire. No puedo con tanta belleza y lágrimas contendidas largo tiempo descienden mis mejillas. Nos decimos en silencio las mismas preguntas de antes y surcan el aire las mismas inquietudes. El café caliente nos saca del letargo y procedemos a compartir los nuevos aprendizajes, a las dulces confidencias y las voluntarias confesiones. Confirmamos nuevamente que en el cuerpo del amor cabe todo, y aunque duela o una punta de estilete nos punce el orgullo, se agradece estar vivo para experimentar la marejada de emociones. Afuera, el mundo transita al ritmo histérico de todos los días y habremos de ir a él. En tres días es navidad. Tú estás conmigo y la nochebuena que ha crecido en el jardín también, tan vivas y tan bellas. No sé después. No importa el destino; no existe. Lo podemos inventar hoy y asesinarlo mañana, o reconstruirlo entre los escombros.Miras la acuarela que te guarda colgada de una pared en mi estudio y te desarmas entre mis brazos otra vez. Te aferras a mí y lo hacemos nuevamente entre los libros y estantes con una desesperante dulzura. Mon amour, mon amour. Te escucho, Jane, volcada en lágrimas en la fugacidad del orgasmo y durante varios minutos después. La pleamar de tus ojos me lo dice: que no te quedarás para siempre, que no estás hecha para eso y no puedes prescindir de los vientos alisios, ni de los planetarios y los continentales; que en tu naturaleza el amor se expande más allá de la convención de la pareja y más allá del miedo y el tiempo; que no sabes cuáles serán los brazos masculinos definitivos que estén ahí cuando cansada te sientes a envejecer en una terraza, y ni siquiera estás segura de que los habrá.

No importa, ya está aquí la Navidad con su esquizofrenia consumista y sus cánticos y tú estás conmigo. No existe el destino con sus presurosas advertencias; esta noche no es bienvenido. Estás conmigo en Cuernavaca y sabes que no necesitas agregar puntos suspensivos cuando me dices mon amour, je t’aime. Parece que por fin comprendo algo del amor, tú me has enseñado.

En la acuarela que te guarda para mí por siempre, la nochebuena parece más encendida. Joyeux Noël, amada Jane.

 

 

Lunes, 07 Octubre 2019 05:26

Día de viaje

En junio pensé que ahora sí se nos iba. Pero, ¡qué va! El señor es fuerte. En un descuido me muero primero.

―Una gripe no me acabará, María Modesta ―me dijo esa tarde al salir del hospital―, serán ellos quienes un día no me dejarán despertar.

Cuando lo oigo hablar así me pone nerviosa. Desde que se enfermó la vez pasada, en enero, empezó con eso de que lo visitan durante los sueños. Últimamente me ha dicho que lo vienen a ver también cuando está despierto. Se me pone la piel chinita y trato de no hacerle caso. Por lo demás, sigue lúcido como siempre, leyendo sus periódicos y revistas todas las mañanas, recibiendo visitas de sus hijos o de Juanito, su abogado. Sin embargo, desde hace como un mes dejó de vestirse de traje o al menos de saco como acostumbra, y empezó a hablar solo. Por respeto me retiro para no oír lo que dice, pero por más que me aleje, alcanzo a escucharlo en algunas ocasiones. Es como si platicara con alguien. A veces me da la impresión de que platica con varias personas. ¡Ay, don Luis! ¿Qué va a pasar conmigo si pronto se muere?

He aprendido a quererlo en tanto tiempo que llevo aquí. Aunque lo culpan por la matanza de los estudiantes del 68, parece que no le han comprobado nada. Por eso lo dejaron en paz hará unos seis años y terminó su prisión domiciliaria. O será que Juanito Rojas es un buen abogado. Lo que sí, recibió buen dinero cuando absolvieron al señor de los cargos que tenía en su contra. Cambió su residencia por otra más grande; lo sé por la vanidosa de su mujer. La última vez que vino en compañía de su marido a visitar a don Luis, se la pasó presumiendo su alberca y el estacionamiento para cuatro carros. Nada que ver con Juanito, un hombre serio y formal.

Hace tres días vino el geriatra. Nos indicó un cambio de medicamentos. Según él, las alucinaciones del señor son normales a su edad. Con las nuevas medicinas se tranquilizará y verá las cosas como son, dice. Lo que no sabe es que tiró por la taza del baño las pastillas nuevas.

            ―No insistas más en que me las tome, María Modesta. ¿Quién le dijo al médico que quiero estar sedado todo el tiempo? Ayer me pasé el día sin poder leer por el maldito sueño.

            ―Don Luis, el doctor sabe lo que hace. Dese unos días para acostumbrarse al nuevo medicamento.

            ―Luego hablaré con él… Trae los periódicos de hoy, necesito leerlos antes de que llegue el embajador de China.

            Esta será la cuarta vez que me toca recibir a un diplomático de ese país. Don Luis pocas veces se arregla tanto para recibir una visita, pero si se trata del embajador de China, se pone su mejor traje. Hace un año también lo visitó junto con su esposa. ¡Cómo me cayó bien la chinita! Se veían tan decentes y buenas personas. Aquella vez los acompañó la hija del señor, la señora María Esther. Traía puesta una blusa bordada con flores que fue de doña María Esthercita, su madre. Me quedé sin habla cuando la vi. Igualita a su mamá; parecía su reencarnación. Hoy vendrá el embajador porque supo que don Luis estuvo muy enfermo. Con eso de que los chinos están muy agradecidos con él por el apoyo que les dio cuando era presidente y China apenas estaba naciendo, así lo oí decir ayer cuando hablaba solo, pues están al pendiente de él. A mí se me hace que es más por conveniencia. Si estamos bien llenos de productos chinos aquí en México, y de chinitos también. El día que el señor muera, se me hace que habrá muchos de ellos en el velatorio. ¡Ni Cristo lo quiera!, esos no sabrán rezarle ni un Dios te salve.

            No entiendo de dónde saca Don Luis las ganas de leer tanto. ¿Para qué?, me pregunto. A sus 96 años debería dedicarse más a escuchar música, o a pintar cuadros como hacen otros viejitos. Se devora los periódicos y las revistas, hasta las de chismes de la farándula. Y tiene la manía de estar subrayando con marcador todas las páginas, yo no sé para qué. Cuando platica con las visitas pregunta y pregunta, quiere saber todo de lo que pasa allá afuera. Se me hace que lee y quiere saber lo más que pueda, porque pensará que allá en el cielo te abren rápido las puertas si no eres ignorante, o que Dios perdona tus pecados más fácilmente si no te dedicaste a holgazanear, o qué sé yo. Una vez le quise preguntar sobre eso, con mucho cuidado, porque trato de no parecerle tan simple y tonta.

            ―Don Luis, ¿usted cree que Dios nos aprecia mejor si en vida conocemos más de la ciencia, el arte y esas cosas? ―me miró como si nunca antes me hubiera escuchado hablar.

            ―Temo decirte, mujer, que Dios está muerto y bien enterrado. Al menos ése al que rezas a diario y vas a buscar al templo ―y me siguió mirando con un rayito de entusiasmo malicioso, ante mi gesto de alarma por lo que acababa de decir―. ¿Conoces a Nietzsche?

            ―La verdad, no, señor. De sus amistades conozco a muy pocas, sólo a las que lo visitan ―la risotada que soltó le provocó un acceso de tos; me di cuenta de que había respondido una tontería―. Si se refiere a un poeta o a un periodista de los que usted lee, pues le diré que no, señor. Además de la Biblia, en mi cuarto sólo tengo unos libros de esos que traen muchos pensamientos para dar ánimo en la vida.

            ―Está bien, María Modesta, no te preocupes ―después de la tos le quedó como un brillo de alegría en sus ojos viejos―. Un día te hablaré de él, aunque tal vez no sea necesario.

            ― ¿Quiere más tecito, señor?

            ―Un poco más, te lo agradezco.

            ―Me retiro. Ya no lo interrumpo.

            ―Oye, María, antes de que te vayas, contéstame una pregunta… ¿Tengo cara de asesino?

            ― ¡No diga eso, don Luis! Qué ideas se le ocurren. Usted es… una persona con defectos y virtudes, como todos… Con su permiso, señor.

            Lo dejé en su sillón, sin ese contento que vi en su cara un poquito antes. Ese día traté de ya no cruzar palabra con él, sólo lo necesario. Les pedí a Rocío, la cocinera, y a José Refugio, el jardinero, que tampoco lo molestaran. Decidí no investigar nunca sobre ese tal Nietzsche.

            Estoy esperando que se retire el embajador chino y las tres personas que lo acompañan. Tienen más de dos horas con él; lo veo muy animado. Me preocupan sus medicinas; hace rato debió tomar una de ellas.

Lo dejó de buen ánimo el embajador. Antes de dormir, mientras Anita me ayuda a llevarlo a la recámara en su silla de ruedas, bromea sobre un supuesto viaje a China conmigo.

            ―Con el miedo que me dan los aviones, ni lo piense, don Luis.

            ―El avión es el transporte más seguro, María. Es más fácil que una bala perdida te quite la vida, sobre todo ahora en nuestro país, que anda de cabeza.

            ―Las cosas que dice son para quitar el sueño. Tómese sus dos tabletas, ya es hora.

            ―Usar la fuerza, pero con inteligencia, es necesario para salvar a la patria de males mayores.

            ―No empiece con eso, señor, que me pone nerviosa. Sólo Dios sabe por qué llegamos a esto.

            ―Me gustó mucho la visita de nuestro amigo. Los chinos sí entendieron  nuestra decisión de usar la mano firme cuando se debía. A los muchachitos de ahora les tiembla el pulso.

            ―Vaya a la cama, señor. Deje de pensar en eso.

            ―Dejar de pensar es un sueño imposible, María Modesta. Oye…, quiero decirte que hoy estará aquí la compañera María Esther. Tengo cita con ella esta noche.

            ― ¡Don Luis! Ya le dije que delante de mí no diga esas cosas. Sabe lo impresionable que soy. Deje a doña Esthercita en paz. Y no le diga compañera, no me gusta. Fue su esposa por todas las leyes.

            Me voy de su cuarto asustadísima. Siento que por los corredores de la casa aparece doña Esther, elegante como siempre fue. Hay cuadros de ella por todas partes y la idea de verla aparecer me pone los pelos de punta. Quienes están cerca de la muerte ven y oyen cosas imposibles para los demás, según me han dicho. ¡Ay, Diosito! ¿Y si ya viene por él su difunta? Pues sería lo más justo, pero me cuesta aceptarlo. He llegado a pensar que el señor es inmortal o que se morirá cuando él lo decida. Una noche de la semana pasada me dijo algo que me hizo pensar así:

            ―Ya te hiciste mayorcita a mi lado, mujer. ¿Cuántos años cumpliste? ¿Sesenta y…?

            ―Setenta, señor. Ya llegué al séptimo piso aquí con usted, pero contenta.

            ―Arreglaré que te den un bono especial por eso, María Modesta. Cada década de vida debe celebrarse y premiarse ―se me quedó viendo como lo hace cuando me va a preguntar algo muy importante―. Dime, ¿imaginas cuál es la razón por la que no he querido morirme aún?

            ―Eso lo sabe Dios y usted, don Luis. Pues… creo que desea celebrar sus diez décadas completas. Y lo hará, estoy segura que sí.

            ―No se trata de eso. He esperado tanto para reunirme con la compañera María Esther, porque quiero que los mexicanos se den cuenta de que tuvimos la razón hace 50 años. Esos muchachos estaban manipulados por fuerzas oscuras del comunismo internacional. De no actuar con firmeza y patriotismo estaríamos ahora igual que Cuba.

            ―Don Luis, ya pasó mucho tiempo. Mejor deje de decir eso, se me hace que ni usted mismo se lo cree ―me miró sorprendido y enojado; yo jamás le había dicho algo así―. Disculpe a esta mujer bocona, pero… pues, repetir tanto esa cantaleta le hace mal a su salud.

            ―Sólo porque eres María Modesta, te perdono; sólo por eso ―cambio su rostro serio, soltó una carcajada y luego le vino la tosedera; como siempre que ríe con ganas.

― ¡Le estoy diciendo, señor! Mejor le pongo su Huapango de Moncayo para que la cabeza deje de estar dándole vueltas y duerma tranquilito. ¿Cómo ve?

            ―No se puede dormir tranquilo cuando se trabaja por la nación. ¿Sabes?, esta noche estarán aquí García Barragán y Corona del Rosal, a quienes debieron ponerles una estatua, cuando menos. ¡Pobrecitos! ―esto último lo dijo entre compasivo y burlón, torciendo la boca. No entendí por qué.

            ―Señor, no empiece con esas cosas, deje a los difuntitos en paz. No me acuerdo bien quiénes son los señores esos, pero ellos estarán en el cielo, con Dios. Bueno…, no sé si con Dios o con el diablo, pero ya no están aquí. ¡Ándele!, sus medicinas.

            Esa noche tuve que venir a verlo en la madrugada. Me despertó con su sermón mientras dormía. Cuando me acerqué, clarito escuché lo que hablaba:

― ¡Entiendan!, yo sólo lo puse al tanto de lo que pasaba. Quien dio la orden fue él, Díaz Ordaz… Pregúntenles a Siqueiros y a su esposa Angélica, yo estaba tomando un café con ellos esa tarde y… O pregúntenle a mi esposa, la compañera María... ¿Qué dicen?... ¿Qué yo fui una pieza clave para la intervención de la…? ¡Cuál CIA ni qué ocho cuartos! ¡Cabrones! Scott y yo éramos… Pinche Scott, yo nunca fui tu esclavo… Siempre velé por los intereses de la... Compañera María Esther, amor mío, recuérdales a estos ineptos que el presidente asumió la responsabilidad de sus actos... y el juicio de la historia… como lo he hecho yo… ¡Fuera de mi casa!, chayoteros irresponsables… ¡Fuera!

Ahí fue que despertó empapado en sudor. Estuve a punto de llamar a uno de sus médicos, sin embargo él me lo impidió. Quiso tomar un té de menta y me quedé con él hasta que lo terminó y volvió a dormitar. Estaba a punto de retirarme cuando empezó a hablar de nuevo:

―Pinches chamacos, se burlaron del presidente y les salió caro. Él no tenía la culpa de estar tan feo. A cualquiera le dolería escuchar que tiene hocico de mandril… Ja, ja, ja… Pensar que me pasé mirándole los dientes de cerca durante seis años… Ja, ja, ja… Si me hubieran hecho lo mismo, no les mando los halcones y el ejército, sino una bomba para acabarlos pronto, ¡bola de cabrones!... Y déjenme decirles que la ocupación de la UNAM por el ejército, fue una medida para proteger a la universidad de… los intereses mezquinos e ingenuos que pretendían desviar el camino de la Revolución Mexicana. Claro…, ustedes no lo podían ver, porque estaban cegados por…

Empezó a sudar de nuevo y decidí llamar a alguien. Pero se fue calmando lentamente, sin despertarse. Seguía diciendo cosas cada tres o cuatro respiraciones, pero ahora bien confusas:

―Pónganles un guante blanco a esos muchachos… Lo del bazucazo era necesario, Manautou… El cabrón de Scherer se va, ya está decidido… ¿Cuántos murieron el 10 de junio? ¿Diecisiete? ¡Qué bueno!, no fueron muchos… Quiero a todo el comité de huelga en la cárcel, Barragán, a todo… ¡Palo!, ¡palo!... Jolopo, la frasecita esa que dijo el Trompudo cuando te entregué el poder, no se la perdono: Ahora podemos ya respirar tranquilos; no, José, no se la perdono… ¿Te acuerdas, Carrillo Olea? Lo que pasó esa vez en la UNAM fue igualito que en Los Intocables…

Después de escuchar esto, otra vez me asusté, porque soltó unas risotadas que poco a poco se volvieron gemidos, mientras le salían lágrimas a chorros. Dijo algo más antes de despertar:

―Te fuiste muy pronto, Rodolfito…, muy pronto.

Y abrió los ojos. Los míos también se empaparon de lágrimas al recordar la muerte de su hijo. Me miró y tomó mis manos con un gesto de ternura que jamás había tenido conmigo. Me confundía.

―Compañera María Esther, gracias por haber volado a mi lado a tantas partes del mundo. Aun con tu miedo a los aviones, fuiste conmigo siempre que te lo pedí. Ahora soy yo quien tiene algo de miedo de volar a donde estás tú, pero sé que pronto llegará el día. Compañera… ¿verdad que no tengo cara de asesino?

Mis nervios no aguantaron más y llamé a su médico. Mientras hablábamos por teléfono, don Luis cayó en sueño profundo y se quedó calladito. Parece que sus fantasmas se habían ido. Quedé en recibir al doctor al día siguiente, recé un padrenuestro y me fui a dormir.

            Creo que algo va a pasar pronto. Hoy por la tarde vendrán dos de sus hijos. Saben que cuando se acerca el dos de octubre su papá se inquieta mucho y cae en depresión. Don Luis se levantó de la cama muy tarde, casi a las diez; eso es muy extraño, porque para esa hora ya tiene leídos sus periódicos del día. Tomó con mucho atraso sus primeras medicinas. Estoy esperando que termine de almorzar para llevarle las siguientes pastillas.

            ―El plato está casi sin tocar, don Luis. ¿Qué pasó con ese ánimo? Ande, al menos cómase la mitad.

            ―No quiero más.

            ―Tómese siquiera el jugo.

            ―No.

            ―Señor, ¿por qué esa cara triste? Hoy vendrán sus hijos y algunos nietos a verlo ―la idea no lo emociona para nada―. Mire, con el jugo que le sobra tómese la cápsula y la pastillita, se está pasando la hora.

            ―Me quiso dejar fuera. En enero del setenta el Chango me quiso dejar fuera. ¿Cómo se atrevió el muy…?

            Su mirada está rara, se va lejos atravesando los árboles y la barda, como llena de tristeza y enojo al mismo tiempo. En verdad me asusta. Voltea a verme y me pregunta con su voz quedita, quedita:

            ―María Modesta, ¿si te platico algo me guardas el secreto?

            ―Depende, señor Luis. No sé… Bueno, si no le hace daño a su salud que yo guarde un secreto suyo, le prometo que sí me callaré.

            ―Escúchame bien. Después del dos de octubre próximo, voy a elegir el día en que me voy a ir de viaje. Ya va siendo hora. Quiero que cuando suceda, pongas a mi lado el vestido de tehuana de la compañera María Esther, ése que está en mi guardarropa. ¿Me prometes que lo harás?

            ―No hable de eso, señor, le hace daño…

            ― ¿Me lo prometes?

            ― Esta bien, pero… dígaselo a su hija María, no quiero tomar decisiones que no me tocan… Mejor le traigo las revistas que llegaron, ¡ándele!, para que se anime. Voy por ellas.

            ―No, no hace falta. Llévame a mi cuarto, quiero descansar.

Mientras Anita y yo lo conducimos, comienza a hablar de los fantasmas que inventa.

            ―Gritan mucho esos muchachos. ¿Verdad, María Modesta?

            ― ¿De quiénes habla, señor? Aquí sólo están el jardinero, el chofer, Anita y los guardias. Vamos a descansar, ¡ande!

            ―Me dolió mucho esa pedrada en la frente ―no sé de dónde saca fuerzas para soltar una carcajada― ¿Hay equipo de beisbol en la UNAM? ¿Tú sabes? Yo no me acuerdo, pero podría ser un buen pitcher ese cabroncito.

            Está acostado y sigue riéndose del asunto de la pedrada. Sé bien de qué habla. Ya trabajaba yo aquí cuando llegó con la frente herida.

            ―Voy a dormir un rato. Te encargo mi secreto.

            ―No se preocupe, señor. Duerma tranquilo.

            ―Después del dos de octubre, recuerda. Entonces elegiré el día ―se vuele a verme con una sonrisa agradecida―. Gracias por todo, has sido buena conmigo.

            ―No diga más, don Luis. Duerma y vendré al rato a despertarlo.

            ―Espera un momento. Escúchame… Desde hace tiempo quiero pedirte… perdón. Si alguna vez he sido cruel contigo o injusto…, quiero que me perdones.

            ―Señor, yo… no tengo nada que perdonarle. No me pida eso.

            ―Por favor, mujer. Me hará bien si dices que me perdonas. Quiero dormir tranquilo.

            ―Está bien, don Luis. Lo… perdono, pero en verdad le digo que…

            ―No digas más. Está bien así.

Voy hacia la puerta de salida y me detiene.

― ¿Sabes, María Modesta? Tal vez Dios no esté muerto. Ese Nietzsche no debió saber gran cosa.

 

 

Página 1 de 3
logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.