Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 01 Octubre 2018 05:09

La sección

Hace unos meses escribí acerca de El distrito de Sinistra (Acantilado, 2003), una magistral novela del húngaro nacido en tierras rumanas Ádám Bodor (1936). En esa ocasión mencionaba la capacidad del autor para recrear atmósferas asfixiantes dotadas de un lirismo deslumbrante y personajes que parecen soportarlo todo.

Pues bien, en esta ocasión vuelvo a ese escritor. Pero ahora con una pieza breve, un relato llamado La sección (Acantilado, 2007) que podría funcionar como puerta de acceso a la obra de Bodor.

Pese a que el libro apenas tiene 59 páginas y que el lector termina la lectura con un dejo de decepción en el sentido de que se desea leer más, el relato encierra los puntos clave de la obra del húngaro: la soledad inducida a ambientes extremos y la capacidad del ser humano para adaptarse a las situaciones más adversas.

La sección está protagonizada por Gizella Weisz, una mujer de la que apenas si se sabe algo. Y es que ésa parece ser una obsesión de Bodor: los personajes sin pasado y con un futuro sombrío (El distrito de Sinistra, La visita del arzobispo). Así ocurre con esta mujer, la que debe ser trasladada a «la sección», un sitio del que nadie sabe nada o no quiere decir nada.

Hay que aclarar que el trasfondo de este relato gira en torno a los totalitarismos y a esa necedad de anular al individuo, sea cual sea el régimen que termina por aplastar al que se opone a su ideología.

El caso es que Gizella parece no rechazar la decisión de su traslado a «la sección». Con el paso de las páginas, el lector descubre que se trata de un sitio lejano al que se accede en carro, luego en una vagoneta y finalmente a pie.

Entre nieve, lodo y seres con botas cubiertas de barro, la mujer recibe una dotación consistente en embutidos, botas de goma, manoplas, una pieza de jabón, licores, etc.,y le asignan un sitio donde hay un hombre, el único que la aguarda y que se llama Öcsi o Petya (el propio narrador lo desconoce).

Aunado a esta presencia, hay comadrejas, «auténticas propietarias del espacio». El hombre se niega a probar lo que le ofrece Gizella, a prender el fuego, pese al frío que hay en el ambiente. Y más frío resulta por el trato con Öcsi o Petya, quien sólo pretende sobrevivir y sostiene diálogos cortantes con Gizella, en medio de una pieza oscura que el hombre se niega a iluminar («Aquí no hay nada que iluminar»).

Parece un individuo decidido a no morir y sí a reflexionar acerca de las causas que lo condujeron a «la sección», a olvidar algo que siempre oculta.

El aire del relato parece irrespirable. Se desconoce quién ordenó que Gizella fuera destinada a ese lugar. Pero debe sobrevivir entre oscuridad, frío y la compañía de un hombre del que podría sospecharse cualquier cosa.

La obra es otra muestra de que Ádám Bodor es uno de los grandes escritores europeos de esta época, pero relegado por escribir en una lengua que posee pocos hablantes. No obstante, gracias a Acantilado y la traducción de Adan Kovacsics, es posible acceder a un libro que guarda una historia que resulta inquietante desde la primera frase.

En la contracubierta de la obra se menciona: «En la sección hay frascos cubiertos de barro con las etiquetas rasgadas, y salamis mohosos y resquebrajados. Nada (ni prenda ni producto) puede tener etiqueta propia, y todos llevan las botas cubiertas de barro. Sus internos deberán poner estacas, y mantener muy baja la temperatura de las casas para complacer a las comadrejas […]. Al contrario que en Kafka, en el que solamente uno es el escogido, en este breve e intensísimo relato de Bodor es toda una sociedad quien sufre las consecuencias».

Lunes, 24 Septiembre 2018 05:04

Los tipos duros no bailan

¡Vamos, señor Costello, complazca a la señorita!»

Y Gloria le dice: «Sí, ¡por favor…!»

Y los otros dicen: «Ahora le toca a usted, señor Frank».

Pero Costello niega con la cabeza y dice:

«Los tipos duros no bailan».


Norman Mailer


Descender al propio infierno es una misión que no toda persona está dispuesta a asumir, aun cuando las oportunidades, a lo largo de una vida, son frecuentes y considerables.

La ficción permite experimentar, describir, suponer situaciones imaginarias, vomitar sobre la hoja en blanco –en el caso de los escritores– y experimentar sensaciones nuevas, asumir la vida del personaje que se describe.

Norman Mailer (1923-2007) es uno de los autores estadounidenses que marcaron la segunda mitad del siglo XX. Escribió narrativa, dramaturgia y ensayo, actuó y fue activista político. Además fue uno de los innovadores –junto con Truman Capote– del periodismo literario y en 1980 obtuvo el Premio Pulitzer por su novela La canción del verdugo (1979).

En 1999, el diario español El Mundo lanzó una colección de obras literarias llamada «Las 100 joyas del milenio», conformada por novela, cuento, poesía y teatro de autores de los más diversos países y épocas.

El número 80 de esta colección es precisamente una novela de Norman Mailer: Los tipos duros no bailan (1985), una de sus obras más conocidas y aclamadas.

Narrada en primera persona, esta novela nos invita al infierno de su protagonista-narrador, Tim Madden, un habitante de Provincetown, sitio costero de Estados Unidos que, salvo en verano, el resto del año está prácticamente vacío.

Cierto día, Tim despierta con una resaca desconcertante que lo pone en alerta. Al moverse, un brazo le duele y observa que el dolor es producido por un tatuaje, mal ejecutado, hecho durante la juerga de la noche anterior. Se trata de un nombre femenino acaso venido del pasado. Intenta recordar qué hizo las horas previas, en dónde estuvo.

La cosa empeora cuando sube a su Porsche y descubre que en el asiento del copiloto hay manchas de sangre. Confundido, acude a su escondite de marihuana, situado debajo de un árbol, en una zona más bien oculta de la población.

Busca relajarse, pero al llegar, en el lugar donde debía estar la droga, encuentra la cabeza de una mujer desconocida de cabellera rubia.

A partir de entonces se sume en estados paranoicos, de angustia, de desesperación… Sin embargo, trata de recrear los sucesos de la noche anterior y descubrir quién es la mujer, quién la asesinó, quién lo tatuó, con quién se emborrachó…

Tim es un escritor más bien decadente, adicto al whisky y a las rubias. En el momento en el que comienza la historia han pasado 24 días desde que lo abandonó su esposa, Madeleine, una rubia adicta al sexo a la que echa de menos y recuerda constantemente a través de la narración.

Ese día su vida cambia, inicia el ascenso a las tinieblas y da cuenta de cualquier cantidad de anécdotas en las que sobresalen las figuras de su padre y de su esposa.

En la trama encontramos personajes decadentes, del bajo mundo; hay exboxeadores y se cuenta la anécdota que dará título a la novela. Según la leyenda, cierta noche de la década de los cincuenta, tres campeones del mundo llegaron a un club de Nueva York, donde encontraron al mafioso Frank Costello, acompañado de su novia, una mujer guapísima.

Costello invitó a los tres boxeadores a su mesa y a cada uno de ellos le solicitó que bailara con la chica. Ante el temor de irritarlo, aceptan. Luego, cuando los tres hubieron bailado, le dijeron al propio Costello que bailara con la joven. Ante dicha petición, se limitó a responder: «Los tipos duros no bailan».

La novela crece con el paso de las páginas; la tensión aumenta conforme Tim descubre pistas acerca de lo ocurrido la noche anterior y no está dispuesto a detenerse sino hasta descubrir quién asesinó a la mujer y todo lo que ocurrió.

Calificarla solo como una novela negra o policial sería limitar el talento que Mailer demuestra en esta obra: hay párrafos memorables y momentos en los que no es posible abandonar la lectura.

La obra plantea temas como la decadencia de la sociedad en general, las relaciones tormentosas, el asesinato como un juego perverso, la salvación del individuo en el ascenso del infierno…

Los tipos duros no bailan es, en resumidas cuentas, una de las grandes novelas norteamericanas de finales del siglo XX.

Lunes, 10 Septiembre 2018 05:28

La muerte salió cabalgando de Persia

Sólo conozco un sufrimiento experimentado con sinceridad,

la borrachera, que ofrezco a Jesús con una súplica desesperada.

 


Péter Hajnóczy

 


Las adicciones representan un tema común en literatura: no es un secreto que muchos escritores han padecido alguna. Quizás la más frecuente es el alcohol. Figuras como Hemingway, Bukowski, Faulkner, Lowry o Juan Vicente Melo son apenas unos ejemplos de escritores representativos del siglo XX que eran aficionados a las bebidas embriagantes.

En los casos de Bukowski, Lowry y Melo, encontramos en su obra señales de esa adicción: La senda del perdedor en el estadounidense; la mítica Bajo el volcán en el caso del británico, mientras que por parte del tercero está La obediencia nocturna, una novela de culto de la literatura mexicana.

Sin embargo, en esta ocasión me permitiré recomendar una obra muy poco conocida en México: La muerte salió cabalgando de Persia (1979; Acantilado, 2008), del húngaro Péter Hajnóczy.

Este autor nació en Budapest en 1942 y murió en Balatonfüred en 1981. Antes de dedicarse de lleno a la escritura, Hajnóczy fue fogonero, peón, asistente de tipógrafo, modelo de artista, vendedor de imágenes de santos…

El catálogo de autores húngaros de la editorial catalana Acantilado es extenso; en 2008 publicó la edición en español de La muerte salió cabalgando de Persia, con traducción de Mária Szijj y de José Miguel González Trevejo.

En apenas 148 páginas, el autor nos lleva a través de los caminos de la autodestrucción del personaje –trasunto del propio Péter Hajnóczy–, un peón que escribe (o un escritor que también es peón).

Ya desde el inicio hay una advertencia de lo que el lector deberá enfrentar en la lectura: «He aquí un espantoso papel en blanco en el que debo escribir»… Es el inicio del tormentoso proceso creativo que experimenta el personaje central.

La obra relata la adicción de ese hombre al alcohol; a partir de notas escritas durante las borracheras, intenta recrear su historia misma y sacarles provecho para escribir una obra que trascienda.

Sin embargo, su adicción lo sumerge en episodios dramáticos y angustiantes de los que el lector es testigo: el autor susurra sus secretos a todo aquel que se acerca a la novela. De esta forma, asistimos al espectáculo de la autodestrucción, a la desesperación del escritor ante la imposibilidad de crear.

Pero enfrentarse a lo ya creado en otro tiempo representa un muro contra el que se topa en seco: «Ahora se dedicaba a hojear las notas tomadas durante la borrachera y a mirar las doscientas setenta páginas pasadas a máquina, y sabía que tendría que tirarlas, que como mucho podría aprovechar uno o dos párrafos, y unas cuantas frases» (p.5).

Durante la historia, el personaje conoce a Krisztina, una joven con un fuerte arraigo religioso que le impide ser empática con borrachos y fumadores. Sin embargo, entabla una relación con nuestro personaje, quien sobrevive al divorcio de su exesposa. A través del amor, de Krisztina en sí, busca una especie de salvación del inframundo en el que habita.

Al paso del texto encontramos a un personaje que se recrimina el hecho de ser un peón y no haber estudiado más; ahonda en el proceso creativo del escritor y en las dificultades de enfrentarse a la nueva frase, al vacío de palabras.

De Hajnóczy, el también húngaro Péter Esterházy (Budapest, 1950) dijo alguna vez que «fue un escritor, un erudito, un hombre de conciencia, un intelectual (como a veces es formulado a manera de invectiva) … un ser moral y rebelde».

Péter Hajnóczy no llegó a los cuarenta años de vida. Sufrió la adicción de la que él mismo estaba consciente: «Mi alcoholismo es también una forma peculiar de concebir el mundo, una mezcla de convicción política y religiosa que ha de sazonarse con una pizca de autoironía».

Hay muchas obras que abordan el mundo del alcoholismo. En La muerte salió cabalgando de Persia se le ofrece al lector la visión de un autor que descendió a su propio infierno para contarnos qué encontró en tal lugar.

Estoy seguro que quien se adentre las páginas de esta novela no saldrá ileso de su lectura. Acaso tendrá una resaca que golpeará la cabeza como un repicar de campanas.

Lunes, 03 Septiembre 2018 05:09

El pequeño verano

El pasado 15 de agosto se cumplieron cinco años del fallecimiento del escritor, dramaturgo, periodista y dibujante polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 1930-Niza, 2013), una de las figuras más representativas de la literatura europea de los últimos años y quien durante algún tiempo radicó en México.

Coincido con quienes consideran que la mejor forma de recordar a un escritor es acercarse a su obra. Por ello, en esta ocasión me permito aludir a la figura de Mrożek, precisamente, recordándolo a través de una de sus novelas.

Ya en otro momento escribí algo sobre el autor en este espacio, al recomendar su volumen de relatos breves El árbol (Acantilado, 2003), el cual contiene 42 textos llenos de humor surrealista, ironía y talento que colocan al nacido en Borzęcin como uno de los maestros del género.

Si bien Mrożek es más conocido en su faceta de cuentista y dramaturgo, también dedicó su arte a la novela; una de éstas es El pequeño verano (Acantilado, 2004).

Esta historia está ambientada en la Polonia de postguerra, cuando el régimen soviético se instala en ese país.

En su mayor parte transcurre en el pueblo imaginario llamado Monte Abejorros, que es habitado por diversos personajes, entre los que destacan el padre Embudo, el sacristán Abejorro, el comerciante Timoteo Abejita (también conocido como Veleta), Fisga, entre otros.

En Monte Abejorros hay una iglesia cuya campana lleva mucho tiempo sin haber sido tocada; la última vez que repicó cayó sobre el anterior sacerdote, el padre Gallina, y lo mató.

Monte Abejorros, de alguna forma, está enemistado con el pueblo vecino de La Malapuntá, del que la iglesia es encabezada por el padre Cardizal, quien no es de las simpatías de Embudo.

La diversión de ambos pueblos radica en las fiestas patronales o en eventos que planean los grupos organizados. En una de estas celebraciones, una broma en La Malapuntá desencadena un escándalo: nueve mujeres corrieron desnudas después de que alguien gritara «¡fuego!» cuando cambiaban sus ropas.

Esta noticia llega a Monte Abejorros, a oídos del padre Embudo, en quien se despierta una especie de envidia por su homólogo, ya que le parece sorprendente haber visto a nueve «comadres» desnudas de una sola vez.

Ésta es una de las primeras anécdotas de la novela, la cual contiene una riqueza de personajes memorables que el autor presenta poco a poco, a lo largo de cinco capítulos.

Uno de ellos es el sacristán Abejorro, acaso el que más aparece en la obra. Este hombre tiene doce hijos que a veces están a su cuidado, a veces al de su esposa o al de ambos a un tiempo. La fuerza de este personaje radica en su inocencia, en la ingenuidad y las situaciones tan divertidas a las que es expuesto por el padre Embudo, que, a su vez, también es uno de los protagonistas entrañables.

Una de las anécdotas más divertidas de la obra es la inauguración del Hogar Espiritual en Monte Abejorros, para el cual se prepara el montaje de una obra de teatro cuya representación resulta muy cómica, no sólo por lo absurdo del argumento, sino por los personajes que son invitados al acto y la atmósfera que rodea esos momentos.

La novela corre de forma fluida; no por divertida se sacrifica la calidad literaria ni la trama, que es muy rica. No en vano Mrożek es uno de los escritores más originales que ha habido en los últimos años en el panorama mundial de la literatura.

Además de anécdotas divertidas, hay pasajes históricos de Polonia, una crítica hacia los totalitarismos; también ridiculiza la propaganda yanqui y sus formas rancias antisoviéticas… Es, sin duda, una novela que puede leerse cuantas veces sean sin perder frescura ni vigencia, repleta de personajes divertidísimos.

Lunes, 27 Agosto 2018 05:43

Zumbidos en la cabeza

La ira se atiza como un buen fuego

y da una alegría que no se detiene

hasta convertirse en locura,

hasta dejarlo todo destrozado.

 


D. J.

 


A lo largo de los siglos se han escrito obras acerca de las prisiones. Ya sea que el autor recuerda sus experiencias como recluso o relata acontecimientos de presidarios, hay una especie de fascinación por sacar a la luz el mundo oscuro que se esconde detrás de las rejas.

El preso es un ser castigado. Ahora bien, la función de la cárcel en la sociedad es –según el Estado– la de hacer cumplir penas a aquellos que han infringido la ley. Hay un totalitarismo, una selección de hombres y mujeres señalados de haber cometido algún delito. Sin embargo, tal parece que todo preso es un preso político.

La cárcel suele producir aversión, terror, miedo o repulsión. Decir que alguien que estuvo preso conlleva un señalamiento y una carga difíciles de desprender. Porque ha estado preso «el delincuente», aun cuando no lo sea. En fin…

A propósito de este tema, la recomendación de esta semana gira en torno al mundo de los presos. Particularmente, al de un grupo de presos internos en una cárcel. Me refiero a Zumbidos en la cabeza (1998; Sexto Piso, 2015), del esloveno Drago Jančar (Maribor, 1948).

El personaje central es Keber, antiguo marino que era temido por todos los presidiarios. Se dice de él que había dormido junto a cientos de cadáveres en Vietnam; que generales latinoamericanos temblaban ante su presencia; incluso que hubo mujeres en Rusia que intentaron quitarse la vida por él…

Cayó en la prisión de Livada después de que un batallón sitió su barrio. La violencia y la fuerza brutal eran parte de sus rasgos más temidos. Ello surgía a raíz del contacto entre dos metales: el sonido que producía generaba zumbidos en la cabeza de Keber; luego había que ver lo que ello acarreaba.

Más allá de las condiciones en las que viven los presos, la novela cuenta los sucesos que devinieron al motín que cierto día se inició en la prisión. Mientras miraban un juego de basquetbol entre Yugoslavia y Estados Unidos, un guardia fastidiaba a los presos.

Dicha actitud enfadó a Keber, quien, la paciencia colmada, destrozó el televisor e inició la revuelta en la cárcel.

Con vigilantes como rehenes, inicia lo que tendría que ser negociado. Sin embargo, preocupados por las consecuencias que habrá, los convictos se reúnen para abordar los pasos a dar. El principal –que marcará el curso de la historia– es el de acudir al consejo del bibliotecario.

El hombre, que aparentemente era el más tranquilo, pronto habrá de demostrar cuán peligroso es el poder en manos de una sola persona. Así, de la noche a la mañana, queda conformado un consejo de gobierno que negociará con las autoridades oficiales, un aparato policiaco integrado por internos cuya violencia contenida es capaz de estallar en cualquier momento…

La prisión se convierte en un microcosmos, un experimento de minisociedad en la que las más oscuras ambiciones de unos cuantos pueden desembocar en el terror de la mayoría.

Toda la violencia contada en la historia es alternada con pasajes de Keber junto a Leonca, acaso la única mujer capaz de anidarse en su memoria para entregarle un poco de paz. El tono de esos recuerdos contrasta con la violencia y el ruido de la prisión.

Leonca es el consuelo del hombre que sucumbe ante la violencia, el motivo para asirse a la vida, el refugio donde la bestia halla rastros de paz…

Zumbidos en la cabeza se suma a las novelas del presidio y lo hace de forma convincente, con un estilo que atrapa desde los primeros pasajes, entre la violencia de los convictos y la anestesia de la memoria, dotada de un lirismo que cumple con la premisa de que la lectura debe ser placentera.

Lunes, 20 Agosto 2018 05:00

Círculos perturbados

Hasta hace unos meses, el nombre de Herbert Selkowitsch era totalmente ajeno para mí; desconocía que se trataba de un escritor e ignoraba por completo su obra. Sin embargo, en una ocasión vi un ejemplar que llamó mi atención más que por el título, por la editorial. Por eso me hice de él y así topé con una obra que me dejó una grata impresión.

Un hombre lleva una vida tranquila en una ciudad –«quizás en Viena, o en Praga, o aun en Budapest»–, al lado de su esposa. Cierta mañana, mientras se miraba en el espejo, descubre una mancha negra en un diente. A partir de entonces, su vida da giros que no se sabe cuándo van a parar.

El anterior es al argumento de la novela que me permito recomendar esta semana: Círculos perturbados (1987; Muchnik, 1990, con traducción de Jesús Ruiz), del austriaco Herbert Selkowitsch (Viena, 1918-?).

El protagonista, Martin Svoboda, es un hombre en apariencia ejemplar que labora como cajero en una fábrica de paños. La vida junto a su esposa transcurre en calma; diríase que se trata de un matrimonio ideal. Un día, la mujer le comunica que es probable que esté embarazada de su primer hijo. La noticia los alegra, sin mayores cambios.

Sin embargo, una mañana, se abre el primer círculo perturbado: Martin descubre un punto negro en un diente y decide acudir al odontólogo para que revise de qué se trata. Una vez en la consulta, el profesional le suelta una pregunta que lo perturba: «¿Padeció usted alguna vez de una enfermedad venérea?»

El dentista le explica que mientras revisaba su dentadura descubrió unos puntos blancos indicativos de gonorrea. Dicha aseveración sacude al paciente, pues no considera que haya motivo alguno para tal padecimiento.

A partir de entonces la historia asume como protagonista el comportamiento de Svoboda, quien, ejemplar ante los otros, no da crédito a tener ese mal. A partir de entonces se vuelve presa de sus pensamientos, lo abandona la calma que apenas unas horas antes formaba parte de su vida, se envuelve en un mundo de angustia que lo lleva a asumir comportamientos que no se quedarán sin consecuencias.

Tras el diagnóstico, el dentista le recomienda a Martin que acuda con un especialista, amigo suyo, para tener una opinión más certera. Sin embargo, eso da pie a la apertura de otro círculo: en la clínica, Martin se encuentra a Meander, un periodista un tanto incómodo que se sorprende al verlo en ese lugar, ya que no es sitio para él.

El encuentro con el periodista suma otra inquietud a Svoboda: ¿dirá que lo vio allí, hablará de él a sus amistades? Esto cava otro pozo de angustia en la psique del personaje, quien siente cierta repulsión por el hombre que está ante él. Pero éste aprovecha la ocasión para pedirle un favor que deviene en una especie de trato: que recomiende para un trabajo al hijo de la mujer con la que sostiene una relación. Svoboda sabe que ello le garantizaría el silencio de su interlocutor.

Después de un rato, el hombre ingresa a la consulta con el especialista. Martin ya no es la misma persona; hay en él una carga de perturbación que le impide mirar el mundo como lo veía un par de días antes.

La mancha negra en el diente descubre otros mundos ante Svoboda, quien es apresado por la angustia, por sus pensamientos, por todo aquello que se forma en su mente.

Es muy destacable el estilo de Selkowitsch, que contiene la tensión y la libera en pequeñas dosis a lo largo de la novela, lo que hace una lectura por momentos angustiante, con un Martin extraído acaso de un mundo kafkiano.

Aunque apenas si lo menciona, el autor ambientó la novela en la acechanza del nazismo en Viena. No hay alusión alguna al sistema alemán ni a la guerra; es tan sólo como una sombra que, lejana, cubrirá de oscuridad ese lugar en algún momento.

La trama de Círculos perturbados es sencilla, pero el autor lleva cada suceso con un estilo que atrapa y no decae; por el contrario, conforme avanzan las páginas, la tensión y el interés crecen y conquista cimas desde las que se disfruta de una lectura completa, con sorpresas y un hondo conocimiento del ser humano, con todos los demonios que lo rodean.

Lunes, 13 Agosto 2018 05:02

Una soledad demasiado ruidosa

…soy culto a pesar de mí mismo y ya no sé

qué ideas son mías, surgidas propiamente de mí,

y cuáles he adquirido leyendo.


B. H.


Hay autores a los que uno siempre quiere volver, ora porque escribieron un libro que marcó la vida del lector, ora porque simplemente crearon una obra fascinante por donde se la aborde.

La recomendación de esta semana tiene que ver precisamente con uno de esos escritores a los que siempre se desea regresar y conseguir cuanto libro haya escrito. Me refiero al checo Bohumil Hrabal (Brno, 1914-Praga, 1997), uno de los autores más destacados de la literatura centroeuropea del siglo XX.

Ya en otra ocasión recomendé Yo que he servido al rey de Inglaterra, una novela del mismo autor en la que se aborda la historia de un aprendiz de camarero. Ahora toca el turno a Una soledad demasiado ruidosa (1976; Galaxia Gutenberg, 2017. Traducción de Monika Zgustova), una de las novelas cumbre del checo y que fue escrita cuando su obra estaba prohibida en su país.

Haňťa, el personaje principal y narrador, trabaja en un almacén de reciclaje de papel. Desde hace 35 años se dedica a prensar libros en un sótano de la empresa, desde donde se le abre el mundo.

Entre libros, réplicas de obras maestras de la pintura y ratones, Haňťa se encarga de crear balas para su posterior distribución. Sin embargo, el hombre también se ha dedicado a leer, a llevarse libros a su departamento, donde asegura que tiene dos toneladas de ejemplares.

Desde el subsuelo reflexiona acerca de todo el conocimiento que ha acumulado la humanidad a través de la literatura. En cada bala que forma busca incluir una obra maestra de ese arte y también pictórica.

Entre toques surrealistas, bocanadas de humor y de ternura, Haňťa recorre los barrios de Praga, casi siempre empapado en cerveza, de la que bebe jarras y jarras. Pero ello a veces le genera desencuentros con el jefe del almacén, quien lo reprende en algunas ocasiones.

El hombre, que nos recuerda que «soy culto a pesar de mí mismo», espera jubilarse con su prensa para no extrañar su oficio una vez que se haya retirado. Piensa que en cinco años más podrá aspirar a esa jubilación y comprar la prensa para tenerla consigo. Mientras tanto, se emborracha y dedica su vida a prensar libros, pinturas y ratones.

Entre sus reflexiones menciona a figuras históricas como Jesús, Lao-Tse, Goethe, Schiller, Hölderlin, Nietzsche, Kant, Hegel, Erasmo, Pollock, Gauguin, Richard Wagner, entre muchos otros, a quienes de alguna forma agradece sus aportaciones a la historia de la humanidad y con quienes ha convivido durante décadas.

A través de la historia el lector se topa con personajes tan entrañables como el propio Haňťa, tal como su tío, un ferrocarrilero jubilado con ciertas manías y quien le sugirió que se hiciera de la prensa cuando se retirara de la vida laboral.

Cada personaje aporta un grano de surrealismo, de humor y de ternura. La obra divierte y conmueve: he ahí una habilidad de Hrabal, capaz de hacer reír y llorar al lector en un plumazo.

Una soledad demasiado ruidosa también advierte de los cambios generacionales, de cómo el hombre es sustituido por la máquina a velocidad insospechada. El personaje central es el representante de la última generación que de alguna forma imprimía cierto romanticismo en lo que hacía para dar paso al automatismo.

Por donde se la mire, es una novela profunda, pese a su brevedad (102 páginas en la citada edición). Se trata, pues, de una de esas obras a las que se volverá una y otra vez.

Lunes, 06 Agosto 2018 05:10

El cero y el infinito

A él, a Nicolás Salmanovith Rubachof, no le habían llevado

a la cima de una montaña, y, doquiera pusiese su mirada,

no veía más que el desierto y las tinieblas de la noche.

 

En El cero y el infinito

 

Los sistemas totalitarios que fueron impuestos en el siglo XX provocaron dolorosas heridas para la humanidad: costaron millones de vidas y es la fecha en la que no han sido superados.

Uno de esos sistemas que derivó en totalitarismo tiene que ver con el comunismo. Pero no fueron los ideales en sí, sino las personas que se encargaron de administrar el estado de las cosas, las que deformaron una ideología cuyo fin no era el que actualmente es difundido y reproducido a través de propaganda anticomunista.

La recomendación de esta semana es a propósito de esa ideología y los encargados de imponer mecanismos de control y destrucción moral: El cero y el infinito (1941; DeBolsillo, 2012), una novela monumental del autor húngaro Arthur Koestler (1905-1983).

Si bien se trata de una crítica a las prácticas que realizaban los administradores del sistema comunista, hay que decir que no es una crítica simplona, sin fundamento, sino que está asentada en un razonamiento profundo y tejida con inteligencia.

El cero y el infinito cuenta la historia de Nicolás Salmanovitch Rubachof, antiguo agente del Partido que un día es apresado y trasladado a una celda, de la que –estaba convencido– no saldrá con vida.

Recluido en un espacio oscuro, nada acogedor, Rubachof repasa la vida en espera de ser juzgado por el Partido. El narrador, omnisciente, lleva al lector a episodios del pasado reciente que pudieran resultar clave para la captura del hombre y las posteriores acusaciones que pesan en su contra.

A veces mira a través de la ventana que hay en su celda: el patio, la tarde o la mañana y sus cielos teñidos de rojo o lilas. Por momentos, a la sensación de vacío se suma un insoportable dolor de muelas que le impide encontrar un poco de calma.

En cierto momento entabla una conversación con su vecino de celda, a través de golpes en clave que se traducen en palabras. De esta forma, el lector obtiene algo de información que de a poco va entretejiendo la crítica del autor hacia las prácticas de quienes se adueñaron del comunismo.

Rubachof sabe que deberá enfrentarse a interrogatorios, acompañados de métodos de tortura –física y psicológica– que derivarán en la aceptación de todos los cargos de los que son acusados los detenidos y un posterior juicio.

Una vez que inician los interrogatorios, el personaje se asombra de que la persona encargada de cuestionarlo es Ivanof, antiguo camarada y compañero del Partido con quien Rubachof compartió años de juventud e ideología.

La celda se convierte en escenario de diálogos que se prolongan por horas, durante las madrugadas, entre los hombres. Se trata de uno de los recursos magistrales de Koestler que somete al lector a sofocos, a un cansancio tal cual lo experimenta el personaje central.

Así, los encuentros entre Rubachof e Ivanof representan el choque entre la ideología inicial del comunismo y en lo que derivó. Sin embargo, hay en ambos hombres puntos que aún les impiden llegar a odiarse.

Ante ello, la historia da un vuelco: Ivanof desaparece de escena y su lugar es tomado por Gletkin, que representa a la nueva generación que se apropió del comunismo con todas sus prácticas de aniquilación. Es un hombre-máquina incapaz de preguntarse si la ideología sigue su curso inicial o se desvió hacia el precipicio del que no podrá volver.

El cero y el infinito es una obra inteligente, dotada de un profundo humanismo que antepone al individuo antes que a las organizaciones o ideologías que terminan por aplastar al ser humano. Aunado a los magistrales diálogos, hay en la novela un grado de tensión que sumerge al lector en un mundo de tinieblas donde se escuchan los latidos del corazón y cuyo silencio, que zumba los oídos, a veces es interrumpido por un disparo en medio de la noche.

Hacia el final de la historia, Koestler entrega al lector párrafos y párrafos conmovedores que no dejan indiferente, reflexiones de un hombre que se pregunta en qué momento un sistema en apariencia beneficioso para la sociedad puede convertirse en un régimen aniquilador.

En la novela hay personajes que remueven las fibras y que por momentos obligan a cerrar el libro antes de romper en llanto. Es, pues, una obra que se sufre, pero se disfruta y agradece por la valentía del autor a no caer en la fácil propaganda anticomunista.

Lunes, 30 Julio 2018 05:47

Un puente sobre el Drina

A partir del momento en que un gobierno experimenta

la necesidad de prometer a sus súbditos, por medio

de anuncios, la paz y la prosperidad, hay que mantenerse

alerta y esperar que suceda todo lo contrario.


Ivo Andrić


Cuando Ivo Andrić (1892-1975) fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, en 1961, el autor de origen bosnio solicitó al comité organizador, en plena ceremonia de premiación, que le permitieran hacer sonar una pieza musical que hoy en día es una especie de segundo himno para los serbios: Mars na Drinu (Marcha en el Drina), compuesta por el músico Stanislav Binicki, a principios de la Primera Guerra Mundial.

La obra musical fue creada en honor a la primera victoria del Ejército serbio liderado por Milivoj Stojanović, en 1913, durante la guerra balcánica que abrió el siglo XX. Desde entonces, las notas de la marcha suenan allí donde los serbios pretenden enaltecer su orgullo e infundir valor y valentía a los suyos.

Que Andrić realizara tan peculiar solicitud se entiende si se toma en cuenta que su obra más reconocida en el mundo tiene que ver precisamente con el tema: Un puente sobre el Drina (1945), una novela fascinante que lleva al lector a recorrer cuatro siglos de historia de una zona donde los conflictos bélicos parecen ser el «destino» y la cotidianidad de los hombres y las mujeres que habitan esa región del planeta, tan castigada desde hace tiempo.

La novela transcurre en la ciudad de Višegrad, cuando la región era dominada por el Imperio otomano. En la segunda década del siglo XVI, por órdenes del Gran Visir Mehmed Paša Sokolović, inicia la construcción de un puente sobre el río Drina, el mismo caudal donde Mehmed niño le fue arrebatado a su madre; luego, de cuna cristiana, fue convertido al islam.

La construcción –de piedra, majestuosa– tardó alrededor de cinco años, tras lo que se convirtió en una fortaleza, en zona frecuente de contingentes de soldados, en punto de encuentros y desencuentros sociales…

El autor relata anécdotas de una multitud de personajes que han pasado por ese sitio durante décadas y décadas, que han dejado parte de su vida sobre el puente.

Es una obra coral que plasma las formas del pensamiento de una u otra religión, mediante costumbres y otros elementos que dejan entrever sesgos de la intolerancia que impide la convivencia entre musulmanes, cristianos ortodoxos, judíos y católicos…

El puente fue el paisaje que el niño Ivo contemplaba; a través de los once arcos de la obra legendaria, observó el ir y venir de los hombres, de las mujeres; aprendió que la vida no se termina con la llegada de la muerte, sino cuando la convivencia se torna en guerra y no hay sitio para la paz.

Todo ello, años más tarde, en plena Segunda Guerra Mundial, lo inspiró para escribir una de las grandes novelas del siglo XX, rica en personajes y descripciones de distintas épocas. Personajes que conmueven y divierten, transportan a los sitios de esa forma en la que sólo la literatura es capaz.

Lo que más impresiona de Un puente sobre el Drina, además de la erudición del autor, es su capacidad para relatar encuentros y desencuentros, diferencias étnicas y religiosas; guerras que parecen absurdas –siempre lo son– sin tomar partido en uno u otro bandos: Andrić, magistralmente, relata los hechos como un testigo al que le duelen todos y cada uno de los conflictos que ocurren en la tierra que ama. (Hay que recordar que el Nobel de 1961 era partidario de la unidad en la antigua República Federal Socialista de Yugoslavia.)

Ivo Andrić supo leer la sociedad de su tiempo, de la que formaba parte. En Un puente sobre el Drina hay una advertencia respecto de que la intolerancia religiosa no solo puede desencadenar guerras en los Balcanes, sino en todo el mundo.

No es una novela para leerse en una tarde. Se trata de una obra que supone reflexión, visitas a los mapas, revisión de citas, etc. Es uno de esos libros que ilustran más que cualquier cantidad de clases de historia en algún aula. Andrić se convierte en un guía y se mantiene fiel a los testimonios de la historia de su tierra, sin caer en el propagandismo ni en la manipulación de los hechos.

Lunes, 16 Julio 2018 05:04

El árbol

Hoy en día, los cuentos y relatos breves gozan de una amplia aceptación entre los lectores de ese género. Si bien no se trata de una forma actual, sí es en nuestros días cuando más escritores se han dado a la tarea de cultivar ese estilo.

Antón Chéjov (1860-1904) es considerado el más grande escritor de relatos breves en toda la historia, la principal referencia y un maestro del género. Mi recomendación de esta semana tiene que ver con otro maestro del relato breve, el polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 29 de junio de 1930-Niza, 15 de agosto de 2013).

Marcado por la Segunda Guerra Mundial y el régimen estalinista en Polonia, Sławomir Mrożek tuvo una vida agitada y sus posturas ideológicas lo obligaron a cambiar de residencia y ocupación en diversas ocasiones.

Estas experiencias le permitieron explorar, a través de la creación literaria, la conducta de las personas que viven bajo sistemas totalitarios. Así, en su obra el lector encuentra lo mismo situaciones cómicas, que grotescas y dramáticas.

El árbol (Acantilado, 2003) es un conjunto de relatos breves en el que desfilan personajes que parten del realismo, pero toman caminos surrealistas y se ven inmersos en situaciones inimaginables, con estancias en lo absurdo.

El libro contiene 42 relatos breves, casi todos, piezas maestras del género. La traducción corrió a cargo de B. Zaboklicka y F. Miravitlles.

En «El árbol», texto que da nombre al libro, el lector se topará con un narrador-personaje que, en apenas página y media, da cuenta de un árbol que crece junto a una curva de carretera. Es un árbol que ha estado allí desde hace muchos años y el hombre recibe un mensaje de la autoridad local en el que le indica que debe ser derribado para evitar accidentes.

Sin embargo, el personaje decide emprender una empresa muy peculiar para evitar que los automovilistas choquen y el árbol sufra daños.

Hay que decir que en los textos de Sławomir Mrożek hay un humor que hará que el lector suelte una carcajada de cuando en cuando. Por ejemplo, en «Eso no se hace» nos enteramos de la historia de un hombre que, cierto día, leyó en un periódico acerca de la existencia de satélites. Se entera de que éstos fotografían todo lo que hay en la Tierra y ello desencadena en él una preocupación: el aspecto que tendrá cuando sea captado por un satélite.

Ante la inquietud, el personaje comienza a afeitarse, a cuidar su imagen; incluso se ve obligado a comprarse una corbata nueva. Cierto día, al solicitar su jubilación, le piden que adjunte una fotografía. Por ello escribe a las Naciones Unidas para que le envíen una foto de las que –está convencido– le han tomado los satélites. No recibe respuesta, por lo que se ve en la necesidad de acudir con un fotógrafo y pagar por dicho servicio. No obstante, al final decide rebelarse contra el cielo y los satélites mediante un acto que resulta bastante divertido.

En «Immanuel» se da el encuentro entre un guionista y un productor de cine. El primero decide adaptar la Crítica de la razón pura de Kant a una versión cinematográfica, pero encuentra resistencia ante el productor, quien le sugiere una serie de cambios que terminan por modificar el guion original y se somete a Kant a situaciones de risa.

Otro ejemplo del humor de Mrożek se encuentra en «Las cuitas del joven Werther»: un individuo se presenta ante el director de una filarmónica y le solicita una suma considerable de dinero por sus servicios. Pero estos dos ni siquiera se conocen. Resulta que el supuesto músico no sabe tocar un solo instrumento; al final, el director le sugiere que aprenda a tocar para poder exigirle lo que en un principio le pedía.

En El árbol hay una pasarela de personajes divertidos, absurdos, grotescos, cuyos ambientes sumergirán al lector en una experiencia única, gracias a la pluma de un narrador espléndido como lo fue Sławomir Mrożek.

La ampliamente recomendada editorial catalana Acantilado ha publicado varias obras de este autor: Juego de azar (2001), La vida difícil (2002), Dos cartas (2003), El árbol (2003), El pequeño verano (2004), La mosca (2005), Huida hacia el sur (2008), El elefante (2010) y La vida para principiantes (2013).

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