Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 24 Diciembre 2018 05:45

Nochebuena polaca

La curiosa división en pueblos es la causa de nuestros

innombrables sufrimientos, dolores y desgracias.


T. K.


Es difícil explicar la sensación que queda después de leer una gran obra. O mejor: después de leer lo que uno considera que se trata de una gran obra. Y más difícil es saber todo lo que debió ocurrir para que ese libro terminara en las manos de uno.

Hacia finales del año pasado me encontré con una novela de cuyo autor no tenía ninguna noticia. Me animé a adquirirla básicamentepor dos motivos: la lengua materna del escritor –de la familia eslava– y la época del año –en los últimos días de noviembre.

Dicha obra se trata de Nochebuena polaca (1977; Seix Barral, 1984), del polaco Tadeusz Konwicki (Wilno, Lituania, 1926-Varsovia, Polinia, 2015), con traducción de Elena Panteleeva.

El libro estaba en excelentes condiciones: quizás nadie lo había leído y tal vez nunca se vendió en España y por ello llegó a México en algún lote de saldos.

Sopesé la idea de leerlo de inmediato, pero esperé a que la fecha alusiva al título estuviera más cercana para adentrarme en la lectura. Así pues, faltando diez días para finalizar 2017,tomé la novela y me dispuse a adentrarme en su historia.

Varsovia. Durante la mañana del 24 de diciembre de algún año cuando Polonia estaba bajo el dominio de la URSS, decenas de ciudadanos polacos se encuentran afuera de una joyería estatal, en fila, en espera de anillos de oro provenientes de la Unión Soviética.

El narrador es acaso el propio Konwicki, quien anuncia que aguardan a que se den las once de la mañana para que abran la tienda y entren en busca de algún regalo.

Desde el inicio el lector descubre los tintes sociopolíticos de la obra, pero no es precisamente una carga pesada; sirve únicamente para anunciar la época, dar a conocer el entorno en el que el narrador y las personas que están en fila viven.

El invierno comienza a morder con fuerza, nieva en Varsovia y la gente que aguarda el lote de anillos es la estampa de la sociedad polaca de la época: sin mucha esperanza, pero con temple.

De esta forma, el autor describe a algunos de los personajes que se encuentran en el lugar. Así conocemos a cierto soplón de la policía, obreros, una campesina, un estudiante y su amigo francés –anarquista–, que desea establecerse en Polonia…

Es decir, Tadeusz enfila a representantes de ciertos sectores que conforman la sociedad; los hace interactuar y el resultado es una brillante narración que cuestiona el destino de la colectividad.

La voz narrativa no denuncia en sí, no reprocha a la URSS: es una voz pausada y paciente que lleva al lector de la mano a recorrer el paisaje polaco invernal de la época soviética, no obstante que la espera es en sí una forma de opresión estatal.

De pie en esa fila, el narrador evoca otros tiempos, su historia misma; comparte pasajes de una vida que en el punto desde donde habla acaso parece perdida. Todo ello en los momentos previos a un infarto. Hay una honestidad que poco a poco hace que uno se acerque más a la obra, sin sentir los embates del invierno.

Aunado al presente en el que transcurre la obra, Konwicki traslada al lector hacia 1863, a los preparativos de una batalla que tendrá lugar en ambientes rurales. Se intercala el relato de las aventuras de un joven lituano durante las revueltas que tuvieron sitio ese año contra los moscovitas. De esta forma, el autor hace traer el pasado al presente «para buscar en la vida cotidiana su trasfondo sociopolítico y su envés metafísico…», según se lee en la contracubierta.

El estilo –a veces parco, otras veces lírico– cobra fuerza en cada página y está acompañado de imágenes que si bien en algunos momentos evoca a una atmósfera casi asfixiante, denotan la alta calidad narrativa del autor.

Hacia los primeros párrafos de la obra, el narrador nos dice: «Delante de mí hay veintidós personas, y detrás otras veinte dan pataditas con los pies entumecidos de frío. Yo también siento un ligero temblor, aunque me cubre una espesa piel de oveja. Pero tiemblo de emoción. Tiemblo porque estoy esperando el día, unas breves horas excepcionales, que traerá quizá, a mí y a todos nosotros, el desenlace definitivo» (p. 9).

Lunes, 10 Diciembre 2018 07:25

Sueño con mujeres que ni fu ni fa

Desgraciado Belacqua, no das con la clave,

no entiendes de qué va la cosa: la belleza,

en último término, no está sujeta a categorías,

está más allá de las categorías.


Cuando se nombra a Samuel Beckett es muy probable que brinque el nombre de James Joyce, dada la influencia que éste ejerció en la vida y obra de aquél. No obstante, el Nobel (1969) supo sacudirse la sombra de su connacional conforme pasaron los años.

El de Beckett no es un estilo fácil. Por el contrario, se requiere de paciencia para tomarle el gusto a la obra de uno de los escritores más originales que nos entregó el siglo XX.

Cuando tenía veintiséis años, el irlandés escribió su primera novela, pero no halló editor que se animara a publicarla. Se trata de Sueño con mujeres que ni fu ni fa (1992; Tusquets, 2011), la que el propio Beckett se negó a publicar cuando ya era Beckett.

Por deseo del propio escritor, dramaturgo y ensayista, la novela no vio la luz sino de manera póstuma, hacia 1992 (Beckett falleció en 1989), es decir, unos sesenta años después de haberla escrito.

La obra comienza de esta forma: «He aquí a Belacqua, un niño rollizo que pedalea cada vez más veloz, con la boca entreabierta y las aletas de la nariz cada vez más hinchadas» (p. 11).

Belacqua es un joven poeta que deambula por calles de París, Dublín y Viena; no sabe qué es lo que busca, pero traslada su cuerpo de un lugar a otro como si en verdad tuviera algún objetivo. Éste es acaso el primer guiño beckettiano: el ser se conduce hacia el fracaso, no hay objetivo para perseguir. Y si lo haces, anda: date de frente contra el fracaso.

Sin embargo, Belacqua «está enamorado de cintura para arriba de una muchacha patosa que atendía por el nombre de Smeraldina-Rima» (p. 13). Su encuentro es fortuito: la halló una noche en la que la fatiga hizo presa del poeta en ciernes. Es decir, el «amor» le brotó del cansancio, no fue concebido a la luz de la vitalidad.

En la novela hay elementos que lo colocan como joyceano, pero el lector también se topa con los esbozos del futuro Premio Nobel, el explorador del lenguaje hasta los límites, el pesimista acerca de la condición humana.

El libro está dividido en cinco capítulos: «Uno», «Dos», «Und», «Tres» e «Y». Además hay un posfacio de los traductores titulado «El primero de todos los Beckett», en el que se advierte que Sueño con mujeres que ni fu ni fa no es precisamente la mejor forma para entrar a la obra de un escritor que se vuelve apasionante.

Es una novela escrita por un joven cuyo futuro es incierto, de un Beckett bajo el influjo de la tensión que le sirvió para dar salida a todas esas emociones. Hay además acaso pasajes de la infancia del propio autor, sin que en sí la novela sea estrictamente autobiográfica.

El lector también descubrirá que el texto está lleno de neologismos. Es la primera obra del futuro autor genial de Esperando a Godot, Fin de partida, El innombrable, Molloy, entre otras obras.

Belacqua deambula, está satisfecho con su «feliz tristeza». Mujeres como Smeraldina-Rima, Syra-Cusa o Alba esperan algo de él, cualquier cosa, que él no entrega. Porque el muchacho aspira a habitar su interior, sus pensamientos; piensa en qué escribirá: es un artista adolescente que va por la vida ebrio, enfermo o malhumorado.

Pese a ello, hay en la novela toques de humor e ironía que también son características del Beckett que escribirá años después, con un estilo consolidado y del que se apropió para sacudirse de las comparaciones que en determinado momento lo alcanzaron.

Sueño con mujeres que ni fu ni fa es una obra intensa, llena de citas que obligan al lector a echar ojo a las anotaciones –que están hacia las últimas páginas– y acaso a desesperarse. Sin embargo, ello no es pretexto para abandonar la lectura, pues Beckett, el primer Beckett, posee ya el talento para atrapar a quienes se sumergen en ese fascinante mundo de las palabras que construyó. Porque Beckett posee esa fuerza que provocan al lector a no soltar el libro, aun cuando desea hacerlo.

Lunes, 03 Diciembre 2018 07:25

Elogio del cuento polaco

Por estas fechas es común encontrarse en las redes sociales cualquier cantidad de listas de «lo mejor del año» en cine, deportes, etc. La literatura no está exenta de dicha tentación. Páginas culturales o dedicadas al mundo del libro se vuelcan para recomendar «las mejores lecturas» del año que ya se nos escurre entre las manos.

Cada quien tiene sus gustos, fobias y filias. Sin embargo, considero que hay obras que difícilmente pueden no gustar a alguien. Con el riesgo que esta afirmación conlleva, esta semana me permito recomendar un libro monumental del que no he leído –hasta ahora– ninguna crítica negativa.

Hay libros que conmueven, libros que instruyen, otros que divierten y también los que son amenos. Pero cuando un lector se topa con uno que reúne todas esas virtudes y más, se está, sin duda, frente a algo que será recordado con el paso de los años hasta convertirse en un clásico.

Polonia fue el país Invitado de Honor en la edición del 40 Festival Internacional Cervantino, en 2012. Como parte de esa celebración fue presentado el libro Elogio del cuento polaco, cuya edición estuvo a cargo de la Dirección General de Publicaciones para la colección «Cien del Mundo» del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en coedición con la Universidad Veracruzana.

La selección de los textos y el prólogo de la obra estuvieron a cargo de los mexicanos Sergio Pitol (+) y Rodolfo Mendoza. Ya desde el prólogo, el libro conmueve: las imágenes de una Polonia casi destruida por completo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, remueve sentimientos y no hay sitio para la indiferencia. Sin embargo, el coraje para levantar el país de las ruinas es de admiración.

En el inicio de la obra se da a conocer el antecedente de esa edición que en 1967 corrió a cargo de la editorial ERA: Antología del cuento polaco contemporáneo.

La que se presentó hace seis años incluye a varios autores de dicha edición y a otros de generaciones más recientes. Va desde la segunda mitad del siglo XIX, hasta creadores cuya obra no está traducida aún en español, salvo escasos cuentos.

Esta antología incluye 45 textos de 35 autores; la abre el Nobel de 1905, Henryk Sinkiewicz (1846-1916), con el cuento «Memorias de un maestro de Poznan», y la cierra Daniel Odija (1974), con «El túnel».

En los primeros relatos nos encontramos con retratos costumbristas del siglo XIX en el campo, el levantamiento de las urbes, las ideas de aquella época. Luego, conforme avanzan las páginas, el lector experimenta cambios en el estado de ánimo que lo mismo van de la indignación a la carcajada, que de la tristeza a la alegría.

Lo anterior tiene que ver porque varios de los narradores antologados experimentaron las atrocidades de los campos de concentración nazis o les tocó vivir alguna de las dos guerras mundiales o incluso ambas. (Bruno Schulz –por ejemplo– fue asesinado en el gueto de Drohobycz en 1942; otros decidieron quitarse la vida a temprana edad.)

Zofia Nalkowska (1884-1954), con «Los niños en Auschwitz»; Maria Dabrowska (1889-1965), con su «Peregrinación a Varsovia», o Tadeusz Borowski (1922-1951), con «¡Al gas, señoras y señores!», por citar tres ejemplos, dan muestra de los horrores de las prácticas nazistas en ese país.

Pero no todo es tristeza en este conjunto de 45 relatos. Hay espacio para la risa: Witold Gombrowicz (1904-1969), con «El bailarín del abogado Kraykowski», o Sławomir Mrożek (1930-2013) y sus cinco relatos (contenidos en el libro El árbol, que ya recomendé hace unos meses) hacen que al lector se le escape más de una carcajada.

También hay ternura: «Mijalko», de Bolesław Prus (1847-1912), o «Los girasoles», de Bohdan Czeszko; fantasía: Bolesław Leśmian (1878-1937), con «Una aventura de Simbad el marino», o «Los Músicos», de Andrzej Sapkowski (1948).

El libro está repleto de joyas de la cuentística polaca –y universal– y permite contemplar el paso de los años en ese país, el cambio de ideas, la sociedad sacudida y la renovada, la desesperación y la incertidumbre, el miedo y el valor para sobrellevar y dar vuelta atrás a una situación que no sepultó los valores de ese país.

No puedo terminar sin hacer mención de la maestría de Kazimierz Brandys (1916-2000) y su «Cómo ser amada», un texto brillante; la grandeza de Władisław Reymont (1867-1925; Nobel, 1924), de Bruno Schulz (1892-1942), de Jarosław Iwaszkiewicz (1894-1980), de Jerzy Andrzejewski (1909-1983), por mencionar a algunos de los brillantes escritores contenidos en la antología.

Soy de los que piensan que se aprende más de historia a través de novelas y de cuentos, que mediante libros especializados en la materia. Elogio del cuento polaco también es una clase magistral de historia, un proyector de imágenes que van del campo a las ciudades, de los bombardeos a la felicidad de los amantes, de la ocupación nazi a la renovación de una sociedad; es, ante todo, una muestra de que el arte –la literatura– permite indagar en lo más profundo del ser humano y externarlo a la otredad.

Si en este fin de año buscas hacerte o hacer a alguien más un regalo inolvidable, Elogio del cuento polaco es una gran opción.

Lunes, 26 Noviembre 2018 07:20

El vampiro de almas

Vampiro, sí, de almas. Espía de corazones solitarios.

Escorpión preparado para atacar, he ahí al cuentista.

 


Dalton Trevisan

 


La literatura latinoamericana goza de un amplio público que ha sabido valorarla no sólo en esta región del mundo, sino en otros continentes. Nombres como Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes –entre muchos otros– son escritores en lengua española conocidos gracias a la calidad de su obra. Sin embargo, la literatura brasileña es muy rica, pero suele pasar un tanto desapercibida, acaso por su lengua, el portugués.

Brasil ha legado al mundo escritores de altísimo nivel y cuya riqueza de lenguaje convierte las obras en puro goce. Autores como Jorge Amado (1912-2001), João Guimarães Rosa (1908-1967), Clarice Lispector (1920-1977), Nélida Piñón (1937), Rubem Fonseca (1925) o Dalton Trevisan (1925) son escritores con una vasta obra digna de ser leída.

En el caso de los dos últimos, se trata de creadores vivos que si bien no cuentan con la popularidad –no en México– que deberían tener escritores de su calibre, existen traducciones suficientes como para acercarse y comprobar la calidad de su obra.

En esta ocasión me voy a referir a Dalton Trevisan para la recomendación de la semana que inicia. En 1999, la Dirección General de Publicaciones del otrora Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (DGP-Conaculta) publicó El vampiro de almas, una antología de cuentos de Trevisan con traducción, selección y prólogo de Regina Crespo y Rodolfo Mata.

Este autor es considerado un maestro del relato breve y el libro en mención es una muestra de ello. La edición consta de 140 páginas, en las que están distribuidos 28 relatos y una selección de textos brevísimos –no rebasan media página– que dejan entrever la alta calidad narrativa del brasileño.

La temática de los relatos varía, sin embargo, el autor muestra el «alma» brasileña, el carácter de un país a veces incomprendido y aislado de Latinoamérica por la lengua.

Uno de los primeros relatos se llama «Cementerio de elefantes», en el que el lector se encontrará con un texto que cuenta cómo viven los que en México conocemos como teporochos. Trevisan menciona sus bebidas, sus andares, su desenlace de una forma admirable.

«Caso de divorcio» es protagonizado por un hombre que se entrevista con un abogado. A través de diálogos muy logrados, nos enteramos de que el viejo busca divorciarse de su esposa y cuenta al profesionista la que considera que es la causa para que se dé la separación. Es un texto cargado de humor.

En «El vampiro de Curitiba» nos encontramos con un relato narrado con lenguaje de favela, directo; un hombre describe a algunas mujeres que se topa en la calle, las ama, las toma, las posee… Es un flujo de impresiones con un tono acelerado, pero al tiempo directo y de una honestidad que hacen de éste, uno de los textos más emotivos del libro.

«Visita a la maestra» es el relato más extenso de todos –diez páginas–, en el que se cuenta la historia de un joven que acude a visitar a su maestra de la infancia. Es un encuentro emotivo y triste (Trevisan es un narrador que te lleva de la alegría a la tristeza en la misma línea). Entre remembranzas se les va la tarde. Salen a cenar. Regresan. Luego… Trevisan sorprende.

«Lamentaciones de Curitiba» es pura poesía. A través de tres páginas, el autor recorre sitios de esa ciudad mediante frases y más frases cargadas de nostalgia y poesía. Una brillante muestra de la capacidad del escritor.

En «He ahí la primavera» se da cuenta de las últimas semanas de un anciano enfermo, su deseo de morir en esa estación del año. Se cumple, sí, pero hay antes de ello una pequeña historia que nos regala Dalton.

Así, el lector se encuentra uno y otro relato. Hay prostitutas, hombres celosos, mujeres sumisas, individuos ingenuos… Pero también hay lugar para la perturbación: en «Míster Curitiba» nos enfrentamos a uno de los textos más difíciles. Difícil no por el estilo, sino por la historia que se cuenta. Se trata de un encuentro sexual que provoca inquietud a la hora de leerlo.

Este libro es una muestra de la fuerza y emotividad de la literatura brasileña: sensual, directa, conmovedora… Es una antología que merece un espacio en las bibliotecas personales.

Lunes, 19 Noviembre 2018 07:00

De ratones y hombres

Los hombres como nosotros –empezó George–

no tienen familia. Ganan un poco de dinero

y lo gastan. No tienen en el mundo nadie

a quien le importe un bledo de ellos…

 


En De ratones y hombres

 


La injusticia social es un tema presente en la obra del estadounidense John Steinbeck (1902-1968): basta recordar Las uvas de la ira (1939), su novela más famosa, para comprobarlo. Se trata de un asunto que lo ocupó incluso en su faceta de periodista, al realizar trabajos de ese género acerca de las condiciones en las que vivían los jornaleros.

Esta semana la recomendación de este espacio gira en torno a Steinbeck: se trata de su novela De ratones y hombres (1937; Editorial Sudamericana, 1942, con traducción de Román A. Jiménez), también traducida como La fuerza bruta.

La historia está ambientada en los años de la Gran Depresión que sumió a buena cantidad de estadounidenses en la miseria y que afianzó el poder de unos cuantos.

George Milton y Lennie Small se encuentran en un matorral, junto al río Salinas, en Soledad, California. Unas horas antes los dejó un camión a varios kilómetros de allí y se vieron en la necesidad de caminar. El primero es un hombre de apariencia común. En cambio, Lennie es un tipo grandullón, acaso intimidante, pero con una discapacidad mental que los hace meterse en problemas de forma constante. Es un personaje que conmueve en cada palabra.

Los personajes van de rancho en rancho en busca de trabajo y hacerse de recursos para el futuro. Desde las primeras páginas, el lector se encuentra con dos soñadores que anhelan tener su propia tierra, una granja con conejos y otros animales: conmueve la forma en la que lo desean, en la que uno nombra las cosas, acaso desde el pesimismo, mientras que el otro lo sueña despierto y lo acecha la felicidad. El hecho de que George lo pronuncie parece calmar los impulsos de Lennie, quien se alborota cada vez que escucha a su compañero nombrar sus deseos.

Hay que decir que los hombres huyeron de otro sitio debido a que cierta conducta de Lennie provocó un escándalo que estuvo a punto de costarles la vida, pues pretendían lincharlos.

Ahora llegan a otro rancho, con unas horas de retraso. La instrucción para Lennie es clara: no debe hablar con nadie ni meterse en líos. Si hace esto último deberá ocultarse en ese matorral junto al río y esperar la llegada de George.

Al presentarse en el nuevo rancho poco a poco van conociendo a sus compañeros: desfilan el viejo Candy y su también vetusto perro; Crooks, un peón que está aislado debido a que es negro; Curley, el hijo del patrón, engreído y que está casado con una atractiva mujer que sueña con ir a Hollywood, causante de más de un problema.

En el rancho los hombres se divierten con algunos juegos; sus distracciones consisten en inventarse competencias, en esperar el fin de mes para ir al pueblo y gastarse el dinero en el burdel. De todo ello se van enterando George y Lennie.

El plan de ambos es reunir suficiente dinero para comprarles la granja a unos ancianos. Al entablar cierta amistad con Candy, éste se ofrece como socio: cuenta con cientos de dólares que puede invertir en el proyecto. George y Candy trabajarán, mientras que Lennie cuidará a los conejos…

Así se reparten los sueños. Luego Crooks, al enterarse, también se anima. Ofrece sus brazos para trabajar. Pero no siempre resulta como se planea…

La novela en sí es breve, se lee de un tirón. Steinbeck creó una obra con diálogos memorables. Sin embargo, pese a la aparente sencillez de la historia, hay cualquier cantidad de simbolismos. Destacan el racismo: el negro Crooks está segregado, no debe hablar con nadie ni nadie debe acercarse a él. La esposa de Curley es el símbolo del «mal» representado en la mujer, el origen de las tragedias. Candy es el hombre que aún aspira a soñar, pero está imposibilitado para trabajar. Curley, el hijo del patrón, es el poderoso: soberbio, prepotente y dispuesto a manipular toda ley en contra de los pobres.

George y Lennie representan el espíritu de la amistad, pero también desempeñan el papel de los hombres que aspiran a materializar sus sueños, aunque siempre hay alguna traba que los devuelve a una realidad que no alcanza para vivir.

Aunado a lo anterior, no se sabe a ciencia cierta qué tipo de relación llevan ambos personajes; se desconoce el origen de su unión, qué los llevó a estar unidos en todo momento…

Nos encontramos ante la sociedad resumida en un pequeño grupo de individuos.

El final de la novela es de antología. Si el lector busca alguna historia inolvidable para este fin de año, De ratones y hombres no lo defraudará.

Lunes, 12 Noviembre 2018 05:03

La rebelión

Hace tiempo hojeaba un libro de Ricardo Garibay: Feria de letras (Nueva Imagen, 1998), un conjunto de diez textos en los que comparte sus reflexiones acerca de temas diversos como lo cotidiano y el amor, así como sus pasiones literarias.

En el texto «Tres» trata sobre Daniel Toscan du Plantier, Herman Melville, Fátima Mernissi, Josefina Estrada, Joseph Roth y Shusaku Endo. El mexicano da pistas para seguir la huella de estos autores con su peculiar estilo: unas veces soberbio, otras arrogante, pero siempre directo.

Cuando leí los párrafos dedicados a Joseph Roth (1894-1939) me brincó una afirmación del hidalguense: «Ya ni quien se acuerde de Joseph Roth […] Se le señala, junto a Broch y Musil, entre los mayores escritores centroeuropeos de este siglo [el XX]; sorprendentemente, sus obras se reeditan todavía y ya no le interesan a nadie».

Es curioso, pero el mismo año que murió Garibay (1999) nació Acantilado, una editorial catalana que, hoy en día, podría desmentir al «samurái de la literatura» –como lo llamaban algunos– respecto de esa afirmación: ha publicado al menos veinte obras del escritor austríaco, más la correspondencia que sostuvo con otro par suyo, Stefan Zweig (1881-1942), con éxito.

Hay que resaltar que Acantilado no sólo se ha dedicado a reeditar la obra de Roth, sino que despertó el interés de los lectores para con el autor de La leyenda del santo bebedor.

Pues bien, esta semana mi recomendación está relacionada con este escritor. La lectura que propongo es La rebelión (Acantilado, 2008), una novela de 148 páginas que fue publicada originalmente en 1924.

La obra cuenta la historia de Andreas Pum, un excombatiente de guerra que se mantiene fiel al gobierno y a sus políticas. Por ser lo que es, se cree merecedor de un reconocimiento oficial. El gobierno lo condecora y le otorga una licencia para tocar el organillo, al salir del hospital militar.

Hay que decir que Andreas Pum sufrió la pérdida de una pierna durante la guerra. Así va por el mundo, orgulloso de su licencia y feliz de poder llevar música por las calles de Viena. Se trata de un hombre más bien honrado, acaso ingenuo, que acata sus creencias religiosas y el «orden» que rige al mundo.

Sin embargo, cierto día se enfrenta a un incidente en el tranvía, al tener un desencuentro con un hombre industrial y con mayor rango social que él. Ese incidente lo lleva a la cárcel, donde surge, precisamente, la rebelión a la que alude el título.

Resulta que, en prisión, Andreas se ve sumergido en pensamientos e ideas que antes nunca tuvo. Es acechado por alucinaciones y pesadillas que lo hunden en una especie de locura; reniega de lo que antes estaba convencido y obedecía con sumisión. En pocas palabras: cambia radicalmente su visión del mundo.

Joseph Roth retrata la crueldad de la burocracia y cómo los gobiernos suelen dar trato de delincuente a las personas que carecen de recursos. Porque Andreas es un hombre pobre, perdió una pierna en la guerra, se enamoró de una mujer, recorrió las calles de Viena con su organillo para «ganarse la vida» y terminó en prisión solo porque en su vida se cruzó un individuo con cierto poder que lo envió a la cárcel. Es una crítica a la crueldad, la corrupción y el horror de la sociedad con un estilo realista.

Se trata de una novela que revela la necesidad del cambio en la sociedad, pero que al mismo tiempo deja entrever la cantidad de obstáculos a los que habrá de enfrentarse para consumarse la rebelión. Es, sin duda, una obra que merece un lugar en las bibliotecas personales.

De Joseph Roth hay mucha información en la red que crece día con día debido al interés que aún despiertan su obra y su vida misma. En el texto de Garibay aludido en un principio, el mexicano recuerda: «Judío, entre pobrezas y alcohol vivió en París desde 1933, y allí murió borracho. La caída del imperio austrohúngaro y el ascenso del nazismo lo llenaron de desesperanza».

Volvamos, pues, a Joseph Roth.

Lunes, 29 Octubre 2018 05:22

Palomar

Durante millones de siglos los rayos del sol se posaronen

el agua antes de que existieran ojos capaces de recogerlos.

 


Calvino, en Palomar

 


La literatura italiana es una de las más sólidas en todo el mundo. Nombres como los de Dante y Virgilio se erigen como cimas en las letras universales. Pero no nada más en literatura: Italia ha legado a la humanidad creadores inmortales de música, escultura y pintura, por ejemplo.

Antonio Tabucchi, Grazia Deledda, Alessandro Baricco, Antonio Moravia, Luigi Pirandello, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese e Italo Calvino son algunos ejemplos de la grandeza de la literatura italiana del siglo más reciente. Y es justamente una obra del último la que me permito recomendar esta semana.

Hay que mencionar que Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, Cuba, en 1923. Allí trabajaba su padre, un italiano agrónomo que regresó a su país en 1925, junto con su familia.

Calvino cultivó los géneros de cuento, novela y ensayo, principalmente. Todos con mucho éxito, dado que además de ser un enorme escritor, fue un importante intelectual que puso en el centro de la atención temas como la educación, los clásicos o el aborto (leer carta de Calvino a Claudio Magris acerca de este último tema).

Mucha de la ficción del autor se centra en la cotidianidad. Por ejemplo, me referiré a Palomar (2001, Siruela; traducción de Aurora Bernárdez), una novela cuyo protagonista es un hombre entrañable.

El señor Palomar es un individuo que gusta de partir de un elemento externo para hacer de éste un microcosmos internalizado que lo lleva a reflexionar durante lapsos prolongados. Así, durante sus vacaciones en la playa siente la necesidad de observar el nacimiento de una ola, pero no ver la forma del agua y la espuma nada más. «En una palabra, no se puede observar una ola sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla y los otros igualmente complejos que provoca» (p.20).

Palomar es primordialmente un observador (en la nota preliminar, Calvino señala que el nombre lo tomó de Mount Palomar, el observatorio astronómico de California); el más mínimo detalle es para él motivo para interiorizar.

Durante un recorrido por la playa, el señor Palomar se encuentra a una mujer tendida en la arena, con los senos descubiertos. Al pasar a su lado, mira los pechos, pero pronto considera que la joven pudo haberse sentido ofendida. Ante ello, trata de integrar los senos en un todo, en el paisaje mismo para no violentar la intimidad de la bañista. Luego vuelve a pasar con el fin de conseguir la integración del paisaje.

Sin embargo, no queda satisfecho con ese segundo intento y decide volver al sitio donde está la muchacha. Entre reflexiones acerca de los senos, Palomar observa que la muchacha se levanta de golpe al notar que la rondaba. Se va molesta. «El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar» (p.25) al resignarse a la partida de la chica.

La novela está dividida en varias partes. El lector se entera de las vacaciones de Palomar, sus impresiones de cada detalle. Luego asiste al jardín del protagonista, donde se entera de que el césped es un universo muy complejo del que se puede admirar hasta la punta de cada planta. Somos testigos del amor de dos tortugas que se entregan ante la mirada esquiva del señor Palomar.

Con el hombre miramos los planetas y reparamos en la materia de la que están formados; somos invitados de primera fila al espectáculo de las estrellas; toleramos la invasión de los estorninos; acudimos de compras al supermercado e incluso lo acompañamos a Tula, Hidalgo, a contemplar las esculturas prehispánicas y a admirar la cultura del México antiguo.

Palomar es un libro entrañable. La trama pasa a segundo término: importan los universos y el lenguaje. Porque en esta obra, Calvino da muestra de su capacidad poética para contar historias y crear un personaje inolvidable como lo es el señor Palomar.

Lunes, 22 Octubre 2018 07:06

¿Acaso no matan a los caballos?

Me matarán. Se perfectamente lo que dirá el juez.

En su mirada adivino que estará satisfecho en decirlo…

 


H. M.

 


La industria del entretenimiento ha sabido lucrar con las necesidades y los sueños de las personas, convirtiéndolos en concursos-espectáculos cuyo juez, en la mayoría de los casos, es el público, que paga para mantener a su candidato favorito en competencia.

A través de los reality shows, la televisión ha encontrado la fórmula para mantener a los espectadores pegados a las pantallas durante dos horas o más, en el caso de los concursos. En este sentido, los participantes directos se ven sometidos a una selección que desde el principio denigra a quienes aspiran a obtener cierto beneficio económico o para que se cristalice su deseo o necesidad.

En el proceso de selección se designa un número a cada persona: es decir, el sueño del aspirante se reduce a una cifra. De ahí se realiza el filtro y se elige a quienes, durante algunos meses, mantendrán los niveles de audiencia en un parámetro que permita a la televisora hacerse de anunciantes y patrocinadores cuyas ganancias son exorbitantes en comparación con el premio a entregar.

Esta semana mi recomendación se trata de una novela que ejemplifica lo denigrante que suelen ser algunos concursos: ¿Acaso no matan a los caballos? (Universidad Autónoma de Puebla, 1988), del estadounidense Horace McCoy (Tenesse, 1897-Beberly Hills, 1955).

Publicada originalmente en 1935, la novela relata la historia de Gloria y Víctor, dos jóvenes que se conocen en Hollywood a comienzos de la década de los años treinta, cuando la Gran Depresión golpeaba de lleno a la sociedad norteamericana en diversos aspectos.

Ante la crisis, miles de jóvenes se vieron obligados a cambiar de ciudad en busca de una mejor vida. Tal es el caso de los protagonistas de esta novela. Ambos llegaron a la meca del cine con la intención de introducirse en dicha industria para mejorar su situación de vida.

No obstante, ni Gloria ni Víctor tienen suerte; ella pretende formar parte del mundo de la actuación, mientras que él tiene el deseode convertirse en un director. No cualquiera, sino el mejor director.

Las dificultades para hacerse de un empleo orillan a la pareja a participar de un concurso de resistencia de baile que se celebrará en un salón ubicado junto a la playa. El premio es de mil dólares, pero lo que lo hace atractivo para los competidores es que mientras se mantengan en competencia, los organizadores les ofrecerán comida y alojamiento gratis, además de breves descansos cada día.

Conforme avanza el certamen se narran episodios de la vida de Gloria y de Víctor, aparecen diversos personajes, todo enfrascado en un entorno violento que retrata la vida de los estadounidenses en el interior del edificio.

Sin embargo, las parejas se vuelven un espectáculo, el concurso en sí está diseñado para llamar la atención del público y, poco a poco, se dan cita actores y actrices de la época, directores de cine y otras personalidades cuya presencia atrae a más curiosos y vuelve la competencia algo más rentable.

Para hacer que más famosos y más consumidores vuelvan los ojos a dicha competición, los organizadores buscan hacerla más atractiva. Ante ello deciden montar carreras en las que deben participar las parejas. De esta forma, la narración toma aires asfixiantes, líneas y descripciones que el lector sufre y siente la presión, la humillación a la que son expuestos los competidores. Hay cuerpos sudorosos que se desplazan por toda la pista, casi sin fuerza; algunos caen, otros se agotan.

Una de las reglas de estas carreras consiste en que si un integrante de las parejas requiere atención médica, su compañero debe dar una vuelta extra a la pista para compensar la ausencia del otro. Terminan deshechos. En cada carrera, el último lugar queda descalificado del concurso.

Casi novecientas horas de baile. Durante todo este tiempo ha habido cualquier cantidad de carreras, incluso una boda. Sí, el enlace matrimonial se convierte en un gancho de los organizadores, que se acercan a las parejas para preguntar quién está dispuesto a casarse.

La atmósfera es irrespirable. Todo el ambiente emana violencia. Entre los participantes hay criminales buscados por la policía. Pobres entreteniendo a ricos. Someterse a pruebas grotescas, denigrantes, sólo porque no hay otras oportunidades…

Esto es ¿Acaso no matan a los caballos?, de la que se realizó una versión cinematográfica titulada Danzad, danzad, malditos (1969), dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Jane Fonda y Michael Sarrazin.

Esta cinta fue nominada en nueve categorías al Oscar, pero sólo obtuvo la de Mejor Actor de Reparto (Gig Young).

¿Acaso no matan a los caballos? es una novela breve (126 páginas en la citada edición), con una prosa ágil que se deja leer de forma fluida, aunque hay escenas que de pronto cortan el aliento. Se trata de una historia que nace de la esperanza y desemboca en una tragedia que no deja indiferente al lector.

Lunes, 15 Octubre 2018 05:17

Manhattan Transfer

Chicas y chicos se empujan magreándose

[…]

hasta que las ráfagas de un domingo

muerto les soplan polvo a la cara,

el polvo de un crepúsculo borracho.

 


La Generación perdida es un grupo de escritores nacidos en Estados Unidos hacia finales del siglo XIX y principios del XX, con cierta influencia europea. Se la denomina así porque les tocó vivir fases creativas «perdidos» en el periodo de entreguerras y participaron de conflictos bélicos.

Los nombres más destacados de este grupo son los narradores William Faulkner (1897-1962), Ernest Hemingway (1899-1961), John Steinbeck (1902-1968), Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) y John Dos Passos (1896-1970), así como el poeta Ezra Pound (1885-1972).

Si hay que agregar algo respecto de su importancia es que los tres primeros fueron Premios Nobel en los años 1949, 1954 y 1962, respectivamente, además de que figuran entre los escritores más importantes del siglo XX en lengua inglesa.

Algunas características de la Generación perdida son –principalmente– el pesimismo y una fuerte crítica a la guerra y su inutilidad, a la voracidad del capitalismo, así como a lo que los políticos de la actualidad llaman «desarrollo» y «progreso».

La recomendación de esta semana es una novela que gira en torno a estos conceptos: Manhattan Transfer (Bruguera, 1980), de John Dos Passos.

Esta novela fue publicada en 1925, es decir, cuatro años antes del inicio de la Gran Depresión estadounidense. Con maestría, el autor anticipa las catástrofes económica y social que devinieron tras el crack financiero del 29.

La estación Manhattan Transfer sirve a Dos Passos como metáfora para desarrollar la que es considerada –quizás– su mejor novela, pues en aquélla, como en todo paradero del transporte público, confluyen personajes que se cruzan de forma constante o que nunca más se vuelven a ver.

El escenario es la ciudad de Nueva York de los años veinte. No sirve nada más como telón de fondo, sino que el escritor hace de ella un personaje, acaso brutal: devora seres y sus sueños un día sí y el otro también; luego los regresa al mundo como almas grises, despojadas de toda esperanza: hombres y mujeres completamente desolados.

La historia de la novela no está centrada en un personaje en sí, sino más bien en la masa en su conjunto: Dos Passos entrega un collage en el que nos da cuenta de los sueños y las aspiraciones de un montón de personas que creen que en Nueva York hallarán –y lo llevarán a sus vidas– el ideal de bienestar.

Con base en estas motivaciones es que cada ser fluye a través de párrafos y párrafos; sin embargo, Dos Passos no permite profundizar en la vida de los personajes, pues en cuanto el lector comienza a saber algo más, llega el cambio repentino, los espacios en blanco en las hojas como símbolo del vacío.

En la obra hay jóvenes que anhelan hacer dinero, mujeres que buscan alcanzar la felicidad, suicidas, obreros, políticos, sindicalistas; seres atormentados que beben alcohol, pese a la prohibición… Éste es un elemento de la crítica de Dos Passos hacia la sociedad norteamericana de su tiempo; sabe que, pese a la falsa transparencia en la política de ese país, la corrupción es uno de los tantos defectos sobre los que está cimentada la democracia estadounidense.
La novela no es corta (472 páginas en la citada edición), pero se lee a buen ritmo; está escrita con una técnica de alguna forma innovadora del autor en cuanto al collage que ofrece al lector a través de cientos de páginas.

El ritmo se mantiene, pese a que no existen momentos de tensión ni hay una trama que exija la atención del lector, aun cuando sólo algunos de los personajes vuelven a aparecer, años después, ya en desgracia. Muchos son presentados y pronto desaparecen, sin saber nada más de ellos. De otros nos enteramos de sus fracasos. Porque, en el fondo, es una novela de fracasos, de la soledad como único recurso para encarar la derrota frente a una sociedad que exige materializar los sueños para comprobar el éxito.

En esta obra encontramos a un John Dos Passos pesimista, pero a la vez desengañado de las falsas ventajas del progreso y demás mentiras. Sin embargo, como todo gran pesimista, deja un resquicio para que se cuele la esperanza.

Otras obras destacadas de este autor son: Tres soldados (1921), novela de corte antimilitar; la trilogía U.S.A., conformada por las novelas El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), entre otras.

Lunes, 08 Octubre 2018 05:33

Por un bistec

–¡Con qué buenas ganas me comería un bistec!

–murmuró en voz alta, cerrando los enormes

puños y escupiendo entre dientes un juramento.


J. L.


El boxeo es, junto con el futbol, acaso el deporte más popular del mundo. O por lo menos en México lo es. Es una actividad añeja, de siglos. Hay personas que opinan que el boxeo es salvaje y violento. Sin duda, hoy en día se trata de un negocio que está por encima del deporte. Todo lo que lo rodea –excesos, corrupción, engaño– ha hecho de este antiguo deporte un espectáculo más que hoy en día atraviesa por una crisis no únicamente de credibilidad, sino de talentos.

Pero algo hay en el box que apasiona a millones. En el cine existen diversos ejemplos para ilustrar el gusto por esta actividad. El más conocido es Rocky y sus numerosas secuelas, aun cuando Silvester Stallone aprovechó el cine para realizar propaganda proyanqui y antirrusa en torno a su personaje en la cuarta cinta.

También está Toro salvaje, protagonizada por Robert de Niro, quien encarna al boxeador Jake La Motta y cuya actuación le valió un Oscar como Mejor Actor.

Hay más ejemplos en el cine. Sin embargo, en literatura existen, a mi parecer, los mejores exponentes que describen este deporte. Escritores como Hemingway, Bukowski, Ricardo Garibay, Cortázar –entre muchos otros– se han visto seducidos por el pugilismo. Acaso el primitivismo nos lleva a admirar el intercambio de golpes, el llamado a la violencia. No sé. El caso es que una buena pelea altera el ritmo cardiaco, la sangre fluye y todos nos volvemos expertos en la materia.

Esta semana mi recomendación gira precisamente en torno a ese deporte. Me refiero a «Por un bistec» (Alianza Cien/Conaculta, 1994), del estadounidense Jack London (1876-1916), quien fue un notable aficionado del deporte de los puños.

«Por un bistec» es un cuento que se centra en la figura de Tom King, un boxeador veterano hundido en la miseria, prácticamente retirado. Aunado a ello, tiene una esposa y una hija a las que debe alimentar.

Cierto día le ofrecen combatir contra un joven que aspira a ser figura mundial. Tom King ni se lo piensa mucho y acepta la propuesta: de ganar, obtendrá una suma de dinero que le permitirá alimentar a su familia y paliar un poco la miseria de la que es objeto.

Con maestría, Jack London relata los momentos previos al combate, lo que piensa el hombre que sólo ve en esa oportunidad una manera de fugarse un poco de la condición tan adversa en la que está sumido. Diríase que uno escucha el rugido estomacal de Tom, se conmueve con los deseos de ese hombre que sólo busca alimentar a los suyos.

El relato no es una apología de la juventud ni un reclamo a la vejez. Por el contrario, se trata de un golpe maestro de la voluntad de vivir. La narración de London de esa pelea es de lo mejor que se ha escrito en torno al deporte que mueve masas.

Acudimos al drama de Tom King en carne y hueso: se respira su pasión, se suda su miedo, su vitalidad, su energía que se escapa. Incluso uno recibe los golpes que le dan. Es el encuentro del boxeador que fue contra el boxeador que pretende ser. Sí hay una lucha entre el ser joven y el ser viejo, pero entre lo más destacable del relato están la atmósfera, el ambiente que se vive, el drama, la situación de Tom y de su familia: esa ilusión del hombre y de su esposa de que él gane y pueda llevar comida a casa. Todo en el texto es encomiable. Me parece que difícilmente alguna película podría superar lo que Jack London consiguió en «Por un bistec».

Este escritor nacido en San Francisco, California, no debe su fama a esta obra, sino a novelas como Colmillo Blanco y La llamada de la selva, por citar acaso las más conocidas.

London padeció una fuerte adicción al alcohol; su obra es relativamente extensa, pero su vida –quizás– fue corta: se suicidó a los 40 años.

Mucha de su obra puede encontrarse fácilmente en internet, incluido el cuento que me he permitido recomendar.

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