Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 21 Octubre 2019 05:11

Zumbidos en la cabeza

A lo largo de los siglos se han escrito obras acerca de las prisiones. Ya sea que el autor recuerda sus experiencias como recluso o relata acontecimientos de presidarios, hay una especie de fascinación por sacar a la luz el mundo oscuro que se esconde detrás de las rejas.

El preso es un ser castigado. Ahora bien, la función de la cárcel en la sociedad es –según el Estado– la de hacer cumplir penas a aquellos que han infringido la ley. Hay totalitarismo en ello, una selección de hombres y mujeres señalados de haber cometido algún delito. Sin embargo, tal parece que todo preso es un preso político.

La cárcel suele producir aversión, terror, miedo o repulsión. Decir que alguien que estuvo preso conlleva un señalamiento y una carga difíciles de desprender. Porque ha estado preso «el delincuente», aun cuando no lo sea.

A propósito de este tema, la recomendación de esta semana gira en torno al mundo de los presidiarios. Particularmente, al de un grupo de presos. Me refiero a Zumbidos en la cabeza (1998; Sexto Piso, 2015), del esloveno Drago Jančar (Maribor, 1948).

El personaje central es Keber, un antiguo marino que era temido por todos los presidiarios. Se dice de él que había dormido junto a cientos de cadáveres en Vietnam; que generales latinoamericanos temblaban ante su presencia; incluso que hubo mujeres en Rusia que intentaron quitarse la vida por él…

Cayó en la prisión de Livada después de que un batallón sitió su barrio. La violencia y la fuerza brutal eran parte de sus rasgos más temidos. Ello surgía a raíz del contacto entre dos metales: el sonido que producía generaba zumbidos en la cabeza de Keber; luego había que ver lo que ello acarreaba.

Más allá de las condiciones en las que viven los convictos, la novela cuenta los sucesos que devinieron al motín que cierto día se inició en la prisión. Mientras miraban un juego de basquetbol entre Yugoslavia y Estados Unidos, un guardia fastidiaba a los presos.

Dicha actitud enfadó a Keber, quien, la paciencia colmada, destrozó el televisor e inició la revuelta en la cárcel.

Con vigilantes como rehenes, inicia lo que tendría que ser negociado. Sin embargo, preocupados por las consecuencias que habrá, los convictos se reúnen para abordar los pasos a seguir. El principal (que además marcará el curso de la historia) es el de acudir al consejo del bibliotecario.

El hombre, que aparentemente era el más tranquilo, pronto habrá de demostrar cuán peligroso es depositar el poder en manos de una sola persona.

Así, de la noche a la mañana, queda conformado un consejo de gobierno que negociará con las autoridades oficiales, un aparato policiaco integrado por internos cuya violencia contenida es capaz de estallar en cualquier momento…

La prisión se convierte en un microcosmos, un experimento de minisociedad en la que las más oscuras ambiciones de unos cuantos pueden desembocar en el terror de la mayoría. Por ello se convierte en una historia contra el poder que alude a la rebelión como única forma de retirarse las cadenas.

Toda la violencia contada en la historia es alternada con pasajes de Keber junto a Leonca, acaso la única mujer capaz de anidarse en su memoria para entregarle un poco de paz. El tono de esos recuerdos contrasta con la violencia y el ruido de la prisión.

Leonca es el consuelo del hombre que sucumbe ante la violencia, el motivo para asirse a la vida, el refugio donde la bestia halla rastros de paz…

Zumbidos en la cabeza se suma a las novelas del presidio y lo hace de forma convincente, con un estilo que atrapa desde los primeros pasajes, entre la violencia de los convictos y la anestesia de la memoria, dotada de un lirismo que cumple con la premisa de que la lectura debe ser placentera.

 

 

 

Lunes, 14 Octubre 2019 05:23

El maestro y Margarita

El XIX fue el Siglo de Oro de la literatura rusa. Basta nombrar a Dostoyevski y a Tolstói para que diversos mundos se nos abran ante los ojos. Ellos dos son los más conocidos, los de mayor influencia y de resonancia universal. No obstante, el abanico de escritores y poetas de Rusia es extenso, tanto en obras como en creadores.

Acceder a la obra de Dostoyevski permite despertar el interés por un país tan incomprendido y satanizado en Occidente como lo es Rusia. Se trata de una nación fascinante, llena de arte y sitios épicos; su cultura es de las más apasionantes en el mundo entero, pero desconocida por las campañas mediáticas en contra de esa sociedad.

Por increíble que parezca, me he topado con gente que aún asocia a Rusia con el comunismo y nada más. Desconoce los aportes científicos, artísticos y culturales a buena parte del mundo.

El siglo XX ruso fue convulso y también de avances. Sin embargo, el arte se vio relativamente afectado en la URSS debido a que no había cabida para el llamado «arte burgués». Ante ello, en la literatura nació el llamado «realismo socialista», que no legó precisamente las mejores obras.

En la Edad de Plata de la literatura rusa (una parte del siglo XX) nacieron obras al puro estilo de ese país: extensas, profundas y dotadas de belleza.

Esta semana me permito recomendar una de éstas: El maestro y Margarita (Alianza Editorial, 2008; traducción de Amaya Lacasa Sancha), de Mijaíl Bulgákov (1891-1940).

De entrada hay que mencionar que el autor no pudo ver publicada su fascinante novela debido a la prohibición por el tema central: una sátira de la sociedad soviética. Los riesgos que asumió al embarcarse en la creación de una novela de ese talante terminaron por cobrarle la vida. No obstante, optó por la congruencia antes que por comprometer su arte ante una ideología que precisamente mutilaba sus ideas.

De esta forma, Bulgákov se vio en la necesidad de postergar la culminación de la escritura de su obra principal. El maestro y Margarita es una novela que está envuelta en un halo de misterio del que algo se desvela conforme avanza la lectura.

La historia comienza un día de primavera, en Moscú, exactamente en los «Estanques del Patriarca». Allí, Mijaíl Alexándrovich Berlioz, presidente de una asociación de literatos, e Iván Nikoláyevich Ponirev, poeta que firmaba con el seudónimo Desamparado, discuten un poema que el segundo escribió acerca de Cristo.

Berlioz le había encargado a Desamparado que escribiera un poema en el que mencionara la inexistencia de Cristo, pero el joven creó uno en el que si bien critica a Jesús y lo retrata con tintes muy negros, no cumple con la idea de afirmar su inexistencia.

Repentinamente, Berloiz observa una figura masculina que flota y agita los brazos; ello lo saca de concentración por un momento. Al desvanecerse la imagen, retoma la charla. Sin embargo, cuando continúa instruyendo al poeta, ven a un hombre muy elegante que se acerca por un corredor del jardín. Ambos coinciden en que se trata de un extranjero, pero no logran un acuerdo acerca de la nacionalidad. De pronto vuelven a hablar de Cristo y el jefe redactor insiste en que no existió.

Justo en ese momento, el hombre escucha la afirmación y se detiene de golpe para acercarse a debatir: así comienza la estadía del diablo en Moscú durante cierta primavera soviética.

En su forma de hombre, se hace acompañar de un individuo espigado, con lentes, y un gato que asume posturas humanas e incluso habla. Por donde pasan los tres nace la desgracia.

Mientras conversan, el extranjero cuestiona a Berloiz acerca de cómo cree que morirá. No hay una respuesta, pero el elegante caballero le dice que será de tal forma y detalla el hecho. Ello causa cierta burla de parte del redactor y del poeta, quienes no obstante escuchan atentos la historia que les cuenta acerca del juicio a Jesús, con la figura de Poncio Pilatos en el centro del relato. Lo sorprendente es cuando les dice que él presenció todo: ambos lo toman por loco.

Durante la charla, Mijaíl refiere que hará una llamada telefónica. Sin embargo, momentos después, un tranvía acaba con su vida, tal como le acababa de decir el extraño hombre. Ese hecho sumerge al poeta en un estado de alteración. Pero al recobrar cierta calma, decide emprender la búsqueda del extranjero y supone que se encuentra en el río.

Una vez en el río, Iván deja sus prendas junto a un mendigo. Se lanza al agua en busca de Satanás. Al salir, ya no encuentra su ropa, sino las del vagabundo. Ante el asunto que lo atañe, se viste con las prendas del otro hombre.

Así, continúa la búsqueda. Irrumpe en algunos sitios en calzoncillos, harapiento, con una vela y una imagen cristiana. No tardan en tomarlo por loco y lo encauzan con especialistas para que determinen sus padecimientos. De esta forma, Desamparado termina en una celda para dementes, junto a la del maestro al que hace alusión el título de la novela.

Cuando el maestro conoce a Iván, el lector comienza a desvelar ciertos misterios. El maestro terminó allí casi de una forma voluntaria: Margarita, su amada, se fue con otro hombre.

Sin embargo, en su relato, el maestro le cuenta a Iván que escribió una novela cuyo personaje central es Poncio Pilatos. Al relatar la obra, Desamparado descubre que es prácticamente lo descrito por Satanás en el «Estanque del Patriarca» y ello confirma sus sospechas de quién es ese individuo que, por su parte, causa cualquier cantidad de desencuentros, confusiones y daños en diversos sitios por donde se presenta, acompañado de su corte.

Avanzada la historia, el maestro y su Margarita tendrán un papel importante en la historia.

El maestro y Margarita es una novela extensa, riquísima en anécdotas. De forma inteligente, Bulgákov denunció la corrupción de ciertos artistas soviéticos a través de un talento y un humor asombrosos. Sin duda, es una de las grandes novelas del siglo XX que, pese a su extensión (514 páginas en la edición de Alianza), se lee a un ritmo vertiginoso.

 

 

 

 

Lunes, 07 Octubre 2019 05:13

Kappa

La literatura oriental es considerada, en su conjunto, una de las mejores del mundo. Lo mismo por su capacidad creativa que por su calidad imaginativa, los autores de esas tierras sorprenden al lector occidental, que se ha volcado en torno a los creadores de aquellas tierras en años recientes.

Lo anterior, gracias a editoriales especializadas en la difusión de autores de esa región del planeta, tal como Satori, que se ha encargado de ofrecer al lector de lengua española un amplio catálogo de literatura japonesa.

Así pues, una de las principales virtudes de los narradores es el estilo. En sus trabajos hay formas sutilespropias del corte de las katanas: la delicadeza de las frases, de las imágenes, raya en la perfección; son precisas al grado que uno no puede dejar de sorprenderse.

Aunado a lo anterior, una constante que define a los autores orientales, particularmente a los japoneses, es la tristeza profunda que muchas veces termina por mermar tanto su condición de vivir, que optan por el suicidio.

Esta semana me permito recomendar una obra llegada de tierras niponas: Kappa (Nemont Ediciones, 1977), una novela breve escrita por Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927).

Publicada en 1927, esta obra fascinante aborda un viaje fantástico a un mundo habitado por los «kappas» («niño de río»), unas criaturas de la mitología oriental que tienen la altura de un niño, cabeza de tortuga, aspecto de reptil bípedo y piel escamosa, verde.

Hay que mencionar que Akutagawa fue una de las mayores promesas de la literatura japonesa. Tan sólo con 35 años, el autor decidió quitarse la vida. Su carácter, profundamente intimista y de desolación, lo llevaba a aislarse.

Acaso por este motivo se decidió a escribir una obra como Kappa, un relato narrado por el «paciente número 23» de un centro psiquiátrico a través del que cuenta su historia entre esos seres mitológicos.

Tal como Alicia, el personaje llega a ese mundo fantástico al caer por un agujero cuando perseguía a un «kappa».

La vida entre esas criaturas se acerca al ideal del hombre en el sentido de la coexistencia y la libertad. Incluso los «kappa» pueden decidir nacer o no: en el momento del parto, el padre pregunta si desea salir a la vida. De ser negativa la respuesta, se realiza el aborto en el momento mismo.

El tono con el que está escrita la obra tiene un dejo de desesperanza. Akutagawa es un claro exponente de la fascinante literatura japonesa, pese a la brevedad de su obra.

En Kappa el lector encontrará a un autor original que, pese a su juventud, legó al mundo una obra lo suficientemente vasta como para adentrarse en un hombre que encontró en el mito una forma de subsistencia para estirar al máximo su estancia en este mundo.

Además de ello, esa obra le permitió lanzar una profunda crítica a la condición humana.

A través de Kappa, el autor muestra cuán desamparado puede sentirse el hombre en este mundo: he ahí un rasgo del propio Akutagawa, cuyo desasosiego terminó por llevarlo a tomar la decisión de quitarse la vida, como tantos otros autores nipones.

Ahí queda la recomendación de esta semana para acercarse a uno de los grandes escritores japoneses.

 

 

 

Lunes, 30 Septiembre 2019 05:56

La lluvia amarilla

La soledad es uno de los temas más recurrentes en la literatura. Ya sea por autoimposición, a fuerza de no lidiar con los otros, o porque los otros no alcanzan a ser compañía o porque uno no es compañía, llega un momento en el que el ser humano debe sostener su primer careo con la soledad.

Así pues, la ficción es un amplio campo para echar a sembrar las semillas en busca de que broten como personajes a los que les está destinado ese encuentro con la soledad. Un encuentro acaso permanente que lo perseguirá como una sombra. Pero en el tratamiento del tema estará la clave para que sobresalga por entre los otros.

Ejemplos de obras que abordan la temática hay muchos. Esta semana me permito recomendar una: La lluvia amarilla (1988, Seix Barral; 1993, RBA), una novela del español Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955).

El personaje-narrador de la novela es Andrés, un pastor que se convierte en el último habitante de Ainielle, pueblo que se ubica en las montañas del Pirineo de Huesca.

Si bien el lugar existe, el autor advierte en una nota inicial: «En el año 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto».

El último habitante evoca a los personajes que alguna vez formaron parte del pueblo. Recuerda a sus vecinos, a su esposa misma y a su perra. Pero no lo hace desde la nostalgia, sino que mira al pasado a través de un resquicio poético que se abre en la memoria.

Extraviado en la soledad, desde su monólogo da cuenta de aquellos habitantes que murieron o que decidieron marcharse cuando comenzaron a ver el abandono en el que quedaba Ainielle.

En medio del éxodo, el narrador optó por quedarse. Sin embargo, la muerte de su esposa marcó definitivamente su vida: «Desde entonces, he vivido de espaldas a mí mismo» (p. 44). Se dedica a divagar, a caminar por el pueblo como un perro solitario que no tiene certeza del sitio al que debe ir; visita casas abandonadas en busca de víveres, pues todo se agota y debe hacerle frente a la vida que se le presenta en situaciones extremas.

El hombre recuerda, aunque desconfía: «¿Y qué es, acaso, la memoria sino una gran mentira?» (p. 41). Pese a ello, los recuerdos se convierten en el alimento que lo mantiene vivo entre las montañas y sus condiciones climáticas cambiantes: nevadas que cubren hasta las ganas de vivir, viento helado que paraliza incluso los recuerdos.

Pero luego se encuentra con el otoño, esa posibilidad de sentir algo de calor, aunque con la advertencia de vientos fríos que constantemente están anunciando la llegada próxima del invierno.

Justo ahora que ha comenzado el otoño, esta novela removerá las fibras del lector en cada párrafo: la lluvia amarilla a la que alude el título no es sino el caer de las hojas de los árboles que se desnudan en esta época del año para formar caminos y campos en los que el ser humano deposita su mirada para perderse, por un momento, de la realidad y echar a andar la maquinaria de pensamientos, reflexiones y deseos o nostalgias.

Es ese caer de las hojas con lentitud, como una lluvia de remembranzas que son balanceadas por el viento hasta formar un montón de recuerdos en el suelo y que habrá que esperar a que los levante la brisa y los aleje o definitivamente prenderles fuego.

Estoy cierto que La lluvia amarilla se convertirá en una de esas lecturas entrañables a la que se desea volver de vez en vez, sobre todo cuando la soledad muerde con sus afilados dientes y el grito se pierde en algún bosque que nos habita.

 

Julio Llamazares nació en un pueblo que actualmente ya no existe.

TOMADA DE LA WEB

Aspectos de Ainielle.

TOMADA DE www.despobladosenhuesca.com

Lunes, 23 Septiembre 2019 05:35

Opiniones de un payaso

Soy un payaso y colecciono momentos…

Heinrich Böll

Heinrich Böll (1917-1985) es considerado –junto con Günter Grass (1927-2015) y Siegfried Lenz (1926-2014)– el escritor alemán más importante de posguerra. Su obra está conformada por numerosas novelas y relatos, entre las que manifiesta una fuerte crítica a la sociedad de su época, a la hipocresía de la misma, así como un conflicto hacia la región católica –él era un ferviente católico– y sus formas de adquirir poder político.

Una de las novelas más famosas de Böll es Opiniones de un payaso (1963), que es protagonizada y narrada por Hans Schnier, un comediante de 27 años que se ha hecho de un nombre en el mundo artístico alemán.

La historia transcurre en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. Por entonces, Hans vuelve a su natal Bonn, al departamento en el que, tiempo atrás, vivió junto a Marie, la mujer a la que amaba y que lo abandonó, dadas las presiones religiosas que implicaba vivir junto a un hombre con el que no estaba unida en matrimonio y del que sus amistades tenían una crítica no muy halagadora.

Hans Schnier volvió a Bonn luego de años de giras por Alemania que le valieron el reconocimiento general y su nombre ya era conocido. Sin embargo, a raíz de la separación de Marie, Hans inicia un declive del que no podrá superarse.

El hombre ya no siente la motivación suficiente como para salir a los escenarios si no es borracho. Así, en una función comete el que considera el peor error que puede cometer un payaso: reírse de sus propias ocurrencias. Ya no está Marie tras bambalinas, esperándolo, y esa vuelta a la soledad sólo le resulta tolerable en estado de embriaguez.

Su carrera se vino abajo cuando, en una presentación, ebrio como solía estar, se cayó en el escenario y sufrió una fractura que lo imposibilitó para seguir presentándose en otras funciones. Por ello decide retirarse de la vida artística y volver a su pasado, en busca de respuestas que desvelen el porqué de su presente.

En la soledad del apartamento, Hans comienza a vivir su decadencia, a lidiar con sus miedos y odios, a través de un discurso demoledor y reflexiones que van de la ironía a la más férrea crítica hacia su familia, la Iglesia católica, la sociedad alemana y su doble moral e incluso hacia el arte.

Hans considera que los católicos le arrebataron a Marie al afirmar que «los católicos me ponen nervioso». Luego, asegura: «Y hay un ser católico al que necesito con urgencia: Marie y precisamente ustedes me la han quitado». Además, la mujer se casa con un antiguo conocido de ambos y para el tiempo en el que Hans se ensimisma en el apartamento, la pareja se encuentra de luna de miel en Roma. Eso le provoca brotes de dolor y de sarcasmos.

Por eso, el personaje constantemente critica a los creyentes con los que habla: cuestiona sus dogmas, sus formas de hacerse del poder… A través de llamadas telefónicas desde el apartamento, el hombre busca una mano solidaria y espera obtener respuestas a las interrogantes que tiene para con sus conocidos. Elabora una lista de éstos y sus números telefónicos, realiza llamadas que están acompañadas de diálogos memorables muy elaborados por Böll.

Entre llamadas y episodios de inmovilidad en el apartamento, el hombre-payaso recuerda su infancia en busca de saber su presente. Rememora a su familia, acaudalada y con recursos, pero sus padres eran codiciosos: su madre comía a escondidas y él la descubrió y nunca entendió esa actitud. O el padre del que nunca quiso depender. No perdona que hayan apoyado a los nazis ni su posterior hipocresía. Recuerda a su hermana, que murió en la guerra.

La novela es conmovedora, tiene toques de humor al estilo de Heinrich Böll. El futuro de Hans parece no tener salida y lo describe de una forma magistral. Es una novela imprescindible para conocer la obra de este autor y el comportamiento humano después de una guerra.

Esta obra sitúa a Heinrich Böll como uno de los grandes escritores no sólo de la Alemania del siglo XX, sino del mundo entero. Opiniones de un payaso es considerado uno de los mayores éxitos del autor y un clásico en Alemania. Es una novela que merece ser leída y releída.

 

 

Lunes, 09 Septiembre 2019 05:31

Memorias de la casa muerta

Somos gente deshecha –decían–. Estamos muertos por dentro, y por eso gritamos por las noches.  En Memorias de la casa muerta

Se cuenta que Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881) estuvo a punto de ser fusilado por realizar actividades en contra del gobierno. Tenía 28 años cuando, junto con 25 condenados más, iba a recibir la descarga de pólvora que acabaría con su vida, el 22 de diciembre de 1849.

Sin embargo, una amnistía decretada por parte del zar Alejandro II permitió que aquellos hombres no murieran, instantes antes de que los encargados de las armas jalaran los gatillos.

Lo anterior parece increíble, una historia nacida de la monumental imaginación rusa. De cualquier forma, este hecho ha engrandecido aún más la de por sí gigante figura de uno de los escritores más importantes de la literatura universal.

Se dice también que luego de la amnistía, el entonces joven Fiódor fue condenado a trabajos forzados en una zona de la indomable e inhóspita Siberia, donde pasó los siguientes cinco años. Después de ese tiempo se le concedió la libertad y volvió a San Petersburgo.

En el momento en el que iba a ser fusilado, Dostoyevski apenas si había escrito unas cuatro novelas y algunos cuentos; es decir, aún se estaba gestando en aquellas tierras la figura de quien se convertiría en uno de los escritores más importantes de todos los tiempos.

Esa experiencia en Siberia le permitió a Fiódor conocer a criminales de alta peligrosidad, entre los que gozó de respeto y cierta consideración, dado el carácter del escritor y su actitud para con ellos.

Alrededor de doce años después de abandonar la prisión, Dostoyevski publicó Memorias de la casa muerta (Aguilar, 1991, Tomo I de las Obras Completas). La primera entrega apareció en abril de 1861, en la revista Vremia.

La historia es protagonizada por Aleksandr Petróvich, un hombre al que encarcelan por haber asesinado a su esposa y que va a parar a ese sitio de trabajos forzados. Si bien el personaje que presenta Dostoyevski es ficticio, no es difícil adivinar que hay en la obra buena parte de autobiografía.

En Memorias de la casa muerta encontramos a ese autor que, más de un siglo después, continúa en el sitio más alto de la literatura universal.

La obra en mención aborda las experiencias de Aleksandr Petróvich en la cárcel, ciertas tradiciones rusas. Una de las dotes del genio de Dostoyevski radica en cómo hace de un inframundo, un sitio habitable; cómo de los peores criminales obtiene su esencia y los convierte en seres profundamente humanos: en cada capítulo hay reflexiones de los presos acerca de la Navidad, se cuentan los intentos de fuga, entre otros temas que hacen de Memorias de la casa muerta una obra que permite acercarnos al pensamiento de Dostoyevski.

En la obra también encontramos momentos de buen humor, hay lugar para la ternura, para conocer un fragmento de la historia de uno de los periodos más importantes en la historia de la literatura.

Hay un hombre afable en Dostoyevski, que supo encontrar en aquel infierno, momentos de paz y de tranquilidad; que aprovechó cada experiencia para explorar el comportamiento humano –Nietzsche lo consideraba «el único psicólogo del que se podía aprender algo»– con el fin de entenderse y entender al otro.

Es verdad que se ha escrito mucho acerca de este autor y que difícilmente podría aportarse algo nuevo. Sin embargo, la experiencia de cada lector al abrir un libro del viejo Fiódor es única y, como en el caso del que esto escribe, sólo queda espacio para las impresiones que provoca un escritor de esa talla.

Existen quienes consideran que Dostoyevski es extremista en cuanto al planteamiento de las tragedias y de los dramas. No obstante, en ese sentido, el ruso hace ruborizar a quien «sufre mucho» en la actualidad.

Hay que recordar las palabras del austríaco Stefan Zweig (1881-1942), quien consideraba que Dostoyevski «es el mejor conocedor del alma humana de todos los tiempos». Es el padre de la novela psicológica –Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov– y uno de los precursores del existencialismo –Memorias del subsuelo–, además de que influyó en pilares del siglo XX como Thomas Mann, William Faulkner, Jean-Paul Sartre, Franz Kafka, Albert Camus, Yukio Mishima, André Gide, Ernest Hemingway, Virginia Wolf, Emil Michel Cioran, por citar algunos.

En 2011 apareció una miniserie de televisión en Rusia llamada Dostoyevski, en la que se aborda –en ocho capítulos– la vida del autor. Es un trabajo monumental para conocer la apasionante historia del gran escritor ruso.

 

 

 

Lunes, 02 Septiembre 2019 05:14

El día antes de la felicidad

Muchacho, el tiempo no es un montón, si acaso es un bosque.

Si has conocido la hoja, reconoces después el árbol.

Si la has mirado a los ojos, volverás a encontrarla.

En El día antes de la felicidad

Muchas personas adquieren un libro atraídas por la portada o por el título, independientemente de si conocen o no al autor. Sí, hay títulos que atrapan. Y si además el título está en una portada atractiva, aunado a que el autor le es familiar al lector y, encima de ello, la editorial que lo publica goza de cierto prestigio, hay muchas probabilidades de que el resultado sea una lectura placentera.

Esta semana me permito recomendar uno de esos libros que atraen por diversos factores y, además, porque se trata de una obra que no exige más allá que disfrutarla, palparla, paladear sus frases y gozar de buenos ratos en brazos de la literatura.

Me refiero a El día antes de la felicidad (Sexto Piso/Universidad del Claustro de Sor Juana, 2010; traducción de Carlos Gumpert), del entrañable italiano Erri De Luca (Nápoles, 1950).

Se trata de una novela de aprendizaje corta (112 páginas en la citada edición), ambientada en la ciudad de Nápoles, en la década de los cincuenta, es decir, aún con la memoria puesta en la guerra.

La historia es protagonizada por un joven de dieciocho años sin nombre, sin familia, que cree ser un trozo suelto en la vida, desarraigado, y nunca se ha sentido parte de una familia, de una comunidad, pero que está a punto de dar el salto de la adolescencia a la madurez.

Este muchacho vive en un edificio de departamentos cuyo portero, Don Gaetano, es lo más próximo a un familiar que tiene, su mentor, así como el librero Don Raimondo, quien le presta libros que devora y luego cuenta sus dudas e impresiones al portero.

Don Gaetano lleva mucho tiempo en ese trabajo, ha visto a mucha gente pasar por el sitio, todos los días; ello le ha permitido adquirir un poder: sabe leer y escuchar los pensamientos de las personas con apenas mirar sus rostros. Eso le dice al chico, quien aprende del hombre en prácticamente todos los campos de la vida.

Aún hay resabios de la Segunda Guerra Mundial y permanece fresco el valor del pueblo napolitano para liberarse del yugo alemán.

Don Gaetano le cuenta historias del conflicto bélico –de amor y supervivencia– que dotan de sentimientos e inteligencia al aprendiz de hombre. Porque en eso se convierte: en un aprendiz de hombre, de ser humano.

La vida del joven transcurre entre café caliente, libros, ir y venir por la ciudad golpeada, mirar a la gente, escuchar a Gaetano, quien lo instruye día a día con la intención de formarlo para que el chico enfrente la vida por sí mismo.

Ambos se sientan en el patio y miran a lo lejos, comparten silencios, el horizonte los une y distancia a la vez: cada uno viaja a sus recuerdos, unos más distantes que otros. Pero se reencuentran y sienten un cariño mutuo.

Días hay en los que el muchacho juega futbol. Tiene la habilidad de trepar paredes para buscar los balones. Es portero. Guardameta: el jugador más solitario de la cancha, el que se ve acechado por sus pensamientos cuando el balón está lejos de su portería. Mira hacia todas partes y a la vez hacia ninguna, se sorprende a sí mismo con esa soledad compartida, repartida.

Sin embargo, cierto día descubre, detrás de una ventana, en un departamento del tercer piso de un edificio, la mirada de una muchachita que lo observa. He ahí cuando el guardameta se divide en jugador y en el chico que aprende el amor. Porque hay amor por la portería y nace el amor por aquellos ojos que lo siguen, que no lo dejan tranquilo.

Luego aprende que acaso el sufrimiento es también virtud. Va por ahí, dolor encarnado, precisamente en busca de la felicidad. Don Gaetano lo sabe, le da consejos, le cuenta otras y otras historias para que el joven comprenda.

Lo que sigue después corresponde descubrirlo al lector. No obstante, el joven espera que el día que vive sea el último de la soledad, es decir, «el día antes de la felicidad».

La novela es sencilla, con personajes entrañables; una historia contada con el estilo poético de Erri De Luca, fluido y a veces a tropezones –no hay capítulos, sino saltos de tiempo y espacio– que han convertido a este autor en uno de los escritores vivos más importantes de Italia.

El libro no decepciona. Por el contrario, se le toma cariño y dan ganas de releerlo. De eso se trata, a veces, cuando uno se sumerge en las páginas de un libro: hallar remansos entre las palabras. Erri De Luca lo sabe hacer con creces.

Lunes, 26 Agosto 2019 07:37

El barón rampante

El convulso siglo XX legó a la humanidad un puñado de escritores, artistas e intelectuales que hoy en día continúan siendo objeto de estudios y admiración.

Lunes, 19 Agosto 2019 05:48

Ándjela

¿No pasé años caminando las calles de Belgrado y preguntándome en qué medida formaba parte de la muchedumbre que imperaba en ellas? 

Vladimir Arsenijević, en Ándjela

 

Estoy convencido de que la literatura es la expresión más humana para transmitir el dolor que produce un conflicto bélico, para describir los efectos y las secuelas que padece la sociedad que lo vive. Porque es a través de la palabra como se dice el sufrimiento, como se nombra la soledad.

Hace tiempo escribí acerca de A todos nos falta algo (Cal y Arena, 2014), una antología que reúne doce cuentos de escritores croatas. Mencioné que varios de los textos hacen alusión a la guerra de los Balcanes que despidió cruelmente el siglo XX y de la que los autores que forman parte del libro fueron testigos.

Pues bien, esta semana propongo una lectura relacionada con ese conflicto y la huella que dejó en una sociedad que terminó rota o fragmentada. Me refiero a Ándjela (Alfaguara, 2001), del escritor serbio de origen croata Vladimir Arsenijević (Pula, 1965).

Ésta es la segunda novela del autor y forma parte de una tetralogía. Hay que decir que Vladimir vivió un tiempo en nuestro país, en la Casa Refugio Citlaltépetl, A.C. de la Ciudad de México, gracias a un convenio.

Abandonó Belgrado con dificultad, cuando la capital serbia comenzaba a ser bombardeada por la OTAN, en 1999. Tras una serie de complicaciones, cruces fronterizos peligrosos, unos días en Sarajevo, una visita a su familia en Eslovenia, abordó un avión que lo llevó a Frankfurt y de allí voló a la capital mexicana, adonde llegó en el último mayo del siglo XX.

En Ándjela no hay pretensiones de autocompasión ni lecciones moralistas. Por el contrario, Arsenijević retrata esa parte de la sociedad que casi nunca es tomada en cuenta por los medios –ni los políticos– en una guerra: el ciudadano común, el de a pie.

Así pues, la historia es narrada por el esposo de Ándjela, un hombre lleno de dudas, sin expectativas, cargado de conflictos existenciales: «A pesar de todos mis esfuerzos, jamás he logrado encontrar en la Existencia algo que, por lo menos parcialmente, la justificara».

La pareja es sobreviviente de la guerra y vive en una Belgrado herida y devastada cuyos habitantes son fantasmas que recorren los escombros del conflicto, en medio de la decadencia. Porque aquellos que no piden la guerra están condenados a abandonar su tierra o a vivir entre muertos.

Ándjela es una mujer complicada, acaso enigmática, con un hermano fallecido en el frente de batalla. Ella y su esposo son desempleados y adictos a la heroína. No hay en ellos un dejo de esperanza en el porvenir, protagonizan peleas constantes: no parece haber motivo alguno para mantenerse juntos. Sin embargo, es acaso esa guerra personal la que justifica su unión y deciden rebelarse contra el absurdo que rodea sus vidas: tienen un hijo.

La narración de Arsenijević es espléndida. La voz desgarradora del personaje –sus traumas, sus miedos– dimensiona la magnitud de un conflicto bélico en una sociedad que hoy en día no ha terminado de recoger sus fragmentos ni han cicatrizado las heridas de ese oscuro episodio para la humanidad.

La guerra de los Balcanes es el telón de fondo de Ándjela. No se trata de una crónica ni de una lección de historia ni de moral. Es el relato de un hombre inmerso en la desesperación, en un constante combatir a sus demonios. Pese a ello, busca a toda costa justificar su existencia.

Ándjela es una novela conmovedora que exige al lector reflexionar acerca de cómo sobrellevar la vida en medio de circunstancias extremas. Aun cuando todo es desesperanza y sufrimiento, los corazones todavía palpitan en medio de la desolación.

 

 

 

 

Lunes, 12 Agosto 2019 05:36

Salir a robar caballos

Algo hay en la literatura de los países escandinavos que enamora: acaso la sutileza y la belleza de sus imágenes, el poder de sus historias. O quizá la lejanía que nos representa esa región del mundo, hallar páginas tan cálidas entre regiones llenas de nieve.

Esta semana mi sugerencia es una obra noruega: Salir a robar caballos (Bruguera, 2007; traducción de Cristina Gómez Baggethun), del noruego Per Petterson (Oslo, 1952).

De entrada, aun cuando se dice que un libro no se debe juzgar por su portada ni por su título, esta novela atrae por ambas partes.

La historia es narrada por Trond Sender, un hombre de 67 años que enviudó poco tiempo antes debido a un accidente. En busca de hacer frente a esa situación, decide instalarse en una cabaña situada en la frontera entre Noruega y Suecia, en medio del bosque, ante la inminente llegada del año 2000 (la historia transcurre en 1999).

Trond decide adecuar ese lugar –lejano, en noviembre, con un manto de nieve de fondo y árboles que saludan al viento– para poder vivir allí. En esa soledad casi absoluta –se hace compañía de su perra, con la que pasea–, el personaje regresa el tiempo hasta su adolescencia, a sus 15 años.

El año es 1948, tres años después de que los alemanes abandonaron Noruega durante la ocupación de la Segunda Guerra Mundial. El padre de Trond fue miembro de la resistencia contra los nazis.

En aquellos días, el entonces adolescente había entablado amistad con Jon, pero éste desaparece de su vida repentinamente; sin saber por qué, el amigo odiaba al padre de Trond.

Éste luego descubre el origen del odio, la razón de esa animadversión de Jon hacia su padre. En ese descubrimiento, en las nuevas experiencias, Trond se convierte en un hombre durante aquel verano de 1948.

La novela se deja leer rápido; hay imágenes memorables, un ambiente en apariencia hostil –nieve, soledad–, pero que el autor aprovecha para hacer de dicha condición una zona cálida, con los recuerdos de Trond y su imposibilidad de recibir el nuevo milenio acompañado de su esposa.

El libro no exige mucho en sí y en cambio permite una lectura agradable; no hay pretensiones más allá de contar una buena historia por parte del autor. Es una novela bastante recomendable para quien gusta de historias nostálgicas con imágenes poéticas.

Como colofón hay que añadir que la edición en español de Salir a robar caballos corrió a cargo del grupo Ediciones B en 2007 (Bruguera y Zeta), con una traducción de Cristina Gómez Baggethun.

Además, esta obra fue galardonada con los dos principales premios de Noruega: el Premio de Literatura de la Crítica Noruega y el Premio de los Libreros al Mejor Libro del Año. Su traducción al inglés, en 2006, le valió el Independent Foreign Fiction Price y en 2007, el IMPAC de Dublín.

Ahí queda la recomendación para este medianamente joven verano.

 

 

 

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