Arturo Núñez Alday

Arturo Núñez Alday

Lunes, 13 Enero 2020 05:04

Luna de lobos

Al bajar del autobús doy unos pasos y me quedo quieto. Como una foto imperturbable están ahí los mismos árboles y el camino que bordean. Al fondo a la derecha veo el casco viejo de hacienda donde jugué con ella al amor sobre pieles abiertas; hay tremor en mi pecho. La amalgama indefinible de emociones por poco paraliza mis pies al intentar avanzar. No falta nada: las mismas líneas de los cerros, el arroyuelo a un lado del camino, las hojas secas bajo mis pies contándome los antiguos secretos al crujir.

Al poco andar ladran los perros. Sabía que lo harían aunque no fueran los de antes, y que dejarían de hacerlo al doblar a la izquierda; así sucede.

Conforme avanzo, el peso de la maleta parece mayor. Tengo que descansar a la sombra exigua del primer tabachín de la calle. Es enero y estos árboles apenas germinan su belleza de primavera en esa fealdad engañosa de vainas negras y secas. Vuelvo a detenerme bajo las ramas del segundo árbol. Además de la maleta, me pesa todo el cuerpo y temo que el corazón se detenga de pronto por batirse tan fuerte. Siento la presencia de Lucía de manera tan intensa que juro que la veo esconderse tras el tronco del último tabachín, el que guardó mis palabras entre sus ramas cuando le dije que la amaba.

El portal de madera de la entrada al jardín de la casa chilla igual que en mi recuerdo, un rechinido largo seguido de otro corto al abrirse; después un soplido agudo al cerrarse. No puedo creer que los rosales al pie del ventanal de la sala sean los mismos, uno rojo flanqueado por dos blancos, idénticos setos en el jardín y la gran piedra de siempre en el centro; en ella tronaba brujitas cuando niño y en ella me aplasté un dedo que mi madre curó con pomadas y luego Lucía con un beso.

Al entrar a la casa debo buscar asiento para no caer. Los olores de siempre se meten en mí y salen por dos ríos que surcan mis mejillas. De la alacena tapizada de telarañas emergen los mismos aromas que me llevé arrastrando hace quince años hasta que se enturbiaron. Ahora vuelvo a ellos y los encuentro nítidos, envueltos en coraza de polvo y tiempo: chocolate amargo encerrado en papel de estraza; manojos de té limón, salvia, gordolobo, ruda, menta, tomillo y manzanilla; ajo, canela, jengibre, clavo molido y comino, pimienta, eneldo y romero. A todo eso olía mi madre y después ella, Lucía, cuando vino a vivir aquí; así huele aún.

Tomo valor y doy un paseo por las fotografías de la pared y los muebles. En una de ellas está mi madre, señera y noble con su chongo aristocrático. En otra estamos Lucía y yo, sin una mácula en la sonrisa, ella con el vestido blanco que me encantaba y los aretes de plata que le regalé; yo, de bigote y guayabera. Enseguida subo a nuestra habitación. Respiro hondo antes de entrar.

La puerta se abre y me encuentro ahora en un tiempo detenido. Aquí no ha ingresado nadie más que Lucía y yo. Es el mismo aire de hace tiempo que lleva tatuado el jazmín de su piel. Sé que está aquí. La escucho llamarme desde la cama y pedirme el beso de todos los días al despertar. Voy al lecho y me envuelvo en ella, pero se me escapa al poco tiempo.

Temo abrir las ventanas, mas debo hacerlo. El sol entra pleno al correr las cortinas. La luz pretende engañarme y decirme que Lucía no está. Yo no le creo. Ahí está el sillón y algunos de sus libros más queridos. Hay una bata de baño que aún la espera colgada del perchero, un gran espejo que reclama su belleza y su almohada en la que insisten mi mejilla y mis ojos cerrados.

Paso el resto de la tarde acurrucado en las memorias. Sin embargo, sé que los recuerdos más grandes, los más brujos, los traigo almacenados en la maleta. Por eso pesaba como plomo al irme acercando a casa y llenarse de ellos. Hoy por la noche, al alcanzar su trono la luna de lobos en la comba del firmamento, abriré la valija para que los recuerdos salgan a buscarla por aquellos lugares que la guardan, entre las sombras nocturnas, los brillos lunares y los aullidos de los perros. Hay quienes juran que han visto nacer de ahí los imposibles, y yo, cuya único culto ha sido Lucía, estoy convencido de que la veré esta noche.

Bebo varios tragos de brandy mientras espero. De vez en cuando Lucía muerde tenuemente los lóbulos de mis oídos y se va. La noche ya reina por completo y en la terraza la luna pinta escandalosamente su luz con brochazos de frío. Espero la señal; sé que llegará.

Justo a las once con cincuenta y cuatro da inicio el concierto de los canes que retornan a su origen lobuno. La primera luna de enero les revuelve la sangre como ninguna otra y, a quienes ignoran las facultades que enuncian y las puertas que abren sus aullidos, los estremece escucharlos, tanto, como a mí me alegra. Ha llegado la hora de abrir la maleta. Al hacerlo, los recuerdos escapan del encierro, inundan la casa, despiertan presencias y voces dormidas y huyen por las ventanas. Van tras ella, tras mi Lucía diseminada por todos los lugares que amó y amé.

Me apresto, bebo una última copa y salgo a la noche fría a buscarla junto con los recuerdos convertidos en luciérnagas de invierno. Los perros transmutados en lobos continúan con sus aullidos de nostalgia milenaria. La luna me sigue con sorna en su cara iluminada, como si no fuera culpable de este mal de amor que nos lleva a la muerte.

Voy por las calles que anduvimos, busco las sombras que escondieron a mis manos cuando hurgaban en su cuerpo y las bancas del parque en las que edificamos futuros en el aire. La siento cerca y sé que los recuerdos luciérnagas me la entregarán una vez que reúnan los fragmentos de su risa, su pelo azabache y su voz atrapada en las hendiduras del tiempo.

Al llegar al casco de hacienda, tan lleno de presencias de hombres de maíz y mujeres de tierra, la descubro al fin en una esquina, translúcida y ligera como si fuera un fantasma, pálida como si estuviera muerta y cálida al tomarla en mis brazos, como si estuviera viva.

Los perros han dejado de aullar y la noche está en su centro.

Ahora yo me río de la luna mientras llevo a Lucía a casa y la muy redonda me mira con misericordia. No sabe, la altanera, que es esto lo último que buscaba: tener a Lucía en mi delirio y contarle todas mis historias en silencio, con estos ojos que se buscan en la transparencia de los suyos y estas manos que no la dejarán jamás. Al cruzar el jardín, nuestro jardín, el último, mi amada esparce los jazmines de su piel súbitamente acalorada.

La llevo a nuestra alcoba y tomamos la cama por asalto. Los recuerdos luciérnagas han vuelto e ingresan al cuarto, giran a nuestro alrededor y se quedan con nosotros. Son labios los que revientan a besos; son años los que apretamos en instantes; son futuros los que consumen nuestras ganas en el abrazo terminante.

Antes de abandonarme en ella y partir juntos a un viaje largo sin anhelo de regreso, puedo ver por la ventana a una luna piadosa que ha descendido. Alcanzo a escuchar el aullido sereno de un solo can, mientras me pierdo definitivamente en Lucía.

 

 

Lunes, 06 Enero 2020 06:44

Nina

Uno de los dos debe quedarse con Nina. Si el amor no da para más entre un par de inmaduros como ellos, al menos deben cuidar la salud emocional de su mascota. Si se queda contigo, dijo él a ella, seguro engordará por tanta inactividad, nunca te has preocupado por llevarla a ejercitarse, como tampoco lo haces tú. Si te la llevas, contestó ella, se morirá de tristeza; soy yo quien le canta, quien la acaricia, ¿crees que sólo se trata de sacarla a correr marcándole el paso como a un soldado?

Lunes, 30 Diciembre 2019 05:29

Florencio y la estrella

¡Cuánto tardaste en regresar, Florencio! ¡Cuánto! Hace diecio­cho años te fuiste con dos o tres mudas de ropa y una ilusión del tamaño de tu juventud en la maleta.

Lunes, 23 Diciembre 2019 05:50

Dos de Navidad

Entre Barbas y una mujer en fuga

Sales a la calle porque te sientes solo. Laura se fue hace unos días y tu perro está enfermo. Todos se mueven con prisa. Salen de las tiendas cargados de comestibles y botellas de vino. Dentro de poco oscurecerá y hará mucho frío. Quieres encontrar fuera de casa algo que te provoque un poco de calor dentro del pecho, algo que te haga creer que en verdad esta noche será buena como lo pregonan las cancioncillas por la televisión y la radio.

Caminas frente a los escaparates solo por buscar lo que logre despertar en ti un gramo de admiración o sorpresa. Tienes claro que todo es un engaño: las luces, los renos adheridos a los cristales de las tiendas, los cientos de adornos en colores chillantes, el hombre gordo vestido de rojo que sonríe a los niños a la entrada de un gran centro comercial, incluso la sonrisa de la chica que se acerca a preguntarte cómo puede ayudarte cuando en una zapatería tomas en tus manos esas pantuflas que parecen acogedoras. Laura te regaló otras parecidas el año pasado, pero el perro, desesperado por quedarse solo tanto tiempo, las destrozó por completo. Las dejas en su lugar y sales de la tienda porque el recuerdo te duele. La chica borra la sonrisa en automático y levanta los pies alternadamente para paliar un poco el dolor de sus piernas; lleva más de ocho horas trabajando y ya le cuesta ser amable. Se ve tristemente linda con su gorro rojo.

Decides meterte en un bar y pedir una cerveza. Siempre has dicho que detestas los rituales navideños, pero en el fondo esta vez anhelas ser invitado a probar un poco de bacalao o pavo relleno en casa de alguien. Te preguntas cómo se sentirá estar en la mesa de algún amigo y ver caer sobre ti las miradas de reconciliación de la buena señora que pasó todo el día preparando la cena y de su marido de rostro sonrosado por una leve embriaguez, y la de los hijos que parecen bendecidos por el aura de santidad del famoso niño del pesebre. Laura nunca quiso formar una familia contigo y dedicarse a envejecer respirando el aroma tranquilizador de la costumbre. A duras penas aceptó a Barbas y ahora te dejó sólo con él, un can viejo y cansado. Deseas tomarte una segunda cerveza, pero la música insoportable de reggaetón te expulsa del lugar. Quisieras llamar a Leonel y pedirle espacio en su mesa esta noche, o a Claudio. Sin embargo, recuerdas que a la esposa del primero no le caes del todo bien, y a la del segundo, nada bien. Además, no sabes lo que harías en el momento de los abrazos y la apertura de regalos. Por eso decides volver a tu departamento.

Compras una pizza que comerás con Barbas y unas latas de cerveza. Al caminar por el pasillo y luego meter las llaves en la doble chapa de la puerta, te extraña que tu mascota no haga ningún ruido, pues normalmente te percibe desde que subes por la escalera. Entras y ni el olor de la pizza lo hace moverse de su camastro. Al tocarlo notas que aún está tibio y deduces que hace unos minutos estaba vivo todavía; no pudo soportar mejor que tú la ausencia de Laura. No puedes contenerte y desbordas tu emoción sobre el cuerpo de Barbas. Lloras por los once años que pasó contigo, por los doce que tuviste a Laura a tu lado jugando a edificar un mundo distinto sin las reglas y rituales de los demás, jugando a ser superiores y despreciar las ilusiones colectivas. Si al menos tuvieras a alguien que apreciara y midiera la amargura de tu llanto. Pero no hay nadie, las paredes son frías y el cuerpo del perro empieza a serlo. Vives cerca de un puente tendido sobre una barranca profunda, mas no están cerca tus amigos poetas para escribir una elegía por tu suicidio. Tu desamparo es grande y sabes que tienes dos opciones: el puente con esa oscura boca honda de la cañada o el teléfono mudo sobre el buró de tu cama. El instinto de vida mueve tus pies rumbo a tu cuarto.

Casi hueles las varias copas que ha bebido Leonel al contestar el teléfono. Ven aquí, hermano, te esperamos con gusto. Cubres un poco a Barbas para que no muera dos veces por el frío y en quince minutos el taxi te lleva a la puerta de tu amigo. Lloras abrazado a él como no lo has hecho jamás. Su esposa los mira conmovida; hoy le caes mejor que nunca. No te importa si el niño desnudo en el nacimiento representa o no al hijo de un Dios, pero te pierdes en la dulzura de sus ojos y anhelas convencerte de lo que cuentan de él. Dos ponches calientes con brandy entibian tu tristeza, la acarician y diluyen en una nube de sensaciones que te hacen saber que mañana amanecerá para ti, sepultarás a Barbas y abrirás las ventanas para que el aire y la vida imperfecta paseen por tu casa. Por primera vez, desde que eras un jovencito y estaban vivos tus padres, usas las palabras para desear una feliz navidad a alguien. Leonel se conmueve hasta las lágrimas al escucharte. Ahora es tu hermano y te abraza fuerte.

 

Daos las unas a las otras

Se te ha hecho tarde para salir a trabajar. Hoy es Navidad, mamá, te dice Jorgito, el más pequeño de tus dos hijos, de ocho años. No, chiquito, hoy será Noche Buena y mañana Navidad, respondes. Lo dejas al cuidado de su hermano mayor. No hubo escuela y eso te complica un poco las cosas. Te gustaría quedarte con ellos en casa, ver juntos películas o salir por ahí a dar una vuelta. Sabes que no puedes darte ese lujo, tus ingresos mermaron últimamente  y necesitas dinero para pagar los regalos de los niños. Pinche frío, piensas. El ambiente en la ciudad es gélido y gris. Pocos salen de sus casas y a los hombres se les quitan las ganas. Quedan los muchachos, que siempre traen prendido el ánimo para eso; lo que no traen es mucha plata en sus bolsillos.

El microbús avanza rápido por ser vacaciones. Lleva poca gente. Generalmente tardas más de hora y media para llegar hasta tu calle al otro lado de la ciudad; hoy harás unos quince o veinte minutos menos. Como siempre, aprovechas el camino para maquillarte e iniciar la transformación. Te sueltas el pelo y lo peinas. Sacas del bolso los anillos y collares de fantasía. Mientras revisas en el espejuelo de mano el bilé de tus labios, ensayas sonrisas y miradas seductoras para conquistar clientes, sobre todo hoy que el frío puede ganarte la partida. La minifalda y las zapatillas te las pondrás al llegar, en el negocio de un amigo que en ocasiones solicita tus servicios. El documento de identidad, donde te llamas Pilar, seguirá siendo el mismo en tu cartera, pero a partir de este momento y hasta tu regreso a casa, eres Yelina.

Yelina camina diferente al bajar del microbús. Tiene un bamboleo en sus caderas y masca chicle. Pilar, casi has desaparecido en ella, pues esta mujer avienta el pecho al frente, lanza hacia atrás el trasero, fuma y entorna la mirada como tú no sabes hacerlo. Ella es un personaje parido por un abandono y una gran desesperación; tú eres la hija buena que se fue de su pueblo con un hombre hace muchos años y envía dinero a su madre enferma, quien tiene tu retrato en la repisa junto a la virgencita del Pilar, la de tu mismo nombre,

Yelina va y viene por su calle. Un hombre para en la esquina y ella va hacia él. Ven por la tarde, Rojo, la cosa está floja, le dice. Rojo se marcha después de lanzarle una mirada que sabe a advertencia, a cuidadito y te vayas sin darme mi navidad, mujer. Pierde el aplomo por unos momentos, pero ya conoce el juego y sabe jugarlo. Es cuestión de que salga un rato el sol, caliente la sangre de algunos hombres y los convenza de gastar un poco del aguinaldo recién cobrado; que el dinero es para eso, para los placeres. Vengan, señores, hay un pesebre abandonado en mi cuerpo que necesita calor, parece decirles con la mirada. La invocación surte efecto. Después de dos horas de espera llega un chico tímido que aún no ha descubierto los misterios que guarda una mujer bajo su falda. Se va con él y la navidad se adelanta para el muchacho de semblante triste. Tiempo después se fuga con un hombre gordo en un auto largo, quien dos horas después, con su cara de Santa Claus satisfecho, la regresa a su esquina. Más tarde, casi antes de anochecer, es una dama la que pide su servicio. Cómo negarse, sobre todo en estas fechas. Además, la señora es una dama y le parece haber oído alguna vez una máxima que la anima: “Daos las unas a las otras”. Es válido un cambio del género contenido en la expresión, sobre todo en tiempos de feminismo férreo.

La jornada fue intensa para Yelina. Se siente exhausta. Es hora de volver después de saldar cuentas con Rojo, el proxeneta aquel. Regresa en el taxi de un amigo; justo es. Después de un breve relax dentro del auto, se quita las zapatillas y con súbito pudor cambia la minifalda por los pantalones de mezclilla. Empiezas a asomarte tú, Pilar, también fatigada y silenciosa. El desmaquillante muestra poco a poco tu rostro de semblante cansado. Guardas la fantasía en el gran bolso y cierras los ojos durante el resto del viaje.  En el ensueño vas al mar con tus hijos para que lo vean por primera vez. No llevas a Yelina la playa. Quisieras despedirte de ella para siempre.

Antes de llegar a la vecindad pasas con doña Marcela por los romeritos, el espagueti y el ponche que le encargaste desde ayer. Aún no son las diez y prometiste a tus chamacos una cena de Navidad. En tu casa tienes sidra, refresco y media botella de tequila. Hay un arbolito artificial encendido y bajo sus ramas los regalos que compraste con tarjeta de crédito. Invitaste a la Meche y a su niña, que también están solas.

Tu hijo mayor, de once años recién cumplidos, se emociona con los audífonos que le compraste; le parece increíble tenerlos consigo. Te abraza como no lo hacía desde hace mucho. Jorgito llora con su primer celular en sus manos. Se arroja a tus brazos, agradecido. ¡Eres la mamá más buena del mundo!, te dice. ¿Verdad, Meche, que es la más buena?

Dos caballitos de tequila también te hacen llorar y sientes que las lágrimas echan afuera algo sucio que llevas dentro. Hablas por teléfono a tu madre y sigues llorando mientras lo haces. Después de la cena los niños juegan con la hija de Meche. Ella y tú dan cuenta del tequila y del six de cervezas que llevó tu invitada. Una pizca de remordimiento inquieta tu ánimo, pues olvidaste a alguien en los brindis y parabienes. Alzas la copa y en silencio profieres: ¡Feliz Navidad, Yelina!

        

 

 

 

Lunes, 16 Diciembre 2019 05:30

Machete

I

Es diciembre. El lucero del alba luce pleno y aún falta buen rato para que una línea de luz se pinte sobre los cerros del oriente. El frío cala fuerte. No es suficiente la chamarra raída de Lucas, quien no deja de temblar sobre el camión que da tumbos por el camino. Por eso él y su padre se envuelven con el sarape viejo; así entibian sus cuerpos. Atrás van quedando las luces del pueblo y su madre, que desde esa hora se afana en la preparación del almuerzo, y atrás quedan la cama caliente y la escuela que hoy tampoco lo recibirá. La maestra querrá saber de él. Una prima suya, con quien cursa el quinto de primaria, le dirá que se fue a cortar caña con su padre, como ayer, como seguramente mañana. Mientras el camión avanza, Lucas dormita y piensa en lo bella que es la clase de Matemáticas, con lápiz en mano en lugar de tizne y machete, con los hoyitos que se le forman a la maestra junto a la boca al sonreírle después de poner una paloma en su cuaderno, por haber resuelto bien la división con dividendo fraccionario. Piensa que un día le gustaría ser como el ingeniero que inspecciona la quema y el corte de caña, con su camioneta de doble cabina, botas y sombrero tejano. Imagina a la maestra preocupada por su ausencia. Quisiera no faltar nunca a la escuela, sin embargo, también piensa en su padre, que desde el año pasado le dijo ya estás hombrecito y me tienes que ayudar, eres el más grande y yo solo no puedo mantener a tus cuatro hermanos.

Comienza a iluminarse el cielo. En los árboles dan concierto matutino los pájaros. El camión ha llegado a su destino y no hay tiempo que perder. Alguien les indica a Lucas y su padre los surcos que les corresponden. Todavía con sueño, el chaval mueve por instinto en círculos su hombro derecho y aprieta el mango del machete que lo hace hombre a sus once años. El golpe debe ser seco y al ras, como le ha enseñado su progenitor. Después de tirar la caña ordenadamente sobre los surcos, hay que cortar los cogollos y enseguida apilarla en montones. Lucas, después de un buen rato, con la boca y la nariz cubiertas, se ha vuelto una sombra verdugo de tallos por el hollín de la caña quemada, como un diablillo de ese infierno que a esta hora no lo es tanto, pues ya subirá el sol y tornará inclemente la selva seca. Entonces los hombres tizne beberán agua como camellos. Sus ánforas serán oro líquido cuando el sol llegue a lo más alto.

El tlacualero ha llegado y reparte los morrales. Si hay algo que se parezca a la felicidad para los cortadores de caña, es este momento. Lucas come rápido sus gordas con chile verde, tal vez con huevo o unas cuantas tiras de carne deshebrada, porque así le quedarán más minutos para arrellanarse en el tronco de un árbol o tenderse sobre el suelo, antes de continuar con el corte. Los hombres grandes chacotean y dicen albures que apenas comprende. Cierra sus ojos y piensa en la morenita del salón que le gusta, la imagina triste sin él.

Su padre se levanta y lo llama. Lucas se arrastra sin muchas ganas hacia las esbeltas mujeres vegetales a las que debe inmolar su machete para endulzar la vida. Extraña las divisiones y a la morenita, el recreo y el partido de futbol. ¡Zas! El machete vuela con rabia. ¡Zas! El sol ya calienta y el tizne se mete en sus ojos y seca su garganta. ¡Zas! ¡Apúrate, cabrón!, lo azuza su padre. ¡Zas! Lanza el machete con enojo sobre una caña tendida y el filo resbala con fuerza hacia arriba y, ¡zas!, se incrusta en el dedo meñique de la mano izquierda, justo donde nace la uña.

Se llevan a Lucas pegando de gritos con la punta del dedo casi colgando. Ha sembrado su sangre en la tierra seca y no sabemos si de ese tributo a la gran madre nacerá algo. El padre primero lo pendejeó, sin embargo, los hombres tizne que lo oyeron saben que es su manera de quererlo. Lucas no entiende bien cómo sucedió, pero en su angustia y dolor presiente que ha cambiado la punta de un dedo por algo que no alcanza a vislumbrar, pero lo imagina más valioso que una uña y un hueso.

 

II

Nunca supe cómo se llamaba porque nunca se me ocurrió preguntarle. Todos le decían Canito. Luego se adivinaba que era por su baja estatura. Acaso mediría un metro con cincuenta, pero su cara era recia y decidida. Andaría en sus veinte años cuando nos hicimos cuates. De ida y vuelta al corte de la caña subía siempre conmigo a la cabina del camión. Me gustaba llevarlo ahí porque la manejada se me hacía menos pesada, por sus ocurrencias y buen humor. Me acuerdo que la primera vez que lo invité a subirse me preguntó, poniendo la cara seria, si yo era puto. En vez de encabronarme solté la risotada y le seguí el juego. Sí, Canito, así que ni modo, ya perdiste conmigo, le dije. También soltó la carcajada y a partir de ahí nos llevamos a toda madre. La zafra completa me acompañó mientras los llevaba a diario al corte y de regreso. Por eso le agarraron tirria muchos de los compas.

Un día, al llegar la hora de almorzar, lo vi venir prácticamente arrastrando su machete, tan largo que parecía que lo llevaba el brazo de un niño. Le pregunté por qué no usaba uno más corto y adecuado a su estatura. No, Güero, me contestó, tú estás grandote y tienes los brazos largos, pero mira los míos, cortitos como de enano; si un día me sale por ahí un compromiso, con este machete sí le llego hasta la cabeza a un canijo. Me dio risa su respuesta, pero recordé la sarta de historias que me contó sobre machetes y molleras partidas en su pueblo.

No me reí nada cuando algunos años después, sin dedicarme ya a la chofereada del camión, pregunté por él a alguno de los pocos amigos que le tenían ley y me contestó que al final sí tuvo por ahí su compromiso, y que no le sirvió el machete largo para alcanzar la cabeza de su rival de amores, uno al que Canito, con su gracia y sangre liviana, le robó una trenzuda con la que tuvo un niño que por ahí anda correteando pípilos para jalarles el moco.

Quiera Dios que esta cría no tenga nunca un compromiso igual al de su padre, en paz descanse. Ojalá sea un poco más alto, por cualquier cosa, y se dedique a algo que no sea el corte de caña.

 

III

Don Félix no es viejo. Para un hombre de campo, trabajador y sin vicios, sesenta y seis años no significan senectud. No obstante, tiene problemas con la vista y uno de sus oídos está prácticamente acabado. Esto último es lo que preocupa a su mujer y sus hijas, pues andar manejando un camión para transportar a los cortadores de caña, con la responsabilidad que eso conlleva, no es la actividad idónea para él, opinan. Hay un ingrediente más que dificulta convencerlo de que abandone el volante y ponga en venta el camión: su terquedad.

Primero fue el cerdo que se le atravesó en el camino. Afortunadamente llevaba el furgón vacío y el enfrenón no causó estragos, solo el cuino destripado y el pago del mismo a su dueño, quien salió a la calle con machete en mano. Cuando don Félix quiso reclamar el cadáver del cerdo, una vez que lo pagó, el del machete le recordó que había pagado su alma, no su cuerpo. Después fue el aventón al vochito blanco manejado por una mujer de boca señorialmente lépera. Ese día sintió que nadie como esa tipa le había hecho recordar tanto a su madre muerta. ¿Qué sigue ahora?, se preguntan en su casa.

Esta tarde se ve contento a don Félix, pues es sábado y está estrenando su aparato auditivo. Lo sorprende escuchar con detalle los sonidos de los pájaros y los ruidos de la carrocería del camión. Va de regreso con los cortadores después de una jornada larga. La sensación de haber rejuvenecido da alegría a sus manos sobre el volante. Toma las curvas de la pendiente con una destreza que creía disminuida. Sobre el carromato viajan más cortadores que de costumbre, cansados pero contentos por haber cobrado lo ganado esa semana. La mayoría va de pie y apiñada, pues el camión tuvo que cargar con trabajadores de otra cuadrilla. Los filos de los machetes largos también se mecen alegres, colgados de la cintura de los hombres que pronto beberán cerveza en la entrada de algún tendajón.

Los oídos de don Félix van despiertos, pero sus ojos no demasiado, pues no se percatan de cómo aparece la enorme vaca negra sobre la carretera, en una ligera curva a la entrada del pueblo. Al meter a fondo los frenos la sacudida hacia adelante es tal que los machetes colgantes hacen estragos en las carnes de unos y en los huesos de otros. Otra vez la madre de don Félix es invocada como hace tiempo no sucedía. El tizne y la grasa se mezclan en la base del camión con las goteras de sangre de algunos desafortunados. Los más nobles y sensatos hacen labor de contención para evitar que el machete furioso de un paisano herido dé de canto o de filo en la angustiada anatomía del chofer, que en pocos segundos siente que los años se le vienen encima.

Una vez que alguien logra pedir ayuda a través de una llamada, después de un rato llegan dos ambulancias para atender a los heridos de relativa gravedad, afortunadamente unos pocos. Don Félix zanja cuentas pagando la correspondiente alma de la vaca, como se acostumbra. Lo bueno es que hoy tocó un dueño comprensivo y sin machete en mano. Una mujer le trae al chofer un bolillo. ¡Cómaselo!, es para el susto, le dijo.

Todos los tercos un día dejan de serlo. La vida se encarga.

El camión se ha vendido y don Félix ahora maneja una camioneta usada tipo pick up. Siembra sus cañitas y a veces platica sus aventuras de chafirete. Aquella vez sí me dio miedo de que me pintaran el lomo a machetazos, se le oye decir.

 

IV

―Tú, poeta, que tienes las palabras en lugar del machete, habla por nosotros, porque nosotros no sabemos. Nomás tenemos los ojos para hablar.

El poeta habló, como pudo, a nombre de ellos:

            ―Lo dulce de la caña es para otros, para los señores que ni siquiera se arriman a contemplar nuestra negrura. El verdor también es para ellos y el agua que lo hace brotar de la tierra. De ellos es el conteo de los dineros y los sillones cómodos donde realizan sus cálculos, y las cuentas del banco donde guardan sus ganancias. De ellos son las lunas que los acompañan a beber alcohol del bueno, las noches sin velos de angustia y sin chamacos lombricientos despertando por el hambre a media noche. De ellos el tractor y el aceite, la camioneta y la sombra de los árboles, el descanso y el hoy no trabajo porque alguien lo hace en mi lugar. De ellos lo que sobra y de nosotros lo que falta. De nosotros la nieve negra que oscurece más nuestros rostros cambujos. De nosotros las mujeres cansadas llevando el nixtamal a las seis de la mañana hasta el molino, y los perros flacos en los patios de tierra y los niños que dejan la escuela por un sueño de tizne. De nosotros son los filos del machete, las cortadas hondas en el alma y los soles despiadados vigilándonos a diario. De nosotros las cárceles de tiempo y míseros salarios, la cerveza amarga que nos engaña a ratos y el coraje que apretamos en el puño, a cada descenso del machete, en cada uno de sus vuelos. De nosotros la ignorancia bendita y el susurro del diablo en los cañaverales encendidos, y las miradas compasivas de quienes viven sin tizne y nos ven pasar. Para nosotros son los discursos de aquellos merolicos de palabra inflamada que tienen el poder, y solo nos ven y escuchan en el río manso de sus frases, pero voltean la cara si van por nuestros rumbos y se molestan si el negro tizne mancha lo impecable de sus ropas. De nosotros es el infierno de hojas crepitando y conejos aterrados, y la noche larga que no amanece en nuestros ojos de humo, y los machetes inocentes que no saben hacer revoluciones.

Y el poeta calló, como pudo, a nombre de ellos.

 

 

 

 

Lunes, 09 Diciembre 2019 05:32

Delirio de jotas y berridos

A Juan José Arreola,

dieciocho años después de volverse un fantasma

El secreto está en su nombre. Lo descubrí cuando extraje del olvido uno de sus libros de relatos más celebrados. Juan José en letras naranjas y Arreola en blancas. La “j” siempre me ha sonado sugerente, coqueta, liviana, como esas mujeres que nos esperan los viernes por la noche en las esquinas para invitarnos una noche de amor fingido, tan ficticio como esos relatos de Juan José. Definitivamente la “j”, que en español representa una fricativa velar sorda, es el elemento mágico. Me hace recordar a una compañera de la escuela de teatro, a la que el maestro le decía con elegancia que su voz parecía de ramera fina. Y cómo no, si el dómine se llamaba José Javier Jovellanos, y cada vez que la citada amiga lo llamaba por su nombre completo hacía que experimentara una erección jodidamente jubilosa. He descubierto, entonces, que todo es por culpa de la famosa y suripanta jota.

            Algo así debió pasar con Juan José desde niño, cuando descubrió la música dionisiaca de sus dos nombres con “j”. De ahí debió nacer su vocación por el misterio y la música de las palabras, por la fantasía a la que lo conducían. Sin embargo, el apellido también tiene lo suyo: Arreola. La sinéresis de en medio le otorga ritmo de ferrocarril alegre, de carrusel de feria, de boda de vocales enamoradas. Y no creo que sea un delirio mío. ¡Esa “j”!, ¡esa “j”! Vean en donde se aparece la muy gimiente, como si fuera mera casualidad, así como si nada: Juan Ramón Jiménez, el gran nefelibata de Jardines lejanos; Juan Villoro, que nos ha hecho creer que Dios es redondo; Juan Rulfo, que inventó para la gloria a Susana San Juan, el nombre de mujer más dulce del mundo; José Jiménez Lozano, que en su poema El petirrojo compara al pájaro con la mano de un ángel; Barbara Jacobs, la de Las hojas muertas; Julio Cortázar, cuyo padre se llamaba Julio José, ni más ni menos; James Joyce, de quien Jorge Luis Borges, otro grande con jota, dijo que en el Ulises hay sentencias y párrafos que no son inferiores a los más célebres de Shakespeare; Sor Juana Inés, que en el Asbaje también tiene otra jota; o un clásico antiguo como Décimo Junio Juvenal, cuyo nombre, al pronunciarse llena de música los aires. ¡Dios!, cuánta “j”, ¡cuánta! Mi reino por una “j” en mi apellido. O dos, para ser bendecido por un jubileo lujurioso en mi tinta.

En fin, dejo en paz mis nostalgias por las jotas, que ése no es el meollo del asunto que deseo enhebrar; sí tal vez un preámbulo necesario que rescata minúsculos aleteos del estilo del maestro de Zapotlán el Grande, artífice del misterio y la sorpresa, del humor elegante y erudito.

            Lo que quiero es mostrar mi respetuosa indignación en contra de mi admirado Arreola y de la esposa divorciada del juez McBride, que en el cuento del maestro titulado El rinoceronte, comete una de las más graves vejaciones que puede sufrir cualquier hombre que se precie de ser rinoceronte: renunciar a ser protegida, como ambición mayor de cualquier mujer. Y yo, que he dedicado mi vida a cultivar las virtudes y destrezas que hacen de un hombre un verdadero rinoceronte, leí y releí el relato sin poder creer que una mujer como Pamela, con quien se casó después el juez McBride, dulce y romántica, ideal para acompañar en su camino a la fuerza masculina, hubiera descubierto el secreto para vencernos, tomándonos de la cola sin soltarnos y zarandearnos hasta que la fatiga nos cansa y ablanda. Tengo amigos, cuyas esposas han seguido el ejemplo de Pamela, como en el caso del Juez Mc.Bride, y ya no vienen a jugar dominó conmigo los viernes y sábados por la tarde, mucho menos se corren una noche de juerga como lo hicimos durante años. Ahora van a la iglesia y son ovolactovegetarianos, aunque algunos han llegado al extremo denigrante de convertirse en veganos, insípidos como una papa hervida. Los veo pasar a veces los domingos, salen de casa para ir a misa. Si me alcanzan a ver me miran como canes sometidos a los que han despojado de su rabia. Los brillos suplicantes en sus ojos me lanzan un discurso de auxilio. Casi lloro al verlos, yo, que la última vez que lo hice fue cuando murió mi padre.

Arranqué del libro Confabulario las dos hojas que contienen el único cuento que no le perdono al maestro, a quien por lo demás admiro. Podría caer en las manos de mi esposa, a la que adoro porque trasmina inocencia. Aunque me cuentan que, sin haber leído el relato, hay cientos de mujeres domando felizmente a sus rinocerontes. Seguramente se enteraron de que ahí se cuenta que nosotros atacamos de frente y que colocándose a nuestra espalda nos tienen dominados. Algún lector del cuento seguro se los dijo; ¡traidor! Por eso no me extraña que haya muchas mujeres en la calle, sonrientes, bebiendo vino en los bares, participando en revueltas multitudinarias, mostrando su cuerpo tatuado. Yo no me arrimo a tales espectáculos, pero me cuentan que han llegado a tomar las tribunas y sus reclamos estridentes ahuyentan los pájaros de los árboles del parque.

Todos los días vigilo a mi mujer. Ella es como Desdémona, hermosa, dulce y fiel; moriría por mis manos si yo se lo pidiera. Por ella he escrito églogas, odas nerudianas, elegías lorquianas. Creo en su amor, pero trato de colocarme siempre de frente a su cuerpo, a sus ojos. Como estrategia raspo en el suelo mis pezuñas, rechino los dientes, afilo mi asta para infundirle el mínimo temor que hace nacer la ternura en que se cobija una mujer. Pero reconozco que la duda se ha colado en mi casa, entró por la ventana aquella noche en que hacíamos el amor y ella montó sobre mi cuerpo, tomó las riendas y me cabalgó. No puedo negar que lo disfruté, sin embargo, sentí que era otra la que daba gritos libertarios. Desde esa vez se suelta el pelo a menudo, sonríe sola en la recámara sin saber que la miro, canta y brillan sus ojos. Yo lanzo ligeros bramidos cuando estoy con ella, aunque tengo la impresión de que no surten efecto.

Diré la verdad, tengo miedo de perderla y estoy pensando en hacer concesiones. Mañana acudiré a un peluquero especializado en testuces de rinocerontes. Escucharé una propuesta suya. Tal vez me convenza de asumir un nuevo look en el que luzca una frente limpia, libre de este cuerno del que cada vez más se liberan mis amigos.

Mientras tanto, en cuanto dejo de ser rinoceronte, por dignidad necesaria, raspo sin fuerza mis pezuñas en el suelo y suelto mis últimos berridos.

 

Lunes, 02 Diciembre 2019 05:00

La calle del poeta

La calle Netzahualcóyotl tiene su encanto, claro. Sus casonas pintadas con esos colores intensos que reproducen los de la profusa naturaleza que nos rodea, como es costumbre en nuestra ciudad de primavera perenne, me dan la sensación de un tiempo detenido. Si la caminas por la noche después de las once, es probable que encuentres más fantasmas que hombres y mujeres vivos caminando por ella. No es para menos, la inseguridad sentó sus reales, sus miedos y sus leyes no escritas. Sin embargo, atrévete a ir por ahí alguna noche entre semana, en esa hora en que los autos casi han desaparecido junto con los franeleros que se apoderaron de cada metro lineal de nuestro centro histórico. Detente, digamos, junto a la entrada del museo Brady y disfruta la ilusión de estar en una época pretérita. Si tienes suerte, o si has bebido por ahí dos o tres copas y contribuyes con la imaginación, acaso veas pasar la silueta del galán de galanes, Alain Delon, paseando en sandalias por la calle, o tal vez, y esto sí que sería tremendo, de la hermosa Brigitte Bardot. ¡Qué delirio sería! Menos guapos, pero igual de interesantes y respetables, pudieran ser Diego Rivera, el mismo Robert Brady, Malcolm Lowry o Cantinflas quienes cruzaran por ahí como espectros. Sí, definitivamente tiene su magia sentarse en una de sus bancas y fingirte un enamorado de esos que por las tardes convierte al lugar en un encantamiento para párvulos del amor. Si no tuvieras a tu lado a quien seducir, no faltará una luna de cachetes redondos que asome sobre los techos altos y quiera ser depositaria de tu embeleso.

Dejando a un lado la imaginación, a menudo podemos ser testigos en esta calle de escenas que obligan a detener nuestra prisa y atisbar lo que ahí sucede o se cuece a ritmo lento. Las posibilidades son tantas esta tarde, que darían para escribir buen número de páginas si nuestros oídos y malsana curiosidad nos lo permitieran. Por ejemplo, aquellos dos muchachos sentados en la barda de la jardinera, muy cerca del puesto de periódicos. Están tomados de la mano y se miran a los ojos con una ternura que sobresalta a los transeúntes. Uno le habla al otro con una vehemencia tal vez innecesaria, pues ese otro, que solo calla y se pierde en los ojos del que parlotea, parece no necesitar de los esfuerzos de aquel por convencerlo de algo que ya tiene metido en su pecho y su cerebro. En un arrebato, el silencioso toma el rostro del parlanchín y le planta un beso ruidoso que llama la atención del vendedor de gelatinas cercano a ellos, quien se aleja discreto. Una señora que pasa voltea la cara al verlos y se santigua, al tiempo que profiere alguna inconformidad como esta: “¡Qué tiempos estos que me toca vivir, Señor! ¡Qué tiempos!” Los chicos siguen en su paraíso de manos y besos ahora tiernos, sin importarles lo que suceda a su alrededor, como diciendo sin decir: “esta es nuestra ciudad y nuestro derecho, nuestro tiempo y nuestro amor.”

Dejémoslos en paz. Parece suceder algo interesante un poco más al sur de la calle, junto a uno de esos árboles de hojas acorazonadas que alguien plantó ahí muy a propósito. Es un hombre que rondará los treinta años con una chica que apenas pasará de los veinte. Ella llora silenciosa y percibimos que hace mucho esfuerzo por no dejar salir por completo la emoción. La chica viste sencillo y llama la atención su peinado con trenzas, tan poco común en las jovencitas de la ciudad. Tal vez llegó de algún pueblo a la terminal de autobuses que está cerca. El hombre viste de botas, chaleco y sombrero tejano, su rostro denota grandes esfuerzos por convencerla y a momentos parece suplicante. Después de unos minutos ella deja de reprimirse y se arroja a los brazos de él. El hombro de la camisa del varón se humedece de inmediato. Todo indica que hubo aquí un discurso de arrepentimientos y perdones, sin embargo él no llora, solo la toma en sus brazos y la cubre con su cuerpo volteando a ver con cierto recelo a los que pasan, como si les dijera esta mujer es mía y de nadie más. Quiera el destino que en esta banca no se cocine ahora otra historia de opresión y violencia. Quiera la suerte que este árbol no sea acusado algún día de alcahuete.

Ya obscurece. Los días son cortos en esta parte del año. Parece que todas las historias de este día serán similares a las anteriores. Pero, detengámonos un poco. Ahí donde una callecita empedrada hace intersección con Netzahualcóyotl parece estar a punto de suceder algo realmente importante. Una mujer de mediana edad camina de norte a sur por el lado poniente de la calle. Es bonita, pero se le ve cansada. Lleva una bolsa con pan y otros comestibles. Al otro lado de la calle camina un hombre más o menos de la misma edad que la mujer. Va en sentido contrario al de ella y lleva ropa deportiva. Su pelo es entrecano y su rostro está marcado por arrugas prematuras. En algún momento, tal vez motivado por lo llamativo del vestido floreado de la mujer, detalle sin el cual el destino pudo seguir otro curso y llevar por senderos irreconciliables a dos que alguna vez se amaron, el hombre voltea hacia adelante y a su izquierda, y la mira. Se detiene unos segundos tratando de creer lo que ve. Hipnotizado, cruza hacia el otro lado rogando que no se trate de una ilusión de los sentidos. Justo donde confluyen las dos calles, ella lo descubre y se detiene como si chocara con una pared invisible. Ninguno de los habla; no pueden. Ambas respiraciones están sumamente agitadas. La mujer se vence por la sorpresa y cae desmayada. De la bolsa sale rodando una lata de atún. Él va hacia ella y en medio del llanto intenta reanimarla. Al principio la toca como si la mujer fuera la representación de algo sagrado y prohibido, como si no creyese aún que es ella la que está tumbada en el suelo. Alguien se acerca y le ofrece ayuda. No es necesario porque la mujer ya despierta. Con los ojos todavía incrédulos se arroja a los brazos del hombre entre sollozos y gritos de emoción, estrujándolo y pegándose a su cuerpo para creer que es él, que está vivo después de diecisiete años de pensarlo muerto. Seguramente nunca alguien pronunció el nombre de José tantas veces y del modo estridente como ella lo hace ahora. Después de unos minutos, la pareja se pierde por la callecita empedrada que no era su destino poco rato antes, sin preocuparse por la lata de atún que rodó desde la banqueta a la calle. A un lado hay un parque y ahí podrán continuar esa historia trunca desconocida por nosotros. Perdonen quienes hayan seguido estos fárragos narrativos hasta acá y esperan con pelos y señales los antecedentes de estos dos que ahora se encuentran, pero entenderán que no se trata de inventar cualquier cosa así porque sí, como si la vida por estos lugares no fuera realmente complicada y vastísimas las posibilidades. Bastan unos datos para ilustrarlo: nuestro estado es el tercero en secuestros en el país y mueren violentamente treinta y uno por cada cien mil habitantes; ocupamos el cuatro lugar en homicidios en general y tenemos una de las más altas tasas de feminicidios; además, gran cantidad de paisanos emigran lejos por la pobreza o inseguridad y jamás vuelven. ¿Se dan cuenta? Dejemos entonces que esta pareja escriba su historia futura, esperando que sea buena, pues por lo visto la pasada no lo fue.

Nosotros volvamos a nuestra calle, poética porque tiene el nombre del gran lírico texcocano que alguna vez nos dijo: “Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.” Ni duda cabe, los dioses fueron dispendiosos con nosotros, pues nos dieron tantas flores que caminamos entre ellas sin rendirnos a su encanto como aquellos que llegan por primera vez a esta ciudad.

La noche avanzó y la calle ha quedado solitaria. Dos barrenderos recogen hojas caídas de los árboles y basura desprendida de manos ignorantes. Podemos ir a descansar, a menos que se nos antoje un recorrido nocturno en compañía de vino y fantasmas que podrían sorprendernos.

¡Salve, rey poeta! Tu calle está limpia. Solo quedan las flores, solo los cantos.

 

 

Lunes, 25 Noviembre 2019 05:28

Panegírico de amor con sombrero

Desde que te fuiste, una parte del mundo quedó muda. Muchas voces hablaban a través de ti y aunque aún te buscan no te encuentran. Viajan en parvadas como los pájaros, por los mismos cielos que habitaste. Encuentran tu silencio ensortijado en rosarios de recuerdos y ahí pernoctan las voces, se abrigan unas a las otras para atenuar el frío de tu ausencia. Yo, que también repito en el silencio tu voz para no olvidarla, me arrimo a las aladas palabras que te buscan, las abrigo y me cobijan ellas, trémulas si las tomo en mis manos y las llevo a descansar en algún libro; luminosas si las meto en mis ojos para que te sigan buscando en los espejos; húmedas si las vuelvo ríos corriendo mis mejillas hacia la tierra que te guarda. Cuando se cansan de dar vueltas en el aire y el día ha calentado, las voces descansan en la copa de un gran árbol, extienden sus alas para secarlas y toleran el cenit, silenciosas, pues no les dejaste ni un silbo para enfrentar el sol. Al caer la tarde los colores divinizan el poniente. El crepúsculo hace pensar en paraísos y tras ellos van y tras de ti las palabras mudas que te extrañan. Las miro volar y disolverse en los colores intensos e imagino que vuelas con ellas sin poder volver aquí, donde siempre volvías.

Quisiera saber a dónde van los oídos de los muertos, o si hay una rendija en la que arroje mi voz y te alcance. Me duelen tus canciones olvidadas en el patio de la casa, en las paredes que las susurran al mediodía, cuando anunciaban tu llegada los ladridos felices de los perros y la cocina cantaba su melodía de sartenes y fuegos encendidos. Yo era capaz de advertir la alegría mohosa del clavo en la pared al recibir tu morral; y veía con claridad a dos árboles añejos −lo juro−, llorar gotas de contento si pernoctabas bajo su sombra. El calor entonces se tornaba un tipo amable que nos acompañaba bebiendo cerveza y compartía con nosotros las dos o tres peripecias fundamentales del día. Hoy, si no se puede menos, de vez en cuando bebemos ahí los que te amamos y parece que tu voz y tu risa se descuelga por las ramas de los árboles, nos cuentas dos o tres chascarrillos y luego te dejamos descansar sobre la hamaca, ahora por tiempo indefinido.

Y tus ojos, padre, ¿a dónde se han ido? ¿Hay verdes cañaverales que los solazan allá en el misterio?, ¿y bondadosas lluvias, montañas eternas, pencos animosos? Me niego a pensar que alguna omnipotencia haya bajado la cortina para siempre. ¿No es la noche inmensidad de luz que duerme a ojos bien cerrados?, ¿qué acaso, si aspiro al paraíso, sea en la tierra o en el sueño de un cielo, no debo transitar primero por círculos de sombra?; ¿y por qué hablan, los que han ido y vuelto, de un túnel de luz al final del camino?, ¿o es delirio y locura para una amable fuga? Yo no lo sé ni sabré si el sueño es este que transito, si mis manos son las tuyas que dejaste, si mis ojos son los pozos de luz por los que miras, si caminas con mis pies para indicarme la piedra, la trampa, el embuste que me espera a la vuelta de la esquina, y también las aguas claras en que debo bañar cada una de mis alegrías, muertes y resurrecciones. Yo no lo sé.

Este día terminó el planeta un recorrido más alrededor del sol llevándote dormido, en ese silencio denso y pesado en el que habitan los que imaginamos muertos. Hace unas noches, mi hermana en un sueño te miro llegar y decirle con semblante plácido que ahora sí ya partías. Tal vez solo esperas que levantemos el altar y guardemos los rezos y se apague el gran cirio, para echar a andar hacia la casa común de todos. Atravesarás el río Chiconahuapan con el auxilio de tus perros que marcharon antes que tú para esperarte en las orillas, como si hubieran conocido de siempre su gran destino ganado con la muerte. He de creer esto para no morir también contigo. Allá, padre, encontrarás las mismas montañas que dejaste y la misma culebra de agua que mojaba tus campos, saltarán conejos, correrán lagartijas y cruzarán parvadas de pájaros esos cielos ignotos. No soplarán vientos fríos y vivirás en el pecho del sol, ni faltará el aire limpio porque tú serás el aire. Regresarás cada tarde de tormenta convertido en lluvia sobre esta tierra que amaste, la misma que fertiliza tu cuerpo para la regeneración de la vida. Jamás te faltará la música, porque la escucho manar desde miles de gargantas. Parecen aves, pero son almitas viejas que regresan a cantar para que no vayamos tristes por la vida y la muerte. Eso dicen los abuelos.

Quisiera alargar mi mano para sacarte de la nebulosa donde aún te imagino, pero mi hermana dice que sonreías en el sueño y despertó feliz porque tú lo eras. Así sea. Camina sin miedo hacia adelante, señor de los arriates bordeados con cempasúchiles, yuntero abridor de la vida en los eriales, tejedor de sueños a punta de arado, aguador eterno de los cielos bondadosos, pajarero perpetuo de los arrozales, hacedor de oasis en arenas secas, sembrador de palabras llanas en sábanas de tierra, poeta que hacía versos con sus manos. Los que te amamos te debemos la espiga, la risa fresca y la canción a lomo de caballo; la calabaza en dulce y la semilla de pipián, la caña verde y la sonrisa de sus cortadores, la palabra clara y la sentencia justa; la sombra fresca, los muros fuertes y la mujer hermosa que sembró a tu lado. Te debemos también la azada y la semilla, el vientre de la tierra y el sombrero, la sonrisa limpia y tu mano franca extendida para siempre.

Tal vez sea la hora de enterrar la tristeza, apuntalar la fe y rescatar las alegrías que juntos compartimos. Pero eso apago mi dolor y te abrazo fuerte para acompañar nuestros caminos. Tus fotografías, mis yerros y los tuyos, tu amor y el mío, el tiempo deslizándose sobre la vida y la muerte, los recuerdos que habitamos, los perdones necesarios y las dudas que jamás resolveremos, todo cae ahora en un crisol indisoluble que amoroso nos resguarda.

Sigue tu viaje, labrador eterno de las vegas y los páramos.

 

           

           

           

 

Martes, 19 Noviembre 2019 05:19

Mujer en la terraza

“- Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:

Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
- Lo esencial es invisible para los ojos – repitió el principito para acordarse.”

“El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry

Desde que te quedaste sola, con excepción de las tardes de cine, teatro o copa de vino con amigas, el ritual crepuscular inicia con el disfrute del café veracruzano que prefieres. Mientras lo bebes, eliges alguna música suave, ad hoc para tus sesiones contemplativas. También preparas la botella de vino, porque invariablemente apeteces alguna copa después del café, cuando te dispones a entrar en la fase más profunda de tu ensimismamiento.La terraza te espera, Violeta, y tus gatos también. Parece que a los mininos les gusta acompañarte en tus sesiones meditativas poco ortodoxas, en las que entremezclas las respiraciones profundas con los sorbos de café; o tus mantras predilectos con un trago de vino, o bien, si te pones intensa, con fumaditas de mariguana, de esa que te acarrea tu amante eventual, aquel con el que intentas despertar tu energía kundalini que duerme en el muladhara, el primero de tus chakras.

Una vez que la tristeza por la muerte de tu marido se fue deshilando con el tiempo, decidiste que usarías tu libertad para colaborar en la transformación del mundo partiendo de tu transformación interior. Todos estamos entrelazados, los vasos comunicantes son nuestros pensamientos y nuestras vibraciones energéticas; aprendiste eso como una máxima central de tu nueva postura ante la vida y lo repites cada que puedes en los círculos que frecuentas. Más aún, esa idea es el eje de tus meditaciones por la paz del mundo, por las mujeres violentadas, por las víctimas de las dictaduras, por la naturaleza que nos empeñamos en destruir o por aquellos que eligen la diferencia para vivir dentro de ella: neohippies, anarquistas, naturistas, feministas radicales, anticapitalistas globalifóbicos, homosexuales, lesbianas, bi, trans, pansexuales, autosexuales y demás. Tienes la firme convicción de que, postrada en lo mullido de tus cojines con estampados hindúes, eres capaz de mover energías que ayuden a transformar a los otros y al estado de las cosas. Como curiosidad intelectiva, se te ha ocurrido que tus gatos son en realidad almas viejas que cumplen su destino sagrado acompañándote, pues son los únicos capaces de estar contigo en tus silencios y entender tu lucha aparentemente pasiva a favor del mundo. Los felinos, así como tú, son una neurona más del universo y tu conexión sináptica con ellos no depende de racionalizaciones inútiles. Por eso cuidas y procuras a tus mascotas con el mismo amor que ofrecerías a los hijos que no tuviste. Arnoldo siempre quiso un heredero, pero algo anduvo mal en su esperma y no fuiste capaz de tomar el de otro, lo que no significa que no te hayas deslizado algunas veces por el vibrante tobogán de la infidelidad, sobre todo cuando tu esposo enfermó y ya no pudo ayudarte a liberar la energía de tu chakra sexual o perineo, acción indispensable para no poner presas al camino de tu evolución espiritual, solías decir. Ahora, sin Arnoldo y con tu instinto sexual en mengua, consumes la mayor parte de tu energía en ti, y desde ti hacia los demás.DeepakChopra, presumes, te ha ayudado a comprender que si una célula se agita dentro de tu cuerpo el universo entero se mueve, y si sucede que un aleteo de duda le da a tu semblante un color de melancolía, vas al estante y tomas “El libro de los secretos” de tu autor de cabecera.

Esta tarde la luz te parece maravillosa, especial, con esos tonos de otoño que dan a cada árbol la calidez y el sosiego que sientes al sorber el café. Siempre has gustado mejor de la luz que precede al ocaso, tan hermosa como efímera; la luz matutina tiene proyecciones tan intensas que enervan tus sentidos y te invitan al movimiento. El crepúsculo, en cambio, va a tono con el ritmo profundo de tu respiración, el amarillo de tu vestido y los colores de tu noción privada de lo divino. Has decidido no salir de casa y solicitado a tu amante ocasional que no insista en verse contigo, puessientes el llamado urgente de muchos hermanos que sufren. La música persa antigua elegida para hoyy tres fumadas a un porro te llevan lentamente hacia adentro, tanto que tu mente vaga por altas montañas y puedes ver sábanas de nubes tendiéndose en las cañadas, no hay calor ni frío, ni estridencias que enturbien tu paz. Desde ahí, al convertirte por completo en tabula rasa, lo único que emerge de tus labios y acompaña rítmicamente el fluido de tu respiración es el mantra “Om Shree Krishanayee Asurakrant Bhar Harini Namah”, uno de tus preferidos para alejar y silenciar a tus enemigos, que en esta ocasión son los enemigos de todos aquellos para los que hoy trabajas desde la terraza con la ayuda de los gatos, que entrecierran los ojos al sentirse transportados por las vibraciones de tu voz y el cuenco de cuarzo que manipulan tus manos.

Si los escépticos y aquellos que se burlan de tus tendencias místicas supieran quiénes son los adversarios de este día, digámoslo así para ser políticamente correctos, seguro te venerarían como tú al Buda de piedra bonachón que te mira desde la esquina. No piensas en los nombres de estos rivales del mundo, el conjuro energético no requiere que lo hagas; pero antes de iniciar tu sesión sí pensaste en ellos y sus tropelías. Hablamos de un tal Bolsonaro, empeñado en terminar con los aborígenes de la selva amazónica para dejar entrar el capital y explotar esa riqueza natural que nos protege del colapso; de un tal Piñera, enfrentando a tiro de carabineros una revolución juvenil que le estalló de pronto y dejando ciegos a docenas; de una cuadrilla de fascistas en Bolivia, reprimiendo indígenas y declarando que la Biblia ha vuelto al palacio de gobierno; de los desalmados que aumentan las estadísticas de hombres y mujeres muertos o desaparecidos en tu país, en cuya bandera resalta el rojo sangre sobre el verde y el blanco; del presidente haitiano JovenelMoise, que carga con muchos difuntos por su represión a uno de los pueblos más pobres del mundo; y claro, de  igual modo nos referimos al más estúpido y racista presidente que han tenido los estadounidenses, pelirrojo chupasangre de latinos. También hablamos del vecino de tu calle que amenaza con estrangular a tus gatos si continúan defecando en su jardín, de los dueños de Monsanto y su glifosato cancerígeno, de tu hermana Cuca que reclama para sí parte de la herencia que te dejó tu madre, de la perturbada Laura Zapata y sus ataques a una diputada obesa y, en fin, de todo aquello que pone en riesgo tu frágil equilibrio y la mayormente débil armonía del mundo.

Llega un momento en que flotas, abandonas el mantra en el aire y apenas escuchas la música de fondo. Ni siquiera reaccionas ante uno de los gatos, que ha concluido primero que tú la sesión meditativa y busca tu regazo encajando sus patas delanteras sobre tus piernas. Si pudieras ahí te quedarías, en esa región sin tiempo y malestares; volver al mundo es un poco triste y solo tienes la fe para creer que en verdad vale la pena tu esfuerzo hacia los demás. Sin embargo, basta una pequeña ráfaga de aire o la insistencia de tu minino para que en algún momento te conectes de nuevo y vuelvas desde el lugar al que has viajado.Primero lo haces con tu respiración, poco a poco con las sensaciones de tu cuerpo y, al abrir los ojos, con la conciencia plena de que estás sentada frente al Buda en la terraza de la casa, de que ha oscurecido y tal vez sea hora de silenciar la música persa, ir a darte un baño y disfrutar de la maravillosa sensación que te domina y durará tanto como quieras, claro, mientras nadie te llame por teléfono para comunicarte el secuestro de un ex rector de una universidad o de tres tipos asesinados frente a un taller mecánico en una avenida céntrica; y mientras no prendas el televisor o tomes el celular para ponerte al día.

Quédate ahí, contigo. El mundo es el de siempre, pero ten al menos la esperanza de que lo hayas mejorado un poco. Da de comer a tus gatos y, si puedes, riega las plantas porque ha dejado de llover. Goza de este paréntesis como sabes hacerlo, en ti habita hoy el paraíso. Mañana al abrir los ojos, deberás continuar, Violeta.

Lunes, 11 Noviembre 2019 05:20

Digresiones de otoño

SEÑALES

Al Gabo

El señor García Márquez tuvo un desvanecimiento después del desayuno. Su presión sanguínea bajó. La opresión en el pecho asustó a su mujer, quien llamó de inmediato a un taxi.

Rumbo al hospital pasaron por un parque, en el que alcanzó a ver a un viejo con unas alas enormes; se sobresaltó. Un poco antes de llegar, quedó ensimismado con el perfil del taxista, un joven tan dulce y amable que le pareció conocido. Preguntó su nombre. “Soy Ulises”, respondió el muchacho. Se sobrecogió aún más.

Lo atendieron diligentemente. Al poco tiempo se sintió mejor. La enfermera que lo atendió, bellísima y llamada Remedios, desapareció entre los ángeles de bata blanca después de guiñarle un ojo y dejar su perfume disperso por los pasillos.

Durante el regreso, al detenerse ante un semáforo, una mujer extremadamente senil lo saludó desde una banca en la acera. Antes de que el auto reiniciara su marcha, supo que era Úrsula Iguarán, por el calor intenso que experimentó. Al llegar a casa vio que por una ventana entraban y salían mariposas amarillas. “¿También tú has venido por mí, Mauricio Babilonia?” Antes de ingresar, alcanzó a ver al coronel Aureliano Buendía, solitario y retraído en la esquina de la calle. Le sonrió melancólico.

Los personajes que tanto quiso regresaban a comunicarle su destino. Intuyó que cuando se topara a Melquiades con un pergamino abierto en sus manos, sería la hora de partir.

Los últimos días pasó las horas mirando los ojos de su esposa, quien se arrobó con tanta ternura inusitada.

 

DESVELO

A Rulfo

Los ladridos de los perros vienen desde muy lejos. Aun así, ya van dos noches que me despiertan a medio sueño. Me revuelvo en la cama, inquieta como chinicuil en comal. Es inútil, no logro dormir de nuevo.

Es ella, Dolores. Quiere que acompañe a su hijo a platicar con los muertos.

Mientras me preparo un té de tila escucho los cascos de un caballo que pasa resoplando por la calle. Debe ser el cuaco de Miguelito Páramo que no puede con su tristeza y corre para ver si la sacude de su cuerpo. Me asomo para verlo y no lo veo, pero sé que lo jinetea la muerte.

Subo a mi cuarto. Después de un silencio largo que me atraviesa el cuerpo como un temor caliente, escucho a Juan Preciado saltar la barda de mi casa y, quién sabe cómo, subir hasta mi balcón. Me encuentra con el libro en las manos, escuchando los murmullos que lo aniquilan, preguntándole a los difuntos si de alguna manera siguen vivos. Me toma de la mano y me dice que si me animo a acompañarlo tendría fuerza para revivir, para que luego refundemos juntos la Media Luna. Naturalmente, me niego, porque en cuanto amanezca tengo que llevar a mi niña a la escuela. Además, Comala queda lejos, tanto, que los ladridos de sus perros son como ecos antiguos que viajan por el aire para prevenirnos de que Pedro Páramo aún recluta hembras por estos lares y estos tiempos. Tiemblo de miedo un poco; tiemblo por nosotras dos, tan solas. Me asomo al cuarto de mi hija para cerciorarme de que descansa tranquila.

El té de tila ha surtido efecto. Me despido de Dolores, y en la página 81 suelto de la mano a Juan Preciado para ir a dormir un rato. Antes de cerrar el libro, lo vi soltar una lágrima que humedeció el papel.

Sueño con él hasta el amanecer.

 

AYOTZINAPO

A los 43

Tenía un nombre, y derecho a respirar, a beber, a besar; ejercía mi facultad de discernir, bordaba sueños, construía un horizonte; había un lugar para mí, dos o tres caminos que elegir, una madre buena y muchas montañas como nodrizas. Era dueño de un presente que lanzaba mi nombre hacia adelante, nubes blancas invitándome a su viaje.

Una noche, todo cambió, un instante aciago dentro de esa noche

La boca de una bestia rabiosa mató las sílabas que en unión amorosa me dieron nombre por años; solo me dejó: ayotzinapo, una palabra fusil, una bala de letras quemando todos mis matices. Ya no Juan y sonrisa; ya no Pedro y travesura; ya no Manuel y canción. Todos ahora ayotzinapos, ceros a la izquierda huyendo de la metralla, delincuentes sin delitos, ángeles mestizos desalados y desaparecidos en su mismo cielo.

Nunca volvió a amanecer para nosotros. Al final nos quitaron hasta el mote que a pesar de todo nos daba identidad, raíz, asidero a una tierra. Hoy somos un número extraviado entre el uno y el cuarenta y tres, el balbuceo de un alzhéimer colectivo, el silencio que se avecina sobre una tumba sin asiento.

No sé si he muerto o estoy vivo, pero debes guardarme en el corazón de tus ojos, gritarme en las calles; contigo seré voz y barricada hasta que a la bestia lo ahogue su corbata.

 

PUREZA

A la inocencia

En noviembre suelen visitarme los ángeles.

Ayer se filtraron en mi cuarto en algún momento de la madrugada, justo en medio de un insomnio, entre el sueño y la vigilia. Me cantaron dulcemente y pude dormir con placidez, aunque poco antes de amanecer su inquietud me despertó definitivamente. No pude evitar que se colaran conmigo a la ducha, pícaros; se divirtieron de lo lindo con la crema de afeitar, les encantó verme trazar caminos en mis mejillas con el rasurador. Después, durante el desayuno, arrugaron las narices manteniéndose a distancia; parece que les desagrada el tufillo de los huevos estrellados y la acidez del jugo de naranja. Mientras yo me alimentaba, ellos se entretuvieron jugando con el perro y algunos otros hojeando una revista de National Geographic. Cuando salí de casa para ir a mi trabajo, alborozados, subieron a mi auto en el asiento trasero. Asomaban la cabeza por las ventanas del auto, como niños; el aire, que es su elemento, les sienta de maravilla.

Al momento de encender la radio y sintonizar el noticiario matutino, agitaron sus alas  escondiendo sus rostros detrás de ellas. Como subí el volumen para escuchar mejor las noticias sobre crímenes, gobernadores criminales que huyen y el aumento al precio de la gasolina, no soportaron más y saltaron por la ventana como alma que lleva el diablo.

Los entiendo, se trata de mantener la pureza.

 

HERMES, EL BESO

A los que parten

¿Recuerdas nuestro primer beso? Sabía a fresa, raíz cuadrada, enunciado bimembre y a recreo. Alado, recorrió primaveras, veranos, otoños; fue chimenea en muchas navidades. Aún nos acompaña en este invierno que nos encuentra juntos. Dámelo otra vez, amor, aunque ahora sepa a manzana hervida, a camino andado y sal de mar, y un poco a exilio. Lo llevaré como alimento en el último viaje.

 

 

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