Publicado en La Tinta Insomne Lunes, 17 Julio 2017 05:57

El honor perdido de Katharina Blum

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Un país vale a menudo lo que vale su prensa

 Albert Camus

 Cada vez que se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), comunicadores y políticos se reúnen en eventos en los que no faltan los discursos de estos últimos acerca de la importancia de contar con libertad para informar, aun cuando ellos mismos suelen coartar ese derecho y se inclinan hacia la censura para ocultar lo que no quieren que se sepa.

Ahora bien, del otro lado de la moneda, cabe preguntar: ¿qué tan ético es valerse de la «libertad de expresión» para destruir la vida de una persona?

En pleno siglo XXI, el periodismo inquisitivo relacionado con temas de justicia aún se practica y no son pocos los medios de comunicación que cuentan con reporteros y editores que pretenden hacer las labores de ministerio público o de jueces a la hora de «informar» a la sociedad.

Exhibir a personas detenidas o asesinadas a través de medios de comunicación es una práctica común a lo largo y ancho de nuestro país: basta detenerse en cualquier puesto de periódicos y revistas para comprobar que el sensacionalismo forma parte del día a día en las calles.

Este asunto de usar la «libertad de expresión», puntualmente, para dañar la imagen de alguien que es señalado de cometer algún delito pone en desventaja a las personas detenidas frente a los periodistas que gustan de enjuiciar y ejercer un supuesto poder para influir en la percepción de la sociedad, que a su vez contribuye a degradar la comunicación y la propagación de un periodismo que a estas alturas tiene un tufo rancio y se contrapone a la ética que un comunicador –en el papel– debe tener.

A propósito de dicho tema, la recomendación de esta semana gira en torno a esas formas desfasadas de hacer «periodismo» y que no respetan ningún derecho de los ciudadanos.

En el año de 1974, el escritor alemán Heinrich Böll (1917-1985; Nobel de Literatura, 1972) publicó una novela corta titulada El honor perdido de Katharina Blum (Las 100 joyas del milenio/Noguer y Caralt, 1999; traducción de Helen Katendhal).

Basada en hechos reales, aborda la historia de Katharina, una joven alemana cuya vida transcurre en la más absoluta tranquilidad y alejada de la vida social, que goza de respeto y seguridad moral entre quienes la conocen.

Este personaje se dedica a trabajar en casas de matrimonios mayores; debido a que no hace vida en las calles –su madre está enferma, en un hospital–, su ensimismamiento y encierro le permiten acumular algo de dinero, en miras a un futuro sin carencias.

Sin embargo, cierto día es invitada a una fiesta de carnaval por un par de amigas que logran convencerla para asistir. En esa fiesta, Katharina conoce a un hombre que está señalado de haber participado en actos terroristas; siente una atracción hacia él, lo que provoca que ambos pasen la noche juntos en la casa de la mujer.

Este hecho deviene en actos que terminarán por afectar de forma irreparable la vida de Katharina Blum. En primer lugar, la policía se entera de que el hombre buscado durmió con la chica y, a la mañana siguiente de la fiesta, agentes llegan al domicilio de la muchacha. Pero no encuentran al individuo: ella, Katharina, lo ayuda a escapar.

A raíz de este hecho, un periodista que trabaja para un medio sensacionalista se encarga de arruinar la vida de la chica: difunde mentiras acerca de ella, entrevista a personas con las que Katharina trabajó y tergiversa las opiniones para publicarlas; inventa situaciones y pone a la mujer frente a una sociedad que no se toma la molestia de dudar respecto de la información que se publica en ese medio.

La actuación del reportero provoca que la vida de Katharina se destruya. Incluso, el tipo contacta a la madre de la muchacha, la visita en un hospital y, luego de ese encuentro, la señora fallece. Este acto termina por derrumbar a Katharina, quien, sin nada más que perder, se comunica con el reportero para ofrecerle una entrevista exclusiva que culminará con una sorpresa que el lector debe descubrir.

Heinrich Böll no sólo fue uno de los máximos exponentes de la literatura alemana de postguerra, sino también se convirtió en un férreo defensor de los derechos humanos y se atrevió a cuestionar a la Iglesia católica –él era católico– por su papel durante la Segunda Guerra Mundial.

El honor perdido de Katharina Blum es una novela vigente que nos invita a reflexionar respecto del papel de la prensa sensacionalista y su colaboración –indirecta, si se quiere– con la violencia en nuestro país, así como a cuestionar las formas de las que se valen muchos medios y reporteros para el tratamiento de asuntos más allá de sus límites, pues ello los coloca como violadores de derechos humanos.

Böll es un autor para tomarse en serio. Entre sus obras también destacan ¿Dónde estabas, Adán? (1951), Billar a las nueve y media (1960), Opiniones de un payaso (1963), Retrato de grupo con señora (1971), por citar algunas.

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