Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 03 Agosto 2020 06:33

Sin lengua

Hablar de literatura rusa es adentrarse en un mundo fascinante. La aportación de Rusia a la cultura universal es invaluable, no sólo por sus enormes escritores, sino en el arte en general. 

En el apartado «El siglo de oro de la narrativa rusa» del libro De la realidad a la literatura (Ariel, 2002), Sergio Pitol señala: «Quizás sea Rusia el único país en el que la novela nace ya con obras maestras» (p. 27). 

Cuando se piensa en ello, invariablemente surgen autores clásicos como Dostoyevski, Gógol, Tolstói, Chejov, Pushkin, por citar algunos ejemplos. No obstante, hay otros menos conocidos pero cuya calidad no está a discusión: Leonid Andréyev, Izraíl Métter, Vasili Grossman, Andréi Platónov o Vladímir Korolenko, herederos de una tradición incomparable que legó al mundo obras inmortales en los géneros de novela y cuento (también en poesía, pero ése es otro tema). 

Algunos de estos autores galoparon entre los siglos XIX y XX, es decir, la transición entre el siglo de oro y el de plata de la literatura rusa, tan vasta y apasionante –quizás– como ninguna otra. En este sentido gira la recomendación de esta semana, precisamente para conocer a otro autor de los que permanecen acaso ocultos, a la sombra de los gigantes mencionados líneas arriba. 

Me refiero a Vladímir Korolenko (1853-1921), considerado un discípulo de Turguénev y maestro de Gorki, y su novela Sin lengua (Barataria, 2011; traducción de Luis Abollado Vargas). 

Korolenko escribió esta obra en 1895, tras haber realizado un viaje a la Exposición de Chicago de 1893. Esa experiencia lo marcó en el sentido de que el viaje le permitió conocer la miseria en la que vivían los campesinos rusos en Estados Unidos. A raíz de tales impresiones se decidió a escribir la novela. 

La historia inicia en una aldea ucraniana, de donde son originarios los personajes principales, Matvéi e Iván. La hermana del primero recibe una carta de su esposo a través de la que la llama a viajar a su lado, en Estados Unidos. No obstante, Matvéi rechaza la idea de que viaje sola y por ello decide acompañarla, junto con Iván. 

Los problemas comienzan en el momento de abordar el barco, puesto que los hombres no cuentan con el billete para embarcarse, por lo que la joven se va sola. Sin embargo, es en la siguiente salida cuando ambos parten hacia «el país de la libertad». 

Korolenko es un autor espléndido; sabe mezclar toques de humor con escenas de tristeza. Así, en el viaje, el lector descubre poco a poco la capacidad del escritor para contar la historia. 

Entre los mareos y el mal humor de Iván y las reflexiones de Matvéi, el viaje transcurre sin contratiempos. Pero ocurre que un hombre muere a bordo y su hija, única acompañante, debe enfrentarse al mundo sola. Anna, la chica, es abordada por Matvéi cuando éste se percata de que la joven parece tener pánico ante la multitud y lo incierto del futuro. 

Después de días en el mar, a lo lejos observan la figura de una mujer con una antorcha encendida en lo alto. Hay gritos, felicidad, lágrimas entre los viajeros. Pero Anna parece ser presa del miedo a la inmensidad, sola en el mundo. 

Pasada la emoción de la llegada, Matvéi convence a Anna para que lo acompañe. Junto con Iván, consiguen alojarse en la casa de un judío ruso que vive de ese negocio. El traslado del puerto a la vivienda cuenta con algunas escenas y diálogos cómicos, ante las reacciones de los aldeanos que recorren las calles de Nueva York. 

No obstante, también se desvela una crítica a la sociedad estadounidense, que ya a finales del siglo XIX daba muestras de su deshumanización, particularmente la neoyorquina: seres preparados para aplastar al otro con tal de alcanzar un objetivo; hombres y mujeres a la caza de infortunados a los que puede explotar a cambio de miserables sueldos; personas sin más intereses que el espectáculo… 

Con el paso de los días, Anna es instalada en la casa de una anciana rusa que la recibe como empleada doméstica a cambio de poca paga; Iván, por su parte, muy pronto se deja seducir por la sociedad de Nueva York, a tal grado que comienza a avergonzarse un poco de sus raíces y a interesarse por la «cultura» yanqui. 

Matvéi, un gigante barbado de ojos azules que calza botas enormes, es el único que siente tristeza por lo que vive ahora. Hay momentos en los que lo invade la nostalgia y se ve en medio de un mar de gente que no lo entiende: ello lo convierte en un hombre «sin lengua». 

Debido a que se pierde en la ciudad, Matvéi se ve involucrado en una serie de sucesos que van de lo cómico a lo trágico. Uno de los hechos que marca su futuro es un mitin de obreros que termina en una riña monumental donde el buen Matvéi muele a golpes a un policía luego de que éste lo golpea en la cabeza con la porra. 

A raíz de ese suceso, los periódicos se refieren al extranjero como «el salvaje» o «una amenaza a la civilización»… Pero nadie comprende lo que el ruso siente y es juzgado únicamente por su aspecto: resulta inverosímil que un hombre de su tamaño pueda ser bondadoso, como un niño. 

Debido a que es buscado, algunos obreros lo apoyan y viaja a otra ciudad, no sin antes rondar por una Nueva York ajena y hostil. 

Matvéi representa la nostalgia por la patria donde se creció, en tanto que Iván es el desapegado que pronto olvida sus raíces. Korolenko consigue entregar una historia enternecedora, en partes cómica y en otras el lector siente indignación por el trato que dan a Matvéi, un personaje inolvidable que hace de Sin lengua una novela digna de la gran literatura rusa. 

 

 

 

Lunes, 27 Julio 2020 05:03

Palomar

La literatura italiana es una de las más sólidas en todo el mundo. Nombres como los de Dante y Virgilio se erigen como cimas en las letras universales. Pero no nada más en literatura: Italia ha legado a la humanidad creadores inmortales de música, escultura y pintura, por ejemplo. 

Nombres como los de Antonio Tabucchi, Grazia Deledda, Alessandro Baricco, Antonio Moravia, Luigi Pirandello, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese e Italo Calvino dan cuenta de la grandeza de la literatura que se ha creado en Italia durante los recientes cien años. Y es justamente una obra del último la que me permito recomendar esta semana. 

Hay que mencionar que Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, Cuba, en 1923. Allí trabajaba su padre, un italiano agrónomo que regresó a su país en 1925, junto con su familia. 

Calvino cultivó los géneros de cuento, novela y ensayo, principalmente. Todos con mucho éxito, dado que además de ser un enorme escritor, fue un importante intelectual que puso en el centro de la atención temas como la educación, los clásicos o el aborto (leer carta de Calvino a Claudio Magris acerca de este último tema). 

Mucha de la ficción del autor se centra en la cotidianidad. Por ejemplo, me referiré a Palomar (2001, Siruela; traducción de Aurora Bernárdez), una novela cuyo protagonista es un hombre entrañable. 

El señor Palomar es un individuo que gusta de partir de un elemento externo para hacer de éste un microcosmos internalizado que lo lleva a reflexionar durante lapsos prolongados. 

Así, durante sus vacaciones en la playa siente la necesidad de observar el nacimiento de una ola, pero no ver la forma del agua y la espuma nada más. «En una palabra, no se puede observar una ola sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla y los otros igualmente complejos que provoca» (p. 20). 

Palomar es primordialmente un observador (en la nota preliminar, Calvino señala que el nombre lo tomó de Mount Palomar, el observatorio astronómico de California); el más mínimo detalle es para él motivo para interiorizar. 

Durante un recorrido por la playa, el señor Palomar se encuentra a una mujer tendida en la arena, con los senos descubiertos. Al pasar a su lado, mira los pechos, pero pronto considera que la joven pudo haberse sentido ofendida. Ante ello, Palomar trata de integrar los senos en un todo, en el paisaje mismo para no violentar la intimidad de la bañista. Luego vuelve a pasar con el fin de conseguir la integración del paisaje. 

Sin embargo, no queda satisfecho con ese segundo intento y decide volver al sitio donde está la muchacha. Entre reflexiones acerca de los senos, Palomar observa que la muchacha se levanta de golpe al notar que la rondaba. Se va molesta. «El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar» (p. 25) al resignarse a la partida de la chica. 

La novela está dividida en varias partes. El lector acompaña a Palomar en sus vacaciones, conoce sus impresiones de cada detalle. Luego asiste al jardín del protagonista, donde se entera de que el césped es un universo muy complejo del que se puede admirar hasta la punta de cada planta. Somos testigos del amor de dos tortugas que se entregan ante la mirada esquiva del señor Palomar. También conocemos a la señora Palomar. 

Con el hombre miramos los planetas y reparamos en la materia de la que están formados; somos invitados de primera fila al espectáculo de las estrellas; toleramos la invasión de los estorninos; acudimos de compras al supermercado e incluso lo acompañamos a Tula, Hidalgo, a contemplar las esculturas prehispánicas y a admirar la cultura del México antiguo. 

Palomar es un libro entrañable, sin duda. La trama pasa a segundo término: importan los universos y el lenguaje. Porque en esta obra, Calvino da muestra de su capacidad poética para contar historias y crear un personaje inolvidable como lo es el señor Palomar. 

 

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Italo Calvino es uno de los mejores y más entrañables autores del siglo XX. 

 

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El barón rampante y Las ciudades invisibles son dos de las grandes obras de Calvino. 

 

 

Lunes, 20 Julio 2020 05:20

El vampiro de almas

La literatura latinoamericana goza de un amplio público que ha sabido valorarla, no sólo en esta región del mundo, sino en otros continentes. Nombres como Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes –entre muchos otros– son escritores en lengua española conocidos gracias a la calidad de su obra. Sin embargo, la literatura brasileña es muy rica, pero suele pasar un tanto desapercibida, acaso por su lengua, el portugués, o quizá porque los propios brasileños no se sienten parte de Latinoamérica.

Brasil ha legado al mundo escritores de altísimo nivel y cuya riqueza de lenguaje convierte las obras en puro goce. Autores como Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908), Jorge Amado (1912-2001), João Guimarães Rosa (1908-1967), Clarice Lispector (1920-1977), Nélida Piñón (1937), Rubem Fonseca (1925-2020) o Dalton Trevisan (1925) son escritores con una vasta obra digna de ser leída.

En el caso de este último, es creador vivo que en realidad no goza de popularidad, pero existen algunas traducciones como para acercarse y comprobar la calidad de su obra.

En esta ocasión me voy a referir precisamente a Dalton Trevisan para la recomendación de la semana que inicia. En 1999, la Dirección General de Publicaciones del ya desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (DGP-Conaculta) publicó El vampiro de almas, una antología de cuentos de Trevisan con traducción, selección y prólogo de Regina Crespo y Rodolfo Mata.

Este autor es considerado un maestro del relato breve y el libro en mención es una muestra de ello. La edición consta de 140 páginas, en las que están distribuidos 28 relatos y una selección de textos brevísimos –no rebasan media página– que dejan entrever la alta calidad narrativa del brasileño.

La temática de los relatos varía; sin embargo, el autor muestra el «alma» brasileña, el carácter de un país a veces incomprendido y aislado de Latinoamérica por la lengua.

Uno de los primeros relatos del libro se llama «Cementerio de elefantes», en el que el lector se encontrará con un texto que cuenta cómo viven los que en México conocemos como teporochos. Trevisan menciona sus bebidas, sus andares, su desenlace de una forma admirable.

«Caso de divorcio» es protagonizado por un hombre que se entrevista con un abogado. A través de diálogos muy logrados, nos enteramos de que el viejo busca divorciarse de su esposa y cuenta al profesionista la que considera que es la causa para que se dé la separación. Es un texto cargado de humor.

En «El vampiro de Curitiba» nos encontramos con un relato narrado con lenguaje de favela, directo; un hombre describe a algunas mujeres que se topa en la calle, las ama, las toma, las posee… Es un flujo de impresiones con un tono acelerado, pero al tiempo directo y de una honestidad que hacen de éste, uno de los textos más emotivos del libro.

«Visita a la maestra» es el relato más extenso de todos –diez páginas–, en el que se cuenta la historia de un joven que acude a visitar a su maestra de la infancia. Es un encuentro emotivo y triste (Trevisan es un narrador que te lleva de la alegría a la tristeza en la misma línea). Entre remembranzas se les va la tarde. Salen a cenar. Regresan. Luego, Trevisan sorprende.

«Lamentaciones de Curitiba» es pura poesía. A través de tres páginas, el autor recorre sitios de esa ciudad mediante frases y frases cargadas de nostalgia y poesía. Una brillante muestra de la capacidad del escritor.

En «He ahí la primavera» se da cuenta de las últimas semanas de un anciano enfermo, su deseo de morir en primavera. Se cumple, sí, pero hay antes de ello una pequeña historia que nos regala Dalton.

Así, el lector se encuentra uno y otro relato. Hay prostitutas, hombres celosos, mujeres sumisas, individuos ingenuos… Pero también hay lugar para la perturbación: en «Míster Curitiba» nos enfrentamos a uno de los textos más difíciles. Difícil no por el estilo, sino por la historia que se cuenta: se trata de un encuentro sexual que provoca inquietud a la hora de leerlo.

Este libro es una muestra de la fuerza y emotividad de la literatura brasileña: sensual, directa, conmovedora… Es una antología que merece un espacio en las bibliotecas personales.

 

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Dalton Trevisan es considerado uno de los cuentistas brasileños más importantes. Pese a ello, no suele conceder entrevistas a medios de comunicación.

 

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Novelas nada ejemplares (Monte Ávila) es otro de los escasos libros de Trevisan que se han editado en español. Algunos de los textos de esta obra aparecen precisamente en El vampiro de almas.

 

Lunes, 13 Julio 2020 05:39

Bartleby, el escribiente

Herman Melville (1819-1891) es una de las figuras más representativas de la literatura estadounidense de todos los tiempos, pese a que en vida no gozó de la fama con la que cuenta ahora. Sin duda, su nombre está asociado a la más célebre de sus novelas, Moby Dick, publicada en 1851 y que hoy en día es una obra conocida mundialmente.

Sin embargo, hay otro texto de Melville que ha crecido en reconocimiento y le ha valido la admiración de escritores de la talla de Albert Camus, Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por nombrar tres ejemplos.

La obra en mención es Bartleby, el escribiente (Plaza & Janés, 1999). Publicado originalmente en 1853, de forma anónima, en la revista Putnam’s Magazine, se trata de un relato inquietante que, en la actualidad, es considerado una obra maestra del género.

La historia se desarrolla en una oficina de Wall Street, en Nueva York. El narrador es un abogado en retiro que tiene tres empleados –dos copistas y un recadero–: Turkey («Pavo»), Nippers («Pinzas») y Ginger Nuts («Bizcocho de Jengibre»), pero ya le resultan insuficientes para desarrollar las labores de la oficina, por lo que pone un anuncio para contratar a un escribiente más.

Así, aparece Bartleby, un hombre de figura «pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente respetable» que cumple con eficiencia las labores que le son encomendadas, desde su puesto, ubicado junto a una ventana.

No obstante, la percepción del abogado cambia cuando le solicita a Bartleby realizar una actividad diversa: analizar un documento entre los dos. Por respuesta, el trabajador dice: «Preferiría no hacerlo». Nada más.

A partir de entonces, el abogado (cuyo nombre se desconoce) es presa de la inquietud, de pensamientos que intentan analizar qué clase de persona es Bartleby. Porque éste continúa sus labores de forma eficiente, pero cada vez que el abogado le solicita algún trabajo que no sea el de escribiente, el protagonista se limita a su habitual respuesta. Les pide su opinión al respecto a los otros empleados, mientras trata de descifrar al extraño trabajador que le contesta «Preferiría no hacerlo» constantemente y del que descubre que nunca se retira de la oficina y ha hecho de ésta, su casa.

Después, el hombre termina por dejar de escribir. Agotada su paciencia, el abogado decide despedir a Bartleby, pero él rehúsa abandonar la oficina.

Decidido a no echarlo por la fuerza, el abogado opta por mudar su oficina, pero los nuevos inquilinos le reclaman la presencia del hombre extraño que no hace nada, que se limita a responder la misma frase todo el tiempo.

Después llega el desenlace para Bartleby, el final de su historia con un epílogo en el que el abogado trata de descubrir el origen del comportamiento de ese hombre; averigua sobre el anterior empleo del hombre e intenta asociarlo con su forma de ser.

Bartleby, el escribiente es considerado precursor del existencialismo y del absurdo (mediante una carta, Camus manifestó ser influido por Melville). De una forma muy original, anticipa el vacío existencial del que hoy en día es presa el individuo en una ciudad como Nueva York, entregada al amor por los dólares y desentendida de los hombres.

Además, existe una traducción de Jorge Luis Borges, de la que se ha dicho que el argentino le imprimió algo propio para romper con el estilo del siglo XIX y hacer del relato, algo más atractivo.

De la obra se han realizado diversas adaptaciones para el cine y la televisión.

A través de 115 páginas (varía el número, según la edición), el libro se lee de un tirón y crea una mezcla de desencanto, tristeza y una forma de agotamiento emocional. El lector se enfrenta a una obra conmovedora de principio a fin que puso en alerta al hombre que veía en el desarrollo una forma para acceder a la felicidad: Bartleby lanza un escupitajo en la cara.

 

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Desde muy joven, Herman Melville realizó viajes en barco que le significaron diversas aventuras que plasmó en su obra.

 

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En 1970 apareció una cinta basada en el texto de Melville y en la que Bartleby fue encarnado por el británico John McEnery.

 

 

Lunes, 06 Julio 2020 05:51

Diez años sin Juan Hernández Luna

El género negro y policiaco es considerado «literatura menor» por académicos e incluso por propios escritores. Sin embargo, autores de la talla de Dashiell Hammett, Jim Thompson, Raymond Chandler, Horace McCoy, entre muchos otros, han contribuido a que la novela policiaca goce de un nutrido público y adaptaciones cinematográficas la han llevado más allá de las páginas.

En México se tiene la costumbre de considerar que la literatura debe ser solemne y aquellos autores que rompen con ese molde son tachados de «escritores menores» e incluso son relegados del panorama literario. Hoy me referiré a un autor que forma parte de esos autores olvidados, pese a que cultivó la novela de buena forma y aportó su granito de arena para que la literatura mexicana sea reconocida a nivel internacional, en este caso, en la novela negra.

La repentina muerte del escritor Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962-Ibídem, 2010), a causa de un padecimiento renal, sorprendió a sus amigos y a sus lectores, el 8 de julio de 2010, cuando el novelista y guionista tenía 47 años de edad.

Hernández Luna creció en Ciudad Nezahualcóyotl, en condiciones adversas. Esta circunstancia le permitió identificar los problemas que se viven de forma cotidiana en las zonas marginales. Dicha situación derivó en un conocimiento de los bajos fondos, que a la postre se vio reflejado en su obra.

El estilo de este autor se caracteriza por el sentido del humor: el lector puede ir del asombro a la carcajada en una misma página. Aunado a ello, la pluma de Juan, conocido como el Cuervo, también cuenta con una carga poética que hacen de sus novelas, refugios placenteros.

Un ejemplo de este humor se encuentra en Quizás otros labios, que cuenta la historia de un antropólogo convertido en taxista y que se ve involucrado en crímenes y enredos con una alta carga de buen humor, cuya trama transcurre en la ciudad de Puebla.

Yodo relata la historia de una mujer que adivina el futuro y durante algunos años ha conseguido amasar una buena fortuna. Esta persona tiene un hijo que se convierte en asesino serial: al creer que los clientes de su madre quieren despojarla de su dinero, se dispone a acabar con la vida de estas personas. Es una obra que se lee de un tirón, por el lenguaje y la historia en sí misma.

Juan Hernández Luna obtuvo el Premio Hammett de Novela Negra en dos ocasiones: en 1997 por Tabaco para el puma y en 2007 por Cadáver de ciudad. Esta última es un ejemplo de que en el género negro se pueden encontrar novelas complejas, con calidad superior incluso a varias consideradas como «literatura mayor».

También de corte policiaco escribió Naufragios y Tijuana dream. Se salió del género con Me gustas por guarra, amor y Las mentiras de la luz. La segunda aborda los problemas y las fantasías de un hombre que se quiere convertir en escritor, en un gran escritor. Vive solo, en un departamento con goteras; su vida personal es un desastre y se ve obligado a deshacerse de los mejores libros de su colección para obtener dinero y sobrevivir. La vida va pasando y el hombre sobrelleva los días imaginando un buen inicio de la novela que quiere escribir y que lo saque del anonimato en el que vive.

Narrada con un tono nostálgico y en primera persona, Las mentiras de la luz deja ver a un autor no solamente dotado para cultivar la novela negra y la policiaca, sino que se trata de un escritor valioso para nuestras letras. Sin embargo, a la fecha está prácticamente olvidado, pese a que este miércoles 8 de julio se cumplirá la primera década de su partida.

En este sentido, la noticia de su fallecimiento apenas si hizo eco en algunos medios, a pesar de que, además de escritor, fue fundador de un ambicioso programa denominado Literatura Siempre Alerta, iniciado en 2005 en Nezahualcóyotl y dirigido a policías de esa ciudad mexiquense.

El programa consistía en hacer llegar libros a los agentes policiacos con la intención de concienciarlos en diversas problemáticas y dignificar la labor de los policías. Debido al éxito de las acciones, se consideró incluir el programa en la Iniciativa Mérida.

En estas actividades participaron escritores como Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II, entre otros. Además, Don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad se «tradujeron» a la clave policiaca para que los uniformados tuvieran un acceso más fácil a esas obras.

Juan Hernández Luna fue también un activista, un escritor comprometido con los sectores más desprotegidos que buscaba hacer de México, un país más habitable.

Nunca es tarde para recuperar a lo más valioso de nuestras letras. Si el lector se encuentra algún día con una obra –o más– del Cuervo, no dude en agenciársela porque entre sus páginas encontrará momentos de humor, de asombro y de calidad.

Sirva, pues, este espacio como un pequeño homenaje para recordar a Juan Hernández Luna, donde sea que esté.

 

Con Las mentiras de la luz, Hernández Luna se apartó del género policiaco.

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Además de los dos premios Hammett, concedidos en España, el Cuervo fue reconocido con varios galardones en México.

 

Lunes, 29 Junio 2020 05:37

Juego de azar

La risa es terapéutica, se sabe. Bajo esa premisa, la risa debería ser utilizada como antídoto para combatir la zozobra de nuestros días, para pintarle la cara a la terca realidad, que se empeña en ver desmoronadas nuestras esperanzas.

Hemos sido azotados por una pandemia que ha hecho estragos en el país y en prácticamente el mundo entero. Al tema económico se suman las afectaciones emocionales que han experimentado cientos de personas a raíz del encierro obligado. Si es que hubo posibilidades de encierro sin necesidad de salir de casa en busca del sustento y, con ello, elevar la probabilidad de contagiarse de esa cosa que ha puesto de cabeza al orbe.

Porque no es lo mismo aislarse de manera voluntaria, buscar la soledad por uno mismo y no que ésta sea una imposición. Ello merma en el ánimo, definitivamente.

Hay caras largas, pues, por doquier. Siempre he creído que así como la risa, la lectura es terapéutica. Si bien un libro puede ser visto como un objeto de lujo –sobre todo en estos días aciagos–, siempre queda abierta la puerta para acceder al muy vasto mundo de la literatura.

El humorístico es un género complicado de crear. Esta semana mi recomendación gira en torno a la figura del polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 1930-Niza, 2013), un autor del que ya he escrito en este espacio acerca de su novela El pequeño verano y el libro de relatos El árbol y que se trata de un maestro del humor surrealista.

En esta ocasión recomiendo leer Juego de azar (Acantilado, 2017), un volumen que contiene treinta y cuatro cuentos breves que no dejarán indiferente al lector. Por el contrario, lo hará soltar alguna carcajada de cuando en cuando.

En la obra de Mrożek es común encontrarnos con críticas al régimen comunista, situaciones grotescas y absurdas. Sus historias, llenas todas de un humor inteligente, generalmente acontecen en pequeños pueblos polacos.

Así, nos encontramos con el texto «Subir de categoría», que se desarrolla en un municipio que busca hacerse de fama internacional para atraer al turismo. Para ello, el alcalde considera importante contar con algún criminal que haga volver la vista hacia ese lugar. Hay un ladrón, pero de poca monta. Se les ocurre entonces que a ese ladrón lo entrenarán para volverse famoso y elegante. Sin embargo, el hombre cede a la presión que todo aquello le significa y termina por renunciar al pueblo.

En «La sanidad pública» el protagonista es un hombre que acude a los servicios médicos porque es necesario extraerle el apéndice. Después de llenar los formularios y demás, se somete a la cirugía. Sin embargo, al despertar, el apéndice sigue ahí, pero algo ha cambiado: ahora es una mujer. En medio de la confusión, explica para qué había acudido. Luego vuelve a someterse a cirugía. Pese a las especificaciones, despierta con otros cambios, mas no sin apéndice. Así transcurren varias cirugías de las que el protagonista convertido en mujer es atendido de casi todo, menos del mal que lo llevó al hospital.

En «El progreso y la tradición», una ciudad se enfrenta a la problemática que sucede a la llegada de la democracia, pues no saben cómo organizar el desfile con motivo del día nacional, ya que antes, durante la era comunista, se realizaba de cierta forma; pero ahora deben cambiar las cosas, sin saber cómo.

«El actor» transcurre en un cementerio, durante el entierro de un actor famoso. En la ceremonia, a otro actor, amigo del difunto, se le resbala de las manos un gorro de piel que va a dar sobre el féretro. No piensa dejarlo ahí. Para sacarlo, idea un discurso que le permite hacerse nuevamente de su objeto.

La historia que da título al libro, «Juego de azar», acontece en unas oficinas. Ocurre que el contable y el jefe del negociado comienzan a quedarse horas extras. Ambos son vistos casi como un ejemplo para el resto de los trabajadores. Sin embargo, un colega se entera de que se quedaban no para trabajar más, sino porque, cuando se quedaban solos, organizaban carreras de cucarachas. Así, se van sumando otros colegas, hasta que ocurre algo que da por terminada aquella actividad.

«El agujero en el puente» cuenta la historia de cómo dos pueblos se decían dueños de un puente que comunicaba a ambos sitios. Un día descubren que hay un hoyo en el puente, pero ninguno de los dos pueblos quiere hacerse cargo de cubrirlo. Hasta que un día llega un hombre que se dice comprador de agujeros y entonces la situación cambia.

Uno de los textos más divertidos se llama «El socio», cuyo narrador cuenta que deseaba venderle su alma al diablo. Cuando está por concretar el negocio, se decepciona al ver el diablo que se le aparece. Es un texto de apenas media página, pero muy divertido.

Cada relato de Juego de azar contiene una dosis de humor que, al cerrar el libro, permitirá al lector sentirse acaso más ligero y con un agradabilísimo sabor de boca.

 

 

 

 

Lunes, 22 Junio 2020 05:59

Café Titanic (y otras historias)

Cuando no sea más que un escritor, dejaré de ser escritor.

Albert Camus

En este espacio ya he recomendado la novela Un puente sobre el Drina, del Nobel (1961) yugoslavo Ivo Andrić (1892-1975), que es una obra monumental en la que se dan cuenta de la situación en los Balcanes durante tres siglos.

En esa novela el lector descubre la lucidez del autor, su capacidad para analizar la sociedad a la que perteneció, sin tomar partido por ningún bando de los involucrados en los diversos conflictos étnicos, religiosos, etc., que lo colocan en esa estirpe de escritores visionarios.

Esta semana la recomendación también es una obra de Andrić: Café Titanic (y otras historias) (Acantilado, 2008), un libro que contiene siete relatos ambientados en la primera mitad del siglo XX, con personajes judíos en todos ellos.

En la contracubierta del ejemplar está reproducido un fragmento del discurso que el escritor dio durante la ceremonia de aceptación del Nobel, en Estocolmo, el 10 de diciembre de 1961. En él, Andrić destaca el papel del escritor en la historia: «¿O acaso debería el narrador, por medio de su arte, ayudar a que los hombres nos conozcamos y reconozcamos? Quizá su vocación consista en hablar en nombre de aquellos que no tuvieron la habilidad para hacerlo, o que, aplastados por la vida, no hallaron la fuerza para expresarse».

Esto sale a colación porque, precisamente, en la obra que propongo leer esta semana Ivo Andrić recrea historias de judíos que han sido víctima de un odio irracional. De judíos sin voz, acallados, fuera del círculo de los privilegiados que no padecieron el aplastamiento.

El libro contiene siete relatos; el primero es «El cementerio judío de Sarajevo», en el que el narrador cuenta su visita a ese cementerio. Recorre algunas tumbas, menciona sus nombres; imagina la historia o lo que pudo ser de la vida de esos difuntos. En las lápidas sobresalen los decesos de 1941, durante la Segunda guerra mundial.

La narración se efectúa con un tono solemne, sin caer en cursilerías ni compasión por la compasión en sí. Hay un tono de alarma y hace un llamado: «…pienso en una defensa común que la humanidad, si quiere merecer este nombre, debe organizar contra todos los crímenes internacionales para erigir así un dique seguro y desquitarse de todos los asesinos de personas y pueblos».

En «Una carta de 1920», el narrador cuenta la relación de amistad que sostuvo con un alemán que desde niño vivió en Sarajevo. Resalta cómo los conflictos dividen a la sociedad aun cuando ésta ni siquiera estaba enterada de lo que los gobiernos le meten en la cabeza.

Éste es uno de los cuentos donde afloran la lucidez y la inteligencia de Ivo Andrić. En una parte del relato, el alemán envía una carta a su amigo bosníaco, después de años sin verse. El emisor habla de su forma de pensar, recuerda su pasado en Sarajevo; sin embargo, hay párrafos que colocan al autor como un visionario, en ese género denominado literatura de anticipación.

A saber, el alemán, que desde la infancia vio las cosas desde una mirada analítica, detalla que el origen de los conflictos en esa región del mundo es el odio: un odio irracional y al parecer innato que obliga a la sociedad a vivir en ambientes belicistas, rodeada de seres casi incapaces de sentir empatía con los que no son como ellos.

Sorprende que, con décadas de anticipación, Andrić anunciara lo que comenzó el 4 de mayo de 1980, con la muerte de Josip Broz, el Mariscal Tito: el colapso de Yugoslavia que, a comienzos de los noventa, derivó en una guerra fratricida cuyas heridas aún no terminan de sanar.

Otro cuento se titula «Niños», una historia conmovedora en la que se presentan redadas antisemitas llevadas a cabo por jóvenes que ven en esa actividad momentos de diversión: los entretiene golpear o asesinar niños judíos.

Sin embargo, en determinado momento, tres jóvenes acechan a unos niños. El narrador es uno de los abusadores. Llega el instante en el que debe arremeter en contra de un infante. No lo conoce, no sabe quién es, ni su nombre; de golpe, decide no matarlo, se arrepiente ante la mirada del chico. Es uno de los textos más conmovedores de la obra.

El volumen lo cierra el relato que da título al libro: «Café Titanic». Se trata de un sitio frecuentado por judíos y otros sectores. No obstante, ante las redadas, la persecución de judíos, ese espacio comienza a quedarse solo.

Hay un personaje particular, triste, que ejemplifica la maestría de Andrić como narrador. Se trata de un «perdedor» que nunca es tomado en serio por la gente. Objeto de burlas, va por la vida con la cabeza gacha, resignado a su suerte. Sin embargo, cierto día se enrola en un grupo antisemita y asume órdenes. Pero tampoco es muy tomado en serio.

Llegado el día de una redada, exige que se le asignen tareas. Lo instruyen para visitar a un judío. Al encararlo, no sabe cómo ser ante él, cómo imponer su liderazgo e intimidar a su interlocutor. Comienza un conflicto interno entre el hombre armado y el judío. Es otra joya de relato cuyo desenlace es una prueba de la calidad del escritor.

Los otros cuatro cuentos también poseen una alta calidad. Sin duda, estamos ante una obra que merece ser leída.

 

 

 

 

El alcoholismo es un tema frecuente en la literatura. Aun cuando se aborde desde el humor, se trata de un asunto que conlleva un profundo drama.

En esta ocasión me permito recomendar una novela que tiene que ver con la adicción al alcohol y otros problemas, tan o más profundos que desencadena aquél.

Se trata de una obra de la que infortunadamente no se sabe mucho en este país, pero que debiera tener un lugar importante entre los estudiosos de esa adicción, del maltrato –físico y psicológico– hacia las mujeres y cómo se destruye la personalidad en silencio, a oscuras.

Me refiero a La mujer que se estrellaba contra las puertas (Verticales de Bolsillo, 2008; traducción de Juan Fernando Merino). Publicada originalmente en Irlanda en 1996 por el escritor Roddy Doyle (Dublín, 1958), no fue sino hasta el año 2008 cuando se dio a conocer en español, gracias a la editorial Norma, a través de su sello Verticales.

El autor goza de popularidad en su país natal y ha ganado prestigio gracias a sus novelas. Incluso, en 1994, escribió libretos para una serie de televisión llamada Family, en la que se aborda la violencia doméstica y el abuso conyugal en una sociedad que omitía dichas problemáticas, aun cuando llegaron a cobrarse vidas.

De esta experiencia nació La mujer que se estrellaba contra las puertas, novela que explora precisamente esos temas, a través de Paula Spencer –protagonista y narradora–, una mujer de 39 años de clase trabajadora que sufre en carne propia la violencia familiar y el abuso conyugal y que, encima de ello, es víctima del alcoholismo.

No se trata de una novela más que aborda estas problemáticas, sino de una historia que conmueve desde la primera página; el autor casi desaparece y deja a la narradora todo el trabajo: la liberación, el flujo del discurso, la construcción de las frases envuelve al lector en una atmósfera a veces incómoda, pero siempre desde la afinidad.

Paula nos cuenta su historia; una de las enormes dificultades que enfrenta es que no se sabe víctima de maltrato porque en casa adquirió esos hábitos y le resultan familiares. Sólo años después se percata de lo que es, de eso en lo que la han convertido.

No hay autocompasión, no hay cursilería ni clichés en esta novela que Doyle escribió para crear conciencia acerca del papel de las mujeres y su lugar en la vida social.

La protagonista relata sus experiencias en la escuela, el juego de la imagen en una sociedad cada vez más carente de ideales y sí más ávida de objetos y bienes materiales. Cuenta la competencia de las jóvenes para conseguir citas, el trato de los jóvenes y no tan jóvenes para con las mujeres; el hábito familiar de cosificar a éstas hasta el punto de la anulación…

Con La mujer que se estrellaba contra las puertas el autor pretendía hacer un retrato de la Irlanda de los ochenta, pero trascendió las fronteras y uno puede identificar casi cualquier país a través de sus páginas y lo que en ellas se cuenta.

La narradora sufre en un matrimonio en el que sólo una parte puede gozar de libertad. Se emborracha, bebe en exceso a veces sin darse cuenta de ello; disculpa al otro, al abusador, lo justifica.

El título del libro obedece a un pasaje de la historia, cuando la protagonista es llevada al médico luego de haber recibido una golpiza por parte de su marido. Ambos planean el discurso que se dará al médico, buscan a toda costa que la verdad se mantenga oculta. De esta forma, acuerdan la justificación: Paula sufrió golpes al estrellarse contra una puerta. Así durante dieciocho años de matrimonio.

Es una historia brutal. En esta denuncia además existe la complicidad de los médicos: saben que fue golpeada, pero hay tantos casos que prefieren ignorarlos para no meterse en problemas.

El estilo de Roddy Doyle es impecable en esta novela, hace suya la voz femenina y el resultado es una historia conmovedora, un retrato de lo que nos negamos a ver en muchas ocasiones, la construcción de un personaje verdadero y que adopta uno y tantos rostros a la vez: es una especie de portavoz para quienes se encuentran en esa situación.

En algún momento de su historia, la mujer nos dice: «Me perdí los ochenta. No tengo ni una pista. Es solo un montón informe […] ¿Qué hice en los ochenta? Estrellarme contra las puertas. Levantarme del suelo».

 

TOMADA DE LA WEB

Por su novela Paddy Clarke Ja Ja Ja, Roddy Doyle obtuvo el Booker Price en 1993.

TOMADA DE LA WEB

Norma también ha editado Paddy Clarke Ja Ja Ja, en su colección «la otra orilla».

 

 

Lunes, 08 Junio 2020 05:51

Elogio del cuento polaco

Considero que hay obras que difícilmente pueden no gustar a alguien. Con el riesgo que esta afirmación conlleva, esta semana me permito recomendar un libro monumental del que no he leído –hasta ahora– ninguna crítica negativa.

Hay libros que conmueven, libros que instruyen, otros que divierten y también los que son amenos. Pero cuando un lector se topa con uno que reúne todas esas virtudes y más, se está, sin duda, frente a algo que será recordado con el paso de los años hasta convertirse en un clásico.

Polonia fue el país Invitado de Honor en la edición del 40 Festival Internacional Cervantino de 2012. Como parte de esa celebración fue presentado el libro Elogio del cuento polaco, cuya edición estuvo a cargo de la Dirección General de Publicaciones para la colección «Cien del Mundo» del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en coedición con la Universidad Veracruzana.

La selección de los textos y el prólogo de la obra estuvieron a cargo de los mexicanos Sergio Pitol (+) y Rodolfo Mendoza. Ya desde el prólogo, el libro conmueve: las imágenes de una Polonia casi destruida por completo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, remueve sentimientos y no hay sitio para la indiferencia. Sin embargo, el coraje para levantar el país de las ruinas es de admiración.

En el inicio de la obra se da a conocer el antecedente a esa edición que en 1967 corrió a cargo de la editorial ERA: Antología del cuento polaco contemporáneo.

La que se presentó hace ocho años incluye a varios autores de dicha edición y a otros de las generaciones más recientes. Va desde la segunda mitad del siglo XIX, hasta creadores cuya obra no está traducida aún en español, salvo escasos cuentos.

Esta antología incluye 45 textos de 35 autores; la abre el Nobel de 1905, Henryk Sinkiewicz (1846-1916), con el cuento «Memorias de un maestro de Poznan», y la cierra Daniel Odija (1974), con «El túnel».

En los primeros relatos nos encontramos con retratos costumbristas del siglo XIX en el campo, el levantamiento de las urbes, las ideas de aquella época. Sin embargo, conforme avanzan las páginas, el lector experimenta cambios en el estado de ánimo que lo mismo van de la indignación a la carcajada, que de la tristeza a la alegría.

Lo anterior tiene que ver porque varios de los narradores de la obra experimentaron las atrocidades de los campos de concentración nazis o les tocó vivir alguna de las dos guerras mundiales o incluso ambas. (Bruno Schulz –por ejemplo– fue asesinado en el gueto de Drohobycz en 1942; otros decidieron quitarse la vida a temprana edad.)

Zofia Nalkowska (1884-1954), con «Los niños en Auschwitz»; Maria Dabrowska (1889-1965), con su «Peregrinación a Varsovia», o Tadeusz Borowski (1922-1951), con «¡Al gas, señoras y señores!», por citar tres ejemplos, dan muestra de los horrores de las prácticas nazis en ese país.

Pero no todo es tristeza en este conjunto de 45 relatos. Hay espacio para la risa: Witold Gombrowicz (1904-1969), con «El bailarín del abogado Kraykowski», o Sławomir Mrożek (1930-2013) y sus cinco relatos (contenidos en el libro El árbol, que ya recomendé hace tiempo en este mismo espacio) hacen que al lector se le escape más de una carcajada.

También hay ternura: «Mijalko», de Bolesław Prus (1847-1912), o «Los girasoles», de Bohdan Czeszko; fantasía: Bolesław Leśmian (1878-1937), con «Una aventura de Simbad el marino», o «Los Músicos», de Andrzej Sapkowski (1948).

El libro está repleto de joyas de la cuentística polaca –y universal– y permite contemplar el paso de los años en ese país, el cambio de ideas, la sociedad sacudida y la renovada, la desesperación y la incertidumbre, el miedo y el valor para sobrellevar y dar vuelta atrás a una situación que no sepultó los valores de ese país.

No puedo terminar sin hacer mención de la maestría de Kazimierz Brandys (1916-2000) y su «Cómo ser amada», un texto brillante; la grandeza de Władisław Reymont (1867-1925; Nobel, 1924), Bruno Schulz (1892-1942), Jarosław Iwaszkiewicz (1894-1980), Jerzy Andrzejewski (1909-1983), apenas por mencionar a algunos de los brillantes escritores contenidos en la antología.

Soy de los que piensan que se aprende más de historia a través de novelas o cuentos, que mediante libros especializados en la materia. Elogio del cuento polaco también es una clase magistral de historia, un proyector de imágenes que van del campo a las ciudades, de los bombardeos a la felicidad de los amantes, de la ocupación nazi a la renovación de una sociedad; es, ante todo, una muestra de que el arte –la literatura– permite indagar en lo más profundo del ser humano y externarlo a la otredad.

Si en algún momento buscas hacerte o hacer a alguien más un regalo inolvidable, Elogio del cuento polaco es una gran opción.

 

 

 

 

 

Lunes, 01 Junio 2020 05:33

La bendición de la tierra

La concesión del Nobel de Literatura casi nunca está exenta de polémica. Cada vez que la Academia sueca otorga el nuevo premio, los medios se vuelcan para ofrecer semblanzas o intentar familiarizar a los lectores con el flamante galardonado, que muchas veces resulta desconocido para la inmensa mayoría de lectores.

Sin embargo, cada año se despierta un interés especial en conocer al nuevo premiado. Es difícil dar gusto a todos los lectores, críticos, editoriales, etc., pues nombres ha habido que –a consideración de muchos– eran dignos de ser reconocidos con el galardón, pero por alguna u otra razón no se les otorgó.

A propósito de la polémica en los Nobel de Literatura, existe un nombre que genera aversión en algunos lectores y cualquier cantidad de halagos entre muchos escritores y que es mi recomendación de esta semana. Me refiero al noruego Knut Hamsun (1859-1952).

A él le fue otorgado el máximo reconocimiento mundial de las letras en el año de 1920, tras la publicación de La bendición de la tierra (1917), una de sus obras maestras y que en 2007 fue recuperada por la editorial Bruguera, con traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Lo polémico de Hamsun radica en las ideas que lo colocaron en el ojo del huracán y que incluso se llegó a pedir que le retiraran la condecoración. A saber, el escritor manifestó su apoyo a la invasión de su país por parte del régimen nazi y respaldaba sus acciones. Eso le valió el desprecio y el odio de sus connacionales y que, a la fecha, aún permanece: ninguna plaza, ninguna calle tienen su nombre.

Pese a sus ideas, la obra de Hamsun no ha sido desechada; por el contrario, ha encontrado un nuevo público que ha sabido valorar el arte de uno de los escritores más influyentes del siglo XX.

Para hacer una idea de la importancia del autor noruego, escritores de la talla de Thomas Mann y Maksim Gorki lo consideraron un maestro; Henry Miller, Paul Auster, John Fante, Rulfo y Hemingway –entre otros– manifestaron haber sido influidos por la obra de Hamsun y también se percibe su influencia en Franz Kafka o Stefan Zweig: de ese tamaño es el noruego.

La bendición de la tierra pudiera considerarse como una versión de la historia del hombre. El protagonista, Isak, es un individuo sin pasado, imponente físicamente, que llega a los páramos noruegos. Es el único habitante de esa soledad.

A partir de entonces inicia una lucha entre el hombre y la hostilidad de la tierra, hasta que consigue construir un sitio para vivir y cultivar aquello que le permitirá sobrevivir.

Cuando ha levantado una casa y cultivado la tierra, busca una esposa en el pueblo cercano. De esta forma, el lector conoce a Inger, una mujer construida con maestría por el autor y que posee una fuerza admirable.

La novela retrata el costumbrismo de la época, describe los paisajes y la narración está enriquecida con diálogos de enorme belleza. Conocemos la historia de la pareja, su soledad en los páramos; luego llegan los hijos y éstos crecen con nuevas ideas, chocantes para Isak.

Uno de los temas torales de la novela es precisamente la relación del hombre con la tierra, la necesidad de llevar una vida tranquila en concordancia con la naturaleza. Hamsun hace prácticamente una invitación al reencuentro con el campo, con la tierra, a través de páginas y páginas con su inigualable maestría.

Aparecen personajes divertidos, siniestros, variados… Después, un asunto en el que repara de forma constante también es uno de los temas que destaca el escritor: el progreso, la modernidad, traen desgracias para el hombre.

Lo ejemplifica con diversas situaciones: el sitio al que llegó, muchos años atrás, ya es habitado por más gente, llega la industrialización, uno de sus hijos aspira a vivir en la ciudad… Todo ello genera desestabilización emocional que deviene en conflictos. Lo reitera una y otra vez y parece un anuncio anticipado para el siglo XXI: el hombre está perdido ante sus aspiraciones de «cambios y progreso».

Knut Hamsun es, sin duda, una de las cumbres de la literatura no sólo del siglo XX, sino de todos los tiempos. Entre sus obras destacan Hambre (1890), Pan (1894), Trilogía del vagabundo, entre muchas otras.

Acerca de La bendición de la tierra, existe una adaptación cinematográfica que data del año 1921. La cinta se creía perdida, pero fue recuperada en 1971. Fue dirigida por Gunnar Sommerfeldt. Dura 107 minutos y algunos la consideran una obra maestra del cine mudo.

 

 

 

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