Calles del cuerpo anochecido (Acá las Letras Ediciones/Coneculta Chiapas, 2019) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2018. Calles del cuerpo anochecido (Acá las Letras Ediciones/Coneculta Chiapas, 2019) obtuvo el Premio Nacional de Poesía Rodulfo Figueroa 2018. Fotógraf@: MALENY VÁZQUEZ
Publicado en La Tinta Insomne Lunes, 10 Febrero 2020 05:11

Calles del cuerpo anochecido

Escrito por Félix Vergara

En “Semiología y urbanismo”, Roland Barthes estudia las condiciones en que sería posible una semiótica de la ciudad y analiza las potencias creativas del signo lingüístico en esta relación, donde la huella del hombre en el espacio se resuelve en términos de una escritura, valga decir, una poiesis. En consecuencia, el significante tendría que desplazarse más lejos de su referente acústico y lograr que su corporeidad (la forma del vocablo) tome la carne de su ser en el significado de un nuevo cuerpo. Aunque Barthes se ocupa principalmente de la ciudad, reconoce y da un breve repaso histórico a la noción de espacio geográfico como significación, producción de signos. Con ello, sigue perviviendo la partición convencional del espacio rural y el urbano, que se hace extensiva al conjunto cuerpo-espacio.

Calles del cuerpo anochecido de Ibán de León reúne las condiciones para una lectura desde la perspectiva que Barthes propone: “Cuando nos desplazamos por una ciudad, estamos todos en la situación de los 100000 millones de poemas de Quenau, donde puede encontrarse un poema diferente cambiando un solo verso; sin saberlo, cuando estamos en una ciudad somos un poco ese lector de vanguardia”. Es decir, el autor juega al mismo tiempo el papel de lector del espacio urbano; su desdoblamiento se anuncia desde la aparente obviedad del título, cuya naturaleza de umbral, de ingreso al contenido, marca el camino. El símil es preciso: la calle, el cuerpo, la noche, es decir, la continuidad del signo sobre un telar de significados que van de lo finito a lo infinito, lo tangible y lo intangible. De este modo, el discurrir poético (el discurso en sí) adopta una suerte de performatividad que se demuestra en un lenguaje que apela con velada insistencia a dos recursos retóricos: la interrupción y la invención. Veamos algunos ejemplos de la interrupción: “Cuántos días cayendo, pesadumbre/ con su vergel de gris, con sus terrones, con sus tripas que no” (p. 52). “Y pienso en esa soga mientras adentro llueve como si el mundo nunca” (p. 70). Ahora la invención: “No llores, me ha decido,/ vaquita del color de mis castillos” (p. 76). “El pollo va en un plato sobre el día de la tarde en que mamá lo desvidó” (p. 84).

Hay, pues, una conciencia de la pluralidad semántica del signo en provecho de un poética que no es propiamente del espacio, sino de sus significados (lecturas), esto es, de sus efectos. La palabra que sintetiza lo anterior, como bien lo ha vislumbrado el poeta Rilke, es la “experiencia”. De allí esta congregación entre lo íntimo (que no lo privado) y la polis como reflejo y soporte donde esta experiencia encuentra y elabora sus motivos, sus temas. El resultado arroja estos indicios: todo lo que aquí parecería lo particular, exprime residuos de lo universal. La intimidad convoca al animal dormido de la polis, que reacciona al grito pausado, casi retenido, de la calle sin salida, del cuerpo que al recibir la acción pasiva del participio (anochecido) denota y connota estos efectos. Entonces la autonomía metafórica de la noche se eleva como remanso que envuelve las otras totalidades, fundándose con el artificio lingüístico y literario. Así la calle, así el cuerpo, constituyen el despliegue de la noche, los únicos pliegues finitos que el poeta captura en su deambular y devela en un montaje donde estos significantes (calle, cuerpo, noche) armonizan una catástrofe interna.

Pero el cuerpo es también lo que ya ha devenido: la memoria, esa ronca terquedad que al verterse en imagen poética adquiere matices de espectralidad. Jung aquí probablemente habría dicho que la poesía de lo oscuro, que apela a las fuerzas irracionales del inconsciente, guarda una tendencia implícita del fantasma, de la sombra y del luto. Aunque el discípulo bastardo de Freud, haciendo gala de su occidentalidad, sigue reflexionando desde un sistema binario que volatiliza el problema de pensar la diferencia, con la repetición esclerótica de dicho sistema.

La poesía como espacio (lugar) y tiempo de Ibán de León, ¿podría significar un intento, la aproximación a la ruptura de este sistema binario? En otras palabras, que la disposición de las partes del libro (calle/cuerpo anochecido/calle), amén de sus respectivos poemas codifique las claves para una lectura circular que no juega con opuestos y más bien los fusiona, como la masa de pan, figura recurrente del poemario, con la que puede dar forma a esos cuerpos-espectro de la memoria: la madre, el niño desahuciado, los ebrios que prorrogan su amargura con el sonido de los autos en el asfalto, y sueñan: “Estoy ebrio/ y vuelvo de algún bar donde quedamos/ dándonos soledad algunos cuantos” (p. 35). Los viejos que en la hora del pueblo, entre las “sonrisas de la muerte que ronda delicada/ el paso del danzón o de la cumbia” (p. 65) ignoran la sentencia del invasor: “A las seis de la tarde yo llego puntualmente/ para robarles algo que ellos atesoran […] Yo les robo la vida/ y ellos no lo recuerdan” (p. 66).

El cuerpo anochecido, confinado por dos calles que son los emblemas de la entrada y la salida, supone el recogimiento del espíritu: es la abuela que asusta “el canto de una sombra”, el cortejo fúnebre de un infante desahuciado: “Su cáncer fue mi cáncer desde entonces”, escribe el poeta; el gemido de perros ciegos, guardianes de la infancia, la amante furtiva que encontraron en el fondo de un basurero, la madre cuya voz no cesa de apagarse. Estas calles, como instantáneas fotográficas, como parpadeos. Nos conducen de la infancia a la madurez, en una travesía desolada que asume libremente los efectos de una palabra que se nombra escasamente, el tiempo, pero que se representa en otros significantes. Finalmente, y si bien las notas del libro lo indican, esta mirada sobre la ciudad y sus signos no pertenece solo a Cuernavaca (Quauhnáhuac), sino a la tierra natal del autor (y probablemente a otros sitios). Esto devela la universalidad que la poesía convoca. En todo caso, los lowrianos podrían hallar aquí ciertas razones para que Quauhnáhuac y Oaxaca (ese corazón que se quiebra, parafraseando a Lowry y tomando en cuenta una alusión del propio Ibán en el poema “Monólogo del desencanto”) tengan una nueva posibilidad de análisis.

 

 

 

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