Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 01 Marzo 2021 05:48

Vernon Dios Little

Estados Unidos se dice a sí mismo «ejemplo a seguir» en democracia y en defensa de derechos humanos. Incluso se atribuye las funciones de fiscal de este planeta llamado Tierra. 

Sin embargo, su poder está cimentado sobre decenas de miles de cadáveres y transita por cloacas de corrupción. Es el único país que se concede la libertad de invadir, intervenir, bombardear, deponer y colocar gobiernos que se ajusten a sus intereses, eternamente manchados de sangre y con peste belicosa. 

La sociedad de nuestro vecino del norte –como la nuestra– ha sido idiotizada por la televisión (y ahora por otras plataformas). Ese medio electrónico es capaz de formar –manipular– la opinión entre los ciudadanos, siempre dispuestos a linchar y enjuiciar a quien la pantalla indique. 

Éste es uno de los temas que aborda la recomendación que hago esta semana: Vernon Dios Little (2003; Destino, 2004; traducción de Javier Calvo), de DBC Pierre (Dirty but Clean –sucio pero limpio–), pseudónimo de Peter Finley (1961). 

Este autor nació en Old Reynella, Australia, pero se crió en la Ciudad de México hasta los veinte años. Su juventud se vio envuelta en escándalos de drogas y estafas (él mismo calculaba que sus deudas eran de aproximadamente doscientos mil euros), lo que llevó a Peter a tener desencuentros y la pérdida de algunos de sus amigos. Tras una terapia de reconstrucción, DBC Pierre escribió su primera novela, Vernon Dios Little, en Londres. 

Esta obra –inspirada en una masacre ocurrida en 1999, en una escuela de Estados Unidos– le valió el prestigioso Premio Booker británico de 2003; de inmediato saltó a la fama y despertó críticas de todo tipo. 

Durante una entrevista, el autor manifestó que la novela, en un principio, tenía un tono autobiográfico, pero prefirió liberar al personaje para que la historia tomara el cauce que debía seguir. 

Dios Vernon Little cuenta la historia de Vernon Gregory Little, un adolescente de quince años que vive en un pueblo ficticio llamado Martirio, ubicado geográficamente en el estado de Texas. 

Es un muchacho inseguro y frustrado que desconfía prácticamente de todo lo que lo rodea. Poco o nada sabe de su padre, quien desapareció un día, sin más. Pero se quedó con su madre, Doris Eleanor Little, una mujer que se encarga de fastidiarlo –acaso inconscientemente– y hacer de los días de Vernon algo inhabitable. 

La vida del chico da un giro radical cuando su único amigo, Jesús Navarro, se suicida tras realizar una matanza en la escuela donde ambos cursaban. Inmediatamente después, Vernon es convertido por los medios en el chivo expiatorio de esa masacre. 

El adolescente se ve obligado a inventarse historias ante los señalamientos que pesan en su contra, aun sin haber iniciado las investigaciones del caso. Vomita frases internas –es el narrador de la historia–; escupe, sin falsos prejuicios, todo lo que piensa de la gente de su pueblo. 

Muy pronto, este caso cobra relevancia más allá de Texas. Agobiado por la presión mediática y los juicios de sus vecinos, Vernon decide huir de Estados Unidos y se refugia en una playa mexicana. Sin embargo, no llega a tierra azteca sin antes verse envuelto en cómicas aventuras. 

Pero el gusto dura poco, ya que se ve traicionado por la chica de la que está enamorado. Por ello vuelve a Estados Unidos, donde un farsante que se hace pasar como periodista de la CNN ya ha conseguido montar un jugoso negocio con ese caso, a tal grado que el proceso del juicio se convierte en un reality show

Una vez que Vernon es condenado a la pena capital (decorosa forma de llamar a un asesinato al estilo de los estadounidenses), el falso periodista consigue la atención y el patrocinio de diversos medios y marcas para transmitir los hechos que ocurren en el corredor de la muerte. Incluso, el público decide quién debe ser ejecutado, a través de llamadas telefónicas. 

Se trata de una comedia negra dotada de mucho humor, pero detrás hay una crítica a la sociedad teledirigida estadounidense, cargada de prejuicios y gustosa de ser fiscal mediante lo que le ordena la televisión. 

De forma inteligente, DBC Pierre ridiculiza al sistema judicial, a los medios, a las familias y a todo aquello que conforma el núcleo social norteamericano. Es asimismo una sátira a la cultura occidental. 

La novela atrapa desde el primer párrafo y su lectura es ágil. De pronto, el lector se topa con episodios que parecen ridículos e inverosímiles, pero que no son sino un fiel retrato del país autoproclamado «salvador del mundo» y ejemplo de las «causas justas». 

Es una obra altamente recomendable que sacará más de una carcajada al lector que se atreva a sumergirse en sus 307 páginas con un estilo fluido. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Durante su estancia en México, DBC Pierre se dedicó a buscar tesoros de los aztecas. 

 

TOMADA DE LA WEB 

El lanzamiento de Vernon God Little, en 2003, despertó críticas no sólo a la obra, sino al propio autor, por parte de diversos sectores del vecino país del norte al verse retratados de cuerpo entero. 

 

 

Lunes, 22 Febrero 2021 05:41

Pregúntale al polvo

Hace varios meses recomendé la lectura de La senda del perdedor, una novela del germano-estadounidense Charles Bukowski (1920-1994). En esta ocasión me voy a referir a la obra que influyó directamente a dicha novela y en la obra del propio Bukowski. Se trata de Pregúntale al polvo, del escritor ítalo-estadounidense John Fante (1909-1983). 

La relación entre estos dos escritores resulta muy peculiar. Fante es considerado algo así como el «abuelo» del realismo sucio, esa corriente literaria nacida en Estados Unidos que, entre sus principales características, está compuesta por personajes que llevan una vida convencional, pero son tachados de vulgares y corrientes. En este sentido, Bukowski es el mayor exponente de ese estilo literario. 

La novela Pregúntale al polvo fue publicada por primera vez en 1938, en plena década de la Gran Depresión. No hubo mayores noticias respecto de la publicación y debió esperar varias décadas para que ello sucediera. 

Resulta que Bukowski prologó una edición de esa novela en 1979. Derivado de ello, la obra encabezó las listas de venta en la década de los ochenta en Estados Unidos. 

Pregúntale al polvo es una historia protagonizada por Arturo Bandini (alter ego del propio Fante), un aprendiz de escritor que vive en una pensión decadente de Los Ángeles, donde sobrevive comiendo naranjas. Es una pensión habitada por otros seres como él: hundidos en la miseria, pero con cierta esperanza que les permite mantenerse atados a la vida. 

Por ejemplo, el viejo Hellfrick, ateo y militar jubilado que frecuentemente bebe güisqui de dudosa calidad y suele pedirle dinero prestado, muy a pesar de las condiciones de Bandini. Destaca también la señora Hargraves, viuda y dueña de la pensión, una mujer puritana con un dejo de xenofobia. 

El joven se enfrenta a una serie de dificultades y desde el primer párrafo de la novela lo hace saber: recibió una nota en la que la casera le advierte que si no paga el alquiler, debe abandonar la estancia. 

A raíz de ello, Bandini inicia una serie de vagabundeos por una ciudad de Los Ángeles más bien decadente, no ajena a los tiempos de crisis que vivió el país en esa década. La noche está presente en prácticamente toda la novela, con personajes como sombras que pasan y no se ven. La pobreza es la que dicta el comportamiento de aquellos que se atreven a vivir. 

Cierto día, Arturo Bandini escribe un cuento y es publicado, pero pasa sin pena ni gloria por la opinión pública. Acumula sus días en busca de un editor. El joven sueña con ser un gran escritor; constantemente se construye un futuro brillante en su interior y ello lo lleva a imaginar, incluso, su viaje a Estocolmo para recibir el Nobel… 

Pero la realidad se le embadurna en la cara una y otra vez. Y se enamora, el buen Bandini. Queda enamorado de Camila López, una camarera de origen mexicano del restaurante donde suele tomar café. Pero su amor no es correspondido como él quisiera y se convierte más bien en una relación un tanto tormentosa. 

Si bien, Fante está incrustado en el realismo sucio, cabe destacar el profundo humanismo de los personajes de la que está considerada como su mejor obra. No hay sino honestidad en las palabras de Fante y eso le da un plus a la lectura. Se trata de una historia con tintes autobiográficos que el autor no intentó ocultar y que la convierten en una historia para recordar, con todos sus personajes: grises, amarillentos, sombríos, pero humanos. Y también los lugares, cada sitio deshabitado, fantasmal. 

La novela está narrada por el propio Bandini, lo que la hace más personal. El texto es fluido, directo. Hay escenas que poseen una belleza memorable. Por ejemplo, una noche, Bandini y Camila van al mar. Fante narra aquel encuentro con las entrañas y el lector lo percibe, lo disfruta y llegan los olores de esa noche. Y el final… También se recrea una imagen brillante. 

Pregúntale al polvo tiene un antecedente directo en otra novela: Hambre (1890), del noruego Knut Hamsun, una influencia de John Fante. Es decir, hay un puente entre las obras que puede convivir como Hambre-Pregúntale al polvo-La senda del perdedor, tres historias protagonizadas por escritores en ciernes que enfrentan cualquier cantidad de dificultades en una sociedad poco amigable. 

En relación con el título, hay que destacar que Fante sentía una profunda admiración por Hamsun. El nombre de la novela fue tomado de una frase de Pan, obra del noruego protagonizada por el entrañable Teniente Glahn: «Él amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas». 

 

John Fante no gozó de mucha popularidad como escritor y sobrevivía escribiendo guiones para televisión. 

 TOMADAS DE LA WEB 

 

 En el año 2006 se estrenó una adaptación de la novela de Fante con el título Pregúntale al viento, protagonizada por Colin Farrell y Salma Hayek y dirigida por Robert Towne. 

TOMADAS DE LA WEB 

 

Lunes, 15 Febrero 2021 06:06

Diario de un aspirante a santo

¿Puede alguien despertar un día y decir: «Quiero ser santo»? ¿Cómo se comporta un hombre que decide aspirar a alcanzar la santidad, en un mundo de constantes cambios? He aquí el argumento de la recomendación de esta semana: Diario de un aspirante a santo (1927; Ediciones Del Equilibrista, 1993), del francés Georges Duhamel (1884-1966). 

Ya desde el título el libro invita a asomarse en sus páginas. Al principio, el lector se topa con un brevísimo prólogo del cubano Eliseo Diego, quien se encarga de sembrar la curiosidad en quien tiene la novela en sus manos. 

Cuenta el cubano que cuando leyó esta novela «me conmovió –y me conmueve aún– su visión compasiva, delicadamente irónica, de las debilidades humanas, y lo coloqué en la misma capilla donde veneraba a don Miguel de Cervantes». 

Una vez adentrado en la historia, el lector se encuentra con el personaje-narrador, Luis Salavin, quien no es más que un oficinista gris que ve transcurrir la rutina de sus días en una ciudad de París nada atractiva. Ante ello, un 7 de enero decide que será santo, justo el día de su cumpleaños número cuarenta. 

Para conseguir su empresa se pone un plazo de quince años e inicia la escritura de un diario en el que guardará sus experiencias. Sin embargo, ante el temor de que la libreta sea encontrada por su esposa y con ello sea descubierta su campaña, opta por suplir la palabra santo. 

Oficinista de una empresa lechera, Salavin va por la vida con su carácter algo desconfiado. Es un observador que se detiene a contemplar a los otros, el entorno en el que está inmerso y del que anota sus reflexiones en el diario. 

A través de esos apuntes descubrimos a otros personajes que forman parte de su cotidianeidad, tales como el director del personal, el señor Mayer, un hombre de aproximadamente cincuenta años, de rasgos finos y cansados, y el empleado Jibé, uno de los personajes más llamativos de la obra. 

Por momentos encontramos a un Salavin atormentado por no saber cómo él, ese oficinista, puede alcanzar la santidad. Y más: cómo conseguirlo en una ciudad como en la que vive. 

Con el paso de los días el comportamiento del protagonista sufre cambios que poco a poco modifican su vida diaria. Uno de ellos se da cuando decide abandonar su casa y mudarse a un sitio de alquiler, lejos de alcanzar las comodidades que acaso tenía en su hogar. 

Aquel espacio le permite una mejor contemplación del exterior y de sí mismo. El diario deja ver sus preocupaciones más hondas; reflexiona acerca de diversos órdenes, desde lo moral y lo ético, hasta el repaso de vidas de santos de los que busca una guía para conseguir su meta. 

Luis Salavin es un hombre afligido por las circunstancias, por su tiempo. Como apunta Eliseo Diego, se trata de una lectura profundamente conmovedora, pero no en el sentido de la autocompasión, sino por la visión acaso ingenua que el hombre tiene del mundo. 

Aunado a lo anterior, Jibé adereza la historia con su peculiar comportamiento. Además, es un reto del hombre para el hombre con el fin de medir hasta dónde se es capaz de sentir empatía por el otro. 

Pero no se crea que sólo encontraremos compasión y dolor en la novela. También hay pasajes divertidos que la convierten en una lectura por demás amena y altamente recomendable para estos días. 

El final de la historia queda ahí para ser descubierto por el lector que se anime a buscar esta obra, la cual –sin duda– le dejará un grato sabor. 

 

 

TOMADA DE LA WEB 

Georges Duhamel repuntó en la literatura a partir de la obtención del premio Goncourt, en 1918, por su obra Civilización, producto de sus experiencias en la Primera Guerra Mundial. 

 

 

TOMADA DE LA WEB 

Civilización fue la obra que le abrió el camino del reconocimiento a Duhamel. En la imagen, una edición en francés de 1926. 

 

 

TOMADA DE LA WEB 

Janés Editor publicó un tomo con varias obras de Georges Duhamel, en su colección «Maestros de Hoy». 

 

 

Lunes, 08 Febrero 2021 05:35

Paraíso reclamado

Hace unos cuatro años, en varios medios deportivos y no deportivos se reprodujo una y otra vez el nombre de Islandia. ¿El motivo? Su calificación a la Copa Mundial de Futbol Rusia 2018. Ya en 2016 esa nación se había hecho notar por su participación en la Eurocopa de Francia, la forma de festejar de parte de sus jugadores y de su afición. Gracias a lo anterior, ese país se ganó la simpatía de miles de aficionados al futbol. 

Fuera de ello, de Islandia contábamos con escasas referencias: que es una isla poblada por poco más de trescientos mil personas; que en el año 2010, su volcán Eyjafjallajökull causó severos problemas en Europa (sobre todo a las aerolíneas); que actualmente Björk es su embajadora cultural en el mundo… 

Pese a ello, hoy en día se saben pocas cosas de Islandia. No es un secreto que el alma de una sociedad radica en su cultura; a través de ésta es posible penetrar en las costumbres de un grupo social que incluso nos parezca ajeno y remoto. 

Para poder acercarse a una cultura desconocida, pienso que la literatura es una de las mejores formas, pues ahí se expresa el sentir y el pensar de grupos que conforman una sociedad. Por ello, esta semana me permito recomendar Paraíso reclamado (1960; Orbis/Destino, 1982; traducción de Rodolfo Arévalo), del islandés Halldór Laxness (1902-1998). 

Ganador del Nobel en 1955, el nombre del autor no es tan conocido en la actualidad, pues su obra no es fácil de conseguir, aunque no imposible. Y precisamente Paraíso reclamado es una de las novelas que el lector puede encontrar en alguna librería de viejo, ya que existe una edición de Orbis en su la colección «Los Premios Nobel», cuyo tiraje fue extenso y aún es posible hallar buena cantidad de sus títulos. 

Ambientada en la Islandia rural del siglo XIX, tiene como protagonista a Steinar, un granjero que vive una vida apacible al lado de su esposa y de dos hijos. La vida de las familias transcurre en calma y el trabajo es acaso la única forma de entretenimiento. 

Sin embargo, la tranquilidad de Steinar y de los suyos comienza a tambalearse cuando aparece un poni blanco en sus vidas: algunos pudientes comienzan a codiciarlo y le hacen ofrecimientos al granjero para que lo venda, pero los rechaza porque el caballito es de sus hijos. 

Cierto día se anuncia la visita del rey de Dinamarca a Islandia –que entonces no era independiente–, por lo que a Steinar se le ocurre hacerle un regalo. Un regalo que cambiará la vida de su familia. 

Lo anterior influye en el devenir de los días del granjero, aunado a la llegada a Islandia de Didrik, un líder mormón que habla de ese credo con la firme intención de atraer a nuevos creyentes. Ambos hombres sostienen diversos encuentros aparentemente casuales. 

Como resultado de ello, Steinar decide abandonar a su familia, su granja e Islandia: emprende un viaje a Estados Unidos en busca del paraíso que Didrik le prometió que encontraría en la comunidad de los mormones, en la Tierra Prometida de Utah. 

A partir de ese momento, la familia del granjero comienza a experimentar desgracias, cambios radicales en sus vidas que poco a poco traza Laxness, con la paciencia de un viejo que cuenta una historia. 

En la narrativa del islandés sobresale el respeto de la gente a la naturaleza, la convivencia mutua. Como en La bendición de la tierra, del noruego Knut Hamsun, esa relación hombre-tierra puede parecer noble, pero aun así está latente la posibilidad de desatar problemas que terminan por romper la tranquilidad. 

En Paraíso reclamado no faltan precisamente los conflictos: hay personajes oscuros que pasan sobre otros habitantes que, en cierta forma, son regidos por lo que pareciera ser una ingenuidad que deviene en sacrificio. 

Esta novela es una oportunidad para que el lector se acerque a una sociedad que aparentemente nos es remota, con el magistral estilo del casi olvidado Halldór Laxness. 

 

 

TOMADA DE LA WEB 

El Nobel le fue concedido a Laxness por su «poder vívido y épico que ha renovado la gran narrativa islandesa». 

 

TOMADAS DE LA WEB 

Gente independiente es considerada la obra maestra de Laxness. En español la han editado Turner y Editorial Sudamericana. 

 

 

Lunes, 25 Enero 2021 05:48

El miedo del portero al penalti

Hace tiempo, en este espacio, recomendé la lectura de El momento de la sensación verdadera, una novela del austriaco Peter Handke (1942). En esa ocasión, amargamente afirmaba que el autor nunca sería reconocido con el Premio Nobel de Literatura a causa de su posición política en contra de criminalizar al pueblo serbio –criminalizar a todo pueblo, afirma él mismo– en la Guerra de los Balcanes de la última década del siglo XX que derivó en la fragmentación de Yugoslavia, aun cuando su obra era por demás digna de ser reconocida. 

No obstante lo anterior, el tiempo se encargó de echar por tierra mi aseveración, pues en el año 2019, el también autor de La mujer zurda fue elegido por la Academia Sueca como el ganador de dicho galardón. 

La elección no estuvo exenta de polémica. Apenas darse a conocer la noticia, los occidentalistas brincaron y se lanzaron contra la Academia y contra el propio Handke: que debían considerar la posibilidad de retirarle el premio inmediatamente, decían, manipulando la información, una vez más. 

Pocas voces se manifestaron a favor del escritor, pero lo hicieron no desde una posición de juez y parte, sino desde la mirada del lector: Handke lo merece, se afirmó entonces. Si fuera el Premio Nobel de la Paz, se pondría en duda la concesión a su favor, pero resulta que se trató del de Literatura. 

El merecimiento del premio se refuerza si se toma en cuenta que Handke ha incursionado en prácticamente todos los géneros literarios con éxito y la crítica se ha mostrado unánime a favor de uno de los mejores escritores vivos, creador de una obra sólida. 

En su momento, cuando me referí a El momento de la sensación verdadera, comenté que podía considerarse una opción para acceder a la obra del autor. 

En esta ocasión recomiendo El miedo del portero al penalti (1970; Alfaguara, 2019; traducción de Pilar Fernández-Galiano), una de las novelas que le dieron fama a su creador y que incluso fue adaptada al cine por el reconocido director Wim Wenders al año siguiente de su publicación. 

Es común que en la obra de Handke no haya grandes tramas ni que se trata de historias que mantengan al lector en suspenso. En ese sentido, El miedo del portero al penalti no es la excepción, aun cuando la primera frase de la historia apunte hacia una dirección contraria respecto de esta afirmación: «Al mecánico Joseph Bloch, que había sido anteriormente un famoso portero de un equipo de fútbol, al ir al trabajo por la mañana, le fue comunicado que estaba despedido». 

Estas líneas podrían anticipar una historia con tintes dramáticos o de tristeza. Sin embargo, el personaje se toma con calma la noticia y comienza así una etapa de vagancia: Joseph Bloch se traslada como un errante por distintos sitios para encarar esta nueva etapa de su vida. 

En el acontecer de los hechos, el mecánico y exportero vive situaciones acaso absurdas, que incluso lo llevan a verse inmerso en un crimen; va de posada en posada, se planta en bares, camina por calles donde poco importa la gente, se enfrasca en desencuentros callejeros, visita cines: vale más el detalle, aquello en lo que no se repararía en circunstancias «normales», pero éste es precisamente uno de los sellos de la obra del autor. 

Handke suele detenerse en aspectos simples: una mancha en la pared, una gota que resbala por la pared de un vaso, el vuelo de un ave, las voces lejanas y las voces de al lado… 

Éstos son detalles que en un primer momento pareciera que no aportan nada a la historia, pero que conforme se avanza en la lectura se va descubriendo que se trata –quizá– de los cimientos que han de fortalecer la estructura en sí. 

Como el mismo Handke lo ha afirmado, su obra no busca atrapar pensamientos, sino despertar sensaciones en el lector. Eso ocurre con El miedo del portero… en cada párrafo: la sensación está ahí. ¿De qué? No se sabe. Pero hay una sensación que antecede a las ideas. Puedes decir: esto es aburrido o esto es genial. 

En torno a la novela, me he topado con comentarios encontrados: hay quienes afirman que se trata de lo más aburrido que han leído, otros dicen que abandonaron la lectura; pero también hay quienes destacan la novela y reconocen la calidad de Handke como un autor que va más allá de cualquier comentario que intenta ensombrecer la grandeza del escritor y afirman que la concesión del Nobel no fue casualidad, sino un acto de justicia a una de las obras más importantes de la actualidad. 

Si me preguntaran por qué recomiendo a Handke, particularmente su novela El miedo del portero al penalti, diría que porque leer al autor representa una lección, pues se convierte en un ejercicio placentero de paciencia que, a su vez, abre caminos hacia alturas insospechadas de las formas narrativas. 

Porque Peter Handke también es un maestro del lenguaje que atrapa a los lectores para contarles la historia como en susurros. Es un hipnotizador. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Desde hace años, Peter Handke vive aislado en una zona alejada de París. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Fotograma de la adaptación de El miedo del portero al penalti que hizo Wim Wenders y que fue protagonizada por Arthur Brauss. 

 

 

Lunes, 18 Enero 2021 06:07

La boca llena de tierra

Hay escritores que por diversos motivos son prácticamente desconocidos entre un gran número de lectores e incluso entre libreros. Ya sea porque su obra no es difundida, por el desinterés de las editoriales a asumir riesgos o por escribir en lenguas con muy pocos hablantes, se convierten en autores de culto en el denominado mundo occidental y, al llegar a estas regiones, sus libros son acogidos como auténticas joyas. 

La recomendación de esta semana tiene que ver con uno de esos autores de los que se tienen nulas noticias o se desconocen por completo su obra, su vida, su línea de pensamiento (al menos por esta zona del planeta). 

Me refiero al serbio de origen montenegrino Branimir Šćepanović (1937-2020) y su La boca llena de tierra (Sexto Piso, 2010; traducción de Dubravka Sužnjević), una novela muy corta (78 páginas en la citada edición) que fue publicada originalmente en 1972 y que hoy en día es considerada un clásico de la literatura serbia moderna. 

Pues bien, una de sus mayores virtudes de esta breve novela es la concisión y el peso de cada una de las palabras. 

La historia está contada a dos voces, intercaladas párrafo tras párrafo. El primer narrador es uno de los protagonistas de la trama y el otro es un omnisciente que nos orienta para seguir el rumbo de los hechos. 

Cuenta con un prólogo a cargo del serbio Goran Petrović, otro gran autor editado por Sexto Piso. Desde el inicio se advierte que La boca llena de tierra se trata de una novela «inquietante» y tal adjetivo define bien el texto al que se enfrentará el lector. A saber. 

Un hombre es diagnosticado con una enfermedad terminal y ya se encuentra en la última fase. Ante esa noticia, decide abandonar Belgrado y volver a su natal Montenegro para encontrar allí la muerte, entre los suyos o la que alguna vez fue su gente. Porque estuvo lejos de su tierra durante muchos años, pese a que no le iba muy bien en Belgrado. 

El hombre viaja en tren, rumbo a Montenegro. Sin embargo, toma la decisión de abandonar el viaje en una estación que está ubicada a medio camino, después de reflexionar durante el trayecto transcurrido. Luego se interna en el bosque con el único deseo de encontrar la muerte para sí solo. 

El personaje –no se sabe cuál es su nombre; solo que es alto y fuerte– camina y comienza a tener mínimos recuerdos. No obstante, de pronto se encuentra con la presencia de dos cazadores, Jakov y otro más –uno de los narradores de la novela–, justo cuando comienza a romper el alba. 

Los tres hombres se miran a la distancia. El enfermo los observa y los cazadores hacen lo propio, en aparente tranquilidad. Sin embargo, a partir de entonces la historia da un vuelco y comienza lo «inquietante» advertido por Goran Petrović. 

Resulta que el hombre mira a los cazadores pero, repentinamente, echa a correr y los otros dos –sin saberse motivados por qué– comienzan a perseguirlo. En un principio, uno de los hombres confiesa no saber a qué obedece la persecución: intenta descubrir razones, al correr de las páginas, pero no satisface sus cuestionamientos, aun cuando la cacería sigue. 

Conforme la presa se vuelve cada vez más inalcanzable, los cazadores comienzan a mostrar enojo y manifiestan su molestia en contra de aquel hombre que –ahora sí creen saberlo– los sacó de la tranquilidad después de una noche de calma. 

El enfermo corre con rapidez. De pronto se encuentra con el guardabosque, a la distancia. El narrador omnisciente da cuenta de los pensamientos de uno y de otro y el hombre se une a los cazadores para perseguir al enfermo, quien inicia una nueva carrera a través del bosque, sin saber por qué es perseguido, pero con la sensación de que nada bueno quieren hacerle. Y eso lo confirma cuando los cazadores, ya enfurecidos, comienzan a realizar disparos con sus escopetas. 

La carrera se torna un tanto absurda porque ninguno tiene motivos reales para alcanzar y darle muerte al desconocido. Sin embargo, con el correr de los minutos y conforme el cansancio se apodera del protagonista, más personas se suman a la cacería. Tampoco saben por qué, pero hay en cada una de las personas que van tras el hombre un deseo de destrucción, de matar al individuo que se aleja y que se vuelve inalcanzable. Ni siquiera los rezos de dos mujeres enlutadas hacen que el enfermo se detenga. Nada. Iba en busca de la muerte, pero solitaria, para sí mismo, y ahora se ve en la necesidad de salvar su vida. 

Ni ochenta páginas alcanza la novela de Branimir Šćepanović. Es breve, pero no se lee en una sentada, dada la complejidad que encierra. Inquieta el hecho de desconocer los motivos de los perseguidores. No obstante, deja en claro que el comportamiento del ser humano varía cuando se encuentra en masa y ello puede generar un grado de inconsciencia entre la colectividad que derive en actos de barbarie de los que, sólo después, se tendrá acaso un grado de razonamiento. 

 

*** 

Sirva esta breve reseña como un sentido homenaje a Branimir Šćepanović, quien falleció en una casa para ancianos, a comienzos del mes pasado. Descanse en paz el gran escritor. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

Cada párrafo de La boca llena de tierra tiene en sí un grado de belleza. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Branimir Šćepanović es un referente de la literatura balcánica contemporánea. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Una edición serbia de La boca llena de tierra, que cuenta con traducciones a diversas lenguas. 

 

 

Lunes, 11 Enero 2021 05:47

La muerte salió cabalgando de Persia

Las adicciones en literatura representan un tema común: no es un secreto que muchos escritores han padecido algún tipo de adicción.
Quizás la más frecuente es el alcohol. Figuras como Hemingway, Bukowski, Faulkner, Lowry, Duras o Juan Vicente Melo son apenas unos ejemplos de escritores representativos del siglo XX que eran aficionados a las bebidas embriagantes. 

En los casos de Bukowski, Lowry y Melo, encontramos en su obra señales de esa adicción: La senda del perdedor en el estadounidense; la mítica Bajo el volcán, en el caso del británico, mientras que por parte del tercero está La obediencia nocturna, una novela de culto de la literatura mexicana. 

Sin embargo, en esta ocasión me permitiré recomendar una obra muy poco conocida en México: La muerte salió cabalgando de Persia (1979; Acantilado, 2008), del escritor húngaro Péter Hajnóczy. 

Este autor nació en Budapest en 1942 y murió en Balatonfüred en 1981. Antes de dedicarse de lleno a la escritura, Hajnóczy fue fogonero, peón, asistente de tipógrafo, modelo de artista, vendedor de imágenes de santos… 

El catálogo de autores húngaros de la editorial catalana Acantilado es extenso; en 2008 publicó la edición en español de La muerte salió cabalgando de Persia, con traducción de Mária Szijj y de José Miguel González Trevejo. 

En apenas 148 páginas en un formato de bolsillo, el autor nos lleva a través de los caminos de la autodestrucción del personaje –trasunto del propio Péter Hajnóczy–, un peón que escribe (o un escritor que también es peón). 

Ya desde el inicio hay una advertencia de lo que el lector deberá enfrentar en la lectura: «He aquí un espantoso papel en blanco en el que debo escribir»… Éste es el inicio del tormentoso proceso creativo que experimenta el personaje central. 

La obra relata la adicción de ese hombre al alcohol; a partir de notas escritas durante las borracheras, intenta recrear su historia misma y sacarles provecho para escribir una obra que trascienda. 

Sin embargo, su adicción lo sumerge en episodios dramáticos y angustiantes de los que el lector es testigo: el autor susurra sus secretos a todo aquel que se acerca a su novela. De esta forma, asistimos al espectáculo de la autodestrucción, a la desesperación del escritor ante la imposibilidad de crear. 

Pero enfrentarse a lo ya creado en otro tiempo representa un muro contra el que se topa en seco: «Ahora se dedicaba a hojear las notas tomadas durante la borrachera y a mirar las doscientas setenta páginas pasadas a máquina, y sabía que tendría que tirarlas, que como mucho podría aprovechar uno o dos párrafos, y unas cuantas frases» (p. 5). 

Durante la historia, el personaje conoce a Krisztina, una joven con un fuerte arraigo religioso que le impide ser empática con borrachos y fumadores. Sin embargo, entabla una relación con nuestro personaje, quien sobrevive al divorcio de su exesposa. A través del amor, de Krisztina en sí, busca una especie de salvación del inframundo en el que habita. 

Al paso del texto encontramos a un personaje que se recrimina el hecho de ser un peón y no haber estudiado más; ahonda en el proceso creativo del escritor y en las dificultades de enfrentarse a la nueva frase, al vacío de palabras. Es, asimismo, un reprocharse la imposibilidad de crear. 

De Hajnóczy, el también húngaro Péter Esterházy (Budapest, 1950) dijo alguna vez que «fue un escritor, un erudito, un hombre de conciencia, un intelectual (como a veces es formulado a manera de invectiva) … un ser moral y rebelde». 

Péter Hajnóczy no llegó a los cuarenta años de vida. Sufrió la adicción de la que él mismo estaba consciente: «Mi alcoholismo es también una forma peculiar de concebir el mundo, una mezcla de convicción política y religiosa que ha de sazonarse con una pizca de autoironía». 

Hay muchas obras que abordan el mundo del alcoholismo, pero La muerte salió cabalgando de Persia nos ofrece la visión de un autor que descendió a su propio infierno para contarnos qué encontró en tal lugar. Podría considerarse como un autoanálisis brutalmente honesto que sacude y conmueve al lector. 

No hay autocompasión en el personaje, como no la tuvo el propio autor. Se dice que Hajnóczy –un hombre asediado por las fuerzas militares de su país– solía vivir en casas en ruinas; que pasaba noches bebiendo hasta la embriaguez en cementerios; que deambulaba como un hombre sin hogar y que su adicción se convirtió en destino: murió de una insuficiencia hepática sin haber cumplido los treinta y nueve años. 

Estoy seguro de que quien se adentre las páginas del texto no saldrá ileso de su lectura. 

Aprovecho este espacio para desear que este año sea mejor que el que acaba de terminar. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Péter Hajnóczy murió antes de los cuarenta años. Optó por la autodestrucción y dejó una obra conmovedora. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Cubierta de una edición húngara de La muerte salió cabalgando de Persia

 

 

Lunes, 28 Diciembre 2020 05:42

La travesía de la noche

Quizá el mayor trauma del mundo en el siglo XX fue, sin duda, la Segunda guerra mundial. Ese conflicto, que se cobró la vida de millones de víctimas mortales, dejó ver el lado más deplorable del ser humano, por un lado, y por otro, su capacidad para aferrarse a la vida, aun cuando todo es adverso. 

Se han escrito muchos libros, rodado decenas y decenas de películas, dictado conferencias, etc., acerca de esos años terribles, de los más oscuros en la historia de la humanidad. Sin embargo, ante el asombro y la incredulidad, uno no termina por asimilar lo que ocurrió en ese periodo. 

La visión simplista de Hollywood y su industria sólo se refieren a la persecución de judíos por parte del nazismo. No obstante, hay que recordar que el régimen también aniquiló comunistas, romaníes, personas con discapacidades y homosexuales, por ejemplo. 

En este sentido, existe una vasta literatura con testimonios, investigaciones e historias de las víctimas que sufrieron en carne propia los horrores de los campos de concentración, de caer en manos del ejército alemán. Me vienen a la mente –sólo por mencionar algunos– Si esto es un hombre, de Primo Levi, y Sin destino, de Imre Kertész. 

Un día cayó en mis manos un libro brevísimo (55 páginas) del que no tenía noticia. Se trata de La travesía de la noche (Arena Libros, 2006), un relato de la francesa Geneviève de Gaulle Anthonioz (1920-2002) en el que da cuenta de su experiencia en prisión y su posterior traslado a un campo de concentración nazi. 

Sobrina del general Charles de Gaulle (1890-1970; presidente de Francia de 1958 a 1969), Geneviève combatió en la Resistencia desde 1940.  Hacia 1943 fue apresada e internada en la cárcel de Fresnes, en París, de donde la trasladaron al campo de concentración de Ravensbrück, en Alemania, un sitio destinado principalmente a mujeres. 

Lo vivido en ese periodo sirve a De Gaulle Anthonioz para escribir La travesía de la noche. Pero hay que resaltar que no lo escribió sino más de cincuenta años después de ocurridos dichos sucesos. 

A propósito de lo anterior, es de destacar que muchos sobrevivientes del horror guardaron silencio o no pudieron decir el miedo, el pánico, todo lo que vieron, sintieron y experimentaron en esos espacios de la ignominia. Así sucedió con la autora. 

La sobriedad y la lucidez para decir las cosas surgen como resultado de décadas de reflexión; pese a su brevedad, estamos ante un relato que abarca temáticas que van desde la injusticia hasta Dios. Porque –confiesa– nunca perdió la fe; en la noche más oscura de su vida, allí recurría a sus creencias: «Intento rezar, el Padre nuestro, el Dios te salve María, fragmentos de salmos» (p. 12), desde la soledad aludía a su Dios y estaba convencida de que habría luz al final de esa oscuridad. 

La travesía de la noche es un testimonio desgarrador que conmueve y nos recuerda que intentar destruir la humanidad es el mayor crimen que hay en el hombre. 

La estancia de la autora en una celda, sola, en medio de la noche, no la reduce a sí misma: Geneviève piensa en la situación de las otras mujeres, en su futuro: «Pero ¿qué será de ellas? ¿Quedarán supervivientes de entre nosotras?» (p. 12). 

Sobrevivir al horror marcó el espíritu de la autora. En 1956 asumió la presidencia de la Asociación nacional de las antiguas deportadas e internadas de la Resistencia. Su solidaridad la llevó a formar parte de diversos grupos a favor de las víctimas y de los derechos humanos, siempre como una voz autorizada. 

Antes de concluir quisiera desear, desde este espacio, que el año que está por comenzar nos devuelva un poco la calma y las alegrías; que ni la tristeza ni la desesperanza se conviertan en rutina; que la zozobra no se adhiera a nuestra piel. Deseo al lector, a todos, que el peso de la angustia no nos aplaste y que hallemos la suficiente paciencia para levantarnos del suelo al que nos han arrojado. 

¡Feliz 2021, felices nuevas lecturas! 

¡Hasta el próximo año!

 

TOMADA DE LA WEB 

Aspectos de Ravensbrück. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Geneviève de Gaulle Anthonioz tuvo la matrícula 27.372 en el campo Ravensbrück. 

 

Lunes, 21 Diciembre 2020 06:16

El día antes de la felicidad

Muchas personas adquieren un libro atraídas por la portada o por el título, independientemente de si conocen o no al autor. Es verdad que hay títulos que atrapan. Y si además el título está en una portada atractiva, aunado a que el autor le es familiar al lector y, encima de ello, la editorial que lo publica goza de cierto prestigio, hay muchas probabilidades de que el resultado sea una lectura placentera. 

Esta semana me permito recomendar uno de esos libros que atraen por diversos factores y, además, porque se trata de una obra que no exige más allá que disfrutarla, palparla, paladear sus frases y gozar de buenos ratos en brazos de la literatura. 

Me refiero a El día antes de la felicidad (Sexto Piso/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2010; traducción de Carlos Gumpert), del entrañable escritor italiano Erri De Luca (Nápoles, 1950). 

Se trata de una novela de aprendizaje corta (112 páginas en la citada edición), ambientada en la ciudad de Nápoles, en la década de los cincuenta (es decir, aún con la memoria recargada en la guerra). 

La historia es protagonizada por un joven de dieciocho años sin nombre, sin familia, que cree ser un trozo suelto en la vida, desarraigado, y nunca se ha sentido parte de una familia, de una comunidad, pero que está a punto de dar el salto de la adolescencia a la madurez. 

Este muchacho vive en un edificio de departamentos cuyo portero, Don Gaetano, es lo más próximo a un familiar que tiene, su mentor, así como el librero Don Raimondo, quien le presta libros que devora y de los que luego cuenta sus dudas e impresiones al portero. 

Don Gaetano lleva mucho tiempo en ese trabajo, ha visto a mucha gente pasar por el sitio, todos los días; ello le ha permitido adquirir un poder: sabe leer y escuchar los pensamientos de las personas con apenas mirar sus rostros. Eso le dice al chico, quien aprende del hombre en prácticamente todos los campos de la vida. 

Aún hay resabios de la Segunda Guerra Mundial y permanece fresco el valor del pueblo napolitano para liberarse del yugo alemán. 

Don Gaetano le cuenta historias del conflicto bélico –de amor y de supervivencia– que dotan de sentimientos e inteligencia al aprendiz de hombre. Porque en eso se convierte: en un aprendiz de hombre, de ser humano. 

La vida del joven transcurre entre café caliente, libros, ir y venir por la ciudad golpeada, mirar a la gente, escuchar a Gaetano, quien lo instruye día a día con la intención de formarlo para que el chico enfrente la vida por sí mismo. 

Ambos se sientan en el patio y miran a lo lejos, comparten silencios, el horizonte los une y distancia a la vez: cada uno viaja a sus recuerdos, unos más distantes que otros. Pero se reencuentran y sienten cariño mutuo. 

Días hay en los que el muchacho juega futbol. Tiene la habilidad de trepar paredes para buscar los balones. Es portero. Guardameta. El jugador más solitario de la cancha, el que se ve acechado por sus pensamientos cuando el balón está lejos de su portería. Mira hacia todas partes y a la vez hacia ninguna, se sorprende a sí mismo con esa soledad compartida, repartida. 

Sin embargo, cierto día descubre, detrás de una ventana, en un departamento del tercer piso de un edificio, la mirada de una muchachita que lo observa. He ahí cuando el guardameta se divide en jugador y en el chico que aprende el amor. Porque hay amor por la portería y nace el amor por aquellos ojos que lo siguen, que no lo dejan tranquilo. 

Luego aprende que acaso el sufrimiento es también virtud. Va por ahí, dolor encarnado, precisamente en busca de la felicidad. Don Gaetano lo sabe, le da consejos, le cuenta otras y otras historias para que el joven intente comprender que el dolor es una forma de purificación. 

Lo que sigue después corresponde descubrirlo al lector. No obstante, el joven espera que el día que vive sea el último de la soledad, es decir, «el día antes de la felicidad». 

La novela es sencilla, con personajes entrañables; una historia contada con el estilo poético de Erri De Luca, fluido y a veces a tropezones –no hay capítulos, sino saltos de tiempo y espacio– que han convertido a este autor en uno de los escritores vivos más importantes de Italia. 

El libro no decepciona. Por el contrario, se le toma cariño y dan ganas de releerlo. De eso se trata, a veces, cuando uno se sumerge en las páginas de un libro: hallar remansos entre las palabras. Erri De Luca lo sabe hacer con creces. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Otra obra de Erri De Luca editada por Sexto Piso es El peso de la mariposa

 

TOMADA DE LA WEB 

De El día antes de la felicidad también hay ediciones de Siruela y del Círculo de Lectores. 

 

Lunes, 14 Diciembre 2020 05:54

Kornél Esti. Un héroe de su tiempo

La literatura europea es bien conocida en prácticamente todo el mundo; en las librerías no faltan autores clásicos anteriores al siglo XX y de muchos que han recibido el Premio Nobel. Sin embargo, los más editados y traducidos recaen –al menos en el caso de México– en apenas un puñado de países: Francia, Alemania, Italia, España o la Gran Bretaña. 

En nuestro país es poca la difusión de la literatura centroeuropea y del Este. Traductores como Sergio Pitol han hecho la labor titánica de traernos escritores de esa región del mundo que bien vale la pena acercarse a ellos. El ejemplo más conocido es el de los polacos que el veracruzano ha reunido en diversas antologías. 

Pero en esta ocasión no me referiré a un polaco, sino a un húngaro: Dezső Kosztolányi (Szabadka, 1885-Budapest, 1936), quien fue un narrador, poeta, traductor, ensayista y periodista, figura central en la literatura húngara y una de las principales influencias literarias de ese país durante la primera década del siglo XX. 

Quizás, los nombres más comunes de escritores húngaros son los de Imre Kertész (1929-2016), galardonado con el Premio Nobel (2002), o el de Sándor Marái (1900-1989). 

No obstante, la riqueza literaria de ese país se ve reflejada en obras como las del propio Kosztolányi, el clásico húngaro Mór Jokái (1825-1904), los silenciados Péter Hajnóczy (1942-1981), Ádám Bodor (1936), o los más recientes como Péter Esterházy (1950) László Krasznahorkai (1954) y Attila Bartis (1968). 

La difusión de varias obras de algunos de estos autores, en primer lugar, se dio a partir de la caída del Muro de Berlín. También han llegado a México gracias a la labor de la editorial catalana Acantilado. El éxito comercial de este sello –puntualmente en autores húngaros– radica en la selección de escritores que estuvieron olvidados durante varias décadas, a raíz de la censura impuesta por el régimen comunista, que tachaba esas obras de «burguesas», en el mejor de los casos (algunos literatos terminaron presos). 

Dezső Kosztolányi influyó en las letras de su patria. De él, Sándor Marái dijo alguna vez: «Todo lo que Kosztolányi escribía era invariablemente perfecto». Escribió y publicó poesía: Las quejas del niño pobre (1910), Las quejas del hombre (1924) y Cálculo (1935); novela: Nerón, el poeta sangriento (1922), Alondra (1924), La cometa dorada (1925), Ana la dulce (1926) y Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (1933), así como ensayo y relatos. 

La obra de este autor alcanzó tal prestigio, que su novela Nerón, el poeta sangriento fue prologada por el Nobel alemán de 1929, Thomas Mann (1875-1955). 

Muchas décadas después, Ediciones B (España), en aras de recuperar el entrañable sello Bruguera (cerrado en 1986), se lanzó a la aventura de volver a editar bajo esa editorial en el año de 2006. Sin embargo, el gusto duró poco, pues a partir de 2011 dejó de editar, aunque ha habido intentos de mantenerse en el panorama editorial de la actualidad. 

En esta nueva andanza, Bruguera y Ediciones B publicaron cuatro obras de Kosztolányi: Alondra (2002), Ana la dulce (2003), La cometa dorada (2005) y Kornél Esti. Un héroe de su tiempo (2007)Esta última es mi recomendación de esta semana. 

La historia está narrada por un escritor de prestigio, adaptado a la burguesía, pero que quiere recuperar el trato con Kornél Esti, su amigo de juventud. El primero –sin nombre– se ha vuelto más bien un tanto aburrido, incapaz de vivir sus ideales de juventud, mientras que Kornél, también dotado para las letras, ha llevado una vida más irreverente y continúa sus actos rebeldes. 

El caso es que el escritor afamado acuerda con Kornél que éste vivirá y le contará sus experiencias al otro para que las escriba. Se trata de una novela divida en capítulos en los que se narran las vivencias y aventuras de Kornél Esti. 

El estilo de Kosztolányi destaca por su limpieza; su arte radica en contar historias sencillas pero con las palabras justas, sin adornos innecesarios. La obra Kornél Esti… aborda temas con un sentido del humor que hacen de ésta, una novela para disfrutarse en cualquier época del año. 

Entre las vivencias que Kornél cuenta a su amigo destaca –por ejemplo– la de una visita que hizo a la «ciudad honrada», en la que nadie miente. Así pues, en dicha ciudad se encuentra con advertencias en los diversos negocios: «Zapatos que destrozan los pies. Callos y ampollas garantizados» (p. 88), reza en una zapatería. Luego, en la entrada de un restaurante se encuentra con este anuncio: «Platos incomibles, bebidas imbebibles. Peor que en casa» (p. 88). En un banco, un letrero luminoso señala: «Hurtamos, engañamos, robamos» (p. 92)… 

Otra experiencia de Kornél narra la ocasión en la que él heredó una gran cantidad de dinero, pero no quiere saber nada de ello y se dispone a deshacerse de la herencia de una forma peculiar. Cada noche, como un ladrón, visita diversas casas para dejar billetes en las entradas. Lo hace de tal forma que nadie lo observe ni lo descubra, no sin enfrentar ciertas dificultades. 

También se cuenta la historia de Gallus, un traductor que los encargos los traduce conforme a sus interpretaciones, modificando la esencia de los textos; o el caso del presidente que trabajaba mejor cuando estaba dormido; el de un hombre que, sin hablar búlgaro, sostiene una «conversación» con el revisor de un tren. También se narra la historia de un periodista que enloquece en una cafetería, de la que lo llevan directamente al manicomio… 

Dezső Kosztolányi emplea un humor muy fino en esta obra, a lo largo de sus 319 páginas de la edición referida. No hay desperdicio en sus frases. Se trata, pues, de un autor de principios del siglo XX cuya vigencia de los temas que aborda aún asombra. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Dezső Kosztolányi tradujo a autores como Maupassant, Verlaine, Baudelaire, Rilke, Goethe, Shakespeare, Wilde, entre otros. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Otras obras de Kosztolányi traducidas al español. 

 

 

Página 1 de 27
logo
© 2018 La Unión de Morelos. Todos Los Derechos Reservados.