Jorge Arturo Hernández

Jorge Arturo Hernández

Lunes, 06 Abril 2020 02:06

Sostiene Pereira

A Vero, que sostiene que ama a Tabucchi.

El 25 de marzo de 2012 falleció el escritor italiano Antonio Tabucchi, quien nació en 1943 en Vecchiano. La noticia pronto se propagó por diversos medios electrónicos, que a su vez la esparcieron a través de las redes sociales. No era para menos, pues con la partida de Tabucchi se fue uno de los autores más queridos en el orbe y una de las voces más coherentes y honestas de los últimos años en el panorama literario.

Este escritor cultivó lo mismo la novela y el teatro, que el relato y las crónicas de viajes de forma afortunada; fue dueño de un estilo sencillo, sin adornos, con una prosa potente y bella e historias que a más de uno han cautivado.

Antonio Tabucchi fue un apasionado de Fernando Pessoa y de Portugal. De hecho, la muerte lo sorprendió en Lisboa, esa ciudad que tanto amaba y que tan presente está en su obra. Incluso en sus páginas se siente ese aire nostálgico tan característico de los portugueses.

En esta ocasión me permito recomendar Sostiene Pereira (Anagrama, 1995), considerada la mejor novela del prolífico escritor italiano, uno de los más importantes autores de ese país de la segunda mitad del siglo XX y de principios del XXI.

Sostiene Pereira está ambientada en Lisboa, en el año de 1938, ante un país azotado por la dictadura de Salazar, los vientos de la guerra civil española y el acechamiento del fascismo italiano.

Cuenta la historia de Pereira, un periodista entrado en años que durante décadas se ha dedicado a la sección de sucesos en el periódico Lisboa.

Sin embargo, un día le es encomendada la tarea de hacerse cargo de la sección cultural de ese medio. Pereira es un hombre sin ideas políticas –o por lo menos no las expresa de forma abierta– que prefiere escribir sobre escritores desaparecidos, la literatura del pasado y cronológicas anticipadas.

En el día a día de Pereira conocemos trazos significativos de su vida, del pasado al que no renuncia por completo, las complicaciones de su estado de salud. Su esposa está muerta, pero el hombre habla con la fotografía de la mujer un día sí y el otro también: le cuenta los sucesos cotidianos, lo que come, lo que observa, con un lenguaje entrañable.

Con frecuencia aparecen las palabras “sostiene Pereira” a través de la novela, lo que convierte al texto una especie de declaración del propio Pereira ante alguna autoridad judicial.

A causa de la carga de trabajo, Pereira busca a un colaborador. Aparece Monteiro Rossi, a quien contacta para invitarlo a trabajar con él, luego de leer un artículo suyo en una revista sobre la muerte y los escritores. Sin embargo, nada de lo que escribe Monteiro convence a Pereira: textos que no tienen que ver con los encargos, críticas feroces contra autores de los que no se le ha solicitado opinión…

No obstante, en Pereira, Monteiro y su novia Marta –ambos con ideas políticas radicales de izquierda– nace una relación muy intensa que rompe la tranquilidad de Pereira y éste comienza a poner en la balanza su vida, lo que observa.

Pese a que rechaza complicarse la vida con ideas extremas, debido un tanto a su edad, Pereira reflexiona y da una lección de fidelidad, de amistad… Un suceso cambia su vida para siempre. Un hecho acontecido en su casa. Pero el desenlace da cuenta del tipo de persona que era Pereira.

El viejo Pereira que conmueve hasta las lágrimas, que uno mira con sus pasos lentos recorrer Lisboa, que entra en establecimientos para pedir su comida que no cumple por completo la dieta recomendada. Un Pereira de pasos lentos, vivísimo, que no deja de hablar con la imagen de su esposa y, a fin de cuentas, muestra el rostro de la sinceridad, del ideal humano.

Sostiene Pereira fue adaptada al cine en 1995 por el director Roberto Faenza, protagonizada por Marcello Mastroianni, cuya actuación ha sido calificada de “maravillosa” en este filme. Aunque no es conocida, la película cuenta con una crítica que la coloca en buena posición.

Otras obras destacadas de Antonio Tabucchi son las novelas Tristano muereSe está haciendo cada vez más tarde; los libros de relatos El tiempo envejece deprisaLos volátiles del Beato AngélicoLa dama de Porto PimEl juego del revésPequeños equívocos sin importancia, entre otras, todas publicadas por la editorial catalana Anagrama.

 

Lunes, 30 Marzo 2020 05:23

El salario del miedo

De acuerdo con un informe de la OCDE publicado en 2018, México es el país con el salario mínimo más bajo entre los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) e incluso de toda Latinoamérica.

Una de las principales características del capitalismo es la explotación laboral. En numerosos lugares, el hombre es sometido a excesivos trabajos a cambio de una paga que apenas si alcanza para adquirir lo más básico que le impida morir de hambre; padece condiciones infrahumanas a costa de llevar un plato de comida a su familia. No es casual que, en pleno siglo XXI, la esclavitud esté disfrazada de trabajo: a mayor miseria general, mayor ganancia de particulares.

Pienso en las galeras de la zona sur de Morelos: entre tizne, bagazo, lodo, debajo del sol pleno; entre el silencio y los gritos contenidos, decenas de jornaleros se ven en la necesidad de destrozar sus vidas durante hasta dieciséis horas al día a cambio de un salario miserable. Si es que les pagan, porque casos hay en los que incluso ellos son quienes «les deben» a los explotadores.

Pienso también en las empresas que piden a sus trabajadores «ponerse la camiseta» para hacer prosperar el negocio; sin embargo, en momentos de crisis –por ejemplo, la situación que se vive en la actualidad a nivel global con el asunto del Covid-19–, esas mismas empresas muestran un desprecio total por el trabajador y lo privan no ya del bienestar, sino del simple estar en sí, sin asumir una sola responsabilidad social.

En torno a este tema gira la recomendación de esta semana. De la pluma del francés Georges Arnaud (Montpellier, 1917-Barcelona, 1987) salió una obra maestra que da cuenta precisamente de los abusos y la indolencia del capitalismo, sobre todo, en países subdesarrollados: El salario del miedo (Debate, 1995), una novela que fue publicada por primera vez en 1950 y adaptada al cine en 1953 por el director Henri-Georges Clouzot.

Ese mismo año, la cinta obtuvo la Palma de Oro en la categoría de Mejor Actor (Charles Vanel) en el Festival de Cannes y el Oso de Oro en el Festival de Berlín. En 1954 se alzó como Mejor Película en los Premios BAFTA.

La novela transcurre en un país tropical. Una compañía petrolera contrata a gente para realizar trabajos de alto riesgo. Arnaud cuenta la historia de cuatro trabajadores que deben transportar nitroglicerina en camiones.

Los lugares por donde deben transitar son pedregosos, con caminos destruidos, entre selva y ríos: la menor sacudida provocará una explosión que terminará con las vidas de ellos, sin ninguna responsabilidad por parte de la compañía que los contrató.

Con maestría, el casi olvidado Georges Arnaud sumerge al lector en un ambiente de constante tensión y suspenso dignos de mencionar; uno respira el miedo de los protagonistas, se mete en una inmovilidad a tal grado que el solo hecho de respirar se convierte en sinónimo de peligro ante el temor de la explosión: «El miedo. Está ahí, sólido, presente y estúpido, no hay manera de escapar» (p. 73).

Página tras página fluye como gotas de sudor en el rostro ansioso, angustiado. Hay en esta obra, considerada dentro del existencialismo, una narrativa impecable, de alto valor, más allá de la temática que aborda.

La novela invita a la reflexión, a voltear la mirada hacia esos sectores –invisibles cuando no ignorados– que con la esperanza de sobrevivir, de mejorar las condiciones de sus familias, se vuelven víctimas de un sistema avasallador e indolente cuyo único interés es acumular riqueza, aun a costa de muertes que pasan desapercibidas. Es una obra que aborda a los hombres, con un tratamiento excepcional.

En lo que se refiere al autor, Georges Arnaud fue acusado del asesinato de su padre y de su tía, en 1945. Estuvo preso durante diecinueve meses y después fue absuelto. Esta experiencia, su decepción del sistema judicial francés, lo orilló a viajar a Sudamérica, donde vivió miserablemente.

Arnaud se enfrentó al gobierno de Francia en 1950, año en el que apoyó al movimiento independentista argelino. Se trató, pues, de un autor comprometido, de los que escasean en el mundo hoy en día y que prácticamente está relegado.

 

 

 

Lunes, 23 Marzo 2020 05:36

Los perros de Riga

Hace algunos años hubo una tendencia al alza de la literatura nórdica, específicamente en lo referente a la novela negra. Varias editoriales se volcaron a publicar a autores como Henning Mankell, Jo Nesbø, Camila Läckberg, Mari Jungstedt, Jussi Alder-Olsen y Stieg Larsson, por mencionar a algunos.

El auge de estas obras las colocó en cifras de ventas muy elevadas en buena parte del mundo. Un mundo en apariencia ajeno se abrió a los lectores desde tierras gélidas y donde aparentemente el nivel de vida es elevado y no hay delitos.

Sin embargo, con la aparición de los mencionados y otros –muchos– autores, se desveló ante nosotros la realidad. Si bien se trata de ficción en la inmensa mayoría de los casos, la literatura siempre parte de la realidad. En lo tocante a la novela negra o policiaca, la corrupción de los sistemas políticos y judiciales sale a relucir y ello se convierte en una especie de denuncia.

Esta semana me permito recomendar Los perros de Riga (2002; Maxi TusQuets, 2008; traducción de Dea M. Mansten y Amanda Monjonell), del sueco Henning Mankell (Estocolmo, 1948-Gotemburgo, 2015), uno de los autores consentidos por el público gracias a su serie de novelas protagonizadas por el inspector Kurt Wallander.

La historia comienza durante una gélida mañana de febrero de 1991, cuando dos suecos se encuentran en el mar, a bordo de un barco que emplean para el contrabando. De pronto, descubren un bote en el cual hay dos cadáveres.

El hallazgo los hace entrar en dilemas. Por un lado, saben que no deben dejar los cuerpos; por otro, están convencidos de que si los llevan a la policía, habrá preguntas y ello supondría descubrirse como contrabandistas. Ante ello, deciden amarrar el bote a su barco y acercarlo a la costa.

Esa mañana, Kurt Wallander bostezaba en su oficina, cuando lo fue a buscar su compañero Martinson. Éste le dice que acaba de recibir una llamada que califica de extraña: dentro de poco, aparecerán dos cadáveres en la playa, anunció una voz desconocida.

Así, poco después aparece el bote en la playa de Mossby Strand, Ystad (Suecia). Se trata de dos hombres vestidos con traje que fueron torturados y asesinados de un balazo en el corazón. Llevaban días a la deriva.

Una vez iniciadas las investigaciones, en el departamento forense descubren que los muertos no eran ciudadanos suecos, sino de algún país de Europa del Este, por el tipo de emplaste que llevan en la dentadura.

Pronto saben que eran habitantes de Letonia y que el bote en el que estaban era de fabricación yugoslava. Sin embargo, en las primeras indagatorias, el bote fue robado del sótano de la comisaría, lo que hace suponer que había algo dentro.

Por asuntos diplomáticos, autoridades suecas y letonas entran en contacto para atender el caso. Después envían al mayor letón Liepa a Suecia, donde se relaciona con Wallander.

La estancia de Liepa no es larga, pero sirve para que el inspector sienta cierta empatía hacia él y percibir que las cosas en Letonia no van bien. (Hay que tomar en cuenta que en 1991 se restableció la independencia de los Estados bálticos –Letonia incluida– y ello generó revueltas y convulsión.)

Cuando el caso sería atraído por Letonia, un suceso da un vuelco a la historia y coloca a Wallander en un vuelo que terminará en ese país. Puntualmente, en su capital, Riga.

A partir de entonces, Mankell traslada toda la historia a esa ciudad, en el fin de la era comunista. Una de las virtudes del autor es la capacidad para crear una atmósfera como la que se respira en la novela: plomiza, asfixiante, paranoica…

Wallander vive una serie de sucesos que lo marcarán de por vida. Entre ellos, la aparición de Baiba Liepa, esposa del mayor Liepa y por la que siente una fuerte atracción conforme avanzan los días.

Buena parte del libro transcurre en Riga. Con agilidad, el autor muestra un mundo opaco, lastimado, pero en cuyas entrañas se gesta un grupo de personas dispuesto a conseguir la independencia y dejar a un lado la presencia soviética.

En la novela se plantean temas fundamentales como la libertad. Hay una crítica a los sistemas totalitarios, sin que ello lo convierta en un fanático anticomunista. Por el contrario, plantea el fracaso del comunismo no como sistema en sí, sino por quienes estuvieron al frente y torcieron los ideales en aras del poder.

Los perros de Riga es una novela que se lee con fluidez, en un constante estado de alerta, dado que el espionaje y la traición se respiran por sus páginas.

 

 

 

Lunes, 09 Marzo 2020 05:15

KAPUTT

El nombre de Curzio Malaparte parece que otra vez resuena, poco a poco, en el mundo de los lectores. Si bien no es un autor conocido en todos los sectores en la actualidad, hacia la segunda mitad del siglo XX gozó de fama entre los bibliófilos en lengua española.

Hay que decir que Curzio Malaparte fue el seudónimo utilizado por Kurt Erich Suckert, nacido en Prato (cerca de Florencia), Italia, el 9 de junio de 1898, fallecido en Roma el 19 de julio de 1957.

Periodista, escritor, diplomático e incluso director de cine, Curzio adoptó el apellido Malaparte en referencia a Napoleón Bonaparte: «Napoleón se llamaba Bonaparte y terminó mal; yo me llamo Malaparte y terminaré bien», decía.

A los dieciséis años se involucró en asuntos militares. En 1918 fue herido durante la Primera Guerra Mundial en Francia y ello le valió recibir las medallas de honor italiana y francesa.

Curzio Malaparte fue corresponsal de guerra del periódico Corriere della Sera (Correo de la Tarde). Su lucha en el conflicto bélico que duró de julio de 1914 a noviembre de 1918 le permitió hacerse de relaciones que a la postre le sirvieron para escribir sus obras más importantes: Kaputt (1944) y La piel (1949).

El italiano estuvo en varios países durante la Segunda Guerra Mundial. Hacia la aparición del fascismo, el escritor abrazó esa ideología, pero fue durante un periodo más bien corto, ya que, al conocer ese pensamiento, decidió abandonarlo e incluso se lanzó a la yugular del mismísimo Benito Mussolini. Al paso de los años, se convirtió al comunismo y también dedicó varias críticas a Hitler.

Su personalidad polifacética y camaleónica le permitió conocer lo mismo que a generales nazis que a víctimas del nazismo. En Kaputt hay varios de los testimonios más crudos de la Segunda Guerra Mundial de primera mano, vistos por Malaparte, quien supo introducirse hasta las entrañas del conflicto gracias a que poseía permisos especiales.

No obstante, como prólogo de Kaputt (vocablo alemán que significa roto, hundido, deshecho, destruido) hay unas notas de Curzio en las que da cuenta de las dificultades que enfrentó para poder escribir esa obra, desplazarse con ella, terminarla y publicarla. Es una novela-testimonio de la guerra, acaso de las más crudas muestras de los horrores de ese conflicto que se cobró millones de vidas.

Está dividida en cinco partes: «Los caballos», «Las ratas», «Los perros», «Los pájaros» y «Los renos». Cada una es una especie de sala en un museo del horror; en ellas, el autor se muestra como un guía que nos lleva a conocer las atrocidades y el terror de la guerra. Sin embargo, existen pasajes de la novela con un alto contenido poético, con imágenes poderosas y dotadas de una belleza que dan fe de la capacidad literaria que tuvo Curzio Malaparte.

Entre los capítulos de Kaputt uno se encuentra con las formas como la alta alcurnia nazi se expresaba de los judíos; imágenes y sonidos del invierno en una de las regiones más frías del norte de Europa; la alegría que provoca un par de botas nuevas entre soldados deshechos anímicamente; la inocencia de los niños en la antesala de la muerte; la sensibilidad de un matrimonio para impedir que sus hijos sepan que están en guerra y enfrentar los bombardeos con ánimo festivo, con tal de que los infantes no sufran; la tristeza de las esclavas sexuales…

En fin, la obra comprende un conjunto de experiencias que marcan la vida de un lector y permiten conocer otra parte de esos años terribles del siglo XX mediante un estilo que a veces puede parecer lento, pero que a la larga da una gran recompensa al lector: estar ante una obra honesta, antibelicista y repleta de sensibilidad.

Así pues, Kaputt es mi recomendación de esta semana. Es una novela un tanto extensa pero que se deja leer; gozó de una enorme fama mundial y contó lectores por miles hacia las décadas de los sesenta y setenta; pero la voz de Malaparte se apagó poco a poco.

Sin embargo, hay que destacar que una voz como la del italiano no se extingue de buenas a primeras. Por ello, y ante la real importancia de su obra, la editorial Galaxia Gutenberg se ha encargado de reeditar Kaputt y La piel; además, Tusquets (Baile en el Kremlin y otras historias, El Volga nace en Europa, Don Camaleón y Diario de un extranjero en París) y Sexto Piso (Muss, el gran imbécil) han contribuido con reediciones recientes a hacerle justicia a uno de los autores que supo narrar los horrores de la guerra con una sensibilidad encomiable.

Otras obras del autor son Técnicas del golpe de Estado (1931), Sodoma y Gomorra (1931), Malditos toscanos (1956), entre otras.

A propósito de Kaputt, a manera prólogo, él mismo refirió: «El personaje principal es KAPUTT, es decir, este monstruo alegre y cruel. Ninguna palabra mejor que la que titula este volumen […] podría dar a entender lo que es ahora Europa, y, por consiguiente, nosotros; un montón de escombros» (p. 10).

 

 

 

Lunes, 02 Marzo 2020 08:30

Las tiendas de color canela

Desde su autorretrato, Bruno Schulz

nos mira como pidiéndonos perdón por

 tanta enigmática y desesperada belleza.

Ernesto Ayala-Dip

 

Bruno Schulz pertenece a la estirpe de los escritores que, una vez que han pasado una temporada en el olvido, resurgen con tal fuerza que su figura no deja de crecer entre aquellos que se adentran en su obra.

Nacido en Drohobycz en 1893, el polaco fue víctima de un destino cruel, al ser asesinado por un oficial nazi e1 19 de noviembre de 1942, en venganza porque el nacionalsocialista que «protegía» a Schulz mató al «judío» del futuro verdugo de Bruno.

Estamos en el primer tercio del año. A estas alturas aún hay quienes se plantean propósitos y uno de ellos suele ser el de leer más; incluso hay retos lectores en los que se plantea algún tipo de lectura cada mes.

Mi recomendación de esta semana es precisamente un libro de Bruno Schulz: Las tiendas de color canela (1934; Debate, 1991).

La obra de Schulz es más bien escasa: publicó un par de libros de ficción, artículos y algunos otros textos relacionados con artes plásticas. Durante mucho tiempo estuvo olvidado, pero numerosos seguidores han hecho que la figura del llamado «Kafka polaco» resurgiera con una fuerza demoledora que hoy en día no solo abarca el campo de la literatura, pues Bruno también fue un dibujante, pintor, artista gráfico y, sobre todo, uno de los tres vanguardistas que transformaron la literatura polaca –los otros son Witold Gombrowicz y Stanisław Ignacy Witkiewicz.

Schulz, como Kafka, coloca a su padre en el centro de su obra. Sin embargo, a diferencia del checo, en Bruno no hay miedo ni odio sino, en todo caso, una especie de compasión.

Si habría que definir con una sola palabra la obra de Schulz, podría ser la de fascinante. En Las tiendas de color canela nos encontramos ante una serie de textos que bien pasarían por relatos o por una novela cuyos hilos conductores de la trama son Jakub –el padre de Schulz– y el pueblo en sí, del que apenas si salió Bruno durante su vida.

Así pues, Jakub es un hombre enclenque que, con el paso del tiempo, fue rebasado por la enfermedad hasta verse reducido a casi nada.

Dueño de una tienda de paños, se regía por la idea del envilecimiento de la humanidad y su degradación. Por ello estaba en constante búsqueda de salvar al mundo entre las sombras de su tienda e incluso desde la soledad de su casa, siempre ante la mirada del niño Bruno y la preocupación de la madre de este.

En «Los pájaros» encontramos al Jakub de cuerpo entero. Cierto día comenzó a adquirir huevos de aves de todo el mundo en una tienda del pueblo; su idea era rescatar del desastre a todas las especies en una habitación ubicada en la parte alta de su casa.

Pasaba días al cuidado de los huevos y de la incubación. Tanto era el tiempo que dedicaba a dicha tarea, que llegó el día en el que el propio Jacob parecía un pájaro y la habitación se volvió un desastre.

En el «Tratado de los maniquíes», el padre, enfundado en la figura de demiurgo, reúne a un auditorio de jovencitas a quienes dirige una serie de ideas relacionadas con la Creación. Después de mencionar su discurso en torno a la fallida obra del demiurgo acerca del ser humano, Jakub anuncia la segunda creación del Hombre, ante la mirada de fascinación por parte de las muchachas.

No obstante lo anterior, la figura del padre se veía reducida ante Adela, la asistente doméstica capaz de hacer perder la razón a Jakub con el solo movimiento de un dedo índice, tal como si lo agitara en el aire. Entonces el hombre huía despavorido, humillado en sus teorías y conocimientos.

Esta sumisión del hombre ante la figura femenina se ve reflejada no solamente en los textos de Schulz, sino en sus dibujos, donde a menudo él mismo aparece a los pies de alguna mujer.

«Las tiendas de color canela» aborda la fascinación del niño por el descubrimiento de las tiendas del pueblo. Hace un recorrido por los espacios, que describe desde la visión del artista plástico: he aquí una de las mayores virtudes del autor, que por momentos llena de luz las oraciones y en seguida baja el tono hasta dejar en penumbras al lector, siempre con una belleza en cada palabra.

En «La calle de los Cocodrilos» Schulz explora el mundo desde el erotismo. Esa calle es justo donde se reunían las prostitutas. La narración traslada al lector al tiempo presexual del propio Bruno, que por momentos se agita ante lo desconocido y el temor y el insulto brotan como una forma de defensa.

Queda, pues, la recomendación para quienes estén en busca de un autor único y apasionante como Bruno Schulz.

 

 

 

Lunes, 24 Febrero 2020 05:31

El Ministerio del Dolor

Uno de los episodios más trágicos del siglo XX tuvo que ver con la desintegración de Yugoslavia. Las diferencias étnicas, religiosas y políticas desencadenaron un conflicto bélico que dejó miles de civiles muertos, desplazados y exiliados.

El exilio por cuestiones políticas fue una constante entre artistas del siglo pasado, ante la cantidad de guerras, invasiones y golpes de Estado que tuvieron lugar en decenas de países alrededor del mundo. El conflicto que fragmentó Yugoslavia no fue la excepción.

Uno de estos casos lo encarna la escritora y ensayista Dubravka Ugrešić (Zagreb, Croacia, 1949), quien, en 1989, se unió a un partido que rechazaba la independencia de Croacia y se declaró antibelicista. Ello provocó fuertes críticas hacia su persona durante la guerra de principios de los noventa. Así pues, la postura de Ugrešić la convirtió en «antinacionalista», «traidora» y «bruja», que derivó en su partida de esa nación balcánica, en 1993.

En el extranjero, la escritora ha sido catedrática en universidades de diversos países y ha escrito desde el exilio. En español se han publicado sus novelas El museo de la rendición incondicional (Alfaguara, 2003), El Ministerio del Dolor (Anagrama, 2006) y Zorro (Impedimenta, 2019); los ensayos Gracias por no leer (La Fábrica, 2004) y los artículos y ensayos No hay nadie en casa (Anagrama, 2009).

En El Ministerio del Dolor (traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pištelek) hay una carga nostálgica que es narrada por el personaje central: Tanja Lucić, una profesora que consigue una plaza de interina para impartir la materia de lengua y literatura serbocroatas en Ámsterdam.

Tanja deberá enfrentar a un grupo conformado por alumnos que también son exiliados, todos provenientes de la ex-Yugoslavia. Para poder permanecer en esa ciudad, los estudiantes deben obtener buenas notas, por lo que la profesora les asegura que las tendrán apenas al iniciar el curso.

Sin embargo, de pronto, las clases se convierten en prácticamente terapias de grupo: todos están despojados de su pasado, de sus hogares, de sus familias y de sus amigos… Queda la nostalgia para compartirla, los recuerdos para tratar de reintegrar la nación que no existe más.

Y resulta que de ser yugoslavos se convierten en serbios, bosníacos, croatas, etc. El cambio es radical y muy rápido, sin tiempo para asumir y asimilar la pérdida. Por eso, a través de pláticas y remembranzas, Tanja intenta contener el dolor y la ira que se han acumulado en algunos muchachos de la clase.

En esta novela, que posee una prosa con una fuerte carga poética, Dubravka Ugrešić reflexiona respecto de los orígenes, la identidad de las personas; es asimismo un grito de dolor contra la pérdida de la patria, del hogar, y la imposibilidad de hacer escuchar su voz para una posible reconciliación entre todos y cada uno de los involucrados.

En la segunda parte del texto hay un cambio generado por uno de los personajes y sus quejas contra Tanja Lucić por su sistema pedagógico. Ello permite que el lector se adentre en el mundo de algunos clásicos de la literatura de los Balcanes, a través de un recorrido histórico de las letras de una región rica en cultura y todas las formas de expresión.

El Ministerio del Dolor es una novela que se deja leer, que invita a reflexionar acerca de ciertas posiciones y grupos políticos que, más que beneficiar, terminan por dividir sociedades, separar familias y contar muertos como si de simples números se tratara.

 

 

 

 

Lunes, 17 Febrero 2020 05:24

El Ruletista

No confío mucho en las campañas que las grandes editoriales lanzan para hacer publicidad a tal o cual autor y su más reciente obra. No es un secreto que cada nuevo libro es presentado como «una obra diferente que rompe con los géneros establecidos» o que el autor en turno «es dueño de una voz que no se parece a la de nadie más».

Considero que a veces es preferible pasar de largo en la mesa de novedades de las grandes librerías. Hace algunos meses, el sello español Impedimenta emprendió una campaña a favor de uno de sus escritores estrella: el rumano Mircea Cărtărescu (Bucarest, 1956), a propósito de Solenoide, su más reciente obra.

La crítica coincide en que Cărtărescu es un autor de muy altos vuelos y que con la aparición de un libro nuevo el lector es el más beneficiado. Además lo mencionan como un fuerte candidato a recibir el Nobel.

El problema para acceder a estos autores muchas veces tiene que ver con lo económico, pues no se trata de libros que estén al alcance de todos. Sin embargo, hay oportunidades para hacerse de alguna obra, ya sea en ferias u otros eventos de promoción de la lectura.

Esta semana me sumo a las voces que admiran al escritor rumano. La recomendación es un relato que estuvo prohibido en la Rumanía de Ceaușescu y que no vio la luz sino años después: El Ruletista (Impedimenta, 2010; traducción de Marian Ochoa de Eribe).

El narrador es un escritor de ochenta años que, postrado en un sillón, acaso espera la muerte mientras unos versos de Eliot lo acompañan: «Concede el consuelo de Israel/ A uno que tiene ochenta años y no tiene mañana».

Durante sesenta años ha escrito. Ahora se dispone a contar la historia del Ruletista, un mendigo que amasó una fortuna y que siempre tuvo la osadía de retar a la muerte.

En viejos sótanos de la ciudad, en medio de ambientes decadentes –cucarachas, cerveza de mala calidad, jarras viejas, hombres que ven en la muerte el mayor de los espectáculos–, se realizan eventos que reúnen a unos cuantos seres en torno a la figura de algún ruletista: el hombre que se juega la vida en la ruleta rusa.

El narrador confiesa que «he asistido a cientos de ruletas y he visto en muchas ocasiones una imagen indescriptible: el cerebro humano, la única sustancia verdaderamente divina, el oro químico donde se encuentra todo, esparcido por las paredes y por el suelo, mezclado con esquirlas de hueso» (p. 32).

Conoció a «El Ruletista», el individuo que se ganó la atención de todos los aficionados a esa práctica y que de plano terminó con el negocio de otros que, como él, se jugaban la vida.

Pero un revólver con un cartucho ya no era tan atractivo. ¿Qué tal con dos? Reducir la posibilidad de sobrevivir al jalar el gatillo. Si no es suficiente, tres cartuchos al tambor, incluso cuatro…

Odiado y amado, el hombre se ganó la admiración incluso de damas finas. La presencia de éstas convirtió a la vieja práctica en una actividad con cierto prestigio: de los sótanos decadentes, «El Ruletista» brincó a salones más bien lujosos. Siempre con la risita previa a jalar el gatillo y el desplome que le seguía.

El narrador reitera que conocía al héroe desde la niñez. Escritor de prestigio, recuerda que incluso lloraba porque perdía dinero al apostar a favor de la muerte, entre la admiración, la envidia y el asombro de un hombre que retó de más al azar.

«El Ruletista» es apenas una probada de la, sí, muy poderosa voz de Mircea Cărtărescu, uno de los autores europeos con más reconocimiento de la actualidad y que, a juzgar por este relato, tiene bien merecida la fama de escritor de culto que en cada palabra coloca la cantidad necesaria de pólvora para que, llegado el momento, explote el texto en las manos del lector.

Las probabilidades de sobrevivir en la literatura son ciento por ciento efectivas. «Porque los personajes no mueren jamás, viven siempre que su mundo es “leído”.» Así pues, el narrador se asume un personaje de la propia historia que cuenta; desde su ancianidad, aspira a algo: «Quizá no viva dentro de una historia importante, quizá sea tan solo un personaje secundario pero, para un hombre que afronta el final de su vida, cualquier perspectiva es preferible a la de desaparecer para siempre».

 

 

 

 

Lunes, 27 Enero 2020 05:21

El ejército iluminado

¿Alguien imagina a un profesor algo deschavetado arengando a sus alumnos para iniciar una lucha que permita a México recuperar Texas? Pues bien, David Toscana (Monterrey, 1961) sí lo hizo: he ahí una de las dos líneas que siguen la ruta de su novela El ejército iluminado (Tusquets, 2006), que me permito recomendar esta semana.

De entrada hay que decir que la narración comienza por el final de la historia, o sea, con la muerte de Ignacio Matus, el personaje principal: un antiguo maratonista convertido en profesor de un instituto para niños y jóvenes con algún tipo de discapacidad, principalmente intelectual.

El año es 1968, en la ciudad de Monterrey, Nuevo León. Matus está al frente de un grupo de jóvenes y niños a quienes trata de inyectar ánimo para que se sumen a su lucha antiyanqui: el profesor detesta a los gringos por la historia con México, pero hay en el fondo otro motivo. A saber.

Año 1924. París. Los juegos olímpicos se celebran en la capital francesa. El joven maratonista Ignacio Matus no pudo asistir debido a que el gobierno mexicano no le pagó el boleto de avión. Sin embargo, ello no quebranta su entusiasmo y decide que sí correrá la maratón, pero a su modo: en Monterrey, trazando una ruta y acompañado por sus amigos Román y Santiago, dos divertidos personajes con los que jugará dominó, décadas más tarde, todas las noches, y que en aquel momento lo siguen en un caballo para darle detalles del tiempo que lleva en su competencia.

Al llegar a la meta que el propio Matus trazó, sus amigos le dicen cuánto tiempo hizo: 2:47:50. «¿Es bueno?, pregunta Román. Matus resopla, no quiere ser cuestionado, desea una frazada porque tanto cansancio da frío» (pp.100-101).

No hay noticias de París, tardan en llegar. Matus, Santiago y Román se enteran bajo el balcón de las oficinas de un periódico, después de insistir. Matus superó al estadounidense que ocupó el tercer lugar en la competencia oficial; es decir, la medalla de bronce le corresponde a él. Los tres hombres celebran.

Con el tiempo, Matus se sintió robado por el gringo que obtuvo el bronce en 1924. Ése fue el origen de su aversión a los yanquis y que intentó propagar entre sus alumnos, hacia 1968, año olímpico en México.

Cierto día, el profesor fue despedido del instituto debido a sus formas de dirigirse a los alumnos. Pero principalmente por la acusación que la madre de uno de ellos hizo llegar al director del instituto, que decidió echar a Ignacio Matus.

No obstante, el despido no hace mella en el ánimo del profesor; por el contrario, inicia una campaña para reunir gente que quiera sumarse a su ejército con el firme propósito de recuperar Texas.

Una mañana se instaló en la calle, cartulina en mano, con la convocatoria abierta para todo patriota que desee pasar a la historia al llevar a cabo la gesta heroica que les espera.

Hay que decir que Matus es el tutor de Comodoro, un gordo que estudia en el instituto del que echaron al profesor y que además es un personaje sumamente divertido al tiempo que doloroso.

Comodoro se encarga de juntar voluntarios entre sus compañeros. Así, poco tiempo después, le dice a Matus que ya cuenta con muchos valientes para emprender el camino hacia el río Bravo y saltar del otro lado para «hacer más grande la patria».

Serían seis soldados a las órdenes del ahora general Ignacio Matus, pero Caralampio fue abandonado debido a que tardó mucho tiempo en el baño. Así pues, al «ejército iluminado» lo conforman cinco personajes entrañables, junto con el profesor.

En primer lugar está Comodoro, un gordo fantasioso que imagina las batallas que emprenderá en Texas: se ve héroe nacional, el «Frijol Invencible» temido por los soldados gringos.

Luego está Azucena, la futura esposa de Comodoro (logran el acuerdo nupcial en el camino). Es una chica presta a brindar caricias, a respetar a su esposo y dirigir a buen puerto las órdenes que le sean dadas.

También va Cerillo, un niño que es encomendado por su madre para la guerra, pese a que lo quiere más que a sus otros hijos. Aletargado, viste trajecitos blancos con corbatín azul y se queda dormido en cualquier sitio donde se acomode.

Ubaldo es un «artista extático» dado a dibujar cualquier cosa y convencido de disparar contra el enemigo bajo la circunstancia que sea.

El ejército es completado por el Milagro, un chico tembloroso que repasa las clases de matemáticas y nadie le dirá que ocho por once no son cuarentaidós. Sobrevivió a un accidente automovilístico en el que falleció su familia, pero él sufrió daño cerebral. «Soy un milagro porque mientras hubo necesidad de meter a tres Margáin en féretros finamente adosados, yo sólo pasé un mes desvanecido en cama y un día desperté tan intacto como todos estábamos en el kilómetro 35…» (p. 92).

A bordo de un automóvil que consiguió Román, ese ejército de iluminados parte de Monterrey, convencido de que devolverá Texas a México. Luego, cuando el auto ya no puede seguir en el camino, suben a una carreta que es tirada por una mula.

Se trata una novela de aventuras por momentos; Matus es un «Quijote» invencible, sí, un general de triste figura que encabeza una misión que depara situaciones muy cómicas, pero también un trasfondo desolador que hace de El ejército iluminado una obra para disfrutar desde la primera página y un desenlace que hará brotar en los labios del lector una amarga sonrisa.

 

 

Lunes, 20 Enero 2020 05:02

Tres cuentos

El cuento es uno de los géneros más cultivados entre los escritores mexicanos. Hay una tradición bien arraigada que parte desde la oralidad, ya sea a través de leyendas que los viejos contaban a los niños o por historias aparentemente comunes que resultan ser joyas de la cuentística.

La lista de cuentistas mexicanos destacados es larga; sin embargo, a botepronto se pueden soltar algunos nombres de grandes exponentes del género: Juan Rulfo, José Revueltas, Juan de la Cabada, Juan Vicente Melo, Beatriz Espejo, Amparo Dávila, Inés Arredondo, por citar algunos de los más representativos del siglo XX.

La recomendación de esta semana es justamente un libro breve, pero sustancioso, escrito por uno de los escritores mexicanos más reconocidos del pasado siglo: Tres cuentos (Joaquín Mortiz, 1964), del jalisciense Agustín Yáñez (1904-1980).

Quizás las novelas Al filo del agua y Las tierras flacas son los trabajos narrativos más destacados del autor; sin embargo, Tres cuentos no es una obra menor, pues se trata de tres piezas de la mejor cuentística mexicana.

Las historias que reúne este volumen están unidas por el lenguaje coloquial, que seduce al lector desde las primeras frases.

El primer cuento, «La niña Esperanza o El monumento derrumbado», es narrado por un niño que descubre el primer acercamiento a la muerte. Esperanza es una mujer acaso enigmática del pueblo que despierta lo mismo amor que odio de parte de los vecinos.

Desde la angustia, el narrador cuenta las horas en las que el ambiente se llena de rumores acerca de la salud de Esperanza, a quien jóvenes y hombres consideran «un monumento», pero que también tiene sus detractores y son precisamente éstos los que despiertan enojo en el niño que cuenta su admiración/amor por la mujer, desde su ingenuidad.

La segunda historia, «Las avispas o La mañana de ceniza», narra cómo en un día, un hombre –director de una escuela desde hace varios años– pierde todo su reconocimiento de conducta estricta y severa.

A saber, huraño por convicción, cierto día, después del trabajo, acude al lugar de siempre para tomar su merienda. Sin embargo, es abordado por tres individuos de quienes acepta su compañía únicamente porque les debe favores y lo ensalzaron al grado de que se sintió cómodo con su presencia.

Después, ciertos actos del individuo echarán por la borda todo ese pasado ejemplar por el que tenía el respeto de los alumnos y profesores de la escuela que dirige.

Por último se encuentra «Gota serena o Las glorias del campo», otra historia narrada por un niño en la que cuenta la visita que su familia realiza a familiares del campo.

Además de la riqueza del lenguaje, destaca el flujo de creencias que había –acaso hay– entre ciertos sectores de la sociedad: «–No vean tanto la luna: les cae gota serena». Así inicia el cuento, que llevará al lector a recorrer los caminos que la familia del narrador transita desde la ciudad para llegar al pueblo donde ya es esperada, siempre rodeados de un halo de superstición.

El niño conoce el mal y la crueldad durante su viaje, pero también tiene un acercamiento a la naturaleza que lo embelesa.

A demás de ser una obra breve y accesible para todo tipo de lector, Tres cuentos es una joyita del género en nuestro país.

 

 

 

Lunes, 06 Enero 2020 06:46

Los bosnios

En este espacio me he referido más de una vez a la Guerra de los Balcanes de la década de los noventa del siglo XX. Ya en otras ocasiones he intentado reseñar obras de autores de esa región que abordan, de forma directa o indirecta, aquel conflicto que marcó a millones de personas, ante la indiferencia del mundo.

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