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Publicado en Ciencia Lunes, 21 Agosto 2017 05:57

Ortodoxos, musulmanes, monofisitas, y los científicos

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En mi último periplo de congresos y visitas académicas por el Medio Nororiente –Bulgaria, Estambul y Armenia– me acompañé de un libro, De Animales a Dioses [1], cuyo subtítulo Breve historia de la humanidad sin duda peca de inmodesto. Su autor, Yuval Harari, sólo usa la historia como un lienzo para pintar transversales, verticales, diagonales, hipérbolas y garabatos, que ilustran su tesis de dividir nuestros saberes en objetivos (la gravedad, la evolución, la refracción de la luz, -por citar algunos), subjetivos (felicidad, angustia, dolores de cabeza y similares), e intersubjetivos. Son estos últimos los que coagulan las culturas: creencias aceptadas por millones de Homo sapiens que, sin tener asidero físico, norman las sociedades: el valor del papel-dinero, la autoridad, los derechos humanos, las jerarquías sociales, nacionalidades, religiones, castas, ideologías, -ismos, moralidades y éticas que pueden evolucionar a lo largo de siglos, o ser súbitamente reemplazadas por otras en una revolución. Compartir intersubjetividades es la característica que distingue a los humanos, quienes se comunican entre millones, en contraste con otros animales inteligentes que sólo lo hacen con su grupo de caza o recolección. A su estudio se dedican las humanidades, de las que historia y religiones son mis favoritas por ser una ampliada crónica familiar.

Como nos recuerda el Dr. Harari, en los albores de nuestra especie como cazadores y recolectores, el mundo estaba animado por los espíritus de una vieja encina, un manantial, un jaguar o un conejo, cuyos derechos a existir compartían. Pero éstos perdieron su efectividad cuando los humanos se concentraron en ciudades, con sus territorios, reyes y mitos, donde algunos se convirtieron en dioses. En el Occidente monoteísta de hoy resulta difícil concebir que entes superiores tengan intereses y pasiones humanas que rijan y negocien con el mundo; pero así fue por incontables siglos. El primer intento del monoteísmo ocurrió bajo el faraón Amenhotep IV, quien trató de establecer el culto al disco solar Atón en Amarna, alrededor de 1340 aC. Duró sólo un par de décadas pues la clase sacerdotal terminó por revertir el culto al gran panteón egipcio y borrar casi toda referencia a este periodo.

Diversos pueblos tenían su propio Dios-Patrón sin excluir a otros ajenos, como literalmente reza el shemá: “Escucha Israel, YHWH Nuestro-Dios, YHWH (es) Uno” (en hebreo sólo se escriben consonantes y el Nombre de Dios no se pronuncia). Los romanos aceptaban a diversos dioses dentro de su imperio, pero les irritaba que una secta, inicialmente pequeña, negara la existencia de todos ellos –menos Uno. En un vuelco impresionante de la intersubjetividad en el imperio, uno de entre un puñado de profetas y autonombrados mesías que regularmente aparecían en Judea, Jesús de Nazaret, ganara el terreno como Hijo de Dios, según lo pregonaba San Pablo entre los paganos. Apenas tres siglos más tarde, en 301, San Gregorio convirtió a Tiridates III el Grande, rey de Armenia, a la nueva fe [2]; con ello consolidó el mando sobre sus cabecillas feudales y frente a sus vecinos, el Imperio Romano y la Persia Sasánida. Poco después Constantino el Grande, tras su victoria en Puente Milvio sobre el emperador rival Majencio en 312, reconoció el apoyo prodigado por la aparición de Cristo en la batalla y se declaró cristiano.

El centro económico del Imperio estaba entonces en Oriente; los cinco patriarcas cristianos de Antioquía, Alejandría, Jerusalén, Constantinopla y Roma sostenían teologías, ritos y calendarios un tanto diversos, por lo que Constantino los reunió en el Concilio de Nicea en 325; allí se estableció como dogma la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) en lo que se conoce hoy como el Credo Niceno [3]. Difícil tarea ésta de conocer la estructura interna de Dios y las dos naturalezas, humana y divina, en la persona de la Encarnación. Para definir bien esta hipóstasis [4], el emperador Marciano convocó en 451 el Concilio de Calcedonia. A él no pudieron asistir los obispos armenios pues el país se encontraba a la sazón en guerra con Persia, ni los coptos etíopes por vivir muy lejos. Estas dos iglesias permanecen monofisitas, por asignar la sola naturaleza divina a Cristo.

La definición de Calcedonia no impidió que surgieran herejías como la de Arriano, el movimiento iconoclasta, o los cátaros provenzales, que ocurriera el cisma entre las iglesias de Roma y Bizancio en 1054 y poco después con las iglesias ortodoxas búlgara, rumana, y las de Kiev y Moscú. Estas Iglesias son hermanas pero autónomas, como hasta hoy lo son armenios, jacobitas, nestorianos, melquitas, coptos (egipcios y etíopes) y las iglesias protestantes. La transición al monoteísmo tampoco impidió que subsistieran plegarias a diversas santidades, vicarias entre los fieles humanos y un Dios demasiado elevado para compartir sus personales confidencias. Se vivía en un universo donde había ángeles guardianes y existía la fuerza y la maldad del Contrario.

El problema de la existencia de maldad en el mundo es en verdad difícil dentro del monoteísmo puro. Originado un par de milenios atrás en el Avesta adscrito a Zaratustra, el Zorastrismo acabó por postular dos dioses equipotentes, el del bien Ahura Mazda, y el del mal Ahrimán, con el mundo por campo de contienda. El judaísmo tuvo un asomo de esta idea en el libro de Job, el cual no es reconocido como parte de las sagradas escrituras por rabinos ortodoxos, como tampoco lo son afirmaciones sobre la vida después de la muerte: paraíso, infierno, resurrección o reencarnación. Al limitarse a este pueblo y esta vida, el judaísmo no pudo ni intentó extenderse más allá de su núcleo original. Mientras, en el imperio bizantino bajo Justiniano el Grande se erigía la que fue durante un milenio la más grande iglesia de la Cristiandad: la Santa Sabiduría (Sofía) ente 535 y 537, y se sufrió la peor pandemia de su historia, entre 541 y 542.

Yuval Harari considera la intersubjetividad del Islam como el manantial más fértil de cambios geopolíticos. En pocas décadas a partir de las prédicas en La Meca del Profeta Mahoma (Muhammad) en 622, el credo musulmán se extendía desde la India hasta el Atlántico. Pregona un Dios unitario, Uno en grado superlativo, y mantiene el texto del Corán como fuente revelada y última en autoridad para toda legislación (sharia) y tradición (hadith). Consta de 114 capítulos que abordan temas diversos, unidos apenas por sus admoniciones sobre las recompensas del paraíso para sus fieles, los fuegos del infierno para los infieles, y la muerte para los apóstatas. El Islam reconoce en el Corán que además de humanos, existen juguetones y a veces malvados genios (jinns –distintos de los ángeles) que pueden adoptar formas y manifestaciones varias, pero que también rinden homenaje al Dios único.

A la muerte del Profeta en 632, surgió el problema de la sucesión –el Califato. Al faltar descendientes varones, entre sus familiares y seguidores surgió la gran división del Islam. Después de los cuatro califas reconocidos, Husain hijo de Ali y de Fátima, hija del Profeta, disputaba la sucesión con Yazid el Primero. Éste lo engañó invitándolo a su capital Kufa para entregarle el honor, pero en su lugar arteramente asesinó a toda su tribu en la batalla de Kerbala, en 680. Esto rajó el Islam en dos: entre los shi’as que esperaban el retorno de los descendientes de Husain en la Persia Safávida y los sunnis, que continuaron el califato y extendieron los dominios de Bagdad hasta el sur de Francia en 732 [5]. Pero la rica y brillante historia del califato Abasida terminó en 1258 con la destrucción de Bagdad por los mongoles; con el tiempo la bandera islámica pasó a los turcos otomanos, quienes en 1453 tomaron Constantinopla convirtiéndola en Estambul, clavo del Islam en Europa. De allí zarpó el último califa en 1924, exiliado por Kemal Atatürk, padre de la República Turca. Así la última cabeza reconocida del Islam murió en Paris, el 23 de agosto de 1944, el mismo día en que los Aliados liberaron la ciudad de los nazis.

Este breve recuento soslaya al policromático politeísmo de la India, los cultos austeros del budismo, el taoísmo de China y el sintoísmo del Japón en Oriente, así como los sincretismos de Mesoamérica y los Andes. El pesado tapiz de la historia nos oprime cuando visitamos Estambul, aunque sea un fantasma que se desvanece cuando no pensamos en él. La gente de a pie en todas las ciudades poco a poco ha mutado su esquema mental a la cultura del Occidente, título genérico no muy afortunado. Los edificios, rascacielos y periféricos atestados de vehículos en Sofia, Estambul y Yereván parecerían indicar que la idiosincrasia occidental se ha implantado ya en los pueblos. Lo es en cierta medida, pero en los mares humanos los dioses del pasado aún se agitan bajo las aguas.

La revolución científica que floreció lentamente en Occidente durante los últimos quinientos años, se basó en los escritos de Newton, Darwin, Einstein y muchos otros miles de pensadores, estadistas, médicos e ingenieros –llamémosles científicos–, que admitían su ignorancia sobre lo que realmente mueve al mundo, sin buscarlo en las sagradas escrituras. Porque reconocer la ignorancia es condición fundamental e indispensable para superarla. Y aun estos miles no han bastado para impactar el pensamiento de otros cientos de millones, como lo hicieran las religiones de antaño, los nacionalismos del siglo XX, o las ideologías esotéricas y guerreras que bullen aún bajo la superficie social y a veces la perforan.

En los congresos y reuniones académicas que uno visita año con año se dibuja también una pequeña comunidad de pensamiento compartido, intersubjetivo, que busca explicar la estructura de la naturaleza visible, así como de la invisible, con base en experimentos y matemáticas. Y vale decir que han sido estos modestos grupos quienes amamantaron el Occidente, hoy crecido al Oriente y al Sur, en la red de institutos de investigación que encontramos por todo el mundo. Yuval Harari tuvo 400 páginas para narrar los devenires de mitos, religiones e ideologías del orbe; aquí sólo cuento con diez mil caracteres para comentarlo y ya me he propasado. Dejo pues a los lectores ahondar en el tema.

[1] Yuval N. Harari, De Animales a Dioses. Breve Historia de la Humanidad. (Debate, 2013)  ISBN 13: 9781478237853, http://www.gandhi.com.mx/de-animales-a-dioses-breve-historia-de-la-humanidad
[2] Ver http://www.ancient.eu/article/801/
[3] Ver https://en.wikipedia.org/wiki/Nicene_Creed#Filioque_controversy
[4] Esta controversia fue en torno al significado de la palabra filioque. Ver: https://es.wikipedia.org/wiki/Cl%C3%A1usula_Filioque
[5] La emisora AlJazeera tiene un espléndido documental en tres partes sobre la historia del Califato. Ver: https://www.youtube.com/watch?v=P3O9d7PsI48 https://www.youtube.com/watch?v=SuplOE5JB4M y https://www.youtube.com/watch?v=GXXSo7WzZsk

 

Iconografía ortodoxa búlgara: Jesús flanqueado por su madre María y San Jerónimo. Las iglesias orientales jamás contienen estatuas porque la Biblia las prohíbe. La piel humana en los íconos siempre se pinta sobre madera.

Mezquita del Sultán Ahmed en Estambul, construida entre 1609 y 1617, también conocida como la Mezquita Azul por los mosaicos que decoran la parte baja de su interior. Está ubicada para rivalizar con la iglesia de Santa Sofía frente a ella; detrás, el Bósforo.

Iconografía armenia: La última cena de Cristo con once apóstoles; San Judas se aleja de la escena. El Instituto Armenio de Manuscritos Antiguos “Mesrop Mashtots” en Yereván contiene 30,000 documentos posteriores al siglo XIII; pocos anteriores sobreviven tras la destrucción de bibliotecas por las numerosas guerras en Cilicia y el Cáucaso.

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