En la semana que concluye se celebró la 71 Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), dedicada -por primera vez en la historia de este organismo- a los refugiados; al respecto, los organizadores consideran que la Declaración de Nueva York, el documento no vinculante suscrito por los 193 países miembros de la ONU, es una "oportunidad histórica de la que surja un modelo para mejorar la respuesta internacional”.

Pero la organización Médicos Sin Fronteras (MSF) ha lanzado una campaña a la que llama “Un baño de realidad”, en la que denuncia mediante un comunicado que "a pesar de las declaraciones que los líderes mundiales adopten en la ONU; la devolución y el rechazo, la violencia por parte de las autoridades de los estados en las fronteras y los escuálidos campamentos se han convertido en la norma más que en la excepción de la respuesta internacional a la migración y al desplazamiento forzoso"

La ONG agrega que “mientras que el documento parece bien intencionado, su contenido es demasiado vago y carece de un sentido de urgencia para mejorar realmente la vida de migrantes y refugiados”.

¿Qué es la organización Médicos Sin Fronteras? Médecins Sans Frontières (el nombre original) fue fundada en Francia en 1971, por un grupo de médicos y periodistas; algunos de esos médicos fueron testigos del genocidio de la minoría Ibo, pues trabajaban en el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Según señala la organización en su página web, “este grupo se sentía frustrado ante la obligación de guardar silencio que exigía el CICR a sus miembros, sobre lo visto y hecho en Biafra”.

Quienes impulsaron en sus inicios el proyecto de MSF, observaron que el escenario internacional se transformaba y ello exigía que se adaptara la ayuda humanitaria a las nuevas necesidades: ya no sería suficiente atender a las víctimas, sino que se deberían denunciar las violaciones de los derechos humanos, crear corrientes de opinión a través de los medios de comunicación y profesionalizar la ayuda.

Se dieron entonces a la tarea de “constituir una organización que, además de brindar asistencia médica sin discriminación por raza, religión o ideología política, pudiese dar testimonio fiel de las condiciones de vida de miles de personas en situación de crisis”.

¿Qué es un “daño colateral”? El concepto fue agregado en tiempo relativamente reciente al vocabulario castrense para señalar las consecuencias accidentales de las intervenciones militares; el término sugiere una desigualdad existente de derechos, ya que acepta a priori la distribución desigual de los costos que implica emprender dicha acción.

Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, en su libro “Daños colaterales: Desigualdades sociales en la era global”, traslada el concepto de "daño colateral" a las víctimas de una sociedad movida por afanes egoístas y desmedidos de lucro; la mayor parte de esas víctimas son quienes se encuentran en las mayores condiciones de pobreza y marginalidad.

Y en medio de una globalización que escapa a todo control, un daño colateral implica, a decir de Bauman, “asumir tácitamente una ya existente desigualdad de derechos y oportunidades, y pensar que esos daños no son lo suficientemente importantes como para justificar los gastos de prevenirlos ni tenerlos en cuenta a la hora de planificar”.

La visión que tiene Bauman de la sociedad contemporánea no es totalmente pesimista, sino generadora de opinión: en la fase de globalización desenfrenada que hemos alcanzado, se requiere renovar los factores esenciales de solidaridad humana, en un marco de “creación de opinión y de formación de voluntades”.

Para Bauman, el llamado Estado social, una de las grandes conquistas del pasado siglo, ha dejado de ser viable y sólo lo que él llama un "planeta social", basado en organizaciones y asociaciones no gubernamentales que deberán actuar a escala universal, puede asumir las funciones que aquél ha venido cumpliendo.

Hace un año, en este mismo mes y con el título “Medicina para el dolor ajeno”, también comentábamos en este espacio que el Centro de Trauma de Médicos Sin Fronteras en Kunduz, Afganistán, había sido bombardeado en repetidas ocasiones y resultó gravemente dañado, muriendo al menos doce trabajadores de MSF y siete pacientes, entre ellos tres niños.

La respuesta de MSF fue contundente: "Este ataque es aberrante y una grave violación del Derecho Internacional Humanitario", afirmó Meinie Nicolai, presidenta de MSF, además de exigir "la total transparencia de las fuerzas de la Coalición. No podemos aceptar que esta horrible pérdida de vidas simplemente sea descartada como 'daños colaterales'".

El drama frecuente de los refugiados ha sido varias veces el centro de la atención mundial, y un medio británico hizo una descripción sobre las víctimas de esta tragedia: “Son gente razonable en circunstancias desesperadas”. El centro del problema no es que intenten llegar a un sitio diferente del que estaban viviendo, sino de lo que están huyendo. Y en esa huida, se transforman con facilidad en “daños colaterales”.

No estamos en Afganistán. Tampoco somos líderes mundiales que han estampado su firma en la Declaración de Nueva York, durante la 71 Asamblea General de la ONU. Mucho menos somos el personaje de cómics, “Mujer Maravilla”, nombrado por las Naciones Unidas como la nueva embajadora honoraria para el 'empoderamiento' de las mujeres y las niñas (nombramiento que ha desatado numerosas críticas, por supuesto).

Sin embargo, a nuestro alrededor crece la desigualdad social y se incrementa el sufrimiento humano, relegado al estatus de 'colateralidad': No perdamos el sentimiento de solidaridad que nos lleva a indignarnos contra el término “descartable” y actuemos, en la medida de nuestras fuerzas, para reducir la marginalidad.

Se ha dicho que lo que hacemos por nosotros mismos, muere con nosotros; lo que hacemos por los demás y por el mundo, permanece y es inmortal. Coincidimos.

 

Margarita Rebollo

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