Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 23 Noviembre 2020 05:47

Una breve mirada a Jerzy Kosiński

 

Leí por primera vez a Jerzy Kosiński (ŁódźPolonia, 1933-Nueva York, 1991) hace unos quince años. En aquel entonces no sabía quién era el autor ni había escuchado nada de él. Adquirí Desde el jardín (una edición de Javier Vergara con cubiertas blancas, el título en letras grandes, doradas, y el nombre del autor escrito en azul) en una librería de viejo que estaba ubicada en la calle Matamoros del primer cuadro de Cuernavaca. 

Recuerdo que me animé a comprar el libro por una frase atribuida a Luis Buñuel escrita en la contracubierta: «…Quizás el libro que más me ha impresionado». (Años más tarde supe que la frase no se refería a Desde el jardín, sino a El pájaro pintado, del mismo Kosiński).
Por aquellos años no tenía libros acumulados ni lecturas pendientes. Así que me puse a leer la novela en mención el mismo día que lo adquirí. De alguna forma, desde los primeros párrafos me di cuenta de que era distinto a lo que había leído hasta ese momento. 

Con el paso de las páginas mi entusiasmo aumentaba porque realmente estaba disfrutando de esa lectura, que me vi obligado a suspender por algún motivo cuando comenzaba a caer la noche. 

Unas horas después pude retomar la historia. Para ello me tumbé en un sillón desvencijado que había en mi pequeña habitación. Leí página tras página hasta que terminé la novela, poco después de la medianoche. El sabor que me dejó la obra fue muy grato y aún recuerdo con cariño esa lectura. 

(El lector sabrá disculparme por el hecho de no abordar la trama de Desde el jardín, si es que no ha leído la obra. En todo caso, apelo a su curiosidad para tales fines. Sólo diré que el personaje principal, Mr. Chance, es acaso el primer influencer aparecido en la literatura). 

 

II 

 

Unos años después, en la misma librería (hoy ya no existe: cerró hace aproximadamente un par de años, a falta de lectores y por la absorbente renta), encontré El pájaro pintado (Pomaire, 1978), entre una pila de libros que estaba arrinconada. 

Me entusiasmé de inmediato al reconocer el apellido del autor, pues tenía el antecedente y además supe entonces que Buñuel se había referido a esa novela y no a Desde el jardín con la frase mencionada unas líneas arriba. 

Al igual que en la otra novela, no sabía a qué me iba a enfrentar, realmente. La obra aborda la Segunda Guerra Mundial desde la mirada de un niño “gitano o judío vagabundo”, cuyas andanzas en aldeas de un país de Europa del Este dan muestra de una serie de horrores propios de una guerra. 

El infante deambula por sitios en los que no precisamente es visto con buenos ojos; debe enfrentarse a situaciones extremas que confrontan a la capacidad que tiene el ser humano de dañar al otro y a la de resistir a todo embate. 

La lectura me significó un constante asombro, un ir a ciegas, acaso horrorizado y fascinado al mismo tiempo para la cantidad de escenas e imágenes brutales que conforman la obra, a través de un estilo más bien parsimonioso, lo que la vuelve más atractiva aún. Es una muestra perfecta de la poética del horror. 

Se trata de la primera novela de Kosiński, publicada por allá de 1965. La obra despertó cualquier cantidad de críticas (entusiastas y no tanto); incluso el autor fue acusado de plagio, ya que –según se cuenta– la novela está llena de historias polacas aparecidas con anterioridad. 

Desconozco si el plagio fue real. Lo que sí puedo decir es que El pájaro pintado es uno de esos libros que marcan la vida de un lector, pues se enfrenta a una narrativa poderosa y que deviene en reto seguir la andanada de imágenes que ofrece, todo en el marco de una guerra y lo que ello conlleva. 

La novela ha sido reeditada e incluso en 2019 se estrenó una adaptación cinematográfica del director checo Václav Marhoul, en blanco y negro, con una fotografía impresionante. 

 

III 

 

Pasaron varios años para que me volviera a hacer de alguna obra del autor. Aun cuando llegué a ver un par en librerías de viejo y a pesar de los antecedentes que tenía del escritor, por alguna razón, no las adquiría. 

Sin embargo, hace dos o tres meses, me lancé a la aventura de acudir a una casa cuyos propietarios estaban en proceso de mudarse de ciudad y eso se convirtió en motivo para deshacerse de su biblioteca. (Una biblioteca impresionante, cabe decir). 

Entre otros tantos libros, me encontré con un ejemplar verde sin más imágenes en la cubierta que el nombre del autor, el título de la obra, la colección y la editorial: Jerzy Kosiński, Pasos, ne (nueva escritura) y Losada. El año de edición es de 1969 (originalmente fue publicada en 1968). 

La información contenida en la contracubierta no da muchas pistas acerca de lo que va la historia. De hecho, me parece que no hay forma de resumir la obra en unas líneas. 

De entrada, se considera que Pasos es una obra inclasificable. Hay quienes opinan que es una novela y otros que consideran que se trata de un conjunto de relatos. Lo que sí se encuentra uno son fragmentos. Fragmentos no muy extensos que van cambiando de personajes y ambientes. 

Llega un momento en el que uno se da cuenta de que está en medio de algo así como un campo minado en el que hay que dar pasos lentos, cuidadosos, para evitar la explosión, pues, tal como en El pájaro pintado, en Pasos (es la segunda obra de Kosiński) hay una serie de episodios perturbadores: violaciones tumultuarias, asesinatos motivados por el simple hecho de matar, concursos absurdos que devienen en alguna muerte, esclavitud sexual: todo aderezado con un lenguaje hipnótico. 

Diríase que en algún momento el narrador pudiera ser el protagonista de varios de los relatos que se cuentan; que cabalga entre el cinismo y la ingenuidad por cada escenario que presenta al lector, mediante pequeñas dosis que lo mismo rayan en la brutalidad que en un fino erotismo que no deja indiferente al lector. 

Si este fin de año buscan alguna lectura, Jerzy Kosiński es una opción recomendable. Algunas de sus obras aún se pueden conseguir en ediciones recientes. Aun cuando en su momento el autor figuró en las listas de éxitos editoriales, actualmente es poco leído y apenas si se conoce su nombre. Redescubramos, pues, a un escritor infravalorado que fue capaz de hacer que el lector se hunda en un pantano de dudas en el que no es posible diferenciar lo que es real de lo que es ficción. 

 

TOMADA DE LA WEB 

La obra del autor polaco ha sido traducida a más de treinta lenguas. 

 

Lunes, 09 Noviembre 2020 05:51

Lejos del horizonte perfumado

A raíz de la ocupación-invasión israelí, iniciada en 1947, cientos de miles de palestinos han sido asesinados, despojados de sus tierras y obligados a desplazarse bajo el amparo y la complicidad de numerosos países de Occidente, encabezados por Estados Unidos. 

El lunes 14 de mayo de 2018, fuerzas israelíes asesinaron a unos sesenta palestinos e hirieron a alrededor de dos mil quinientos en una nueva sangría por parte del ente sionista, durante una manifestación por la apertura –ilegal– de la embajada de EE.UU. en Jerusalén. 

Esta semana la recomendación llega de aquellas tierras. Salah Jamal (Nablús, Palestina, 1951) se vio en la necesidad de exiliarse en Barcelona ante el terror impuesto por Israel entre sus coterráneos y la impunidad de la que hoy en día goza ese régimen genocida. 

Derivado del abandono de su patria, Jamal escribió una novela titulada Lejos del horizonte perfumado (RBA, 2004). Escribir desde la distancia ofrece a los lectores la posibilidad de conocer las experiencias –siempre dolorosas– de cómo enfrentar el exilio, la soledad y los mundos nuevos, no por iniciativa propia, sino orillado a hacerlo por cuestiones políticas. 

En Lejos del horizonte perfumado, el también médico, historiador y profesor cuenta la historia de un joven beduino llamado Mohammed Pirjawi Unnab Jalilidin Osrama Lumary, a quien las circunstancias de la vida convierten en Mohammed Pujol, dada la complejidad de pronunciar su nombre completo de corrido. 

Ante el despojo israelí, el joven palestino abandona su tierra y el destino lo coloca en Ciudad Condal, Barcelona, donde su familia cuenta con una amiga que se dedica a la prostitución. 

En un mundo completamente nuevo para sus ojos, el muchacho aprenderá a manejarse en los bajos fondos, entre prostitutas, ladrones y un sinfín de personajes que le permitirán acceder a un universo completamente ajeno al suyo. 

Entre sus andanzas por Barcelona, Mohammed conoce a una mujer de la alta sociedad que le abrirá las puertas de la sensualidad, del misterio de los cuerpos: accede a la educación sentimental. 

Las estadías del joven en la casa de esa mujer permiten a Jamal ofrecer una muestra de la cocina árabe con recetas, rituales, aromas… De tal forma que el lector disfruta, entre párrafo y párrafo, sabores y aromas que envuelven a la lectura en un ambiente ameno, perfumado; cada platillo se enreda en la nariz y ello convierte a esas páginas de la novela en un platillo extra. 

La obra en cuestión también aborda la pérdida, la soledad, la nostalgia, el amor y el deseo. Y Salah Jamal lo hace mediante formas sutiles y directas, con altas dosis de ternura y un amplio conocimiento cultural de las sociedades enfrentadas. Porque el texto ofrece la posibilidad de conocer y desvelar ambos mundos: el árabe, con sus creencias, sus rituales, y el occidental de los años setenta y principios de los ochenta, particularmente el catalán, con el avistamiento de los cambios radicales que suponían los supuestos avances de la humanidad en materias diversas. 

Pero no todo es nostalgia en la historia. Desde los primeros párrafos, el autor ofrece múltiples episodios divertidísimos que dan cuenta de que no se trata de una novela cubierta con el manto de la tristeza y la nostalgia. No. En la historia nos encontramos con anécdotas de desencuentros con la justicia («hice más visitas a las dependencias policiales que a la universidad»), el descubrimiento de un mundo que le permite descubrir una ciudad de la que, también tiempo después, sentirá nostalgia. 

El humor de Jamal provoca carcajadas en el lector. La aparente ingenuidad de Mohammed se comienza a desmoronar desde las primeras lecciones de aprendizaje que conllevan su nueva vida; retrata asimismo ambas sociedades con los viajes del muchacho a su tierra natal y los retornos a Barcelona. 

Entre las páginas desfilan diversos personajes divertidos, como el propio padre del protagonista, o El Gallina, un tipo al que conoce en Barcelona y que es líder de Los Pollitos, delincuentes de poca monta que se meten en líos que los colocan en situaciones sumamente divertidas. 

Es decir, la novela abarca temas que lo mismo transitan por la denuncia –la ocupación y el despojo de Israel contra los habitantes de Palestina–, el aprendizaje –los encuentros de Mohammed con la mujer que lo acoge en sus brazos– y el humor –hay innumerables pasajes muy divertidos. 

En fin, Lejos del horizonte perfumado es una lectura recomendada para quienes buscan conocer de primera mano otra cultura, para paladear entre las palabras, divertirse con anécdotas y episodios, degustar una obra que dejará un grato sabor al llegar su última página. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

El narrador de Lejos del horizonte perfumado (223 páginas) es el propio Mohammed, que cuenta la historia con un estilo muy ameno. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Salah Jamal vive en Barcelona desde hace varias décadas, pero no olvida sus raíces y es un ferviente defensor de la dignidad del pueblo palestino. 

 

TOMADA DE LA WEB 

A través de su obra, Jamal denuncia las atrocidades que ha cometido (comete) Israel en contra del pueblo palestino. 

 

Pensar en sociedades cuyos habitantes coexisten sin tecnología ni medios de comunicación resulta inaudito e incluso inverosímil a estas alturas del siglo XXI, cuando los supuestos avances tecnológicos «facilitan» la vida. 

Sin embargo, aún existen grupos que viven «aislados», lejos de lo que se considera «civilizado» en nuestros días. Pienso en las tribus de la tundra, en esas sociedades conformadas por seres que hacen su vida en sitios helados, rodeados de nieve, alejados del cacareado «progreso». 

La literatura permite conocer la otredad. Conocer e intentar comprenderla. Una novela que podría considerarse un clásico en materia de hielo, nieve y tribus que se desarrollan en la tundra es sin duda El país de las sombras largas, del ítalo-suizo Hans Ruesch (1913-2007). 

Es una historia que transcurre en el Ártico, con sus noches de cinco meses, en la que se narran las costumbres de los inuit, su forma de vida, mediante una prosa poética que la convierte en una lectura inolvidable. 

Pero no es la única obra que aborda esa temática. Por ejemplo, esta semana propongo la lectura Heq. La historia de los hombres que amaban el hielo (Grijalbo, 1999), del danés Jørn Riel (1931). 

La obra versa sobre diversos grupos que se desenvuelven entre Alaska y Groenlandia. Algunos nómadas, otros sedentarios, cohabitan bajo condiciones adversas como el clima, los peligros de la fauna e incluso se enfrentan a la escasez de alimentos, en medio de lugares inhóspitos. 

Heq es uno de los personajes principales, heredero del nombre de su abuelo, un chamán cuyo recuerdo pesa entre los inuit a los que perteneció. 

Su madre, Shanuq, un día inicia un viaje en el que resulta embarazada de un individuo que no pertenece a su grupo. 

De ese encuentro nace Heq, quien podría no ser visto con buenos ojos debido a que en sus venas corre sangre ajena. Sin embargo, Shanuq se impone, cobra una fuerza tal que le merece el respeto de los otros, aun cuando saben la historia de su hijo. 

Conforme crece, Heq asume el liderazgo entre los suyos, quienes ven en él la imagen de su abuelo y pronto aprenden a respetarlo. 

Heq tiene un hermano, Tyakutyik, pero él es distinto: tiene «dos almas». Por un lado, posee la fortaleza y las dotes de cazador de un hombre; pero también hay en sí la delicadeza de una mujer y el deseo de ser madre. Sin duda, es uno de los personajes más fascinantes de la novela. 

Ante las condiciones de la tundra, Heq decide guiar a los suyos hacia el norte «en busca de una de las cuatro inmensas columnas que unen la tierra con la bóveda celeste». 

Pero no es un viaje tranquilo. Durante el camino no faltan los desencuentros entre los inuit ni batallas contra otras tribus. Riel describe las costumbres de estas sociedades, su diario vivir, la forma de organizarse, las creencias: muestra las formas de vida de grupos ajenos a nuestras sociedades occidentales, tan dadas a «enseñar buenos modales» a quienes no son como nosotros. 

Así, la novela se convierte en una lectura apasionante en la que el autor aborda temas con dominio y amplio conocimiento, lo que hace de ésta, una historia que se respira conforme avanzan las páginas. 

El libro es un homenaje a los primeros viajeros de la Tierra; de niños, ancianos, mujeres y hombres que sienten un profundo respeto por la Naturaleza. Respeto y amor: sobreviven gracias a sus bondades. Se mueven por regiones gélidas en busca de mejor sitio para no perecer; habitan en noches que parecen eternas y la luna es el faro que alumbra los caminos que son recorridos a través de jornadas agotadoras. 

Entre ráfagas de viento, cielo gris y nieve, los inuit recorren masas de hielo en busca del objetivo. No sufren. Los inuit que Jørn Riel presenta al lector son bromistas, ríen, miran al pasado sin nostalgia. La Palabra es fundamental en su cotidianidad: cuentan historias día a día para entretener a los otros y transmitir las enseñanzas de los antepasados. 

En resumidas cuentas, Heq. La historia de los hombres que amaban el hielo habla de los que fuimos y los que somos. Es una obra profundamente humana que muestra la vida desde otra región de la Tierra. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Jørn Riel, «el mago del hielo», vivió varios años en Groenlandia. Su obra le ha valido premios como el Prix Littérature Nordique 1998. 

 

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Los inuit cuentan historias día a día para entretener a los otros y transmitir las enseñanzas de los antepasados. 

 

 

Lunes, 19 Octubre 2020 05:55

La senda del perdedor

El sueño americano es esa ilusión que motiva a miles de seres en inimaginables rincones del mundo en busca de una vida mejor, de libertades, de abundancia, tal como se refleja en cualquier cantidad de películas producidas en Hollywood. 

Sin embargo, la terca realidad echa por tierra ese idilio cuando se planta en la cara y aquel que tenía la ilusión se ve alcanzado y humillado por la vida real. 

Mucho de ello hay en la obra que me permito recomendar esta semana: La senda del perdedor (Anagrama, 2013), del escritor norteamericano nacido en Alemania Charles Bukowski (1920-1994). 

Este nombre es de sobra conocido en la literatura, a veces más por sus excesos que por sus libros. Sin embargo, año con año se reeditan sus obras y se venden de forma considerable en muchos países (incluido México). 

No son un secreto los excesos de Bukowski: su adicción al alcohol y a las mujeres lo han colocado en un pedestal entre los jóvenes que se inician en el tortuoso camino de la literatura y, más de uno, trata de imitarlo. 

Aun cuando no ha leído ninguna obra de este autor, el lector cuenta con mucha información acerca de él; llega al libro con ciertos prejuicios o comentarios que lo hacen abordar al escritor con expectativas elevadísimas, sin considerar siquiera la decepción. 

La carga de prejuicios e información acerca de Bukowski es elevada: las librerías (grandes y pequeñas) cuentan con cualquier cantidad de títulos suyos, uno se topa con sus libros incluso en quioscos y resulta casi inevitable no sucumbir ante tantos mensajes. 

La senda del perdedor fue publicada originalmente en el año de 1982. La novela es puñetazo. Hay quien considera que se trata de su obra cumbre. La historia es protagonizada por Henry Chinaski, el alter ego de Bukowski. Desde una visión honesta (el gran valor que poseen los mejores escritores), el autor narra las andanzas de Henry desde su infancia hasta su juventud. 

En Bukowski la idea del sueño americano fabricada en Hollywood se va por el caño. La senda del perdedor está ambientada en Los Ángeles de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial. El personaje cuenta cómo se ve sujeto a humillaciones, a burlas de parte de ciertos estadounidenses. 

A ello debe sumarle un ambiente familiar completamente adverso: su padre suele darles palizas a él y a su madre. Su padre finge que va a trabajar todos los días para que los vecinos no se den cuentan de que está en paro. Su padre siempre está furioso y descarga su ira en los otros. 

Esta situación provoca que Chinaski busque hacerse de un camino para sobrevivir. A lo largo de la historia nos encontramos con personajes marginales, con la parte no conocida del país «más desarrollado del mundo», sus patios traseros y oficinas de desempleo; los bares donde convergen los otros, los que no tienen voz en una sociedad opresora como la de Estados Unidos; paseamos bajo los peligros de la noche e iniciamos el andar en esa senda del propio Bukowski, sin opción a volver los pasos. 

El título en sí es ya una advertencia a lo que se topará el lector. Hay pasajes de la novela que resultan muy conmovedores. Por ejemplo, hay una escena de uno de esos bailes escolares que gozan de mucha popularidad entre los estadounidenses. Henry se ve imposibilitado a asistir a uno de esos eventos y la descripción que hace Bukowski se convierte en uno de los tantos episodios memorables del libro. 

Aunque la novela es autobiográfica y se narran situaciones difíciles, Bukowski no cae en la autocompasión; por el contrario, se percibe la serenidad del autor, desengañado ya de todo e incrustado en una sociedad falsa e hipócrita a la que desenmascara mediante un lenguaje pausado, con destellos poéticos y, sobre todo, lleno de honestidad. 

No sé si se trata de la mejor obra de Bukowski, pero La senda del perdedor resulta una novela que bien merece una oportunidad para conocer al Bukowski desde lo más transparente de su vida. 

 

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Charles Bukowski es considerado el último escritor «maldito» de la literatura norteamericana. 

 

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Varias obras de Bukowski han sido adaptadas al cine. En la imagen, un fotograma de Factótum

 

Lunes, 12 Octubre 2020 06:11

Cuando ya no importe

Cuando se habla del boom latinoamericano, invariablemente brincan algunos nombres asociados a dicho movimiento: Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, entre otros. 

Sin embargo, antes de ellos había ya escritores importantes, aunque menos reconocidos, pero que cimentaron las bases para consolidar una literatura en forma, con voz propia. Nombres como Roberto Arlt, Felisberto Hernández, Juan Carlos Onetti –por citar tres casos– no suelen figurar mucho entre los escritores más importantes de la región, aunque en el caso de Onetti existe un mayor conocimiento y estudio de su obra. 

Si bien los primeros cuatro nombres citados fueron artífices para la «exportación» de las letras latinoamericanas hacia Europa, por allá de la década los sesenta, Onetti es considerado –según Vargas Llosa– el autor de la primera novela moderna de América Latina: El pozo (1939). 

A partir de entonces se dedicó a escribir lo mismo cuentos que novelas y a construir un mundo propio, con personajes que aparecen no sólo en una obra, sino que se pasean por sus obras como entes capaces de moverse por sí mismos. 

Nacido en Montevideo, Uruguay, en 1909, Onetti fue un fiel admirador de la obra del gigante estadounidense William Faulkner (1897-1962), quien creó el ya mítico pueblo imaginario Yoknapatawpha. 

Bajo este tenor, Juan Carlos Onetti dio vida a la ciudad ficticia Santa María, a partir de su novela La vida breve (1950), que aparece en otras historias como El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), creando así una trilogía, aunque la ciudad volvería a ser mencionada tres décadas más tarde. 

En esta ocasión mi recomendación gira en torno a la obra de Onetti, pero particularmente me referiré a la última de sus novelas: Cuando ya no importe (Alfaguara, 1993). 

Originalmente se llamaría La casona, pero la editora del uruguayo en Barcelona, Carmen Balcels, le sugirió cambiar el título. Llevaría ese nombre porque buena parte de la historia ocurre en una casa cercana a un río, perdida en el campo. 

La novela es narrada por el protagonista de la misma, a manera de diario. Es un hombre que ha sido abandonado por su esposa, quien aguantó muchos años el hambre y la miseria junto a él. Desapegado de todo, decide viajar hacia un lugar donde vivirá muchos años y se desempeñará como contrabandista. 

Se trata de un personaje desengañado, vapuleado a veces por los recuerdos pero que está dispuesto a recibir los embates de la soledad. En la novela desfilan algunos personajes, incluido el doctor Díaz Grey, de otras historias santamarianas, para entonces acabado, viejo. Ambos personajes se sumen en conversaciones prolongadas, de recuerdos, confesiones y en las que Onetti confirma su eterna nostalgia. 

Cuando ya no importe es una especie de despedida de Onetti (murió un año después de su publicación), las remembranzas de los sitios donde vivió, la gente que conoció: un último paseo por los sitios que alguna vez florecieron, pero que en su última entrega deja entrever el deterioro, la decadencia. 

La trama de la historia no es muy compleja, pero es una exquisitez del lenguaje, con diálogos profundos y una carga con alto contenido nostálgico, poético y del desengaño que trae el paso del tiempo. Es, sin duda, el último golpe maestro de uno de los escritores más importantes que nuestro continente legó al mundo en el siglo XX. 

Es una novela de 205 páginas que se leen de forma fluida, pero con la calma que Onetti les imprime a las palabras. Está llena de frases nostálgicas, existencialistas, vitalistas incluso, al más puro estilo del uruguayo que, a mi juicio, no goza del reconocimiento que su obra debería tener. 

Ahí queda la recomendación. Estoy cierto que les significará una novela que difícilmente olvidarán al cerrar el libro y, por el contrario, querrán volver a iniciar. 

 

TOMADA DE LA WEB 

En 1980, en medio de la indiferencia del gobierno –dictatorial– uruguayo, Juan Carlos Onetti fue galardonado con el Premio Cervantes, el más importante para los escritores en lengua española. 

TOMADA DE LA WEB 

Fotograma de Mal día para pescar (2009), del director Álvaro Brechner, cuya historia está basada en el cuento de Onetti «Jacob y el otro». 

 

Lunes, 05 Octubre 2020 05:23

A todos nos falta algo 

Cuando mencionamos Croacia, las referencias que tenemos de ese país en México son casi nulas o se reducen al futbol, ora porque hay jugadores de esa nacionalidad en los equipos más mediáticos del mundo o porque en el pasado Mundial, la de México enfrentó a esa selección, así como en la edición de 2002. 

Lunes, 28 Septiembre 2020 05:44

El mundo detrás de Dukla

Los grandes escritores se destacan por la capacidad inventiva de su imaginación, la riqueza de sus historias o el arte de su tratamiento. Una historia bien contada siempre resulta atractiva para todo tipo de lector. 

Sin embargo, ¿qué ocurre cuando no hay historia, cuando ésta es casi invisible o cuando la trama apenas si se percibe en un cuento o una novela? De entrada, se corre el riesgo de ingresar a un libro del que se saldrá acaso muy pronto. 

En 1999, Andrzej Stasiuk (Varsovia, 1960) obtuvo el premio al mejor prosista polaco por su novela El mundo detrás de Dukla (1997). En 2003, Acantilado lanzó la primera edición de dicha obra en español, con traducción de Elzbieta Bortkiewicz y Juan Carlos Vidal. 

Ésta es una novela cuya historia no se centra en la trama. Es más, en las primeras líneas, el narrador advierte que «…no debe existir trama alguna en este relato, porque ninguna cosa debe ocultar otras cosas cuando nos encaminamos hacia la nada…». 

El mundo detrás de Dukla comienza con el retorno del narrador a Dukla, ese lugar que lo vio crecer y donde tuvo las primeras impresiones de la vida. En su regreso cuenta el estatismo de los domingos por la tarde, la luz que cubre las horas y todo parece inmóvil, encerrado en una especie de tristeza que acecha ese día a las personas. 

El personaje narra cada espacio; no deja resquicio sin ser descrito y cada paso se convierte en un poema en movimiento. El hombre vuelve al sitio después de varios años y encuentra apenas ligeros cambios, pero los espacios permanecen, cuentan lo que años antes no pudo percibir. 

Sin duda, la mayor virtud del autor en esta novela es el lenguaje: un lirismo que atrapa al lector y lo lleva a Dukla, un pueblo situado al sur de Polonia, para conocer los rincones que el autor describe con una sensibilidad destacable. 

La prosa de Andrzej Stasiuk encanta, convierte al libro en un remanso donde los ruidos del exterior no se escuchan y, en cambio, la inmovilidad de Dukla se planta ante los ojos del que lee y se sabe habitante de ese pueblo. 

Hay pasajes de los primeros años del narrador. Destaca a sus abuelos, la vida de entonces, las costumbres, la capacidad de existir con la mera presencia. O la aparición de Wasyl Padwa, un peculiar habitante del pueblo que guarda dinero, pero no con buenos resultados. 

El protagonista es Dukla, sus espacios, su gente, el lenguaje con el que están narradas las cosas… Stasiuk hace del pueblo un mundo, pero en cada rincón, cada resquicio, describe un microcosmos con una maestría y una sutileza únicas que nos colocan frente a frases escritas con seda. 

El mundo detrás de Dukla es una novela de 191 páginas para beberse a sorbos, degustarla frase a frase y deleitarse con el destacado lirismo de Stasiuk. Es asimismo como si la luz se posara sobre los cuerpos, sobre los espacios, se infiltrara entre los resquicios: todo está cubierto a través de las descripciones. Es un libro, pues, para disfrutar con todos los sentidos. 

 

 

 

Lunes, 21 Septiembre 2020 06:08

Sueño con mujeres que ni fu ni fa

Hay autores a los que amas o los odias. Ya sea por el estilo o por los temas que abordan, existen escritores que resultan fascinantes a algunos lectores y sencillamente infumables para otros. 

Esta semana recomiendo a uno de estos escritores: Samuel Beckett (193-1989). Influenciado en sus primeros años por James Joyce (1882-1941), el Nobel (1969) supo sacudirse la sombra de su connacional conforme pasaron los años. 

El de Beckett no es un estilo fácil. Por el contrario, se requiere de paciencia para tomarle el gusto a la obra de uno de los escritores más originales que nos entregó el siglo XX. 

Cuando tenía veintiséis años, el irlandés escribió su primera novela, pero no halló editor que se animara a publicarla. Se trata de Sueño con mujeres que ni fu ni fa (1992; Tusquets, 2011), la que el propio Beckett se negó a publicar cuando ya era Beckett. 

Por deseo del propio escritor, dramaturgo y ensayista, la novela no vio la luz sino de manera póstuma, hacia 1992 (Beckett falleció en 1989), es decir unos sesenta años después de haberla escrito. 

La obra comienza de esta forma: «He aquí a Belacqua, un niño rollizo que pedalea cada vez más veloz, con la boca entreabierta y las aletas de la nariz cada vez más hinchadas» (p. 11). 

Belacqua es un joven poeta que deambula por calles de París, Dublín y Viena; no sabe qué es lo que busca, pero traslada su cuerpo de un lugar a otro como si en verdad tuviera algún objetivo. Éste es acaso el primer guiño beckettiano: el ser se conduce hacia el fracaso, no hay objetivo para perseguir. Y si lo haces, anda: date de frente contra el fracaso. 

Sin embargo, Belacqua «está enamorado de cintura para arriba de una muchacha patosa que atendía por el nombre de Smeraldina-Rima» (p. 13). 

Su encuentro es fortuito: la halló una noche en la que la fatiga hizo presa del poeta en ciernes. Es decir, el «amor» le brotó del cansancio, no fue concebido a la luz de la vitalidad. 

Belacqua deambula, está satisfecho con su «feliz tristeza». Mujeres como Smeraldina-Rima, Syra-Cusa o Alba esperan algo de él, cualquier cosa, que él no entrega. Porque el muchacho aspira a habitar su interior, sus pensamientos; piensa en qué escribirá: es un artista adolescente –como el de Joyce– que va por la vida ebrio, enfermo o malhumorado. 

Pese a ello, hay en la novela toques de humor e ironía que también son características del Beckett que escribirá años después, con un estilo consolidado y del que se apropió para sacudirse de las comparaciones que en determinado momento lo alcanzaron. 

Sueño con mujeres que ni fu ni fa es una novela intensa, llena de citas que obligan al lector a echar ojo a las anotaciones –que están hacia las últimas páginas– y acaso a desesperarse. Sin embargo, ello no es pretexto para abandonar la lectura, pues Beckett, el primer Beckett, posee ya el talento para atrapar a quienes se sumergen en ese fascinante mundo de las palabras que construyó. Porque Beckett posee esa fuerza que provocan al lector a no soltar el libro, aun cuando desea hacerlo. 

En la novela sí hay elementos que lo colocan como joyceano, pero el lector también se topa con los esbozos del futuro Premio Nobel, el explorador del lenguaje hasta los límites, el pesimista acerca de la condición humana. 

El libro está dividido en cinco capítulos: «Uno», «Dos», «Und», «Tres» e «Y». Además hay un posfacio de los traductores titulado «El primero de todos los Beckett», en el que se advierte que Sueño con mujeres que ni fu ni fa no es precisamente la mejor forma para entrar a la obra de un escritor que, sí, se vuelve apasionante. 

Es una novela escrita por un joven cuyo futuro es incierto, de un Beckett bajo el influjo de la tensión emocional que le sirvió para dar salida a todas esas emociones. Hay además acaso pasajes de la infancia del propio autor, sin que en sí la novela sea estrictamente autobiográfica. 

El lector también descubrirá que el texto está lleno de neologismos. Es la primera obra del futuro autor genial que entregó Esperando a GodotFin de partidaEl innombrableMolloy, entre otras tantas obras maestras. 

 

 

 

 

Lunes, 14 Septiembre 2020 05:29

El cero y el infinito

Los sistemas totalitarios que fueron impuestos en el siglo XX provocaron dolorosas heridas a la humanidad: costaron millones de vidas y es la fecha en la que no han sido superados los traumas que dejaron esas pérdidas. 

Uno de esos sistemas que derivó en totalitarismo tiene que ver con el comunismo. Pero no fueron los ideales en sí, sino las personas que se encargaron de administrar el estado de las cosas, las que deformaron una ideología cuyo fin no era el que actualmente es difundido y reproducido a través de propaganda anticomunista. 

La recomendación de esta semana es a propósito de esa ideología y los encargados de imponer mecanismos de control y de destrucción moral: El cero y el infinito (1941; DeBolsillo, 2012), una novela monumental del autor húngaro Arthur Koestler (1905-1983). 

Si bien se trata de una crítica a las prácticas que realizaban los administradores del sistema comunista, hay que decir que no es una crítica simplona, sin fundamento, sino que está asentada en un razonamiento profundo y tejida con inteligencia. 

El cero y el infinito cuenta la historia de Nicolás Salmanovitch Rubachof, antiguo agente del Partido que un día es apresado y trasladado a una celda, de la que –estaba convencido– no saldría con vida. 

Recluido en un espacio oscuro, nada acogedor, Rubachof repasa la vida en espera de ser juzgado por el Partido. El narrador, omnisciente, lleva al lector a episodios del pasado reciente que pudieran resultar clave para la captura del hombre y las posteriores acusaciones que pesan en su contra. 

A veces mira a través de la ventana que hay en su celda: el patio, la tarde o la mañana y sus cielos teñidos de rojo o lilas. Por momentos, a la sensación de vacío se suma un insoportable dolor de muelas que le impide encontrar un poco de calma. 

En cierto momento entabla una conversación con su vecino de celda, a través de golpes en clave que se traducen en palabras. De esta forma, el lector obtiene algo de información que de a poco va entretejiendo la crítica del autor hacia las prácticas de quienes se adueñaron del comunismo. 

Rubachof sabe que deberá enfrentarse a interrogatorios, acompañados de métodos de tortura –física y psicológica– que derivarán en la aceptación de todos los cargos de los que son acusados los detenidos y un posterior juicio. 

Una vez que inician los interrogatorios, el personaje se asombra de que la persona encargada de cuestionarlo es Ivanof, antiguo camarada y compañero del Partido con quien Rubachof compartió años de juventud e ideología. 

La celda de Rubachof se convierte en escenario de diálogos que se prolongan por horas, durante las madrugadas. Se trata de uno de los recursos magistrales de Koestler que somete al lector a sofocos, a un cansancio tal cual lo experimenta el personaje central. 

Así, los encuentros entre Rubachof e Ivanof representan el choque entre la ideología inicial del comunismo y en lo que derivó. Sin embargo, hay en ambos hombres puntos que aún les impiden llegar a odiarse. 

Ante ello, la historia da un vuelco: Ivanof desaparece de escena y su lugar es tomado por Gletkin, que representa a la nueva generación que se apropió del comunismo con todas sus prácticas de aniquilación. Es un hombre-máquina incapaz de preguntarse si la ideología sigue su curso inicial o si se desvió hacia el precipicio del que no podrá volver. 

El cero y el infinito es una obra inteligente, dotada de un profundo humanismo que antepone al individuo antes que a las organizaciones o ideologías que terminan por aplastar al ser humano. Aunado a los magistrales diálogos, hay en la novela un grado de tensión que sumerge al lector en un mundo de tinieblas donde se escuchan los latidos del corazón y cuyo silencio, que zumba los oídos, a veces es interrumpido por un disparo en medio de la noche. 

Hacia el final de la historia, Koestler entrega al lector párrafos y párrafos conmovedores que no dejan indiferente, reflexiones de un hombre que se pregunta en qué momento un sistema en apariencia beneficioso para la sociedad puede convertirse en un régimen aniquilador. De alguna forma, Rubachof encarna la revolución que derivó en tragedia. 

En la novela hay personajes que remueven las fibras y que por momentos obligan a cerrar el libro antes de romper en llanto. Es, pues, una obra que se sufre, pero que también se disfruta y agradece por la valentía del autor a no caer en la fácil propaganda anticomunista. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

La edición de El cero y el infinito que lanzó DeBolsillo consta de 303 páginas. La traducción es de Eugenia Serrano Balanyà. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Se dice que Arthur Koestler fue colaborador de la CIA durante la Guerra Fría. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Arthur Koestler se quitó la vida el 1 de abril de 1983, junto con su esposa, Cynthia Jefferies. 

 

 

Lunes, 07 Septiembre 2020 05:36

De ratones y hombres

La injusticia social es un tema presente en la obra del escritor estadounidense John Steinbeck (1902-1968; Nobel, 1962): basta recordar Las uvas de la ira (1939), su novela más famosa, para comprobarlo. Se trata de un asunto que lo ocupó incluso en su faceta de periodista, al realizar trabajos de ese género acerca de las condiciones en las que vivían los jornaleros. 

Esta semana la recomendación de este espacio gira en torno a Steinbeck: se trata de su novela De ratones y hombres (1937; Editorial Sudamericana, 1942, con traducción de Román A. Jiménez), también traducida como La fuerza bruta

La historia está situada en California, en los años de la Gran Depresión que sumió a buena cantidad de estadounidenses en la miseria y que afianzó el poder de unos cuantos. 

George Milton y Lennie Small se encuentran en un matorral, junto al río Salinas, en Soledad, California. Unas horas antes los dejó un camión a varios kilómetros de allí y se vieron en la necesidad de caminar. 

El primero es un hombre de apariencia común. En cambio, Lennie es un tipo grandullón, acaso intimidante, pero con una discapacidad intelectual que los hace meterse en problemas de forma constante. Es un personaje que conmueve en cada palabra. 

Ambos hombres van de rancho en rancho en busca de trabajo y hacerse de recursos para el futuro. Desde las primeras páginas, el lector se encuentra con dos soñadores que anhelan tener su propia tierra, una granja con conejos y otros animales: conmueve la forma en la que lo desean, en la que uno nombra las cosas, acaso desde el pesimismo, mientras que el otro lo sueña despierto y lo acecha la felicidad. El hecho de que George lo pronuncie parece calmar los impulsos de Lennie, quien se alborota cada vez que escucha a su compañero referirse a sus deseos. 

Hay que decir que los hombres huyeron de otro sitio debido a que cierta conducta de Lennie provocó un escándalo que estuvo a punto de costarles la vida, pues pretendían lincharlos. 

Ahora llegan a otro rancho, con unas horas de retraso. La instrucción para Lennie es clara: no debe hablar con nadie ni meterse en líos. Si hace esto último deberá ocultarse en ese matorral junto al río y esperar la llegada de George. 

Al presentarse en el nuevo rancho poco a poco van conociendo a sus compañeros: desfilan el viejo Candy y su también vetusto perro; Crooks, un peón que está aislado debido a que es negro; Curley, el hijo del patrón, engreído y que está casado con una atractiva mujer que sueña con ir a Hollywood, causante de más de un problema. 

En el rancho los hombres se divierten con algunos juegos; sus distracciones consisten en inventarse competencias, en esperar el fin de mes para ir al pueblo y gastarse el dinero en el burdel. De todo ello se van enterando George y Lennie. 

El plan de ambos es reunir suficiente dinero para comprarles la granja a unos ancianos. Al entablar cierta amistad con Candy, éste se ofrece como socio: cuenta con cientos de dólares que puede invertir en el proyecto. George y Candy trabajarán, mientras que Lennie cuidará a los conejos… 

Así se reparten los sueños. Luego Crooks, al enterarse, también se anima. Ofrece sus brazos para trabajar. Pero no siempre resulta como se planea. 

La novela en sí es breve, se lee de un tirón. Steinbeck creó una obra con diálogos memorables. Sin embargo, pese a la aparente sencillez de la historia, hay cualquier cantidad de simbolismos. Destacan el racismo: el negro Crooks está segregado, no debe hablar con nadie ni nadie debe acercarse a él. La esposa de Curley es el símbolo del «mal» representado en la mujer, el origen de las tragedias. Candy es el hombre que aún aspira a soñar, pero está imposibilitado para trabajar. Curley, el hijo del patrón, el poderoso: soberbio, prepotente y dispuesto a manipular toda ley en contra de los pobres. 

George y Lennie representan el espíritu de la amistad, pero también desempeñan el papel de los hombres que aspiran a materializar sus sueños, aunque siempre hay alguna traba que los devuelve a una realidad que no alcanza para vivir. 

Aunado a lo anterior, no se sabe a ciencia cierta qué tipo de relación llevan ambos personajes; se desconoce el origen de su unión, qué los llevó a estar unidos en todo momento… 

Nos encontramos ante la sociedad resumida en un pequeño grupo de individuos. 

El final de la novela es de antología. Si el lector busca alguna historia inolvidable para este fin de año, De ratones y hombres no lo defraudará. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

Edición de 1942 de la Editorial Sudamericana, traducida como La fuerza bruta

 

TOMADA DE LA WEB 

La obra de Steinbeck aún despierta polémica entre los sectores más conservadores de Estados Unidos. 

 

 

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