Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 03 Agosto 2020 06:31

Balada de efímero plumaje

No pude resistirme al influjo de la canción. Los olores de las botanas típicas de ese barrio central de la ciudad hicieron el resto sobre mi endeble voluntad. Un trapo viejo, una melodía gastada, un prado sin aromas: eso era yo aquella tarde al salir del trabajo. Tal vez ahí adentro encontraría una chispa que me devolviera a la vida, pensé. El cantante que amenizaba el lugar, un hombre viejo que pulsaba la guitarra como si sus manos hubieran nacido pegadas a ella y fueran las olas de ese mar acústico, a ojos bien cerrados y sudando las emociones de la letra entonaba aquella clásica en la que un hipotético galán en sufrimiento le pedía al cancionero que, en caso de verla, volviera a su rincón para mentirle y decirle que ella todavía lo quería, urdimbre masoquista de Álvaro Carrillo, que bien acompañada con alcoholes finos y baratos es capaz de evitar el suicidio ante el abandono de una mujer amada y cambiárnoslo por un infierno delirante de canciones y bebida. 

Me había prometido no curarme de su ausencia con los tragos, sólo quería un rato de compañía bohemia, un engaño de camaradería que me durara cuando menos unas horas. Por eso sólo pedí cerveza clara de bajo grado para acompañar las tostadas de marlín y de pata de res, el ceviche de pescado estilo peruano y los callos a la andaluza, delicias del lugar. El picante, la sed y la tercera canción que interpretaba con sincero sentimiento aquel hombre, me hicieron pedir la segunda cerveza, prometiéndome que con esa me daría por satisfecho. Sin embargo, no contaba con Guty Cárdenas y esa maravilla de letra en la que un tipo enamorado, o lo que es lo mismo, un tipo perdido, le confiesa a la dama que a pesar de todo la quiere aunque nunca besar pueda su boca, con doloroso hipérbaton ablandador de escrúpulos como los míos. Por eso, una invitada más, alegre, espumosa y oscura, llegó hasta mi mesa en su envase de cristal. Mis mejillas empezaban a enrojecer.

Estaba a punto de terminarme la tercera de rigor, acompañado por el triste idilio de Francisco Madrigal en el que un tal Jacinto Zenobio vivía extraviado en la ciudad sin anhelo de volver a su pueblo, habiendo ya pedido la cuenta y hurgando restos de comida en mis dientes con un palillo, ritual al que ningún parroquiano de pura cepa capitalina puede renunciar, cuando un hombre que convivía con otros en la esquina cercana pidió la melodía que quebraría todas mis resistencias. Era mi canción, la de ella y la mía durante tanto tiempo. Rogué para que el efusivo cancionero no la supiera y porque mis piernas fueran valientes para salir de ahí ahora que recibía el cambio del mesero y dejaba la propina. Pero los versos de Recuerdos de Ipacaraí ya nacían de la boca trémula del trovador, que tenía la edad suficiente y la memoria necesaria para conocer todas las canciones de atormentados. Fui vencido y pedí una cuarta cerveza que vino a mezclarse en mis labios con la dos gotas de sal que bajaron hasta ellos. Volví a ver el lago y el verdor de los juncos meciéndose en las orillas del agua, y vi su pelo largo atrapado por mis manos y la luz del plenilunio que inauguraba la noche. Ya emocionado y respondiendo a los brindis de los bebedores de la esquina, pedí Cielo rojo, de David Záizar, al cantador, casi jurando que al terminar de escucharla me retiraría a seguir destilando solo mi nostalgia en mi departamento. Sin embargo, no contaba con una quinta cerveza que me fue invitada por el más escandaloso del grupo de beodos felices. ¿Cómo resistirme a tal cortesía?

Cuando el cancionero interpretaba Por tu maldito amor, yo tomaba whisky en la mesa de los alegres de la tarde y coreaba con entusiasmo la canción. El trovador sabía que estábamos a punto de esas canciones de arrabal, y que al cantarlas aseguraba mayor consumo para la casa y mejor propina para él. La imagen de ella se aparecía por todas partes: en el perfil de una bella que departía con amigos en otra mesa, en el aire encendido del lugar, en el espejo de la cantina, en el color ambarino del líquido del vaso o sentada en la barra con la pierna cruzada y su mirada de profundidades marítimas. Y dolía menos verla; mucho menos. Mi nostalgia y mis lágrimas gozosas se diluían en el furor del ambiente. Después sonaron dos de José Alfredo y con ellas perdí la cuenta de las copas y los últimos escrúpulos que todavía pervivían.

Llegó la hora de un merecido descanso para el viejo de la lira. Pedí la guitarra y licencia para echarme un palomazo ante las porras de mis nuevos amigos. Necesitaba echar fuera un sentimiento que llevara a volar sobre las nubes de tabaco una ilusión que no tenía, una canción cualquiera que pusiera florituras cursis al nocivo amor que me tenía desangrando y regando hilos de sangre por las banquetas. Elegí una de Reyli Barba, aquel cantautor de curiosos influjos en sus letras que suele introducir mantras budistas en sus canciones. Volaba yo en nimbo místico con el arrababababasei, que para quien no lo sepa significa amar y ser amado, cuando sucedió lo impensable. Una coincidencia absurda, una conjunción desafortunada de espacios y tiempos hizo que ella entrara al lugar de la mano de un desconocido que para mí era el enemigo detestado. El último cuánto te quiero de la melodía fue sólo pensado, dicho en silencio, pero dirigido aún a ella, que en ese instante volvió a ser destino de mis sentimientos alcoholizados.

Su turbación fue mayor a la mía. Lo noté en los varios matices de su rostro. Pidió a su acompañante sentarse lo más lejos posible y eligió silla de tal modo que me diera la espalda. Ilusa, después de cinco años de relación ella era transparente para mí y de sobra lo sabía.

Ordené un tequila para enfrentar el trance. Ignorando las peticiones de mis compañeros de mesa, la canción que elegí para continuar fue una más propia de esos lugares, donde era más querido Gerardo Reyes que Reyli Barba. Bohemio de afición despertó gritos en mis amigos y calores como de revancha en mi pecho. Y la canté mirando siempre su espalda, atravesándola hasta ser capaz de ver sus ojos de almendra que fueron mi pan y mi vino, los que de tanto besar se robaron la sensibilidad de mis labios. Date cuenta de lo que pasa, imbécil, pensé volteando a verlo a él, y enfréntame ahora que te conozco. Tenía en las venas el alcohol suficiente como para desafiarlo en típico pleito de cantina, sin importarme en ese momento que a unas cuantas cuadras de ahí, en un sacro recinto educativo, había tejido mi fama engañosa de catedrático respetable, honorable magister en letras latinoamericanas.

Sin importarme en lo mínimo título e imagen pública, recordé otra vieja canción del autor anterior, herencia de mis ilustres borracheras de juventud y de mis gustos musicales vernáculos de aquel entonces. Tenía siglos sin cantarla y ahora estaba dispuesto al ridículo por esa mujer. Fui interpretando con tal histrionismo Ya vas, carnal, que mis compañeros aullaban de emoción y chocaban las copas mientras una nueva botella garantizaba al menos una hora más de paraíso alquilado. La última parte de la canción: Pero no vale la pena, te juego hasta mi melena, que esta chava volverá, la canté con tal brío que mi dama no pudo más. Se levantó bruscamente y fue llorando al sanitario. Su pareja parecía no entender o era un estúpido consumado con buena pinta y cartera. Uno de mis nuevos amigos me abrazó y besó la testa, acción nunca realizada por algún alumno mío de esos a quienes arrobaba y sigue arrobando mi discurso docente.

"Aquí está la vida, aquí el infierno y la gloria. Aquí se sientan a beber vino los dioses y nos besan los demonios arrepentidos de no haber sido paridos como ángeles", declamé en la mesa en súbita inspiración lírica y después de entregar la guitarra al cancionero que ya volvía.

            La vi salir del baño, tomar de la mano a su galán y retirarse del lugar, mientras yo pavoneaba mi efímero plumaje en medio de tantos guajolotes desplumados. Tal vez nadie percibió la mirada que dirigió hacia mí en una centésima de segundo. Ratifiqué que me seguía queriendo, aunque mi amor no le bastaba como lo dejó claro antes de despedirse, ni mis versos y mis ensueños silenciosos a su lado. 

            Algo me sanaba adentro. Aceptaba el destino y una vía nueva se abría en medio de la desolación cotidiana; lo sentí. La mañana siguiente la cruda sería espantosa y sentiría pena por este desliz, lo sabía, pero en ese momento mis atorrantes camaradas, el coplero y los tragos de escocés en las rocas me volvían a la vida.

Fui el último de los alegres borrachos de mi mesa en salir del lugar. Terminé llevando al cancionero hasta su casa al finalizar su turno y dejar el lugar a otro bohemio. Al dejarlo en su puerta lo abracé con la misma emoción con la que abrazaría a mi padre. ¿Por qué no formamos más adelante un dueto para cantar en fiestas de “fifís”?, me preguntó. Me entusiasmó la idea y di mi palabra para hacerlo, ofrecimiento que, obvio, en boca de borracho, no fue otra cosa que una dulce mascarada. 

 

Lunes, 27 Julio 2020 05:02

Resplandores de julio

A Gilberto, aventurero en tierra firme.

I

Habían sido años sin volver en julio y mucho menos en agosto. Si alguna vez lo hizo fue por el cumpleaños de su padre. Las causas tienen un dejo de misterio y habría que buscarlas en los torbellinos de la infancia que se quedan dando vueltas en el preconsciente, en las secuelas que deja la distancia o en lo hermoso que es el verano en California. Sin embargo, no hay fecha precisa para regresar a lo que bien se ama y un día tuvo que enfrentar uno de sus mayores terrores: los relámpagos de julio y también los de agosto, que suelen ser de mayor estruendo.

Antes de animarse a comprar el boleto de avión preguntó a su hermano cómo estaba el clima en el pueblo. “Tranquilo ─le respondió aquél─, algunas lluvias y el calor tolerable”. Pero al venir ya en pleno vuelo le dijo la verdad mediante un mensaje de texto: “Mira, prepárate porque anda muy sonoro el cielo y te las verás con los truenos. Si te permiten saltar en paracaídas del avión y regresarte, hazlo, a menos que aquí alguien te abrace por las noches y tomes cincuenta gotas de valeriana”. No le causó la menor simpatía el tono sarcástico de su brother. Su corazón aceleró el ritmo de sus latidos. De inmediato retornó a esas noches de la infancia en las que los resplandores de los relámpagos llenaban los orificios y hendiduras del tejado, ocasionando que incluso las ratas se dejaran caer desde las viguetas huyendo de la tempestad. Eran las noches en que todos sus miedos se realizaban en su cabeza de niño: el demonio vestido de charro paseaba por la calle con su caballo negro de crines espesas y al viento; la Llorona vestida de blanco y con el pelo revuelto pasaba por la calle llamando a gritos a sus hijos; el mezquite de la esquina era partido por un rayo y de su tronco quemado emergía un hombre humeante como braza en busca de niños desobedientes, y él era uno de ellos. Quiso sacudirse esos pavores infantiles y sonrió compasivo por el niño que fue. ¿O, era?

Finalmente llegó a su destino y la luz intensa del primer día en el pueblo lo ayudó a dejar a un lado sus miedos. Fiesta en la familia al recibirlo, alborozo de cerveza y comida, encuentro con los amigos y la mujer prometida que lo haría olvidar los malos ratos pasados con la anterior. La primera noche fue plácida, de llovizna y con algunos truenos lejanos que no lograron inquietarlo demasiado. La compañía femenina hizo el resto, bálsamo curador de casi todos los males; en esta edad sabía que no necesariamente de todos. Por la tarde del segundo día visitó la tumba de su padre, en ese intento de mantener viva la memoria de su progenitor, honrarlo y curarse con el diálogo reparador con los que han partido.

Al disponerse a volver del cementerio las vio, negras y amenazantes en lo alto. Venían del lado poniente y esas eran las canijas, le había dicho su progenitor. Esas nubes no existían en California y no volaban tan bajas. Mucho menos eran capaces de dar los alaridos que saben proferir estas gordas de feroz aspecto. Al escuchar el trueno del primer relámpago, su mano de niño buscó la de su novia y en menos de lo que cuento había arrancado el auto para volver a casa. Apenas tuvieron tiempo de ingresar al patio y con la lluvia encima ponerse bajo techo.

La tormenta jugó con su ánimo. Amainó y repuntó hasta que ya se encontraba solo en su cama dos horas después, sin su dama, a la que había llevado a su hogar y arrepentido por no pedirle que se quedara con él esa noche. Todo por guardar las inútiles apariencias que entorpecían su bienestar. Después del segundo trueno, que pareció surgir de un rayo caído en el techo del vecino, la llamó para obtener algún consuelo. Su voz temblaba al teléfono. El niño había vuelto del pasado y veía sombras precipitarse sobre el ventanal de la recámara. ¡Cómo añoró en medio de ese trance las ventanas pequeñas de los hogares campesinos antiguos, sin grandes pretensiones de luz y donde no podrían caber aparecidos ni brujas volando sobre una escoba! Justo cuando ella le compartía un rezo para enfrentar la intemperie y calmarlo, otro estruendo más potente y luminoso cortó la energía eléctrica y la señal telefónica. Solo, con su miedo y el viento azotando los cristales, acurrucado en un rincón de la cama y cubierto de pies a cabeza con una cobija, tiritando y arrepentido por haberse quedado sin ella esa noche, recordó algunos versos de un libro de poemas que su hermano le regaló alguna vez, de un tal Benedetti. En medio de su pavor le llegaron claros y a modo de advertencia los siguientes: "…de modo que si ocurre un desconsuelo, un apagón o una noche sin luna, es conveniente y hasta imprescindible tener a mano una mujer desnuda".

Fue encontrando la calma y recuperando el ritmo normal de su respiración al escuchar cómo se alejaban los tronidos del cielo, furia menguada de un dios que parece mostrarnos con ellos su poder sin parangón. “Menuda forma tienes, Señor, de mostrarnos tu grandeza”, repitió para sus adentros recuperándose poco a poco. Supo que aquí en su pueblo no volvería a quedarse sin una mujer, vestida o desnudada, en noches de tempestad como la de hoy. Tomó previsiones y aceleró sus asuntos hablando con los padres de su novia, quien vivía con ellos y por respeto les tenía ciertas consideraciones, pues era una mujer muy adulta y dueña de sus decisiones. Ese día hubo una pequeña mudanza de ropa y algunos enseres. Al menos por un tiempo serían una pareja, hasta que él pudiera volver definitivamente o ella emigrara para reunírsele. 

Una tormenta es capaz de acelerar las voluntades de dos dudantes. Por lo visto el amor se vale de rayos y centellas para lograr su objetivo, no sólo de vates y cancioneros. ¡Bravo por ese tramposo de alcurnia!

 

II

Te sientas a la mesa a sabiendas de lo que vendrá. Doña Cata preparó delicias en la cocina en menos de lo que canta un gallo. El plato con las quesadillas de flor de calabaza está repleto y piensas que los compartirán todos los comensales. Es una ilusión; en realidad son todas para ti esas delicias hechas con tortillas a mano. El aroma del epazote te levanta el hambre y arremetes con cierto denuedo creyendo que en algún momento serás capaz de decir ya basta.

La salsa tiene magia, es hechicera. No las encuentras así en las imitaciones industrializadas que compras en las stores de tu nueva patria de artificio. Cuando arremetes contra la tercera dobladita y pruebas el café de olla te sientes dentro de un paraíso inmerecido. Tienes fe en que sólo lograrás comerte cinco de las siete que hay en el plato. Al poco rato te encuentras devorando la sexta sin gran dificultad y nula culpa. Estás a punto de tomar la séptima, perdonando de antemano el exceso, cuando doña Cata pone frente a ti tres sopes con salsa, crema de leche y frijol. Intentas negarte y repliegas la silla, aunque algo dentro te dice que es inútil esa débil resistencia. Y lo es. Apenas estás entrando en la fase climática de la ceremonia culinaria, como lo es en una misa el ritual de la repartición del pan y el vino.

Delira de placer tu lengua al tiempo que te atreves a echar un vistazo a tu vientre, del cual ayer estabas orgulloso y mañana quién sabe. Una culpilla de libras y redondeces está a punto de arruinar tu festín. No lo permites ni doña Cata tampoco. Llevas años intentándolo y sabes que serás vencido, que tomarás el avión de regreso unas semanas después con mucho más que un peso de conciencia. Tanto tiempo diciendo no a las hamburguesas y a las sodas; tantos meses saliendo a correr por las mañanas antes de subirte a un freeway para llegar al "jale"; tantas apuestas por bajar de peso perdidas o ganadas con aquel gringo frijolero que comparte contigo la Biblia y la afición por los Angels de Anaheim. ¿Y todo para qué? Sabes que el amor de tu madre se vuelve omnipresente y profundo a través de sus manos preparando platillos irresistibles en la cocina.

Una dulce resignación se apodera de ti. Tu hermana menor, invitada al almuerzo, te guiña un ojo pidiendo que no te hagas de rogar. Eso te da fuerza para dar cuenta de una concha de chocolate y de la mitad de un ojo de buey que en estado hipnótico tomas de la panera que la buena señora ha puesto en el centro de la mesa, ahora con un jarro de chocolate espeso que preparó especialmente para ti, como en aquellos domingos de la infancia a los que llegabas sin grandes travesuras durante la semana. Tu falsa negativa es apenas un: "Pero mira nomás, amá"; y concluye con un conciliador: "Bueno, si no se puede menos. ¡Oh, right!

Hay cosas que parecen imposibles en la vida. No besar unos labios que se ofrecen, por ejemplo; o comer uno o diez tlacoyitos de requesón, haba o frijol chino de los que elabora doña Cata; o sus huanzontles que no tienen comparación en todo el orbe y por los que matarían algunos paisanos tuyos allá del “otro lado”. Imposible de igual modo es no quererla con esa emoción que convierte en albercas tus ojos durante esas tardes que retornas del trabajo a sesenta millas por hora, repleto el recuerdo de esos aromas que te harán comprar el boleto de avión si la añoranza se torna insoportable, sin importar que después regreses al american dream con diez libras de sobra. ¿Quién dijo que el amor no engorda? ¿Who said that?

 

Lunes, 20 Julio 2020 05:15

Apariciones

¡Bravo! Esta encarnación de hoy te va muy bien, querida. Te ves maravillosa con el pelo negro y rizado sobre la palidez de tu piel. La última vez que atravesaste las paredes de mi casa y me pillaste haciendo el amor con una de mis amantes traías un look absolutamente desangelado, insípido; no te va bien el pelo lacio y el tono rubio. Tal vez en Islandia o Dinamarca les resultes convincente, pero no en esta tierra tropical, mujer. En cambio hoy estás tan seductora, ¡brillante! Me recuerdas esas noches de luna llena en las que todo parece propicio para una despedida de antología. Sin embargo, no creo que te hayas presentado así para convencerme de que ya es hora, ¿o sí?... Eso es, tu sonrisa es benévola. Sé que el día definitivo no la tendrás puesta sobre el rostro. Acércate, bebe conmigo de mi copa. Te presto mis labios para que disfrutes este tinto exquisito. Ojalá los tuyos estuvieran dispuestos a posarse sobre el cristal, aunque sé que no necesitas estos placeres ínfimos de los mortales. Hoy estoy solo, como puedes ver. Tú eres mi amante apetecida para un futuro, la última, la definitiva.

            Ya que me premias con tu sensual aparición quisiera hacerte algunas preguntas a las que no darás respuestas, lo sé. A pesar de ello aspiro a descubrir algo en tus gestos, algunas sutilezas en los músculos aparentes de tu cara que me den algún significado, alguna pista. Es triste vivir y después morir sin tener al menos un atisbo de las razones de tantos absurdos por los que transitan como condenados los pobres humanos. Dime, por ejemplo, ¿tendrán alguna recompensa, allá donde los llevaste cuando les tendiste la mano, esos que están muriendo sin deberla ni tenerla y gastaron la mitad de sus días en prepararse para servir a los demás? Y, ¿por qué siguen vivos y llegan a viejos sin mayores penas tantos charlatanes depredadores y asesinos de la esperanza? ¿Sabes algo del plan maestro del que tanto hablan los predicadores que llevan siglos anunciando el fin del mundo? O dime la verdad: ¿eres sólo la obrera que hace el trabajo rudo sin mayor premio que la facultad de cambiar de aspecto y vestuario cuando apareces en este escenario de sueños, jerigonzas y afanes inútiles? ¡Vamos!… Dame algo con la mirada, algo de púrpura en la cara, mueve hacia abajo o arriba las comisuras de esa boca sexy que hoy elegiste… ¡Venga!... ¡Eso es! Hay un brillo en esos ojos, una humedad, la promesa de una lágrima... ¡Esto es insólito! ¿Tú, mi amor eterno, a punto del llanto y bajando la mirada? No te desvanezcas, ¡por favor! Espérame, debo meterme algo más en el cuerpo, no quiero perderte en este momento

Eso es… Espera un poco que ya viene… ¡Ah! Si supieras cuánto me ayuda para verte y hablar contigo… ¡Ah! ¿Sabes que estás a punto de derramar una lágrima gracias a esto que ya me corre por las venas? ¡Qué bella estás hoy, querida!, lo reitero. Suelta, déjala salir, mi amor. Que humedezca tu cutis y esos labios secos. Olvídate de las respuestas, cariño. Me has dicho todo lo que necesito saber con esa gota que ya baja rumbo a tu boca. Sálala, condimenta un poco su mudez de siglos. Háblame al oído como por fin lo harás cuando llegue el día. ¿Por qué no me das un beso ahora? Déjame mojarte un poco y beber de tu cauda de misterios. Seré después un profeta verdadero si acerco tu cuerpo al mío. Eso es, pequeña, dame tu mano y tu cintura, baila conmigo esta alucinación bienaventurada que nos acerca. Déjame ser tuyo esta noche sin que se trate aún del sueño perenne a tu lado. Abandónate conmigo en esta ilusión que me ablanda la conciencia; luego volverás a tu recorrido por el mundo. Nada importa que dances conmigo, porque incluso sin ti, que hoy estás en mis brazos, miles de flores perecen a cada momento y otras miles nacen nuevas. El ciclo continúa sin tu cabal vigilancia.

¿Sabes? Deseo confesarte algo: a estas alturas del camino no tengo la certeza de haber sido amado ni sé si amé con la misma fuerza con la que empiezo a amarte. Los sentimientos me han jugado malas pasadas; un día se instalan en el pecho y después se desvanecen. Bellos como las burbujas de jabón en el aire, pero igual de efímeros; arrobadores como una canción hermosa y del mismo modo aniquilantes. Tres veces en mi vida creí amar y me subí a ese faro desde el que se contemplan todos los océanos, y tres veces fui bajado de ahí con el fuete de la mutua indiferencia. Tres veces supe del edén y los infiernos y después aprendí a quedarme en el limbo en el que ahora me encuentro. No sabes cuánto daría por subir una vez más en esa nube y desde ahí despeñarme hacia ti en la plenitud del delirio amoroso. Sin embargo ya no soy capaz, perdí la fe tal vez sobre algún lecho repleto de emanaciones ajenas o frente a algún espejo de cuerpo entero; pudo haber sido en una calle donde todas las ventanas se cerraron o al mirar por buen tiempo una mirada que tenía clavos en su centro; o quizá son algunas cicatrices que todavía son heridas. No lo sé. A veces pienso que los vendavales son los responsables de secar nuestra piel y dejarla sin aromas, o las lluvias las que arrastran todo para devolverlo al mar o las garras del deseo, las canciones tristes, el petricor que al evaporarse deja otra vez los suelos secos y las flores sin aroma. ¡Qué diera por asomarme una vez más en unos ojos y encontrar ahí el lago cristalino que tenían los de la primera novia, por caracolear la llanura con la fe de antaño, por soñar futuros de espalda delicadísima y cabelleras vaporosas de café! Qué diera porque tú fueras realmente una mujer y te quedaras conmigo al terminar este trance o me hicieras feliz llevándome contigo a cumplir con tu oficio milenario, tomados de la mano mientras cruzamos las convenciones del tiempo y el espacio.

Amor, cuando te vuelva a ver trae el mismo pelo ondulado y esas alas de gaviota por pestañas. Me gusta sentir que te sientes viva. Pero cuando vengas para sellar nuestro compromiso definitivo no te dibujes frente a mí en el aire; has de modo que no te advierta. Alarga tu mano, tócame la espalda y hazme tuyo en un instante, sin aspavientos ni protocolos que den pie a zozobras y cavilaciones impertinentes. Que sea como ver pasar un meteorito en el cielo y sentirme arrastrado por su luz.

Ya casi te pierdo, mujer. Te desdibujas lentamente. En unos minutos ya no te veré y estará la ventana en lugar tuyo. Poco a poco las venas gruesas de mis brazos dejarán de ser ríos donde navegan duendes y mi corazón ya no será un tambor acompañando ritos paganos en la selva. Te espero otro día para bailar una danza primitiva en un claro del bosque, hermosa. Sin embargo, retrasa el encuentro definitivo todo lo posible, aún quisiera escalar dos o tres montañas en busca de respuestas y hallar pozos de luz en dos o tres miradas.

Te has ido. De afuera me llega el ruido del tráfico vehicular. El techo ha dejado de ser un mar flotante y los colores de las paredes son de nuevo los originales con varios pares de ojos vigilando desde las fotografías colgantes. Tengo mucha sed y hace calor. Vuelvo a estar preso de mis sentidos cuerdos. Beberé agua y seguiré respirando mientras me atrapa el bullicio.

 

 

Lunes, 13 Julio 2020 05:37

Fuga en goauche

A Gumersindo Tapia, pintor morelense

Bálsamo, mi buen amigo. Esa es la palabra que giraba por ahí sin llegar a mí. Ese afán de intelectualizar y poner rostro circunspecto para encontrar tres o cuatro frases sesudas que califiquen un trabajo artístico, lo jode todo. Reduzco mi impresión a esta palabra: bálsamo.

Lunes, 06 Julio 2020 05:49

De marítimo silencio

Debiste haber muerto tú y no otros, piensas. Ser a estas alturas recuerdo fresco y añoranza dudosa. Sin embargo aquí sigues, con tu vida barata de lleve tres por el precio de uno. Sigues ahí, inútil frente al mismo cuadro que cuelga de la pared en el que se han perdido tus sueños de sentido: son dos poltronas de madera blanca en una terraza frente al mar; luz blanquísima las baña. Una apunta al frente desafiando la luz matutina y la otra da la espalda a las olas. En versión fantasma estás sentado en la primera reposera, transparente de sol. En la segunda está sentada ella, bellísima y dulce como la has soñado siempre. Te mira arrobada los pectorales fuertes que tu imaginación ha cultivado con disciplina y ese aire de pirata con el que tu mirada perfora el horizonte. No hay nada más en el cuadro, sólo las poltronas, el barandal blanco que parte en rayas la luz, la playa larga, nubes flotantes perezosas y las lejanas siluetas de dos gaviotas, minúsculas sonrisas en el aire.

Es lunes. Normalmente te importa poco que lo sea, porque siempre lo vives como si fuera domingo o viernes; aunque este lunes es diferente. Te fastidia que los días tengan nombre, que cada uno indique para la mayoría de los mortales un ritmo distinto, un color diferente, una posibilidad limitada en cada uno de ellos. Te consideras más allá de esas pobrezas. Para ti, que eres un dios ignorado, basta abrir la ventana para decretar con cínico denuedo la cualidad de una mañana o el matiz de una tarde. Si lo decides cualquier día es sábado y te embriagas, aunque el calendario indique miércoles y los camiones estén atestados de personas tristes que van o vienen del trabajo. Demiurgo, vives siempre en la resaca gozosa, y cuando estás a punto de padecer ligeras culpas y angustias corporales o del alma, te metes en el cuerpo algo urgente y flotas nuevamente en la levedad más improductiva.

Ayer vino a verte tu hija, el único motivo por el que logras sentirte por momentos un hombre normal. Le preguntaste por la escuela y por su madre, esperando escuchar algo sobre ella que te confirme que no es superior a ti. Si te dejó es por saber que no la soportabas más y aquél con quien vive es un mequetrefe sin el carisma, la sensibilidad y el ojo estético con el que crees mirar al mundo. Te consuela pensar de ese modo para sacarte de la cabeza que el otro es más joven, sano y amable que tú. Además, es pobre, te lo dices saboreando las imágenes del tipo entrando y saliendo de una oficina con su corbata barata después de ocho o diez horas de trabajo, algo impensable en tu caso, porque si alguna vez has hecho algo parecido a trabajar fue al dedicarte por un tiempo a criar perros de raza o cuando te dio por hacerla de músico bufón en un mariachi, cuya secuela es el hábito grotesco de vestirte de charro cada día de fiesta patriótica.

Bendita abuela criolla que te heredó la pequeña fortuna que dilapidas poco a poco en alcohol, estupefacientes y mujeres. Si tu bisabuelo español hubiera sabido que un descendiente suyo se encargaría de echar abajo su vida de trabajo y pulcritud, como exiliado en nuestro país al huir de la guerra civil en su patria, no se habría esforzado tanto para asegurar el futuro de sus descendientes.

Un rescoldo de vergüenza te lleva a cuestionar por qué son otros los que mueren y no tú. No sigues ningún protocolo de auto cuidado, te trasportas a diario en taxi, pocas horas del día no tienes una cerveza en la mano, duermes poco, compras sexo, marihuana, cocaína; entras y sales por todas partes y tus amigos son crápulas y bohemios de cantinas de alcurnia o proletarias. Y aquí sigues, sin que te pille el maldito bicho. ¿Por qué no te mueres tú si no produces nada ni sirves a nadie?, ¿por qué el tal Dios en el que nunca has creído te mantiene vivo para demostrar que eres el más grande de sus absurdos? Es misterio divino que nadie sabe dilucidar.

Hace unos días te enteraste de la muerte del médico al que eventualmente visitas, cuyos únicos vicios eran el buen humor y los refrescos de cola; tu hija te comentó ayer sobre el fallecimiento de uno de los maestros de la universidad, que al parecer tenía un poco alto el nivel de glucosa. Para colmo, hoy, y esa es la noticia que te tiene en insólita introspección, el hermano mayor de tu ex mujer también partió a mejor vida. Nunca conociste a otro hombre con hábitos más sanos que él, amante de su familia y devoto de su fe, aunque hipertenso por la autoexigencia laboral. Algo no está bien, piensas. Parece que se equivocan los pregoneros de la vida sustentada en principios, fe y contención. Revisas las estadísticas del día y ahí no aparecen datos acerca de fallecidos por el virus a causa de su adicción al alcohol, las drogas, el sexo, las mujeres casadas y la vida disipada en luces de neón, tipos con la capacidad de acortar o alargar el tiempo de acuerdo al antojo personal.

Ordenas a domicilio un arreglo floral de crisantemos. Extraes del armario el saco obscuro que hace lustros no portas, cambias tu camisa eternamente tropical por otra de vestir y tus pantalones de mezclilla ajustados por otros formales, elijes unos lentes que no parezcan de turista para ocultar las ojeras permanentes en tu rostro, lavas a conciencia tus dientes y usas enjuague bucal para tratar de disipar el aliento alcohólico cotidiano; esta última pretensión es casi imposible. Pides el taxi y te diriges a la funeraria en la que incinerarán en breve a tu ex cuñado. Antes pasas a la farmacia por un cubrebocas. Sabes que hierba mala nunca muere, pero decides cumplir con el protocolo para evitar un desaguisado con Martha, tu ex. A pesar de todo, su hermano siempre te cayó bien y fue el único que mostró una sincera simpatía por ti. Alguna vez lograste llevártelo de farra a un congal de mala muerte y jamás lo viste tan feliz, aunque al siguiente día mostró una cara de arrepentimiento y culpa que le duró meses. Esa vez, en el furor del alcohol, te confesó que el sexo con su mujer había pasado a ser una quinta o sexta necesidad y que desearía tener una amante. Pobre Ignacio, nunca se atrevió. Sus pecadillos, de consumarse, estuvieran hoy a punto de convertirse en cenizas y tal vez hubiese navegado los días con algo parecido a una sonrisa en la cara y un brillito insolente en la mirada, no con esa mueca adusta de hombre digno que tenía dibujada todo el tiempo.

Al llegar descubres que el acceso está limitado a unas cuantas personas, por protocolo de seguridad. Pides que anuncien con Martha tu deseo de ingresar a despedir a su hermano. Esperas dos minutos y te anuncian lo que no imaginaste: se te prohíbe la entrada. Alcanzas a percibir una ligera agitación en el interior del lugar, producida por la posibilidad de tu ingreso en él. No insistes ni deseas alegar con nadie, comprendes que tu fama de bicho raro representa un peligro para la salud y la dignidad de la casa funeraria. Eres un riesgo para los demás a pesar de tu cuenta bancaria y de tus inversiones financieras que permiten tu caótica vida. La etiqueta la llevas pegada en la frente desde hace mucho y Martha se ha encargado de hacerla más visible. Sonríes con cierto sarcasmo que esta vez es fingido, porque en realidad algo te quema por dentro. Haces un saludo parecido al del soldado mirando a la entrada del recinto mientras pronuncias en voz baja: “A la orden, mi coronela”, como solías hacerlo en tono burlesco cada vez que Martha trataba de ordenar tu vida reconviniéndote sobre tus actitudes y acciones. Dejas en manos del empleado el arreglo floral y te retiras tratando de estabilizar la oleada de emociones que te agita adentro, sin saber que el joven recibirá la indicación de tirar a la basura los crisantemos blancos, sospechosos de portar, además del bicho odiado por todos, las máculas de tu vida juzgada como libertina.

Al regresar a casa vas instintivamente hacia la cantina de madera barroca que decora un rincón de la sala, herencia del abuelo que contrasta abruptamente con los demás muebles modernos de la estancia. Llevas casi tres horas de abstinencia y por eso llenas generosamente el vaso de tu escocés preferido. Hacía semanas que no te tocaba una de esas tristezas sin causa precisa. La que sientes ahora te ha dejado sin fuerzas, como si hubieras salido a correr diez kilómetros y no a despedir a un muerto. Vas hacia tu lugar favorito con el old fashion y un cigarro encendido en la mano.

Tienes otra vez enfrente el enorme cuadro que te hace viajar al mar. Las poltronas de madera están solas. Esta vez tu imaginación no quiere dibujarte en una de ellas ni a la mujer hermosa que te mira desde la otra.  Ni siquiera puedes oír las olas del mar y las gaviotas son dos pequeñas líneas mal puestas en un cielo que esta vez se te antoja más gris que blanco. La marítima soledad es infinita, más silenciosa que un templo, salada como las lágrimas que empiezan a correr por tu rostro. Sabes bien que no lloras por Ignacio, el fallecido, ni por Martha o por la relativa ausencia de tu hija, ni por ninguna de tus amantes que no han dejado más que estertores en tu cama y huecos en tu pecho. Tal vez lloras por ti, por el que está perdido y no encuentras, por el niño que soñaba con construir barcos y dar la vuelta al mundo en ellos; por ese que quisiera estar sentando en la poltrona frente al mar y recibir la mirada de una dama dulce que no observa sus fuertes pectorales inexistentes, sino sus ojos que quieren mirar distinto, sin la vidriosa luz alcohólica de todos los días.

Mientras tanto, bebes con cierta desesperación del vaso y continúa manando un mar de tus lagrimales, un océano tan vasto como el que tienes enfrente. Experimentas la sensación de que te falta el aire. La pregunta te lacera y clava alfileres invisibles por todas partes: ¿por qué sigo vivo? 

 

 

Lunes, 29 Junio 2020 05:36

HAIKUS PARA UNA NOCHE LARGA

I

Los grillos cantan

baladas de alabanza

a la nostalgia.

 

II

Si yo llevara

luces de luciérnaga,

sería esperanza.

 

III

Consuela el vuelo

del colibrí aleteando

tras la ventana.

 

IV

Las calles lloran

vapores de agonía

sobre el asfalto.

 

V

No soy el miedo;

sí un péndulo agotando

sus bamboleos.

 

VI

Salí a buscarte,

mas las bocas cubiertas

no te nombraron.

 

VII

Llegó el ocaso

y los números rojos

eran los mismos.

 

VIII

La ardilla salta

sobre ramas y alturas.

¡Quién fuera ella!

 

IX

Por si la pierdo,

guarece mi ilusión

bajo tu falda.

 

X

El sol levanta

las cortinas de humo;

me espera el mar.

 

XI

¡Por fin el alba!

Lanzaré mi atarraya

sobre tus peces.

 

XII

Como una gota,

desciende la espesura

de mi silencio.

 

XIII

En el delirio

parvadas de gaviotas

vuelan conmigo.

 

XIV

Ya trae el viento

bondades de pan y miel.

¡Somos el hambre!

 

XV

Si gritas, grito;

si rompes los cristales,

soy el macillo.

 

XVI

¡Grítame, boca!

No regales tu furor

a los silencios.

 

XVII

La pequeña flor

abre sus anhelados

pétalos de luz.

 

XVIII

Tiende a mi lado

el vibrante arcoíris

de tu esperanza.

 

XIX

Los que se fueron:

diamantes encendidos,

brazas perennes.

 

XX

Suena el tambor

y un ritmo de hormiguero

deja los nidos.

 

XXI

¡No más palabras!

Quiero el riesgo del mundo

en tu mirada.

 

Lunes, 15 Junio 2020 06:02

Hembra con abanico

No sabía cuánto cabe en un aullido hasta esta madrugada en que rondan los moscos zumbando tras mi sangre. No lo sabía porque los aúllos de esta noche no son distantes, de esos que uno escucha sin querer escudriñar las penas que esconden. Son lamentos cercanos. Nacen justo debajo del balcón de mi recámara, tan cerca que al lograr dormir de nuevo parece que soy yo quien abre sus fauces dolorosas para emitirlos. Razones no le faltan a mi sueño en estos tiempos de miedo y hambruna para albergar una manada de lobos y una gran recua de corderos, sobre todo si duermes pensando en el paraíso y el inconsciente te regala retazos de los avernos.

            Mi perro está triste y es una tragedia. No lo es si mido su dolor con la tonta compasión que los humanos regalamos a nuestras mascotas; no lo es si compré a mi cachorro para hacerlo depositario de mis angustias y no para hacerme cargo de las suyas. ¿Alguien sabe cómo medir la nostalgia de un perro que a medianoche aúlla a una luna casquivana que se esconde tras las nubes? ¿Alguien tiene un antídoto para el mal de amores que padece robándole el sueño, el hambre y el garbo de su mirada?

            Ayer ella se fue, ligera y mona como si nada, moviendo el abanico de su cola con desparpajo indolente. Como si no supiera que su olor quedaría pegado por todas partes. En las paredes y en la colchoneta en que dormía, en el trasto donde se alimentaba y en el aire que no se llevó consigo. Ni siquiera volteó a mirarlo cuando subió al auto y se marchó en él, oteando al frente, con la sensación de aventura que experimenta un can ante aires nuevos. Él se quedó viéndola por la rejilla como si la vida se fuera. Sólo porque dirían que estoy loco y mi pasión animalista me ha vuelto un tipo raro; si no, les contaría a gotas sobre los mares que llenaron sus ojos y cómo vi tristes veleros en ellos alejándose entre la bruma. Pensé que al paso de las horas dejaría de dar vueltas desesperado y de buscar huellas de la damisela cuatripatas por los rincones del patio, entre gemidos lastimeros que me partían el alma. No fue así. Dejó de comer y se dedicó a aullar boleros de amor, de esos que calan hasta los huesos.

            Pronto llegará el amanecer. Estamos los dos en vela. Lo he metido a dormir a mi recámara para mitigar un poco su pena y ahora también la mía, pero cuando estoy a punto de perderme en la almohada suelta un nuevo aullido dolorido. Me levanto y lo acaricio. Mi mano en su pelambre le regala un breve consuelo que tarda el tiempo en que logro meterme de nuevo bajo de las sábanas. Otra vez la queja, el gimoteo y después el aullido. Me irrito. Decido sacarlo nuevamente al patio, pero de inmediato me arrepiento; sé que será peor. Los aullidos llegarían a todos los vecinos y temo especialmente por una de ellas que se especializa en poner veneno para gatos y perros, a la que yo apretaría el cuello si fuera capaz y mi rabia lo permitiera. No queda más que acompañarlo.

            Me pierdo en su mirada. Pienso en su dolor y me llega como iluminación la claridad. Él no tiene asidero alguno para apaciguar de alguna manera su dolencia. Si yo me enamoro y luego soy abandonado tengo la ventaja de poder escuchar una canción que haga llevadera mi aflicción, o bebo unas copas para llorar con el elíxir del mareo, o me pongo los guantes y pego duro al costal de arena para sacarme a golpes los ojos brujos de una mujer con olor a tierra recién regada; leo un libro para perderla entre sus páginas o le llamo a un amigo para que me convenza de que yo veía en ella algo inexistente, como es común que suceda en la perplejidad amorosa. En el peor de los casos me vuelvo poeta o tomo el filo de una navaja y acaricio mis venas con determinación, opción que afortunadamente no ha cruzado por mi cabeza a causa de una dama. Sin embargo, él, ¿qué tiene para salvarse? Si un perro ríe lo hace con todo su cuerpo y no hay alegría que se le compare; si ama no importa que tenga que sufrir azotes para estar cerca de su objeto amado; si sufre no tiene más alternativa que hundirse en el sufrimiento a calzón quitado, remar en él hasta alcanzar alguna orilla. Por eso no puedo hacer más que acompañarlo. No somos iguales, él y su dolor son sin subterfugios, sin la posibilidad de hacerse a un lado para esquivar el golpe o meterse anestésicos por las venas; en mi amigo orejón el amor ausente es una punta de daga abriendo lento la piel, una gota de ácido perforando los huesos.

 

Han pasado dos días y sigue comiendo poco, casi nada. Si lo dejo fuera de casa araña la puerta queriendo entrar. Se lo permito y husmea por todos lados con la esperanza de verla salir de alguna pared que contiene algún residuo de ella. Si lo mantengo dentro, después de un rato araña la puerta pidiendo salir y verla aparecer de entre las plantas. De pronto busca un rinconcito con sol y ahí se posa. En eso se parece a mí, que dependo del sol para mantener mi energía y estado de ánimo arriba. Entra y sale, viene y va mientras llega el regalo del olvido. Pero, ¡cuánto tarda! Si no tuviera esos receptores olfativos tan poderosos sería más fácil. Esa es su condena: olerla hasta que la amnesia los separe. Una vez yo me enamoré así, con el olfato. Aún llevo en mi nariz la pócima que brotaba como fuente por cada uno de los poros de esa mujer.

 

Estamos en el quinto día después de la partida de la hembra con abanico en la cola. En mi orejón regordete quedan únicamente quejidos esporádicos, suspiros largos en la terraza, sueños con sobresalto. Por fin pude dormir la noche previa.

Sin embargo, no contaba con que las decisiones de los humanos son inciertas, vacilantes, sobre todo cuando se trata de prodigar amor a quienes se consideran inferiores, intercambiables, posesiones para matar el tedio o para el desecho: nuestras mascotas. Justo al mediodía para su auto frente a mi casa la señora con cuello y ojos de jirafa. Después de un discurso chillante plagado de disculpas, pretextos diversos y argumentaciones estúpidas, me dice que devuelve a la damisela cuatripatas que a estas alturas ya ha sido olfateada por mi perro desde el patio. El argumento de mayor peso es la molestia del marido, que se dice engañado al creer que la perrita era de raza y no una plebeya de la calle. En todo caso lo engañó su esposa, ridículo adefesio sin corazón que en este momento me da tanto asco como mi vecina mataperros. Cómo me gustaría verle la cara al tipejo que tiene por esposo y encararme con él para darme cuenta si tiene pedigrí en su palabra o es un barbaján cualquiera venido a payaso seudo burgués.

No me gusta discutir con la gente fatua. La mujer deja de contaminar mi espacio con su partida y la princesa entra a la casa gritando su alegría con la cola. Si quisieran saber qué es la felicidad deberían mirar a mi perro y dejar de buscar la respuesta en los filósofos. La alegría de esos dos revolcándose en el patio es inversamente proporcional a mi preocupación. ¿Cómo dormiré ahora pensando qué hacer con la princesa?, ¿Cómo cargo con dos perros enamorados yo que voy por todas partes y últimamente he desarrollado alergia a los enamoramientos por convulsos y desgastantes?

Es de noche ya. No sé si es mejor esta alegría que duerme a ocho patas en la entrada de mi casa o los gemidos cada vez más esporádicos de mi perro solitario cuando su dama no estaba. Salgo a la terraza por el calor y el insomnio, fumo un cigarro ─algo insólito en mí desde hace mil penas de amor─ y miro a la luna insistiendo en alcanzar la redondez perfecta. Sin darme cuenta, un leve aullido que se cree suspiro sale por mi boca.

 

 

Lunes, 08 Junio 2020 05:54

Deja que te lo cuente (CONTINUACIÓN)

III

Deja que te lo cuente, amor. Y déjame nombrarte así aunque no sepa si existes y cómo es que miras si en verdad estás viva.

Me siento muerto, cariño, porque no puedo respirar mientras voy de mi cuarto a la sala o de la sala al patio. Ayer me sentí vivo un rato porque salí a dar una vuelta a la cuadra. En realidad di dos, no por mi voluntad, sino porque mis pies no pudieron detenerse y yo los seguí. Creo que guardan la esperanza de hallarte en una esquina comprando el periódico o algo más, o quizá buscando igual que yo algún motivo para resucitar. Al regresar me asombró una sonrisa que apareció en mis labios ante el espectáculo maravilloso de dos golondrinas dándose besos en el nido que hicieron en el patio. Corrí hacia dentro de la casa sin desinfectar mis zapatos como marca el protocolo de sobrevivencia; quería alcanzar la sonrisa en el espejo, pero cuando llegué se había marchado. En mi cara insistía el acento grave y ningún esfuerzo me daba una auténtica alegría en los músculos faciales. Sólo muecas, intentos desesperados, papanaterías, musgos de júbilos.

            Sabes, amor, he pensado que al terminar esto tomaré la vieja guitarra, las canciones amadas, mis últimos pesos, los reductos de autoestima que me tienen prendido de un hilo a la vida y me iré a buscarte muy lejos. Debe haber alguna esquina en alguna parte del mundo donde te vea dar vuelta. El problema es estar ahí, porque la vida infausta te lleva a donde quiere y no al lugar en que seguramente estás. Tal vez no sea una esquina. Puede ser la orilla de una playa, junto a esas rocas que seducen a los amigos de los cangrejos y de espíritu romántico, como lo sigo siendo muy a mi pesar. O tal vez en un pueblito de aquellos donde se refugian los que nacieron muy tarde en el tiempo, como también sucede conmigo. La gravedad absoluta sería que en realidad te hayas quedado varada en el pasado y desde ahí me grites con desesperación sin que yo te escuche; o que aún no hayas nacido y seas apenas un pensamiento en dos que se aman y se penetran en tu búsqueda, con cierta insensatez por cierto, porque nadie nos pregunta si queremos llegar a este puerto para el que nos dan remos quebradizos.

            Como sea, te buscaré. Saltaré sobre nubes si fuera necesario, bajaré a los infiernos que bien conozco porque me los regalaron al nacer, mataré estrellas inútiles que osen esconderte y cortaré cualquier árbol que te esconda entre sus ramas. Cada vez me convenzo de que no habitas esta selva de asfalto insufrible, que poco tienen que ver tus pulmones con el smog y tus oídos con el ruido. Gastaré las suelas de mis botas por caminos naturales y si te encuentro bebiendo agua de coco en un ángulo de mi delirio, te pediré de rodillas que me tomes en tus brazos y vayas descubriéndome mientras canto una canción que jamás has escuchado.

            Mientras tanto, sigo aquí. Me molesta tanto ponerme el cubrebocas para salir por fruta, verdura y algunos abarrotes. Voy con ojos atentos, pues un miligramo de ilusión me hace buscarte entre cientos de miradas, ahora que sólo tenemos el sentido de la vista para mostrar los afectos o decir en silencio: cómo estás, me da gusto saludarte; o, por el contrario, hágase a un lado por favor, respete la distancia de metro y medio, ¿cuánto le debo? Como nos han aleccionado con efectividad, incluso hablar da miedo, por eso los ojos hacen esfuerzos desesperados por educarse a ritmo ágil. Es difícil, porque dependemos de todos los músculos del rostro para la demostración de los afectos, facultad que nos roba la tela sobre nariz y boca. Es más complicado porque hoy nos tenemos más temor que antes unos a los otros. Aquél o aquella puede causarme la muerte es un pensamiento terrible. Particularmente me preocupa menos porque llevo la muerte a cuestas peleando a jaloneos con la vida. Si se ponen necias me impongo entre ellas como un réferi, y todo por ti, amor. Cuando me des absoluta evidencia de que no estás, soltaré mis amarras y que me lleven cualquiera de las dos mujerzuelas. Porque sin ti no tengo nada. Bueno, tengo un perro. La ilusión la perdí sin saberlo desde que mi madre sin nombre me botó en aquel orfanatorio. Sólo estás tú y el can; te he bordado con retazos de fantasía y algunos hilos de cordura. Sé que eres noble porque yo te concedí esa virtud y bella a fuerza de tanto anhelo.

            La tarde anuncia lluvia por fin. Ojalá la humedad cargue con el maldito virus y pueda salir por última vez a buscarte con tu cara limpia en las esquinas, o me vaya por las terracerías tras de ti o de la muerte definitiva.

            Te dejo, amor. El perro ladra. A diferencia de mí está demasiado vivo y quiere comer.

 

IV

Deja que te lo cuente, mi amigo. Sin ella el mundo parece desolado. Es un páramo seco mi garganta y son más tristes que nunca las canciones de José Alfredo. Nunca pensé vivir para sufrir esta tragedia, para beber el estío. Un mes sin ver a esta mujer. Un mes de no besar su boca de cristal con estos labios partidos que se tragará una tumba. La he buscado con desesperación por calles, supermercados, tendejones y patios clandestinos. He viajado a otras ciudades en pos de ella. Extraño su saliva amarga y su espumosa desesperación cuando se vacía, haciéndome el hombre más feliz del mundo. Daría lo que tengo y lo que no por tenerla guardada en casa, toda mía, y compartirla con los camaradas cuando me canse de beberla y no valga ser egoísta. Porque el amor se comparte; porque su alma de lúpulo y cebada no puede ser de un solo hombre; porque no entiendo la vida si a ella no la veo pasar de mano en mano, desnuda y húmeda, lúbrica y ansiosa, untándose en las lenguas de hombres y mujeres que salen de sus casas como yo para buscarla en lugares prohibidos con música fandanguera y luces de neón. Quiero su corazón frío calentando en extraño sortilegio todo mi interior y exprimir hasta la última gota de su amargo codiciado, sin que me importen las mutaciones de su color, sus besos compartidos. Así la quiero yo, y por morirme en ella es que muero, y por vivir sin ella es que peno.

¡Termina ya con esta sed, Dios¡ Devuelve a mi amada gélida a su destino o has que me evapore por completo en este yermo territorio, que sufrir no es mérito para aplaudir en estos tiempos de dolor y aislamiento. Mi garganta está triste y vivo eternamente en un spleen desértico y sombrío. Baja, Señor, desde tu nube omnipotente y regala a este raquítico mortal el paraíso espumoso al vaciar a mi adorada dentro de un tarro congelado y beberla… beberla.

 

V

Deja que te lo cuente, poeta, tú que conviertes las heridas en trofeos de guerra y las hojas secas en casas de duendecillos: hay una voz que me habla al oído en las noches de insomnio para decirme que el resto de las demás voces no existen, que son ardides de los hombres y mujeres poderosos y no hacemos más que repetir sus discursos de día de plaza hasta el cansancio. ¿Sabes si por la noche alguien llega hasta mi cama y me inocula un chip en el cerebro, o si me entra por los ojos en forma de ondas luminosas cuando manipulo ese aparato que contiene mi vida entera en perfectos resúmenes encarpetados? ¿Sabes si mi vida está a salvo detrás del cubrebocas, si los números mienten, si esto es el inicio de algo grande que nos acerca al final, si el amor bastará para salvarnos? Tú que juegas con los segundos, terceros y los infinitos significados, que has aprendido a quitar una a una las capas de la cebolla y a descamar un pez sin tocarlo, sólo con el delirio irreverente de tu verso, dime si en algún lugar del mundo hay un recodo donde el miedo sea una historia cinematográfica que aún es la ficción de un futuro; dime si puedo batir las alas abiertas de mi fantasía y traer un hijo al mundo porque la vida es bella, a contrario sensu de lo que opinan los agoreros del apocalipsis; dime si Dios partió a otro planeta decepcionado de su obra en la Tierra y por eso debemos inventar otro nuevo como tú inventas metáforas para escarbar significados. Te lo pido porque eres el jinete más honesto de las palabras y nadie te paga por tu oficio; eres la excepción, el no sometido. No existen mentiras más ciertas que las tuyas. Dejando a un lado tu propensión al enloquecimiento para ponerte a salvo de la cruel realidad, intuyo que tienes mejores respuestas que tantos parlanchines en la televisión y las escuelas. Por eso dime ahora, vate, si delirar contigo me pone a salvo de la bestia microscópica o si la sal del mar es mejor recomendación que tus coplas. Dime si alguien más que tú puede explicarme mejor para qué sirven las palabras y por eso ha descubierto los engaños que las habitan. Dime el libro y la página, el número de estrofa y el verso preciso en el que pueda hundir mi cabeza como hace el avestruz en la arena, para mimetizarme en ese mundo que inventas y confundir al gran depredador si pasara por aquí. Cuéntame, poeta, si acaso no has muerto antes que yo.

 

 

Lunes, 01 Junio 2020 05:31

Deja que te lo cuente

I

Deja que te lo cuente, mi niño. Tu abuelo una vez me encerró a piedra y lodo en la casa. Era bien celoso y me salió con el cuento de que yo le hacía ojitos a Severo, su primo. ¿Cómo iba a ser eso?, si no tenía tiempo ni para verme en el espejo por atender a tantos chamacos. Entre las faenas de la casa y lavar pañales se me iba el día. Pero Pedro era así, pues, terco como burro. Aunque nunca me pegó ¿eh? Nomás gritaba y daba manotazos, porque sabía que si se atrevía a hacerlo era capaz de partirle en dos el metate en la cabeza. Si no lo hice fue porque lo quería y porque así eran de zoquetes todos allá en el pueblo.

Ahí tienes, pues, te decía que esa vez sólo fueron como cinco días, no como ahora que me han encerrado meses. No sé ni qué día es hoy ni cuando volveré a ir a la iglesia. Dios nos ha castigado y nos va a castigar más si no lo vamos a ver al templo… ¿Qué dices?... ¿Qué ahí no está Dios?... ¡Válgame la virgen, muchacho! ¿Eso te ha enseñado tu madre? Mira lo que les pasa por estar todo el tiempo pegados a esas máquinas endemoniadas. Lo bueno es que no nací en estos tiempos. Pero bueno, mijito, tú sabrás qué cuentas le darás al señor. Volvamos al asunto. ¿No me puedes dar una paseadita por el parque de enfrente ahora que te dejaron solo conmigo? Nomás una vueltita, nos compramos una nieve de pistache y nos regresamos sin que nadie se entere, al fin por aquí poca gente me conoce… ¿Cómo que me puedo caer? ¿Pues de plano me ves tan vieja? Apenas tengo ochenta y tres, para que te enteres. Y ni los aparento, ¿o sí? Si hubieras visto cuánto caminaba en el pueblo te asustarías: cuatro kilómetros para llevarle la comida a Pedro hasta el potrero y cuatro de regreso; y como si nada. Pobrecitos de ustedes que ya ni se mueven pegados a la televisión y pícale y pícale a sus cochinadas esas. Por eso están gordos desde niños. ¡Habrase visto!

Ya me callo, no te digo nada de eso. Aunque la verdad, pobrecito de ti, ¿cómo no vas a estar llenito si tu padre está igual? Por eso, mira, vamos a caminar un rato, nos va a hacer bien. Que nos pegue el sol y nos dé el aire. De paso te doy unos centavitos, sin que le digas a nadie. ¿Qué me dices?... ¿Cómo que estás trabajando? Si nomás estás dale y dale de manotazos a la máquina. Eso es trabajar ahora. ¡Ja! Te quisiera ver con el azadón o abriendo surcos con el arado. Eso era antes trabajar. Y producir alimentos para la gente… Está bien, no me mires así. Síguele con tu “trabajo”… ¡Qué voy a creer que estés haciendo tareas para la escuela! Si no veo el lápiz ni la regla… ¡Está bien, pues!, no digo nada.

Este es otro mundo bien canijo. Siquiera hubiera plantitas y un patio con árbol. Nada, puro cemento y cables. ¿Qué les costaba haberse hecho un corredorcito con macetas? Ahí pondría mi mecedora y no te estuviera interrumpiendo. Ahora que venga tu madre me va a oír. ¿Por qué me sacaron del pueblo si era feliz en mi lugar? Allá estoy sola, pero no necesito a nadie que me cuide. Pedro me acompaña aunque esté muerto. Sólo aquí los muertos se mueren bien pronto. Y cómo no va a ser si hay puro humo, ruido y todo es triste. En cambio allá les gusta el silencio y el aire limpio. Por eso se tardan para irse y los vemos en cualquier lado cuando cae la noche. ¿Sabes, mijo?, Pedro me viene a cantar en las madrugadas, me despierta con su serenata. No lo veo cantarme, pero lo escucho. Hay veces que me grita en los sueños: “¡Hermilaaaa…! ¡Hermilaaaa…! Corro hacia él, que está metido hasta las rodillas en medio del río. Cuando llego y lo abrazo se me deshace como agua entre las manos y yo también me vuelvo agua. Entonces despierto toda fresquita, fresquita… No me mires así ni pienses que estoy loca, muchacho. Algún día te voy a enseñar a ver a los muertos. Pero tendrá que ser en el pueblo, porque aquí, ni esperanza. Aquí se muere uno nomás de respirar.

Están llamando a la puerta. Debe ser tu madre. No le digas que te pedí sacarme a pasear, por favor.

¡Qué bueno que llegaste, hija! ¡Ay!, quítate eso de la cara que pareces astronauta… ¿Qué me dices?... ¡Nos volvemos al pueblo! ¿Después de comer?... ¡Gracias, señor! Me has escuchado. Ya lo oíste, muchacho. Ándale, te vienes conmigo para que saludes al abuelo. Ya va siendo hora de que lo dejemos morir de verdad.

¡Gracias, señor! Te dije que yo aquí no me muero y me cumpliste el favor.

 

II

Deja que te lo cuente, Yoya. No sé qué voy a hacer. Ningún cabrón calenturiento me llama. ¿Viste las fotos que subí, no? Yo misma me puse roja de vergüenza al verlas. Pues ni así he tenido un solo cliente en cinco días. ¿A dónde vamos a parar? Si esto no acaba pronto nos tendremos que manifestar como lo están haciendo otros: “Trabajadoras sexuales en crisis por pandemia”; “Hoy por mí, mañana por ti”; “¡Ayuda, que también nuestros hijos comen!” ¿Sabes qué se me ha ocurrido, Yoya?, pues hacerle como lo están haciendo otros: entregar vales que se cobren después y ponernos en promoción, como ofrecernos al dos por uno o algo así. ¡Ni modo!

¿Sabes?, jamás pensé que algún día me iba a ofrecer por menos de quinientos. Y pues ya pasó con el último el miércoles pasado, un muchachito tímido que se estaba estrenando, ¿tú crees? Sí, todavía los hay; yo también me sorprendí. ¡Ay!, hubieras visto qué tierno, me trajo flores. Casi chillo y por poco me quito el cubrebocas y lo beso. Estuve a punto de carcajearme cuando me dijo que se estaba enamorando de mí y que mis labios y mis pechos eran igualitos a los de Scarlett Johansoon. ¡Sí! Así como lo oyes. Me emocioné y fui tan pendeja que en vez de cobrarle cuatrocientos cincuenta, como habíamos quedado, se lo dejé en cuatrocientos y con regalo extra. Se me fueron dos litros de leche más para los becerritos que tengo en la casa. No, si para idiota me llevo la corona de laureles. Qué quieres, amiga, todavía me emociono a mis treinta y tres, crucificándome sola como un cristo.

Lo peor es que ni el padre de Pepito y Dayis ni el de Jonathan me dan un solo quinto desde hace mucho. ¡Cabrones!, como si nada más sus otros hijos existieran. Mi hermana que vive en San Antonio está invitándome a irme con ella, que deje este oficio y allá me encontrará trabajo. Me da ilusión, ¿sabes? Pero, ¿y mis hijos? ¿Se los dejo a mis padres así como si fueran muebles? No, soy puta pero no mala madre. Además, ¿cómo consigo la visa con lo cabrón que se ha puesto el trompudo ese y en tiempos de coronavirus? No, amiguis, yo de aquí no me voy. Lo que no sé es qué vamos a hacer. Ojalá a alguien se le ocurra inventar un traje especial para nosotras, pegadito y color piel, y ni modo, aunque usemos guantes, careta y cubrebocas todo el tiempo y nos desinfectemos ahí abajito delante del cliente y… Bueno, ya, ¡no te rías!, la desesperación me hace pensar tantas pendejadas que… No te creas, en el fondo estoy triste. Se me están yendo los buenos años en esto. Dentro de poco ya no serviré y ¿qué voy a hacer? Ni siquiera pude sacar el certificado de la prepa, todo por una materia y un profe ojete que quería acostarme conmigo y no se le hizo. Tú apenas tienes veintitrés, Patita chula; estás en la gloria. A tu edad comencé, cuando me dejó el cabrón de Pablo. ¡Qué poco hombre ese güey!, ¿sabes? También un día me salió con la historia de que iba por cigarros y ahí te ves. ¡Y cómo se parece mi Jonathan a él! Parece que lo estuviera viendo al desgraciado.

Bueno, manita, luego me cuentas tú cómo te ha ido. Está sonando el celular del jale y no hay que desaprovechar. Besitos, nena.

“¿Sí?... No, papito, aquí no estamos en cuarentena… Claro que estoy disponible y cachonda para ti… Tú me dices en qué hotel y el número de cuarto; yo llego a la hora que me digas… Estás de suerte, mi amor, porque yo soy de mil doscientos la hora, pero por la contingencia estoy en ochocientos solamente… Claro, mi rey, de todo; pero si quieres algo realmente especial es una lanita extra, ya sabes, cariño… No te preocupes por eso, mi novio López Gatell nos ha instruido directamente sobre cómo tratarlos; estoy bien protegida… De acuerdo, papito. No olvides llevar tu gel y cubrebocas; de los globitos yo me encargo”

¡Gracias, Dios mío! En verdad te lo agradezco.

 

 

 

ODA INELUDIBLE

 

¡Qué dadivosa vida

tiene quien porta albísimos ajuares

y va, con tea encendida,

andando los lugares

donde no cantan aves ni juglares!

 

¡Qué pabilo encendido

lleva en su corazón tan incendiado,

que su vida, si pido

su sacrificio alado,

la diera con temple de soldado!

 

Por los pasillos yermos

del hospital donde loan vida y muerte,

en el jardín de enfermos,

entre latidos inertes

corta flores de su elegida suerte,

 

sin matar la fatiga

su pasión por curar, siempre exaltada;

sin que su amor desdiga

la sabia no ganada

y se ponga a llorar en una estrada.

 

Entre pulsos de vida,

entre anhelos de rostros macilentos,

hurga en la herida

de la muerte su alimento

y el hombro de algún dios como sustento.

 

¡Quiero cantarle un verso,

uno amable de amor bien enhebrado,

en el que suene terso

si puedo, afortunado,

el júbilo de quienes ha salvado!

 

¡Quiero echar fuera el grito

de aquellos que callan, ya vencidos

por el velo contrito

de la muerte, heridos

emigrantes de la luz y los sonidos!

 

 

¡Quiero darle el abrazo,

si pudiera, por los que no lo darán

y han dado el paso

más allá del parián,

que es este mundo de farsa y celofán!

 

¡Ponte la bata blanca,

hermano del dolor y la pavura!

¡Prende el alma y arranca

la triste cara dura

de ese germen que ensucia la hermosura!

 

Si en el intento vuelas

desde esta dimensión a otra mayor,

hablarán las estelas

de tu destino mejor

entre aplausos y mejillas en rubor.

 

¡No te baste una vida

para plantar banderas en la luna!

¡No te venza la herida

de la muerte, lobuna

y codiciosa dama inoportuna!

 

¡Habremos de esperarte

cuando se abran puertas y ventanas,

tocarte y abrazarte

con risas y campanas,

cuando aviven las calles y las ganas!

 

¡Señor de toga blanca

y de la cofia señora angelical,

mi emoción estanca

en el paso desigual

de las horas que rediman de este mal!

 

¡Cubre sol, abriga luna,

las bondades perpetuas del galeno

y la mano oportuna

de enfermera, en pleno

acto de amor terrenal y sereno!

 

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