Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 19 Agosto 2019 05:54

De betún, franela y manos

Hay quienes nacen con estrellas en sus manos. Si a esto agregamos una humildad básica y capacidad innata para encontrar brillos donde otros ven cardos, sombras y motivos para renegar de la vida como viene, tenemos entonces un portento de vitalidad que sobrepone la sonrisa a las endechas que se escuchan cotidianamente en las filas del banco, por ejemplo, o en las del Seguro Social, mientras se espera la atención del médico especialista cuya consulta se conquista como si fuera la cumbre de una montaña.

En esta ocasión se trata de Antonio, cuyo solo nombre es una campanada echada al aire desde la torre de alguna catedral. Antonio y la sonrisa, podría ser el título de la descripción de cualquiera de sus días, pues en ningún momento las comisuras de su boca apuntan hacia abajo, y sus ojos redondos brillan e indagan como si algún augur los hubiera enviado para mostrarte que la vida es sorpresa constante.

Antonio bolea zapatos en la entrada de las oficinas del Registro Agrario Nacional, donde abundan ingenieros agrónomos con botas de piel, abogados de zapato elegante y tramitólogos de profesión que han hecho de su labor de intermediarios su modus vivendi. No falta algún campesino que ese día se puso zapatos para hacer el viaje a la ciudad, de modo que no digan que el origen humilde no puede significar una mínima elegancia. La manera en que la brocha espumosa recorre la piel del calzado simula la caricia suave de una dama enamorada, y luego sigue el betún que borra cicatrices, impurezas e imperfecciones; después el trapo encargado de dar lustre rechina en el zapato hasta que nace el sol sobre la piel negra o café. En el transcurso, Antonio silba o comenta la noticia del día con el cliente, o le confiesa un secreto de tantos aprendidos en el lugar: que aquel de allá reparte bonito su comisión con algunos jefes para que el trámite salga rápido, que ese otro tiene un qué ver con la chica recepcionista de la sonrisa permanente y eso le ahorra tiempos y dineros para apresurar sus diligencias, que el cabrón que está ahorita en el mostrador es un ojete y te pone todas las trabas del mundo. En eso, alguien lo llama desde una oficina donde se atiende a quien obtuvo la ficha doce blanca, por lo que Antonio se disculpa diciendo que regresará en un tris. Ingresa con alguien que lo espera en la puerta y, en efecto, en cuatro minutos sale después de firmar como testigo de algún trámite en el que se deciden los derechos sucesorios de alguien, o algo por el estilo, por lo que cobra su correspondiente comisión como debe ser. Testigo de ocasión y bolero, sin duda oficios nobles.

Las botas ya están listas y caminan presuntuosas rumbo a la calle. Tiempo de espera. Habrá que cazar cliente nuevo, o espantar las moscas si no llega nadie, echarle un vistazo a los autos estacionados que también cuida o tal vez fisgonear con recato a la señora guapa que se formó en la fila con cara de “estoy hasta la madre de tanto trámite”. De pronto alguien lo llama desde la calle: “Ese Toño, aquí hay un señor que quiere un rapidín con su coche, ca…” Deja encargado el cajón de bolear con el vendedor de dulces de la entrada y hace aparecer una cubeta llena de agua y una franela roja. Le dijeron que era un “rapidín”, por lo que tiene unos quince minutos para que sus musculosos brazos dejen el auto listo a fin de que su dueño atienda un compromiso de urgencia, de aquellos para los que un auto limpio es imprescindible. ¡Vaya usted a saber de qué se trate! ¿Tienes alguna fragancia?, le pregunta el cliente de camisa a cuadros y sombrero tejano. Solo tengo lavanda y jazmín, patrón, le contesta. ¿Tú cuál me recomiendas?, vuelve a preguntar el vaquero. Pues el lavanda, jefe, el otro como que es muy finito para usted; ese lo uso para las señoras. ¡Vaya!, testigo circunstancial, bolero, cuidador de autos y lava coches, un mil usos simpático y efectivo.

Los minutos se deslizan. Hombres y mujeres salen y entran en el recinto, repitiendo el ritual de la vida moderna apresurada. Parece que el sentido de la existencia es hacer trámites, legalizar documentos, dar fe con ellos de que poseemos algo o soñamos poseerlo. Así, los días justifican el paso del tiempo, lo diluyen, lo embalsaman en asuntos varios, pretenden detenerlo en un pedazo de tierra inamovible del que nos creemos dueños, la misma tierra que generó revoluciones que tal vez no fueron y que nos inspira para hacer apologías de estatuas que alguna vez fueron hombres y mujeres de carne y hueso. Sin embargo, Antonio, con su chaleco amarillo y la sonrisa eterna de niño asombrado y un dejo de sorna constante en su gesto sanguíneo, parece no caer en el juego de los demás. Nada lo amedrenta para inhalar con plenitud el aire y aceptar lo que le depare el día con regocijo, como si todo fuera un juego. Por eso responde con emoción al llamado de un hombre del mostrador que le entrega una lista completa de almuerzos que debe traer, pues son las diez treinta y los burócratas tienen hambre. Franela y betún lo esperarán pacientes, porque ahora está en su rol de mozo mandadero. Con gusto va por la calle rumbo a los tacos acorazados, y con qué agrado piropea a la morenita que los sirve y se sonroja, y lo mira como diciéndole: “Te dije que delante de los demás no me andes con tus cosas. Por whatsapp lo que quieras, pero aquí no”. Como sea, la morena le guiña un ojo, promesa gestual que podría ser cumplida un día estos en algún lugar secreto. Y luego pasa por las cocas, maldito veneno negro que él bebe sin remordimiento alguno.

Tres boleadas más, dos lavados de auto y otra comparecencia como testigo de nivel, y casi dan las dos treinta, hora en que cierran las oficinas de RAN. Parece que será todo por hoy para Antonio. Sin embargo, cinco minutos antes del cierre un auto aparca a escasos metros de la entrada. Lo conduce una dama de cabello rubio postizo y lentes oscuros. No es necesaria señal alguna para que Toño, quien ya se enfundó en una playera ajustada de las Chivas del Guadalajara que deja apreciar sus fuertes pectorales, se dirija al auto y suba en él con gesto de profesional, no sin antes guardar sus enseres de trabajo en la cajuela que desde adentro abrió la dama. En el rudo oficio que lo mantendrá ocupado las dos o tres horas siguientes no requerirá de betún, chaleco amarillo y franela; son ahora sus manos, su boca y el cuerpo entero los instrumentos para que la mujer entre y salga en un efímero paraíso de tal vez unos cien minutos flotantes, en el que su cuerpo será una balsa abandonada sobre una corriente de rápidos que la llevarán hasta un apacible remanso, donde todo guarda silencio y las arenas cotidianas no queman.

Cualquiera diría que ahora sí ha concluido la jornada. No precisamente. A las cinco con quince Antonio pita un encuentro de futbol en la colonia donde vive. Su prestigio como árbitro le asegura al menos tres partidos por semana, sobre todo en viernes y sábado.

Al llegar a su hogar alrededor de las siete, dos niñas y un varoncito salen a recibirlo en el patio de la casa en construcción donde vive, sin revoque y con ventanas faltantes. Levanta sin ningún esfuerzo a las dos niñas y luego entrega a cada uno un dulce que compró en la esquina. Su mujer lo recibe con un beso rápido y sigue levantando la ropa seca del tendedero. Se acabó el gas, Toño, le recuerda, y no hemos pagado la luz, a ver si no la cortan; ah, y se me hace que debemos desparasitar a los chamacos, pues se les fue el hambre y no les quito el dolor de panza. Mañana veo todo eso, mujer, le contesta después de exhalar un largo suspiro.

En tres días será domingo. Ese día, como siempre, Antonio tendrá que seguir pegando tabicones en su casa a medio construir. Deberá darse prisa, pues el vientre de su mujer se abomba y pronto será necesario el otro cuartito. Piensa en qué otra chamba puede sacar algo extra, o en otra dama generosa que de vez en cuando pase por él al trabajo a las dos con veinticinco, en busca de una balsa y un remanso que su vida diaria no le da.

Antonio sabe que debe remendarse cada día para no perder la sonrisa y ejercitar la fe sin etiquetas que lo mantiene a flote, y arriesgarse más allá de lo que indica la norma. Antonio sabe que es un hombre bueno, pero también que no basta serlo. Ahora ya duerme y es el sueño el que lo remienda con aguja e hilos invisibles.

Lunes, 12 Agosto 2019 05:40

Divagaciones caniculares

I) Torpeza

 

Si te sientas frente al monitor y no tienes nada que decir, lo mejor es dejar que las palabras fluyan solas, como prostitutas que caminan por una gran avenida soñando que un día estarán en las marquesinas de un teatro, llenas de luces. Puede suceder que una súbita inspiración las convierta en vedetes deseadas por todos y las personas paguen para poseerlas dentro de un libro; hasta podrían suscitar duelos a muerte entre bibliófilos embrutecidos por alcohol o alguna otra droga. Por ejemplo, la palabra pábulo, bien acomodada dentro de algún enunciado de modo que motive lucubraciones húmedas y delirantes, se sabe que ha sido motivo de más de una muerte. Hay muchos pantófilos que han reconocido que si algo les hace perder la cordura en el mundo, es el amor apasionado por las palabras certeras que alcanzan a rasgar un posible significado dentro de este maremágnum que es el lenguaje. Ahora bien, si las palabras no tienen suerte cuando salen a buscar sustento, al menos sirven para justificar salarios y llenar archivos enormes que a cualquier empresa o proyecto llenan de orgullo. Démonos cuenta, por ejemplo, cómo se envanece la voz de un fiscal cuando nos comenta sobre el expediente de siete mil quinientas setenta y tres fojas, correspondiente a una sesuda investigación en curso para desvelar el misterio de un crimen pasional o de un caso de corrupción; hay ahí un universo de palabras que nadie anhela leer, sin embargo, dan estatura y seriedad a un asunto tan complejo que a todos importa y que a nadie también. Vale recordar cómo, hasta hace unas décadas, los presidentes de nuestro país eran expertos para arrojarnos sin piedad  discursos que duraban horas sin que dijeran nada, pero es digno reconocer cuántas emociones engendraban en los ciudadanos probos y en los deshonestos, que para eso de ser patriota no importa la ralea, y cuántas apologías y diatribas enconadas tenían lugar posteriormente en el honorable Congreso de la Unión, templo perfecto de la palabra fatua. Un famoso poeta dijo una vez que una página en blanco es como una mujer desnuda esperándonos. Recordar esto puede ser buen aliciente, pues una blanca fémina descobijada ha puesto a dormir su moral y sin culpa alguna podemos recorrerla, hurgarla, sacudirla, experimentarla y, si fuera necesario, olvidarla, confinándola al cesto de basura si nada bueno obtenemos de ella, ni siquiera un elemental orgasmo literario. En el peor de los casos puede espolearte un numen de medio pelo y llevarte a completar una cuartilla de bellas, sinuosas y vanidosas líneas de grafías, para cumplir la consigna con la que algunos escritores diletantes se conducen: escribir al menos una página al día. Así, no quedas mal con tu conciencia, cumples el precepto y respiras engreído al alcanzar el justo y ansiado punto final.

 

II) Trumpica

Si por extraña magia, Picasso renaciera hoy en México, en Siria o en Darfur, su asombro sería mayúsculo por la inocencia del Guernica. Le faltarían al lienzo: decapitados, mujeres despedazadas, niños con rifles de alto poder, hombres y mujeres de ébano ahogándose en el mediterráneo y muchos horrores más. Pero la imagen más violenta sería la de un hombre blanco que gesticula odio disparando desde un muro a mexicanos, musulmanes y discapacitados; y en el fondo del cuadro la imagen de la estatua de la libertad cayendo en picada, desde un cielo engañoso con cincuenta estrellas.

 

III) Xtabay digital

Un hombre con apariencia de fantasma aleccionaba a otro que parecía un niño asustado por cuentos de brujas:

“Es la Xtabay, te digo. Atravesó las fronteras y, siendo maya, se volvió universal. Claro, hoy le ayudan las redes sociales, especialmente Facebook. Si te llegó su invitación de amistad y la aceptaste, ya te jodió. La única oportunidad que tienes es eliminarla de inmediato sin abrir alguno de sus mensajes y archivos. Pero si ya lo hiciste o, aunque no, ya estuvo en la red contigo al menos una semana, te va a encontrar un día, sé que lo hará. Anda cumpliendo su función de exterminadora de machos, pues somos demasiados y harto brutos. Te perdonará si has cumplido devotamente tu labor de esposo, padre, hijo, amigo y hermano. Si no, repito, te jodiste. Dime, ¿cuándo le diste aceptar?, ¿te fijaste bien si tenía un ojo de coyote en el pecho?... ¿Sí?... Entonces era ella. Hermosa, ¿no? ¿Que cómo lo sé? Porque ya tuve sexo virtual con esa mujer demonio. Fue la experiencia más intensa que disfruté, pero me costó la vida, compañero. Nunca perdonó mi existencia atolondrada. Así es, este que te habla ya está muerto y pronto me harás compañía; por eso es que puedes verme. Te veré pronto de este lado, amigo.”

El hombrecillo asustadizo cayó desmayado, mientras que el otro se marchó atravesando las paredes.

 

IV) Círculo

Desde hace un tiempo salgo con una dama que no es mi novia ni mi amante, no nos gustan esos términos tan provocadores. Vamos, ni siquiera es una dama. Es simplemente una mujer, así le gusta definirse. Viene, tiene sexo conmigo, llora sobre mis hombros sus desventuras, fuma un cigarro y se marcha. Conocí a su esposo, amigo mío en las adolescencias. Un día la abandonó y se escapó con otra, una morena costeña capaz de ablandar cualquier tapujo moral y prender fuego a leña verde. Ella lo llevó al mar, donde vive su padre, un pescador agradecido que todos los días pide perdón por la vida robada al océano. El pescador trabaja para un hombre que a diario lleva pescado en su camión de hielo hasta la capital. Ahí el hombre vende su producto a los dueños de restaurantes, comedores y tabernas. El dueño de uno de esos refectorios tiene un amigo con quien comparte el futbol los domingos; ambos se desgañitan como si cada gol fuera un orgasmo. El amigo que les cuento va cada sábado al panteón que está al sur de la ciudad, lleva flores a su hija muerta hace unos años; llora y se pregunta por qué Dios permite que se rompa el orden cronológico de nuestra partida de este mundo.

La hija muerta del amigo del dueño de un restaurante que compra peces al hombre para quien trabaja el pescador que es padre de la morena sensual que se robó al marido de la dama que me hace el amor y llora sobre mis hombros de vez en cuando, es la madre de mis hijos. Por ella lloro sobre el regazo de la mujer que llora conmigo sus penares.

La vida, un círculo perfecto.

 

V) Dos versiones del calor

El calor está insoportable. Un limpia vidrios y su hijo, al pie del semáforo, observan el anuncio espectacular que muestra a una pareja joven, hermosa y blanca, con dos niños lindos como ángeles de iglesia; detrás de ellos, una vegetación exuberante y, al fondo, la imagen de un hotel; más atrás, el mar.             

Extasiado, el niño, quemado por el sol y con su caja de chicles en la mano, pregunta a su padre:

─Papá, ¿así es el paraíso?

El hombre no alcanza a contestar. La luz del semáforo ha cambiado y los autos se han detenido en filas, dibujando entre ellas las vías de un infierno de asfalto por las que  padre e hijo de nuevo ya caminan.

 

VI) No fui yo

El día de mi boda no asistí a la ceremonia; fui displicente. Fue otro quien se enfundó en mi traje y se puso mi sonrisa y se casó con mi mujer; y dijo: “Sí, acepto”. Pero ahora que mi esposa tramita el divorcio, en efecto, el demandado soy yo. ¡Carajo!

Lunes, 05 Agosto 2019 05:43

Filas

I

A Eloísa le contaron bien el cuento de la princesa. Por eso camina por la calle reventado pompas de jabón que solo ella ve. La sonrisa en su cara es un imán de esos que enamoran a quienes tienen la feliz coincidencia de cruzarse en su camino. Mientras recorre las cuadras que hay entre la estación del metro y el café donde gustan de verse, recuerda como si fuera ayer el día que lo conoció. Ella hacía fila para comprar el ticket en la tienda donde estos se expenden electrónicamente, emocionada porque conocería por fin a su banda favorita en el Palacio de los Deportes, Iron Maiden. Era una chica retro, decía su padre. Habría que esperar más de nueve meses para el concierto, hacer fila en las muchas semanas que faltaban. Mario iba detrás de ella en la hilera, también admirador de la banda de leyenda y dispuesto a disfrutarla por tercera vez en su vida. Le encantaron su barba entrecana y su pelo largo que le daba aire de cuarentón rebelde, por lo que no puso inconveniente al galán maduro cuando inició la plática. Tampoco mostró reparo alguno en las semanas excitantes que vinieron después, entre visitas a moteles de buen gusto y escapadas en moto a Cuernavaca y Tequesquitengo, adherida gozosamente a una chamarra de cuero y sus manos a un vientre masculino que la desquiciaba.

Ahora camina enamorada del suelo que pisa, como si posara sus pies en pista de tartán, flotante su emoción. Al llegar al café, él aún no ha llegado. Es raro, pues si algo lo caracteriza es su prisa por llegar y por irse después de estar con ella, alegando mil compromisos de los que nunca ha dado detalles. Después de quince minutos llama a su celular y nada. A la media hora se inquieta sobremanera por no poder comunicarse con él. Más al rato se retira y llama a los amigos de Mario. Pasa buen rato para que alguno responda y hubiera sido mejor que no sucediera. Tarda mucho tiempo en reaccionar al escuchar que Mario ya no está, que se ha ido. Ella no sabía que él llevaba tiempo haciendo fila para que una “nueve milímetros” le borrara su sonrisa encantadora, ni que había hecho muchos méritos para eso distribuyendo polvos blancos e imaginaciones verdes. Alguien o algunos lo ayudaron a cumplir con su destino.

Eloísa camina hoy por una calle sin tartán y siente que un tropel de cuervos da vueltas sobre su cabeza. Partida por una tristeza que pinta de tono gris sus veinticuatro años, toca su vientre y cree sentir al pequeñísimo ser que hace fila para venir al mundo, sin haberlo pedido y con una sola persona que sabe de él y lo espera. Tal vez nazca alrededor del día en que Iron Maiden dé su tercer concierto en la ciudad. Puede ser que Eloísa venda su boleto y nunca regale a su hijo un muñeco de Ediee the Head.

 

II

Encorvado y lento, va de la cocina a la recámara con el té para su esposa en la mano. Ella dormita: los ojos hundidos, la boca semiabierta; su piel delgada y pálida resalta sus pómulos. La mujer respira lento, y sube y baja su abdomen como si le costara hacerlo, como si ya no quisiera, cansada de hacer fila para morir durante meses. El anciano suplica que ella beba un poco. Con voz casi inteligible dice algo a su esposo que a él le empaña la mirada. Por las mañanas están solos, como ahora; sus dos hijas se turnan para estar con ellos las tardes y noches. El hombre desiste en su intento de hacerla beber. Va hacia la ventana para mirar el triste espectáculo de cables, rótulos publicitarios y casas tristes. Durante casi cuarenta años tomó su lugar en la fila de aspirantes a una casa con jardín, árboles y barda de piedra, pero fue insuficiente el crédito que le ofreció la vida para lograrlo. Se pregunta por qué no fue posible si sus jornadas eran extenuantes, su aplicación al trabajo reconocida por sus jefes y su nobleza a prueba de cualquier duda. Tal vez ese fue el problema, piensa, pues en este mundo, en esta ciudad y en este barrio, poco se premia la conducta intachable y el trabajo honrado. No nació con las agallas para tomar lugar en la fila de los que trampean, oprimen y carecen de escrúpulos de todo tipo.

Voltea a mirar a su esposa y sabe lo que ella le suplica con sus ojos apagados, pero no tiene el valor de cumplir la promesa que ambos se hicieron hace unos veinte años. Sabe dónde está el frasco, cuál es la dosis exacta y cómo preparar la mezcla, pero se resiste a aceptar que le toque a él realizar el procedimiento y no a su pareja, con todo y que su esposa es ocho años menor. Siempre pensó que sería a ella a quien le tocaría hacerlo. Le dolería mucho vivir en la fila de la soledad. Se acerca al cristo que está en la pared, como pidiéndole consejo como casi nunca lo hizo, porque no fue de esos que se forman a esperar el acontecer de los milagros. El cristo ensangrentado no tiene nada que decirle, a no ser que deba sufrir una culpa que no le corresponde por el martirio eterno de su crucifixión. Se rebela y se retira. Deberá tomar la decisión solo. Resuelto, toma al gato que los acompaña desde hace siete años y lo lleva afuera, pues no merece el felino involucrarse en esto. Vuelve a entrar al departamento y cierra con todo cuidado las ventanas. Antes de cerrar la que da a la calle, mira durante unos minutos ese paisaje que aprendió de memoria: el puesto de revistas y la cara aburrida de su dueño, la señora joven que llega a la casa de enfrente como todos los días a esa hora, jalando a sus dos niños y cargada de bolsas de comestibles, el enrejado de cables, los autos, el pedacito de cielo en azul grisáceo que les tocó mirar cada día desde su rincón del mundo. Nada de eso lo seduce para hacerlo cambiar de opinión. Cierra esta última ventana y las puertas del departamento, menos la que da a su recámara, contigua a la cocina. Después, sin pensarlo, abre todas las llaves de la estufa de gas. Entra en su cuarto y va al mueble donde están los retratos de sus hijas, algunos de sus nietos y una foto del gato cuando era cachorro. Parece hablarles, como en plegaria. Con gran placidez se dirige hacia su esposa y toma su mano, apretándola. La mujer reacciona y por unos minutos se miran con los ojos encendidos, como si vieran en ellos la película entera de su vida. Después, lentamente, se acomoda en una orilla de la cama, abrazando a su mujer y besando sus ojos humedecidos. La respira hondo. El reloj de pared marca las 2:45 de la tarde, y contando. Es la última espera, ahora están hasta el frente de la última fila de su vida. Extrañamente, comienzan a sonar las campanas de la iglesia cercana, y el hombre, que ya entra en el letargo definitivo, siente que es por ellos. Afuera, el gato araña el cristal de la ventana de la sala; él aún está formado en la fila del hambre y de la vida.

 

III

El día que Tito se fue de casa nadie se dio cuenta, o no quisieron darse cuenta, pues el domingo era hermoso y la mañana digna para un pintor de paisajes naturales. Ese día era importante para acudir a la iglesia y hacer fila en busca de la sugestión del perdón de los pecados, renovarse con el discurso de un hombre de sotana, a modo de un contrato amañado de conveniencia mutua; importante para beber cerveza e ilusiones de corto alcance al calor de un partido de futbol o de la simple francachela. Pero no era importante para pensar en Tito. ¿Por qué habría de serlo si nunca había sido así? Él se entendía bien con su esquizofrenia simple que esa mañana luminosa pasó a ser paranoide. Durante años hizo fila para dar el gran salto, es espera no declarada de que alguien o algo lo retirara de ella o al menos le diera un lugar alejado en la cola. Pero no hubo manos, palabras, abrazos, besos, bondades y voluntades que detuvieran su avance.

            Cuando partió llevaba los tenis nuevos y la chamarra vistosa, pero las caminatas que hacen los desahuciados como él por las carreteras, enfilados hacia el olvido y la indiferencia colectiva, desgastan las suelas; el sol desgarra las prendas de vestir y las pocas luces que aún quedaran en esos quijotes sin estampa, empeñados en seguir el derrotero de sus delirios hasta ese mundo que construyen dentro, menos doloroso que el de afuera.

Adentro seguramente habrá infiernos, pero alguna compasión divina tal vez intervenga para regalarle pequeños paraísos, porque Tito sonríe con extrañas muecas y ejecuta danzas maravillosas con su mirada; tal vez en ella navegan barcos de piratas nobles o corren caballos jineteados por sus deseos infantiles. Tal vez Tito dejó de hacer fila en los almacenes del mundo que expenden sufrimiento y un día, bajo un árbol, a la orilla de un camino o bajo una cornisa, deje de caminar y vuele en el vapor de la última gota salada que fluya por sus ojos.

 

Lunes, 29 Julio 2019 05:14

Por si vinieras

Debí abrir esa puerta.

            Cuando mi madre preguntó por ti, mi hermana Oralia le dijo que te habías ido a la cantina a echar la copa. “Apenitas calienta el sol y salen los hombres a buscar su perdición”, respondió ella. Faltaban quince para las doce, una hora en que la garganta se vuelve pozo sin fondo y el calor apalea los buenos ánimos. Recuerdo que me decías que unos tragos ayudan a un hombre a serenarse. En ese entonces no tenía los años suficientes para investigar si era cierto, me conformaba con verte regresar con los cachetes colorados y la mirada más firme y brillosa, como si el alcohol te hiciera más feliz. Lo parlanchín lo tenías de nacimiento, pero había gente que no te quería y junto a ellos te volvías callado como una sombra, sobre todo con algunos de esos hombres habladores y bravucones.

            El reloj del pueblo iba a dar la una de la tarde y no llegabas, lo que era raro. Cuando estabas en la casa en tiempo de secas, desde las doce y media azuzabas a mi madre para que preparara el comal y la comida. No eras muy religioso, pero en esto del comer sí que eras bien devoto; no perdonabas que a la una en punto no estuvieran puestas las tortillas calientes sobre la mesa. Por eso mi madre se preocupó esa vez, pues lo que le pasó a la Oralia no era un asunto pequeño y por menos de eso dos hombres se daban de golpes o tiros. Y tú andabas con el coraje atravesado contra el Rojo, el culpable de que la panza le creciera a mi hermanita de quince años y, para acabarla de joder, nieto del hombre que hace mucho le carranceó a mi abuelo materno un buen pedazo de tierra fértil, ahí por la orilla del río.

No sé si el destino exista, pero esa mañana de mayo, seca como el lomerío que espera la lluvia, te encontraste en la cantina con ese hombre. Así me lo contaron y así pasó. Dicen que esa vez fuiste hasta un rincón a beber tu cerveza, callado, tratando de apaciguar el remolino que tenías en el pecho. Y dicen que la bebiste rápido y ya te ibas cuando te llamaron los que bebían con el Rojo.

― ¿Por qué tan rápido, Julián? Un hombre de veras no bebe solo y nomás una. Mucho menos se va sin despedirse ―te dijo uno de ellos, apodado el Grillo.

―No quiero líos, Grillo ―volteaste a ver al que estaba a su lado, que sonreía taimado sin verte de frente―. Cuando estés solo nos echamos una palabreada, Rojo; así en bola no.

―No te preocupes Juliancito, que estos ya se están yendo a ver parir una puerca ―dijo el Rojo, irónico―. Tómate otra conmigo que yo la pago.

El Grillo y los otros dos acabaron su cerveza y se fueron. No te quedó otra que quedarte, padre, y ahí estuvo la tarugada. Cuentan los que por ahí estaban en otras mesas y medio oyeron la plática, que te salía lumbre por los ojos y casi no hablabas, nomás le pediste que te cumpliera con la Oralia, y que aquel, cínico y cabrón como era, se echó una risotada cuando te oyó. Que él no era hombre para una sola vieja; que mi hermana fue de coscolina a buscarlo muchas veces; que lo de la tierra aquella ya era historia antigua y que con gusto le daba su apellido al crío y unos pesos para mantenerlo, pero nada de casorios ni lagrimitas. Dicen que no se dieron cuenta cómo sacaste una punta por debajo de la mesa y se la enterraste en la mejilla al Rojo, mientras bebía el último trago de su botella; que se le encajó en una encía y luego, mientras bramaba de dolor, la enterraste otras dos veces en la espalda y le jodiste un pulmón. Y dicen que te vieron salir de la cantina al mismo tiempo que otro hombre también salió gritando que habías chingado al Rojo. Te vieron dar carrera rumbo a nuestra casa y que al poco tiempo el Grillo y los otros dos, que por ahí cerca esperaban, fueron detrás de ti.

Tuve que abrir la puerta a tiempo. ¡Carajo!

Tus piernas de más de cuarenta años no pudieron competir con la fuerza que tenían las del Grillo y los demás, apenas de veintitantos. Los gritos de tus perseguidores fueron sacando de sus casas a los vecinos, pero nadie intentó nada, o no pudieron. Mi madre y mi hermana todavía estaban en el tlecuil del patio cuando escucharon tus golpes en la puerta de madera. Yo preparaba un pedazo de tierra hasta el fondo del patio para sembrar ahí algo de maíz cuando llegaran las lluvias; me ayudaba Gonzalo, mi hermanito pequeño. La aldaba era fuerte; no se dejó vencer por tus empujones. Ellos ya estaban a unos metros, me cuentan, por eso le diste rumbo al río, desesperado. Oralia me llamó, chillando. Salí corriendo a buscarte con mi machete en mano. Para cuando llegué a la calle tú estarías cruzando el arroyo y ellos a punto de alcanzarte, seguro, porque después me dijeron que nomás al llegar al otro lado, esos cabrones te tenían bien agarrado y te jalaron para dentro de un maizal.

Cuando te encontramos yo y otros compas que te buscábamos, tú ya eras de otro mundo. Te molieron a golpes, pero fue una piedra que te dejaron caer en la cabeza la que te mató. Fue el Grillo quien la levantó bien alto y la dejó caer sobre ti para vengar al Rojo, a quien creía muerto. No tardé mucho para saber que fue él, porque en el pueblo todo se sabe más temprano que tarde. Las bocas hablan y hablan hasta que una descubre y dice la verdad, ya sea platicando con los pájaros que por ahí andaban o preguntándole a las milpas que saben ser buenas con los buenos. O porque un paisano caminaba por ahí, a pie o a caballo, y se quedó quieto cuando los escuchó maldecir mientras te golpeaban, y escuchó también que uno decía: “No lo mates, con la chinga que le dimos quedará paralítico el cabrón”. Y oyó decir a otro: “Vámonos, nos tenemos que pelar un tiempo. Ya déjalo, Grillo”. Pero el Grillo tenía el diablo adentro y levantó la piedra. Como sea que lo haya sabido, así fue.

Voy a derretir el pasador de la puerta. ¡Te lo juro!

Después de sepultarte, mi madre se fue secando como el viejo tabachín del patio. No quería hablar ni comer. Petra, la más grande de mis dos hermanas, se vino a vivir un tiempo en la casa para atenderla y ayudar a Oralia en su parto. Gonzalo dejó de ir a la escuela y dijo que mataría al Grillo. Pobrecito, apenas andaba en los doce años cuando te fuiste, padre. Yo sentí que me arrancaron el piso con tu muerte. Por ese entonces cumplí dieciocho y me imaginé listo para echarme unos tragos, pero no para serenarme como decías, sino para agarrar valor y saber qué hacer con mi rabia. Entre un rezo y otro, una de esas noches escuché decir nuevamente a mi madre, como en delirio: “Apenitas calienta el sol y salen los hombres a buscar su perdición”. Por ella fue que me quedé quieto y dejé que el tiempo se encimara sobre mi tristeza hasta medio enterrarla; que curtiera mi piel, mis manos y mi voluntad.

Al nacer el hijo de Oralia, mi madre como que revivió. Regresó poco a poco el color a su cara y se coló un chisguete de alegría en la casa. El Rojo no murió, pero quedó todo jodido por lo que le hiciste, y el Grillo se peló del pueblo con los otros dos. Una noche me avisaron que lo vieron en una cantina por allá cerca de Chiconcuac. Otra noche me desaparecí, lo venadee y sin más ni más le metí un balazo en la cara y otro en el pecho. Ahí me quedé, mirando como sufría su agonía el desgraciado. Cuando llegaron los guardias les entregué la pistola y mis manos para que me llevaran. Hasta entonces comencé a llorarte de a de veras, como si se abriera una compuerta dentro de mí.

No se han sembrado las tierras, padre, pero cuando salga de la cárcel voy a encargarme de ellas junto con Gonzalo, que ya es un hombrecito. Y quitaré el maldito cerrojo para que puedas entrar, por si tu ánima viniera cualquier noche de estas a empujar la puerta.

 

 

Lunes, 22 Julio 2019 05:20

Sin embargo, la vida

"La ONU adoptó una postura firme contra el 'apartheid' y en los últimos años se estableció un consenso internacional que ayudó a poner fin a este sistema inicuo. Pero sabemos muy bien que nuestra libertad no es completa sin la libertad de los palestinos".

Nelson Mandela

Soy Amina, soy gazatí, soy mi nombre; casi soy lo único que tengo. Hija de Wasim, quien me enseñó sobre el amor a pesar de la tradición y de su condición de hombre, e hija de la guerra, la que me ilustró sobre el odio llevándose para siempre la sonrisa de mi padre, asesinado por mi propia gente acusado de colaboracionista del gobierno israelí durante la guerra de dos mil nueve, liquidado por una mentira, por el odio que ha sitiado mis dieciséis años de vida. Hermana menor de Ibrahim, quien murió ayer partido en dos por un misil israelí que cayó en el centro de Shati, el campamento de refugiados donde vivimos, o morimos a diario. Hermana mayor de Samir y Jamil, cuyos cuerpos tiemblan en este momento bajo el cobijo insuficiente de mi abrazo, mientras los estruendos aniquilan nuestros oídos y las luces de los misiles iluminan la noche. Soy también Sabira, mi madre, quien se instaló en mis ojos y mis manos antes de morir hace unos meses, cansada por la enfermedad y el dolor de ser una mujer palestina sin hombre, sin esperanza. Nieta de Kamal, mi querido anciano casi ciego, vivo por obra y gracia de Alá y por la ternura de Jamil, el pequeño.

He vivido antes dos guerras; no sé si mis dos hermanos y yo sobreviviremos a esta última. De cualquier modo, si lo logramos tal vez nos toque morir en la siguiente, o en la que venga después de la siguiente. Ahora mismo somos fantasmas vivientes adheridos a las paredes del sótano de una casa que ya no es casa. Como fantasmas no importa comer y beber, se nos olvidó el hambre y la sed con el miedo, nuestro mejor amigo, nuestro escudo, el recordatorio de que aún ingresa un hilo de vida por nuestras narices. Tampoco interesa ya saber quiénes son los buenos, quienes los malos, en este inframundo de horror que habitamos. Lo único que importa es saber quién vive y quién muere, aferrarse como lapa en algún pequeño hueco de la vida mientras la muerte pasa.

Ayer, mientras huíamos del peligro, lloramos a Ibrahim sin saber dónde quedó su cuerpo hecho pedazos. Solo lloré lo necesario con lágrimas que aún guardaba para mi siguiente pérdida. A mi abuelo se le secaron las suyas desde hace mucho, por eso lo lloró en silencio, por dentro, como hacen muchos viejos. Mis hermanos lo lloraron un mar; lo siguen llorando todavía.

Samir, el abuelo y yo, sacamos del campamento a los menores junto con otros niños extraviados, dando traspiés por entre el polvo y los escombros antes de que un nuevo misil cayera sobre nosotros. Apretujamos a los niños en la carreta del abuelo, jalada por el asno fiel que no ha sabido de alimento en muchos días. Los lamentos de los heridos, los llantos y gritos de cientos que buscaban un lugar seguro, se alojaban en nuestros oídos como una canción muchas veces escuchada. En realidad no había lugares seguros, para el ejército israelí cualquier zona podría ser considerada como bastión de las milicias de Hamas o podíamos ser presas de francotiradores israelitas apostados en cualquier lugar de las zonas ocupadas. El anciano y el asno decidieron caminar hacia el mar.

Aquí estamos ahora, metidos en un hoyo insalubre como ratas en su madriguera. Anocheció hace poco, la electricidad ha sido cortada desde hace dos días, el suministro de alimentos y agua también. No hay tregua en el cielo de Gaza, no hay tregua en la pavura. Sólo el abuelo parece haber perdido el miedo, hundido en un sueño extrañamente manso.

— ¿Sabes por qué ahora el miedo solo me hace lo que la picadura de un mosco, Amina? —Me dijo ayer mi viejo Kamal—. Porque estoy prácticamente muerto, hija. Los muertos no tenemos miedo.

Las palabras del abuelo me perforan como balas. Lo sé, perderlo pronto es parte de nuestro destino inmediato y me conforta un poco saber que ya está preparado para morir, o en proceso de muerte. Sin embargo, mis hermanos y yo aún quisiéramos vivir a pesar de tanto dolor a cuestas.

En este refugio improvisado donde intentamos sobrevivir una noche más, si salgo del sótano y miro a ras de tierra por una ventana donde la brisa me regala una fresca humedad, puedo mirar el mar. El mar siempre me ha hecho soñar, es el único lado por el que mi país no está cercado, donde existe un horizonte para mis fantasías. Mi idea de libertad está asociada con el mar gracias a mi padre pescador, quien en contra de la costumbre me llevó muchas veces a mí, una mujer, a navegar en su lancha pobre tras los cardúmenes de peces. Me hace pensar en las maravillas que hay en otros lados del mundo, las cuales he atisbado a través de una computadora.

Me cuesta trabajo creer que haya ciudades donde un hombre y una mujer caminen tomados de la mano, besándose en plena calle. Que existan lugares donde jóvenes de ambos sexos se divierten bailando, conviviendo sin restricción alguna. Me es difícil entender que haya naciones donde se puede vivir en completa paz, donde las mujeres tienen libertad de movimiento y derecho pleno a la educación y al trabajo. He soñado con la belleza de los edificios del Cairo, con las playas de Pafos en Chipre, con Creta, ciudad que huele a tierra y sol, a olivos y verduras frescas, según había leído mi hermano Ibrahim, que siempre soñó con salir de Gaza para hacer riqueza en Creta.

Mi fantasía de mar me hace llegar más allá, a Grecia, a Italia, a la lejana España. Mas solo es la imaginación de una mujer joven palestina, quien quedó huérfana e interrumpió sus estudios a causa de la guerra y ahora está a cargo de sus hermanos menores, para la que no hay trabajo ni posibilidad de salir del infierno de Gaza y tal vez mañana o en un mes esté muerta o haya sido violada. La que cierra los ojos en medio del horror, del caos de la guerra, para seguir soñando con un mundo que no es suyo y no la escucha.

Ha cesado repentinamente el bombardeo. Alguien tuvo acceso a la radio. Nos informa sobre el inicio de una tregua de setenta y dos horas entre el ejército israelí y las fuerzas milicianas de Hamas. Tengo que despertar a mis hermanos y al abuelo, al fantasma que ahora es. Un dolor intenso en el estómago me recuerda que estoy viva y tengo hambre. Debemos buscar comida, tal vez los suministros oficiales de alimento ya se hayan reanudado. Hemos de ir a nuestra casa, a lo que reste de ella. Comenzar de nuevo sin el burro y la carreta que al parecer han robado; sin Ibrahim, mi querido hermano de ojos de ensueño; casi sin mi abuelo, envejecido una década en un solo día, arrastrando la muerte con su pequeña vida.

No sé lo que vendrá después, no tengo fe ahora. Tal vez no la recupere nunca. Pero aún sin esperanza queda la vida, queda el hambre y la sed.  En medio de olores fétidos, cuerpos destrozados, dolor indescriptible y viento de pólvora quemada, de pronto me parece hermoso tener setenta y dos horas para vivir.

 

Lunes, 15 Julio 2019 05:26

Una calle de pocos reflectores

“Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas,  se encuentran en el perro”.

Franz Kafka.

Es sábado por la tarde. Lencho sale de la construcción con ganas de conocer el centro de Cuernavaca. Le han dicho que es bonito. Quién sabe si lo será tanto como el de la ciudad de Oaxaca, por donde pasó cuando venía de su pueblo rumbo a Morelos. Aquí lo esperó un paisano oaxaqueño, y Tito, que ahora ladra de gusto cada vez que lo ve dejar la pala o la cuchara de albañil, limpiarse un poco e irse a tirar al pasto del parque que está enfrente, mientras él corre en busca de olores nuevos entre la hierba o de alguna hembrita en celo que le robe su desesperante virginidad. Tito también es inmigrante, como casi todos los que trabajan en la construcción. Un día llegó con un circo de pulgas en su cuerpo y ahí se quedó. Cuando vio llegar a Lencho y lo husmeó supo que sería su dueño y poco tuvo que hacer para conquistarlo.

Este sábado es diferente, porque Lencho coloca un collar de alambre en su cuello después de bañarlo con un jabón anti pulgas y se van a  conquistar la ciudad. En la Plaza de Armas se estacionan buen rato a contemplar el bullicio y entretenerse con un par de payasos que convocan tal cantidad de personas que envidiaría cualquier compañía de teatro independiente de Cuernavaca. Rondan por ahí como turistas de ojos asombrados. Al llegar a los jardines de la catedral, Tito los considera dignos para depositar en ellos sus excrementos y así lo hace, provocando la reacción escandalosa de una monjita que vende galletas y rompope elaborados por miembros de su congregación. Salen de ahí sin poder dar gracias en el templo por el primer salario semanal que Lencho ha recibido.

Ni siquiera intentan asomarse al Jardín Borda. Los intimida un grupo de emperifolladas señoras amigas de la música que asisten a un concierto en la sala Manuel M. Ponce. Regresan al zócalo, donde a Lencho se le antoja un elote y un licuado de fresa cuyos asientos comparte con Tito. Escuchan un rato a la banda sinfónica que musicaliza desde el quiosco, pero a Lencho lo atrae más otra música un tanto primitiva que compite con la de la orquesta y llega a sus oídos desde un bar atestado de gente en el segundo piso de un edificio de al lado. Se promete que un día no muy lejano traerá ahí a una “morrilla” de la colonia donde trabajaba.

Aún tiene hambre y Tito igual. Encuentran un expendio de rebanadas de pizza en Lerdo de Tejada y Lencho se zampa dos, dejando los bordes gruesos con rebabas de queso y salsa de tomate para Tito. Satisfechos, se acomodan en una especie de barda anexa a la pared de un edificio bancario al otro lado de la calle. Desde ahí, Lencho mira pasar a las muchachas. Al ver a alguna con pinta de empleada doméstica o trabajadora de alguno de los tantos negocios del centro, le sonríe y sueña que la lleva de la mano. Para echar a andar mejor su imaginación y vencido por el cansancio de toda la semana, se tiende a todo lo largo, dueño de la tarde y la calle. Tito hace lo mismo, se acomoda y posa su cabeza sobre el pecho del hombre que en un tris está soñando que asciende de media cuchara a primera, luego a albañil y finalmente a maestro albañil, lo que significaría la gloria vestida de cal y cemento y la posibilidad de enviar unos cuantos billetes a su jefecita allá en el pueblo. Los sueños de Tito en Lerdo de Tejada son más simples: un hueso de pierna de pollo, un pasto verde para dormir patas arriba o la mano constante de Lencho acariciando sus orejas. Duermen la mona como si nadie los viera, tan dueños de todo y de nada.

No quiero contrariarte, querido lector, pero en realidad los durmientes de Lerdo de Tejada no se llaman Lencho ni Tito, ni son inmigrantes ni viven en una construcción en proceso. Tal vez lo son en el sueño que disfrutan plácidamente. Lo cierto es que el chico se llama Fernando, escapó de su casa en la colonia Jardín Juárez de Jiutepec, porque no soporta el alcoholismo de su padre y no es suficiente la comida para saciar el hambre de sus cuatro hermanos y la muy grande suya. Una boca menos si me voy, pensó al huir de su hogar, y un perro, porque no pudo dejar al único que parecía comprenderlo, a Boni. La noche anterior medio durmió en las afueras de la terminal de autobuses del Casino de la Selva, porque no encontró a un amigo suyo que vivía cerca de la iglesia de la Gualupita, a quien pensaba pedir posada.

En una de las muchas bolsas de su pantalón lleva su cartera vieja con su identificación y cuatrocientos pesos que no le durarán mucho. En otra, una foto de su abuela fallecida seis meses atrás, una más de su hermanita menor y aquella donde está él con su madre en una playa de Acapulco la única vez que visitaron el puerto; tenía siete años y ese día fue feliz con sus padres. En otra de las bolsas lleva condones, por cualquier cosa. Si hoy no encuentra al Pato, su amigo, se irá al pueblo de donde llegó su padre, a casa de sus abuelos o de un tío con el que simpatiza. Curiosamente, Fernando nació con alma campesina, pues siempre lo emocionó la idea de ahorrar un dinero, irse a vivir con sus abuelos, cultivar la tierra como lo hace el hermano de su padre y poner un criadero de cerdos. Desde niño le gustó pasar sus vacaciones en ese pueblo del sur del estado.

Le dijeron que el Pato llegaría hasta las ocho, por lo que decide darse una vuelta por el centro para ver si levanta su ánimo alicaído. Boni olfatea su pesadumbre. También él extrañará a Corina, la chiquita de la casa, que con su inocencia de nueve años era la única que no mostraba desprecio por sus pulgas y estaba al pendiente de darle sus croquetas en la hora exacta de su hambre. Después de saborear los fragmentos de pizza con pepperoni que le tocan, muy italiano él, siente que quiere a Fernando con un amor que le roe las entrañas, pues ahí se concentra esa emoción que únicamente puede expresar a lengüetazos y restregones en el cuerpo de su amigo. Fernando, tendido en Lerdo de Tejada, junto a esa pared del banco que guarda y explota los ahorros de miles de personas que piensan que el reino de los cielos está en el futuro, sueña con Corina y sus cachetitos morenos, mientras Boni no sueña nada ni con nadie, solo se dedica a estar piel a piel con Fernando en ese hermoso tiempo detenido que es la mayor riqueza a la que aspira uno de su especie.

Nuevamente ofrezco disculpas, caro amigo lector. Ninguno de los personajes anteriores existen, pero no pienses que he querido embromarme contigo, aunque… tal vez sí. La única evidencia verdadera es esta foto que está en mi poder, en la que un hombre joven que puede llamarse Lencho, Fernando, Matías o como plazca a tu imaginación, nos da una muestra de amor incondicional por un perrito que podría llamarse Tito, Boni, Lucho o como gustes. Particularmente me conmueve esta imagen y ojalá la misma racha de ternura te traspase a ti. Desde ahora mis ojos serán dos radares para encontrar testimonios de amor verdadero como este. Y no creas, estoy tentado a creer que cada vez que pase por Lerdo de Tejada, recibiré cascadas de luz y entendimiento en esa calle de no muchos reflectores. Buona giornata.

 

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