El 16 de abril de 1947 Rudolf Höss fue ahorcado en el antiguo campo de concentración de Auschwitz. El 16 de abril de 1947 Rudolf Höss fue ahorcado en el antiguo campo de concentración de Auschwitz. Fotógraf@: Tomada de la Web
Publicado en La Tinta Insomne Lunes, 30 Enero 2017 08:24

El comandante

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Cuando surgió la necesidad de organizar Auschwitz,

no les costó demasiado encontrar al hombre apropiado.

 

Rudolf Höss

Hace unos días se cumplió un aniversario más de la liberación del campo de concentración de Auschwitz, a cargo del Ejército Rojo. Se ha escrito, filmado y dicho mucho acerca de ese lugar; los sobrevivientes no fueron los mismos después de esa experiencia.

En esta ocasión busco abordar el tema desde un punto de vista diametralmente opuesto al de una víctima, es decir, desde la visión de un nazi.

Así pies, la recomendación es El comandante (Tempus, 2011), que componen parte de las notas que el nacionalsocialista Rudolf Höss escribió en la cárcel de Cracovia tras la Segunda Guerra Mundial y que Jürg Amann (Winterthur, Suiza, 1947) convirtió en libro.

Quienes alguna vez se han preguntado cómo se gesta un «monstruo», sin duda, esta obra responderá esa pregunta y dará una idea acerca del pensamiento de una persona que, tras cometer cualquier cantidad de atrocidades, no se arrepiente de ello.

Desde la primera frase el libro hay una invitación y a la vez una provocación para adentrarse en sus páginas: «Yo, Rudolf Höss, comandante de Auschwitz, pretendo en estas páginas dar cuenta de mi vida íntima» (p.7).

En la primera parte del monólogo nos enteramos de cómo transcurrió la infancia del futuro comandante nazi. Entre su familia hubo un arraigo religioso que no estaba abierto a permitir tomar decisiones independientes a ningún integrante: «Mi padre rezaba con pasión para que el Cielo me otorgara su bendición y un día me convirtiera en un cura tocado por la gracia de Dios» (p.10).

El padre tiene toda su fe puesta en el hijo, al que ve como un cura. Sin embargo, el entonces niño Rudolf era retraído y sólo encontró alivio en Hans, el poni negro que le regalaron al cumplir siete años. «Por fin había encontrado un compañero. […] Pero para mí no había nada mejor que adentrarme con mi Hans en el vasto Haardtwald, donde podíamos pasar horas cabalgando sin ver un alma» (p.9).

Es acaso la única muestra de amor que no sea a sí mismo. La imposibilidad de amar a otro queda de manifiesto cuando Rudolf cuenta lo que sentía por Hans. He ahí una de las primeras señales: sólo puede sentir cariño por un animal, pero no por las personas.

Conforme pasan los años, el protagonista descubre la guerra y pronto se convence de que quiere ser militar. La experiencia de la Primera Guerra Mundial y la pérdida de la fe religiosa marcan la vida del hombre. Terminado el conflicto, es enviado a prisión debido a que asesinó a un militar al que consideraba traidor.

Al salir de la cárcel contrajo matrimonio y tuvo hijos. Hacia 1934, cuando volvió a la vida militar, conoció al dirigente nazi Heinrich Himmler, quien lo invitó a incorporarse a la tropa de guardia de las SS.

La segunda parte del monólogo es escalofriante y perturbadora. En ella, Rudolf Höss relata su ascensión al nacionalsocialismo y la vida en el campo de Auschwitz. Mucho de lo que ocurrió allí se ha mostrado en el cine, dicho en novelas y libros de historia, etc. No obstante, el asombro no termina y no parece haber una recuperación de la humanidad a ese periodo.

Y el asombro vuelve sobre todo cuando la descripción es hecha por el propio comandante de ese infierno: «Ya no eran personas, se habían convertido en animales. Lo único que les preocupaba era conseguir alimento» (p.54).

Los detalles de Höss acerca de lo que ocurrió en el campo son perturbadores; más por el tono con el que los dice: «Las salas (cinco en total) se llenaban simultáneamente, las puertas herméticas se cerraban y a continuación se introducía el contenido de las latas de gas mediante unos agujeros practicados a tal efecto» (p.76).

Una vez finalizado el horror y con la captura de Höss, éste decide escribir sus «memorias» en la cárcel de Cracovia. Se le reprochaba por haber efectuado todas esas prácticas de exterminio, pero asegura que no había otra opción que obedecer: «Un miembro de las SS debía ser capaz de matar a un familiar próximo si este había actuado contra el Estado o contra las ideas de Adolf Hitler. En el membrete de las cartas se hizo imprimir la frase: “¡Lo único que cuenta son las órdenes!”».

Pese a su brevedad (106 páginas), El comandante describe el universo de un ser incapaz de amar nada que no sea a él mismo y su obra.

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