Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 09 Marzo 2020 05:15

KAPUTT

El nombre de Curzio Malaparte parece que otra vez resuena, poco a poco, en el mundo de los lectores. Si bien no es un autor conocido en todos los sectores en la actualidad, hacia la segunda mitad del siglo XX gozó de fama entre los bibliófilos en lengua española.

Hay que decir que Curzio Malaparte fue el seudónimo utilizado por Kurt Erich Suckert, nacido en Prato (cerca de Florencia), Italia, el 9 de junio de 1898, fallecido en Roma el 19 de julio de 1957.

Periodista, escritor, diplomático e incluso director de cine, Curzio adoptó el apellido Malaparte en referencia a Napoleón Bonaparte: «Napoleón se llamaba Bonaparte y terminó mal; yo me llamo Malaparte y terminaré bien», decía.

A los dieciséis años se involucró en asuntos militares. En 1918 fue herido durante la Primera Guerra Mundial en Francia y ello le valió recibir las medallas de honor italiana y francesa.

Curzio Malaparte fue corresponsal de guerra del periódico Corriere della Sera (Correo de la Tarde). Su lucha en el conflicto bélico que duró de julio de 1914 a noviembre de 1918 le permitió hacerse de relaciones que a la postre le sirvieron para escribir sus obras más importantes: Kaputt (1944) y La piel (1949).

El italiano estuvo en varios países durante la Segunda Guerra Mundial. Hacia la aparición del fascismo, el escritor abrazó esa ideología, pero fue durante un periodo más bien corto, ya que, al conocer ese pensamiento, decidió abandonarlo e incluso se lanzó a la yugular del mismísimo Benito Mussolini. Al paso de los años, se convirtió al comunismo y también dedicó varias críticas a Hitler.

Su personalidad polifacética y camaleónica le permitió conocer lo mismo que a generales nazis que a víctimas del nazismo. En Kaputt hay varios de los testimonios más crudos de la Segunda Guerra Mundial de primera mano, vistos por Malaparte, quien supo introducirse hasta las entrañas del conflicto gracias a que poseía permisos especiales.

No obstante, como prólogo de Kaputt (vocablo alemán que significa roto, hundido, deshecho, destruido) hay unas notas de Curzio en las que da cuenta de las dificultades que enfrentó para poder escribir esa obra, desplazarse con ella, terminarla y publicarla. Es una novela-testimonio de la guerra, acaso de las más crudas muestras de los horrores de ese conflicto que se cobró millones de vidas.

Está dividida en cinco partes: «Los caballos», «Las ratas», «Los perros», «Los pájaros» y «Los renos». Cada una es una especie de sala en un museo del horror; en ellas, el autor se muestra como un guía que nos lleva a conocer las atrocidades y el terror de la guerra. Sin embargo, existen pasajes de la novela con un alto contenido poético, con imágenes poderosas y dotadas de una belleza que dan fe de la capacidad literaria que tuvo Curzio Malaparte.

Entre los capítulos de Kaputt uno se encuentra con las formas como la alta alcurnia nazi se expresaba de los judíos; imágenes y sonidos del invierno en una de las regiones más frías del norte de Europa; la alegría que provoca un par de botas nuevas entre soldados deshechos anímicamente; la inocencia de los niños en la antesala de la muerte; la sensibilidad de un matrimonio para impedir que sus hijos sepan que están en guerra y enfrentar los bombardeos con ánimo festivo, con tal de que los infantes no sufran; la tristeza de las esclavas sexuales…

En fin, la obra comprende un conjunto de experiencias que marcan la vida de un lector y permiten conocer otra parte de esos años terribles del siglo XX mediante un estilo que a veces puede parecer lento, pero que a la larga da una gran recompensa al lector: estar ante una obra honesta, antibelicista y repleta de sensibilidad.

Así pues, Kaputt es mi recomendación de esta semana. Es una novela un tanto extensa pero que se deja leer; gozó de una enorme fama mundial y contó lectores por miles hacia las décadas de los sesenta y setenta; pero la voz de Malaparte se apagó poco a poco.

Sin embargo, hay que destacar que una voz como la del italiano no se extingue de buenas a primeras. Por ello, y ante la real importancia de su obra, la editorial Galaxia Gutenberg se ha encargado de reeditar Kaputt y La piel; además, Tusquets (Baile en el Kremlin y otras historias, El Volga nace en Europa, Don Camaleón y Diario de un extranjero en París) y Sexto Piso (Muss, el gran imbécil) han contribuido con reediciones recientes a hacerle justicia a uno de los autores que supo narrar los horrores de la guerra con una sensibilidad encomiable.

Otras obras del autor son Técnicas del golpe de Estado (1931), Sodoma y Gomorra (1931), Malditos toscanos (1956), entre otras.

A propósito de Kaputt, a manera prólogo, él mismo refirió: «El personaje principal es KAPUTT, es decir, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra mejor que la que titula este volumen […] podría dar a entender lo que es ahora Europa, y, por consiguiente, nosotros; un montón de escombros» (p. 10).

 

 

 

Lunes, 02 Marzo 2020 08:30

Las tiendas de color canela

Desde su autorretrato, Bruno Schulz

nos mira como pidiéndonos perdón por

 tanta enigmática y desesperada belleza.

Ernesto Ayala-Dip

 

Bruno Schulz pertenece a la estirpe de los escritores que, una vez que han pasado una temporada en el olvido, resurgen con tal fuerza que su figura no deja de crecer entre aquellos que se adentran en su obra.

Nacido en Drohobycz en 1893, el polaco fue víctima de un destino cruel, al ser asesinado por un oficial nazi e1 19 de noviembre de 1942, en venganza porque el nacionalsocialista que «protegía» a Schulz mató al «judío» del futuro verdugo de Bruno.

Estamos en el primer tercio del año. A estas alturas aún hay quienes se plantean propósitos y uno de ellos suele ser el de leer más; incluso hay retos lectores en los que se plantea algún tipo de lectura cada mes.

Mi recomendación de esta semana es precisamente un libro de Bruno Schulz: Las tiendas de color canela (1934; Debate, 1991).

La obra de Schulz es más bien escasa: publicó un par de libros de ficción, artículos y algunos otros textos relacionados con artes plásticas. Durante mucho tiempo estuvo olvidado, pero numerosos seguidores han hecho que la figura del llamado «Kafka polaco» resurgiera con una fuerza demoledora que hoy en día no solo abarca el campo de la literatura, pues Bruno también fue un dibujante, pintor, artista gráfico y, sobre todo, uno de los tres vanguardistas que transformaron la literatura polaca –los otros son Witold Gombrowicz y Stanisław Ignacy Witkiewicz.

Schulz, como Kafka, coloca a su padre en el centro de su obra. Sin embargo, a diferencia del checo, en Bruno no hay miedo ni odio sino, en todo caso, una especie de compasión.

Si habría que definir con una sola palabra la obra de Schulz, podría ser la de fascinante. En Las tiendas de color canela nos encontramos ante una serie de textos que bien pasarían por relatos o por una novela cuyos hilos conductores de la trama son Jakub –el padre de Schulz– y el pueblo en sí, del que apenas si salió Bruno durante su vida.

Así pues, Jakub es un hombre enclenque que, con el paso del tiempo, fue rebasado por la enfermedad hasta verse reducido a casi nada.

Dueño de una tienda de paños, se regía por la idea del envilecimiento de la humanidad y su degradación. Por ello estaba en constante búsqueda de salvar al mundo entre las sombras de su tienda e incluso desde la soledad de su casa, siempre ante la mirada del niño Bruno y la preocupación de la madre de este.

En «Los pájaros» encontramos al Jakub de cuerpo entero. Cierto día comenzó a adquirir huevos de aves de todo el mundo en una tienda del pueblo; su idea era rescatar del desastre a todas las especies en una habitación ubicada en la parte alta de su casa.

Pasaba días al cuidado de los huevos y de la incubación. Tanto era el tiempo que dedicaba a dicha tarea, que llegó el día en el que el propio Jacob parecía un pájaro y la habitación se volvió un desastre.

En el «Tratado de los maniquíes», el padre, enfundado en la figura de demiurgo, reúne a un auditorio de jovencitas a quienes dirige una serie de ideas relacionadas con la Creación. Después de mencionar su discurso en torno a la fallida obra del demiurgo acerca del ser humano, Jakub anuncia la segunda creación del Hombre, ante la mirada de fascinación por parte de las muchachas.

No obstante lo anterior, la figura del padre se veía reducida ante Adela, la asistente doméstica capaz de hacer perder la razón a Jakub con el solo movimiento de un dedo índice, tal como si lo agitara en el aire. Entonces el hombre huía despavorido, humillado en sus teorías y conocimientos.

Esta sumisión del hombre ante la figura femenina se ve reflejada no solamente en los textos de Schulz, sino en sus dibujos, donde a menudo él mismo aparece a los pies de alguna mujer.

«Las tiendas de color canela» aborda la fascinación del niño por el descubrimiento de las tiendas del pueblo. Hace un recorrido por los espacios, que describe desde la visión del artista plástico: he aquí una de las mayores virtudes del autor, que por momentos llena de luz las oraciones y en seguida baja el tono hasta dejar en penumbras al lector, siempre con una belleza en cada palabra.

En «La calle de los Cocodrilos» Schulz explora el mundo desde el erotismo. Esa calle es justo donde se reunían las prostitutas. La narración traslada al lector al tiempo presexual del propio Bruno, que por momentos se agita ante lo desconocido y el temor y el insulto brotan como una forma de defensa.

Queda, pues, la recomendación para quienes estén en busca de un autor único y apasionante como Bruno Schulz.

 

 

 

Lunes, 24 Febrero 2020 05:31

El Ministerio del Dolor

Uno de los episodios más trágicos del siglo XX tuvo que ver con la desintegración de Yugoslavia. Las diferencias étnicas, religiosas y políticas desencadenaron un conflicto bélico que dejó miles de civiles muertos, desplazados y exiliados.

El exilio por cuestiones políticas fue una constante entre artistas del siglo pasado, ante la cantidad de guerras, invasiones y golpes de Estado que tuvieron lugar en decenas de países alrededor del mundo. El conflicto que fragmentó Yugoslavia no fue la excepción.

Uno de estos casos lo encarna la escritora y ensayista Dubravka Ugrešić (Zagreb, Croacia, 1949), quien, en 1989, se unió a un partido que rechazaba la independencia de Croacia y se declaró antibelicista. Ello provocó fuertes críticas hacia su persona durante la guerra de principios de los noventa. Así pues, la postura de Ugrešić la convirtió en «antinacionalista», «traidora» y «bruja», que derivó en su partida de esa nación balcánica, en 1993.

En el extranjero, la escritora ha sido catedrática en universidades de diversos países y ha escrito desde el exilio. En español se han publicado sus novelas El museo de la rendición incondicional (Alfaguara, 2003), El Ministerio del Dolor (Anagrama, 2006) y Zorro (Impedimenta, 2019); los ensayos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004) y los artículos y ensayos No hay nadie en casa (Anagrama, 2009).

En El Ministerio del Dolor (traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek) hay una carga nostálgica que es narrada por el personaje central: Tanja Lucić, una profesora que consigue una plaza de interina para impartir la materia de lengua y literatura serbocroatas en Ámsterdam.

Tanja deberá enfrentar a un grupo conformado por alumnos que también son exiliados, todos provenientes de la ex-Yugoslavia. Para poder permanecer en esa ciudad, los estudiantes deben obtener buenas notas, por lo que la profesora les asegura que las tendrán apenas al iniciar el curso.

Sin embargo, de pronto, las clases se convierten en prácticamente terapias de grupo: todos están despojados de su pasado, de sus hogares, de sus familias y de sus amigos… Queda la nostalgia para compartirla, los recuerdos para tratar de reintegrar la nación que no existe más.

Y resulta que de ser yugoslavos se convierten en serbios, bosníacos, croatas, etc. El cambio es radical y muy rápido, sin tiempo para asumir y asimilar la pérdida. Por eso, a través de pláticas y remembranzas, Tanja intenta contener el dolor y la ira que se han acumulado en algunos muchachos de la clase.

En esta novela, que posee una prosa con una fuerte carga poética, Dubravka Ugrešić reflexiona respecto de los orígenes, la identidad de las personas; es asimismo un grito de dolor contra la pérdida de la patria, del hogar, y la imposibilidad de hacer escuchar su voz para una posible reconciliación entre todos y cada uno de los involucrados.

En la segunda parte del texto hay un cambio generado por uno de los personajes y sus quejas contra Tanja Lucić por su sistema pedagógico. Ello permite que el lector se adentre en el mundo de algunos clásicos de la literatura de los Balcanes, a través de un recorrido histórico de las letras de una región rica en cultura y todas las formas de expresión.

El Ministerio del Dolor es una novela que se deja leer, que invita a reflexionar acerca de ciertas posiciones y grupos políticos que, más que beneficiar, terminan por dividir sociedades, separar familias y contar muertos como si de simples números se tratara.

 

 

 

 

Lunes, 17 Febrero 2020 05:24

El Ruletista

No confío mucho en las campañas que las grandes editoriales lanzan para hacer publicidad a tal o cual autor y su más reciente obra. No es un secreto que cada nuevo libro es presentado como «una obra diferente que rompe con los géneros establecidos» o que el autor en turno «es dueño de una voz que no se parece a la de nadie más».

Considero que a veces es preferible pasar de largo en la mesa de novedades de las grandes librerías. Hace algunos meses, el sello español Impedimenta emprendió una campaña a favor de uno de sus escritores estrella: el rumano Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), a propósito de Solenoide, su más reciente obra.

La crítica coincide en que Cărtărescu es un autor de muy altos vuelos y que con la aparición de un libro nuevo el lector es el más beneficiado. Además lo mencionan como un fuerte candidato a recibir el Nobel.

El problema para acceder a estos autores muchas veces tiene que ver con lo económico, pues no se trata de libros que estén al alcance de todos. Sin embargo, hay oportunidades para hacerse de alguna obra, ya sea en ferias u otros eventos de promoción de la lectura.

Esta semana me sumo a las voces que admiran al escritor rumano. La recomendación es un relato que estuvo prohibido en la Rumanía de Ceaușescu y que no vio la luz sino años después: El Ruletista (Impedimenta, 2010; traducción de Marian Ochoa de Eribe).

El narrador es un escritor de ochenta años que, postrado en un sillón, acaso espera la muerte mientras unos versos de Eliot lo acompañan: «Concede el consuelo de Israel/ A uno que tiene ochenta años y no tiene mañana».

Durante sesenta años ha escrito. Ahora se dispone a contar la historia del Ruletista, un mendigo que amasó una fortuna y que siempre tuvo la osadía de retar a la muerte.

En viejos sótanos de la ciudad, en medio de ambientes decadentes –cucarachas, cerveza de mala calidad, jarras viejas, hombres que ven en la muerte el mayor de los espectáculos–, se realizan eventos que reúnen a unos cuantos seres en torno a la figura de algún ruletista: el hombre que se juega la vida en la ruleta rusa.

El narrador confiesa que «he asistido a cientos de ruletas y he visto en muchas ocasiones una imagen indescriptible: el cerebro humano, la única sustancia verdaderamente divina, el oro químico donde se encuentra todo, esparcido por las paredes y por el suelo, mezclado con esquirlas de hueso» (p. 32).

Conoció a «El Ruletista», el individuo que se ganó la atención de todos los aficionados a esa práctica y que de plano terminó con el negocio de otros que, como él, se jugaban la vida.

Pero un revólver con un cartucho ya no era tan atractivo. ¿Qué tal con dos? Reducir la posibilidad de sobrevivir al jalar el gatillo. Si no es suficiente, tres cartuchos al tambor, incluso cuatro…

Odiado y amado, el hombre se ganó la admiración incluso de damas finas. La presencia de éstas convirtió a la vieja práctica en una actividad con cierto prestigio: de los sótanos decadentes, «El Ruletista» brincó a salones más bien lujosos. Siempre con la risita previa a jalar el gatillo y el desplome que le seguía.

El narrador reitera que conocía al héroe desde la niñez. Escritor de prestigio, recuerda que incluso lloraba porque perdía dinero al apostar a favor de la muerte, entre la admiración, la envidia y el asombro de un hombre que retó de más al azar.

«El Ruletista» es apenas una probada de la, sí, muy poderosa voz de Mircea Cărtărescu, uno de los autores europeos con más reconocimiento de la actualidad y que, a juzgar por este relato, tiene bien merecida la fama de escritor de culto que en cada palabra coloca la cantidad necesaria de pólvora para que, llegado el momento, explote el texto en las manos del lector.

Las probabilidades de sobrevivir en la literatura son ciento por ciento efectivas. «Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es “leído”.» Así pues, el narrador se asume un personaje de la propia historia que cuenta; desde su ancianidad, aspira a algo: «Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea tan solo un personaje secundario pero, para un hombre que afronta el final de su vida, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre».

 

 

 

 

Lunes, 27 Enero 2020 05:21

El ejército iluminado

¿Alguien imagina a un profesor algo deschavetado arengando a sus alumnos para iniciar una lucha que permita a México recuperar Texas? Pues bien, David Toscana (Monterrey, 1961) sí lo hizo: he ahí una de las dos líneas que siguen la ruta de su novela El ejército iluminado (Tusquets, 2006), que me permito recomendar esta semana.

De entrada hay que decir que la narración comienza por el final de la historia, o sea, con la muerte de Ignacio Matus, el personaje principal: un antiguo maratonista convertido en profesor de un instituto para niños y jóvenes con algún tipo de discapacidad, principalmente intelectual.

El año es 1968, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Matus está al frente de un grupo de jóvenes y niños a quienes trata de inyectar ánimo para que se sumen a su lucha antiyanqui: el profesor detesta a los gringos por la historia con México, pero hay en el fondo otro motivo. A saber.

Año 1924. París. Los juegos olímpicos se celebran en la capital francesa. El joven maratonista Ignacio Matus no pudo asistir debido a que el gobierno mexicano no le pagó el boleto de avión. Sin embargo, ello no quebranta su entusiasmo y decide que sí correrá la maratón, pero a su modo: en Monterrey, trazando una ruta y acompañado por sus amigos Román y Santiago, dos divertidos personajes con los que jugará dominó, décadas más tarde, todas las noches, y que en aquel momento lo siguen en un caballo para darle detalles del tiempo que lleva en su competencia.

Al llegar a la meta que el propio Matus trazó, sus amigos le dicen cuánto tiempo hizo: 2:47:50. «¿Es bueno?, pregunta Román. Matus resopla, no quiere ser cuestionado, desea una frazada porque tanto cansancio da frío» (pp.100-101).

No hay noticias de París, tardan en llegar. Matus, Santiago y Román se enteran bajo el balcón de las oficinas de un periódico, después de insistir. Matus superó al estadounidense que ocupó el tercer lugar en la competencia oficial; es decir, la medalla de bronce le corresponde a él. Los tres hombres celebran.

Con el tiempo, Matus se sintió robado por el gringo que obtuvo el bronce en 1924. Ése fue el origen de su aversión a los yanquis y que intentó propagar entre sus alumnos, hacia 1968, año olímpico en México.

Cierto día, el profesor fue despedido del instituto debido a sus formas de dirigirse a los alumnos. Pero principalmente por la acusación que la madre de uno de ellos hizo llegar al director del instituto, que decidió echar a Ignacio Matus.

No obstante, el despido no hace mella en el ánimo del profesor; por el contrario, inicia una campaña para reunir gente que quiera sumarse a su ejército con el firme propósito de recuperar Texas.

Una mañana se instaló en la calle, cartulina en mano, con la convocatoria abierta para todo patriota que desee pasar a la historia al llevar a cabo la gesta heroica que les espera.

Hay que decir que Matus es el tutor de Comodoro, un gordo que estudia en el instituto del que echaron al profesor y que además es un personaje sumamente divertido al tiempo que doloroso.

Comodoro se encarga de juntar voluntarios entre sus compañeros. Así, poco tiempo después, le dice a Matus que ya cuenta con muchos valientes para emprender el camino hacia el río Bravo y saltar del otro lado para «hacer más grande la patria».

Serían seis soldados a las órdenes del ahora general Ignacio Matus, pero Caralampio fue abandonado debido a que tardó mucho tiempo en el baño. Así pues, al «ejército iluminado» lo conforman cinco personajes entrañables, junto con el profesor.

En primer lugar está Comodoro, un gordo fantasioso que imagina las batallas que emprenderá en Texas: se ve héroe nacional, el «Frijol Invencible» temido por los soldados gringos.

Luego está Azucena, la futura esposa de Comodoro (logran el acuerdo nupcial en el camino). Es una chica presta a brindar caricias, a respetar a su esposo y dirigir a buen puerto las órdenes que le sean dadas.

También va Cerillo, un niño que es encomendado por su madre para la guerra, pese a que lo quiere más que a sus otros hijos. Aletargado, viste trajecitos blancos con corbatín azul y se queda dormido en cualquier sitio donde se acomode.

Ubaldo es un «artista extático» dado a dibujar cualquier cosa y convencido de disparar contra el enemigo bajo la circunstancia que sea.

El ejército es completado por el Milagro, un chico tembloroso que repasa las clases de matemáticas y nadie le dirá que ocho por once no son cuarentaidós. Sobrevivió a un accidente automovilístico en el que falleció su familia, pero él sufrió daño cerebral. «Soy un milagro porque mientras hubo necesidad de meter a tres Margáin en féretros finamente adosados, yo sólo pasé un mes desvanecido en cama y un día desperté tan intacto como todos estábamos en el kilómetro 35…» (p. 92).

A bordo de un automóvil que consiguió Román, ese ejército de iluminados parte de Monterrey, convencido de que devolverá Texas a México. Luego, cuando el auto ya no puede seguir en el camino, suben a una carreta que es tirada por una mula.

Se trata una novela de aventuras por momentos; Matus es un «Quijote» invencible, sí, un general de triste figura que encabeza una misión que depara situaciones muy cómicas, pero también un trasfondo desolador que hace de El ejército iluminado una obra para disfrutar desde la primera página y un desenlace que hará brotar en los labios del lector una amarga sonrisa.

 

 

Lunes, 20 Enero 2020 05:02

Tres cuentos

El cuento es uno de los géneros más cultivados entre los escritores mexicanos. Hay una tradición bien arraigada que parte desde la oralidad, ya sea a través de leyendas que los viejos contaban a los niños o por historias aparentemente comunes que resultan ser joyas de la cuentística.

La lista de cuentistas mexicanos destacados es larga; sin embargo, a botepronto se pueden soltar algunos nombres de grandes exponentes del género: Juan Rulfo, José Revueltas, Juan de la Cabada, Juan Vicente Melo, Beatriz Espejo, Amparo Dávila, Inés Arredondo, por citar algunos de los más representativos del siglo XX.

La recomendación de esta semana es justamente un libro breve, pero sustancioso, escrito por uno de los escritores mexicanos más reconocidos del pasado siglo: Tres cuentos (Joaquín Mortiz, 1964), del jalisciense Agustín Yáñez (1904-1980).

Quizás las novelas Al filo del agua y Las tierras flacas son los trabajos narrativos más destacados del autor; sin embargo, Tres cuentos no es una obra menor, pues se trata de tres piezas de la mejor cuentística mexicana.

Las historias que reúne este volumen están unidas por el lenguaje coloquial, que seduce al lector desde las primeras frases.

El primer cuento, «La niña Esperanza o El monumento derrumbado», es narrado por un niño que descubre el primer acercamiento a la muerte. Esperanza es una mujer acaso enigmática del pueblo que despierta lo mismo amor que odio de parte de los vecinos.

Desde la angustia, el narrador cuenta las horas en las que el ambiente se llena de rumores acerca de la salud de Esperanza, a quien jóvenes y hombres consideran «un monumento», pero que también tiene sus detractores y son precisamente éstos los que despiertan enojo en el niño que cuenta su admiración/amor por la mujer, desde su ingenuidad.

La segunda historia, «Las avispas o La mañana de ceniza», narra cómo en un día, un hombre –director de una escuela desde hace varios años– pierde todo su reconocimiento de conducta estricta y severa.

A saber, huraño por convicción, cierto día, después del trabajo, acude al lugar de siempre para tomar su merienda. Sin embargo, es abordado por tres individuos de quienes acepta su compañía únicamente porque les debe favores y lo ensalzaron al grado de que se sintió cómodo con su presencia.

Después, ciertos actos del individuo echarán por la borda todo ese pasado ejemplar por el que tenía el respeto de los alumnos y profesores de la escuela que dirige.

Por último se encuentra «Gota serena o Las glorias del campo», otra historia narrada por un niño en la que cuenta la visita que su familia realiza a familiares del campo.

Además de la riqueza del lenguaje, destaca el flujo de creencias que había –acaso hay– entre ciertos sectores de la sociedad: «–No vean tanto la luna: les cae gota serena». Así inicia el cuento, que llevará al lector a recorrer los caminos que la familia del narrador transita desde la ciudad para llegar al pueblo donde ya es esperada, siempre rodeados de un halo de superstición.

El niño conoce el mal y la crueldad durante su viaje, pero también tiene un acercamiento a la naturaleza que lo embelesa.

A demás de ser una obra breve y accesible para todo tipo de lector, Tres cuentos es una joyita del género en nuestro país.

 

 

 

Lunes, 06 Enero 2020 06:46

Los bosnios

En este espacio me he referido más de una vez a la Guerra de los Balcanes de la década de los noventa del siglo XX. Ya en otras ocasiones he intentado reseñar obras de autores de esa región que abordan, de forma directa o indirecta, aquel conflicto que marcó a millones de personas, ante la indiferencia del mundo.

Lunes, 30 Diciembre 2019 05:02

Hijo de hombre

Cuando se escucha o se lee algo acerca dela literatura latinoamericana, invariablemente suelen brincar los mismos nombres de siempre: Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Luis Borges, etc.

Se trata de esas figuras que se engrandecieron con el llamado boom latinoamericano, que permitió exportar obras de esta parte de América hacia Europa y su posterior difusión en buena parte del mundo.

Sin embargo, hay otros nombres cuyas obras e importancia parecieran no tener el alcance de los ya citados, pero que tienen tanta –o más, si me apuran– calidad que aquéllos. Me refiero a Roberto Arlt, Antonio Di Benedetto, Macedonio Fernández, Felisberto Hernández y Juan Carlos Onetti, por citar algunos.

Y hay un nombre más: Augusto Roa Bastos (1917-2005), un escritor paraguayo que en 1989 fue galardonado con el Premio Cervantes.

La de Roa Bastos es una obra medianamente desconocida, pero no por ello menor. Cuentista sin par, ya en sus relatos dejaba entrever a un narrador fascinante, de altos vuelos, y que a raíz de la publicación de su primera novela ganó adeptos allende las tierras paraguayas.

Hijo de hombre (Promexa/Alfaguara, 1979) fue publicada en 1960, aunque el autor realizó modificaciones, en la década de los ochenta, y narra los inicios del siglo XX en Paraguay, hasta la Guerra del Chaco (1932-1935), un conflicto entre ese país y Bolivia, en el que el propio escritor participó.

Hay que destacar que buena parte de la sociedad paraguaya es bilingüe (el guaraní es su lengua oficial), ello implica que tenga una especie de pensamiento dual.

Con base en lo anterior, no es extraño que en Hijo de hombre el lector encuentre referencias de ese tipo. Pero no se trata de una novela histórica académica: la voz de Roa Bastos es potente, dotada de un lirismo que la convierten en una de las plumas cumbres de nuestro continente.

En Hijo de hombre hay varias historias, saltos temporales y de lugar. Es una historia compleja en la que el autor hace un recuento particular de Paraguay que desemboca en la región latinoamericana vista como la universalidad y su inducción forzosa al «orden mundial», al mundo del «progreso», con toda la dolorosa transición que ello implica.

La estructura de la novela no es lineal, ni sencilla, pero sí resulta una lectura agradable: el lector se percata, ya desde la primera frase, que se está ante un narrador espléndido: «Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte».

La riqueza de personajes es otra de las virtudes del autor, la forma de entrelazar sus historias, la belleza empleada en el lenguaje, muy a pesar de lo declarado por el propio Roa Bastos, en el sentido de que con esta obra antepuso la sinceridad a la belleza.

La del paraguayo no era –no es– una obra para figurar en los medios, para dictar las ideas del bien y del mal. No. La del escritor es, en sus propias palabras, una «literatura militante de la realidad humana». Ante todo, se trata de un autor regido por la congruencia de ideas.

Hay que destacar también que Hijo de hombre es la novela que abre una trilogía «sobre el monoteísmo del poder», que la siguen Yo el Supremo (1974) y El fiscal (1993).

La obra en cuestión –Hijo de hombre– es una síntesis del proceso al que fueron sometidos los pueblos originarios, al sufrimiento de esas sociedades que han sido –siguen siendo– aplastadas para despojarlas de sus riquezas, de sus tierras, de sus lenguas, de sus amores, de sus ideas…

Hijo de hombre es una muestra clara de la riqueza de la literatura latinoamericana, del escritor comprometido –de los que escasean, hoy en día– con las causas que de lo particular evocan a un grito universal.

Augusto Roa Bastos se erige como uno de los grandes escritores americanos del siglo XX y la referida novela no deja dudas al respecto.

Aprovecho el espacio para enviarles saludos a los lectores y desearles todo lo mejor para este 2020, que llegará dentro de dos días.

¡Hasta el próximo año!

 

Augusto Roa Bastos huyó de Paraguay en 1947, perseguido por el dictador Alfredo Stroessner. Volvió hasta 1996.

La primera edición de Hijo de hombre apareció en 1960, bajo el sello de Losada.

 

 

Lunes, 16 Diciembre 2019 05:18

El honor perdido de Katharina Blum

Un país vale a menudo lo que vale su prensa

Albert Camus

Cada vez que se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa (3 de mayo), comunicadores y políticos se reúnen en eventos en los que no faltan los discursos de estos últimos acerca de la importancia de contar con libertad para informar, aun cuando ellos mismos suelen coartar ese derecho y se inclinan hacia la censura para ocultar lo que no quieren que se sepa.

Ahora bien, del otro lado de la moneda, cabe preguntar: ¿qué tan ético es valerse de la «libertad de expresión» para destruir la vida de una persona?

En pleno siglo XXI, el periodismo inquisitivo relacionado con temas de justicia aún se practica y no son pocos los medios de comunicación que cuentan con reporteros y editores que pretenden hacer las labores de ministerio público o de jueces a la hora de «informar» a la sociedad.

Exhibir a personas detenidas o asesinadas a través de medios de comunicación es una práctica común a lo largo y ancho de nuestro país: basta detenerse en cualquier puesto de periódicos y revistas para comprobar que el sensacionalismo forma parte del día a día en las calles.

Este asunto de usar la «libertad de expresión», puntualmente, para dañar la imagen de alguien que es señalado de cometer algún delito pone en desventaja a las personas detenidas frente a los periodistas que gustan de enjuiciar y de ejercer un supuesto poder para influir en la percepción de la sociedad, que a su vez contribuye a degradar la comunicación y la propagación de un periodismo que a estas alturas tiene un tufo rancio y se contrapone a la ética que un comunicador –en el papel– debe tener.

A propósito de dicho tema, la recomendación de esta semana gira en torno a esas formas desfasadas de hacer «periodismo» y que no respetan ningún derecho de los ciudadanos.

En el año de 1974, el escritor alemán Heinrich Böll (1917-1985; Nobel de Literatura, 1972) publicó una novela corta titulada El honor perdido de Katharina Blum (Las 100 joyas del milenio/Noguer y Caralt, 1999; traducción de Helen Katendhal).

Basada en un caso real, aborda la historia de Katharina, una joven alemana que goza de respeto y seguridad moral entre quienes la conocen y cuya vida transcurre en la más absoluta tranquilidad y alejada de la vida social.

Este personaje se dedica a trabajar en casas de matrimonios mayores; debido a que no hace vida en las calles –su madre está enferma, en un hospital–, su ensimismamiento y encierro le permiten acumular algo de dinero, con miras a un futuro sin carencias.

Sin embargo, cierto día es invitada a una fiesta de carnaval por un par de amigas que logran convencerla para asistir. En esa fiesta, Katharina conoce a un hombre que está señalado de haber participado en actos terroristas; siente una atracción hacia él, lo que provoca que ambos pasen la noche juntos en la casa de la mujer.

Este hecho deviene en actos que terminarán por afectar de forma irreparable la vida de Katharina Blum. En primer lugar, la policía se entera de que el hombre buscado durmió con la chica y, a la mañana siguiente de la fiesta, agentes llegan al domicilio de la muchacha. Pero no encuentran al individuo: ella, Katharina, lo ayuda a escapar.

A raíz de este hecho, un periodista que trabaja para un medio sensacionalista se encarga de arruinar la vida de la chica: difunde mentiras acerca de ella, entrevista a personas con las que Katharina trabajó y tergiversa las opiniones para publicarlas; inventa situaciones y pone a la mujer frente a una sociedad que no se toma la molestia de dudar respecto de la información que se publica en ese medio.

La actuación del reportero provoca que la vida de Katharina se destruya. Incluso, el tipo contacta a la madre de la muchacha, la visita en un hospital y, luego de ese encuentro, la señora fallece. Este acto termina por derrumbar a Katharina, quien, sin nada más que perder, se comunica con el reportero para ofrecerle una entrevista exclusiva que culminará con una sorpresa que el lector debe descubrir.

Heinrich Böll no sólo fue uno de los máximos exponentes de la literatura alemana de postguerra, sino también se convirtió en un férreo defensor de los derechos humanos y se atrevió a cuestionar a la Iglesia católica –él era católico– por su papel durante la Segunda Guerra Mundial.

El honor perdido de Katharina Blum es una novela vigente que nos invita a reflexionar respecto del papel de la prensa sensacionalista y su colaboración –indirecta, si se quiere– con la violencia en nuestro país, así como a cuestionar las formas de las que se valen muchos medios y reporteros para el tratamiento de asuntos más allá de sus límites, pues ello los coloca como violadores de derechos humanos.

Böll es un autor para tomarse en serio. Entre sus obras también destacan ¿Dónde estabas, Adán? (1951), Billar a las nueve y media (1960), Opiniones de un payaso (1963) y Retrato de grupo con señora (1971), por citar algunas.

 

 

 

 

Lunes, 09 Diciembre 2019 05:13

El libro vacío

Cuentan que en 1958, una mujer se presentó a la imprenta donde estaban a punto de imprimir su primera novela. Se dice que le solicitó al encargado que detuviera la impresión porque tenía ciertas dudas y debía hacer unas correcciones a la obra.

Otro día, una vez más, la mujer llegó a la imprenta. Como en la ocasión anterior, pidió que se detuvieran para hacer algunas correcciones. El libro le fue devuelto, hizo los cambios y lo entregó a la imprenta.

Cierto día se volvió a presentar. Sin embargo, en esta ocasión, el encargado le negó la obra, al tiempo que le dijo que si seguía corrigiendo la novela terminaría por arruinarla. Entonces, la novela se imprimió; su autora, una tal Josefina Vicens, no tenía idea de lo que acababa de entregar a la literatura mexicana: El libro vacío.

Ésta es una de las novelas más importantes que se han gestado en México. Hoy en día, Josefina Vicens es apenas conocida (aunque hay esfuerzos por colocarla en el lugar que se merece) y su obra se ubica en las cumbres de la literatura mexicana.

Como Rulfo, únicamente publicó dos libros de ficción que le valieron la eternidad en el mundo literario de este país que a veces se niega a reconocer las grandes obras y se empeña en anteponer otras, de amigos para amigos.

El libro vacío (1958; SEP/Lecturas Mexicanas, 1986) es una narración en primera persona de José García, un contador de 56 años que vive atrapado en la rutina de su trabajo y en el encierro de su casa. Un hombre «gris» que se rechaza a sí mismo: «No me gusta mi cuerpo: es débil, blando, insignificante. No, no me gusta» (p. 48).

Cierto día, este hombre decide escribir. Para ello adquiere dos cuadernos; en uno escribirá su rutina, contará su vida, los hechos que lo han marcado; lamentará su mediocridad y su poca capacidad para escribir… En el otro planea transcribir lo que le parezca más valioso para convertirlo en un libro, que sin embargo permanece en blanco.

A través de la historia conocemos pasajes de la vida de José. Por ejemplo, cómo a los catorce años sostuvo una relación con una mujer de cuarenta. O cómo cayó en infidelidad pocos años antes de decidirse a escribir.

Vicens aborda el tema de la imposibilidad de crear, de escribir. Porque José García escribe en su cuaderno, pero no en el libro. Es decir, escribe pero no escribe. Todos sus apuntes los considera eso y nada más, aun cuando su historia va tomando forma. He ahí la grandeza de la novela, su importancia en México: es la primera vez que se aborda dicha temática en las letras nacionales.

El personaje reconoce la necesidad de escribir. Luego, convencido de que no es posible crear, decide no volver a escribir. Pero recae: «He tenido una pequeña victoria. Hoy hace exactamente ocho días que no escribo. Esta recaída es sólo para consignarlo» (p. 53).

José busca desprenderse de la cotidianidad a través de la literatura. Su vida le resulta vacía como para habitarla día a día sin respuesta a esa «nada».

Con El libro vacío, Josefina Vicens entregó una novela redonda cuya importancia radica no sólo en la innovación, sino en el hecho mismo de que estaba convencida de que no se podía escribir nada.

«¡No soy escritor! No lo soy; esto que ves aquí, este cuaderno lleno de palabras y borrones no es más que el nulo resultado de una desesperante tiranía que viene no sé de dónde» (p. 44), dice José García, seudónimo que, precisamente, alguna vez utilizó Josefina, la gran escritora Josefina Vicens, aun cuando hoy su nombre no es mencionado entre las «estrellas» de nuestra literatura, pese a la importancia de su brevísima obra.

A propósito de ello, a pesar de la buena crítica que recibió El libro vacío, Vicens no se animó a publicar otra obra sino veinticuatro años después, cuando en 1982 apareció Los años falsos (Martín Casillas Editores), la segunda y definitiva novela de esa escritora que prevalecerá en las letras mexicanas, pese al olvido al que la han querido destinar algunos.

 

 

 

logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.