Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 13 Julio 2020 05:39

Bartleby, el escribiente

Herman Melville (1819-1891) es una de las figuras más representativas de la literatura estadounidense de todos los tiempos, pese a que en vida no gozó de la fama con la que cuenta ahora. Sin duda, su nombre está asociado a la más célebre de sus novelas, Moby Dick, publicada en 1851 y que hoy en día es una obra conocida mundialmente.

Sin embargo, hay otro texto de Melville que ha crecido en reconocimiento y le ha valido la admiración de escritores de la talla de Albert Camus, Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por nombrar tres ejemplos.

La obra en mención es Bartleby, el escribiente (Plaza & Janés, 1999). Publicado originalmente en 1853, de forma anónima, en la revista Putnam’s Magazine, se trata de un relato inquietante que, en la actualidad, es considerado una obra maestra del género.

La historia se desarrolla en una oficina de Wall Street, en Nueva York. El narrador es un abogado en retiro que tiene tres empleados –dos copistas y un recadero–: Turkey («Pavo»), Nippers («Pinzas») y Ginger Nuts («Bizcocho de Jengibre»), pero ya le resultan insuficientes para desarrollar las labores de la oficina, por lo que pone un anuncio para contratar a un escribiente más.

Así, aparece Bartleby, un hombre de figura «pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente respetable» que cumple con eficiencia las labores que le son encomendadas, desde su puesto, ubicado junto a una ventana.

No obstante, la percepción del abogado cambia cuando le solicita a Bartleby realizar una actividad diversa: analizar un documento entre los dos. Por respuesta, el trabajador dice: «Preferiría no hacerlo». Nada más.

A partir de entonces, el abogado (cuyo nombre se desconoce) es presa de la inquietud, de pensamientos que intentan analizar qué clase de persona es Bartleby. Porque éste continúa sus labores de forma eficiente, pero cada vez que el abogado le solicita algún trabajo que no sea el de escribiente, el protagonista se limita a su habitual respuesta. Les pide su opinión al respecto a los otros empleados, mientras trata de descifrar al extraño trabajador que le contesta «Preferiría no hacerlo» constantemente y del que descubre que nunca se retira de la oficina y ha hecho de ésta, su casa.

Después, el hombre termina por dejar de escribir. Agotada su paciencia, el abogado decide despedir a Bartleby, pero él rehúsa abandonar la oficina.

Decidido a no echarlo por la fuerza, el abogado opta por mudar su oficina, pero los nuevos inquilinos le reclaman la presencia del hombre extraño que no hace nada, que se limita a responder la misma frase todo el tiempo.

Después llega el desenlace para Bartleby, el final de su historia con un epílogo en el que el abogado trata de descubrir el origen del comportamiento de ese hombre; averigua sobre el anterior empleo del hombre e intenta asociarlo con su forma de ser.

Bartleby, el escribiente es considerado precursor del existencialismo y del absurdo (mediante una carta, Camus manifestó ser influido por Melville). De una forma muy original, anticipa el vacío existencial del que hoy en día es presa el individuo en una ciudad como Nueva York, entregada al amor por los dólares y desentendida de los hombres.

Además, existe una traducción de Jorge Luis Borges, de la que se ha dicho que el argentino le imprimió algo propio para romper con el estilo del siglo XIX y hacer del relato, algo más atractivo.

De la obra se han realizado diversas adaptaciones para el cine y la televisión.

A través de 115 páginas (varía el número, según la edición), el libro se lee de un tirón y crea una mezcla de desencanto, tristeza y una forma de agotamiento emocional. El lector se enfrenta a una obra conmovedora de principio a fin que puso en alerta al hombre que veía en el desarrollo una forma para acceder a la felicidad: Bartleby lanza un escupitajo en la cara.

 

TOMADA DE LA WEB

Desde muy joven, Herman Melville realizó viajes en barco que le significaron diversas aventuras que plasmó en su obra.

 

TOMADA DE LA WEB

En 1970 apareció una cinta basada en el texto de Melville y en la que Bartleby fue encarnado por el británico John McEnery.

 

 

Lunes, 06 Julio 2020 05:51

Diez años sin Juan Hernández Luna

El género negro y policiaco es considerado «literatura menor» por académicos e incluso por propios escritores. Sin embargo, autores de la talla de Dashiell Hammett, Jim Thompson, Raymond Chandler, Horace McCoy, entre muchos otros, han contribuido a que la novela policiaca goce de un nutrido público y adaptaciones cinematográficas la han llevado más allá de las páginas.

En México se tiene la costumbre de considerar que la literatura debe ser solemne y aquellos autores que rompen con ese molde son tachados de «escritores menores» e incluso son relegados del panorama literario. Hoy me referiré a un autor que forma parte de esos autores olvidados, pese a que cultivó la novela de buena forma y aportó su granito de arena para que la literatura mexicana sea reconocida a nivel internacional, en este caso, en la novela negra.

La repentina muerte del escritor Juan Hernández Luna (Ciudad de México, 1962-Ibídem, 2010), a causa de un padecimiento renal, sorprendió a sus amigos y a sus lectores, el 8 de julio de 2010, cuando el novelista y guionista tenía 47 años de edad.

Hernández Luna creció en Ciudad Nezahualcóyotl, en condiciones adversas. Esta circunstancia le permitió identificar los problemas que se viven de forma cotidiana en las zonas marginales. Dicha situación derivó en un conocimiento de los bajos fondos, que a la postre se vio reflejado en su obra.

El estilo de este autor se caracteriza por el sentido del humor: el lector puede ir del asombro a la carcajada en una misma página. Aunado a ello, la pluma de Juan, conocido como el Cuervo, también cuenta con una carga poética que hacen de sus novelas, refugios placenteros.

Un ejemplo de este humor se encuentra en Quizás otros labios, que cuenta la historia de un antropólogo convertido en taxista y que se ve involucrado en crímenes y enredos con una alta carga de buen humor, cuya trama transcurre en la ciudad de Puebla.

Yodo relata la historia de una mujer que adivina el futuro y durante algunos años ha conseguido amasar una buena fortuna. Esta persona tiene un hijo que se convierte en asesino serial: al creer que los clientes de su madre quieren despojarla de su dinero, se dispone a acabar con la vida de estas personas. Es una obra que se lee de un tirón, por el lenguaje y la historia en sí misma.

Juan Hernández Luna obtuvo el Premio Hammett de Novela Negra en dos ocasiones: en 1997 por Tabaco para el puma y en 2007 por Cadáver de ciudad. Esta última es un ejemplo de que en el género negro se pueden encontrar novelas complejas, con calidad superior incluso a varias consideradas como «literatura mayor».

También de corte policiaco escribió Naufragios y Tijuana dream. Se salió del género con Me gustas por guarra, amor y Las mentiras de la luz. La segunda aborda los problemas y las fantasías de un hombre que se quiere convertir en escritor, en un gran escritor. Vive solo, en un departamento con goteras; su vida personal es un desastre y se ve obligado a deshacerse de los mejores libros de su colección para obtener dinero y sobrevivir. La vida va pasando y el hombre sobrelleva los días imaginando un buen inicio de la novela que quiere escribir y que lo saque del anonimato en el que vive.

Narrada con un tono nostálgico y en primera persona, Las mentiras de la luz deja ver a un autor no solamente dotado para cultivar la novela negra y la policiaca, sino que se trata de un escritor valioso para nuestras letras. Sin embargo, a la fecha está prácticamente olvidado, pese a que este miércoles 8 de julio se cumplirá la primera década de su partida.

En este sentido, la noticia de su fallecimiento apenas si hizo eco en algunos medios, a pesar de que, además de escritor, fue fundador de un ambicioso programa denominado Literatura Siempre Alerta, iniciado en 2005 en Nezahualcóyotl y dirigido a policías de esa ciudad mexiquense.

El programa consistía en hacer llegar libros a los agentes policiacos con la intención de concienciarlos en diversas problemáticas y dignificar la labor de los policías. Debido al éxito de las acciones, se consideró incluir el programa en la Iniciativa Mérida.

En estas actividades participaron escritores como Gabriel García Márquez, Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II, entre otros. Además, Don Quijote de la Mancha y Cien años de soledad se «tradujeron» a la clave policiaca para que los uniformados tuvieran un acceso más fácil a esas obras.

Juan Hernández Luna fue también un activista, un escritor comprometido con los sectores más desprotegidos que buscaba hacer de México, un país más habitable.

Nunca es tarde para recuperar a lo más valioso de nuestras letras. Si el lector se encuentra algún día con una obra –o más– del Cuervo, no dude en agenciársela porque entre sus páginas encontrará momentos de humor, de asombro y de calidad.

Sirva, pues, este espacio como un pequeño homenaje para recordar a Juan Hernández Luna, donde sea que esté.

 

Con Las mentiras de la luz, Hernández Luna se apartó del género policiaco.

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Además de los dos premios Hammett, concedidos en España, el Cuervo fue reconocido con varios galardones en México.

 

Lunes, 29 Junio 2020 05:37

Juego de azar

La risa es terapéutica, se sabe. Bajo esa premisa, la risa debería ser utilizada como antídoto para combatir la zozobra de nuestros días, para pintarle la cara a la terca realidad, que se empeña en ver desmoronadas nuestras esperanzas.

Hemos sido azotados por una pandemia que ha hecho estragos en el país y en prácticamente el mundo entero. Al tema económico se suman las afectaciones emocionales que han experimentado cientos de personas a raíz del encierro obligado. Si es que hubo posibilidades de encierro sin necesidad de salir de casa en busca del sustento y, con ello, elevar la probabilidad de contagiarse de esa cosa que ha puesto de cabeza al orbe.

Porque no es lo mismo aislarse de manera voluntaria, buscar la soledad por uno mismo y no que ésta sea una imposición. Ello merma en el ánimo, definitivamente.

Hay caras largas, pues, por doquier. Siempre he creído que así como la risa, la lectura es terapéutica. Si bien un libro puede ser visto como un objeto de lujo –sobre todo en estos días aciagos–, siempre queda abierta la puerta para acceder al muy vasto mundo de la literatura.

El humorístico es un género complicado de crear. Esta semana mi recomendación gira en torno a la figura del polaco Sławomir Mrożek (Borzęcin, 1930-Niza, 2013), un autor del que ya he escrito en este espacio acerca de su novela El pequeño verano y el libro de relatos El árbol y que se trata de un maestro del humor surrealista.

En esta ocasión recomiendo leer Juego de azar (Acantilado, 2017), un volumen que contiene treinta y cuatro cuentos breves que no dejarán indiferente al lector. Por el contrario, lo hará soltar alguna carcajada de cuando en cuando.

En la obra de Mrożek es común encontrarnos con críticas al régimen comunista, situaciones grotescas y absurdas. Sus historias, llenas todas de un humor inteligente, generalmente acontecen en pequeños pueblos polacos.

Así, nos encontramos con el texto «Subir de categoría», que se desarrolla en un municipio que busca hacerse de fama internacional para atraer al turismo. Para ello, el alcalde considera importante contar con algún criminal que haga volver la vista hacia ese lugar. Hay un ladrón, pero de poca monta. Se les ocurre entonces que a ese ladrón lo entrenarán para volverse famoso y elegante. Sin embargo, el hombre cede a la presión que todo aquello le significa y termina por renunciar al pueblo.

En «La sanidad pública» el protagonista es un hombre que acude a los servicios médicos porque es necesario extraerle el apéndice. Después de llenar los formularios y demás, se somete a la cirugía. Sin embargo, al despertar, el apéndice sigue ahí, pero algo ha cambiado: ahora es una mujer. En medio de la confusión, explica para qué había acudido. Luego vuelve a someterse a cirugía. Pese a las especificaciones, despierta con otros cambios, mas no sin apéndice. Así transcurren varias cirugías de las que el protagonista convertido en mujer es atendido de casi todo, menos del mal que lo llevó al hospital.

En «El progreso y la tradición», una ciudad se enfrenta a la problemática que sucede a la llegada de la democracia, pues no saben cómo organizar el desfile con motivo del día nacional, ya que antes, durante la era comunista, se realizaba de cierta forma; pero ahora deben cambiar las cosas, sin saber cómo.

«El actor» transcurre en un cementerio, durante el entierro de un actor famoso. En la ceremonia, a otro actor, amigo del difunto, se le resbala de las manos un gorro de piel que va a dar sobre el féretro. No piensa dejarlo ahí. Para sacarlo, idea un discurso que le permite hacerse nuevamente de su objeto.

La historia que da título al libro, «Juego de azar», acontece en unas oficinas. Ocurre que el contable y el jefe del negociado comienzan a quedarse horas extras. Ambos son vistos casi como un ejemplo para el resto de los trabajadores. Sin embargo, un colega se entera de que se quedaban no para trabajar más, sino porque, cuando se quedaban solos, organizaban carreras de cucarachas. Así, se van sumando otros colegas, hasta que ocurre algo que da por terminada aquella actividad.

«El agujero en el puente» cuenta la historia de cómo dos pueblos se decían dueños de un puente que comunicaba a ambos sitios. Un día descubren que hay un hoyo en el puente, pero ninguno de los dos pueblos quiere hacerse cargo de cubrirlo. Hasta que un día llega un hombre que se dice comprador de agujeros y entonces la situación cambia.

Uno de los textos más divertidos se llama «El socio», cuyo narrador cuenta que deseaba venderle su alma al diablo. Cuando está por concretar el negocio, se decepciona al ver el diablo que se le aparece. Es un texto de apenas media página, pero muy divertido.

Cada relato de Juego de azar contiene una dosis de humor que, al cerrar el libro, permitirá al lector sentirse acaso más ligero y con un agradabilísimo sabor de boca.

 

 

 

 

Lunes, 22 Junio 2020 05:59

Café Titanic (y otras historias)

Cuando no sea más que un escritor, dejaré de ser escritor.

Albert Camus

En este espacio ya he recomendado la novela Un puente sobre el Drina, del Nobel (1961) yugoslavo Ivo Andrić (1892-1975), que es una obra monumental en la que se dan cuenta de la situación en los Balcanes durante tres siglos.

En esa novela el lector descubre la lucidez del autor, su capacidad para analizar la sociedad a la que perteneció, sin tomar partido por ningún bando de los involucrados en los diversos conflictos étnicos, religiosos, etc., que lo colocan en esa estirpe de escritores visionarios.

Esta semana la recomendación también es una obra de Andrić: Café Titanic (y otras historias) (Acantilado, 2008), un libro que contiene siete relatos ambientados en la primera mitad del siglo XX, con personajes judíos en todos ellos.

En la contracubierta del ejemplar está reproducido un fragmento del discurso que el escritor dio durante la ceremonia de aceptación del Nobel, en Estocolmo, el 10 de diciembre de 1961. En él, Andrić destaca el papel del escritor en la historia: «¿O acaso debería el narrador, por medio de su arte, ayudar a que los hombres nos conozcamos y reconozcamos? Quizá su vocación consista en hablar en nombre de aquellos que no tuvieron la habilidad para hacerlo, o que, aplastados por la vida, no hallaron la fuerza para expresarse».

Esto sale a colación porque, precisamente, en la obra que propongo leer esta semana Ivo Andrić recrea historias de judíos que han sido víctima de un odio irracional. De judíos sin voz, acallados, fuera del círculo de los privilegiados que no padecieron el aplastamiento.

El libro contiene siete relatos; el primero es «El cementerio judío de Sarajevo», en el que el narrador cuenta su visita a ese cementerio. Recorre algunas tumbas, menciona sus nombres; imagina la historia o lo que pudo ser de la vida de esos difuntos. En las lápidas sobresalen los decesos de 1941, durante la Segunda guerra mundial.

La narración se efectúa con un tono solemne, sin caer en cursilerías ni compasión por la compasión en sí. Hay un tono de alarma y hace un llamado: «…pienso en una defensa común que la humanidad, si quiere merecer este nombre, debe organizar contra todos los crímenes internacionales para erigir así un dique seguro y desquitarse de todos los asesinos de personas y pueblos».

En «Una carta de 1920», el narrador cuenta la relación de amistad que sostuvo con un alemán que desde niño vivió en Sarajevo. Resalta cómo los conflictos dividen a la sociedad aun cuando ésta ni siquiera estaba enterada de lo que los gobiernos le meten en la cabeza.

Éste es uno de los cuentos donde afloran la lucidez y la inteligencia de Ivo Andrić. En una parte del relato, el alemán envía una carta a su amigo bosníaco, después de años sin verse. El emisor habla de su forma de pensar, recuerda su pasado en Sarajevo; sin embargo, hay párrafos que colocan al autor como un visionario, en ese género denominado literatura de anticipación.

A saber, el alemán, que desde la infancia vio las cosas desde una mirada analítica, detalla que el origen de los conflictos en esa región del mundo es el odio: un odio irracional y al parecer innato que obliga a la sociedad a vivir en ambientes belicistas, rodeada de seres casi incapaces de sentir empatía con los que no son como ellos.

Sorprende que, con décadas de anticipación, Andrić anunciara lo que comenzó el 4 de mayo de 1980, con la muerte de Josip Broz, el Mariscal Tito: el colapso de Yugoslavia que, a comienzos de los noventa, derivó en una guerra fratricida cuyas heridas aún no terminan de sanar.

Otro cuento se titula «Niños», una historia conmovedora en la que se presentan redadas antisemitas llevadas a cabo por jóvenes que ven en esa actividad momentos de diversión: los entretiene golpear o asesinar niños judíos.

Sin embargo, en determinado momento, tres jóvenes acechan a unos niños. El narrador es uno de los abusadores. Llega el instante en el que debe arremeter en contra de un infante. No lo conoce, no sabe quién es, ni su nombre; de golpe, decide no matarlo, se arrepiente ante la mirada del chico. Es uno de los textos más conmovedores de la obra.

El volumen lo cierra el relato que da título al libro: «Café Titanic». Se trata de un sitio frecuentado por judíos y otros sectores. No obstante, ante las redadas, la persecución de judíos, ese espacio comienza a quedarse solo.

Hay un personaje particular, triste, que ejemplifica la maestría de Andrić como narrador. Se trata de un «perdedor» que nunca es tomado en serio por la gente. Objeto de burlas, va por la vida con la cabeza gacha, resignado a su suerte. Sin embargo, cierto día se enrola en un grupo antisemita y asume órdenes. Pero tampoco es muy tomado en serio.

Llegado el día de una redada, exige que se le asignen tareas. Lo instruyen para visitar a un judío. Al encararlo, no sabe cómo ser ante él, cómo imponer su liderazgo e intimidar a su interlocutor. Comienza un conflicto interno entre el hombre armado y el judío. Es otra joya de relato cuyo desenlace es una prueba de la calidad del escritor.

Los otros cuatro cuentos también poseen una alta calidad. Sin duda, estamos ante una obra que merece ser leída.

 

 

 

 

El alcoholismo es un tema frecuente en la literatura. Aun cuando se aborde desde el humor, se trata de un asunto que conlleva un profundo drama.

En esta ocasión me permito recomendar una novela que tiene que ver con la adicción al alcohol y otros problemas, tan o más profundos que desencadena aquél.

Se trata de una obra de la que infortunadamente no se sabe mucho en este país, pero que debiera tener un lugar importante entre los estudiosos de esa adicción, del maltrato –físico y psicológico– hacia las mujeres y cómo se destruye la personalidad en silencio, a oscuras.

Me refiero a La mujer que se estrellaba contra las puertas (Verticales de Bolsillo, 2008; traducción de Juan Fernando Merino). Publicada originalmente en Irlanda en 1996 por el escritor Roddy Doyle (Dublín, 1958), no fue sino hasta el año 2008 cuando se dio a conocer en español, gracias a la editorial Norma, a través de su sello Verticales.

El autor goza de popularidad en su país natal y ha ganado prestigio gracias a sus novelas. Incluso, en 1994, escribió libretos para una serie de televisión llamada Family, en la que se aborda la violencia doméstica y el abuso conyugal en una sociedad que omitía dichas problemáticas, aun cuando llegaron a cobrarse vidas.

De esta experiencia nació La mujer que se estrellaba contra las puertas, novela que explora precisamente esos temas, a través de Paula Spencer –protagonista y narradora–, una mujer de 39 años de clase trabajadora que sufre en carne propia la violencia familiar y el abuso conyugal y que, encima de ello, es víctima del alcoholismo.

No se trata de una novela más que aborda estas problemáticas, sino de una historia que conmueve desde la primera página; el autor casi desaparece y deja a la narradora todo el trabajo: la liberación, el flujo del discurso, la construcción de las frases envuelve al lector en una atmósfera a veces incómoda, pero siempre desde la afinidad.

Paula nos cuenta su historia; una de las enormes dificultades que enfrenta es que no se sabe víctima de maltrato porque en casa adquirió esos hábitos y le resultan familiares. Sólo años después se percata de lo que es, de eso en lo que la han convertido.

No hay autocompasión, no hay cursilería ni clichés en esta novela que Doyle escribió para crear conciencia acerca del papel de las mujeres y su lugar en la vida social.

La protagonista relata sus experiencias en la escuela, el juego de la imagen en una sociedad cada vez más carente de ideales y sí más ávida de objetos y bienes materiales. Cuenta la competencia de las jóvenes para conseguir citas, el trato de los jóvenes y no tan jóvenes para con las mujeres; el hábito familiar de cosificar a éstas hasta el punto de la anulación…

Con La mujer que se estrellaba contra las puertas el autor pretendía hacer un retrato de la Irlanda de los ochenta, pero trascendió las fronteras y uno puede identificar casi cualquier país a través de sus páginas y lo que en ellas se cuenta.

La narradora sufre en un matrimonio en el que sólo una parte puede gozar de libertad. Se emborracha, bebe en exceso a veces sin darse cuenta de ello; disculpa al otro, al abusador, lo justifica.

El título del libro obedece a un pasaje de la historia, cuando la protagonista es llevada al médico luego de haber recibido una golpiza por parte de su marido. Ambos planean el discurso que se dará al médico, buscan a toda costa que la verdad se mantenga oculta. De esta forma, acuerdan la justificación: Paula sufrió golpes al estrellarse contra una puerta. Así durante dieciocho años de matrimonio.

Es una historia brutal. En esta denuncia además existe la complicidad de los médicos: saben que fue golpeada, pero hay tantos casos que prefieren ignorarlos para no meterse en problemas.

El estilo de Roddy Doyle es impecable en esta novela, hace suya la voz femenina y el resultado es una historia conmovedora, un retrato de lo que nos negamos a ver en muchas ocasiones, la construcción de un personaje verdadero y que adopta uno y tantos rostros a la vez: es una especie de portavoz para quienes se encuentran en esa situación.

En algún momento de su historia, la mujer nos dice: «Me perdí los ochenta. No tengo ni una pista. Es solo un montón informe […] ¿Qué hice en los ochenta? Estrellarme contra las puertas. Levantarme del suelo».

 

TOMADA DE LA WEB

Por su novela Paddy Clarke Ja Ja Ja, Roddy Doyle obtuvo el Booker Price en 1993.

TOMADA DE LA WEB

Norma también ha editado Paddy Clarke Ja Ja Ja, en su colección «la otra orilla».

 

 

Lunes, 08 Junio 2020 05:51

Elogio del cuento polaco

Considero que hay obras que difícilmente pueden no gustar a alguien. Con el riesgo que esta afirmación conlleva, esta semana me permito recomendar un libro monumental del que no he leído –hasta ahora– ninguna crítica negativa.

Hay libros que conmueven, libros que instruyen, otros que divierten y también los que son amenos. Pero cuando un lector se topa con uno que reúne todas esas virtudes y más, se está, sin duda, frente a algo que será recordado con el paso de los años hasta convertirse en un clásico.

Polonia fue el país Invitado de Honor en la edición del 40 Festival Internacional Cervantino de 2012. Como parte de esa celebración fue presentado el libro Elogio del cuento polaco, cuya edición estuvo a cargo de la Dirección General de Publicaciones para la colección «Cien del Mundo» del entonces Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), en coedición con la Universidad Veracruzana.

La selección de los textos y el prólogo de la obra estuvieron a cargo de los mexicanos Sergio Pitol (+) y Rodolfo Mendoza. Ya desde el prólogo, el libro conmueve: las imágenes de una Polonia casi destruida por completo, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, remueve sentimientos y no hay sitio para la indiferencia. Sin embargo, el coraje para levantar el país de las ruinas es de admiración.

En el inicio de la obra se da a conocer el antecedente a esa edición que en 1967 corrió a cargo de la editorial ERA: Antología del cuento polaco contemporáneo.

La que se presentó hace ocho años incluye a varios autores de dicha edición y a otros de las generaciones más recientes. Va desde la segunda mitad del siglo XIX, hasta creadores cuya obra no está traducida aún en español, salvo escasos cuentos.

Esta antología incluye 45 textos de 35 autores; la abre el Nobel de 1905, Henryk Sinkiewicz (1846-1916), con el cuento «Memorias de un maestro de Poznan», y la cierra Daniel Odija (1974), con «El túnel».

En los primeros relatos nos encontramos con retratos costumbristas del siglo XIX en el campo, el levantamiento de las urbes, las ideas de aquella época. Sin embargo, conforme avanzan las páginas, el lector experimenta cambios en el estado de ánimo que lo mismo van de la indignación a la carcajada, que de la tristeza a la alegría.

Lo anterior tiene que ver porque varios de los narradores de la obra experimentaron las atrocidades de los campos de concentración nazis o les tocó vivir alguna de las dos guerras mundiales o incluso ambas. (Bruno Schulz –por ejemplo– fue asesinado en el gueto de Drohobycz en 1942; otros decidieron quitarse la vida a temprana edad.)

Zofia Nalkowska (1884-1954), con «Los niños en Auschwitz»; Maria Dabrowska (1889-1965), con su «Peregrinación a Varsovia», o Tadeusz Borowski (1922-1951), con «¡Al gas, señoras y señores!», por citar tres ejemplos, dan muestra de los horrores de las prácticas nazis en ese país.

Pero no todo es tristeza en este conjunto de 45 relatos. Hay espacio para la risa: Witold Gombrowicz (1904-1969), con «El bailarín del abogado Kraykowski», o Sławomir Mrożek (1930-2013) y sus cinco relatos (contenidos en el libro El árbol, que ya recomendé hace tiempo en este mismo espacio) hacen que al lector se le escape más de una carcajada.

También hay ternura: «Mijalko», de Bolesław Prus (1847-1912), o «Los girasoles», de Bohdan Czeszko; fantasía: Bolesław Leśmian (1878-1937), con «Una aventura de Simbad el marino», o «Los Músicos», de Andrzej Sapkowski (1948).

El libro está repleto de joyas de la cuentística polaca –y universal– y permite contemplar el paso de los años en ese país, el cambio de ideas, la sociedad sacudida y la renovada, la desesperación y la incertidumbre, el miedo y el valor para sobrellevar y dar vuelta atrás a una situación que no sepultó los valores de ese país.

No puedo terminar sin hacer mención de la maestría de Kazimierz Brandys (1916-2000) y su «Cómo ser amada», un texto brillante; la grandeza de Władisław Reymont (1867-1925; Nobel, 1924), Bruno Schulz (1892-1942), Jarosław Iwaszkiewicz (1894-1980), Jerzy Andrzejewski (1909-1983), apenas por mencionar a algunos de los brillantes escritores contenidos en la antología.

Soy de los que piensan que se aprende más de historia a través de novelas o cuentos, que mediante libros especializados en la materia. Elogio del cuento polaco también es una clase magistral de historia, un proyector de imágenes que van del campo a las ciudades, de los bombardeos a la felicidad de los amantes, de la ocupación nazi a la renovación de una sociedad; es, ante todo, una muestra de que el arte –la literatura– permite indagar en lo más profundo del ser humano y externarlo a la otredad.

Si en algún momento buscas hacerte o hacer a alguien más un regalo inolvidable, Elogio del cuento polaco es una gran opción.

 

 

 

 

 

Lunes, 01 Junio 2020 05:33

La bendición de la tierra

La concesión del Nobel de Literatura casi nunca está exenta de polémica. Cada vez que la Academia sueca otorga el nuevo premio, los medios se vuelcan para ofrecer semblanzas o intentar familiarizar a los lectores con el flamante galardonado, que muchas veces resulta desconocido para la inmensa mayoría de lectores.

Sin embargo, cada año se despierta un interés especial en conocer al nuevo premiado. Es difícil dar gusto a todos los lectores, críticos, editoriales, etc., pues nombres ha habido que –a consideración de muchos– eran dignos de ser reconocidos con el galardón, pero por alguna u otra razón no se les otorgó.

A propósito de la polémica en los Nobel de Literatura, existe un nombre que genera aversión en algunos lectores y cualquier cantidad de halagos entre muchos escritores y que es mi recomendación de esta semana. Me refiero al noruego Knut Hamsun (1859-1952).

A él le fue otorgado el máximo reconocimiento mundial de las letras en el año de 1920, tras la publicación de La bendición de la tierra (1917), una de sus obras maestras y que en 2007 fue recuperada por la editorial Bruguera, con traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Lo polémico de Hamsun radica en las ideas que lo colocaron en el ojo del huracán y que incluso se llegó a pedir que le retiraran la condecoración. A saber, el escritor manifestó su apoyo a la invasión de su país por parte del régimen nazi y respaldaba sus acciones. Eso le valió el desprecio y el odio de sus connacionales y que, a la fecha, aún permanece: ninguna plaza, ninguna calle tienen su nombre.

Pese a sus ideas, la obra de Hamsun no ha sido desechada; por el contrario, ha encontrado un nuevo público que ha sabido valorar el arte de uno de los escritores más influyentes del siglo XX.

Para hacer una idea de la importancia del autor noruego, escritores de la talla de Thomas Mann y Maksim Gorki lo consideraron un maestro; Henry Miller, Paul Auster, John Fante, Rulfo y Hemingway –entre otros– manifestaron haber sido influidos por la obra de Hamsun y también se percibe su influencia en Franz Kafka o Stefan Zweig: de ese tamaño es el noruego.

La bendición de la tierra pudiera considerarse como una versión de la historia del hombre. El protagonista, Isak, es un individuo sin pasado, imponente físicamente, que llega a los páramos noruegos. Es el único habitante de esa soledad.

A partir de entonces inicia una lucha entre el hombre y la hostilidad de la tierra, hasta que consigue construir un sitio para vivir y cultivar aquello que le permitirá sobrevivir.

Cuando ha levantado una casa y cultivado la tierra, busca una esposa en el pueblo cercano. De esta forma, el lector conoce a Inger, una mujer construida con maestría por el autor y que posee una fuerza admirable.

La novela retrata el costumbrismo de la época, describe los paisajes y la narración está enriquecida con diálogos de enorme belleza. Conocemos la historia de la pareja, su soledad en los páramos; luego llegan los hijos y éstos crecen con nuevas ideas, chocantes para Isak.

Uno de los temas torales de la novela es precisamente la relación del hombre con la tierra, la necesidad de llevar una vida tranquila en concordancia con la naturaleza. Hamsun hace prácticamente una invitación al reencuentro con el campo, con la tierra, a través de páginas y páginas con su inigualable maestría.

Aparecen personajes divertidos, siniestros, variados… Después, un asunto en el que repara de forma constante también es uno de los temas que destaca el escritor: el progreso, la modernidad, traen desgracias para el hombre.

Lo ejemplifica con diversas situaciones: el sitio al que llegó, muchos años atrás, ya es habitado por más gente, llega la industrialización, uno de sus hijos aspira a vivir en la ciudad… Todo ello genera desestabilización emocional que deviene en conflictos. Lo reitera una y otra vez y parece un anuncio anticipado para el siglo XXI: el hombre está perdido ante sus aspiraciones de «cambios y progreso».

Knut Hamsun es, sin duda, una de las cumbres de la literatura no sólo del siglo XX, sino de todos los tiempos. Entre sus obras destacan Hambre (1890), Pan (1894), Trilogía del vagabundo, entre muchas otras.

Acerca de La bendición de la tierra, existe una adaptación cinematográfica que data del año 1921. La cinta se creía perdida, pero fue recuperada en 1971. Fue dirigida por Gunnar Sommerfeldt. Dura 107 minutos y algunos la consideran una obra maestra del cine mudo.

 

 

 

Lunes, 25 Mayo 2020 05:30

Sin flores ni coronas

Hace unos meses escribí algo acerca de La travesía de la noche (Arena Libros, 2006), un relato de la francesa Geneviéve de Gaulle Anthonioz (1920-2002) donde narra parte de las experiencias que le tocó vivir en el campo de concentración nazi de Ravensbrück, al que llegó debido a sus actividades en la Resistencia.

Hay quien opina que se ha escrito demasiado en torno a los horrores del Holocausto. Sin embargo, la mayor información que se nos ha dado al respecto a través de la literatura, el cine, etc. cuenta a los judíos casi como únicas víctimas.

En Hollywood es imposible que se aborde la persecución de comunistas, romaníes y homosexuales por parte del nazismo: pareciera que aquel horror sólo lo vivió la comunidad judía y es la única que debe ser consolada por aquellos hechos.

Ahora bien, después de décadas de silencio, varias víctimas decidieron contar su historia de forma directa, a través de la literatura. Sin la melosidad ni propaganda hollywoodense, han optado por relatar aquello que sus ojos vieron, lo que experimentaron en carne propia.

En este sentido, Odette Elina (1910-1991), militante del Partido Comunista francés, es una de las voces que si bien escribió lo que vivió en dos de los campos más recordados de manera casi inmediata al volver de Auschwitz, el lector en español tardó para ver traducida la obra en nuestra lengua (fue publicada por vez primera, en francés, en 1948). Así, en Sin flores ni coronas Auschwitz-Birkenau, 1944-1945 (Periférica, 2008) nos enfrentamos a los recuerdos que la francesa comparte con el papel.

En las notas preliminares de la obra, Elina expresa: «Cuando volví de Auschwitz, en 1945, sentía con tal intensidad lo que acababa de vivir que me resultaba imposible guardarlo sólo para mí. Lo consigné en las notas y dibujos que constituyen Sin flores ni coronas» (p. 9).

En el libro hay dibujos creados por la propia Odette Elina –quien era pintora– con los que pretende ilustrar algunas de las escenas que se describen a lo largo de las páginas. Dada su naturaleza de artista plástica, el lector se encuentra con escenas breves, como cuadros dentro de una sala donde el silencio es la única forma de mostrar solidaridad con las personas de las que se nos cuenta: nunca habrá palabras para entender lo que vivieron.

La obra está dividida en varias partes. En alguna recuerda el invierno, la crudeza de dicha estación, con las víctimas expuestas a la nieve. En esas circunstancias, una sola prenda adquiere un valor infinito: un trozo de tela representa la posibilidad de vivir o perecer ante los embates del temporal.

En esa situación, la compañía se vuelve un abrigo: «Tener una amiga ayuda tanto a soportar el sufrimiento…» (p. 72). Luego repasa nombres de algunas mujeres en el apartado «Las compañeras». Las nombra y cuenta algo breve de ellas: Yvonne tenía unos ojos grandes y azules. «Cuando nos encontramos por última vez, en diciembre, llevaba la muerte marcada en su pequeño rostro» (p. 69).

Elina nos cuenta de Hella, una polaca de veintitrés años: «No era hermosa. […] Era, simplemente, mi amiga» (p. 70). Terminaba sus estudios de medicina y ello le permitía curar las llagas de Odette. Hella perdió la vista, el tacto y el habla. «Nunca más la volví a ver.// Los alemanes se la llevaron y la quemaron» (p. 75).

Hélène «era una apasionada de Shakespeare y conocía su obra como nadie» (p. 76). Hélène murió en el campo.

En seguida recuerda a Marie, de la que se burlaban porque tenía barba. Pese a su dulzura y su pasividad, no despertaba simpatía.

Irene esperaba el regreso de Elina al finalizar la jornada. En una ocasión «[l]a hallé medio muerta de hambre, medio muerta de miedo a morir de hambre». Odette compartía el escasísimo alimento con ella.

Después de diez meses en el campo, Elina recuerda que un día llegaron los rusos para liberarlos. «Con ellos, la vida había entrado en el Campo.// Ya no estábamos solos» (p. 102).

Trazos de dolor, esbozos de alegría. El tono del libro no permite la autocompasión: es, simplemente, un testimonio en el que se da cuenta de los hechos. Es una obra breve, pero valiosa, que se lee con una especie de vergüenza.

Acerca de Sin flores ni coronas, Albert Camus dijo: «Cuando hayan cesado hasta los ecos, pues habrán muerto todos los testigos, cuando el olvido se apodere, como suele, de la verdad, será necesario volver a documentos como éste».

 

A finales de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaron Auschwitz.

 

 

Odette Elina fue detenida el 20 de abril de 1944. La Gestapo la sometió a torturas y la encerró en un calabozo.

 

Jiutepec.- Luis Octaviano Díaz tiene 66 años, es sastre y desde hace tiempo ha dedicado su vida al rescate de animales.

Actualmente sostiene una batalla contra el cáncer y a esta lucha se suma que debe enfrentar la emergencia sanitaria que se vive en el estado y en el país en general a causa de la pandemia por covid-19.

Luis padece cáncer de riñón, pero le ha avanzado a los huesos. Ello ha mermado seriamente su condición física.

Aunado a lo anterior, no cuenta con seguridad social que le permita darle un tratamiento a su enfermedad y el deterioro de su salud le ha impedido trabajar.

Ahora también debe lidiar con la poca actividad comercial que hay en la actualidad. Ante esa situación, se le dificulta hacerse de recursos.

El hombre es vecino del municipio de Jiutepec; tiene su domicilio en la calle Paraíso –sin número– de la colonia Paraíso, en el poblado de Tejalpa.

Habita una casa que está levantada a base de tabicón cuyo techo está construido con lámina de asbesto.

Diríase que vive solo; sin embargo, en el predio se destacan un patio y algunos cobertizos donde suelen dormir sus acompañantes: 25 gatos, 18 perros, cinco patos, dos guajolotes e incluso un borrego.

Dichos animales han sido rescatados y criados por Luis Octaviano, quien, dadas sus condiciones, no ha podido laborar para seguir manteniendo a sus compañeros de vida.

Esta situación lo ha orillado a buscar ayuda; antes de la declaratoria de emergencia sanitaria acudió a albergues con la esperanza de que pudieran recibir a algunos de sus animales. Sin embargo, en ninguno tuvo éxito.

También ha recurrido a personas que estén en condiciones de adoptar a alguno de sus compañeros, pero no ha tenido buenas experiencias.

Por ese motivo, Luis apela a la solidaridad de la ciudadanía con el objetivo de recibir algún tipo de donaciones, ya sea en especie –croquetas u otro alimento– o económica –vía depósitos– para sobrellevar las batallas que libra por las complicaciones de su salud y por el impedimento de salir a trabajar.

En este sentido, el hombre se dice preocupado por el futuro de sus compañeros, pues teme que llegue el momento en el que esté imposibilitado de realizar cualquier actividad física y, con ello, tengan que dormir a sus acompañantes o dejarlos a la deriva.

 

 

 

 

 

 

Lunes, 18 Mayo 2020 05:27

¿Acaso no matan a los caballos?

La industria del entretenimiento ha sabido lucrar con las necesidades y los sueños de las personas, convirtiéndolos en concursos-espectáculos cuyo juez, en la mayoría de los casos, es el público, que paga para mantener a su candidato favorito en competencia.

A través de los reality shows, la televisión ha encontrado la fórmula para mantener a los espectadores pegados a las pantallas durante dos horas o más, en el caso de los concursos.

En este sentido, los participantes directos se ven sometidos a una selección que desde el principio denigra a quienes aspiran a obtener cierto beneficio económico o para que se cristalice su deseo o necesidad.

En el proceso de selección se designa un número a cada persona: es decir, el sueño del aspirante se reduce a una cifra. De ahí se realiza el filtro y se elige a quienes, durante algunos meses, mantendrán los niveles de audiencia en un parámetro que permita a la televisora hacerse de anunciantes y patrocinadores cuyas ganancias son exorbitantes en comparación con el premio a entregar.

Esta semana mi recomendación se trata de una novela que ejemplifica lo denigrante que suelen ser algunos concursos: ¿Acaso no matan a los caballos? (Universidad Autónoma de Puebla, 1988), del estadounidense Horace McCoy (Tenesse, 1897-Beberly Hills, 1955).

Publicada originalmente en 1935, la novela relata la historia de Gloria y Víctor, dos jóvenes que se conocen en Hollywood a comienzos de la década de los años treinta, cuando la Gran Depresión golpeaba de lleno a la sociedad norteamericana en diversos aspectos.

Ante la crisis, miles de jóvenes se vieron obligados a cambiar de ciudad en busca de una mejor vida. Tal es el caso de la pareja que protagoniza esta novela. Ambos llegaron a la meca del cine estadounidense con la intención de introducirse en dicha industria para mejorar su situación de vida.

No obstante, ni Gloria ni Víctor tienen suerte; ella pretende formar parte del mundo de la actuación, mientras que él tiene el deseo de convertirse en un director. No cualquiera, sino el mejor director.

Las dificultades para hacerse de un empleo orillan a la pareja a participar de un concurso de resistencia de baile que se celebrará en un salón ubicado junto a la playa. El premio es de mil dólares, pero lo que lo hace atractivo para los competidores es que durante su participación, los organizadores les ofrecen comida y alojamiento gratis, además de breves descansos cada día.

Conforme avanza el certamen se narran episodios de la vida de Gloria y de Víctor, aparecen diversos personajes, todo enfrascado en un entorno violento que retrata la vida de los estadounidenses en el interior del edificio.

Sin embargo, las parejas se vuelven un espectáculo, el concurso en sí está diseñado para llamar la atención del público y, poco a poco, se dan cita actores y actrices de la época, directores de cine y otras personalidades cuya presencia atrae más público y vuelve la competencia algo más rentable.

Para hacer que más famosos y más consumidores vuelvan los ojos a dicha competición, los organizadores buscan hacerla más atractiva. Ante ello deciden montar carreras en las que deben participar las parejas. De esta forma, la narración toma aires asfixiantes, líneas y descripciones que el lector sufre y siente la presión, la humillación a la que son expuestos los competidores. Hay cuerpos sudorosos que se desplazan por toda la pista, casi sin fuerza; algunos caen, otros se agotan.

Una de las reglas de estas carreras consiste en que si un integrante de las parejas requiere atención médica, su compañero debe dar dos vueltas a la pista para compensar la ausencia del otro. Terminan deshechos. En cada carrera, el último lugar queda descalificado del concurso.

Casi novecientas horas de baile. Durante todo este tiempo ha habido cualquier cantidad de carreras, incluso una boda. Sí, el enlace matrimonial se convierte en un gancho de los organizadores, que se acercan a las parejas para preguntar quién está dispuesto a casarse.

La atmósfera es irrespirable. Todo el ambiente emana violencia. Entre los participantes hay criminales buscados por la policía. Pobres entreteniendo a ricos. Someterse a pruebas grotescas, denigrantes, sólo porque no hay otras oportunidades…

Esto es ¿Acaso no matan a los caballos?, de la que se realizó una versión cinematográfica titulada Danzad, danzad, malditos (1969), dirigida por Sydney Pollack y protagonizada por Jane Fonda y Michael Sarrazin.

Esta cinta fue nominada en nueve categorías al Oscar, pero sólo obtuvo la de Mejor Actor de Reparto (Gig Young).

¿Acaso no matan a los caballos? es una novela breve (126 páginas en la citada edición), con una prosa ágil que se deja leer de forma fluida, aunque hay escenas que de pronto cortan el aliento. Se trata de una historia que nace de la esperanza y desemboca en una tragedia que no deja indiferente al lector.

 

Horace McCoy tuvo la intención de convertirse en actor. Las experiencias en Los Ángeles le permitieron escribir ¿Acaso no matan a los caballos?

TOMADA DE LA WEB

Fotograma de Danzad, danzad, malditos, que está basada en la novela de McCoy.

TOMADA DE LA WEB

 

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