Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 21 Septiembre 2020 06:08

Sueño con mujeres que ni fu ni fa

Hay autores a los que amas o los odias. Ya sea por el estilo o por los temas que abordan, existen escritores que resultan fascinantes a algunos lectores y sencillamente infumables para otros. 

Esta semana recomiendo a uno de estos escritores: Samuel Beckett (193-1989). Influenciado en sus primeros años por James Joyce (1882-1941), el Nobel (1969) supo sacudirse la sombra de su connacional conforme pasaron los años. 

El de Beckett no es un estilo fácil. Por el contrario, se requiere de paciencia para tomarle el gusto a la obra de uno de los escritores más originales que nos entregó el siglo XX. 

Cuando tenía veintiséis años, el irlandés escribió su primera novela, pero no halló editor que se animara a publicarla. Se trata de Sueño con mujeres que ni fu ni fa (1992; Tusquets, 2011), la que el propio Beckett se negó a publicar cuando ya era Beckett. 

Por deseo del propio escritor, dramaturgo y ensayista, la novela no vio la luz sino de manera póstuma, hacia 1992 (Beckett falleció en 1989), es decir unos sesenta años después de haberla escrito. 

La obra comienza de esta forma: «He aquí a Belacqua, un niño rollizo que pedalea cada vez más veloz, con la boca entreabierta y las aletas de la nariz cada vez más hinchadas» (p. 11). 

Belacqua es un joven poeta que deambula por calles de París, Dublín y Viena; no sabe qué es lo que busca, pero traslada su cuerpo de un lugar a otro como si en verdad tuviera algún objetivo. Éste es acaso el primer guiño beckettiano: el ser se conduce hacia el fracaso, no hay objetivo para perseguir. Y si lo haces, anda: date de frente contra el fracaso. 

Sin embargo, Belacqua «está enamorado de cintura para arriba de una muchacha patosa que atendía por el nombre de Smeraldina-Rima» (p. 13). 

Su encuentro es fortuito: la halló una noche en la que la fatiga hizo presa del poeta en ciernes. Es decir, el «amor» le brotó del cansancio, no fue concebido a la luz de la vitalidad. 

Belacqua deambula, está satisfecho con su «feliz tristeza». Mujeres como Smeraldina-Rima, Syra-Cusa o Alba esperan algo de él, cualquier cosa, que él no entrega. Porque el muchacho aspira a habitar su interior, sus pensamientos; piensa en qué escribirá: es un artista adolescente –como el de Joyce– que va por la vida ebrio, enfermo o malhumorado. 

Pese a ello, hay en la novela toques de humor e ironía que también son características del Beckett que escribirá años después, con un estilo consolidado y del que se apropió para sacudirse de las comparaciones que en determinado momento lo alcanzaron. 

Sueño con mujeres que ni fu ni fa es una novela intensa, llena de citas que obligan al lector a echar ojo a las anotaciones –que están hacia las últimas páginas– y acaso a desesperarse. Sin embargo, ello no es pretexto para abandonar la lectura, pues Beckett, el primer Beckett, posee ya el talento para atrapar a quienes se sumergen en ese fascinante mundo de las palabras que construyó. Porque Beckett posee esa fuerza que provocan al lector a no soltar el libro, aun cuando desea hacerlo. 

En la novela sí hay elementos que lo colocan como joyceano, pero el lector también se topa con los esbozos del futuro Premio Nobel, el explorador del lenguaje hasta los límites, el pesimista acerca de la condición humana. 

El libro está dividido en cinco capítulos: «Uno», «Dos», «Und», «Tres» e «Y». Además hay un posfacio de los traductores titulado «El primero de todos los Beckett», en el que se advierte que Sueño con mujeres que ni fu ni fa no es precisamente la mejor forma para entrar a la obra de un escritor que, sí, se vuelve apasionante. 

Es una novela escrita por un joven cuyo futuro es incierto, de un Beckett bajo el influjo de la tensión emocional que le sirvió para dar salida a todas esas emociones. Hay además acaso pasajes de la infancia del propio autor, sin que en sí la novela sea estrictamente autobiográfica. 

El lector también descubrirá que el texto está lleno de neologismos. Es la primera obra del futuro autor genial que entregó Esperando a GodotFin de partidaEl innombrableMolloy, entre otras tantas obras maestras. 

 

 

 

 

Lunes, 14 Septiembre 2020 05:29

El cero y el infinito

Los sistemas totalitarios que fueron impuestos en el siglo XX provocaron dolorosas heridas a la humanidad: costaron millones de vidas y es la fecha en la que no han sido superados los traumas que dejaron esas pérdidas. 

Uno de esos sistemas que derivó en totalitarismo tiene que ver con el comunismo. Pero no fueron los ideales en sí, sino las personas que se encargaron de administrar el estado de las cosas, las que deformaron una ideología cuyo fin no era el que actualmente es difundido y reproducido a través de propaganda anticomunista. 

La recomendación de esta semana es a propósito de esa ideología y los encargados de imponer mecanismos de control y de destrucción moral: El cero y el infinito (1941; DeBolsillo, 2012), una novela monumental del autor húngaro Arthur Koestler (1905-1983). 

Si bien se trata de una crítica a las prácticas que realizaban los administradores del sistema comunista, hay que decir que no es una crítica simplona, sin fundamento, sino que está asentada en un razonamiento profundo y tejida con inteligencia. 

El cero y el infinito cuenta la historia de Nicolás Salmanovitch Rubachof, antiguo agente del Partido que un día es apresado y trasladado a una celda, de la que –estaba convencido– no saldría con vida. 

Recluido en un espacio oscuro, nada acogedor, Rubachof repasa la vida en espera de ser juzgado por el Partido. El narrador, omnisciente, lleva al lector a episodios del pasado reciente que pudieran resultar clave para la captura del hombre y las posteriores acusaciones que pesan en su contra. 

A veces mira a través de la ventana que hay en su celda: el patio, la tarde o la mañana y sus cielos teñidos de rojo o lilas. Por momentos, a la sensación de vacío se suma un insoportable dolor de muelas que le impide encontrar un poco de calma. 

En cierto momento entabla una conversación con su vecino de celda, a través de golpes en clave que se traducen en palabras. De esta forma, el lector obtiene algo de información que de a poco va entretejiendo la crítica del autor hacia las prácticas de quienes se adueñaron del comunismo. 

Rubachof sabe que deberá enfrentarse a interrogatorios, acompañados de métodos de tortura –física y psicológica– que derivarán en la aceptación de todos los cargos de los que son acusados los detenidos y un posterior juicio. 

Una vez que inician los interrogatorios, el personaje se asombra de que la persona encargada de cuestionarlo es Ivanof, antiguo camarada y compañero del Partido con quien Rubachof compartió años de juventud e ideología. 

La celda de Rubachof se convierte en escenario de diálogos que se prolongan por horas, durante las madrugadas. Se trata de uno de los recursos magistrales de Koestler que somete al lector a sofocos, a un cansancio tal cual lo experimenta el personaje central. 

Así, los encuentros entre Rubachof e Ivanof representan el choque entre la ideología inicial del comunismo y en lo que derivó. Sin embargo, hay en ambos hombres puntos que aún les impiden llegar a odiarse. 

Ante ello, la historia da un vuelco: Ivanof desaparece de escena y su lugar es tomado por Gletkin, que representa a la nueva generación que se apropió del comunismo con todas sus prácticas de aniquilación. Es un hombre-máquina incapaz de preguntarse si la ideología sigue su curso inicial o si se desvió hacia el precipicio del que no podrá volver. 

El cero y el infinito es una obra inteligente, dotada de un profundo humanismo que antepone al individuo antes que a las organizaciones o ideologías que terminan por aplastar al ser humano. Aunado a los magistrales diálogos, hay en la novela un grado de tensión que sumerge al lector en un mundo de tinieblas donde se escuchan los latidos del corazón y cuyo silencio, que zumba los oídos, a veces es interrumpido por un disparo en medio de la noche. 

Hacia el final de la historia, Koestler entrega al lector párrafos y párrafos conmovedores que no dejan indiferente, reflexiones de un hombre que se pregunta en qué momento un sistema en apariencia beneficioso para la sociedad puede convertirse en un régimen aniquilador. De alguna forma, Rubachof encarna la revolución que derivó en tragedia. 

En la novela hay personajes que remueven las fibras y que por momentos obligan a cerrar el libro antes de romper en llanto. Es, pues, una obra que se sufre, pero que también se disfruta y agradece por la valentía del autor a no caer en la fácil propaganda anticomunista. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

La edición de El cero y el infinito que lanzó DeBolsillo consta de 303 páginas. La traducción es de Eugenia Serrano Balanyà. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Se dice que Arthur Koestler fue colaborador de la CIA durante la Guerra Fría. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Arthur Koestler se quitó la vida el 1 de abril de 1983, junto con su esposa, Cynthia Jefferies. 

 

 

Lunes, 07 Septiembre 2020 05:36

De ratones y hombres

La injusticia social es un tema presente en la obra del escritor estadounidense John Steinbeck (1902-1968; Nobel, 1962): basta recordar Las uvas de la ira (1939), su novela más famosa, para comprobarlo. Se trata de un asunto que lo ocupó incluso en su faceta de periodista, al realizar trabajos de ese género acerca de las condiciones en las que vivían los jornaleros. 

Esta semana la recomendación de este espacio gira en torno a Steinbeck: se trata de su novela De ratones y hombres (1937; Editorial Sudamericana, 1942, con traducción de Román A. Jiménez), también traducida como La fuerza bruta

La historia está situada en California, en los años de la Gran Depresión que sumió a buena cantidad de estadounidenses en la miseria y que afianzó el poder de unos cuantos. 

George Milton y Lennie Small se encuentran en un matorral, junto al río Salinas, en Soledad, California. Unas horas antes los dejó un camión a varios kilómetros de allí y se vieron en la necesidad de caminar. 

El primero es un hombre de apariencia común. En cambio, Lennie es un tipo grandullón, acaso intimidante, pero con una discapacidad intelectual que los hace meterse en problemas de forma constante. Es un personaje que conmueve en cada palabra. 

Ambos hombres van de rancho en rancho en busca de trabajo y hacerse de recursos para el futuro. Desde las primeras páginas, el lector se encuentra con dos soñadores que anhelan tener su propia tierra, una granja con conejos y otros animales: conmueve la forma en la que lo desean, en la que uno nombra las cosas, acaso desde el pesimismo, mientras que el otro lo sueña despierto y lo acecha la felicidad. El hecho de que George lo pronuncie parece calmar los impulsos de Lennie, quien se alborota cada vez que escucha a su compañero referirse a sus deseos. 

Hay que decir que los hombres huyeron de otro sitio debido a que cierta conducta de Lennie provocó un escándalo que estuvo a punto de costarles la vida, pues pretendían lincharlos. 

Ahora llegan a otro rancho, con unas horas de retraso. La instrucción para Lennie es clara: no debe hablar con nadie ni meterse en líos. Si hace esto último deberá ocultarse en ese matorral junto al río y esperar la llegada de George. 

Al presentarse en el nuevo rancho poco a poco van conociendo a sus compañeros: desfilan el viejo Candy y su también vetusto perro; Crooks, un peón que está aislado debido a que es negro; Curley, el hijo del patrón, engreído y que está casado con una atractiva mujer que sueña con ir a Hollywood, causante de más de un problema. 

En el rancho los hombres se divierten con algunos juegos; sus distracciones consisten en inventarse competencias, en esperar el fin de mes para ir al pueblo y gastarse el dinero en el burdel. De todo ello se van enterando George y Lennie. 

El plan de ambos es reunir suficiente dinero para comprarles la granja a unos ancianos. Al entablar cierta amistad con Candy, éste se ofrece como socio: cuenta con cientos de dólares que puede invertir en el proyecto. George y Candy trabajarán, mientras que Lennie cuidará a los conejos… 

Así se reparten los sueños. Luego Crooks, al enterarse, también se anima. Ofrece sus brazos para trabajar. Pero no siempre resulta como se planea. 

La novela en sí es breve, se lee de un tirón. Steinbeck creó una obra con diálogos memorables. Sin embargo, pese a la aparente sencillez de la historia, hay cualquier cantidad de simbolismos. Destacan el racismo: el negro Crooks está segregado, no debe hablar con nadie ni nadie debe acercarse a él. La esposa de Curley es el símbolo del «mal» representado en la mujer, el origen de las tragedias. Candy es el hombre que aún aspira a soñar, pero está imposibilitado para trabajar. Curley, el hijo del patrón, el poderoso: soberbio, prepotente y dispuesto a manipular toda ley en contra de los pobres. 

George y Lennie representan el espíritu de la amistad, pero también desempeñan el papel de los hombres que aspiran a materializar sus sueños, aunque siempre hay alguna traba que los devuelve a una realidad que no alcanza para vivir. 

Aunado a lo anterior, no se sabe a ciencia cierta qué tipo de relación llevan ambos personajes; se desconoce el origen de su unión, qué los llevó a estar unidos en todo momento… 

Nos encontramos ante la sociedad resumida en un pequeño grupo de individuos. 

El final de la novela es de antología. Si el lector busca alguna historia inolvidable para este fin de año, De ratones y hombres no lo defraudará. 

 

JORGE ARTURO HERNÁNDEZ 

Edición de 1942 de la Editorial Sudamericana, traducida como La fuerza bruta

 

TOMADA DE LA WEB 

La obra de Steinbeck aún despierta polémica entre los sectores más conservadores de Estados Unidos. 

 

 

Lunes, 24 Agosto 2020 05:46

El ajuste de cuentas

En medio del surrealismo político del mundo y su democracia simulada, apartarse para no sucumbir en ese torbellino conviene para la salud mental y prevenir males en el hígado. La lectura es una forma de apartarse.

Esta semana recomiendo a otro autor húngaro en la lista de escritores de ese país que ya he abordado en este espacio. Ahora toca el turno a Tibor Déry (Budapest, 1894-Ibíd., 1977), un hombre comprometido con las causas sociales que fue condenado a nueve años de prisión, en 1957, pero que en 1960 pudo salir gracias a una amnistía. 

Ya en otra ocasión he elogiado la labor del Sergio Pitol traductor y su encomiable esfuerzo para ofrecer a los lectores en lengua hispana obras maestras de autores cuyas lenguas nos resultan completamente incomprensibles. 

Pues bien, El ajuste de cuentas, de Tibor Déry, forma parte de la colección «Sergio Pitol Traductor» de la Dirección General de Publicaciones del otrora Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en coedición con la Universidad Veracruzana. La primera edición, en 2007, corrió a cargo de esa institución educativa, en tanto que la segunda, de 2011, fue en conjunto. 

Se trata de un libro que contiene tres relatos –tres piezas maestras del género– ambientados en la convulsa década de los cincuenta de Hungría, que en 1956 desembocó en una revuelta. 

En este sentido, debo mencionar que Tibor Déry nació en una familia burguesa, pero se afilió al Partido Comunista desde muy joven. Esa militancia lo obligó a exiliarse por varios años y su labor literaria comenzó en una revista llamada Hoy, en 1920. 

El primer relato del libro es el que precisamente da título a la obra: «El ajuste de cuentas» (1961). Cuenta que cierta noche, antes del toque de queda, el estudiante Feri Kovács llega al apartamento de un profesor de medicina. Pero lleva una ametralladora. El anciano maestro sabe que si los descubren, ambos serán hombres muertos. Sin embargo, le quita el arma y obliga al estudiante a marcharse de ahí. 

El viejo coloca el arma en un rincón y se convierte en una especie de fantasma que ronda sus pensamientos. Ante esta crisis decide abandonar su apartamento y huir hacia la frontera para dejar el país. No obstante, bajo una tormenta invernal, inicia una marcha cruda y agónica de la que probablemente no tendrá regreso. En ese andar se cuentan historias de los que lo acompañan. Es una marcha dramática, desgarradora, de desplazados que buscan abandonar un país convulso, bajo la tormenta de nieve. 

El segundo relato, «Amor» (1956), es un canto a la libertad. El protagonista, B., recupera su libertad después de pasar varios años en prisión. No se sabe por qué fue encarcelado ni tampoco por qué lo liberaron: así de confuso es el ambiente político de esos años en aquel país. 

  1. abandona la cárcel con la ropa arrugadísima que le es devuelta, las mismas prendas con las que llegó. Aborda un taxi y pide al chofer que lo lleve a Budapest. En el camino descubre que todo ha cambiado: nuevos edificios, se enamora de la belleza de las mujeres y experimenta cierta felicidad. 

Al llegar a su casa, la encuentra sola. Se desespera de estar ahí, solo, y decide salir a la calle. Entonces descubre a la mujer, a su hijo –al cual no reconoce– y a cuatro niños que le son desconocidos. El reencuentro es la recuperación plena de la libertad. 

El último relato, «Filemón y Baucis», es conmovedor de principio a fin. Es un matrimonio de ancianos. Él ha ahorrado cierta cantidad de dinero para comprar a su esposa una corneta que le permita escuchar y un ramo de rosas. Ambos están por celebrar el cumpleaños de la mujer, que casi ha perdido el oído y por ello el viejo debe repetirle las cosas de forma constante. 

Cuando se disponían a cenar, de pronto, de la calle proviene el tableteo de las armas, los combates crecen. La vieja no se entera de los disparos. Sin embargo, sospecha de su marido, quien comienza a cerrar las puertas y ventanas y se desplaza en la estancia con movimientos torpes. Ella ni se imagina. 

De pronto, llaman a la puerta. Varias veces. El hombre no quiere abrir, pero ante la insistencia, decide ver de qué se trata. Resulta que es un joven que acaba de ser herido y busca ayuda. La mujer recuerda a sus tres hijos muertos en la guerra y le pide al hombre que mejor lo lleve con sus vecinos para que ellos se hagan cargo. 

Cuando Filemón regresa a casa, sufre una hemorragia nasal incontenible. Baucis decide ayudar a su marido; recupera el oído por amor y sale en busca de ayuda. Piensa llegar a casa del médico y entonces escucha el sonido de las balas. Antes de llegar con el doctor, es alcanzada por un proyectil. El esposo, un tanto recuperado, aguarda el quizá imposible retorno de su esposa, mientras asiste el parto de su perra, que está escondida en una alacena. 

Los tres son relatos dignos de antologías. El libro puede conseguirse fácil. Y lo mejor: no es caro, pero sí muy valioso. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Tibor Déry cayó en prisión por oponerse al realismo socialista en su obra. 

 

 

TOMADA DE LA WEB 

Sergio Pitol sostiene un ejemplar de El ajuste de cuentas, que él tradujo. 

 

Lunes, 17 Agosto 2020 05:53

La calma

Un buen libro siempre queda ahí, en el imaginario del lector. Así pasen semanas, meses e incluso años, la historia rondará por la cabeza y taladrará la memoria, hasta brotar como un recuerdo que es parido en lo más íntimo de los pensamientos. Así me ocurre con la recomendación que haré esta semana. 

La calma (2001; Acantilado, 2003, con traducción de Adan Kovacsics) es una novela del autor Attila Bartis (1968). Como tantas otras personas, es un húngaro que nació en territorio rumano. Desde 1984 reside en Budapest. 

El título evoca quietud, tranquilidad… Sin embargo, al sumergirse en las páginas, encontramos situaciones y vidas que alejan al lector de la calma y lo llevan por derroteros diametralmente opuestos. 

El protagonista –anónimo– es también el narrador de la historia: un escritor que vive inmerso en un mundo controlado por su madre, actriz otrora famosa pero venida a menos, atrapada en la locura y en la soledad. 

La vida del escritor es manipulada por la mujer. Viven entre el recuerdo de Judit, la hermana ausente del protagonista cuyas cartas mantienen de alguna forma la esperanza de la madre. Pero ésta ignora que la última carta real de su hija fue escrita años atrás: ahora, las epístolas que recibe son escritas por su hijo, quien las redacta con la mano izquierda para que la caligrafía se parezca a la de Judit. 

La convivencia entre madre e hijo resulta insoportable, llena de reprimendas e insultos. Así existe uno junto al otro, en una Budapest que vive la última etapa del comunismo, donde todo parece gris, cenizo, de gritos contenidos, pero hay movimiento. 

El protagonista sostiene una relación amorosa con Eszter, una chica con la que suele pelear con frecuencia. De esta forma, tal parece que en La calma ésta no existe; por lo contrario, «la violencia parece ser un camino de purificación, se nos muestra como una confesión de seres solitarios y perversos, a medio camino entre la locura más desenfrenada y la tendencia a la normalidad», reza en la contracubierta del libro. 

En la historia aparecen pocos personajes, pero todos son presa de una soledad brutal que los recluye en un ensimismamiento que estalla con lapsos de violencia. No parece existir paz en el interior de nadie y si aún cohabitan, es porque parece ser que no se han dado cuenta de que están vivos. Sí. La vida es una monotonía destructiva, cargada de una presión autoimpuesta. 

No obstante el profundo pesimismo que destila en las páginas de esta novela, Attila Bartis –al igual que Camus– deja abierta la posibilidad de hallar en el lodazal que es la vida, un hueco por el que brote la esperanza. 

La obra está narrada con maestría, compuesta de parrafadas que dan respiro al lector con espacios en blanco. El estilo es directo y fluido, de una prosa intensa. Se trata de una muestra de la nueva literatura de esa Europa acaso desconocida, lejos de los libros que se ofertan en librerías y que no parecen tener vida más que la que les otorga la mesa de novedades, durante dos o tres meses. 

El autor de La calma se muestra como una voz potente de las letras europeas contemporáneas, lejos de los reflectores, pero cerca del arte de hacer literatura. 

Es una obra que algo dejará en el lector que se anime a enfrentarse a sus páginas. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Además de escritor, Attila Bartis también es fotógrafo.  

 

TOMADA DE LA WEB 

Acantilado también publicó su primera novela, El paseo, que fue publicada originalmente en 1995. 

 

Lunes, 10 Agosto 2020 05:43

Brindis por un fracaso

Jamás probar. Jamás fracasar. Da igual. 

Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor. 

 

Samuel Beckett, Rumbo a peor 

 

El fracaso es algo con lo que difícilmente nos queremos encontrar en nuestra vida. Sin embargo, siempre es una posibilidad. Una posibilidad que permite reencauzar nuestra vida o no dar más pasos para no volver a encontrarnos con su horrible rostro. 

¿Qué hacer cuando se sabe que el fracaso llegará, pero, pese a ello, se sigue el camino anunciado? Nuestro país es experto en fracasos: el futbol, deporte nacional, nos baña de derrota –incluso si no somos aficionados a dicho deporte– de forma constante. Aun cuando ronda nuestra vida de forma cotidiana, el fracaso asusta y es preferible no intentar para no lidiar con él. 

Este tema está tratado de una forma magistral en un libro muy breve que me permito recomendar esta semana: Brindis por un fracaso (Aldus/Conaculta, 2006), del mexicano David Toscana (1961), uno de los mejores escritores de nuestro país. 

Hace unos meses recomendé El ejército iluminado, una novela del propio Toscana. Lo leí por vez primera gracias a la recomendación que un gran amigo me hizo. La primera impresión fue muy grata; ahora, tras leer Brindis por un fracaso, mi entusiasmo aumentó en relación con este autor. 

Este segundo libro es muy breve (85 páginas), contiene seis cuentos que, como lo indica el título, están impregnados de fracaso; sus personajes se mueven en la frontera de la derrota y del fracaso. Aun con el consabido final, deciden adentrarse en las situaciones, conscientes de que el resultado siempre será el mismo. 

El primer cuento, «El cacomixtle», transcurre en la cantina «Lontananza», el sitio donde confluye la derrota de los personajes que habitan el libro y la misma ciudad, acaso en la periferia de Monterrey. Dicha cantina aparece en cuatro de los seis relatos y tal parece que es justo allí donde se han de efectuar todos los brindis por un fracaso. 

El barman del «Lontananza», Odilón, es el testigo de la vida de los habitantes del pueblo. En este cuento, un cliente desconocido llama su atención: lleva varios minutos viendo una fotografía, en silencio, ante una mesa. 

Odilón siente curiosidad por saber quién es, qué lo llevó a la cantina. Se inventa historias mentales, pero desea saber por voz propia del hombre qué ocurre con él. De ahí que repase mentalmente su manual del barman, las lecciones de su padre, con tal de acercarse y entablar un diálogo con el extraño. Pero todo es en vano. 

Luego sigue «La brocha gorda», nombre de un negocio de pinturas que no es tal. El dueño, Rubén, es un hombre endeudado que sabe que su suerte no cambiará, pero a pesar de ello espera que algo positivo suceda en su vida. 

Su ayudante, Mundo, no ha cobrado su sueldo en dos meses. Pero se mantiene junto a Rubén: ambos saben que la vida acaso no puede ofrecerles nada peor y deciden compartir la derrota. Juegan a las biografías: al ver a una persona, cada uno se inventa su vida. 

Rubén va por la vida consciente de su fracaso; espera, pese a que está convencido de que nada bueno vendrá. Sabe que la pintura que vende es mala, que nadie la compra. Cuando está a punto de realizar una venta en quién sabe cuánto tiempo, no tiene nada para ofrecer salvo las penumbras de la bodega. También él va a parar al «Lontananza» para depositar allí su frustración. 

El tercer relato es «El nuevo». Víctor está ante la mesa, frente a un plato de huevos con papa, en tanto que su esposa ronda alrededor. Una inquietud no lo deja en paz: hay un joven nuevo en la fábrica de fibras químicas donde trabaja desde hace veinte años. 

De dientes para afuera escupe contra el muchacho, ante la mirada de su pareja. Sin embargo, por dentro es devorado por la incertidumbre: el nuevo es una amenaza en contra de Víctor y su trabajo, contra la rutina en la que está sumergido desde hace tiempo. 

La mujer tiende un obsequio a Víctor, quien se sorprende. Se trata de unas cartas de póquer que no entusiasman al hombre. Éste, con la inquietud encima, decide ir a la fábrica, en medio de la noche. Lleva consigo las cartas: la suerte de su vida dependerá de su buena mano con los naipes. 

Trata de convencerse de que todo estará bien, de que el nuevo no lo desplazará. Se dice que así será, pero incluso su esposa lo sabe: «–El nuevo me va a brincar […] // –Ya lo sé, Víctor, y no hay nada que podamos hacer» (p. 49). 

«Verónica» es el cuarto cuento. Tres amigos se embarcan en un viaje a bordo de un Camaro con placas de Texas al pueblo donde creció uno de ellos, Amílcar. Él, Felipe y el narrador de la historia van con la firme intención de conseguir mujeres en la plaza. 

Sin embargo, el entusiasmo se pierde muy pronto: las calles están vacías, nada queda del pueblo que Amílcar platicaba. Mientras pasa por sitios, la memoria juega muy bien su papel: el conductor recuerda el sitio donde nació, los lugares de su infancia, mientras sus amigos están deseosos de marcharse de ese sitio. 

Ante el fracaso de encontrar muchachas se dirigen al «Lontananza», el sitio donde se tomó la primera cerveza de su vida. El barman ya no es Odilón, sino otro hombre que se alegra de ver clientes. Se esmera en atenderlos, a cada momento los llama «caballeros». 

Ellos, los amigos, recuerdan a Verónica, una mujer objeto del deseo de muchos durante otros años. De pronto les sirven crepas, preparadas por la esposa del barman: una mujer de piel blanca con mirada viva, pero triste. Su bello rostro atrapa la mirada del narrador, quien quiere acercarse a ella. No obstante, al final de la historia todo desemboca en el más absoluto desencanto. 

El quinto texto, «El error de la memoria», cuenta la historia de un funcionario público hundido en la mediocridad, condenado a recibir órdenes de políticos durante toda su vida. Hastiado de sí y del sistema, va por allí, en busca de obtener mejores ganancias, de acercarse a políticos «grandes» que le hagan cambiar su suerte. 

Está asqueado de su entorno, pero no puede separarse de él. Sigue las reglas, obedece a sus superiores y sabe que nada cambiará en la sociedad, que siempre habrá despojo: «…este es un país católico, al que tiene se le dará más y al que no tiene, aún eso se le quitará». 

El hombre sabe que incluso el presidente –cualquiera– siempre será un imbécil. Sus monólogos interiores están llenos de fracaso, se sabe uno más en la inagotable lista de perdedores. Sin embargo, el saludo al presidente, un simple saludo de mano le puede cambiar la vida… 

El último cuento, «Princesas y luchadores», cuenta la historia de Robledo, quien invitó a su casa a Nacho y a Toscana en Nochevieja. 

Entre tequila y charla, Nacho y Toscana asisten al espectáculo de la decadencia de Robledo. Su amigo está sin empleo desde hace tiempo, pero aun así los invitó para departir con ellos un brindis, algo, acaso como despedida. 

Empapado en tequila, Robledo les pide que aguarden y abandona la sala. De pronto reaparece vestido de Santa Claus, ante la incredulidad de sus invitados, quienes quisieran arrancarle ese disfraz. 

Robledo les dice que irá a un hospicio cercano a entregar juguetes: princesas y luchadores sin movimiento, de una pieza, que guarda en la bolsa que carga. 

Los visitantes se marchan para recibir la Navidad con sus respectivas familias, en tanto que Robledo se queda solo, en la calle, dispuesto a ir a la supuesta velada con niños huérfanos. 

Pasadas unas horas, su esposa llama a Toscana y a Nacho para preguntarles si han sabido algo de Robledo. Ambos mienten: niegan haber estado con él. Pero al paso del tiempo, con la ausencia del hombre, los amigos deciden ir a buscarlo. 

En el hospicio le dicen que Santa Claus no llegó, que los niños lo esperaban con ansias. Al reanudar la búsqueda, acaso ambos sospechan que Robledo no aparecerá nunca: su vida estaba regida por el fracaso. 

Cada cuento de Brindis por un fracaso se lee con fluidez. El lector no queda exento de angustia, no sale ileso de sus páginas. Cada una de las historias parece ser la realidad de millones de mexicanos cuya esperanza simula estar intacta, pero en el fondo está completamente rota. 

 

David Toscana es uno de los mejores escritores mexicanos de la actualidad. 

 

En este espacio también ya se ha reseñado la novela El ejército iluminado

 

Lunes, 03 Agosto 2020 06:33

Sin lengua

Hablar de literatura rusa es adentrarse en un mundo fascinante. La aportación de Rusia a la cultura universal es invaluable, no sólo por sus enormes escritores, sino en el arte en general. 

En el apartado «El siglo de oro de la narrativa rusa» del libro De la realidad a la literatura (Ariel, 2002), Sergio Pitol señala: «Quizás sea Rusia el único país en el que la novela nace ya con obras maestras» (p. 27). 

Cuando se piensa en ello, invariablemente surgen autores clásicos como Dostoyevski, Gógol, Tolstói, Chejov, Pushkin, por citar algunos ejemplos. No obstante, hay otros menos conocidos pero cuya calidad no está a discusión: Leonid Andréyev, Izraíl Métter, Vasili Grossman, Andréi Platónov o Vladímir Korolenko, herederos de una tradición incomparable que legó al mundo obras inmortales en los géneros de novela y cuento (también en poesía, pero ése es otro tema). 

Algunos de estos autores galoparon entre los siglos XIX y XX, es decir, la transición entre el siglo de oro y el de plata de la literatura rusa, tan vasta y apasionante –quizás– como ninguna otra. En este sentido gira la recomendación de esta semana, precisamente para conocer a otro autor de los que permanecen acaso ocultos, a la sombra de los gigantes mencionados líneas arriba. 

Me refiero a Vladímir Korolenko (1853-1921), considerado un discípulo de Turguénev y maestro de Gorki, y su novela Sin lengua (Barataria, 2011; traducción de Luis Abollado Vargas). 

Korolenko escribió esta obra en 1895, tras haber realizado un viaje a la Exposición de Chicago de 1893. Esa experiencia lo marcó en el sentido de que el viaje le permitió conocer la miseria en la que vivían los campesinos rusos en Estados Unidos. A raíz de tales impresiones se decidió a escribir la novela. 

La historia inicia en una aldea ucraniana, de donde son originarios los personajes principales, Matvéi e Iván. La hermana del primero recibe una carta de su esposo a través de la que la llama a viajar a su lado, en Estados Unidos. No obstante, Matvéi rechaza la idea de que viaje sola y por ello decide acompañarla, junto con Iván. 

Los problemas comienzan en el momento de abordar el barco, puesto que los hombres no cuentan con el billete para embarcarse, por lo que la joven se va sola. Sin embargo, es en la siguiente salida cuando ambos parten hacia «el país de la libertad». 

Korolenko es un autor espléndido; sabe mezclar toques de humor con escenas de tristeza. Así, en el viaje, el lector descubre poco a poco la capacidad del escritor para contar la historia. 

Entre los mareos y el mal humor de Iván y las reflexiones de Matvéi, el viaje transcurre sin contratiempos. Pero ocurre que un hombre muere a bordo y su hija, única acompañante, debe enfrentarse al mundo sola. Anna, la chica, es abordada por Matvéi cuando éste se percata de que la joven parece tener pánico ante la multitud y lo incierto del futuro. 

Después de días en el mar, a lo lejos observan la figura de una mujer con una antorcha encendida en lo alto. Hay gritos, felicidad, lágrimas entre los viajeros. Pero Anna parece ser presa del miedo a la inmensidad, sola en el mundo. 

Pasada la emoción de la llegada, Matvéi convence a Anna para que lo acompañe. Junto con Iván, consiguen alojarse en la casa de un judío ruso que vive de ese negocio. El traslado del puerto a la vivienda cuenta con algunas escenas y diálogos cómicos, ante las reacciones de los aldeanos que recorren las calles de Nueva York. 

No obstante, también se desvela una crítica a la sociedad estadounidense, que ya a finales del siglo XIX daba muestras de su deshumanización, particularmente la neoyorquina: seres preparados para aplastar al otro con tal de alcanzar un objetivo; hombres y mujeres a la caza de infortunados a los que puede explotar a cambio de miserables sueldos; personas sin más intereses que el espectáculo… 

Con el paso de los días, Anna es instalada en la casa de una anciana rusa que la recibe como empleada doméstica a cambio de poca paga; Iván, por su parte, muy pronto se deja seducir por la sociedad de Nueva York, a tal grado que comienza a avergonzarse un poco de sus raíces y a interesarse por la «cultura» yanqui. 

Matvéi, un gigante barbado de ojos azules que calza botas enormes, es el único que siente tristeza por lo que vive ahora. Hay momentos en los que lo invade la nostalgia y se ve en medio de un mar de gente que no lo entiende: ello lo convierte en un hombre «sin lengua». 

Debido a que se pierde en la ciudad, Matvéi se ve involucrado en una serie de sucesos que van de lo cómico a lo trágico. Uno de los hechos que marca su futuro es un mitin de obreros que termina en una riña monumental donde el buen Matvéi muele a golpes a un policía luego de que éste lo golpea en la cabeza con la porra. 

A raíz de ese suceso, los periódicos se refieren al extranjero como «el salvaje» o «una amenaza a la civilización»… Pero nadie comprende lo que el ruso siente y es juzgado únicamente por su aspecto: resulta inverosímil que un hombre de su tamaño pueda ser bondadoso, como un niño. 

Debido a que es buscado, algunos obreros lo apoyan y viaja a otra ciudad, no sin antes rondar por una Nueva York ajena y hostil. 

Matvéi representa la nostalgia por la patria donde se creció, en tanto que Iván es el desapegado que pronto olvida sus raíces. Korolenko consigue entregar una historia enternecedora, en partes cómica y en otras el lector siente indignación por el trato que dan a Matvéi, un personaje inolvidable que hace de Sin lengua una novela digna de la gran literatura rusa. 

 

 

 

Lunes, 27 Julio 2020 05:03

Palomar

La literatura italiana es una de las más sólidas en todo el mundo. Nombres como los de Dante y Virgilio se erigen como cimas en las letras universales. Pero no nada más en literatura: Italia ha legado a la humanidad creadores inmortales de música, escultura y pintura, por ejemplo. 

Nombres como los de Antonio Tabucchi, Grazia Deledda, Alessandro Baricco, Antonio Moravia, Luigi Pirandello, Salvatore Quasimodo, Cesare Pavese e Italo Calvino dan cuenta de la grandeza de la literatura que se ha creado en Italia durante los recientes cien años. Y es justamente una obra del último la que me permito recomendar esta semana. 

Hay que mencionar que Italo Calvino nació en Santiago de las Vegas, Cuba, en 1923. Allí trabajaba su padre, un italiano agrónomo que regresó a su país en 1925, junto con su familia. 

Calvino cultivó los géneros de cuento, novela y ensayo, principalmente. Todos con mucho éxito, dado que además de ser un enorme escritor, fue un importante intelectual que puso en el centro de la atención temas como la educación, los clásicos o el aborto (leer carta de Calvino a Claudio Magris acerca de este último tema). 

Mucha de la ficción del autor se centra en la cotidianidad. Por ejemplo, me referiré a Palomar (2001, Siruela; traducción de Aurora Bernárdez), una novela cuyo protagonista es un hombre entrañable. 

El señor Palomar es un individuo que gusta de partir de un elemento externo para hacer de éste un microcosmos internalizado que lo lleva a reflexionar durante lapsos prolongados. 

Así, durante sus vacaciones en la playa siente la necesidad de observar el nacimiento de una ola, pero no ver la forma del agua y la espuma nada más. «En una palabra, no se puede observar una ola sin tener en cuenta los aspectos complejos que concurren a formarla y los otros igualmente complejos que provoca» (p. 20). 

Palomar es primordialmente un observador (en la nota preliminar, Calvino señala que el nombre lo tomó de Mount Palomar, el observatorio astronómico de California); el más mínimo detalle es para él motivo para interiorizar. 

Durante un recorrido por la playa, el señor Palomar se encuentra a una mujer tendida en la arena, con los senos descubiertos. Al pasar a su lado, mira los pechos, pero pronto considera que la joven pudo haberse sentido ofendida. Ante ello, Palomar trata de integrar los senos en un todo, en el paisaje mismo para no violentar la intimidad de la bañista. Luego vuelve a pasar con el fin de conseguir la integración del paisaje. 

Sin embargo, no queda satisfecho con ese segundo intento y decide volver al sitio donde está la muchacha. Entre reflexiones acerca de los senos, Palomar observa que la muchacha se levanta de golpe al notar que la rondaba. Se va molesta. «El peso muerto de una tradición de prejuicios impide apreciar en su justo mérito las intenciones más esclarecidas, concluye amargamente Palomar» (p. 25) al resignarse a la partida de la chica. 

La novela está dividida en varias partes. El lector acompaña a Palomar en sus vacaciones, conoce sus impresiones de cada detalle. Luego asiste al jardín del protagonista, donde se entera de que el césped es un universo muy complejo del que se puede admirar hasta la punta de cada planta. Somos testigos del amor de dos tortugas que se entregan ante la mirada esquiva del señor Palomar. También conocemos a la señora Palomar. 

Con el hombre miramos los planetas y reparamos en la materia de la que están formados; somos invitados de primera fila al espectáculo de las estrellas; toleramos la invasión de los estorninos; acudimos de compras al supermercado e incluso lo acompañamos a Tula, Hidalgo, a contemplar las esculturas prehispánicas y a admirar la cultura del México antiguo. 

Palomar es un libro entrañable, sin duda. La trama pasa a segundo término: importan los universos y el lenguaje. Porque en esta obra, Calvino da muestra de su capacidad poética para contar historias y crear un personaje inolvidable como lo es el señor Palomar. 

 

TOMADA DE LA WEB 

Italo Calvino es uno de los mejores y más entrañables autores del siglo XX. 

 

TOMADA DE LA WEB 

El barón rampante y Las ciudades invisibles son dos de las grandes obras de Calvino. 

 

 

Lunes, 20 Julio 2020 05:20

El vampiro de almas

La literatura latinoamericana goza de un amplio público que ha sabido valorarla, no sólo en esta región del mundo, sino en otros continentes. Nombres como Gabriel García Márquez, Pablo Neruda, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes –entre muchos otros– son escritores en lengua española conocidos gracias a la calidad de su obra. Sin embargo, la literatura brasileña es muy rica, pero suele pasar un tanto desapercibida, acaso por su lengua, el portugués, o quizá porque los propios brasileños no se sienten parte de Latinoamérica.

Brasil ha legado al mundo escritores de altísimo nivel y cuya riqueza de lenguaje convierte las obras en puro goce. Autores como Joaquim Maria Machado de Assis (1839-1908), Jorge Amado (1912-2001), João Guimarães Rosa (1908-1967), Clarice Lispector (1920-1977), Nélida Piñón (1937), Rubem Fonseca (1925-2020) o Dalton Trevisan (1925) son escritores con una vasta obra digna de ser leída.

En el caso de este último, es creador vivo que en realidad no goza de popularidad, pero existen algunas traducciones como para acercarse y comprobar la calidad de su obra.

En esta ocasión me voy a referir precisamente a Dalton Trevisan para la recomendación de la semana que inicia. En 1999, la Dirección General de Publicaciones del ya desaparecido Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (DGP-Conaculta) publicó El vampiro de almas, una antología de cuentos de Trevisan con traducción, selección y prólogo de Regina Crespo y Rodolfo Mata.

Este autor es considerado un maestro del relato breve y el libro en mención es una muestra de ello. La edición consta de 140 páginas, en las que están distribuidos 28 relatos y una selección de textos brevísimos –no rebasan media página– que dejan entrever la alta calidad narrativa del brasileño.

La temática de los relatos varía; sin embargo, el autor muestra el «alma» brasileña, el carácter de un país a veces incomprendido y aislado de Latinoamérica por la lengua.

Uno de los primeros relatos del libro se llama «Cementerio de elefantes», en el que el lector se encontrará con un texto que cuenta cómo viven los que en México conocemos como teporochos. Trevisan menciona sus bebidas, sus andares, su desenlace de una forma admirable.

«Caso de divorcio» es protagonizado por un hombre que se entrevista con un abogado. A través de diálogos muy logrados, nos enteramos de que el viejo busca divorciarse de su esposa y cuenta al profesionista la que considera que es la causa para que se dé la separación. Es un texto cargado de humor.

En «El vampiro de Curitiba» nos encontramos con un relato narrado con lenguaje de favela, directo; un hombre describe a algunas mujeres que se topa en la calle, las ama, las toma, las posee… Es un flujo de impresiones con un tono acelerado, pero al tiempo directo y de una honestidad que hacen de éste, uno de los textos más emotivos del libro.

«Visita a la maestra» es el relato más extenso de todos –diez páginas–, en el que se cuenta la historia de un joven que acude a visitar a su maestra de la infancia. Es un encuentro emotivo y triste (Trevisan es un narrador que te lleva de la alegría a la tristeza en la misma línea). Entre remembranzas se les va la tarde. Salen a cenar. Regresan. Luego, Trevisan sorprende.

«Lamentaciones de Curitiba» es pura poesía. A través de tres páginas, el autor recorre sitios de esa ciudad mediante frases y frases cargadas de nostalgia y poesía. Una brillante muestra de la capacidad del escritor.

En «He ahí la primavera» se da cuenta de las últimas semanas de un anciano enfermo, su deseo de morir en primavera. Se cumple, sí, pero hay antes de ello una pequeña historia que nos regala Dalton.

Así, el lector se encuentra uno y otro relato. Hay prostitutas, hombres celosos, mujeres sumisas, individuos ingenuos… Pero también hay lugar para la perturbación: en «Míster Curitiba» nos enfrentamos a uno de los textos más difíciles. Difícil no por el estilo, sino por la historia que se cuenta: se trata de un encuentro sexual que provoca inquietud a la hora de leerlo.

Este libro es una muestra de la fuerza y emotividad de la literatura brasileña: sensual, directa, conmovedora… Es una antología que merece un espacio en las bibliotecas personales.

 

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Dalton Trevisan es considerado uno de los cuentistas brasileños más importantes. Pese a ello, no suele conceder entrevistas a medios de comunicación.

 

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Novelas nada ejemplares (Monte Ávila) es otro de los escasos libros de Trevisan que se han editado en español. Algunos de los textos de esta obra aparecen precisamente en El vampiro de almas.

 

Lunes, 13 Julio 2020 05:39

Bartleby, el escribiente

Herman Melville (1819-1891) es una de las figuras más representativas de la literatura estadounidense de todos los tiempos, pese a que en vida no gozó de la fama con la que cuenta ahora. Sin duda, su nombre está asociado a la más célebre de sus novelas, Moby Dick, publicada en 1851 y que hoy en día es una obra conocida mundialmente.

Sin embargo, hay otro texto de Melville que ha crecido en reconocimiento y le ha valido la admiración de escritores de la talla de Albert Camus, Jorge Luis Borges o Enrique Vila-Matas, por nombrar tres ejemplos.

La obra en mención es Bartleby, el escribiente (Plaza & Janés, 1999). Publicado originalmente en 1853, de forma anónima, en la revista Putnam’s Magazine, se trata de un relato inquietante que, en la actualidad, es considerado una obra maestra del género.

La historia se desarrolla en una oficina de Wall Street, en Nueva York. El narrador es un abogado en retiro que tiene tres empleados –dos copistas y un recadero–: Turkey («Pavo»), Nippers («Pinzas») y Ginger Nuts («Bizcocho de Jengibre»), pero ya le resultan insuficientes para desarrollar las labores de la oficina, por lo que pone un anuncio para contratar a un escribiente más.

Así, aparece Bartleby, un hombre de figura «pálidamente pulcra, lamentablemente respetable, incurablemente respetable» que cumple con eficiencia las labores que le son encomendadas, desde su puesto, ubicado junto a una ventana.

No obstante, la percepción del abogado cambia cuando le solicita a Bartleby realizar una actividad diversa: analizar un documento entre los dos. Por respuesta, el trabajador dice: «Preferiría no hacerlo». Nada más.

A partir de entonces, el abogado (cuyo nombre se desconoce) es presa de la inquietud, de pensamientos que intentan analizar qué clase de persona es Bartleby. Porque éste continúa sus labores de forma eficiente, pero cada vez que el abogado le solicita algún trabajo que no sea el de escribiente, el protagonista se limita a su habitual respuesta. Les pide su opinión al respecto a los otros empleados, mientras trata de descifrar al extraño trabajador que le contesta «Preferiría no hacerlo» constantemente y del que descubre que nunca se retira de la oficina y ha hecho de ésta, su casa.

Después, el hombre termina por dejar de escribir. Agotada su paciencia, el abogado decide despedir a Bartleby, pero él rehúsa abandonar la oficina.

Decidido a no echarlo por la fuerza, el abogado opta por mudar su oficina, pero los nuevos inquilinos le reclaman la presencia del hombre extraño que no hace nada, que se limita a responder la misma frase todo el tiempo.

Después llega el desenlace para Bartleby, el final de su historia con un epílogo en el que el abogado trata de descubrir el origen del comportamiento de ese hombre; averigua sobre el anterior empleo del hombre e intenta asociarlo con su forma de ser.

Bartleby, el escribiente es considerado precursor del existencialismo y del absurdo (mediante una carta, Camus manifestó ser influido por Melville). De una forma muy original, anticipa el vacío existencial del que hoy en día es presa el individuo en una ciudad como Nueva York, entregada al amor por los dólares y desentendida de los hombres.

Además, existe una traducción de Jorge Luis Borges, de la que se ha dicho que el argentino le imprimió algo propio para romper con el estilo del siglo XIX y hacer del relato, algo más atractivo.

De la obra se han realizado diversas adaptaciones para el cine y la televisión.

A través de 115 páginas (varía el número, según la edición), el libro se lee de un tirón y crea una mezcla de desencanto, tristeza y una forma de agotamiento emocional. El lector se enfrenta a una obra conmovedora de principio a fin que puso en alerta al hombre que veía en el desarrollo una forma para acceder a la felicidad: Bartleby lanza un escupitajo en la cara.

 

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Desde muy joven, Herman Melville realizó viajes en barco que le significaron diversas aventuras que plasmó en su obra.

 

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En 1970 apareció una cinta basada en el texto de Melville y en la que Bartleby fue encarnado por el británico John McEnery.

 

 

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